Perú. Lima seca: Cuan­do ya no se pue­de pagar por el agua

Foto­gra­fia y videos: Musuk Nol­te /​Inves­ti­ga­cion y redac­ción: Glo­ria C. Zie­gler /​Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 29 de sep­tiem­bre de 2020

Mien­tras los eco­no­mis­tas, empre­sa­rios y polí­ti­cos perua­nos alis­tan estra­te­gias para reabrir el país, des­pués de la cua­ren­te­na obli­ga­to­ria por el Covid-19; casi un millón de lime­ños se pre­gun­ta cómo hará para pro­te­ger­se de la enfer­me­dad, si ya no pue­den pagar por el agua.

LOS FANTASMAS DEL DESIERTO

Mare­li Ismu­ris Cal­de­ron ha pasa­do las últi­mas sema­nas rogan­do que el invierno se retra­se. Aun­que las calles ane­ga­das y esa hume­dad que le car­co­me los hue­sos reapa­re­cen cada año en los cerros de Villa María del Triun­fo, sabe que esta vez será dife­ren­te. A los pro­ble­mas habi­tua­les —lidiar con el frío, la fal­ta de elec­tri­ci­dad y otros ser­vi­cios bási­cos— aho­ra se suma una pan­de­mia. Y en los pró­xi­mos meses, cuan­do las tro­chas se vuel­van inac­ce­si­bles para los agua­te­ros, pro­te­ger­se del Coro­na­vi­rus será toda­vía más difícil.

En Nue­va Espe­ran­za, una zona que reúne a una dece­na de asen­ta­mien­tos huma­nos del sur de Lima, seguir las indi­ca­cio­nes del lava­do fre­cuen­te de manos y el dis­tan­cia­mien­to social requie­re más que bue­na volun­tad. Sin cone­xión a la red de agua pota­ble, sus habi­tan­tes depen­den de una flo­ta de camio­nes cis­ter­na, con esca­sos con­tro­les sani­ta­rios y pre­cios entre tres y quin­ce veces más caros que en otras par­tes de la capital. 

No se tra­ta de un caso ais­la­do: según esti­ma­cio­nes de la Super­in­ten­den­cia Nacio­nal de Ser­vi­cios de Sanea­mien­to (SUNASS), más de 700 mil per­so­nas viven sin acce­so al ser­vi­cio, en Lima Metro­po­li­ta­na y Callao. Por eso, a media­dos de mar­zo, el gobierno nacio­nal anun­ció la dis­tri­bu­ción gra­tui­ta de agua pota­ble para las zonas más vul­ne­ra­bles, duran­te el esta­do de emer­gen­cia por el Covid-19.

Tres meses des­pués, Seda­pal —la empre­sa de agua pota­ble de la ciu­dad— y el Minis­te­rio de Vivien­da, Cons­truc­ción y Sanea­mien­to ase­gu­ran que han entre­ga­do más de 1 millón de metros cúbi­cos de agua pota­ble —una can­ti­dad sufi­cien­te para lle­nar cin­co veces el Esta­dio Nacio­nal — . Y que, en los sec­to­res más inac­ce­si­bles, están com­ple­men­tan­do esa dis­tri­bu­ción con bol­sas de agua, gra­cias a la ayu­da de la Mari­na de Guerra.

Una ini­cia­ti­va como esa podría resul­tar indis­pen­sa­ble para garan­ti­zar el acce­so al recur­so de miles de per­so­nas duran­te el invierno, pero Mare­li Ismu­ris Cal­de­ron ya apren­dió a des­con­fiar de los anun­cios ofi­cia­les. A ini­cios de la cua­ren­te­na obli­ga­to­ria, mien­tras los minis­tros se exhi­bían reco­rrien­do algu­nos barrios popu­la­res para las cáma­ras de tele­vi­sión, Pra­de­ra de Aman­caes —el asen­ta­mien­to humano don­de vive esta mujer de 38 años— pasó casi un mes sin agua. 

“Los con­duc­to­res no que­rían subir. No nos que­da­ba más que bajar con nues­tras bote­llas y galo­ne­ras a pedir­le un poco de agua pres­ta­da a los veci­nos que están más cer­ca de la pis­ta o a fami­lia­res, que viven en otras par­tes del distrito”.

Mare­li Ismu­ris Calderon

Las eva­si­vas de los con­duc­to­res se repli­ca­ron duran­te sema­nas. Inclu­so, fren­te a las auto­ri­da­des de Seda­pal en José Gál­vez, el sur­ti­dor que debe­ría pro­veer­les el ser­vi­cio duran­te la emer­gen­cia. Pero nadie —ni los fun­cio­na­rios públi­cos ni los medios de comu­ni­ca­ción— habla­ba del pro­ble­ma de Pra­de­ra de Aman­caes. Como si se tra­ta­ra de un rin­cón incó­mo­do para una ciu­dad empe­ña­da en borrar sus lazos con el desierto. 

La solu­ción lle­gó varios días des­pués a este asen­ta­mien­to —y al mar­gen de los pro­gra­mas ofi­cia­les — , cuan­do Ismu­ris Cal­de­rón se encon­tró con un agua­te­ro que, antes de la cua­ren­te­na, ven­día agua en la zona. Fue él quien le sugi­rió hablar con un inge­nie­ro a car­go del pozo de Ato­con­go, en San Juan de Mira­flo­res. Y tam­bién quien les ha lle­va­do agua duran­te las últi­mas sema­nas, tras con­se­guir una auto­ri­za­ción excep­cio­nal de su jefe.

“Con esa ayu­da, esta­mos siguien­do las ins­truc­cio­nes del lava­do de manos. Y aho­ri­ta tam­bién empe­za­mos a hacer olla común: nos jun­ta­mos con unas veci­nas —expli­ca— y a dia­rio coci­na­mos para unas 450 per­so­nas de nues­tro asen­ta­mien­to y otras agru­pa­cio­nes, por­que la mayo­ría nos hemos que­da­do sin tra­ba­jo”. Mare­li Ismu­ris Calderon

En los últi­mos meses los aho­rros de esta exre­cep­cio­nis­ta se han esfu­ma­do y con­se­guir otro empleo resul­ta cada vez más difí­cil. Pero Ismu­ris Cal­de­rón no pue­de dejar de pen­sar en la nie­bla y el barro: “Cuan­do los camio­nes no pue­dan subir más, ya ni para la olla común vamos a tener. Esa es la preo­cu­pa­ción”, dice una maña­na de junio.

UNA CIUDAD AL REVÉS

Hay ciu­da­des difí­ci­les de que­rer. Lima —la segun­da capi­tal más desér­ti­ca del mun­do— es una de ellas. Qui­zás, expli­ca el arqui­tec­to y urba­nis­ta Manuel de Rive­ro, por­que tam­bién es difí­cil de enten­der. La his­to­ria de esta ciu­dad, a ori­llas del Pací­fi­co, empe­zó en un desier­to. Atra­ve­sa­do, ape­nas, por un río escue­to: el Rímac. Y con llo­viz­nas que alcan­zan, en pro­me­dio, los 9 milí­me­tros al año. Es decir, menos que en ciu­da­des como Dubái o San Pedro de Ata­ca­ma; don­de se supo­ne que no llueve.

Mucho antes de la crea­ción ofi­cial de Lima, sus pri­me­ros habi­tan­tes habían con­se­gui­do trans­for­mar­la en un valle irri­ga­do por cana­les. Los mis­mos que, siglos des­pués, ali­men­ta­rían a la ciu­dad. Y que, con la explo­sión demo­grá­fi­ca —acen­tua­da espe­cial­men­te por los pro­ce­sos migra­to­rios de los años ‘50 y ‘80— se irían hacien­do cada vez más insuficientes. 

Las deu­das de la capi­tal, sin embar­go, no se redu­cen a la fal­ta de agua o espa­cios ver­des. “Lo más gra­ve es que no tene­mos una cul­tu­ra de pla­ni­fi­ca­ción —ase­gu­ra el urba­nis­ta — . Ni se pien­sa a lar­go pla­zo”. Si bien la ciu­dad con­tó con una estra­te­gia que acom­pa­ñó y con­tro­ló el cre­ci­mien­to urbano duran­te déca­das —fue la pri­me­ra del mun­do en tener una ley de barria­das asis­ti­das por el esta­do — , esta medi­da se dejó de lado a fines de los años ´80.

Des­de enton­ces, seña­la de Rive­ro, Lima se empe­zó a hacer al revés: en lugar de deli­mi­tar los nue­vos espa­cios a urba­ni­zar, tra­zar los acce­sos via­les, las redes de agua y des­agüe y el ten­di­do de elec­tri­ci­dad para habi­tar estos barrios, se comen­zó a vivir en ellos y, lue­go, tra­tar de ir resol­vien­do el acce­so a los ser­vi­cios más elementales. 

Las con­se­cuen­cias de esa fal­ta de pla­ni­fi­ca­ción —acom­pa­ña­da, tam­bién, por las con­di­cio­nes cli­má­ti­cas, geo­grá­fi­cas y una defi­cien­te polí­ti­ca social— han lle­va­do a la crea­ción de cien­tos de barria­das en áreas peli­gro­sas para una ciu­dad con acti­vi­dad sís­mi­ca y serias difi­cul­ta­des para ofre­cer los ser­vi­cios esen­cia­les a muchos de sus habi­tan­tes: en Villa María del Triun­fo hay asen­ta­mien­tos huma­nos que tie­nen más de vein­te años sin acce­so al agua pota­ble y en Ven­ta­ni­lla, un dis­tri­to del nores­te de Lima, hay loca­li­da­des que ya lle­van más de cua­tro déca­das sin el servicio.

Así, casi un millón de per­so­nas de Lima Metro­po­li­ta­na y Callao depen­den de una red de camio­nes admi­nis­tra­da de mane­ra ter­ce­ri­za­da por Seda­pal, para abas­te­cer­se de agua: la empre­sa solo tie­ne 41 cis­ter­nas, que se uti­li­zan para dis­tri­buir agua gra­tui­ta en casos de emer­gen­cia —como el actual — . Pero en el día a día, el ser­vi­cio fun­cio­na con 212 camio­nes pri­va­dos —muchos de ellos se han inte­gra­do tem­po­ral­men­te a la dis­tri­bu­ción sin cos­to— a los que Seda­pal les comer­cia­li­za el recur­so para que, lue­go, lo revendan.

Los pro­ble­mas de este sis­te­ma son mayúscu­los: no hay regu­la­cio­nes tari­fa­rias —a fines de 2019 ven­dían el agua a un pre­cio 30 veces supe­rior a su valor ori­gi­nal— y los con­tro­les sani­ta­rios eran escasos.

SIN TREGUAS

Ale­jan­dro Cas­tro Hua­mán sabe de esas irre­gu­la­ri­da­des. Hace diez años, cuan­do lle­gó a la Aso­cia­ción Pro­yec­to Inte­gral San­ta Rosa —un asen­ta­mien­to humano en el nor­te de Lima, don­de viven 300 fami­lias— ya depen­día de los camio­nes cisterna.

Con los años, él y su fami­lia han apren­di­do a aho­rrar y reuti­li­zar el agua al máxi­mo. Pero en estos meses, los tras­piés para con­tar con lo sufi­cien­te han aumen­ta­do. “Aun­que cui­de­mos el agua, con el lava­do de manos a cada ins­tan­te, la higie­ne de la casa y el lava­do de ropa dia­rio esta­mos usan­do un poco más. Y, ade­más, estu­vi­mos con des­abas­te­ci­mien­to por tres paros que hicie­ron los con­duc­to­res de las cis­ter­nas”, cuen­ta el hom­bre de 53 años.

Las huel­gas fue­ron difun­di­das por algu­nos medios de comu­ni­ca­ción y una de ellas fue regis­tra­da para este repor­ta­je. Se ori­gi­na­ron, expli­ca, por el incum­pli­mien­to de pagos por par­te de Seda­pal a los camio­ne­ros duran­te la emer­gen­cia por el Covid-19. Y, si bien la empre­sa negó su exis­ten­cia a tra­vés de un comu­ni­ca­do ofi­cial —en el que ase­gu­ró, tam­bién, que el abas­te­ci­mien­to gra­tui­to esta­ba garan­ti­za­do — , las irre­gu­la­ri­da­des fue­ron con­fir­ma­das por un agua­te­ro que tra­ba­ja en el dis­tri­to de San­ta Rosa des­de hace 13 años.

“Nos pasea­ron más de 15 días con los pagos. Nos decían ‘hoy sí o sí’, nos hacían tra­ba­jar y no salían. Enton­ces, hemos teni­do que hacer tres plan­to­nes y se para­li­zó total­men­te la dis­tri­bu­ción. No se lle­vó agua”, deta­lla. El hom­bre —quien pidió man­te­ner su iden­ti­dad en reser­va para evi­tar repre­sa­lias— expli­ca que las mani­fes­ta­cio­nes se rea­li­za­ron en el sur­ti­dor de Labarthe, en Ven­ta­ni­lla, el 21 y 22 de abril y el 7 de mayo; fecha en la que, final­men­te, lle­ga­ron a un acuer­do y rees­ta­ble­cie­ron el servicio. 

Des­de enton­ces, Cas­tro Hua­mán —actual pre­si­den­te de la aso­cia­ción veci­nal— ha acom­pa­ña­do a los con­duc­to­res duran­te la dis­tri­bu­ción por el barrio, para ase­gu­rar­se que todos los veci­nos reci­ban agua y, de paso, lle­var un regis­tro orde­na­do de la entrega.

Aun así, está intran­qui­lo. “Hoy lle­ga el agua gra­tis, pero ¿qué va a pasar cuan­do los gas­tos vuel­van a correr por nues­tra cuen­ta? Los comer­cian­tes siem­pre están al ace­cho y muchos de mis veci­nos ya no tie­nen ni para sus ali­men­tos”, se lamenta. 

UNA CIUDAD VORAZ

Lima, ade­más de ser una ciu­dad sin llu­vias, pare­ce estar “secán­do­se”: para abas­te­cer­se de agua dul­ce, la capi­tal depen­de del Rímac, Chi­llón y Lurín, tres ríos con una gran varia­ción en su cau­dal, entre los meses de verano e invierno; y de un sis­te­ma de pozos sub­te­rrá­neos que, según diver­sos exper­tos, se encuen­tra sobreexplotado.

Esos recur­sos, insu­fi­cien­tes para satis­fa­cer la deman­da de casi 10 millo­nes de per­so­nas, se com­ple­men­tan con agua de 19 lagu­nas y tres repre­sas ubi­ca­das a más de 155 kiló­me­tros de la ciu­dad y sobre los 4480 metros sobre el nivel del mar, en ple­na sierra.

Las difi­cul­ta­des para tras­la­dar el agua des­de allí y dis­tri­buir­la por una ciu­dad espe­cial­men­te exten­sa —se cal­cu­la que alre­de­dor del 80% del área urba­na de Lima no exis­tía hace 55 años— son muchas. Y se pro­fun­di­zan, a la par, por una infra­es­truc­tu­ra deficiente. 

Las tube­rías sin man­te­ni­mien­to exis­ten, pero son, qui­zás, una de las fallas más leves. Para pota­bi­li­zar el agua, la capi­tal depen­de de tres plan­tas de tra­ta­mien­to: Atar­jea, Chi­llón —ope­ra­ti­va solo entre diciem­bre y abril, en fun­ción del cau­dal del río— y Hua­chi­pa. Esta últi­ma, sin embar­go, solo fun­cio­na a 26% de su capa­ci­dad; por defec­tos en su construcción. 

Dichas irre­gu­la­ri­da­des, al igual que las pér­di­das de agua en la red, se han regis­tra­do duran­te déca­das. Y, jun­to con la fal­ta de pla­ni­fi­ca­ción urba­na, han pro­pi­cia­do que más de 700 mil lime­ños carez­can de agua pota­ble segu­ra, aun­que se tra­ta de un Dere­cho Humano esta­ble­ci­do por la ONU y reco­no­ci­do por la Cons­ti­tu­ción del Perú.

EL VIRUS NO ES DEMOCRÁTICO

Esta situa­ción, poco abor­da­da en los dis­cur­sos ofi­cia­les, es la que inquie­ta a los espe­cia­lis­tas en salud públi­ca por estos días. Aun­que algu­nos polí­ti­cos se empe­ñen en ase­gu­rar que la pan­de­mia es “demo­crá­ti­ca”, no nos afec­ta a todos por igual. Los ejem­plos abun­dan, pero hay uno impos­ter­ga­ble: cuan­do fina­li­ce la dis­tri­bu­ción gra­tui­ta de agua, el 30 de junio, los lime­ños más pobres vol­ve­rán a depen­der de un recur­so con pre­cios esta­ble­ci­dos por los mis­mos agua­te­ros, según cri­te­rios de ofer­ta y demanda. 

El impac­to no se redu­ce a una cues­tión eco­nó­mi­ca. “Las enfer­me­da­des afec­tan más a las per­so­nas que ya están per­ju­di­ca­das social­men­te por la pobre­za, vivir en haci­na­mien­to o no con­tar con ser­vi­cios bási­cos”, expli­ca la médi­ca infec­tó­lo­ga Cami­lle Webb. Por eso, la fal­ta de agua pota­ble —o de dine­ro para com­prar­la— podría trans­for­mar­se en un obs­tácu­lo impor­tan­te para con­tro­lar la pan­de­mia, duran­te los pró­xi­mos meses.

“En otros paí­ses, las esta­dís­ti­cas están mos­tran­do que la pobla­ción más ata­ca­da por el Covid-19 es la que ya esta­ba afec­ta­da por estos fac­to­res socio­eco­nó­mi­cos”, seña­la la inves­ti­ga­do­ra del Ins­ti­tu­to de Medi­ci­na Tro­pi­cal Ale­xan­der von Humboldt. 

Mare­li Ismu­ris Cal­de­ron —como Ale­jan­dro Cas­tro Hua­mán y miles de lime­ños más— enfren­ta esas caren­cias a dia­rio. Cuen­ta que, con el tiem­po, uno se acos­tum­bra. Y que eso no sig­ni­fi­ca que se haya resig­na­do a vivir sin agua o elec­tri­ci­dad, pero que aho­ra toca resis­tir al invierno. 

Algu­nos de sus veci­nos ya han empe­za­do a ins­ta­lar tubos de plás­ti­co en los bor­des de los techos, con la espe­ran­za de reco­lec­tar un poco de agua de las llo­viz­nas para lavar las ver­du­ras y, qui­zás, algo de ropa. Pero a Cal­de­rón le preo­cu­pa algo más:

“Esa agua no es bue­na —dice — . No la pode­mos tomar”.

Mare­li Ismu­ris Calderon

Sumi­llas:

  • El agua es un Dere­cho Humano esta­ble­ci­do por la ONU y reco­no­ci­do por la Cons­ti­tu­ción del Perú. Sin embar­go, en Lima Metro­po­li­ta­na y Callao viven más de 700 mil per­so­nas sin acce­so al servicio.
  • Entre 50 y 100 litros de agua nece­si­ta cada per­so­na al día para cubrir sus nece­si­da­des de con­su­mo, aseo y las tareas bási­cas del hogar.
  • Seda­pal ase­gu­ra que ha dis­tri­bui­do agua embol­sa­da, con ayu­da de la Mari­na de Gue­rra, en las zonas inac­ce­si­bles para los camio­nes cis­ter­na. Esta ayu­da nun­ca lle­gó Pra­de­ra de Aman­caes, un asen­ta­mien­to de Villa María del Triun­fo que pasó casi un mes sin agua, al ini­cio de la cuarentena.
  • El agua, ade­más de ase­qui­ble, debe ser acce­si­ble físi­ca­men­te. Pero muchos barrios humil­des de Lima pasan has­ta 15 días sin agua duran­te el invierno, por­que las calles de tie­rra se vuel­ven muy res­ba­la­di­zas para las cisternas.
  • Lima se abas­te­ce con tres ríos —Rímac, Chi­llón y Lurín — , un sis­te­ma de pozos sub­te­rrá­neos que está sobre­ex­plo­ta­do y el agua de 19 lagu­nas y tres repre­sas, ubi­ca­das a más de 155 kiló­me­tros y sobre los 4480 metros sobre el nivel del mar.
  • El agua pota­ble de la capi­tal perua­na depen­de de tres plan­tas de tra­ta­mien­to: La Atar­jea, Chi­llón —ope­ra­ti­va solo entre diciem­bre y abril— y Hua­chi­pa, que fun­cio­na al 26% de su capa­ci­dad por fallas en su construcción.

El pre­cio del agua

Las per­so­nas con acce­so a agua pota­ble a tra­vés de la red de Seda­pal pagan entre S/​1,273 y S/5,438 por cada m3de agua. *

Los lime­ños que depen­de de los camio­nes cis­ter­na pagan entre S/​15 y S/​20 por cada mde agua.

Antes del ini­cio de la cua­ren­te­na, Seda­pal tenía esta­ble­ci­da una tari­fa espe­cial para los camio­nes cis­ter­na: S/​0,636 por cada m3 de agua. Ellos la reven­dían a pre­cios has­ta trein­ta veces más caros, entre las per­so­nas sin acce­so a la red.

*Las tari­fas de agua de Seda­pal están orga­ni­za­das, en el caso del ser­vi­cio resi­den­cial, en tres cate­go­rías: social, domés­ti­co sub­si­dia­do y domés­ti­co no sub­si­dia­do. Estas, a la vez, tie­nen varia­cio­nes de cos­to según el volu­men de con­su­mo de cada hogar.

CONSUMO DIARIO POR HABITANTE EN LIMA Y CALLAO

Dis­tri­to Litro por habitante/​día
San Isi­dro 247.6
La Moli­na 219.9
Mira­flo­res 215.6
San Bor­ja 194.2
La Pun­ta 176.9
San­tia­go de Surco 170.3
Barran­co 166.1
C. de la Legua 163.9
Sur­qui­llo 162.5
Pue­blo Libre 159.5
Mag­da­le­na 158.9
Jesús María 157.0
San Miguel 156.1
Lin­ce 155.4
San­ta Anita 151.3
San Luis 147.1
La Per­la 147.0
Bella Vis­ta 145.9
La Vic­to­ria 144.1
Inde­pen­den­cia 143.4
Cie­ne­gui­lla 140.5
El Cer­ca­do 138.8
Pun­ta Hermosa 138.0
Cho­rri­llos 136.6
Cha­cla­ca­yo 136.5
Bre­ña 134.8
Los Oli­vos 131.2
Rímac 128.5
San Mar­tín de Porres 127.3
Callao 127.0
El Agus­tino 124.9
San Juan de Lurigancho 123.7
Lurín 122.8
San Juan de Miraflores 122.2
Ate 120.4
San­ta Rosa 118.0
Luri­gan­cho 117.3
Comas 117.0
Villa María del Triunfo 113.3
Ancón 110.6
Puen­te Piedra 103.6
Pucu­sa­na 103.5
Pacha­ca­mac 102.1
Villa El Salvador 102.0
Cara­bay­llo 101.7
Mi Perú 90.0
Ven­ta­ni­lla 89.7
Pun­ta Negra 88.6
San Bar­to­lo 85.9

Fuen­te: Geren­cia de Desa­rro­llo e Inves­ti­ga­ción de Seda­pal. Año de refe­ren­cia 2018.

ESTE PROYECTO FUE PRODUCIDO CON EL APOYO DEL PULITZER CENTER Y EL FONDO DE EMERGENCIA PARA PERIODISTAS EN EL MARCO DEL COVID-19 DE NATIONAL GEOGRAPHIC SOCIETY.

Esta publi­ca­ción para Way­ka fue coor­di­na­da con Musuk Nolte

Publi­ca­ción ori­gi­nal: https://​his​to​ria​de​la​guae​nel​de​sier​to​.com

FUENTE: Way​ka​.pe

Itu­rria /​Fuen­te

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