Poe­sía. Mañana

POR JON MAIA SORIA /​Resumen Lati­no­ame­ri­cano, 17 abril 2020

Toda­vía lo recor­da­mos como si fue­ra ayer

pasa­ría con el nom­bre de “La gran lec­ción” a los libros de historia.

Y es que fue enton­ces cuan­do empe­zó a cam­biar todo,

el mun­do que has­ta enton­ces había­mos conocido

aque­llo que lla­má­ba­mos normalidad

“La nor­ma­li­dad”

el sis­te­ma que nos puso a todos en ries­go de muerte

En pocos días miles y miles de per­so­nas empe­za­ron a morir en todo el mundo

tan­to en los pue­blos más ricos como en los más pobres

mucha era gen­te que toda­vía debe­ría estar viva aún hoy, si hubié­ra­mos esta­do preparados…

Nos dimos cuen­ta de que aque­llo no era normal

cuan­do nos per­ca­ta­mos que nos fal­ta­ban camas para que la gen­te caye­se muerta

cuan­do empe­za­ron a fal­tar apa­ra­tos de respiración

cuan­do nos dimos cuen­ta que no tenía­mos pro­tec­ción suficiente

era dema­sia­do tarde

todos nos meti­mos en nues­tras casas para esqui­var y fre­nar a la muerte

fue enton­ces cuan­do comen­cé a escri­bir ver­sos como volun­ta­rio, para la gen­te afectada

Mien­tras tan­to, la muer­te seguía expan­dién­do­se por todo el planeta

eran en vano las leyes, vallas, alam­bra­das y mares

en vano ejér­ci­tos y policías

Por pri­me­ra vez cono­ci­mos algo capaz de fre­nar al sis­te­ma ali­men­ta­do en gran medi­da, por noso­tros mismos

Obser­vá­ba­mos ató­ni­tos por tele­vi­sión filas interminables

de habi­tan­tes de las gran­des poten­cias eco­nó­mi­cas en bus­ca de sumi­nis­tros y alimentos

gran­des mor­gues impro­vi­sa­das en las calles

hos­pi­ta­les de campaña…

el sis­te­ma no esta­ba dise­ña­do para sal­var­nos, ni siquie­ra nos avi­só a tiem­po aun vién­do­lo venir

Sim­ple­men­te espe­ró al virus sin pre­pa­rar­se, pre­po­ten­te y autocomplaciente

Pero de este a oes­te, de nor­te a sur,

aquel virus paró al sis­te­ma que había deja­do a un lado al ser humano,

aho­ra que no era pro­duc­ti­vo, aho­ra que no consumía

“moríos en las calles y en vues­tras resi­den­cias de ancia­nos” nos decía

Los pobres morían antes y más rápido

pero ni la rique­za ingen­te acu­mu­la­da garan­ti­za­ba a nadie la vida

Nos dimos cuen­ta, qui­zás por pri­me­ra vez

que la solu­ción no era como siem­pre nos habían incul­ca­do, sal­var­se uno mismo

sino que la úni­ca mane­ra de sal­var­se uno mis­mo era sal­var­nos todos

Enton­ces se des­cu­brió ante nosotros

más cla­ro que nunca

lo que deno­mi­na­ría­mos “El gran desastre”

que solo unos cuan­tos tuvie­ran tan­ta rique­za como el res­to del mundo

se con­vir­tió en una tram­pa mor­tal para todos

la mayo­ría de la gen­te en el mun­do no tenía recur­sos sufi­cien­tes para hacer frente

a aquel virus que iba comien­do por den­tro al sistema

y era aquel gran des­equi­li­brio mun­dial en el que vivía­mos el que nos esta­ba condenando

No podía­mos pararlo

ni siquie­ra nosotros

en aquel mun­do cons­trui­do por el todo­po­de­ro­so hom­bre blan­co occidental

tenía­mos recursos

¿Por­qué ante­pu­si­mos duran­te tan­tas déca­das la pro­duc­ción, el bene­fi­cio pro­pio, el con­su­mo… a la per­so­na, la natu­ra­le­za, la vida, la comunidad?

¿Cómo había­mos cons­trui­do median­te un anda­mia­je de leyes, cos­tum­bres y estruc­tu­ras todo aquel sis­te­ma sobre los cimien­tos de la explo­ta­ción y vio­la­ción de la mujer?

Y lo que es peor, ¿cómo había­mos con­vi­vi­do con ello duran­te tan­to tiempo?

¿Cómo pri­ma­mos el más al todos? ¿Que algu­nos fué­ra­mos más rápi­do a que todos pudié­ra­mos ir? ¿Cómo lle­ga­mos a comer comi­da que podía­mos pro­du­cir aquí, traí­da en avio­nes y bar­cos des­de cual­quier par­te del mundo?

¿Cómo habien­do tan­ta rique­za acu­mu­la­da en tan pocas manos, no tenía­mos todos lo nece­sa­rio para vivir?

Recuer­do cómo unas sema­nas antes a todo aque­llo, cer­ca de casa dos tra­ba­ja­do­res fue­ron sepul­ta­dos bajo los escom­bros de un ver­te­de­ro pri­va­do. Fue como un avi­so, una metá­fo­ra mor­tal de los valo­res que pri­ma­ban por aquel entonces…

Todo aque­llo, tan nor­mal y asu­mi­do en nues­tra for­ma de vida, se vol­vió en nues­tra con­tra ante aque­lla pandemia.

¿Qué esta­ban hacien­do con nosotros?

Ence­rra­dos en casa, nos dimos cuen­ta que todo aquel arti­fi­cio no nos valía ya.

La mayo­ría de anun­cios tele­vi­si­vos que­da­ron de repen­te fue­ra de lugar.

En aque­llas sema­nas no éra­mos los mis­mos suje­tos de con­su­mo en los que nos habían con­ver­ti­do. Nues­tros cáno­nes y para­dig­mas de feli­ci­dad y for­ta­le­za se derrum­ba­ron, lo esen­cial no era lo que siem­pre nos habían vendido…todo aque­llo no valía para sal­var vidas.

Salía lo mejor y lo peor de noso­tros mis­mos, esper­pen­tos, caren­cias, habi­li­da­des escon­di­das, sue­ños y fan­tas­mas. Nos aga­rrá­ba­mos a can­cio­nes, libros, pelí­cu­las y series para no caer… mucha gen­te cono­ció sus lími­tes. Otros los reventaron.

Aque­llo pare­cía una pelí­cu­la de cien­cia fic­ción, pero sin ficción.

Me seguían lle­gan­do peti­cio­nes de ver­sos para ami­gos y fami­lia­res afec­ta­dos por la situa­ción: enfer­mos ais­la­dos, tra­ba­ja­do­ras y tra­ba­ja­do­res de la sani­dad, muer­tos, emba­ra­za­das, niñas y niños tris­tes, casos de sole­dad de todo tipo, naci­mien­tos… me di cuen­ta de que la tele­vi­sión no refle­ja­ba la ampli­tud del dra­ma. A veces llo­ra­ba escri­bien­do aque­llos versos.

Y ante la deja­ción que el sis­te­ma hacía de nues­tras vidas,

empe­za­mos a reac­cio­nar, a dibu­jar los tra­zos de una nue­va for­ma de cui­dar­nos y enten­der la vida en comunidad.

Empe­za­mos a fabri­car noso­tros mis­mos equi­pa­mien­tos para sal­var nues­tras vidas en fábri­cas y peque­ños loca­les, cons­trui­mos nue­vos meca­nis­mos afec­ti­vos, redes ciu­da­da­nas de cui­da­dos mutuos, nos intere­sá­ba­mos los unos por los otros como nun­ca antes… eran bro­tes de una nue­va vida. Hoy, todo ello es par­te del lega­do que nos dejó “La gran lección”.

Sin embar­go muer­tos y enfer­mos seguían sumán­do­se a miles…

En New York soca­va­ban fosas comunes

En Gua­ya­quil City la gen­te caía muer­ta en las calles

En Lom­bar­día camio­nes mili­ta­res lle­nos de cajas mor­tuo­rias cru­za­ron la ciudad

En Madrid los muer­tos se api­la­ban en pabe­llo­nes y pala­cios de hielo

y fue reve­la­dor ver cómo a medi­da que noso­tros íba­mos murien­do y todo nues­tro entra­ma­do caía, la natu­ra­le­za resucitaba…

Los ríos se depuraban

la tie­rra supuraba

El aire se limpiaba

los cie­los se aclaraban

los mares des­can­sa­ban en todo el planeta

en aquel ambien­te mor­tal, la vida empe­zó a florecer

Aho­ra solo que­ría­mos lo mas bási­co: res­pi­rar, un abra­zo, man­te­ner nues­tra vivien­da, hablar con la gen­te, poder com­prar alimentos…

Pero el sis­te­ma no se dete­nía, era un ente que solo sabía ali­men­tar­se comién­do­se a si mismo

y no sabía parar fue­ra cual fue­ra la situa­ción. Nos engu­llía, empe­zan­do por los más pobres y has­ta los que se creían ricos…

Fue­ra de casa, cuan­do el sol pega­ba enra­re­cía aún más con su luz aquel ambien­te extra­ño de can­tos, aplau­sos, memes y muertes

Me fue­ron lle­gan­do noti­cias que algu­nos enfer­mos a los que escri­bí ver­sos morían.

Y fue peor la post-enfer­me­dad que la enfer­me­dad en sí. Fue sufi­cien­te la pri­me­ra ola para que nues­tro cas­ti­llo de are­na se deshiciera.

De pron­to, todo aque­llo que con­si­de­rá­ba­mos rique­za nos apre­só, nos aho­ga­ba por­que no podía­mos sos­te­ner­lo. Y el sis­te­ma no perdonaba.

Los que regían aque­lla maqui­na­ria tam­bién reac­cio­na­ron, qui­sie­ron tapar even­tual­men­te y con rapi­dez los agu­je­ros que salían a la vis­ta de todo el mun­do, antes de que la gen­te se enfa­da­ra dema­sia­do. Y es que, qui­zás como nin­guno de noso­tros vimos has­ta enton­ces, el gigan­te y todo­po­de­ro­so sis­te­ma se tambaleaba.

Muchos recor­da­ron que ya lo avisaron,

otros muchos sim­ple­men­te lo per­die­ron todo…

El caso es que ante aque­lla nue­va reali­dad se fue con­for­man­do una mayo­ría social, hete­ro­gé­nea, nue­va, com­pues­ta por gen­tes indig­na­das, gol­pea­das, concienciadas

de dife­ren­tes orí­ge­nes, pen­sa­mien­tos y cla­ses sociales.

Una gran corrien­te en todo el mun­do que dijo: No. Se acabó.

Que no se podía seguir así.

Aque­lla cri­sis pla­ne­ta­ria fue un pun­to y apar­te. Un hito. El antes y el des­pués que lo cam­bió todo.

Diji­mos que era sufi­cien­te con nues­tro últi­mo aliento

con mani­fes­ta­cio­nes

con el últi­mo avi­so del ban­co en la mano

con can­cio­nes,

con la car­ta de des­pi­do, con la de desahucio

delan­te de los gobiernos

delan­te de las gran­des corporaciones

delan­te de las cajas mor­tuo­rias de nues­tros familiares

Los que nada tenían que per­der, los que lo per­die­ron todo y los que no que­rían per­der más

En todo el pla­ne­ta se fue ges­tan­do un esca­lo­frío que lo sacu­dió todo.

Nun­ca más.

Cada vez más gen­te nos dimos cuen­ta que la solu­ción no con­sis­tía en tapar los agu­je­ros del sis­te­ma para vol­ver a la situa­ción ante­rior, sino que era jus­ta­men­te con la tie­rra que fal­ta­ba en esos agu­je­ros con la que debía­mos cons­truir un nue­vo mundo.

La tie­rra nos había man­da­do parar hace tiem­po y esta vez sí, pagán­do­lo con nues­tras vidas,

empe­za­mos a entender

que todo es uno y que uno es todo

que nues­tra for­ma de vida esta­ba matan­do al pla­ne­ta y por ende, a noso­tros mismos

que aquel con­su­mis­mo y desa­rro­llis­mo sin lími­tes era insostenible

Enten­der que la vida de todos los que habi­ta­mos el mun­do vale por igual

y actuar en consecuencia,

fomen­tar nue­vos cáno­nes de feli­ci­dad y bien­es­tar, de jus­ti­cia social

cam­biar­lo todo…

Fue como una pre­mo­ni­ción, el pri­mer día de pri­ma­ve­ra nevó.

Fue emo­cio­nan­te ver cómo se ges­tó lo que hoy lla­ma­mos “La nue­va mayo­ría”, el movi­mien­to por la nue­va vida, que ponía la vida en el cen­tro ante los que en nom­bre de la segu­ri­dad que­rían recor­tar aún más dere­chos bási­cos y cons­truir una socie­dad aún más res­tric­ti­va y conservadora.

Una lucha eter­na, que no cesa y nun­ca acabará.

No, el mun­do no tenía un plan B y nadie de noso­tros vivi­ría dos veces.

Cada vez más gen­te diji­mos bas­ta ya y comen­zó la “Revo­lu­ción de la vida”.

Pedi­mos responsabilidades,

los gobier­nos empe­za­rían a caer con el tiem­po aquí y allá…

Comen­za­mos a cam­biar nues­tras vidas.

No fue fácil, pero el mie­do, el dolor, el amor, la expe­rien­cia vivi­da, el enfa­do, la nece­si­dad, los sue­ños y la con­cien­cia jun­tos tie­nen una fuer­za impa­ra­ble den­tro de cada uno de noso­tros. Y unen a la gen­te y mue­ven el mundo.

Aho­ra todo es bas­tan­te dife­ren­te. No somos per­fec­tos, es un tra­ba­jo que no cesa este de vivir. Pero aun­que han pasa­do ya muchos años, no tene­mos olvi­da­da “La gran lección”.

Aho­ra, nues­tras hijas nacen a este peque­ño peda­zo de tie­rra don­de un día con­se­gui­mos poner la vida en el cen­tro. Aho­ra, ellas son el centro.

Lle­gó la vacu­na con­tra la enfer­me­dad, pero deci­di­mos de una vez por todas, ata­car su origen.

La gran lec­ción se ense­ña aho­ra en las escue­las, para que no vuel­va a repe­tir­se la historia.

Han pasa­do años.

En su momen­to pare­cía imposible,

pero vimos la oportunidad,

creí­mos,

lucha­mos

y aho­ra es nues­tra verdad.

Hoy, el pri­mer día de la pri­ma­ve­ra me he acor­da­do de todo aque­llo y me he pues­to a escri­bir. Pare­ce que vie­ne un boni­to día de abril. Oigo jugar a los niños en la calle.

Esta­mos con­si­guien­do cam­biar el mundo

pare­ce un sue­ño, pero no, no lo es

tam­bién hoy el río baja limpio

y todos los ver­sos que com­pu­se en aque­llos días para tan­ta gente

aún los ten­go guar­da­dos aquí

en el corazón.

fuen­te: Gara

Itu­rria /​Fuen­te

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