Boli­via. La des­co­no­lo­ni­za­ción de la denocracia

Por Rafael Bau­tis­ta S, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 16 de enero de 2021. 

Con­fe­ren­cia pro­nun­cia­da en el ini­cio del ciclo: “Pen­san­do el mun­do des­de la vida”, rea­li­za­do en La Paz, el 21 de diciem­bre de 2020, en el audi­to­rio del Ban­co Cen­tral de Bolivia.

Por lo gene­ral, los que hacen his­to­ria, no siem­pre son recor­da­dos por la his­to­ria. Sin embar­go, son ellos, los que se cons­ti­tu­yen en pue­blo, los que ins­pi­ran revo­lu­cio­nes; héroes anó­ni­mos que hacen de su huma­ni­dad ejem­plo, son ellos los que encar­nan la nece­si­dad de un mun­do más jus­to y digno, por eso, el pri­mer deber revo­lu­cio­na­rio es no olvi­dar­los. A esos héroes y már­ti­res, a los de Sen­ka­ta, Saca­ba, Yapa­ca­ní, Betan­zos, Mon­te­ro, Pedre­gal, y muchos más (que la con­ta­bi­li­dad buro­crá­ti­ca nun­ca regis­tra), debe­mos hoy, esta nue­va opor­tu­ni­dad de cam­biar el mun­do, nues­tro mun­do.

Nos ofren­da­ron sus vidas para vivir en nues­tra memo­ria, tal vez no de modo cons­cien­te (pudi­mos haber sido noso­tros), pero fue­ron esas vidas las que cobró el enemi­go y su sed de muer­te y venganza.

Por lo gene­ral, lo que se sue­le hacer es dedi­car­les el minu­to de silen­cio, pero el silen­cio ya no nos bas­ta, hay que hablar, hablar de nues­tros muer­tos, para no olvi­dar­les, para que estén siem­pre en nues­tra memo­ria, para que no mue­ran otra vez en el olvi­do. Es hora que diga­mos: ¡Amu­kim, nun­ca más!

Qui­sie­ra dedi­car estas pala­bras a las víc­ti­mas, muje­res y hom­bres, niños, ancia­nos, del geno­ci­dio que des­ató el gol­pe y la dic­ta­du­ra que nos impu­sie­ron en noviem­bre del año pasa­do. Tam­bién en memo­ria de Orlan­do Gutié­rrez, líder mine­ro que, en algu­nas de sus pala­bras, resu­mió la con­tra­dic­ción que aho­ra tam­bién debe­mos supe­rar, cuan­do decía que lo curio­so era que muchos “piti­tas” eran pre­ci­sa­men­te hijos de minis­tros del “gobierno del cam­bio”, de los lla­ma­dos “q’aras”, que empe­za­ron a asal­tar ámbi­tos de deci­sión, sin com­pren­der el pro­yec­to plu­ri­na­cio­nal que el pue­blo se había pro­pues­to. Los segui­mos tenien­do hoy, incrus­tán­do­se hábil­men­te en el nue­vo gobierno, al ampa­ro de la ante­rior cúpu­la, que se auto­pro­cla­ma “socia­lis­ta” para des­de­ñar toda crítica.

Pero ojo, “q’ara” no es aquél de tez blan­ca (de eso nos pue­de ense­ñar mucho el her­mano David Cho­quehuan­ca), por­que el pro­ble­ma no es el color feno­tí­pi­co sino –algo que tam­bién se dio cuen­ta Faus­to Rey­na­ga– el color de la razón, el color de los pen­sa­mien­tos. Para que apren­da­mos, la razón no es neu­tratie­ne color. Franz Fanon lo expre­sa de esta mane­ra: se pue­de tener piel negra y, sin embar­go, auto­ne­gar­se bajo más­ca­ras blan­cas. Pue­do lla­mar­me indí­ge­na, pacha­má­mi­co, has­ta kata­ris­ta, pero si pien­so de modo “q’ara”, enton­ces mi auto­con­tra­dic­ción sólo me lle­va­rá a la defec­ción, por­que la domi­na­ción es tam­bién una for­ma de pen­sar (como denun­cia la her­ma­na Patri­cia Chá­vez, a los nue­vos inte­lec­tua­les “q’amiristas”, los que fes­te­jan el empo­de­ra­mien­to eco­nó­mi­co ayma­ra, homo­lo­gan­do al “q’amiri” con el bur­gués capi­ta­lis­ta, repli­can­do una infa­me explo­ta­ción hacia sus pro­pios her­ma­nos y her­ma­nas, aho­ra jus­ti­fi­ca­da por esta inte­lec­tua­li­dad que se dice ayma­ra; estos pro­du­cen sin saber­lo, lo que lla­ma­mos, capi­tu­la­ción epis­té­mi­ca: ceden nues­tros con­cep­tos y cate­go­rías a la aca­de­mia de los doc­tor­ci­tos de la “ciu­dad letra­da”, para que lue­go nos devuel­van, con sor­na, una nor­ma­li­za­ción teó­ri­ca de nues­tras pers­pec­ti­vas, para decir­nos que no hay nove­dad, que lo nues­tro es lo mis­mo, que somos tan domi­na­do­res y explo­ta­do­res que ellos).

Pero esta refle­xión no es para escar­men­tar cul­pa­bles sino para que tome­mos cons­cien­cia de los lími­tes his­tó­ri­cos y teó­ri­cos de las pers­pec­ti­vas que ya han sido supe­ra­das por los hechos, y ya no pue­den dar razón de la cri­sis civi­li­za­to­ria en que se deba­te el siglo XXI. Por eso nos urge estar a la altu­ra del desa­fío que nos plan­tean los retos que debe­mos enfren­tar como huma­ni­dad, en este nece­sa­rio tran­si­to civi­li­za­to­rio; para ser de nue­vo luz para la huma­ni­dad, debe­mos poder inte­li­gir de mejor modo, en qué con­sis­te ese hori­zon­te de sen­ti­do polí­ti­co-his­tó­ri­co que hemos deno­mi­na­do el “vivir bien”.

Por­que mucha gen­te que se adhie­re al pro­yec­to, pue­de creer en el indio, pero como indi­vi­duo, a quien le impo­nen como pro­yec­to úni­co de vida, el “moder­ni­zar­se”, para que haga del desa­rro­llo y el pro­gre­so, su razón de exis­ten­cia; es decir, bajo más­ca­ra “socia­lis­ta”, con­sa­grar el hori­zon­te de creen­cias, pre­jui­cios y valo­res del pro­pio capi­ta­lis­mo, como el úni­co posi­ble. Esa con­fu­sión es la que no pue­de supe­rar la izquier­da euro­cén­tri­ca, que ve como úni­co pro­yec­to váli­do, el mis­mo que nos domi­nó por cin­co siglos.

Por­que decía­mos, una cosa es creer en el indio y otra, dis­tin­ta, es creer en lo que cree el indio. A modo de ejem­plo, quien pro­yec­ta una refor­ma edu­ca­ti­va, como la Ave­lino Siña­ni, pero tie­ne a sus hijos ins­cri­tos en cole­gios pri­va­dos, que más pare­cen extran­je­ros, es por­que, en defi­ni­ti­va, no cree en la refor­ma que pro­mue­ve (y es curio­so, cómo gran can­ti­dad de izquier­dis­tas, dedi­ca­ron todo su tra­ba­jo y esfuer­zos para edu­car a sus hijos en cole­gios pri­va­dos, has­ta en el extran­je­ro; y el resul­ta­do, ¿cuál fue?, la dere­chi­za­ción de sus hijos).

Uno pue­de, de boca para afue­ra, ser india­nis­ta, has­ta devo­to de la coca, pero cuan­do, por ejem­plo, sufre de algu­na enfer­me­dad, ya no acu­de a la coca, ¿dón­de acu­de?; no va don­de el yati­ri, la amau­ta o el callahua­ya, va al médi­co, o sea, en el fon­do cree en una medi­ci­na que se ha vuel­to nego­cio y tie­ne toda una indus­tria far­ma­céu­ti­ca cuyo fin ya no es curar sino enfer­mar. Y en la “plan­de­mia” demos­tra­mos, como pue­blo, que fue­ron nues­tras yer­bas y plan­tas medi­ci­na­les las que nos cura­ron; pues mien­tras la gen­te se moría en los hos­pi­ta­les, fue en nues­tras casas, a base de tra­ta­mien­tos tra­di­cio­na­les y alter­na­ti­vos, que nues­tro pue­blo alcan­zó lo que se lla­ma la “inmu­ni­dad colec­ti­va” (mien­tras los sis­te­mas de salud, los hos­pi­ta­les, clí­ni­cas, médi­cos, seguían cie­ga­men­te pro­to­co­los mun­dia­les que jamás habían toma­do en cuen­ta reali­da­des como la nuestra).

En la eco­no­mía, la polí­ti­ca, la cien­cia, en la medi­ci­na, lo que emer­ge como nove­dad civi­li­za­to­ria de la cul­tu­ra de la vida, no es per­sis­tir en el pro­yec­to moderno-capi­ta­lis­ta (creer que la moder­ni­dad es dife­ren­te del capi­ta­lis­mo es ya, a esta altu­ras, una inge­nui­dad inex­cu­sa­ble) sino, de modo crí­ti­co, tras­cen­der ese para­dig­ma y pro­po­ner­nos la for­ma de vida que expo­ne una resig­ni­fi­ca­ción de la vida, en cuan­to “vivir bien”, como su actua­li­za­ción ante los retos a los cua­les nos ha arro­ja­do la cri­sis que ha pro­vo­ca­do la pro­pia modernidad.

Una crí­ti­ca al capi­ta­lis­mo (o a la medi­ci­na con­ver­ti­da en nego­cio, por ejem­plo) es incom­ple­ta si no se hace la crí­ti­ca al ger­men mis­mo, cul­tu­ral y civi­li­za­to­rio, des­de don­de se pro­du­ce una eco­no­mía de la muer­te como es el capi­ta­lis­mo. Si no hace­mos un diag­nós­ti­co ade­cua­do de aque­llo en lo que con­sis­te el tipo de mun­do que se ha impues­to des­de 1492, difí­cil­men­te podre­mos hacer un diag­nós­ti­co de la cri­sis civi­li­za­to­ria actual y el pro­ba­ble lide­raz­go que podría­mos cons­ti­tuir, a nivel mun­dial, des­de ese nue­vo hori­zon­te de vida que nos lega­ron nues­tros ances­tros. En el tema que nos con­gre­ga hoy, pen­sar una demo­cra­cia para la vida, tam­bién pre­ci­sa de ese diagnóstico.

Por­que no es sólo el gol­pe de Esta­do que sufri­mos el año pasa­do sino tam­bién el Esta­do de sitio glo­bal impues­to vía cua­ren­te­na, lo que ha pues­to defi­ni­ti­va­men­te en cri­sis, la demo­cra­cia que enar­bo­la los valo­res libe­ra­les-moder­nos y que pro­mue­ven los pode­res fác­ti­cos y toda la ins­ti­tu­cio­na­li­dad mundial.

Por eti­mo­lo­gía sabe­mos que se tra­ta del gobierno del pue­blo, pero, en los hechos, nin­gu­na demo­cra­cia (y menos las aus­pi­cia­das por el lla­ma­do “mun­do libre”) es expo­nen­te de la volun­tad popu­lar hecha direc­triz nacio­nal. Por el con­tra­rio, todos aque­llos lla­ma­dos “regí­me­nes popu­lis­tas”, don­de se pre­ten­de­ría –aun­que sea dema­gó­gi­ca­men­te– exal­tar el poder popu­lar, son cata­lo­ga­dos de “anti­de­mó­cra­tas” y, por con­si­guien­te, seña­la­dos mediá­ti­ca­men­te como “auto­ri­ta­rios” y “dic­ta­to­ria­les”.

Es decir, la medi­da de la demo­cra­cia pare­ce no ser tan demo­crá­ti­ca; pues si, por un lado, todos los idea­les demo­crá­ti­cos no se dis­cu­ten, cuan­do tra­tan de ser imple­men­ta­dos o pues­tos en eje­cu­ción, enton­ces resul­ta que la demo­cra­cia está en peli­gro; y ese es el rela­to difun­di­do en todos los paí­ses don­de se ampli­fi­ca la demo­cra­cia; cons­ta­tan­do que, no sólo hay un des­fa­se entre las expec­ta­ti­vas demo­crá­ti­cas y la fac­ti­ci­dad polí­ti­ca, sino que se tra­ta de algo mucho más preocupante.

La idea mis­ma de demo­cra­cia que expo­ne, no sólo la opi­nión públi­ca sino has­ta el mun­do aca­dé­mi­co y polí­ti­co, es sólo una for­ma apa­ren­te que resis­te y aguan­ta todo, un con­cep­to vacío que sir­ve para todo y nada; si inclu­so el fas­cis­mo pue­de enar­bo­lar con­ve­nien­te­men­te sus pos­tu­la­dos, enton­ces es el con­cep­to mis­mo el que sufre de una ambi­güe­dad que no es sino el refle­jo de la pér­di­da de sen­ti­do de reali­dad, de un mun­do que ha entra­do en cri­sis y, con él, todos sus prin­ci­pios y valores.

En ese sen­ti­do, cuan­do nos refe­ri­mos a la cri­sis civi­li­za­to­ria, no nos refe­ri­mos sólo a con­flic­tos sis­té­mi­cos mul­ti­pli­ca­dos sino a un colap­so exis­ten­cial que la civi­li­za­ción moderno-occi­den­tal expo­ne como los lími­tes mis­mos de su pre­ten­sión de domi­na­ción expo­nen­cial, es decir, infi­ni­ta e ili­mi­ta­da. Por eso la cri­sis civi­li­za­to­ria que vivi­mos pue­de expre­sar­se como una rebe­lión de los lími­tes mis­mos de la vida. En ese sen­ti­do, una cri­sis exis­ten­cial glo­ba­li­za­da, sería la evi­den­cia fác­ti­ca de la incom­pa­ti­bi­li­dad entre la vida y el tipo de mun­do que ha cons­ti­tui­do y expan­di­do la moder­ni­dad. Por eso se tra­ta de una cri­sis ter­mi­nal, por­que si bien todo indi­ca que la deca­den­cia de este sis­te­ma-mun­do y su dise­ño geo­po­lí­ti­co cen­tro-peri­fe­ria es inne­ga­ble, es la pro­pia huma­ni­dad la que no sabe cómo renun­ciar a la for­ma de vida que sos­tie­ne a ese mun­do y a esa geopolítica.

Por ejem­plo: la mayo­ría de la gen­te com­pren­di­da como opi­nión públi­ca mun­dial, que se con­due­le de la pobre­za y la injus­ti­cia rei­nan­te, y qui­sie­ra cola­bo­rar con algo en esa situa­ción; si se le sugi­rie­se que son sus pro­pias expec­ta­ti­vas de vida, sus pro­pias creen­cias, las que con­tri­bu­yen a la pro­duc­ción de la mise­ria mun­dial, cier­ta­men­te darían la espal­da a seme­jan­te suge­ren­cia sin pen­sar­lo dos veces, por­que pre­fe­ri­rían morir antes de recon­si­de­rar obje­ti­va­men­te el sis­te­ma de creen­cias en el cual cre­cie­ron como indi­vi­duos ego­cén­tri­cos (ver Lar­ken Rose: The most dan­ge­rous supers­ti­tion).

Pero es ese sis­te­ma de creen­cias, pre­ci­sa­men­te, el que empie­za a des­plo­mar­se jun­to al mun­do que, como obje­ti­vi­dad, es el refle­jo de una sub­je­ti­vi­dad social, moder­na, bur­gue­sa y capi­ta­lis­ta que, aun­que vea des­mo­ro­nar­se su mun­do, sigue cre­yen­do en él. Por eso se dice que el mun­do es tam­bién un esta­do de cons­cien­cia. Si mi cons­cien­cia está en corres­pon­den­cia, es decir, en sin­to­nía y cone­xión con el mun­do, enton­ces, ese mun­do, aun­que esté en cri­sis evi­den­te, sigue en pie, por­que yo le brin­do el sopor­te ener­gé­ti­co que nece­si­ta para seguir exis­tien­do. Toda la obje­ti­vi­dad del mun­do es pro­duc­ción sub­je­ti­va, es decir, un mun­do no tie­ne sen­ti­do en sí mis­mo, sino para un suje­to, de modo que el impu­so vital que pre­ci­sa el mun­do para seguir vivien­do se lo brin­da el sujeto.

Enton­ces pode­mos adver­tir que la cri­sis de un mun­do es tam­bién y en mayor medi­da una cri­sis exis­ten­cial que, en defi­ni­ti­va, se expre­sa por­que la vida, el sen­ti­do mis­mo de la vida, es lo que ha entra­do en cri­sis. Por eso lo que nace en Boli­via, como un nue­vo hori­zon­te polí­ti­co, ha inter­pe­la­do de tal modo al mun­do ente­ro, que ha diri­gi­do la aten­ción del pen­sa­mien­to más crí­ti­co al jui­cio, ya no sólo de hecho sino de reali­dad, que ha pues­to las cosas en su lugar.

El suma qama­ña, como hori­zon­te de sen­ti­do, apun­ta pre­ci­sa­men­te a resal­tar el dato vital que ha pues­to al sis­te­ma-mun­do en aprie­tos. Nece­si­ta­mos, como huma­ni­dad, un nue­vo sen­ti­do de la vida. Para que la vida siga sien­do posi­ble y, sobre todo, vivi­ble, hay que resig­ni­fi­car el vivir mis­mo, esto es, ¿para qué vivi­mos?, ¿cuál es nues­tro pro­pó­si­to en la vida?

La dis­cu­sión polí­ti­ca, así como la eco­nó­mi­ca, hace rato que han deja­do de lado estas inte­rro­gan­tes, no sólo por­que ya se han des­en­ten­di­do de la vida sino por­que expre­san actual­men­te lo que son de ini­cio: un tipo de cono­ci­mien­to que jus­ti­fi­ca y legi­ti­ma una lite­ral lógi­ca de la muer­te. Si el colap­so medioam­bien­tal es la con­se­cuen­cia de la civi­li­za­ción petro­le­ra, el des­plo­me de la con­fian­za moral y social hacia la polí­ti­ca es con­se­cuen­cia tam­bién de esa mis­ma civi­li­za­ción, que pro­mue­ve una socie­dad del pro­gre­so para bene­fi­cio exclu­si­vo de los ricos del mun­do y cuya polí­ti­ca expre­sa a sus valo­res libe­ra­les y aho­ra neo­li­be­ra­les como los úni­cos posi­bles y deseables.

Así como el capi­ta­lis­mo nece­si­ta de indi­vi­duos codi­cio­sos, así tam­bién la polí­ti­ca nece­si­ta de indi­vi­duos egoís­tas, para impul­sar la loco­mo­to­ra del pro­gre­so y el desa­rro­llo. Por eso aho­ra, pode­mos evi­den­ciar, a dón­de nos iba a con­du­cir ese tren que, mien­tras más ace­le­ra su motor, más muer­te y des­truc­ción pro­vo­ca su pro­duc­ción de rique­za. Pero hemos natu­ra­li­za­do de tal for­ma esa lógi­ca de muer­te, que sólo desea­mos “pro­gre­sar”, “desa­rro­llar” y “moder­ni­zar­nos”, por­que cree­mos que ello sig­ni­fi­ca alcan­zar bien­es­tar y lograr la feli­ci­dad. Pero, ¿de qué sir­ve tener todo si nues­tra vida ya no tie­ne sen­ti­do? Y eso, el sen­ti­do de la vida, es lo que está en jue­go en esta cri­sis mun­dial. Mien­tras hemos creí­do inge­nua­men­te que los orga­nis­mos mun­dia­les, sus pro­to­co­los sani­ta­rios y la cien­cia moder­na y sus “exper­tos”, ago­tan sus esfuer­zos por el bien de la huma­ni­dad, déjen­me con­tar­les algo:

El labo­ra­to­rio bio­ló­gi­co chino de Wuhan (don­de supues­ta­men­te apa­re­ce el covid-19, cuan­do ya en Espa­ña y Fran­cia se repor­ta­ron casos tem­pra­nos en sus geriá­tri­cos, y has­ta en USA, en recin­tos mili­ta­res) es pro­pie­dad de Gla­xo (Gla­xoS­mith­Kli­ne es una de las más gran­des empre­sas far­ma­céu­ti­cas bri­tá­ni­cas), que es ade­más pro­pie­ta­ria de Pfi­zer (la com­pa­ñía far­ma­céu­ti­ca grin­ga pro­duc­to­ra de la vacu­na anti-covid ava­la­da por la OMS). Aho­ra bien, las finan­zas de Pfi­zer son admi­nis­tra­das por Black Rock (que jun­to a Van­guard Group, son los dos más gran­des ban­cos de inver­sio­nes mun­dia­les –por eso son lla­ma­dos giga­ban­cos– que con­tro­lan la mitad del mer­ca­do de accio­nes de Wall Street; los otros dos son Fide­lity FMR y Sta­te Street Corp.). Black Rock con­tro­la a The Eco­no­mist y al Finan­cial Times y a los gran­des con­sor­cios de infor­ma­ción mun­dial, como CNN; Black Rock admi­nis­tra tam­bién las finan­zas de la fun­da­ción de Geor­ge Soros, “Open Society” (quie­nes dise­mi­nan en Lati­noa­mé­ri­ca las ideas cons­pi­ra­cio­nis­tas de una “izquier­da malig­na”, el “mons­truo del comu­nis­mo”, apun­tan­do al Foro de Sao Pau­lo, el cas­tro-cha­vis­mo, etc.), y tam­bién, Black Rock, es ope­ra­dor finan­cie­ro de la mul­ti­na­cio­nal fran­ce­sa del nego­cio de segu­ros AXA, cuyo clien­te es la empre­sa ale­ma­na Win­terthur, que cons­tru­yó el labo­ra­to­rio de Wuhan, y fue com­pra­do por la mul­ti­na­cio­nal ale­ma­na de ser­vi­cios finan­cie­ros Allianz. Esta mul­ti­na­cio­nal es una gran accio­nis­ta de Van­guard y de Black Rock, quie­nes, ya diji­mos, con­tro­lan, por media­ción de Wall Street, los ban­cos cen­tra­les y admi­nis­tran ⅓ del capi­tal de inver­sión glo­bal. Van­guard y Black Rock son gran­des accio­nis­tas de Micro­soft y de la “Fun­da­ción Bill y Melin­da Gates”, que es, a su vez, accio­nis­ta de Pfi­zer (la ava­la­da para pro­du­cir una vacu­na obli­ga­to­ria a nivel mun­dial, que sería el nue­vo tipo de iden­ti­fi­ca­ción mun­dial y, por supues­to, de un nue­vo tipo de con­trol) y actual­men­te es uno de los gran­des patro­ci­na­do­res de la OMS.

Si se dan cuen­ta, se cie­rra el círcu­lo vicio­so a la per­fec­ción: pro­vo­can una enfer­me­dad viral de pro­por­cio­nes glo­ba­les, para des­pués ven­der­le al mun­do la supues­ta cura. Pero no se tra­ta del nego­cio del siglo, por­que el nego­cio es otro y más sinies­tro. Ellos son sólo los bene­fi­cia­rios de un plan que lo pien­san otros. Todos ellos esta­ban en el “Even­to 201”, simu­la­cro de una pan­de­mia glo­bal que fue rea­li­za­do en New York, sos­pe­cho­sa­men­te, un mes antes que se des­ata­ra ésta en Wuhan.

Se tra­ta de un rese­teo, a esca­la mun­dial, de todo el sis­te­ma eco­nó­mi­co glo­bal, para impo­ner un orden que bene­fi­cie sólo y exclu­si­va­men­te al 1% de billo­na­rios mun­dia­les, y ha sido pues­to en mar­cha con un ejer­ci­cio mili­tar de disua­sión estra­té­gi­ca, lla­ma­do “cua­ren­te­na”. El asun­to es que la eco­no­mía ya no pue­de cre­cer más; el capi­ta­lis­mo, como eco­no­mía del cre­ci­mien­to ha sobre­pa­sa­do los lími­tes reales de la vida, pero como se tra­ta de una eco­no­mía sui­ci­da que, como el cán­cer, no pue­de dejar de cre­cer, no ve otra opción que des­po­jar­le defi­ni­ti­va­men­te a la huma­ni­dad de todo lo que hace posi­ble su vida. Al sis­te­ma ya no le intere­sa, ni la vida, ni la huma­ni­dad, por eso pro­mue­ve la Inte­li­gen­cia Arti­fi­cial, el trans­hu­ma­nis­mo y un para­dig­ma postindustrial.

En ese sen­ti­do, la coti­za­ción del agua en el mer­ca­do de valo­res es ape­nas el ini­cio de una polí­ti­ca que, des­pués de la cua­ren­te­na glo­bal, pre­ten­de impo­ner­se como “solu­ción final”. Para eso inclu­so están dis­pues­tos al rema­te de los paí­ses cen­tra­les, de su esta­bi­li­dad y bonan­za, como lo que se per­fi­la, como gue­rra civil inten­si­va, en la pro­pia USA. Los ricos del mun­do lo ven como un asun­to de sobre­vi­ven­cia: o ellos (los pobres del mun­do) o noso­tros (los ricos). Para la codi­cia y el egoís­mo, hechos for­ma de vida, el mun­do y la vida no se pue­den com­par­tir. Gandhi decía que “el mun­do sobra y bas­ta para todos, pero no para la codi­cia de algunos”.

¿Cómo hemos lle­ga­do a esta situa­ción? ¿Cómo este mun­do, que ha pre­go­na­do los más gran­des e irre­nun­cia­bles valo­res huma­nos en su expan­sión, des­de el 1492, nos ha con­du­ci­do a esta encru­ci­ja­da, a este labe­rin­to sin apa­ren­te sali­da? ¿Cómo hemos podi­do acep­tar y natu­ra­li­zar un tipo de mun­do sin alter­na­ti­vas y some­ter­nos al fata­lis­mo impe­rial que nos ha hecho creer que sin el dólar no somos nada?

Haga­mos his­to­ria. No la his­to­ria que nos han impues­to los ven­ce­do­res, sino la his­to­ria olvi­da­da, que es la que des­pier­ta en nues­tros pue­blos el deside­rá­tum his­tó­ri­co de un mun­do más digno, jus­to, libre y ver­da­de­ro. ¿Dón­de nace la domi­na­ción que sufri­mos y por qué se ocul­ta sutil­men­te en los gran­des rela­tos, como es la demo­cra­cia, que pro­mue­ven los pode­res fác­ti­cos para domi­nar­nos cada vez de mejor modo?

En el dis­cur­so polí­ti­co, la cons­ti­tu­ción sim­bó­li­ca del enemi­go, como lo dedu­ci­do del des­pre­cio aris­to­crá­ti­co al pue­blo, tie­ne lar­ga data. Escu­chen esto (y van a recor­dar a los gol­pis­tas): “¡Qué afor­tu­na­da será la Repú­bli­ca si arro­ja a esta basu­ra de la ciu­dad! ¿Hay algún cri­men o mal­dad que él no haya tra­ma­do duran­te los últi­mos años? ¿Qué enve­ne­na­dor, qué gla­dia­dor, qué ban­do­le­ro, que parri­ci­da, qué sica­rio, qué liber­tino, qué diso­lu­to, qué adúl­te­ro, qué mujer infa­me, qué corrup­tor de la juven­tud, qué corrom­pi­do, qué per­di­do hay en toda Ita­lia que no con­fie­se haber vivi­do ínti­ma­men­te con Cati­li­na? ¿Qué ase­si­na­to se ha come­ti­do en estos últi­mos años sin su par­ti­ci­pa­ción?”. Se tra­ta de las Cati­li­na­rias, de Mar­co Tulio Cice­rón, el mis­mo home­na­jea­do por la tra­di­ción polí­ti­ca y diplo­má­ti­ca occi­den­tal, por su céle­bre retó­ri­ca que solía expre­sar­se de este modo: “mi pro­pó­si­to es encon­trar la ver­dad, no refu­tar a otro como si se tra­ta­ra de un adver­sa­rio”. Pero sólo era de boca para afue­ra, por­que en los hechos, este Dis­cur­so con­tra Cati­li­na retra­ta ese des­pre­cio aris­to­crá­ti­co repu­bli­cano-romano hacia un diri­gen­te cam­pe­sino, cuyo úni­co peca­do había sido lide­rar un levan­ta­mien­to popular.

Para des­gra­cia del pro­pio Cice­rón, el aplas­ta­mien­to de la revuel­ta cam­pe­si­na –que él mis­mo jus­ti­fi­ca– sólo trae­rá como resul­ta­do la diso­lu­ción de la repú­bli­ca y la entro­ni­za­ción del Impe­rio. Ese des­pre­cio aris­to­crá­ti­co pode­mos ras­trear­lo has­ta la pro­pia Gre­cia, de don­de dice la tra­di­ción moderno-occi­den­tal, pro­ce­de la democracia.

En su pro­pia eti­mo­lo­gía, el demos no es pre­ci­sa­men­te el pue­blo como nos ima­gi­na­mos; si los grie­gos hubie­sen que­ri­do expre­sar al pue­blo pue­blo, podían haber usa­do el ter­mino laos y no demos, por­que demos se refie­re a gru­pos con poder de nego­cia­ción, es decir, gru­pos cor­po­ra­ti­vos que, por ello, defen­dían intere­ses par­ti­cu­la­res y no, pre­ci­sa­men­te, el bien común. El demos grie­go lo cons­ti­tuían quie­nes podían ser admi­ti­dos en el ágo­ra (que era un lugar sagra­do don­de se esta­ble­cían los tem­plos dedi­ca­dos a los dio­ses) a tra­tar los asun­tos polí­ti­cos; allí sólo podían estar los varo­nes libres y de ingre­sos sol­ven­tes (no podían estar los cam­pe­si­nos, las cla­ses bajas, los mete­cos, los hopli­tas, las muje­res, y peor los escla­vos). Por eso, por polí­ti­ca, los grie­gos no enten­dían lo que hoy repi­ten como loros los cien­tis­tas polí­ti­cos, aque­llo alu­di­do a Aris­tó­te­les: el hom­bre como “ani­mal polí­ti­co”. Aris­tó­te­les nun­ca dijo eso. Lo que dijo, en la Polí­ti­ca, fue: “antro­poi phu­sei zoon poli­ti­kon” (el hom­bre es un vivien­te que habi­ta en la polis).

Polis es la ciu­dad grie­ga. Aris­tó­te­les está dicien­do que sólo es ser humano quien habi­ta en la polis grie­ga (para el esta­gi­ri­ta, ni los chi­nos, ni los semi­tas y peor los euro­peos, podían ser con­si­de­ra­dos autén­ti­cos seres huma­nos). Este argu­men­to es el que actua­li­za Gines de Sepúl­ve­da, ya en 1550, para deva­luar la huma­ni­dad del indio y jus­ti­fi­car la gue­rra de con­quis­ta. De modo que esta­mos ante una tra­di­ción, la occi­den­tal, que par­te de la deva­lua­ción e infe­rio­ri­za­ción del otro, del dis­tin­to, pero, ade­más, del pri­vi­le­gio de la ciu­dad, como el lugar de la polí­ti­ca, en des­me­dro del cam­po. Esta tra­di­ción es la que recep­cio­na la moder­ni­dad y la lle­va a sus últi­mas con­se­cuen­cias. Por­que el cró­ni­co aban­dono actual del cam­po no es algo natu­ral, sino par­te de una polí­ti­ca que ya no se fun­da en el cir­cui­to sim­bió­ti­co que esta­ble­cen ser humano y natu­ra­le­za, y que siem­pre pre­ser­vó y repro­du­jo el cam­po, como lugar de la pro­duc­ción y repro­duc­ción de la vida, sino su pau­la­ti­na negación.

Esa tra­di­ción aris­to­crá­ti­ca, de des­pre­cio popu­lar, que nace en Gre­cia y la desa­rro­lla la Roma repu­bli­ca­na y des­pués impe­rial (y des­pués cris­tiano-impe­rial), es lo que ha de cons­ti­tuir el con­te­ni­do polí­ti­co de los regí­me­nes monár­qui­cos de la Euro­pa medie­val; es decir, para decir­lo en los tér­mi­nos de Túpac Kata­ri: lo que tra­je­ron los inva­so­res euro­peos, no fue­ron tra­di­cio­nes demo­crá­ti­cas sino monárquicas.

Tam­po­co es atri­bui­ble a la his­to­ria euro­pea la idea de liber­tad, por­que no poseen una genea­lo­gía lar­ga al res­pec­to (la liber­tad per­so­nal es algo vaga­men­te enten­di­do por la men­ta­li­dad euro­pea pre­mo­der­na), es decir, la demo­cra­cia igua­li­ta­ria y la liber­tad, tal como las cono­ce­mos, le deben muy poco a Euro­pa. En len­gua, reli­gión, cos­tum­bres, y ley posi­ti­va, el Impe­rio espa­ñol es here­de­ro de la Roma anti­gua, razón por la cual pue­de afir­mar­se que no tra­je­ron nada pare­ci­do a una tra­di­ción demo­crá­ti­ca. Los Paí­ses Bajos e Ingla­te­rra, los supues­tos dos mode­los de la demo­cra­cia euro­pea no eran sino regí­me­nes monár­qui­cos, has­ta de vota­ción cla­si­fi­ca­da exclu­si­va­men­te mas­cu­li­na; los ingle­ses creen que el ini­cio de sus liber­ta­des civi­les y demo­crá­ti­cas se lo deben a la Car­ta Mag­na de 1215 del rey Juan, pero en esa lla­ma­da Gran Car­ta sólo se pri­vi­le­gia a la aris­to­cra­cia que, de ser monar­quía, pasa­rá a ser oli­gar­quía. En nin­guno de los casos pue­de hablar­se de democracia.

Y ante la acu­sa­ción de que azte­cas, mayas o incas, sacri­fi­ca­ban cons­tan­te­men­te víc­ti­mas a sus dio­ses, es más una leyen­da negra que se ha natu­ra­li­za­do en la cos­mo­vi­sión moder­na que se for­ma­li­za en su ideo­lo­gía por anto­no­ma­sia: el euro­cen­tris­mo; por­que si de sacri­fi­cios y geno­ci­dios habla­mos, His­pa­nia, el Sacro Impe­rio romano-ger­má­ni­co, la Fran­cia, pro­du­je­ron, con sus luchas monár­qui­cas, la que­ma de bru­jas, las cru­za­das, la Inqui­si­ción, etc., más sacri­fi­cios y geno­ci­dios, por siglos, que nun­ca son moti­vo de com­pa­ra­ción con lo que supues­ta­men­te suce­día en el Nue­vo Mun­do. Ni la Roma Vati­ca­na basa­ba su vida públi­ca en ins­ti­tu­cio­nes demo­crá­ti­cas. Enton­ces, reite­re­mos la pre­gun­ta, ¿de dón­de vie­ne la idea moder­na de democracia?

El tema más recu­rren­te en las cró­ni­cas del Nue­vo Mun­do, es el asom­bro seña­la­do por la liber­tad per­so­nal (no indi­vi­dua­lis­ta) de los indí­ge­nas; sobre todo aque­lla auto­no­mía que mos­tra­ban res­pec­to de sus gober­nan­tes y de las altas jerar­quías. Ante la mira­da absor­ta de los colo­ni­za­do­res, la vida polí­ti­ca indí­ge­na se desa­rro­lla­ba sin lide­raz­gos ver­ti­ca­les ni ins­ti­tu­cio­nes coer­ci­ti­vas. Los rela­tos pro­to-antro­po­ló­gi­cos de Louis Armand de Lom d’Arce, barón de Lahon­tan, entre 1638 y 1694, refi­rién­do­se a los huro­nes, dice: “nacen como her­ma­nos, libres y uni­dos y uno es tan señor como el otro”. El barón de Lahon­tan no encuen­tra otra pala­bra para des­cri­bir aque­llo que “anar­quía”, para refe­rir­se a una for­ma de vida sin un poder coer­ci­ti­vo que impon­ga un orden. El etnó­gra­fo jesui­ta Fra­nçois Lafi­tau com­pa­ra a los mohawk con los grie­gos, para des­cri­bir una vida polí­ti­ca muy desa­rro­lla­da, que asom­bró a estos tem­pra­nos cro­nis­tas que tes­ti­mo­nia­ron el pri­mer con­tac­to con los indios del nor­te y su pos­te­rior ani­qui­la­ción. El mis­mo Jean-Jac­ques Rous­seau es impac­ta­do por la pie­za tea­tral “Arle­quín sau­va­ge”, que le ser­vi­ría de ins­pi­ra­ción para su Dis­cur­so sobre el ori­gen de la des­igual­dad entre los hom­bres (Dis­cours sur l’origine et les fon­de­ments de l’inégalité par­mi les hom­mes), de 1754. El pro­pio Michel de Mon­taig­ne en Des Can­ni­ba­les sui­vi de des coches, de 1580, afir­ma que los indios “apa­re­cen sal­va­jes res­pec­to a nues­tras reglas de razón, así como noso­tros lo somos ante sus pro­pias reglas”, dan­do a enten­der que los lla­ma­dos “sal­va­jes” vivían mejor que los “civi­li­za­dos” euro­peos (ver Jack Weather­ford: Indian Givers).

Entre los padres fun­da­do­res de USA, Tho­mas Pai­ne fue uno de los más impor­tan­tes polí­ti­cos radi­ca­les que, jun­to a otros, toma­ron como mode­lo de orga­ni­za­ción demo­crá­ti­ca a los indí­ge­nas iro­que­ses. Par­te a Euro­pa en 1787 y allí redac­ta el libro que dará el nom­bre a la Ilus­tra­ción euro­pea: La edad de la razón, de 1794. Los hallaz­gos his­tó­ri­cos actua­les seña­lan ya que la pre­sen­cia euro­pea y has­ta nor­te­ame­ri­ca­na, en las luchas de Ama­ru, Túpac Kata­ri y los her­ma­nos Kata­ri, en el sur de la actual Boli­via, docu­men­ta y pro­pa­ga en el vie­jo mun­do la antor­cha de la liber­tad indí­ge­na, como ins­pi­ra­ción de, por ejem­plo, la pro­pia revo­lu­ción fran­ce­sa; lo mis­mo que el pro­ce­so eman­ci­pa­to­rio de los negros de Hai­tí, la pri­me­ra nación de hom­bres negros libres del mun­do moderno; es decir, son las ideas liber­ta­rias del mun­do indí­ge­na y no al revés, las que encien­den las ban­de­ras liber­ta­rias y demo­crá­ti­cas de la pro­pia Europa.

La revo­lu­ción fran­ce­sa le debe más a las luchas eman­ci­pa­to­rias del Nue­vo Mun­do, que la creen­cia con­tra­ria, que la revo­lu­ción fran­ce­sa es la ins­pi­ra­ción para nues­tra inde­pen­den­cia (la revo­lu­ción fran­ce­sa no sólo gui­llo­ti­na a su rey, tam­bién a Fra­nçois-Noël Babeuf, el líder obre­ro, a la femi­nis­ta Olym­pe de Gou­ges y, como para reafir­mar que los “dere­chos uni­ver­sa­les” sólo son para los blan­cos, ajus­ti­cian tam­bién a Tous­saint l’Overture, líder negro de la negra revo­lu­ción hai­tia­na). Es la defen­sa intran­si­gen­te de los indios por la liber­tad, la inde­pen­den­cia y una for­ma de vida demo­crá­ti­ca, su lega­do uni­ver­sal en toda la his­to­ria de sus luchas. Lega­do que nun­ca se atri­bu­ye­ron como pro­pio, pero que desa­rro­lla­ron de un modo que jamás habrían podi­do desa­rro­llar los europeos.

En 1760 el jefe otta­wa Pon­tiac logró reu­nir a las nacio­nes Anishi­na­be, Mia­mi, Sene­ca, Lena­pe, Shaw­nee, Huron, y otros, en con­tra de los bri­tá­ni­cos. Pon­tiac decía: “sólo hay un pro­pó­si­to: exter­mi­nar­nos; sólo una res­pues­ta: la unión ante enemi­go tan pode­ro­so”; esta unión (que resis­te la inva­sión ingle­sa por casi una déca­da y demues­tra que fue­ron siem­pre los indios el ejem­plo que las inde­pen­den­cias de las colo­nias con­ti­nua­ron) tomó el carác­ter de una con­fe­de­ra­ción, simi­lar a la pri­me­ra demo­cra­cia de Amé­ri­ca: la con­fe­de­ra­ción de las nacio­nes Onon­da­ga, Onei­da, Mohawk, Sene­ca y Cayu­ga (don­de apa­re­ce una legis­la­ción envi­dia­ble aun hoy en día, de con­vi­ven­cia polí­ti­ca en la diver­si­dad y el res­pe­to mutuo, en gran par­te ins­pi­ra­da por aquel legen­da­rio líder Huron más cono­ci­do como “el Gran Paci­fi­ca­dor”), la con­fe­de­ra­ción de los Hau­de­no­sau­nee o pue­blos iro­que­ses (mode­lo que Ben­ja­min Fran­klin pro­po­ne como el mode­lo a seguir para la cons­ti­tu­ción futu­ra de los “Esta­dos Uni­dos de Amé­ri­ca”). Esta con­fe­de­ra­ción es la pri­me­ra expe­rien­cia de fede­ra­lis­mo que se cono­ce y se basa­ba en una idea cono­ci­da por noso­tros, la auto­de­ter­mi­na­ción de los pue­blos (que aquí fue ins­tru­men­ta­li­za­da, por la oli­gar­quía orien­tal, en los tér­mi­nos de una auto­no­mía fun­cio­nal a los gru­pos de poder local).

En ese sen­ti­do, pode­mos afir­mar que, las nocio­nes que el mun­do moderno ha dise­mi­na­do en cuan­to idea demo­crá­ti­ca, basa­da en pos­tu­la­dos igua­li­ta­rios, divi­sión equi­li­bra­da de pode­res (mucho antes que a Mon­tes­quieu se le “ocu­rrie­se”) y gobier­nos fede­ra­dos, nacen de la influen­cia indí­ge­na entre 1607 y 1776. Son los indios iro­que­ses y algon­qui­nos, en la pos­te­rior USA, los ver­da­de­ros “padres fun­da­do­res” que dise­mi­nan la idea de la liber­tad y tam­bién auto­res del pri­mer nom­bre que tuvo la pro­pia ONU: La “liga de las nacio­nes” (has­ta son los indios los ver­da­de­ros auto­res de la emble­má­ti­ca fies­ta grin­ga del “Thanks­gi­ving day”: para los indios wam­pa­noag, “todo lo que tene­mos es un rega­lo del Crea­dor y por eso damos las gra­cias”; por eso el “Día de Acción de Gra­cias” era la base de toda su vida cere­mo­nial: “com­par­tir es una obli­ga­ción, si no com­par­ti­mos, ya no hay razón para que el Crea­dor con­ti­núe rega­lan­do sus dones”).

Pero la mito­lo­gía moder­na, fun­da­da ya en esa cla­si­fi­ca­ción antro­po­ló­gi­ca que había pro­du­ci­do el racis­mo meta­fí­si­co moderno, como una natu­ra­li­za­ción de las rela­cio­nes de domi­na­ciónbio­lo­gi­zan­do las dife­ren­cias cul­tu­ra­les e inven­tan­do el rela­to de que hay supe­rio­res por natu­ra­le­za e infe­rio­res; no podía cons­ti­tuir a Euro­pa y lo “blan­co” en cen­tro onto­ló­gi­co y geo­po­lí­ti­co, con­ci­bien­do una rei­vin­di­ca­ción de sus víc­ti­mas, por­que eso sig­ni­fi­ca­ría la acep­ta­ción de lo per­ver­so del pro­yec­to moderno (sus víc­ti­mas no podían ser víc­ti­mas sino infe­rio­res; para afir­mar, de ese modo, la exclu­si­va supe­rio­ri­dad blanco-moderno-europea).

La moder­ni­dad es un pro­yec­to de domi­na­ción expo­nen­cial y eso sig­ni­fi­ca la impo­si­ción mito­ló­gi­ca e ideo­ló­gi­ca de su cen­tra­li­dad, es decir, hacer de su par­ti­cu­la­ri­dad, un dog­ma uni­ver­sal. Esta visión pro­vin­cia­na de una Euro­pa que sien­do nada, antes de la con­quis­ta e inva­sión del Nue­vo Mun­do, y que, gra­cias al des­po­jo con­ti­nuo y sis­te­má­ti­co de toda la rique­za nues­tra, se cons­ti­tu­ye en poder mun­dial y refe­ren­cia úni­ca de huma­ni­dad, es lo que cons­ti­tu­ye a su ideo­lo­gía matriz: el euro­cen­tris­mo (el éxo­do che­ro­kee, más cono­ci­do como el “camino de las lágri­mas”, fue el éxo­do obli­ga­do, en su pro­pia tie­rra, de cien­tos de nacio­nes indí­ge­nas, con excep­ción de aque­llas que fue­ron exter­mi­na­das por el sólo hecho de amar su pro­pia tie­rra; tarea que rea­li­za­ron, del modo más dili­gen­te, aque­llas “gran­des” figu­ras que home­na­jea el país del nor­te, como Geor­ge Washing­ton, quien, en ple­na gue­rra con­tra los bri­tá­ni­cos, orde­na al gene­ral John Sulli­van la inva­sión de la prós­pe­ra nación iro­que­sa y la expul­sión de toda su gen­te, ade­más de la des­truc­ción de su capi­tal: Onon­da­ga; o Andrew Jack­son, quien, como antes William Henry Harri­son, usa su fama de exter­mi­nar indios para alcan­zar la pre­si­den­cia; tales ejem­plos mues­tran el carác­ter per­ver­so e inmo­ral de los gobier­nos que se suce­die­ron en el nor­te, fie­les al euro­cen­tris­mo, como la ideo­lo­gía per­ti­nen­te de toda voca­ción impe­rial moderna).

Por eso, cuan­do afir­ma­mos que la izquier­da y el mar­xis­mo del siglo XX son euro­cén­tri­cos, nos refe­ri­mos a la ya natu­ra­li­za­da creen­cia, gra­cias a la cien­cia y filo­so­fía moder­nas, de que todo lo pre­mo­derno no es sólo ante­rior sino infe­rior y que toda la anti­güe­dad no tie­ne sen­ti­do en la socie­dad del pro­gre­so y del futu­ro (como se con­ci­be, a sí mis­ma, la socie­dad moder­na). Esta creen­cia es la que com­par­te –con la dere­cha– la izquier­da euro­cén­tri­ca y el lla­ma­do socia­lis­mo del siglo XX, y lo que le impi­dió des­ta­car que lo más genuino de la lucha revo­lu­cio­na­ria no esta­ba en sus manua­li­tos uni­ver­sa­lis­tas sino en lo más pro­pio de su pueblo.

Pon­ga­mos este ejem­plo: Cuan­do Lenin redac­ta sus Tres fuen­tes y tres par­tes inte­gran­tes del mar­xis­mo, y seña­la que son la eco­no­mía polí­ti­ca ingle­sa, la filo­so­fía clá­si­ca ale­ma­na y el socia­lis­mo utó­pi­co fran­cés, olvi­da que Marx mis­mo sub­ti­tu­la a El Capi­talCrí­ti­ca al sis­te­ma de cate­go­rías de la eco­no­mía polí­ti­ca bur­gue­sa, es decir, cómo podría ser fuen­te de su pen­sa­mien­to algo a lo cual le está hacien­do la crí­ti­ca; segun­do, Marx nun­ca había rei­vin­di­ca­do a la filo­so­fía ale­ma­na en su tota­li­dad sino a la tra­di­ción crí­ti­ca de la deu­ts­che wis­sens­chaft; es más, podría­mos decir, basán­do­nos en Michell Lowy, que el 50% del len­gua­je de Marx es román­ti­co ale­mán, quie­nes, por ejem­plo, a decir del poe­ta Nova­lis, se inven­tan el con­cep­to de “anti­güe­dad” (que no tie­ne más de dos siglos de vigen­cia), que, des­de su examen de bachi­lle­ra­to has­ta El Capi­tal, la pre­sen­cia cons­tan­te de citas bíbli­cas, ya sean judías o cris­tia­nas, hacen de la teo­lo­gía un com­po­nen­te impres­cin­di­ble del len­gua­je de Marx.

Aho­ra, a pro­pó­si­to del socia­lis­mo utó­pi­co fran­cés, Lenin igno­ra y, con él, todo el mar­xis­mo pos­te­rior euro­cén­tri­co, de dón­de sur­ge ese socia­lis­mo (con­si­de­ra­do “padre” del socia­lis­mo cien­tí­fi­co). Haga­mos otra vez his­to­ria. Los clá­si­cos de la lite­ra­tu­ra utó­pi­ca euro­pea siem­pre fue­ron Tomas Moro, Cam­pa­ne­lla y Fran­cis Bacon. Moro escri­be Uto­pía en 1516, basan­do su idea de una ciu­dad per­fec­ta, en rela­tos de via­je­ros al Nue­vo Mun­do (como las dis­cu­ti­das car­tas de Amé­ri­co Ves­puc­ci); Tomas­so Cam­pa­ne­lla escri­be Civi­tas Solis, en 1623, don­de des­cri­be Tra­po­ba­na, una ciu­dad halla­da en una expe­di­ción marí­ti­ma al Nue­vo Mun­do; y Fran­cis Bacon, cuan­do des­cri­be La nue­va Atlán­ti­da, en 1622, lo hace en refe­ren­cia al Perú. Es decir, esa lite­ra­tu­ra utó­pi­ca nace de innu­me­ra­bles rela­tos de las for­mas de vida de los indí­ge­nas del Nue­vo Mundo.

Pero vea­mos algo más; ese otro encu­bri­mien­to que pro­du­ce el euro­cen­tris­mo moderno. Las Reduc­cio­nes jesui­tas en Amé­ri­ca habían ser­vi­do de mode­lo para ima­gi­nar aquel paraí­so bíbli­co que pos­tu­la­ba la cris­tian­dad lati­na (y la cris­tian­dad pro­tes­tan­te, que se con­ti­núa en el nor­te de Amé­ri­ca). En Euro­pa no tar­dó en apa­re­cer una varia­da lite­ra­tu­ra al res­pec­to, pues los jesui­tas con­tro­la­ban gran par­te de la edu­ca­ción en los paí­ses euro­peos, por tres siglos (el mis­mo Des­car­tes se for­mó en La Fle­che, escue­la jesui­ta); lo cual no dis­mi­nu­yó con la expul­sión de la orden jesui­ta del Nue­vo Mun­do, en 1767. Esa lite­ra­tu­ra y la mis­ma expe­rien­cia en las Reduc­cio­nes que los jesui­tas expul­sa­dos lle­va­ron a los paí­ses de Euro­pa es lo que pro­du­ce, con el tiem­po, al lla­ma­do “socia­lis­mo utó­pi­co”; de modo que no sería una exa­ge­ra­ción decir que el “socia­lis­mo cien­tí­fi­co” es nie­to del socia­lis­mo que prac­ti­ca­ban jesui­tas e indí­ge­nas en las Reduc­cio­nes, pues no sólo se com­por­ta­ban de acuer­do a la éti­ca de los pri­me­ros após­to­les (que “todo lo com­par­tían en común y daban a cada quien lo que nece­si­ta­ba”) sino al modo de vida que los pro­pios gua­ra­níes habían desa­rro­lla­do en bus­ca de la “Tie­rra sin Mal”.

Lo que la izquier­da euro­cén­tri­ca com­par­te con la dere­cha, es la visión euro­cén­tri­ca que no le per­mi­te adver­tir que lo más genuino de nues­tro pue­blo es aque­llo que, como hilo con­duc­ti­vo, ha esta­do siem­pre pre­sen­te en el modo de ingre­so de las luchas indí­ge­nas en la vida polí­ti­ca; esto es, la defen­sa de la for­ma comu­ni­dad, como crí­ti­ca a la for­ma socie­dad que impo­ne el capi­ta­lis­mo como el tipo de sub­je­ti­vi­dad que nece­si­ta para impul­sar rela­cio­nes mer­can­ti­les e ins­tru­men­ta­les y de exal­ta­ción del egoís­mo y el indi­vi­dua­lis­mo como for­ma de vida social que impul­se al pro­pio capi­ta­lis­mo. Así como el dere­cho libe­ral, la for­ma socie­dad que se pre­sen­ta como supera­ción de la comu­ni­dad (ya lla­ma­da “arcai­ca”, es decir, infe­rior), son los meta-rela­tos que jus­ti­fi­can y legi­ti­man al capitalismo.

La teo­ría polí­ti­ca que expre­sa ya estos pre­jui­cios moder­nos es Hob­bes. En el Levia­tán de 1561, secu­la­ri­za aque­lla idea nega­ti­va que nece­si­ta la moder­ni­dad para deva­luar la huma­ni­dad del ser humano, para explo­tar­lo, domi­nar­lo, ani­qui­lar­lo, sin con­cien­cia de cul­pa: el hom­bre lobo del hom­bre, homo homi­ne lupus. Por ello no aho­rra pala­bras en seña­lar que “los sal­va­jes lle­van una vida soli­ta­ria, pobre, sucia, bru­tal y bre­ve”, sin dar­se cuen­ta que esa es la con­di­ción que les dejó la con­quis­ta y el geno­ci­dio con­ti­nuo. Ese tipo de des­crip­ción nega­ti­va pre­ten­de que sea uni­ver­sal, para pro­mo­ver la idea del Levia­tán, es decir, el some­ti­mien­to abso­lu­to para, supues­ta­men­te, “sal­var­nos del sal­va­jis­mo” (que Hob­bes pre­sen­cia en Ingla­te­rra y no pre­ci­sa­men­te en América).

Por eso no es de extra­ñar que el racis­mo se haga ilus­tra­do y expre­se a las men­tes más pene­tran­tes de la cien­cia y filo­so­fía moder­nas. Vol­tai­re por ejem­plo se pre­gun­ta: ¿cómo Dios pue­de poner un alma pura en un cuer­po tan negro? O Kant, que, en sus Diser­ta­cio­nes antro­po­ló­gi­cas de 1772, afir­ma que los indios “no son aptos para la civi­li­za­ción, inca­pa­ces de gober­nar­se y están des­ti­na­dos al exter­mi­nio”. Para Hegel, en su Filo­so­fía de la His­to­ria, el negro “es un hom­bre en bru­to (…) que no ha lle­ga­do a la intui­ción de nin­gu­na obje­ti­vi­dad” (las poten­cias euro­peas que se repar­tie­ron el Áfri­ca, en la Con­fe­ren­cia de Ber­lín de 1885, pro­du­je­ron este tipo de ideó­lo­gos que eran la van­guar­dia inte­lec­tual que con­sa­gra­ban, como “acto civi­li­za­to­rio”, los geno­ci­dios de sus reyes, como Leo­pol­do de Bél­gi­ca, que puso su cuo­ta per­so­nal de 15 millo­nes de seres huma­nos muer­tos en el Con­go, a la infi­ni­ta lis­ta de muer­te que car­gan Euro­pa y USA), y en refe­ren­cia a Méxi­co y Perú seña­la Hegel que “son cul­tu­ras mera­men­te par­ti­cu­la­res, que expi­ran en el momen­to en el que se les apro­xi­ma el Espí­ri­tu (sowie der Geist sich ihr näher­te). La infe­rio­ri­dad de estos indi­vi­duos, en todo res­pec­to, es ente­ra­men­te evidente”.

Todos esos pre­jui­cios con­for­man a la racio­na­li­dad moder­na y atra­vie­sa sus cien­cias y su filo­so­fía. Por ello no es extra­ño que, for­mán­do­nos en ese tipo de cono­ci­mien­to, aca­be­mos des­pre­cian­do todo lo nues­tro y, de ese modo, ampu­te­mos de nues­tras pro­pias expec­ta­ti­vas lo que podría sig­ni­fi­car una real libe­ra­ción de todo aque­llo que impi­de nues­tra pro­pia autodeterminación.

De eso pre­ci­sa­men­te se cons­ti­tu­ye una demo­cra­cia, cuan­do el demos expre­sa al pue­blo en tan­to que pue­blo; no al mero con­glo­me­ra­do social que pue­de inclu­so apos­tar por el fas­cis­mo, como vimos en la insu­rrec­ción oli­gár­qui­ca dis­fra­za­da de “revo­lu­ción piti­ta”. Una ver­da­de­ra demo­cra­cia sólo pue­de cons­ti­tuir­se como la expre­sión más genui­na de la auto­cons­cien­cia popu­lar, que no pue­de ser una abs­trac­ción, sino lo más pro­pio como raíz indí­ge­na hecho hori­zon­te polí­ti­co. En ese sen­ti­do, el “pro­ce­so de cam­bio” será de nue­vo ins­pi­ra­dor, cuan­do con­ten­ga de modo cons­ti­tu­ti­vo a la revo­lu­ción demo­crá­ti­co-cul­tu­ral, que que­ría ser el acen­to sin­gu­lar de una revo­lu­ción en la pro­pia revo­lu­ción. Enton­ces, defi­na­mos “pro­ce­so de cam­bio”: “es el máxi­mo poten­cial de la nue­va dis­po­ni­bi­li­dad común que se arti­cu­la en torno al hori­zon­te pro­pues­to por el nue­vo suje­to plu­ri­na­cio­nal, es decir, indígena”.

Por eso, si el “pro­ce­so de cam­bio” no con­tie­ne la radi­ca­li­dad de ser un pro­ce­so cons­ti­tu­yen­te, enton­ces no tie­ne sen­ti­do; aca­ba sien­do un epi­so­dio más en el dra­ma de recom­po­si­ción del Esta­do moderno-colo­nial. Cons­ti­tuir­se en pro­ce­so cons­ti­tu­yen­te sig­ni­fi­ca cons­ti­tuir al suje­to del cam­bio como impul­sor, autor y crea­dor de la nue­va obje­ti­vi­dad en cuan­to Esta­do plu­ri­na­cio­nal comu­ni­ta­rio. En ese sen­ti­do, apos­tar por el “vivir bien”, como hori­zon­te de vida, es algo mucho más com­ple­jo que ser sim­ple­men­te de izquier­da o de dere­cha. Si la izquier­da pre­ten­de no sólo actua­li­zar su pre­sen­cia polí­ti­ca sino refun­dar sus pro­pias expec­ta­ti­vas, debie­ra ser cons­cien­te de la tram­pa euro­cén­tri­ca en la que caen sus pre­mi­sas y pos­tu­la­dos, y empe­zar a reco­no­cer­se en el pue­blo que dice repre­sen­tar, y apos­tar por apren­der de ese pue­blo la idea de demo­cra­cia que ha sido siem­pre patri­mo­nio indí­ge­na-popu­lar, pero nun­ca reco­no­ci­do como el ver­da­de­ro hori­zon­te polí­ti­co que debie­ra guiar la pra­xis revolucionaria.

Por­que un pue­blo se hace pue­blo, en la medi­da en que es por­ta­dor de un nue­vo espí­ri­tu, que es capaz de encar­nar un nue­vo sen­ti­do civi­li­za­to­rio (el “suma qama­ña” o “vivir bien”). En esa medi­da es que un pue­blo es capaz de trans­for­mar su pro­pio hori­zon­te de creen­cias y pro­du­cir, des­de sí, su pro­pia libe­ra­ción; enton­ces es cuan­do acti­va su máxi­mo de dis­po­ni­bi­li­dad común y se hace poder (ese es el poder como facul­tad, no como pro­pie­dad). Ese pro­du­cir des­de sí es lo que de cul­tu­ral posee lo revo­lu­cio­na­rio de su pro­ce­der, por­que acu­dir a sí mis­mo es des­per­tar des­de su pro­pia his­to­ria como en quien se redi­me toda la his­to­ria.

Por ello hay que tras­cen­der los 500 años de domi­na­ción moder­na y con­vo­car lo mile­na­rio-ori­gi­na­rio ausen­te toda­vía en la pro­yec­ción utó­pi­ca de una revo­lu­ción glo­bal. Una ver­da­de­ra revo­lu­ción, si es tal, sólo podría ser­lo si se asu­me como res­tau­ra­do­ra de lo sagra­do de la vida. El espí­ri­tu de los tiem­pos ya no per­te­ne­ce al Occi­den­te moderno. Más bien Occi­den­te com­pa­re­ce hoy en el tri­bu­nal de la his­to­ria. No todo se defi­ne en el rei­no de este mun­do. El cón­dor y el águi­la pre­sa­gian un nue­vo tiem­po, que nos ha esco­gi­do, por­que la pro­me­sa utó­pi­ca se trans­fie­re his­tó­ri­ca­men­te y, como pue­blo, nos encon­tra­mos en las con­di­cio­nes de redi­mir toda la his­to­ria pasa­da. La demo­cra­cia que emer­ja de nues­tra pro­pia his­to­ria, nos impe­le a defi­nir en el pre­sen­te todas las luchas pasa­das. Por­que lo polí­ti­co de la exis­ten­cia no se deci­de tan­to en el pre­sen­te en tan­to pre­sen­te sino en la fide­li­dad a nues­tro pasa­doEl ver­da­de­ro juez es el pasa­do.

Itu­rria /​Fuen­te

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