Boli­via. El Esta­do del Estado

Por Cami­lo Kata­ri, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano 7 de junio de 2020

Las últi­mas deci­sio­nes del gobierno de fac­to nos con­fir­man la sos­pe­cha que el Esta­do ha recu­pe­ra­do su carác­ter exclu­si­va­men­te coer­ci­ti­vo y que el lla­ma­do “Esta­do de dere­cho” ha des­apa­re­ci­do.

Esta­mos pre­sen­cian­do un retorno al Esta­do monár­qui­co del siglo XV, cuan­do el Rey Luis XIV, (se dice) afir­mó: “El Esta­do soy yo”, inde­pen­dien­te­men­te de su vera­ci­dad, la fra­se es el resu­men de lo que se cono­ce como la monar­quía abso­lu­ta, es decir no exis­te poder alguno que cues­tio­ne al rey. 

Boli­via se deba­te en una com­ple­ta caren­cia de res­pe­to al orden jurí­di­co legal seña­la­do en la Cons­ti­tu­ción Polí­ti­ca del Esta­do (CPE), los meca­nis­mos crea­dos para poner freno al uso arbi­tra­rio del poder, han dado mues­tra de su sumi­sión abso­lu­ta al poder de facto. 

Las tími­das reac­cio­nes de la Asam­blea Legis­la­ti­va Plu­ri­na­cio­nal, no han impe­di­do la con­so­li­da­ción del poder abso­lu­to con­cen­tra­do en la figu­ra presidencial. 

La con­cen­tra­ción del poder cuen­ta con el bene­plá­ci­to del Tri­bu­nal Cons­ti­tu­cio­nal Plu­ri­na­cio­nal que “deja hacer y deja pasar” sin cum­plir su man­da­to cons­ti­tu­cio­nal. Esta­mos pues en un momen­to de con­cen­tra­ción abso­lu­ta del poder en la figu­ra pre­si­den­cial, por supues­to que detrás se ha teji­do un enma­ra­ña­do de intere­ses eco­nó­mi­cos liga­dos al poder como siem­pre ocu­rrió en nues­tro país. 

El Esta­do de dere­cho ha des­apa­re­ci­do y su des­man­te­la­mien­to ocu­rre todos los días y fren­te a una pobla­ción iner­me que sola­men­te ati­na a obser­var los hechos, tal vez demos­tran­do cier­to arre­pen­ti­mien­to de la mani­pu­la­ción que fue obje­to y con la resig­na­ción pro­pia de la impo­ten­cia, bajo un régi­men basa­do en el ejer­ci­cio del mie­do como arma fundamental. 

El Esta­do se mate­ria­li­za en sus ins­ti­tu­cio­nes, el carác­ter plu­ri­na­cio­nal del Esta­do tenía ins­ti­tu­cio­nes cla­ves para su desa­rro­llo como el Minis­te­rio de Cul­tu­ras y de Comu­ni­ca­ción. En estos días se ha tra­ta­do de mini­mi­zar el man­da­to del Minis­te­rio de Cul­tu­ras redu­cién­do­la a una ges­tión de lo “artís­ti­co” y no es así, es mucha reducción. 

La cul­tu­ra en su defi­ni­ción abar­ca­do­ra tie­ne que expre­sar la plu­ri­na­cio­na­li­dad del Esta­do, su razón de ser y esto es lo que ha sido heri­do de muer­te, es como un 21060 a los dere­chos cons­ti­tu­cio­na­les de la identidad. 

Las con­quis­tas del reco­no­ci­mien­to de sabe­res de los pue­blos ori­gi­na­rios, que tuvie­ron una dura bata­lla, inclu­so con el gobierno ante­rior, han sido borra­das de un plu­ma­zo. El res­pe­to a la iden­ti­dad ya no es más una polí­ti­ca públi­ca, esta­mos en un gobierno de monos, mono­cul­tu­ral, mono­teís­ta, monó­lo­gos en lugar de diálogo. 

El des­man­te­la­mien­to del Esta­do de dere­cho, encuen­tra a sus defen­so­res en los días agi­ta­dos de noviem­bre, como sim­ples mano de obra para des­truir aque­llo por lo que salían a la calle; es dura la expe­rien­cia y el error como méto­do de apren­di­za­je, cuan­do se pien­sa que la razón guía nues­tros actos y nos damos cuen­tas de nues­tra ino­cen­cia manipulada. 

Una cla­se media que “sabe pen­sar y leer” ha sido enga­ña­da de la mane­ra más bur­da y por guar­dar las apa­rien­cias man­tie­nen un silen­cio cobar­de. Nues­tra socie­dad ha sido envi­le­ci­da y está sien­do ali­men­ta­da con una sed ven­gan­za antes que de jus­ti­cia, y es que la his­to­ria de la huma­ni­dad es así, no exis­te la impu­ni­dad eter­na y como bien sabe­mos la pacien­cia es un bien de los pue­blos originarios. 

El gobierno actual está jugan­do con fue­go, los ase­so­res que cono­cen las téc­ni­cas de ela­bo­rar dis­cur­sos para derro­car gobier­nos no saben qué hacer cuan­do el pue­blo es quien toma en sus manos su des­tino, sino vea­mos el embro­llo de Afganistán. 

Esta­mos a tiem­po de evi­tar que la fra­se “Esta­do falli­do”, acu­ña­da por los inte­lec­tua­les del desas­tre, se con­vier­ta en una cru­da pesa­di­lla en Boli­via.
*Cami­lo Kata­ri, es escri­tor e his­to­ria­dor potosino

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