Cuba. La cali­dez del verano y de los médi­cos que están

Enri­que Ubie­ta Gómez, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 30 de mayo de 2020

No debe resul­tar fácil seguir una con­ver­sa­ción de sobre­me­sa en el hogar del doc­tor Jai­me Zayas Mon­teau­gut, espe­cia­lis­ta en Medi­ci­na Inter­na, con un diplo­ma­do en Cui­da­dos Intensivos.

Su sue­gro y su espo­sa tam­bién son médi­cos y uno de sus hijos cur­sa el
5to. año de la carre­ra de Medi­ci­na. No es casual que la niña, con 13
años, diga que quie­re ser neu­ró­lo­ga y expli­que por qué: en una serie
japo­ne­sa vio un «intere­san­tí­si­mo» caso de un pacien­te con «escle­ro­sis
late­ral amio­tró­fi­ca» y ella, cla­ro, des­cu­bri­rá sus causas.

En la casa hay un ana­quel que solo alber­ga libros de Medi­ci­na. Pero
«no que­re­mos for­zar a la menor, la mamá y yo hemos habla­do del tema»,
dice. Jai­me cum­plió hace algu­nos días 48 años. Natu­ral de La Maya y
resi­den­te en San­tia­go de Cuba, tra­ba­ja en el hos­pi­tal Juan Bruno Zayas.
Cono­ció a su espo­sa duran­te la carre­ra, y se hicie­ron novios en 5to.
año, a la edad que aho­ra tie­ne el futu­ro nue­vo médi­co de la casa.

Ella es espe­cia­lis­ta en Medi­ci­na Gene­ral Inte­gral (MGI), con varios
diplo­ma­dos, pro­fe­so­ra y meto­dó­lo­ga de la Facul­tad de Medi­ci­na de la
Uni­ver­si­dad. Toda su vida la ha dedi­ca­do a la docen­cia, y a los dos
hijos que tie­nen en común.

Jai­me estu­vo por dos perio­dos casi segui­dos en Vene­zue­la, de 2009 a
2013, en el esta­do de Miran­da, y lue­go duran­te 15 meses en el hospital
de Maria­ra, de 2014 a 2015. Ella tuvo que lidiar sola con el mucha­cho en
ple­na adolescencia.

La figu­ra feme­ni­na tam­bién sig­ni­fi­có mucho en su pro­pia vida: «Mi
padre era cho­fer de ras­tras, y mi mamá ama de casa. En pleno periodo
espe­cial, en los 90, me hice médi­co, gra­cias a mi mamá, por­que ya mi
papá había falle­ci­do, y ella lo fue todo: mamá, papá, fuen­te de
ingre­sos, ins­pi­ra­ción… Le debo mucho a mi mamá. Yo soy su refle­jo, y de
eso me sien­to muy orgulloso».

Pero este hom­bre refle­xi­vo, pau­sa­do, noble, tie­ne un hijo mayor, de
31 años y una nie­ta, de su pri­mer matri­mo­nio, «yo tenía enton­ces 17
años, ima­gí­na­te». Tam­bién de ellos está orgu­llo­so. Ese hijo es
infor­má­ti­co y vive en su pue­blo natal, La Maya, muy cer­ca de la casa de
su mamá (de su abuela).

Sobre su expe­rien­cia en Turín me comen­ta: «La tec­no­lo­gía es muy
bue­na, faci­li­ta las cosas, pero te ale­ja un poco del pacien­te. Una
compu­tado­ra des­de una ofi­ci­na, aun cuan­do ten­ga toda la infor­ma­ción, no
sus­ti­tu­ye lo que pue­das per­ci­bir jun­to al pacien­te, tocándolo,
exa­mi­nán­do­lo, com­pro­ban­do en él lo que la máqui­na está dicien­do. Estamos
adap­ta­dos a aten­der a enfer­mos y no enfermedades».

Asis­to en el Par­que Dora (la anti­gua Fun­di­ción de Ace­ro) a la
inau­gu­ra­ción de un mural dedi­ca­do a la soli­da­ri­dad médi­ca cuba­na, cuyos
pri­me­ros bro­cha­zos vimos dar, de for­ma casual, en una visi­ta anterior.

Son mucha­chos muy jóve­nes, algu­nos inclu­so de la ense­ñan­za media.
Todos lle­van puló­ve­res negros. Están for­ma­dos en silen­cio, inmó­vi­les por
unos minu­tos fren­te al mural, y sos­tie­nen las ban­de­ro­las de las tres
orga­ni­za­cio­nes a las que per­te­ne­cen, la ban­de­ra cuba­na y car­te­les que se
alter­nan con dos men­sa­jes: «Rom­pe­re il blo­queo» y «Nobel per la Pace alla Bri­ga­ta Henry Reeve».

El mural es her­mo­so: ade­más de la ban­de­ra cuba­na y la del 26 de
Julio, hay ros­tros de médi­cos con sus naso­bu­cos. En el cen­tro: Fidel.
Arri­ba, de un lado al otro la fra­se «Médi­cos y no bom­bas». Aba­jo, más
peque­ño: «Patria é Uma­ni­tá» y «Gra­zie Cuba».

LAS OPINIONES DE LOS MÉDICOS ITALIANOS

En el hos­pi­tal tra­ba­jan al menos diez médi­cos muy jóve­nes. Firmaron
un con­tra­to por dos meses, que ven­ce esta sema­na, y no hay indi­cios de
que será reno­va­do. «De hecho no tene­mos dis­tri­bui­dos los tur­nos de la
sema­na que vie­ne», me dice Hum­ber­to, de 25 años, que habla español,
por­que la prác­ti­ca docen­te la reali­zó en España.

«Si no renue­van el con­tra­to, la mayo­ría de noso­tros inten­ta­rá pasar
el examen que nos per­mi­ta ini­ciar los estu­dios de una espe­cia­li­dad y
ten­dre­mos que que­dar­nos en casa para estu­diar» –la que habla aho­ra es
Pau­la, de la mis­ma edad, que vie­ne de Lec­ce, en el sur de Italia.

«Ese examen –con­ti­núa – , que usual­men­te es en julio (no sabe­mos qué
pasa­rá este año) lo aprue­ba uno de cada dos estu­dian­tes, hay muy pocas
pla­zas. Y si no tie­nes una espe­cia­li­dad, usual­men­te aquí encuen­tras solo
tra­ba­jos pro­vi­sio­na­les, sus­ti­tu­yen­do a alguien en la estruc­tu­ra privada
o en labo­ra­to­rios de san­gre, y no es lo que queremos».

Quie­ro saber cómo trans­cu­rre la rela­ción con los médi­cos cubanos.
«Agra­dez­co lo que hacen –dice rápi­da­men­te Pau­la – , por­que lo necesitamos
de ver­dad. Tener a espe­cia­lis­tas como ellos, con expe­rien­cia, nos da
mucha confianza».

«Al ini­cio la difi­cul­tad mayor era con el idio­ma –con­si­de­ra
Hum­ber­to – , pero des­pués me per­ca­té, de que sin hablar (aho­ra hablan
más), solo con las manos, hablan­do con el cuer­po, trans­mi­ten humanidad
al pacien­te. No sabes cuán­to lo agra­de­cen ellos en los men­sa­jes que
dejan al salir».

Fede­ri­co, de 33 años, y dos y medio de expe­rien­cia, juga­dor de
béis­bol, apun­ta: «El tra­ba­jo aquí es muy estre­san­te…, pero tra­ba­jar con
gen­te de tan­ta expe­rien­cia y humil­dad nos ins­pi­ra coraje».

«Uste­des tra­ba­jan con ale­gría, y eso es impor­tan­te», aña­de Pau­la, la
que vie­ne del sur, y ríe: «Quie­ro des­ta­car la labor de los
epi­de­mió­lo­gos, por­que tie­nen una pacien­cia tre­men­da, sobre todo
conmigo».

«Cada uno res­pe­ta su tra­ba­jo –expli­ca Hum­ber­to – . Des­de el dermatólogo
has­ta el epi­de­mió­lo­go, cada uno sabe lo que tie­ne que hacer y los demás
lo res­pe­tan por eso. El Árbol afue­ra, con sus cin­tas blan­cas es la
demos­tra­ción de que fun­cio­na, ¿no?».

Pero Pau­la lo resu­me todo así: «Yo he apren­di­do más en esta
expe­rien­cia que en cual­quier otra ante­rior duran­te mis años de carrera».

¿Ha lle­ga­do el verano? 

La pre­gun­ta bro­ta inau­di­ble, para que no la escu­che el Dios de la
esta­ción y se arre­pien­ta. En Cre­ma, fui­mos coci­na­dos a fue­go len­to en la
Pla­za del Duo­mo, duran­te el acto de des­pe­di­da de la bri­ga­da médi­ca de
Lom­bar­día (la nues­tra es la de Pia­mon­te), que trans­cu­rrió entre las 11
de la maña­na y la una de la tar­de. El sol, per­pen­di­cu­lar, nos hizo
sen­tir en Cuba. Pero el cli­ma de Turín, a 400 metros sobre el nivel del
mar, es menos cáli­do. Aun así, dicen que el mes de agos­to es sofocante.

La ciu­dad, rodea­da por los Alpes, arde. Por la bue­na salud del pueblo
ita­liano, espe­ra­mos estar en casa, jun­to a nues­tras fami­lias. Lo cierto
es que ya no es impres­cin­di­ble el abri­go. Los ama­ne­ce­res y las noches
son lige­ra­men­te fríos, pero el día se abre, y por la tar­de, sobran las
man­gas largas.

La gen­te estre­na su ropa de verano con la mis­ma ansie­dad que nosotros
la ropa de invierno. Un solo rayo de sol bas­ta para que se exhi­ban en
los bal­co­nes, y se emba­dur­nen de cre­mas pro­tec­to­ras. Han aparecido
tam­bién las sába­nas blan­cas y la ropa de colo­res, col­ga­das en los
bal­co­nes. Supon­go que exis­ten las seca­do­ras auto­má­ti­cas, pero aunque
Turín no es Nápo­les, nada igua­la el mile­na­rio efec­to solar sobre la ropa
y el espí­ri­tu. Este domin­go; sin embar­go, la tele­vi­sión italiana
tras­mi­tió imá­ge­nes preo­cu­pan­tes: cien­tos de per­so­nas, sin nasobuco,
aglo­me­ra­das en los par­ques. Es ins­tin­ti­vo, un acto de libe­ra­ción, que
enla­za la lle­ga­da del verano con la abo­li­ción del encie­rro hogareño.

El hos­pi­tal covid-ogr ha sido un éxi­to rotun­do, su estilo
mul­ti­dis­ci­pli­na­rio no es común en Ita­lia. Todas las tar­des, alre­de­dor de
las dos, se pro­du­cen ver­da­de­ras sesio­nes científicas.

Los prin­ci­pa­les espe­cia­lis­tas de Ita­lia y de Cuba se reúnen para
ana­li­zar los casos más com­ple­jos. Los cuba­nos se han gana­do el respeto
en esos deba­tes y sus opi­nio­nes mar­can pau­tas. El doc­tor Julio Guerra
–que el 26 de mayo, sea dicho ya, cum­plió 43 años– se entu­sias­ma al
hablar de los casos dis­cu­ti­dos, «muy boni­tos», dice a veces, y se olvida
de que no soy médi­co. Lo cier­to es que hoy, ante la evi­den­te mejo­ría de
una ancia­na de 94 años, a par­tir de un cri­te­rio clí­ni­co de Julio, el
doc­tor Ales­san­dro Mar­ti­ni, quien es el direc­tor clí­ni­co y con­du­ce las
sesio­nes, expre­só emo­cio­na­do (las emo­cio­nes no son consideradas
cien­tí­fi­cas): «uste­des diag­nos­ti­can con pocos recur­sos, son muy exactos,
muy pre­ci­sos. La medi­ci­na de los cuba­nos es más lim­pia que la nues­tra, y
la que ense­ñan uste­des es mejor que la que ense­ña­mos en nuestras
uni­ver­si­da­des. Resuel­ven pro­ble­mas con pocos recur­sos, pien­san, utilizan
los ele­men­tos clí­ni­cos para diag­nos­ti­car y lo hacen con pre­ci­sión, sin
nece­si­dad de aná­li­sis com­ple­men­ta­rios. En mi hos­pi­tal de procedencia,
hubié­se­mos gas­ta­do un arse­nal de recur­sos, y el resul­ta­do no hubiese
sido mejor».

Aun­que el verano hace que las per­so­nas sean más extro­ver­ti­das, creo que esa opi­nión empe­zó a for­mar­se una maña­na de pri­ma­ve­ra en la que un gru­po de médi­cos y enfer­me­ros cuba­nos (y Julio con ellos) entró, por pri­me­ra vez, a la zona roja.

Toma­do de Granma

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