Karl Marx: un anti­co­lo­nia­lis­ta a favor de la libe­ra­ción del pue­blo árabe

Cuan­do vivió en Argel, Marx ata­có, con indig­na­ción, los vio­len­tos abu­sos de los fran­ce­ses, sus repe­ti­dos actos de pro­vo­ca­ción, su des­ca­ra­da arro­gan­cia, su pre­sun­ción y su obse­sión por ven­gar­se como Moloch de cada acto de rebe­lión de la pobla­ción ára­be local.

«Aquí la poli­cía apli­ca un tipo de tor­tu­ra para obli­gar a los ára­bes a “con­fe­sar”, como hacen los bri­tá­ni­cos en la India», escribió.

Marx: «El obje­ti­vo de los colo­nia­lis­tas es siem­pre el mis­mo: la des­truc­ción de la pro­pie­dad colec­ti­va indí­ge­na y su trans­for­ma­ción en obje­to de libre com­pra y venta».

¿Qué hacia Marx en el Magreb?

En el invierno de 1882, en el últi­mo año de su vida, Karl Marx sufrió una seve­ra bron­qui­tis y su médi­co le reco­men­dó un perío­do de repo­so en un lugar cáli­do. Se des­car­tó Gibral­tar por­que Marx habría nece­si­ta­do un pasa­por­te para entrar en el terri­to­rio y, como apá­tri­da, no tenía uno. El impe­rio bis­marc­kiano esta­ba cubier­to de nie­ve y, de todos modos, toda­vía tenía prohi­bi­da la entra­da, mien­tras que Ita­lia esta­ba fue­ra de dis­cu­sión, ya que, como dijo Frie­drich Engels, «la pri­me­ra con­di­ción en lo que res­pec­ta a los con­va­le­cien­tes es que no deben ser aco­sa­dos por la policía».

Paul Lafar­gue, yerno de Marx, y Engels con­ven­cie­ron al pacien­te de diri­gir­se a Argel, que goza­ba enton­ces de bue­na repu­tación entre los ingle­ses para esca­par de los rigo­res del invierno. Como recor­dó más tar­de la hija de Marx, Elea­nor Marx, lo que empu­jó a Marx a rea­li­zar este via­je inusual fue su prio­ri­dad núme­ro uno: aca­bar El Capital.

Atra­ve­só Ingla­te­rra y Fran­cia en tren y lue­go el Medi­te­rrá­neo en bar­co. Resi­dió en Argel 72 días y fue el úni­co tiem­po de su vida que pasó fue­ra de Euro­pa. Con el paso de los días, la salud de Marx no mejo­ró. Su sufri­mien­to no era solo físi­co. Se sen­tía muy solo des­pués de la muer­te de su espo­sa y le escri­bió a Engels que sen­tía «gran­des ata­ques de pro­fun­da melan­co­lía, como el gran Don Qui­jo­te». Marx tam­bién echa­ba de menos –debi­do a su esta­do de salud– una acti­vi­dad inte­lec­tual seria, siem­pre esen­cial para él.

Efec­tos de la intro­duc­ción de la pro­pie­dad pri­va­da por par­te de los colo­ni­za­do­res franceses

La suce­sión de nume­ro­sos acon­te­ci­mien­tos des­fa­vo­ra­bles no per­mi­tió a Marx lle­gar al fon­do de la reali­dad arge­li­na, ni le fue real­men­te posi­ble estu­diar las carac­te­rís­ti­cas de la pro­pie­dad común entre los ára­bes –una tema que le había intere­sa­do mucho unos años antes. En 1879, Marx había copia­do, en uno de sus cua­der­nos de estu­dio, par­tes del libro del soció­lo­go ruso Mak­sim Kova­levsky, La pro­pie­dad comu­nal de la tie­rra: cau­sas, cur­so y con­se­cuen­cias de su deca­den­cia. Esta­ban dedi­ca­das a la impor­tan­cia de la pro­pie­dad común en Arge­lia antes de la lle­ga­da de los colo­ni­za­do­res fran­ce­ses, así como a las trans­for­ma­cio­nes que estos intro­du­je­ron. De Kova­levsky, Marx copió: «La for­ma­ción de la pro­pie­dad pri­va­da de la tie­rra –a los ojos de la bur­gue­sía fran­ce­sa– es una con­di­ción nece­sa­ria para todo pro­gre­so en la esfe­ra polí­ti­ca y social». El man­te­ni­mien­to de la pro­pie­dad comu­nal, “como una for­ma que apo­ya las ten­den­cias comu­nis­tas en las men­tes, es peli­gro­so tan­to para la colo­nia como para la patria”. Tam­bién le atra­je­ron las siguien­tes obser­va­cio­nes: «los fran­ce­ses han bus­ca­do bajo todos los regí­me­nes la trans­fe­ren­cia de la pro­pie­dad de la tie­rra de manos de los nati­vos a las de los colo­nos. (…) El obje­ti­vo es siem­pre el mis­mo: la des­truc­ción de la pro­pie­dad colec­ti­va indí­ge­na y su trans­for­ma­ción en obje­to de libre com­pra y ven­ta, y así faci­li­tar el paso final a manos de los colo­nos franceses».

En cuan­to a la legis­la­ción sobre Arge­lia pro­pues­ta por el repu­bli­cano de izquier­da Jules War­nier y apro­ba­da en 1873, Marx res­pal­dó la afir­ma­ción de Kova­levsky de que su úni­co pro­pó­si­to era «la expro­pia­ción del sue­lo de la pobla­ción nati­va por par­te de los colo­nos y espe­cu­la­do­res euro­peos». El des­ca­ro de los fran­ce­ses lle­gó has­ta el «robo direc­to» o la con­ver­sión en «pro­pie­dad del gobierno» de todas las tie­rras bal­días en común que que­da­ban para uso nati­vo. Este pro­ce­so fue dise­ña­do para pro­du­cir otro resul­ta­do impor­tan­te: la eli­mi­na­ción del peli­gro de resis­ten­cia por par­te de la pobla­ción local. Nue­va­men­te, a tra­vés de las pala­bras de Kova­levsky, Marx seña­ló: «el esta­ble­ci­mien­to de la pro­pie­dad pri­va­da y el asen­ta­mien­to de los colo­nos euro­peos entre los cla­nes ára­bes se con­ver­ti­rían en los medios más pode­ro­sos para ace­le­rar el pro­ce­so de diso­lu­ción de las unio­nes de cla­nes. (…) La expro­pia­ción de los ára­bes pre­vis­ta por la ley tenía dos obje­ti­vos: 1) pro­por­cio­nar a los fran­ce­ses la mayor can­ti­dad de tie­rra posi­ble; y 2) arran­car a los ára­bes de sus víncu­los natu­ra­les con la tie­rra para rom­per las últi­mas fuer­zas de las unio­nes de cla­nes que así se disuel­ven, y con ello cual­quier peli­gro de rebelión».

Marx comen­tó que este tipo de indi­vi­dua­li­za­ción de la pro­pie­dad de la tie­rra no solo había ase­gu­ra­do enor­mes bene­fi­cios eco­nó­mi­cos a los inva­so­res sino que tam­bién había logra­do un «obje­ti­vo polí­ti­co: des­truir los cimien­tos de esta sociedad».

Refle­xio­nes sobre el mun­do árabe

En febre­ro de 1882, cuan­do Marx esta­ba en Argel, un artícu­lo en el dia­rio local The News docu­men­tó las injus­ti­cias del sis­te­ma recién crea­do. Teó­ri­ca­men­te, cual­quier ciu­da­dano fran­cés de aque­lla épo­ca podía adqui­rir una con­ce­sión de más de 100 hec­tá­reas de tie­rra arge­li­na, sin siquie­ra salir de su país, y lue­go reven­der­la a un nati­vo por 40.000 fran­cos. En pro­me­dio, los colo­nos ven­die­ron cada par­ce­la de tie­rra que habían com­pra­do por 20 a 30 fran­cos al pre­cio de 300 francos.

Debi­do a su mala salud, Marx no pudo estu­diar este asun­to. Sin embar­go, en las die­ci­séis car­tas escri­tas por Marx que han sobre­vi­vi­do (escri­bió más, pero se han per­di­do), hizo una serie de obser­va­cio­nes intere­san­tes des­de la ori­lla sur del Medi­te­rrá­neo. Las que real­men­te des­ta­can son las que tra­tan de las rela­cio­nes socia­les entre musul­ma­nes. Marx que­dó pro­fun­da­men­te impre­sio­na­do por algu­nas carac­te­rís­ti­cas de la socie­dad ára­be. Para un «ver­da­de­ro musul­mán», comen­tó: «tales acci­den­tes, la bue­na o mala suer­te, no dife­ren­cian a los hijos de Maho­ma. La igual­dad abso­lu­ta en sus rela­cio­nes socia­les no se ve afec­ta­da. Al con­tra­rio, solo cuan­do se corrom­pen toman con­cien­cia de ello. Sus polí­ti­cos, con razón, con­si­de­ran impor­tan­te este mis­mo sen­ti­mien­to y prác­ti­ca de la igual­dad abso­lu­ta. Sin embar­go, sin un movi­mien­to revo­lu­cio­na­rio, se corrom­pe­rán y arruinarán».

En sus car­tas, Marx ata­có con des­dén los vio­len­tos abu­sos y las cons­tan­tes pro­vo­ca­cio­nes de los euro­peos y, no menos impor­tan­te, su «arro­gan­cia des­ca­ra­da y pre­sun­tuo­si­dad fren­te a las “razas infe­rio­res”, [y] su espan­to­sa obse­sión, al esti­lo de Moloch, de expia­ción» de cual­quier acto de rebe­lión. Tam­bién des­ta­có que, en la his­to­ria com­pa­ra­da de la ocu­pa­ción colo­nial, «los bri­tá­ni­cos y los holan­de­ses supe­ran a los fran­ce­ses». Des­de la pro­pia Argel, infor­mó a Engels que un juez pro­gre­sis­ta, Fer­mé, con el que se encon­tra­ba regu­lar­men­te había vis­to, a lo lar­go de su carre­ra, «un tipo de tor­tu­ra . (…) para extraer “con­fe­sio­nes” de los ára­bes, uti­li­za­da habi­tual­men­te (como los ingle­ses en la India) por la poli­cía». Le había infor­ma­do a Marx que «cuan­do, por ejem­plo, se come­te un ase­si­na­to por una ban­da ára­be, gene­ral­men­te con la inten­ción de robar, y los ver­da­de­ros mal­he­cho­res son debi­da­men­te dete­ni­dos, juz­ga­dos y eje­cu­ta­dos en su momen­to, esto no se con­si­de­ra sufi­cien­te» expia­ción por par­te de la fami­lia de colo­nos afec­ta­da. Exi­gen ade­más “qui­tar de en medio” al menos media doce­na de ára­bes ino­cen­tes. (…) Cuan­do un colono euro­peo habi­ta entre aque­llos que son con­si­de­ra­dos “razas infe­rio­res”, ya sea como colono o sim­ple­men­te por nego­cios, gene­ral­men­te se con­si­de­ra a sí mis­mo más invio­la­ble inclu­so que el rey».

Con­tra la pre­sen­cia colo­nial bri­tá­ni­ca en Egipto

De mane­ra simi­lar, unos meses más tar­de, Marx no esca­ti­mó en cri­ti­car dura­men­te la pre­sen­cia bri­tá­ni­ca en Egip­to. La gue­rra de 1882 empren­di­da por las tro­pas del Rei­no Uni­do puso fin a la lla­ma­da revuel­ta de Ura­bi que había comen­za­do en 1879 y per­mi­tió a los bri­tá­ni­cos esta­ble­cer un pro­tec­to­ra­do sobre Egip­to. Marx esta­ba indig­na­do con los pro­gre­sis­tas que demos­tra­ron ser inca­pa­ces de man­te­ner una posi­ción de cla­se autó­no­ma, y advir­tió que era abso­lu­ta­men­te nece­sa­rio que los tra­ba­ja­do­res se opu­sie­ran a las ins­ti­tu­cio­nes y la retó­ri­ca del Estado.

Cuan­do Joseph Cowen, dipu­tado y pre­si­den­te del Con­gre­so Coope­ra­ti­vo –con­si­de­ra­do por Marx «el mejor de los par­la­men­ta­rios ingle­ses»– jus­ti­fi­có la inva­sión bri­tá­ni­ca de Egip­to, Marx expre­só su total des­apro­ba­ción. Sobre todo, cri­ti­có al gobierno bri­tá­ni­co: «¡Muy boni­to! De hecho, no podría haber un ejem­plo más fla­gran­te de hipo­cre­sía cris­tia­na que la “con­quis­ta” de Egip­to: ¡con­quis­ta en medio de la paz!». Pero Cowen, en un dis­cur­so pro­nun­cia­do el 8 de enero de 1883 en New­castle, expre­só su admi­ra­ción por la «haza­ña heroi­ca» de los bri­tá­ni­cos y el «des­lum­bra­mien­to de nues­tro des­fi­le mili­tar»; ni pudo «evi­tar son­reír ante la peque­ña y fas­ci­nan­te pers­pec­ti­va de todas esas posi­cio­nes ofen­si­vas for­ti­fi­ca­das entre el Atlán­ti­co y el Océano Índi­co y, ade­más, un “Impe­rio afri­cano-bri­tá­ni­co” des­de el Del­ta has­ta el Cabo». Era el «esti­lo inglés», carac­te­ri­za­do por la «res­pon­sa­bi­li­dad» por el «inte­rés domés­ti­co». En polí­ti­ca exte­rior, con­clu­yó Marx, Cowen era un ejem­plo típi­co de «esos pobres bur­gue­ses bri­tá­ni­cos, que gimen al asu­mir cada vez más “res­pon­sa­bi­li­da­des” al ser­vi­cio de su misión his­tó­ri­ca, mien­tras pro­tes­tan en vano con­tra ella».

Marx empren­dió inves­ti­ga­cio­nes exhaus­ti­vas de socie­da­des fue­ra de Euro­pa y se expre­só sin ambi­güe­da­des con­tra los estra­gos del colo­nia­lis­mo. Es un error suge­rir lo con­tra­rio, a pesar del escep­ti­cis­mo ins­tru­men­tal tan de moda hoy en día en cier­tos círcu­los aca­dé­mi­cos liberales.

Duran­te su vida, Marx obser­vó de cer­ca los prin­ci­pa­les acon­te­ci­mien­tos de la polí­ti­ca inter­na­cio­nal y, como pode­mos ver en sus escri­tos y car­tas, en la déca­da de 1880 expre­só una fir­me opo­si­ción a la opre­sión colo­nial bri­tá­ni­ca en la India y Egip­to, así como al colo­nia­lis­mo fran­cés en Arge­lia. Era todo menos un euro­cén­tri­co obse­sio­na­do exclu­si­va­men­te con el con­flic­to de cla­ses. Marx pen­só que el estu­dio de los nue­vos con­flic­tos polí­ti­cos y las áreas geo­grá­fi­cas peri­fé­ri­cas era fun­da­men­tal para su pro­gre­si­va crí­ti­ca del sis­te­ma capi­ta­lis­ta. Lo más impor­tan­te es que siem­pre estu­vo del lado de los opri­mi­dos con­tra los opresores.

Mar­ce­llo Musto

28 de octu­bre de 2023

Fuen­te: https://marcellomusto.org/?s=Karl+Marx%3A+un+anticolonialista+a+favor+de+la+liberaci%C3%B3n+del+pueblo+%C3%A1rabe

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