¿Pue­den las nacio­nes más pobres rom­per el ciclo de depen­den­cia que ha cau­sa­do dolor duran­te 100 años?

Que­ri­dos ami­gos y amigas,

Salu­dos des­de las ofi­ci­nas del Ins­ti­tu­to Tri­con­ti­nen­tal de Inves­ti­ga­ción Social.

A fina­les de julio, visi­té dos cam­pa­men­tos del Movi­mien­to de Tra­ba­ja­do­res Rura­les Sin Tie­rra (MST) en las afue­ras de São Pau­lo (Bra­sil). Ambos lle­van el nom­bre de muje­res valien­tes, la con­ce­ja­la bra­si­le­ña Marie­lle Fran­co —ase­si­na­da en 2018— e Irmã Alber­ta —mon­ja cató­li­ca ita­lia­na falle­ci­da en 2018. Las tie­rras en las que el MST ha cons­trui­do el cam­pa­men­to Marie­lle Vive y la Comu­na de la Tie­rra de Irmã Alber­ta esta­ban des­ti­na­das a una urba­ni­za­ción cerra­da con cam­po de golf y a un ver­te­de­ro de basu­ra, res­pec­ti­va­men­te. Basán­do­se en las obli­ga­cio­nes socia­les del uso de la tie­rra de la Cons­ti­tu­ción bra­si­le­ña de 1988, el MST movi­li­zó a las y los tra­ba­ja­do­res sin tie­rra para ocu­par estas zonas, cons­truir sus pro­pias casas, escue­las y coci­nas comu­ni­ta­rias, y cul­ti­var ali­men­tos orgánicos.

Cada uno de estos cam­pa­men­tos del MST son faros de espe­ran­za para gen­te común y corrien­te a la que, de otro modo, se le ense­ña a sen­tir­se pres­cin­di­ble den­tro de las estruc­tu­ras neo­co­lo­nia­les del capi­ta­lis­mo con­tem­po­rá­neo. El MST ha sido obje­to de un ata­que con­cer­ta­do en el par­la­men­to bra­si­le­ño, impul­sa­do por la agen­da de las eli­tes del agro­ne­go­cio que quie­ren impe­dir que 500.000 fami­lias cons­tru­yan una alter­na­ti­va tan­gi­ble para la cla­se obre­ra y el cam­pe­si­na­do. «Cuan­do la éli­te ve la tie­rra, ve dine­ro», me dijo Wil­son Lopes, del MST, en Marie­lle Vive. «Cuan­do noso­tros vemos la tie­rra, vemos el futu­ro del pueblo».

A menu­do, a la mayo­ría de habi­tan­tes del pla­ne­ta les resul­ta impo­si­ble ima­gi­nar el futu­ro. Los índi­ces de ham­bre aumen­tan, y quie­nes pue­den acce­der a los ali­men­tos con fre­cuen­cia solo pue­den comer de for­ma poco salu­da­ble; las y los agri­cul­to­res fami­lia­res, como los de los asen­ta­mien­tos del MST, pro­por­cio­nan más de un ter­cio de los ali­men­tos del mun­do (más del 80% en valor) y, sin embar­go, les resul­ta casi impo­si­ble acce­der a insu­mos agrí­co­las, sobre todo agua, y a cré­di­tos razo­na­bles. El MST es el mayor pro­duc­tor de arroz eco­ló­gi­co de Amé­ri­ca Lati­na. Las pre­sio­nes de las ins­ti­tu­cio­nes de Bret­ton Woods (el FMI y el Ban­co Mun­dial), así como de los ban­cos comer­cia­les y las agen­cias de desa­rro­llo, obli­gan a los paí­ses a adop­tar «polí­ti­cas de moder­ni­za­ción» con­tra­rias a los hechos. Estas «polí­ti­cas de moder­ni­za­ción», como mos­tra­mos en el dos­sier nº 66, se dise­ña­ron en la déca­da de 1950 sin una eva­lua­ción pre­ci­sa de las estruc­tu­ras neo­co­lo­nia­les glo­ba­les: par­tían de la base de que si los paí­ses pedían dine­ro pres­ta­do, refor­za­ban su sec­tor expor­ta­dor de pro­duc­tos bási­cos e impor­ta­ban pro­duc­tos aca­ba­dos de Occi­den­te, podrían «moder­ni­zar­se».

Mien­tras paseá­ba­mos por el asen­ta­mien­to del MST, sus pobla­do­res Cin­tia Zapa­ro­li, Dieny Sil­va y Rai­mun­da de Jesus San­tos nos con­ta­ron cómo la comu­ni­dad lucha­ba por acce­der a la elec­tri­ci­dad y el agua, bie­nes socia­les que no se pro­du­cen fácil­men­te sin inter­ven­cio­nes a gran esca­la. Para con­tex­tua­li­zar, 2.000 millo­nes de per­so­nas en todo el mun­do no tie­nen fácil acce­so al agua pota­ble. Nin­guno de estos bie­nes socia­les pue­de con­ju­rar­se de la nada; requie­ren ins­ti­tu­cio­nes com­ple­jas y, en nues­tro mun­do moderno, la más impor­tan­te de estas ins­ti­tu­cio­nes es el Esta­do. Pero la mayo­ría de los Esta­dos se ven limi­ta­dos a la hora de actuar en nom­bre de su ciu­da­da­nía debi­do a pre­sio­nes exter­nas que frus­tran las polí­ti­cas eco­nó­mi­cas que bene­fi­cia­rían a la socie­dad por enci­ma del capi­tal pri­va­do y los tene­do­res de bonos, que son los pri­me­ros en la fila para extraer la inmen­sa rique­za social pro­du­ci­da en las nacio­nes más pobres.

Nin­guno de estos pro­ble­mas es nue­vo. Para Amé­ri­ca Lati­na, la asfi­xia con­tem­po­rá­nea de los pro­yec­tos esta­ta­les que pre­ten­den mejo­rar las con­di­cio­nes socia­les de la pobla­ción pue­de remon­tar­se a la Con­fe­ren­cia de Cha­pul­te­pec de 1945 cele­bra­da en Ciu­dad de Méxi­co. El minis­tro de Rela­cio­nes Exte­rio­res de Méxi­co, Eze­quiel Padi­lla, decla­ró en la con­fe­ren­cia que era «vital para los ame­ri­ca­nos hacer algo más que pro­du­cir mate­rias pri­mas y vivir en un esta­do de semi­co­lo­nia­lis­mo». La opi­nión era que debía per­mi­tir­se a los habi­tan­tes del hemis­fe­rio uti­li­zar todas las herra­mien­tas nece­sa­rias —inclui­dos aran­ce­les y sub­ven­cio­nes— para crear indus­trias en la región. El secre­ta­rio de Esta­do de Esta­dos Uni­dos, Dean Ache­son, se mos­tró horro­ri­za­do por esta acti­tud y dijo a la dele­ga­ción vene­zo­la­na que había sido «mio­pe (…) aumen­tar los aran­ce­les y res­trin­gir el comer­cio median­te con­tro­les de impor­ta­ción y de otro tipo des­pués de la Pri­me­ra Gue­rra Mun­dial y a prin­ci­pios de los años 30». Esta­dos Uni­dos pre­sen­tó una reso­lu­ción para que todos los Esta­dos lati­no­ame­ri­ca­nos «tra­ba­jen por la eli­mi­na­ción del nacio­na­lis­mo eco­nó­mi­co en todas sus for­mas», inclui­do el ejer­ci­cio de la sobe­ra­nía eco­nó­mi­ca fren­te a las ven­ta­jas obte­ni­das por las empre­sas mul­ti­na­cio­na­les. Esta agen­da afir­ma­ba que los pri­me­ros bene­fi­cia­rios de los recur­sos de un país debían ser los inver­so­res estadounidenses.

Tras la Con­fe­ren­cia de Cha­pul­te­pec se desa­rro­lló una impor­tan­te línea de pen­sa­mien­to, aho­ra cono­ci­da como «teo­ría de la depen­den­cia». En ella se des­cri­be un esce­na­rio neo­co­lo­nial en el que el desa­rro­llo capi­ta­lis­ta de los paí­ses «peri­fé­ri­cos» no pue­de tener lugar, ya que su pro­duc­ción eco­nó­mi­ca está estruc­tu­ra­da para bene­fi­ciar a los paí­ses «cen­tra­les», crean­do una situa­ción que André Gun­der Frank deno­mi­nó «el desa­rro­llo del sub­de­sa­rro­llo». Nues­tro dos­sier nº 67 —Depen­den­cia y super­ex­plo­ta­ción: la rela­ción entre el capi­tal extran­je­ro y las luchas socia­les en Amé­ri­ca Lati­na (agos­to de 2023)— apro­ve­cha el cen­te­na­rio de uno de los inte­lec­tua­les mar­xis­tas más impor­tan­tes de Bra­sil, Ruy Mau­ro Mari­ni (1932−1997), para deli­near una visión pro­pia­men­te mar­xis­ta des­de el Ter­cer Mun­do de esta tra­di­ción de la teo­ría de la depen­den­cia para nues­tra épo­ca. El tex­to ha sido ela­bo­ra­do por la ofi­ci­na de Bra­sil del Ins­ti­tu­to Tri­con­ti­nen­tal de Inves­ti­ga­ción Social, en cola­bo­ra­ción con la pro­fe­so­ra Rena­ta Couto Morei­ra, del Gru­po de Inves­ti­ga­ción sobre Estu­dios Mar­xis­tas de la Teo­ría de la Depen­den­cia en Amé­ri­ca Lati­na en Amé­ri­ca Lati­na-Colec­ti­vo Ana­tá­lia de Melo de la Uni­ver­si­dad Fede­ral de Espí­ri­to San­to (UFES).

Nues­tra refle­xión cla­ve se encuen­tra en estas líneas:

…las raí­ces del sub­de­sa­rro­llo no se encon­tra­ban en el atra­so indus­trial de cada eco­no­mía en sí, sino en la for­ma que había teni­do el pro­ce­so his­tó­ri­co en que Amé­ri­ca Lati­na había sido incor­po­ra­da al mer­ca­do mun­dial duran­te la colo­ni­za­ción euro­pea, y en las rela­cio­nes inter­na­cio­na­les a las que se vie­ron some­ti­dos, per­pe­tua­das tras su inde­pen­den­cia polí­ti­ca en for­ma de depen­den­cia eco­nó­mi­ca de los dic­ta­dos de la divi­sión del tra­ba­jo en el capi­ta­lis­mo global.

Los paí­ses de Amé­ri­ca Lati­na, pero tam­bién de Áfri­ca y Asia, sur­gie­ron en la era pos­te­rior a la Segun­da Gue­rra Mun­dial como apén­di­ces de un sis­te­ma mun­dial que no eran capa­ces de defi­nir ni con­tro­lar. Al igual que en la épo­ca del alto colo­nia­lis­mo, des­de estos paí­ses se expor­ta­ban mate­rias pri­mas sin pro­ce­sar para obte­ner valio­sas divi­sas que se uti­li­za­ban para com­prar cos­to­sos pro­duc­tos manu­fac­tu­ra­dos y ener­gía. El inter­cam­bio des­igual que tuvo lugar per­mi­tió el dete­rio­ro casi per­ma­nen­te de los «tér­mi­nos de inter­cam­bio», como Raúl Pre­bisch y Hans Sin­ger habían demos­tra­do en la déca­da de 1940 y que se han reafir­ma­do en los 2000. La estruc­tu­ra del des­equi­li­brio se asen­ta­ba no solo en los tér­mi­nos de inter­cam­bio, tal y como lo enten­dían Pre­bisch y los estu­dio­sos más libe­ra­les de la depen­den­cia, sino, lo que es más impor­tan­te, en las rela­cio­nes socia­les glo­ba­les de producción.

En las zonas del Sur, los sala­rios se man­tie­nen bajos a tra­vés de una amplia varie­dad de meca­nis­mos, como mues­tra un infor­me de la Orga­ni­za­ción Inter­na­cio­nal del Tra­ba­jo de 2012. Las razo­nes que se adu­cen para jus­ti­fi­car la des­igual­dad sala­rial a tra­vés de las fron­te­ras inter­na­cio­na­les sue­len ser racis­tas, con el argu­men­to de que un tra­ba­ja­dor de la India, por ejem­plo, no tie­ne las mis­mas expec­ta­ti­vas de vida que un tra­ba­ja­dor de Ale­ma­nia. Que las y los tra­ba­ja­do­res del Sur cobren menos no sig­ni­fi­ca que no tra­ba­jen duro (aun­que sus índi­ces de pro­duc­ti­vi­dad sean más bajos debi­do a una menor meca­ni­za­ción y una ges­tión menos cien­tí­fi­ca del lugar de tra­ba­jo). La teo­ría mar­xis­ta de la depen­den­cia se cen­tró en esta «super­ex­plo­ta­ción», seña­lan­do los meca­nis­mos de dis­ci­pli­na labo­ral sub­con­tra­ta­dos que per­mi­ten a los paí­ses más ricos man­te­ner altos están­da­res mora­les mien­tras se apo­yan en con­di­cio­nes labo­ra­les bru­ta­les que vuel­ven tóxi­cas las rela­cio­nes socia­les en las nacio­nes más pobres. Nues­tra obser­va­ción en el dos­sier es clara:

La super­ex­plo­ta­ción del tra­ba­jo se refie­re a la exis­ten­cia de una inten­si­fi­ca­ción del pro­ce­so de explo­ta­ción del tra­ba­jo, que da lugar a una extrac­ción de plus­va­lía por enci­ma de los lími­tes esta­ble­ci­dos his­tó­ri­ca­men­te en los paí­ses cen­tra­les. Esta se con­vier­te en una carac­te­rís­ti­ca fun­da­men­tal del sis­te­ma capi­ta­lis­ta en las eco­no­mías sub­de­sa­rro­lla­das, ya que el capi­tal extran­je­ro y las cla­ses domi­nan­tes loca­les se bene­fi­cian de los bajos sala­rios, las pre­ca­rias con­di­cio­nes de tra­ba­jo y la ausen­cia de dere­chos labo­ra­les, maxi­mi­zan­do así sus ganan­cias y la acu­mu­la­ción de capi­tal. Esto con­tri­bu­ye a la repro­duc­ción de la depen­den­cia y la subor­di­na­ción de estos paí­ses en el orden internacional.

El ciclo de depen­den­cia, sos­te­ne­mos, debe rom­per­se median­te dos ope­ra­cio­nes simul­tá­neas y nece­sa­rias: la cons­truc­ción de un sec­tor indus­trial median­te la inter­ven­ción acti­va del Esta­do y la cons­truc­ción de fuer­tes movi­mien­tos de cla­se tra­ba­ja­do­ra que desa­fíen las rela­cio­nes socia­les de pro­duc­ción que se basan en la super­ex­plo­ta­ción de la mano de obra en las regio­nes más pobres.

En 1965, un año des­pués del gol­pe de Esta­do apo­ya­do por Esta­dos Uni­dos en Bra­sil y duran­te el gol­pe ini­cia­do por Esta­dos Uni­dos en Indo­ne­sia, el pre­si­den­te de Gha­na, Kwa­me Nkru­mah (1909−1972), publi­có su monu­men­tal libro Neo­co­lo­nia­lis­mo: La últi­ma eta­pa del impe­ria­lis­mo. En esta obra, Nkru­mah argu­men­ta­ba que las nue­vas nacio­nes que habían sali­do del colo­nia­lis­mo seguían atra­pa­das en la estruc­tu­ra neo­co­lo­nial de la eco­no­mía mun­dial. Los gobier­nos de luga­res como Gha­na, empo­bre­ci­dos por el colo­nia­lis­mo, tuvie­ron que men­di­gar cré­di­tos a sus anti­guos colo­ni­za­do­res y a «un con­sor­cio de intere­ses finan­cie­ros» para lle­var a cabo las fun­cio­nes bási­cas de gobierno, por no hablar de aten­der las nece­si­da­des socia­les de su pobla­ción. Los pres­ta­mis­tas, argu­men­tó, «tie­nen la cos­tum­bre de obli­gar a los posi­bles pres­ta­ta­rios a some­ter­se a diver­sas con­di­cio­nes ofen­si­vas, como faci­li­tar infor­ma­ción sobre sus eco­no­mías, some­ter su polí­ti­ca y sus pla­nes a la revi­sión del Ban­co Mun­dial y acep­tar la super­vi­sión de sus prés­ta­mos por par­te de la agen­cia». Esta inter­ven­ción, pro­fun­di­za­da por el Pro­gra­ma de Ajus­te Estruc­tu­ral del FMI, sen­ci­lla­men­te no deja­ba mar­gen de maniobra.

Neo­co­lo­nia­lis­mo fue amplia­men­te rese­ña­do, inclu­so en un memo­rán­dum secre­to del 8 de noviem­bre de 1965 de Richard Helms, direc­tor adjun­to de la Agen­cia Cen­tral de Inte­li­gen­cia (CIA) de Esta­dos Uni­dos. Helms se ofen­dió por el ata­que direc­to al impe­ria­lis­mo que con­te­nía el libro. En febre­ro de 1966, Nkru­mah fue derro­ca­do por un gol­pe de Esta­do alen­ta­do por Esta­dos Uni­dos. Ese es el pre­cio que hay que pagar por reve­lar la estruc­tu­ra neo­co­lo­nial del mun­do y luchar por la trans­for­ma­ción estruc­tu­ral. Es un pre­cio que Occi­den­te quie­re infli­gir al pue­blo de Níger, que ha deci­di­do que ya no es bene­fi­cio­so per­mi­tir que su rique­za sea expo­lia­da por Fran­cia y que Esta­dos Uni­dos ten­ga una impor­tan­te pre­sen­cia mili­tar en su país. ¿Pue­de el pue­blo de Níger y del Sahel, en gene­ral, rom­per el ciclo de depen­den­cia que ha crea­do dolor duran­te más de cien años?

Cor­dial­men­te,

Vijay

10 de agos­to de 2023, Bole­tín 32 (2023)

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