Colom­bia. Pró­lo­go y enla­ce de des­car­ga del libro «El fra­ca­so de los acuer­dos de paz»

Por Renán Vega Can­tor. Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 20 de noviem­bre de 2020.

El libro de des­car­ga libre que ofre­ce Rebe­lión, cuyo autor es Oto Higui­ta fue publi­ca­do en papel en 2018 con el títu­lo «El fra­ca­so de los acuer­dos de paz en Colom­bia». El libro fue escri­to entre el momen­to de la derro­ta en el refe­rén­dum de octu­bre de 2016 y antes de la vic­to­ria del can­di­da­to del uri­bis­mo en las elec­cio­nes de 2018, quien hoy ocu­pa la Casa de Nariño.

En este sin­té­ti­co escri­to se hace un reco­rri­do a vue­lo de pája­ro sobre la his­to­ria colom­bia­na de las gue­rras y los falli­dos acuer­dos de paz, siem­pre incum­pli­dos por el Esta­do y las cla­ses domi­nan­tes. Esa refle­xión ter­mi­na, por supues­to, con el aná­li­sis del acuer­do entre el gobierno de Juan Manuel San­tos y la gue­rri­lla de las Farc.

Aun­que solo han trans­cu­rri­do dos años des­de el momen­to de su edi­ción, en tan cor­to tiem­po han acon­te­ci­do muchas cosas en Colom­bia, que indi­can el fra­ca­so del pro­ce­so de paz, cuyos docu­men­tos fina­les se fir­ma­ron hace cua­tro años.

“Una fal­sa paci­fi­ca­ción impues­ta a fue­go pue­de ger­mi­nar la semi­lla de una nue­va guerra”.

Sinar Alva­ra­do, “Las dema­sia­das muer­tes en Colom­bia”, The New York Times, noviem­bre 1 de 2019.

Enla­ce para des­car­gar el libro

1

Un ele­men­to que se des­ta­ca en la expo­si­ción es el rela­ti­vo a las razo­nes que expli­can el incum­pli­mien­to y la trai­ción de lar­ga dura­ción de las cla­ses domi­nan­tes en Colom­bia, que se remi­ten, y es un hecho que no se men­cio­na en el libro, a la felo­nía agen­cia­da en el año de 1781 en el virrei­na­to de la Nue­va Gra­na­da a las deman­das de los insu­rrec­tos comu­ne­ros. El encar­ga­do por par­te del poder colo­nial his­pá­ni­co de fir­mar las capi­tu­la­cio­nes que acor­da­ron con los miles de comu­ne­ros que se encon­tra­ban en las gote­ras de San­ta­fé de Bogo­tá, fue el arzo­bis­po Anto­nio Caba­lle­ro y Gón­go­ra. Los comu­ne­ros cre­ye­ron en el acuer­do escri­to, refren­da­do por la pala­bra de este per­so­na­je, y se disol­vie­ron y a las pocas sema­nas se ini­ció la repre­sión con­tra los con­duc­to­res del movi­mien­to y su prin­ci­pal diri­gen­te, José Anto­nio Galán, fue bru­tal­men­te ase­si­na­do por el poder colo­nial. Quien reco­men­dó su per­se­cu­ción fue el pro­pio Caba­lle­ro y Gón­go­ra y el mis­mo estu­vo detrás de los terri­bles cas­ti­gos que se le infrin­gie­ron antes de matar­lo. Su sen­ten­cia de muer­te, decre­ta­da el 30 de enero de 1782, proclamaba:

Con­de­na­mos a José Anto­nio Galán a que sea saca­do de la cár­cel, arras­tra­do y lle­va­do al lugar del supli­cio, don­de sea pues­to en la hor­ca has­ta cuan­do natu­ral­men­te mue­ra. Que, baja­do, se le cor­te la cabe­za, se divi­da su cuer­po en cua­tro par­tes y pasa­do por la lla­mas (para lo que se encen­de­rá una hogue­ra delan­te del patí­bu­lo); su cabe­za será con­du­ci­da a Gua­duas, tea­tro de sus escan­da­lo­sos insul­tos; la mano dere­cha pues­ta en la pla­za del Soco­rro, la izquier­da en la villa de San Gil; el pie dere­cho en Cha­ra­lá, lugar de su naci­mien­to, y el pie izquier­do en el lugar de Mogo­tes [y] decla­ra­da por infa­me su des­cen­den­cia, ocu­pa­dos todos sus bie­nes y apli­ca­dos al fis­co; aso­la­da su casa y sem­bra­da de sal, para que de esa mane­ra se dé olvi­do a su infa­me nom­bre y aca­be con tan vil per­so­na, tan detes­ta­ble memo­ria, sin que que­de otra que la del odio y espan­to que ins­pi­ran la feal­dad y el delito.[1]

Galán fue bru­tal­men­te eje­cu­ta­do, de acuer­do con la sen­ten­cia, el pri­me­ro de febre­ro de 1782. Por su par­te, Caba­lle­ro y Gón­go­ra estu­vo invo­lu­cra­do en una manio­bra oscu­ra que ter­mi­nó con la muer­te del virrey Juan de Torre­zar Pimien­ta en 1782, a los pocos meses del fin de la insu­rrec­ción de Los Comu­ne­ros, y movió los hilos para que fue­ra nom­bra­do por Car­los III como Virrey de la Nue­va Gra­na­da, lo que efec­ti­va­men­te alcan­zó, y se desem­pe­ñó en ese car­go duran­te sie­te años.

Este ejem­plo es un anti­ci­po de lo que lue­go ven­drá en Colom­bia: repre­sión y escar­nio para los que se rebe­lan y pre­mio para los que trai­cio­nan, per­si­guen y masa­cran a los suble­va­dos. Algo que sigue sien­do una cru­da reali­dad en la Colom­bia con­tem­po­rá­nea, como lo demues­tran ele­men­ta­les hechos que sufri­mos a dia­rio, y sobre los cua­les Oto Higui­ta se refie­re en su ensayo.

2

En el aná­li­sis his­tó­ri­co que se rea­li­za en este libro se des­ta­ca la expe­rien­cia del pri­mer pro­ce­so de paz de la his­to­ria con­tem­po­rá­nea de Colom­bia, el de 1953, cuan­do, tras el gol­pe de Esta­do del gene­ral Gus­ta­vo Rojas Pini­lla, se pac­tó la entre­ga de armas por par­te del movi­mien­to gue­rri­lle­ro que se levan­tó con­tra la hege­mo­nía con­ser­va­do­ra, que había sido orga­ni­za­do ini­cial­men­te por el par­ti­do libe­ral, y cuyo hecho más des­ta­ca­do fue la des­mo­vi­li­za­ción de las gue­rri­llas del llano, bajo la con­duc­ción de Gua­da­lu­pe Sal­ce­do Unda. Lo que vino des­pués de esa des­mo­vi­li­za­ción de cam­pe­si­nos insu­rrec­tos fue el ase­si­na­to de miles de ellos, inclu­yen­do al pro­pio Gua­da­lu­pe Sal­ce­do, quien fue acri­bi­lla­do el 6 de junio de 1957 en Bogo­tá por la poli­cía, en una embos­ca­da ale­ve y cobar­de. Como sue­le ser común en nues­tro país, el hecho fue des­cri­to como una acción defen­si­va de la poli­cía, como lo regis­tró una nota periodística:

Cerra­do por los dos vehícu­los poli­cía­cos, el taxi debió dete­ner­se pero sus ocu­pan­tes se nega­ron rotun­da­men­te a obe­de­cer la orden de ren­dir­se, antes por el con­tra­rio, uno de ellos “esgri­mió des­de el carro una pis­to­la”. Acto segui­do se tra­bó el tiro­teo y momen­tos des­pués dos de los ocu­pan­tes del taxi salían tam­ba­lean­tes: uno de ellos cayó den­tro de un zan­jón y el otro en medio de la vía, mien­tras que los otro cua­tro res­tan­tes eran cap­tu­ra­dos. [2]

Lo lla­ma­ti­vo es que el cuer­po de Gua­da­lu­pe Sal­ce­do tenía dis­pa­ros en ambas pal­mas de la mano, en la cabe­za, en un hom­bro y un mus­lo, lo que indi­ca­ba que había sido ase­si­na­do a que­ma­rro­pa y en total inde­fen­sión, por­que esa era la orden. La poli­cía siem­pre negó que hubie­ra sido un cri­men de Esta­do, pero años des­pués el cama­ró­gra­fo de un noti­cie­ro de tele­vi­sión des­cu­brió en el Museo de la Poli­cía Nacio­nal, ubi­ca­do en el cen­tro de Bogo­tá, la más­ca­ra necróp­ti­ca del gue­rri­lle­ro libe­ral, en cuya ficha de iden­ti­fi­ca­ción se podía leer: “Gua­da­lu­pe Sal­ce­do ban­do­le­ro que ope­ró en los Lla­nos Orien­ta­les, dado de baja en ope­ra­ti­vo de la Poli­cía Nacio­nal”[3]. Más cla­ro ni el agua, del reco­no­ci­mien­to de un cri­men de Esta­do, pro­pio del terro­ris­mo ofi­cial que se impu­so en Colom­bia des­de el 9 de abril de 1948 y que mata a dies­tra y sinies­tra a los que con­si­de­ra como sus enemi­gos, como acon­te­ció con el inde­fen­so jefe gue­rri­lle­ro del llano.

Nos hemos refe­ri­do a este acon­te­ci­mien­to, por su tras­cen­den­cia y por­que es el ante­ce­den­te más pare­ci­do a lo que está suce­dien­do hoy con los excom­ba­tien­tes de las Farc. Esa eli­mi­na­ción sis­te­má­ti­ca y pla­ni­fi­ca­da de exter­mi­nar a los gue­rri­lle­ros libe­ra­les, que se amnis­tia­ron y entre­ga­ron sus armas en 1953, es simi­lar a lo que suce­de hoy. Este hecho lo recuer­da Oto Higui­ta, quien tam­bién comen­ta el geno­ci­dio de la Unión Patrió­ti­ca con pos­te­rio­ri­dad a los acuer­dos de La Uri­be de 1984. En este caso no se esta­ba ase­si­na­do a exgue­rri­lle­ros sino a líde­res socia­les y polí­ti­cos que nun­ca habían empu­ña­do las armas, ya que fue­ron acri­bi­lla­dos con­ce­ja­les, sena­do­res, repre­sen­tan­tes a la cáma­ra, alcal­des y mili­tan­tes polí­ti­cos, has­ta alcan­zar la cifra de unas cin­co mil personas.

3

El recor­da­to­rio de lo acon­te­ci­do con Gua­da­lu­pe Sal­ce­do no es una mera curio­si­dad his­tó­ri­ca, sino una mues­tra de lo que se con­vir­tió en pau­ta para las cla­ses domi­nan­tes y el esta­do colom­biano con refe­ren­cia al incum­pli­mien­to abso­lu­to de los acuer­dos de paz y el ase­si­na­to de los gue­rri­lle­ros desmovilizados.

Este es el pri­mer pun­to que vale la pena evo­car sobre la situa­ción actual, dado que el ele­men­to bási­co para hablar del cum­pli­mien­to de un acuer­do es el res­pe­to de la vida de los excom­ba­tien­tes, quie­nes, al fin y al cabo, deja­ron las armas para eva­dir la posi­ble muer­te en com­ba­te. Y lo que está suce­dien­do en Colom­bia aho­ra mis­mo es un geno­ci­dio polí­ti­co de los excom­ba­tien­tes de las Farc, pues­to que en el momen­to en que se escri­ben estas líneas han sido ase­si­na­dos 230 exgue­rri­lle­ros, a lo que debe sumar­se 45 de sus fami­lia­res y el haber sopor­ta­do unos 300 aten­ta­dos. Esto se ha pro­du­ci­do a lo lar­go y ancho del terri­to­rio colom­biano, lo que indi­ca que es un plan sis­te­má­ti­co de exter­mi­nio, fren­te al cual rei­na la pasi­vi­dad abso­lu­ta de la socie­dad colom­bia­na o, peor aún, la acep­ta­ción y el aplau­so de un impor­tan­te sec­tor de la misma.

Que en Colom­bia no haya exis­ti­do ni una voz de pro­tes­ta tras el ase­si­na­to del pri­mer excom­ba­tien­te, lo que acon­te­ció a prin­ci­pios de 2017, dejó abier­to el camino hacia el geno­ci­dio en mar­cha, por­que el silen­cio que es el res­pal­do táci­to a la impu­ni­dad con que actúan los ase­si­nos, vin­cu­la­dos direc­ta o indi­rec­ta­men­te con el Esta­do y que hacen par­te del bra­zo arma­do del blo­que de poder contrainsurgente.

Des­de este pun­to de vis­ta el pri­mer aspec­to que indi­ca el fra­ca­so del pro­ce­so de paz entre el gobierno de San­tos y las Farc estri­ba en que no se res­pe­ta la vida de los fir­man­tes y desmovilizados.

Ade­más, para indi­car el carác­ter orga­ni­za­do y sis­te­má­ti­co del geno­ci­dio, han sido ase­si­na­dos com­ba­tien­tes rasos, hom­bres y muje­res, man­dos medios, coman­dan­tes de fren­te, en el cam­po, en ciu­da­des inter­me­dias y en Bogo­tá. Se regis­tran hechos de sevi­cia con­tra excom­ba­tien­tes, como lo acon­te­ci­do en Nor­te de San­tan­der, cuan­do Dimar Torres antes de ser eje­cu­ta­do fue cas­tra­do por miem­bros del Ejér­ci­to colombiano.[4]

El ase­si­na­to de excom­ba­tien­tes está en la base de nue­vas gue­rras, pues­to que muchas per­so­nas pre­fie­ren vol­ver a enmon­tar­se y armar­se antes que dejar­se matar iner­mes y des­ar­ma­dos. Aho­ra, eso mis­mo vuel­ve a suce­der, pues­to que miem­bros del par­ti­do de las Farc se están unien­do a las disi­den­cias o a la Nue­va Marquetalia.

La asi­me­tría de los resul­ta­dos del acuer­do en tér­mi­nos de muer­tos es evi­den­te: des­de que se fir­mó el acuer­do y comen­zó el desar­me en 2016, en pro­me­dio cada cin­co días se está ase­si­nan­do a un anti­guo insur­gen­te, mien­tras que por par­te de las fuer­zas arma­das del Esta­do no ha habi­do ni un solo muer­to, cau­sa­do por miem­bros del actual par­ti­do de la rosa.

Para dar­se cuen­ta de cómo se han modi­fi­ca­do las cosas, diga­mos que, según cifras ofi­cia­les, entre 2005 y 2016 murie­ron 2859 inte­gran­tes de las Fuer­zas Arma­das en com­ba­tes con las Farc[5]. Esta­mos hablan­do de una asi­me­tría abso­lu­ta, por­que aho­ra los muer­tos sola­men­te vie­nen del lado de los des­mo­vi­li­za­dos, que están murien­do casi al mis­mo nivel que morían cuan­do había com­ba­tes, si recor­da­mos que des­de el ini­cio de la Fase Explo­ra­to­ria y has­ta el cie­rre de la nego­cia­ción en 2016, el Esta­do colom­biano masa­cró a 303 guerrilleros[6]. En estas con­di­cio­nes, la pre­gun­ta ele­men­tal es solo una: ¿De qué paz se habla si aho­ra están murien­do tan­tos insur­gen­tes como cuan­do había gue­rra? En este caso, no hay que filo­so­far mucho para con­cluir que antes que paz, lo que está en mar­cha es un bru­tal pro­ce­so de paci­fi­ca­ción, en que el blo­que de poder con­tra­in­sur­gen­te asu­me la labor de des­truir al adver­sa­rio, lue­go de incum­plir lo pactado.

4

Entre algu­nos de los gran­des pro­ble­mas de las nego­cia­cio­nes de La Haba­na, que se han des­nu­da­do ple­na­men­te en estos cua­tro años, se encuen­tran el no haber des­mon­ta­do las estruc­tu­ras para­mi­li­ta­res ni el terro­ris­mo de Esta­do, ni haber modi­fi­ca­do un pelo la doc­tri­na anti­co­mu­nis­ta y con­tra­in­sur­gen­te de las Fuer­zas Arma­das, ni haber logra­do nada en mate­ria de sobe­ra­nía con res­pec­to a los Esta­dos Uni­dos. Tras estos gran­des asun­tos se encuen­tran otros, como los de la pre­ser­va­ción del neo­li­be­ra­lis­mo, man­te­ner incó­lu­me el poder de los gran­des pro­pie­ta­rios de la tie­rra, la ausen­cia de una refor­ma polí­ti­ca, la for­ma como ter­mi­nó la jus­ti­cia tran­si­cio­nal, en don­de des­apa­re­ció el jui­cio a ter­ce­ros, y prác­ti­ca­men­te que­dó como una ins­tan­cia para juz­gar a las Farc, en una espe­cie de tri­bu­nal de ven­gan­za. Todos estos ele­men­tos son seña­la­dos por Oto Higui­ta, pero con los ele­men­tos nue­vos de los dos últi­mos años mere­cen ser complementados.

Al mis­mo tiem­po, otros hechos deri­va­dos de gran impor­tan­cia que han demos­tra­do que nada ha cam­bia­do en este país, radi­ca en haber deja­do incó­lu­me el apa­ra­to de pro­pa­gan­da del blo­que de poder con­tra­in­sur­gen­te, que tan útil ha sido para sus­ten­tar el pro­yec­to anti­po­pu­lar y crear un ima­gi­na­rio nega­ti­vo con res­pec­to a la anti­gua insur­gen­cia, de odio y de venganza.

5

El para­mi­li­ta­ris­mo nun­ca fue des­ar­ma­do y por eso hoy sigue incó­lu­me y man­tie­ne el terror en vas­tas regio­nes del país, ase­si­na a lucha­do­res popu­la­res y a excom­ba­tien­tes y es el prin­ci­pal res­pon­sa­ble de las masa­cres que siguen pre­sen­tán­do­se en este país. Solo en lo que va corri­do de los ocho pri­me­ros meses de este año, 2020, se tie­nen docu­men­ta­das 46 masa­cres en todo el terri­to­rio colombiano.[7] Cuan­do se supo­ne que se están imple­men­tan­do los acuer­dos, ¿cómo es posi­ble que se man­ten­gan las masa­cres, al mis­mo rit­mo que se han dado en los últi­mos 40 años y reco­bren los nive­les de sadis­mo de otros tiem­pos? Esto no pue­de enten­der­se des­de una lógi­ca anti­dro­gas, que for­ma par­te del dis­cur­so ofi­cial del régi­men de Iván Duque y de gran par­te de la pren­sa y de los polí­ti­cos de izquier­da y de dere­cha. Afir­mar eso es des­co­no­cer los pro­ble­mas nun­ca resuel­tos y que fue­ron toca­dos en for­ma mar­gi­nal en los acuer­dos de La Haba­na (como el de la con­cen­tra­ción de tie­rras y el poder de gana­de­ros y terra­te­nien­tes), que expli­can la exis­ten­cia del para­mi­li­ta­ris­mo, uno de cuyos sopor­tes es la defen­sa de la gran pro­pie­dad y por eso se man­tie­nen los ejér­ci­tos de exter­mi­nio, como para decir que no están dis­pues­tos a ceder ni un milí­me­tro de sus tie­rras, argu­men­tan­do que exis­ti­ría una supues­ta trans­for­ma­ción rural como resul­ta­do de los acuerdos.

Las masa­cres no son indis­cri­mi­na­das ni cie­gas, ni res­pon­den prin­ci­pal­men­te a las órde­nes de los empre­sa­rios de las dro­gas de uso ilí­ci­to, sino que son obra de la con­tra­in­sur­gen­cia de siem­pre para blo­quear cual­quier rei­vin­di­ca­ción y deseo de demo­cra­ti­zar la socie­dad colom­bia­na. Por eso, se mata a jóve­nes uni­ver­si­ta­rios, a niños des­pla­za­dos en los caña­du­za­les, a recla­man­tes de tie­rras, a ambien­ta­lis­tas que denun­cian los mega­pro­yec­tos mine­ros, a indí­ge­nas, cam­pe­si­nos y a miem­bros de comu­ni­da­des negras, por­que todos ellos son obs­tácu­los en el pro­ce­so de acu­mu­la­ción tra­que­ta de capital.

No es casual que las masa­cres se acen­túen cuan­do se ha toca­do, así sea sola­men­te en tér­mi­nos sim­bó­li­cos, a una de las colum­nas cen­tra­les del para­mi­li­ta­ris­mo, per­so­ni­fi­ca­do en un expre­si­den­te de la Repú­bli­ca y no es raro que sus voce­ros de pren­sa hayan ame­na­za­do con que eso iba a suce­der si se ras­gu­ña­ba al due­ño del Ubé­rri­mo. Así lo anun­ció en públi­co la perio­dis­ta estre­lla del uri­bis­mo cuan­do dijo: “Si a Uri­be lo ponen pre­so, les doy una pési­ma noti­cia a sus mal­que­rien­tes: no se aca­ba­rán los pro­ble­mas que tie­ne Colom­bia. Tam­po­co lle­ga­rá la paz que todos desea­mos. Qui­zás la vio­len­cia se agu­di­ce. La Cor­te tie­ne la pala­bra”.[8] Dicho de otra for­ma, con el jefe no se metan, por­que si lo hacen habrá vio­len­cia y los res­pon­sa­bles son los magis­tra­dos de la cor­te que se atre­vie­ron a rea­li­zar tama­ño des­pro­pó­si­to. Vaya casua­li­dad, que a los pocos días de este anun­cio arre­cia­ron las masa­cres en todo el país.

6

Otro de los temas que demues­tran el fra­ca­so de los acuer­dos de La Haba­na está rela­cio­na­do con el ima­gi­na­rio anti­co­mu­nis­ta, seña­la­dor y homi­ci­da, que se ha reno­va­do en for­ma bur­da en los últi­mos años, pre­sen­ta­do con la deno­mi­na­ción de cas­tro­cha­vis­mo, que logró impo­ner el No en el ple­bis­ci­to de 2016, lue­go mon­tó a Iván Duque como sub­pre­si­den­te y no ha cesa­do de jus­ti­fi­car la repre­sión y per­se­cu­ción de quie­nes no comul­gan con el cre­do del Cen­tro Demo­crá­ti­co y sus áulicos.

Ese ima­gi­na­rio anti­co­mu­nis­ta ha jus­ti­fi­ca­do ase­si­na­dos, mon­ta­jes judi­cia­les, seña­la­mien­tos cri­mi­na­les a tra­vés de los medios de des­in­for­ma­ción que indi­can que no se esta­ble­cie­ron las bases para hacer polí­ti­ca en for­ma legal y con segu­ri­dad, que era qui­zá el prin­ci­pal obje­ti­vo de los acuer­dos y el desar­me de las Farc. Nada de eso se ha rea­li­za­do y se ha impues­to una macar­ti­ca­ción cons­tan­te, que mues­tra como si fue­ra un deli­to per­te­ne­cer al par­ti­do polí­ti­co de las Farc. Un ejem­plo recien­te ilus­tra lo que esta­mos dicien­do, que se deri­vó de la masa­cre de ocho jóve­nes en el muni­ci­pio de Sama­nie­go (Depar­ta­men­to de Nari­ño). Lue­go de que se come­tió la masa­cre, empe­za­ron a cir­cu­lar men­sa­jes en las redes socia­les que decían que esa masa­cre se había come­ti­do por­que los muer­tos eran miem­bros de las juven­tu­des de las Farc, como si esto en sí mis­mo fue­ra un deli­to o un cri­men y fue­ra una jus­ti­fi­ca­ción vali­da del ase­si­na­to. El seña­la­mien­to lle­vó a que los jóve­nes de Sama­nie­go orga­ni­za­ran una mani­fes­ta­ción en la que por­ta­ban car­te­les en los que se decía: “No somos de las Juven­tu­des de las Farc”

Este es un hecho indi­ca­ti­vo de que nada ha cam­bia­do en este país, pues­to que los jóve­nes tie­nen que salir a la calle a decir que no son de las Farc, como si eso mis­mo fue­ra un deli­to, y jus­ti­fi­ca­ra aten­tar con­tra el que per­te­nez­ca a ese partido.

Has­ta el pun­to lle­ga el jue­go maca­bro de esa lógi­ca, que un reco­no­ci­do miem­bro de la extre­ma dere­cha y liga­do al para­mi­li­ta­ris­mo de los gana­de­ros publi­có una foto en la que adul­te­ra­ba este men­sa­je, jun­to con la jus­ti­fi­ca­ción de la masacre:

¡Qué buen ejem­plo de con­cor­dia y de tole­ran­cia el que exis­te hoy en Colom­bia, que sería risi­ble si no es por­que es una jus­ti­fi­ca­ción bur­da de los ase­si­na­tos con­tra los jóve­nes colom­bia­nos! De esos seña­la­mien­tos se des­pren­de una con­clu­sión bru­tal: quien sea un mili­tan­te de aque­llas orga­ni­za­cio­nes que son seña­la­dos como comu­nis­tas o terro­ris­tas mere­ce ser ase­si­na­do, eso es lo que se hace a dia­rio en este mar­ti­ri­za­do país, y tal prác­ti­ca coti­dia­na y maca­bra for­ma par­te del pro­yec­to de paci­fi­ca­ción en marcha.

El caso de Jesús San­trich deno­ta el tras­fon­do del pro­ce­so de paz y la per­fi­dia del blo­que de poder con­tra­in­sur­gen­te para incum­plir lo pac­ta­do y para dejar cla­ro que no está dis­pues­to a per­mi­tir la par­ti­ci­pa­ción en polí­ti­ca de los inser­ta­dos que no se atie­nen al orden oli­gár­qui­co en Colom­bia. La per­se­cu­ción cobar­de y cíni­ca con­tra San­trich se fra­guó, hay que sub­ra­yar­lo, duran­te el gobierno de Juan Manuel San­tos, el mis­mo que fir­mó el acuer­do y le había dado la mano a San­trich y a Iván Már­quez, y quien obtu­vo el Pre­mio Nobel de Paz (¡!). Pues este indi­vi­duo, con ayu­da de un fis­cal incon­di­cio­nal y opues­to al pro­ce­so de paz y con la par­ti­ci­pa­ción direc­ta de los Esta­dos Uni­dos, pro­pi­ció un mon­ta­je bur­do, sin nin­gún tipo de evi­den­cia, en el que incul­pa­ron al diri­gen­te de las Farc de ser un nar­co­tra­fi­can­te. Para eso mon­ta­ron un tin­gla­do de men­ti­ras, calum­nias, des­in­for­ma­ción y lo some­tie­ron a cár­cel y tor­tu­ra duran­te varios meses y si San­trich no se les va de las manos hubie­ra sido ase­si­na­do o reclui­do en una cár­cel de máxi­ma segu­ri­dad de los Esta­dos Uni­dos, como Simón Tri­ni­dad, quien se hun­de en las maz­mo­rras del impe­rio des­de hace casi 20 años.

Esta per­se­cu­ción fue fría­men­te cal­cu­la­da por el régi­men de Juan Manuel San­tos y se diri­gió a aquel diri­gen­te que no aban­do­nó su crí­ti­ca direc­ta y fron­tal al capi­ta­lis­mo colom­biano, que se negó a ple­gar­se a las velei­da­des de un par­la­men­to corrup­to, que no acep­tó las men­ti­ras del blo­que de poder para arro­di­llar­se y pedir per­dón por haber­se reve­la­do con las armas en la mano y que seña­ló que el acuer­do de paz no era el fin de un pro­yec­to revo­lu­cio­na­rio, sino un momen­to más en la lucha anti­ca­pi­ta­lis­ta, bajo otras con­di­cio­nes. Todo ello resul­tó inad­mi­si­ble para las cla­ses domi­nan­tes de este país, y para un sec­tor de la pro­pia diri­gen­cia de las Farc (que con­tro­la en la actua­li­dad el par­ti­do) y por eso era nece­sa­rio des­ha­cer­se de un per­so­na­je tan inco­mo­do, cul­to y letra­do, con lo que ade­más se indi­ca­ba cuál es el ver­da­de­ro alcan­ce del desar­me y la des­mo­vi­li­za­ción, que no se entien­de sola­men­te como dejar de emplear las armas de gue­rra, sino tam­bién el arma de la crí­ti­ca y acep­tar las “nor­mas de con­vi­ven­cia” del capi­ta­lis­mo colom­biano, de sus medios de des­in­for­ma­ción, de sus pseu­do­in­te­lec­tua­les y acep­tar como legi­ti­mo el terro­ris­mo de Esta­do impe­ran­te, con­si­de­rán­do­lo como un “Esta­do social de derecho”.

El resul­ta­do nefas­to de esa per­se­cu­ción está a la vis­ta: gene­rar un efec­to de demos­tra­ción para que nadie se atre­va a trans­gre­dir las nor­mas impues­tas, entre las cua­les se encuen­tra ala­bar la tan men­ta­da e ima­gi­na­ria “demo­cra­cia colom­bia­na”, con­for­mán­do­se con unas miga­jas para unos diri­gen­tes aco­mo­da­dos en las sillas del par­la­men­to. Una con­se­cuen­cia direc­ta del tra­to que se le dio a San­trich y a Iván Már­quez fue la for­ma­ción de la Segun­da Mar­que­ta­lia, la que des­de lue­go no se expli­ca sola­men­te por este acon­te­ci­mien­to, pero si se cata­li­zó por la saña que se evi­den­ció con­tra este dirigente.

Las razo­nes que expli­can la apa­ri­ción de la Segun­da Mar­que­ta­lia no pue­den redu­cir­se, como hace el blo­que de poder con­tra­in­sur­gen­te, sus áuli­cos y gran par­te de la izquier­da a la vapo­ro­sa cues­tión de las dro­gas y el nar­co­trá­fi­co, por­que eso es des­co­no­cer no sola­men­te los efec­tos del incum­pli­mien­to de los acuer­dos, sino las razo­nes socia­les que expli­can la pro­lon­ga­da gue­rra en nues­tro país. Esas con­di­cio­nes ni mucho menos se han modi­fi­ca­do, ni mues­tran pers­pec­ti­vas de solu­cio­nar­se, como lo indi­ca el tra­to que el régi­men le ha dado a la pan­de­mia de Coro­na­vi­rus, regi­do por un vul­gar dar­wi­nis­mo social a favor de los ricos y pode­ro­sos (el sal­va­men­to de Avian­ca por el Esta­do colom­biano es el mejor ejem­plo), y la enfer­me­dad y muer­te para los pobres y humil­des, a nom­bre del sál­ve­se quien pueda.

8

Otro de los ele­men­tos que mues­tran el fra­ca­so de los acuer­dos de La Haba­na está refe­ri­do al regre­so de la sus­ti­tu­ción for­za­da de cul­ti­vos de uso ilí­ci­to, entre los que se des­ta­ca la hoja de coca. En el gobierno de Iván Duque se ha impues­to la mis­ma falli­da y cri­mi­nal polí­ti­ca anti­dro­gas que el Esta­do colom­biano vie­ne apli­can­do des­de la déca­da de 1970, una bur­da copia de lo que dic­ta­mi­na Esta­dos Uni­dos, que se cen­tra en ata­car las zonas cam­pe­si­nas de pro­duc­ción, median­te el uso de la fuer­za mili­tar y la uti­li­za­ción de gli­fo­sa­to. Este her­bi­ci­da que daña la tie­rra, el aire, el agua y enve­ne­na a las per­so­nas, ha sido emplea­do en Colom­bia duran­te 35 años has­ta el últi­mo perío­do del gobierno de Juan Manuel San­tos, cuan­do se sus­pen­dió su asper­sión. Pero aho­ra, por pre­sio­nes de los Esta­dos Uni­dos, aco­gi­das al pie de la letra por el régi­men de Duque, se está plan­tean­do vol­ver a fumi­gar a los cam­pe­si­nos, lo cual se vie­ne jus­ti­fi­can­do con las masa­cres, con el pue­ril argu­men­to que si se fumi­ga van a des­apa­re­cer las con­di­cio­nes que las gene­ran. Esta lógi­ca bur­da sigue al pie de la letra la con­cep­ción con­tra­in­sur­gen­te de no resol­ver nun­ca los pro­ble­mas de base del país, sino recu­rrir a las balas y a las botas ofi­cia­les para echar­le más fue­go a la can­de­la, en lugar de apa­gar los incendios.

Ade­más, en diver­sas zonas del país han vuel­to a ser ase­si­na­dos cam­pe­si­nos coca­le­ros por el Ejér­ci­to, como mues­tra de una polí­ti­ca repre­si­va, a lo que se redu­ce la pre­sen­cia del Estado[9]. Y eso es lo que se hace en las zonas coca­le­ras y en los terri­to­rios que antes con­tro­la­ban las Farc-Ep y que el Esta­do sola­men­te ve como fren­tes de gue­rra y represión.

9

Las Fuer­zas Arma­das del Esta­do colom­biano nun­ca han aban­do­na­do su doc­tri­na con­tra­in­sur­gen­te, anti­co­mu­nis­ta y anti­po­pu­lar en la que han sido for­ma­das en los últi­mos 60 años. Esas Fuer­zas Arma­das no hablan de paz sino de paci­fi­ca­ción, lo que quie­re decir que para ellos no exis­ten acuer­dos que haya que cum­plir y res­pe­tar, sino que lo que se pre­sen­tó fue una derro­ta del enemi­go, y como tal hay que asumirlo.

Esa arro­gan­cia triun­fa­lis­ta de mues­tra a dia­rio, en los des­fi­les mili­ta­res, en las colum­nas de opi­nión de los mili­ta­res acti­vos meti­dos a perio­dis­tas, en el engran­de­ci­mien­to de los pre­ten­di­dos “héroes patrios” y, sobre todo, en sus accio­nes coti­dia­nas de impu­ni­dad con­tra los pobres en cam­pos y ciu­da­des, que no se dife­ren­cian de lo que han veni­do hacien­do des­de hace décadas.

Eso se evi­den­cia con las decla­ra­cio­nes de los Minis­tros de Defen­sa (sic) y de los coman­dan­tes de tro­pa, que han lle­ga­do a mani­fes­tar que ellos no creen en el cuen­to de la paz, ni de medias tin­tas por el esti­lo, sino en los clá­si­cos méto­dos con que sue­len pro­ce­der, como los de las des­apa­ri­cio­nes for­za­das, los crí­me­nes de Esta­do (lla­ma­das en for­ma eufe­mís­ti­ca como “fal­sos posi­ti­vos”), las vio­la­cio­nes de niñas y jóve­nes, los bom­bar­deos indis­cri­mi­na­dos en que se mata en for­ma cons­cien­te a niños, y en toda la pano­plia de retó­ri­ca gue­rre­ris­ta con­tra la pobla­ción civil. Sobre­sa­le al res­pec­to el con­trol y la vigi­lan­cia de los opo­si­to­res, su segui­mien­to ile­gal, y los méto­dos tra­di­cio­na­les de la estra­te­gia con­tra­in­sur­gen­te, has­ta el pun­to de que The New York Times seña­la “la vigen­cia de la gue­rra sucia, ejer­ci­da por el Esta­do. Y tam­bién la fra­gi­li­dad de la polí­ti­ca colom­bia­na, que no ter­mi­na de sacu­dir­se las mane­ras más pri­mi­ti­vas de la gue­rra”. Por ello, no extra­ña que

Duran­te la ges­tión de Duque, al menos un ase­si­na­to atri­bui­do al ejér­ci­to ha sido pro­ba­do, el de Dimar Torres, un excom­ba­tien­te de las Farc. La vio­len­cia ofi­cial en Colom­bia es un ciclo ince­san­te don­de la agre­sión nun­ca des­apa­re­ce; sim­ple­men­te per­du­ra y se adap­ta con míni­mos cam­bios de forma.[10]

No por casua­li­dad en el pro­yec­to de pre­su­pues­to gene­ral de la nación para el 2021 son des­ti­na­dos recur­sos 22 veces más altos para las fuer­zas arma­das que los que se dedi­can a agri­cul­tu­ra, comer­cio e indus­tria. Una bue­na par­te de esos recur­sos son para pagar los suel­dos de una tro­pa de 452 mil efec­ti­vos (entre mili­ta­res, poli­cías y orga­nis­mos secre­tos) y a man­te­ner los pri­vi­le­gios de la cúpu­la mili­tar, que no es vigi­la­da ni super­vi­sa­da por nin­gu­na enti­dad, por aque­llo del rui­do de sables de un pode­ro­so lobby mili­tar enquis­ta­do gra­cias a la gue­rra inter­na. Y esas fuer­zas arma­das no quie­ren, des­de lue­go, que des­apa­rez­can sus pri­vi­le­gios, engra­sa­dos con la san­gre y el dolor de millo­nes de colom­bia­nos. Como bien lo ha dicho el colum­nis­ta de The New York Times en Colom­bia: “Juan Manuel San­tos, el expre­si­den­te paci­fi­ca­dor, de algún modo pre­fi­rió dejar quie­tos a los hom­bres de armas con tal de com­pro­me­ter­los en su meta prin­ci­pal”, que no era otra que des­ar­mar y des­mo­vi­li­zar a las Farc-Ep.[11]

10

Colom­bia siem­pre ha sido un foco de con­flic­to en Suda­mé­ri­ca, por los efec­tos de nues­tra gue­rra inter­na y eso ha sido pro­mo­vi­do por los Esta­dos Uni­dos en su pro­pio bene­fi­cio estra­té­gi­co. En con­cor­dan­cia, el Tío Sam está detrás del pro­yec­to con­tra­in­sur­gen­te que se impu­so en nues­tro país des­de la déca­da de 1950 y se vin­cu­la con el mis­mo pro­yec­to en el res­to del con­ti­nen­te. Las cla­ses domi­nan­tes de Colom­bia han sido incon­di­cio­na­les al domi­nio esta­dou­ni­den­se des­de media­dos del siglo XX, lo que se rati­fi­có con la adop­ción del Plan Colom­bia duran­te el gobierno de Andrés Pas­tra­na (1998−2002), que comen­zó mien­tras se rea­li­za­ban los falli­dos diá­lo­gos del Caguán y fue imple­men­ta­do a san­gre y fue­go por el régi­men de Álva­ro Uri­be Vélez.

Ese Plan Colom­bia no era de uso exclu­si­va­men­te interno, sino que tuvo una dimen­sión con­ti­nen­tal para ase­gu­rar la hege­mo­nía de los Esta­dos Uni­dos en tiem­pos de emer­gen­cia de gobier­nos pro­gre­sis­tas en el con­ti­nen­te. Des­de un comien­zo era cla­ro que el Plan Colom­bia no pre­ten­día luchar con­tra las dro­gas, sino que tenía fina­li­da­des con­tra­in­sur­gen­tes más allá de Colom­bia, y en par­ti­cu­lar se diri­gía con­tra la Vene­zue­la boli­va­ria­na de Hugo Chávez.

Vene­zue­la par­ti­ci­pó acti­va­men­te como media­dor en los diá­lo­gos de La Haba­na, con la pers­pec­ti­va de que la paz inter­na en Colom­bia con­tri­bu­ye­ra a redu­cir agre­sio­nes y pro­vo­ca­cio­nes en la fron­te­ra, pero suce­dió lo con­tra­rio, por­que la des­mo­vi­li­za­ción de las Farc sig­ni­fi­có que el gobierno de Juan Manuel San­tos, con felo­nía cal­cu­la­da y al ser­vi­cio del impe­ria­lis­mo esta­dou­ni­den­se, refor­za­ra el nefas­to papel de Colom­bia de usar su terri­to­rio para agre­dir a Vene­zue­la, lo que se acen­tuó duran­te el régi­men de Iván Duque, que es una ficha ser­vil e incon­di­cio­nal de los Esta­dos Unidos.

Sobre la pre­sen­cia de tro­pas en los Esta­dos Uni­dos en terri­to­rio colom­biano, la revis­ta Sema­na hizo esta con­fe­sión: “En el pico, hubo alre­de­dor de 1.000 sol­da­dos y con­tra­tis­tas y has­ta 51 edi­fi­cios mili­ta­res esta­dou­ni­den­ses en Colom­bia. Esos núme­ros han dis­mi­nui­do sus­tan­cial­men­te. ¿Sería posi­ble el des­em­bar­co de «5.000 tro­pas» en el país, como suge­ría la libre­ta de Bolton?”.[12]

Y como par­te de esa agre­sión sobre­sa­le el refor­za­mien­to de Colom­bia como un por­ta­vio­nes terres­tre de los Esta­dos Uni­dos, con sus nume­ro­sas bases y pre­sen­cia mili­tar y mer­ce­na­ria (que se demos­tró en for­ma níti­da con la agre­sión del 3 de mayo de 2020 (Ope­ra­ción Gedeón) con­tra terri­to­rio vene­zo­lano), el aumen­to de tro­pas esta­dou­ni­den­ses en nues­tro terri­to­rio y el pro­yec­to de “Colom­bia cre­ce”, que es sim­ple­men­te la con­ti­nua­ción del Plan Colombia.

Con bom­bos y pla­ti­llos, el régi­men de Duque y envia­dos de los Esta­dos Uni­dos, entre ellos del Coman­do Sur, anun­cia­ron la inver­sión de 5000 millo­nes de dóla­res para el nue­vo plan. El anun­cio retó­ri­co se basa en los mis­mos supues­tos de hace 20 años, com­ba­tir el nar­co­trá­fi­co, lo cual ya es falaz, por­que siem­pre se dijo que ese Plan había sido un éxi­to en su lucha con­tra las dro­gas. Esa es la for­ma, por­que el fon­do es el mis­mo de siem­pre, es un pro­yec­to con­tra­in­sur­gen­te y en este caso espe­cí­fi­co, que va diri­gi­do con­tra Vene­zue­la. En con­cor­dan­cia se refuer­za el pro­yec­to de Zonas Futu­ro, apro­ba­do en enero de este año, y en el que ya se anun­cia­ba el dine­ro de Esta­dos Uni­dos. Lo lla­ma­ti­vo es que algu­nas de esas zonas limi­ten con Vene­zue­la, algo que no pue­de pasar a segun­do plano, en momen­tos en que arre­cia la agre­sión con­tra el her­mano país.

En con­clu­sión, pue­de decir­se que los acuer­dos de Paz con las Farc en lugar de ser un hecho que con­tri­bu­ye­ra a la paz regio­nal dejo las manos libres del Esta­do y de las Fuer­zas Mili­ta­res tras la des­mo­vi­li­za­ción de esa insur­gen­cia, lo que afian­zo la estra­te­gia de con­ver­tir nues­tro terri­to­rio en pun­ta de lan­za con­tra Vene­zue­la, como par­te de la gue­rra hibri­da y no con­ven­cio­nal que Esta­dos Uni­dos libra con­tra ese país, y en don­de Colom­bia desem­pe­ña un ver­gon­zo­so papel de títe­re amaestrado.

El pro­ble­ma es que, en cual­quier momen­to, eso podría ter­mi­nar en un con­flic­to de otra índo­le con reper­cu­sio­nes inima­gi­na­bles para nues­tro país, que recor­de­mos tie­ne una fron­te­ra con Vene­zue­la de 2219 kilómetros.

11

En tér­mi­nos estruc­tu­ra­les el tema de la tie­rra es el asun­to más álgi­do del país y que se tocó como pri­mer pun­to de los acuer­dos, don­de se dice:

…Que a jui­cio del Gobierno la trans­for­ma­ción estruc­tu­ral del cam­po debe con­tri­buir a rever­sar los efec­tos del con­flic­to y a cam­biar las con­di­cio­nes que han faci­li­ta­do la per­sis­ten­cia de la vio­len­cia en el terri­to­rio. Y que a jui­cio de las Farc-Ep dicha trans­for­ma­ción debe con­tri­buir a solu­cio­nar las cau­sas his­tó­ri­cas del con­flic­to, como la cues­tión no resuel­ta de la pro­pie­dad sobre la tie­rra y par­ti­cu­lar­men­te su con­cen­tra­ción, la exclu­sión del cam­pe­si­na­do y el atra­so de las comu­ni­da­des rurales.

Al res­pec­to, al 31 de mar­zo de este año al Fon­do de Tie­rras, que se esti­pu­ló en el acuer­do, habían sido trans­fe­ri­das 1 millón de hec­tá­reas, que corres­pon­de al 30% del total esti­pu­la­do. Lo más sig­ni­fi­ca­ti­vo es que has­ta aho­ra no se haya adju­di­ca­do ni un solo pre­dio a los cam­pe­si­nos, como resul­ta­do del acuer­do, al pun­to que Jai­ro Estra­da, repre­sen­tan­te en la Comi­sión de Segui­mien­to, Impul­so y veri­fi­ca­ción de la Imple­men­ta­ción del Acuer­do de Paz (Csi­vi) “Noso­tros no cono­ce­mos los cam­pe­si­nos de car­ne y hue­so que pue­dan decir ‘por cuen­ta del Acuer­do de Paz me entre­ga­ron esta tie­rra gra­tui­ta­men­te que pro­ve­nía del Fon­do de Tie­rras’”.[13]

Jun­to al Fon­do de Tie­rras, en el acuer­do se plan­teó la for­ma­li­za­ción de la entre­ga de sie­te millo­nes de hec­tá­reas de tie­rra a los cam­pe­si­nos que las poseen o son sus due­ños y eso debe­ría cum­plir­se en el 2026. Has­ta el momen­to solo se han for­ma­li­za­do 100 mil hec­tá­reas, lo que indi­ca la len­ti­tud del asun­to, paqui­der­mia carac­te­rís­ti­ca de la his­to­ria colom­bia­na cuna­do de repar­tir la tie­rra se tra­ta. Un estu­dio de La Con­tra­lo­ría Gene­ral de la Nación indi­ca que a ese rit­mo se van a nece­si­tar 25 años adi­cio­na­les para cum­plir ese acuerdo.

Adi­cio­nal­men­te, en el cam­po no ha cesa­do la vio­len­cia y la per­se­cu­ción a cam­pe­si­nos, indí­ge­nas y recla­man­tes de tie­rras, que están sien­do some­ti­dos a un pro­ce­so sis­te­má­ti­co y pla­nea­do de exter­mi­nio, que orga­ni­zan y finan­cian los gran­des terra­te­nien­tes y gana­de­ros, que crea­ron un ejér­ci­to anti­rres­ti­tu­ción de tie­rras, que vie­ne ope­ran­do des­de hace años y que ha aumen­ta­do sus accio­nes cri­mi­na­les, lue­go de la fir­ma del acuer­do de La Habana.[14]

12

Un últi­mo pun­to en esta pre­sen­ta­ción, sin ser exhaus­ti­vos ni ago­tar el tema. En el regis­tro del año ante­rior sobre el ase­si­na­to de ambien­ta­lis­tas en el mun­do, Colom­bia ocu­pó el des­hon­ro­so pri­mer lugar, lo cual se com­ple­men­ta con la des­truc­ción de gran par­te de nues­tro man­to fores­tal, median­te los incen­dios pro­gra­ma­dos en nues­tros bos­ques de la ama­zo­nia, del Cho­co y de otras regio­nes del país. Este hecho se expli­ca en gran medi­da por el pro­yec­to paci­fi­ca­dor del blo­que de poder con­tra­in­sur­gen­te, con sus terra­te­nien­tes y gana­de­ros al fren­te, de tomar­se los terri­to­rios a los que has­ta hace pocos años no habían podi­do lle­gar, en su pro­pó­si­to de abrir fun­dos gana­de­ros, lotes para sem­brar cul­ti­vos de expor­ta­ción (pal­ma acei­te­ra, caña de azú­car, cau­cho…), extraer petró­leo, mine­ra­les y explo­tar recur­sos fores­ta­les. Esa nue­va con­quis­ta solo ha sido posi­ble por la sali­da de las Farc de esos terri­to­rios, que por la gue­rra se habían man­te­ni­do lejos del saqueo.

Los cam­pe­si­nos de varias regio­nes del país vie­ron la lle­ga­da des­de fina­les del 2016 de gen­te que no cono­cían y que traían gran­des máqui­nas para lim­piar la tie­rra. Por ejem­plo, en el Bajo Caguán,

don Emi­lio Rojas Mon­ca­da, cam­pe­sino y colono des­de los años ochen­ta, habla de su angus­tia fren­te a la lle­ga­da de nue­vos acto­res al terri­to­rio y de lo que él con­si­de­ra un desas­tre eco­ló­gi­co terri­ble: la tala y que­ma de cien­tos de hec­tá­reas de bos­que. “Hay par­tes don­de han tum­ba­do entre 200 y 300 hec­tá­reas, y no son cam­pe­si­nos. A la zona está lle­gan­do gen­te de afue­ra, gran­des empre­sa­rios que ame­na­zan no solo la mon­ta­ña, sino la segu­ri­dad de todos nosotros”.

En for­ma lapi­da­ria la Revis­ta Sema­na lo ha dicho: “En muchos de los terri­to­rios don­de antes domi­na­ba la gue­rri­lla se ha dis­pa­ra­do la defo­res­ta­ción”, por lo que, en muchas regio­nes del país, “la natu­ra­le­za es la prin­ci­pal víc­ti­ma de la paz”.[15]

13

Des­pués de todas estas vuel­tas, regre­sa­mos al libro de Oto Higui­ta, del que no nos había­mos olvi­da­do. Sim­ple­men­te está­ba­mos actua­li­zan­do algu­nos de los aspec­tos que allí se men­cio­nan. Y que­re­mos cerrar con una idea que se encuen­tra en las últi­mas pagi­nas del libro, que con el pro­ce­so de paz se selló una “derro­ta estra­té­gi­ca”, lo que lle­vó a que no se con­si­guie­ra nada sig­ni­fi­ca­ti­vo en el acuer­do y se impu­sie­ra la lógi­ca del blo­que de poder con­tra­in­sur­gen­te y se pre­sen­ta­ra una sepa­ra­ción radi­cal entre la diri­gen­cia de las Farc y sus bases his­tó­ri­cos, que son las que están sien­do exterminadas.

Ese blo­que de poder tie­ne dos frac­cio­nes defi­ni­das que con dife­ren­cias de matiz no son anta­gó­ni­cas y, en tér­mi­nos de eli­mi­nar la insur­gen­cia, se iden­ti­fi­can ple­na­men­te, con la dife­ren­cia de que el sec­tor terra­te­nien­te (el uri­bis­mo) solo pien­sa en la des­truc­ción mili­tar del enemi­go, mien­tras que el sec­tor finan­cie­ro (repre­sen­ta­do aho­ra en el san­tis­mo) com­bi­nó la acción mili­tar con el dia­lo­go. Pero, final­men­te, eso con­du­jo al efec­to desea­do de des­truir a las Farc, y lue­go de con­se­gui­do ese obje­ti­vo, el uri­bis­mo com­ple­ta la tarea de hacer tri­zas lo acor­da­do, y con ello mata a los anti­guos insur­gen­tes y eli­mi­na cual­quier atis­bo de demo­cra­ti­za­ción real en la socie­dad colombiana.

A la con­clu­sión de la derro­ta estra­té­gi­ca se lle­ga con dolor, pues­to que los pre­vi­si­bles resul­ta­dos están a la vis­ta al ver como se esfu­ma la posi­bi­li­dad de que ter­mi­na­ra la gue­rra en Colom­bia y se empren­die­ra el camino de cons­truir una socie­dad decen­te. Ese mis­mo dolor es que sen­ti­mos los colom­bia­nos que soña­mos y lucha­mos por otro tipo de país y vemos frus­tra­do otro inten­to más de alcan­zar una paz nego­cia­da, que bene­fi­cia­ra a la mayo­ría de los colom­bia­nos y que sig­ni­fi­ca­ra que se pudie­ra hacer polí­ti­ca sin el ries­go de morir en el intento.

Por esta razón, tan­to Higui­ta como noso­tros escri­bi­mos con un dolor que nos car­co­me las entra­ñas, ante la cri­mi­na­li­dad del blo­que con­tra­in­sur­gen­te y la impo­ten­cia que eso gene­ra. Y tam­bién cau­sa desa­zón cons­ta­tar la mane­ra como, lue­go de la fir­ma de los acuer­dos, se fue­ron dis­gre­gan­do las Farc, has­ta con­ver­tir­se en la actua­li­dad, como lo había vati­ci­na­do, el malo­gra­do Fra­nçois Hou­tart, en un “peque­ño par­ti­do social­de­mó­cra­ta”. Pero es otro tema, que que­da fue­ra del mar­co de nues­tro aná­li­sis, ya que hemos que­ri­do cen­trar la aten­ción en la per­fi­dia, trai­ción e incum­pli­mien­to por par­te de ese blo­que de poder con­tra­in­sur­gen­te, lo que en últi­mos impli­ca la pro­lon­ga­ción de la gue­rra, con sus secue­las de san­gre, horror y sufri­mien­to para la pobla­ción colom­bia­na. Por ello, vuel­ven a cobrar vali­dez las pala­bras de Manuel Maru­lan­da Vélez cuan­do sos­tu­vo: Vol­ve­re­mos a hablar de paz den­tro de 20 mil muertos.

Notas:

[1]. “Sen­ten­cias de José Anto­nio Galán y Com­pa­ñe­ros, [1781]”, en Juan Frie­de, Rebe­lión Comu­ne­ra de 1781, Docu­men­tos, Tomo II, Ins­ti­tu­to Colom­biano de Cul­tu­ra, Bogo­tá, 1981, pp. 626 – 627.

[2]. “Gua­da­lu­pe Sal­ce­do muer­to hoy en Bogo­tá”, El Inde­pen­dien­te, junio 6 de 1957, p. 3.

[3]. Cita­do en Pedro Nel Sua­rez, ¿Quién mató al capi­tán?, http://​www​.alca​ra​jo​.org/​q​u​i​e​n​-​m​a​t​o​-​a​l​-​c​a​p​i​t​an/).

[4]. https://​espe​cia​les​.sema​na​.com/​e​l​-​a​s​e​s​i​n​a​t​o​-​d​e​-​d​i​m​a​r​-​t​o​r​r​e​s​/​i​n​d​e​x​.​h​tml

[5]. https://​lasi​lla​va​cia​.com/​n​u​e​s​t​r​a​s​-​a​r​m​a​s​-​d​e​j​a​d​a​s​-​j​a​m​a​s​-​v​o​l​v​e​r​a​n​-​g​u​e​r​r​a​-​7​8​112

[6]. Ibid.

[7]. Inde­paz, Infor­me de masa­cres en Colom­bia duran­te el 2020. Con cor­te 25 de agos­to de 2020. Dis­po­ni­ble en: http://www.indepaz.org.co/wp-content/uploads/2020/08/Masacres-en-Colombia-2020-INDEPAZ-25-agosto‑2.pdf

[8]. Vicky Dávi­la, “Álva­ro Uri­be”, Sema­na, agos­to 1 de 2020. Dis­po­ni­ble en: https://​www​.sema​na​.com/​o​p​i​n​i​o​n​/​a​r​t​i​c​u​l​o​/​a​l​v​a​r​o​-​u​r​i​b​e​/​6​9​0​940

[9]. https://​www​.radio​ma​con​do​.fm/​n​o​t​i​c​i​a​s​-​n​a​c​i​o​n​a​l​e​s​/​e​j​e​r​c​i​t​o​-​a​s​e​s​i​n​a​-​a​-​c​a​m​p​e​s​i​n​o​-​e​n​-​z​o​n​a​-​r​u​r​a​l​-​d​e​-​c​u​c​u​ta/

[10]. Sinar Alva­ra­do, “El espio­na­je vol­vió a la polí­ti­ca colom­bia­na”, The New York Times, enero 17 de 2020. Dis­po­ni­ble en: https://​www​.nyti​mes​.com/​e​s​/​2​0​2​0​/​0​1​/​1​7​/​e​s​p​a​n​o​l​/​o​p​i​n​i​o​n​/​c​h​u​z​a​d​a​s​-​c​o​l​o​m​b​i​a​.​h​t​m​l​?​a​c​t​i​o​n​=​c​l​i​c​k​&​m​o​d​u​l​e​=​R​e​l​a​t​e​d​L​i​n​k​s​&​p​g​t​y​p​e​=​A​r​t​i​cle

[11]. Sinar Alva­ra­do, Un ejér­ci­to de agre­so­res camu­fla­dos, The New York Times, julio 21 de 2020. Dis­po­ni­ble en: https://​www​.nyti​mes​.com/​e​s​/​2​0​2​0​/​0​7​/​2​1​/​e​s​p​a​n​o​l​/​o​p​i​n​i​o​n​/​c​o​l​o​m​b​i​a​-​e​j​e​r​c​i​t​o​.​h​tml

[12]. Sema­na, enero 29 de 2019.

[13]. Cita­do en Sebas­tián Fore­ro Rue­da, Así va el Acuer­do de Paz: la deu­da con la Refor­ma Rural Inte­gral. Dis­po­ni­ble en: https://​www​.nyti​mes​.com/​e​s​/​2​0​2​0​/​0​7​/​2​1​/​e​s​p​a​n​o​l​/​o​p​i​n​i​o​n​/​c​o​l​o​m​b​i​a​-​e​j​e​r​c​i​t​o​.​h​tml

[14]. Juan Goméz Tobón y Ariel Avi­la, “El ejér­ci­to anti­rres­ti­tu­ción y la gue­rra con­tra los recla­man­tes”, El Espec­ta­dor, abril 13 de 2019. Dis­po­ni­ble en: https://​www​.eles​pec​ta​dor​.com/​n​o​t​i​c​i​a​s​/​n​a​c​i​o​n​a​l​/​e​l​-​e​j​e​r​c​i​t​o​-​a​n​t​i​r​r​e​s​t​i​t​u​c​i​o​n​-​y​-​l​a​-​g​u​e​r​r​a​-​c​o​n​t​r​a​-​l​o​s​-​r​e​c​l​a​m​a​n​t​es/

[15]. https://​sos​te​ni​bi​li​dad​.sema​na​.com/​m​e​d​i​o​-​a​m​b​i​e​n​t​e​/​a​r​t​i​c​u​l​o​/​d​e​f​o​r​e​s​t​a​c​i​o​n​-​e​n​-​c​o​l​o​m​b​i​a​-​d​e​s​p​u​e​s​-​d​e​l​-​a​c​u​e​r​d​o​-​d​e​-​p​a​z​-​c​o​n​-​l​a​s​-​f​a​r​c​/​4​1​088

(Renán Vega fue miem­bro de la Comi­sión His­tó­ri­ca del Con­flic­to Arma­do y sus Víc­ti­mas, crea­da en la mesa de dia­lo­go de La Habana).

Fuen­te: Rebelión

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