Esta­dos Uni­dos. Tiro­teo «a la ame­ri­ca­na»

Por David Torres, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 08 de sep­tiem­bre de 2020.

Para com­pren­der el amor indis­cri­mi­na­do a las armas de fue­go de la socie­dad esta­dou­ni­den­se no hace fal­ta remon­tar­se a la épo­ca de los pio­ne­ros: bas­ta pen­sar, por ejem­plo, en una lis­ta de obras mayo­res del cine holly­woo­dien­se e inten­tar encon­trar una sola pelí­cu­la don­de no apa­rez­ca una pis­to­la.

En Esta­dos Uni­dos, cuan­do la gen­te pro­tes­ta por un tiro­teo injus­ti­fi­ca­do de la poli­cía, las pro­tes­tas van subien­do de tono has­ta que cul­mi­nan en varios tiro­teos injus­ti­fi­ca­dos. En un país don­de todo hay que hacer­lo a lo gran­de, ya sean ras­ca­cie­los, bom­bas nuclea­res o pas­te­les, una pro­tes­ta no se con­si­de­ra aca­ba­da has­ta que hay un mon­tón de tien­das saquea­das, auto­mó­vi­les que­ma­dos, esca­pa­ra­tes rotos y unos cuan­tos cadá­ve­res recien­tes ador­nan­do las calles. Igual que lo de la mar­mo­ta meteo­ró­lo­ga que pro­fe­ti­za el fin del invierno o los niños dis­fra­za­dos en Hallo­ween, lo de dis­pa­rar a los negros por la espal­da es una tra­di­ción típi­ca esta­dou­ni­den­se, una mejo­ra de los lin­cha­mien­tos mul­ti­tu­di­na­rios de prin­ci­pios del pasa­do siglo, que solían ter­mi­nar con uno o varios negros ahor­ca­dos de un árbol.

No es nada fácil com­pren­der un país don­de la reac­ción natu­ral de un cha­val menor de edad a los dis­tur­bios en una ciu­dad veci­na con­sis­te en aga­rrar un fusil de asal­to y un boti­quín de pri­me­ros auxi­lios, coger el coche y con­du­cir has­ta Kenosha para ayu­dar en la tarea de aten­der heri­dos y lim­piar los muros de pin­ta­das. A la caí­da de la noche, la hora de los vam­pi­ros, cuan­do las hor­das de albo­ro­ta­do­res vol­vie­ron a hacer acto de pre­sen­cia en las calles, el joven Kyle Rit­tenhou­se se vio envuel­to en una alga­ra­da, los mani­fes­tan­tes lo tira­ron al sue­lo, empe­zó a dis­pa­rar y el enfren­ta­mien­to se sal­dó con dos muer­tos y un heri­do con un boque­te en el bra­zo. El alcal­de de Kenosha se que­jó de que no nece­si­ta­ban más armas y el jefe de poli­cía dijo que los volun­ta­rios esta­ban ejer­cien­do su dere­cho cons­ti­tu­cio­nal a lle­var armas. Des­pués todo el mun­do se pre­gun­ta­ba cómo la poli­cía había per­mi­ti­do a un mucha­cho de 17 años ir tran­qui­la­men­te por la calle arma­do con un fusil de asal­to. La res­pues­ta, muy sen­ci­lla, es que Kyle Rit­tenhou­se tie­ne la piel blan­ca.

Para com­pren­der el amor indis­cri­mi­na­do a las armas de fue­go de la socie­dad esta­dou­ni­den­se no hace fal­ta remon­tar­se a la épo­ca de los pio­ne­ros: bas­ta pen­sar, por ejem­plo, en una lis­ta de obras mayo­res del cine holly­woo­dien­se e inten­tar encon­trar una sola pelí­cu­la don­de no apa­rez­ca una pis­to­la. Si uno se pone a repa­sar las mejo­res pelí­cu­las del cine ita­liano, espa­ñol, fran­cés, japo­nés o sue­co, suce­de exac­ta­men­te lo con­tra­rio, pero las pocas neta­men­te ame­ri­ca­nas que se me ocu­rren no son exac­ta­men­te ame­ri­ca­nas. Luces de la ciu­dad y Ciu­da­dano Kane, dos de las pocas obras maes­tras libres de tiro­teos que se me ocu­rren, fue­ron diri­gi­das por dos genios, Cha­plin y Welles, a los que Holly­wood repu­dió y exi­lió sin mira­mien­tos; eso sin men­cio­nar que el pri­me­ro de ellos, en reali­dad, era inglés. La ter­ce­ra que fácil­men­te podría com­ple­tar el podio, El apar­ta­men­to, la diri­gió Billy Wil­der, un emi­gran­te aus­tria­co. En cuan­to a la pelí­cu­la fun­da­cio­nal del cine ame­ri­cano, bas­te seña­lar que los villa­nos son todos de raza negra y los héroes lle­van capu­chas del Ku Klux Klan: se lla­ma El naci­mien­to de una nación por algo.

En fin, toda­vía no se han apa­ga­do los ecos de los sie­te bala­zos por la espal­da que reci­bió Jacob Bla­ke, cuan­do otro negro, Dijon Kiz­zee, cae ful­mi­na­do tras enca­jar más de vein­te bala­zos por la espal­da, des­pués de salir huyen­do tras aban­do­nar su bici­cle­ta des­pués de que los agen­tes le die­ran el alto por una supues­ta infrac­ción de trá­fi­co. Uno pue­de exa­mi­nar los deta­lles, las cir­cus­tan­cias y la letra peque­ña del suce­so todo lo que quie­ra, pero vein­te bala­zos por la espal­da, des­pués de los sie­te de Wis­con­sin, son muchos bala­zos, apar­te de que siem­pre se los lle­va la mis­ma raza. Es lo que suce­de cuan­do crees que vives en una pelí­cu­la, con­cre­ta­men­te en un wes­tern, en el papel de she­riff impu­ne y todo­po­de­ro­so, y la reali­dad te dice que tran­qui­lo, tú a lo tuyo, que es matar negros.

Fuen­te: Rebe­lion

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