La Historia intervenida

Debe­ría­mos estar de acuer­do en que la His­to­ria es, o pue­de lle­gar a ser, un arma de uti­li­za­ción masi­va. Una herra­mien­ta de la con­cien­cia o un lisér­gi­co efi­caz. Medio de pro­pa­gan­da o tóxi­co de con­trol. Sobre todo cuan­do cae en manos del poder. Cuan­do el poder la ocu­pa, la toma por asal­to. Hacien­do de ella un apa­re­jo para la mani­pu­la­ción de masas. El poder enton­ces uti­li­za la His­to­ria a man­sal­va. Es decir, lle­va a cabo un empleo ino­cuo del rela­to y la memo­ria, que lle­ga a todas par­tes, sin nin­gún peli­gro para él. Y con un gran pro­ve­cho a cam­bio. Se tra­ta de que la His­to­ria, en manos del poder, se con­vier­te en un arma de pene­tra­ción social e inte­lec­tual que alcan­za una impu­ni­dad casi total. Es decir, el equi­va­len­te a no tener que dar cuen­tas socia­les, ni res­pon­der por nada de lo que hace. Que­dan­do ade­más sin cas­ti­go. Pero alcan­zan­do el efec­to bus­ca­do, de ador­mi­de­ra colec­ti­va. Un ele­men­to mas de la nar­co­lep­sia colec­ti­va en el capi­ta­lis­mo asis­ten­cial.

La edu­ca­ción en gene­ral, y la de la His­to­ria en par­ti­cu­lar, está en manos del poder. Lo está a tra­vés de los mode­los públi­cos de ense­ñan­za. O de los con­cier­tos y sub­ven­cio­nes satis­fe­chos a la edu­ca­ción pri­va­da. Los pre­su­pues­tos de los Esta­dos cubren los défi­cits, entre lo que paga el alumno y lo que real­men­te cues­ta su for­ma­ción. Esta­mos acos­tum­bra­dos a que, des­de el poder polí­ti­co y median­te nor­mas, regla­men­tos y decre­tos, se for­men los con­te­ni­dos de pen­sa­mien­to o el cono­ci­mien­to de los jóve­nes. De for­ma diri­gis­ta y tota­li­ta­ria, en fun­ción de lo que se jus­ti­fi­ca como inte­rés gene­ral. O ren­ta­bi­li­dad social. Pero que res­pon­de, en reali­dad, al mode­lo social capi­ta­lis­ta, en que se for­mu­la. Tan­to es así, que no solo se com­pren­de, sino que tam­bién se exi­ge esta inter­ven­ción. Por muy auto­ri­ta­ria que pue­da lle­gar a ser. Se supo­ne que la for­ma­ción ofi­cial, con­tro­la­da por minis­te­rios, con­se­je­rías, dipu­tacio­nes o con­ce­ja­lías diver­sas repre­sen­ta una ven­ta­ja gene­ral. Un favor que el poder hace a los ciu­da­da­nos inca­pa­ces de edu­car­se y for­mar­se, por sus pro­pios medios.

Ches­naux en¿Hace­mos tabla rasa del pasa­do? (1977) escri­bió, entre otras cosas: «En las socie­da­des de cla­ses, la his­to­ria for­ma par­te de los ins­tru­men­tos por medio de los cua­les la cla­se diri­gen­te man­tie­ne su poder. El apa­ra­to del Esta­do tra­ta de con­tro­lar el pasa­do, al nivel de la polí­ti­ca prác­ti­ca y al nivel de la ideo­lo­gía, a la vez». No es difí­cil estar de acuer­do con esta sen­ci­lla y cla­ra adver­ten­cia del his­to­ria­dor fran­cés que repar­te ejem­plos de lo dicho, en su tex­to, a izquier­da y dere­cha. Y sigue afir­man­do: «el Esta­do, el poder, orga­ni­zan el tiem­po pasa­do en fun­ción de sus intere­ses polí­ti­cos e ideo­ló­gi­cos». Esto quie­re decir que se pro­du­ce una inter­ven­ción, cuan­do menos apó­cri­fa o algo mucho peor, de la cla­se polí­ti­ca en la que ten­dría que ser inves­ti­ga­ción y ense­ñan­za libre de la His­to­ria. Y pare­ce que esto siem­pre ha sido así. Des­de que se tie­ne cono­ci­mien­to de la exis­ten­cia de cro­nis­tas e his­to­ria­do­res. Como dice Ches­naux, des­de el anti­guo Egip­to o la Chi­na impe­rial, eran las dinas­tías quie­nes deter­mi­na­ban los cor­tes, los tiem­pos o la sus­tan­cia his­tó­ri­ca, que debían de ano­tar los escri­ba­nos.

En la socie­dad capi­ta­lis­ta de cla­ses, de los siglos XIX y XX, los gobier­nos y el poder polí­ti­co repre­sen­tan a una o varias de estas cla­ses. No como en la anti­güe­dad o en los siglos feu­da­les, en que el poder del Esta­do esta­ba ocu­pa­do direc­ta­men­te por las oli­gar­quías y dinas­tías domi­nan­tes. En nues­tra socie­dad, el poder dele­ga en sus inter­me­dia­rios de la cla­se polí­ti­ca, o en sus col­cho­nes socio­ló­gi­cos de cla­ses medias, los modos de ejer­cer el poder. Pero los esque­mas de inter­ven­ción son muy simi­la­res a los de los gran­des impe­rios del mun­do Anti­guo. Escri­be Ches­naux, refi­rién­do­se a estos: «La his­to­ria, redac­ta­da por comi­sio­nes ofi­cia­les de escri­bas o de man­da­ri­nes, era un ser­vi­cio del esta­do que pre­sen­ta­ba el poder monár­qui­co como la base de toda la máqui­na social». Inclu­so has­ta el siglo XIX, este for­ma­to esta­ba vigen­te en la Euro­pa pre-revo­lu­cio­na­ria. Don­de las dis­tin­tas his­to­rias patri­mo­nia­les (lue­go nacio­na­les) se dis­po­nían de acuer­do con los rei­na­dos pro­vi­den­cia­les de las dinas­tías. Hacién­do­las des­cen­der, si fue­se nece­sa­rio, de cual­quier per­so­na­je bíbli­co. La bur­gue­sía, des­pués de derro­car a las monar­quías y ocu­par su poder, no cam­bió el for­ma­to. Por el con­tra­rio, se apro­ve­chó de él todo lo que pudo. Afir­ma este his­to­ria­dor que «si el dis­cur­so his­tó­ri­co de la bur­gue­sía ascen­den­te es en apa­rien­cia mas libe­ral, si aspi­ra a una refle­xión mas gene­ral sobre el cur­so de la his­to­ria, es por­que la Anti­güe­dad y la Edad Media son bue­nas para hacer resal­tar por con­tras­te los “tiem­pos moder­nos”, que rea­li­zan la domi­na­ción de la bur­gue­sía y le abren el por­ve­nir».

La estruc­tu­ra del pasa­do, que ela­bo­ran los his­to­ria­do­res por encar­go de la bur­gue­sía, tra­za un reco­rri­do del atra­so al pro­gre­so que desem­bo­ca­ba en la pro­pia jus­ti­fi­ca­ción de la toma del poder por la cla­se ascen­den­te y, afir­ma Ches­naux, «ase­gu­ra­ba su peren­ni­dad». Esta es la línea de con­trol, que se ha repro­du­ci­do sin ir mas lejos en la Comu­ni­dad Autó­no­ma Vas­ca prác­ti­ca­men­te des­de sus ini­cios auto­nó­mi­cos. En los años ochen­ta. Y que se ha cul­mi­na­do recien­te­men­te, con un movi­mien­to de gra­ve y abier­ta inje­ren­cia en la ense­ñan­za de la His­to­ria. Coin­ci­dien­do con la des­apa­ri­ción de ETA, en lugar de dejar que los his­to­ria­do­res y las enti­da­des públi­cas o pri­va­das ejer­cie­ran una ple­na liber­tad y auto­no­mía. Abrien­do un deba­te sobre el rela­to his­tó­ri­co y su ense­ñan­za. El Gobierno Vas­co ha deci­di­do inter­ve­nir la His­to­ria. Tomar­la por asal­to y fijar los lími­tes, con­cep­tos y con­te­ni­dos de su tra­yec­to­ria. En las ins­ti­tu­cio­nes y cen­tros públi­cos, que están bajo sus órde­nes. Incor­po­rán­do­la, por decre­to, a la ense­ñan­za ofi­cial en los tér­mi­nos que se han ela­bo­ra­do des­de el poder polí­ti­co.

Para ello, la Con­se­je­ría de Edu­ca­ción ha encar­ga­do a varias ins­ti­tu­cio­nes ofi­cia­les la redac­ción de una uni­dad didác­ti­ca, que será impar­ti­da a par­tir del cur­so 2019–2020. Con el nom­bre de Here­ne­gun, pre­ten­de abor­dar lo que lla­ma Memo­ria recien­te (1960−2018). Una mez­cla de dimen­sio­nes: éti­cas e his­tó­ri­cas, basa­da en docu­men­ta­les y tex­tos perio­dís­ti­cos pre­vios. Antes emi­ti­dos en la tele­vi­sión guber­na­men­tal vas­con­ga­da. Con la ini­cia­ti­va, apro­ba­ción y sub­ven­ción del Gobierno Vas­co, esta uni­dad didác­ti­ca se pro­po­ne abor­dar la his­to­ria de ETA. Con­tan­do con la cola­bo­ra­ción del staf ofi­cial de cate­drá­ti­cos de His­to­ria, será pro­pues­ta como ense­ñan­za en las enti­da­des de la CAV. Aun­que, con unas limi­ta­cio­nes intrín­se­cas tan evi­den­tes, como las que ya seña­lan las pro­pias fechas ele­gi­das. O el per­fil anti-inde­pen­den­tis­ta con­fe­so, del úni­co his­to­ria­dor (Juan P. Fusi) ele­gi­do para el inten­to. Con­ta­do con esto, su resul­ta­do difí­cil­men­te podrá ser «his­tó­ri­co».

Iba a escri­bir que me ha lla­ma­do la aten­ción que nadie, en la His­to­ria ofi­cial vas­ca, haya pro­tes­ta­do por esta inje­ren­cia escan­da­lo­sa, en la liber­tad de ense­ñan­za. Pero, en reali­dad, lo sor­pren­den­te hubie­ra sido lo con­tra­rio. Es decir, que alguien des­de su pues­to de cate­drá­ti­co fun­cio­na­rio, a suel­do del pre­su­pues­to vas­con­ga­do, hubie­ra pro­tes­ta­do por esta inter­ven­ción, impen­sa­ble hace unos años. El que des­de un pues­to de man­do polí­ti­co se diga a los res­pon­sa­bles de la ense­ñan­za de la His­to­ria qué deben pro­gra­mar, qué tener en cuen­ta, qué ense­ñar… Es decir, qué es la His­to­ria y cómo la deben de mos­trar… Es tan ver­gon­zo­so, que algu­na vez alguien ten­dría que arre­pen­tir­se y decir­lo en públi­co, por no haber fre­na­do esta impo­si­ción inter­ven­cio­nis­ta. Algo que se ha coci­na­do, al mar­gen de los pro­fe­so­res o his­to­ria­do­res, aten­dien­do solo a los cri­te­rios de los gru­pos polí­ti­cos y a las pre­sio­nes de las aso­cia­cio­nes de víc­ti­mas. Las uni­ver­si­da­des com­par­sas vas­con­ga­das no solo han acep­ta­do la intro­mi­sión. Inclu­so han cola­bo­ra­do cons­truc­ti­va­men­te. De buen gra­do, y mejor sub­ven­ción, los lla­ma­dos «agen­tes aca­dé­mi­cos y uni­ver­si­ta­rios vas­cos» (se agra­de­ce lo de agen­tes): UPV/​EHU, Deus­to, Mon­dra­gón, Kris­tau Esko­la, etc., no han pes­ta­ñea­do por­que alguien les diga lo que tie­nen que hacer o decir. Si esto no es un ade­lan­to de la muer­te de la His­to­ria, se le pare­ce mucho.

Sin embar­go, la voca­ción inter­ven­to­ra y volun­tad de inje­ren­cia, del poder públi­co y de los eje­cu­ti­vos vas­con­ga­dos, en la His­to­ria vas­ca, no es ni mucho menos algo nue­vo. Ya en 1987, el gobierno auto­nó­mi­co de Jose A. Ardan­za qui­so recor­dar el trein­ta aniver­sa­rio del I Con­gre­so Mun­dial Vas­co (1957). Este Con­gre­so, patro­ci­na­do por el Gobierno Vas­co en el exi­lio, se cele­bró en París, sin dema­sia­do éxi­to inte­lec­tual ni polí­ti­co. En aque­lla opor­tu­ni­dad, sien­do lehen­da­ka­ri Jose A. Agui­rre, la oca­sión se revis­tió de un angus­tio­so tin­te polí­ti­co. Tra­tan­do de ser una lla­ma­da de soco­rro a las poten­cias ven­ce­do­ras de la gue­rra mun­dial. Inten­ción que, sin embar­go, pasó des­aper­ci­bi­da en el con­tu­ber­nio que para enton­ces se esta­ba pre­pa­ran­do, entre el régi­men de Fran­co y los intere­ses anglo-yan­quis ins­ta­la­dos en varias mul­ti­na­cio­na­les, en el nue­vo régi­men fran­quis­ta.

A pesar de la poca gra­cia que tuvo aquel men­gua­do encuen­tro pari­sino, en esta segun­da oca­sión de 1987, el Gobierno Vas­co se pro­pu­so res­ca­tar el inten­to. O lavar su ima­gen con apo­yo, pro­pa­gan­da y ben­di­cio­nes ofi­cia­les. Inten­tan­do ador­nar la recién estre­na­da auto­no­mía. En las comu­ni­ca­cio­nes y con­vo­ca­to­rias, remi­ti­das por el Gobierno Vas­co, se ase­gu­ra­ba que este II Con­gre­so ser­vi­ría para «pro­pi­ciar el deba­te cien­tí­fi­co y social». Al que «más de mil exper­tos inter­na­cio­na­les» habrían sido invi­ta­dos. Para tra­tar «al más alto nivel, temas de espe­cial rele­van­cia para Eus­ka­di, en Cien­cias Exac­tas, Natu­ra­les, de Inge­nie­ría y Médi­cas; Arte, Huma­ni­da­des y Cien­cias Socia­les; Cien­cias Eco­nó­mi­cas, Jurí­di­cas y Polí­ti­cas»… Es decir, según la deli­ran­te ver­sión del pro­pio gobierno de la auto­no­mía vas­ca, «un acon­te­ci­mien­to cien­tí­fi­co y social que hará his­to­ria, en este País. Y en todo el mun­do»

No es nece­sa­rio emplear mucho tiem­po para demos­trar que todo el albo­ro­to opti­mis­ta de la pro­pa­gan­da guber­na­men­tal ape­nas se cum­plió. No es que nadie se acuer­de de «aque­llo», ni de los uni­ver­sa­les fru­tos que pro­du­jo. Es que ya en la épo­ca fue cri­ti­ca­do seve­ra­men­te. Será sufi­cien­te con citar un peque­ño artícu­lo, que con­ser­vo, de Jose Anto­nio Egi­do «Tako­lo» (Egin, 12 de sep­tiem­bre de 1987) en el que daba cuen­ta ade­cua­da de estas pre­ten­sio­nes. El Con­gre­so tra­ta­ba, como he dicho, de coger el tes­ti­go de París, en el que ase­gu­ra­ba Egi­do, «el nacio­na­lis­mo bur­gués levan­tó acta de la derro­ta y de su impo­ten­cia radi­cal». Podía­mos aña­dir algo más que anec­dó­ti­co. Aquel Con­gre­so de 1957, ade­más, sir­vió para la pre­sen­ta­ción públi­ca ofi­cial, de un peque­ño gru­po de estu­dian­tes vas­cos (EKIN), que pron­to se iban a con­ver­tir (con la fun­da­ción de ETA) en el ver­da­de­ro asun­to mun­dial vas­co. Es curio­so, o algo más, que fue­sen invi­ta­dos quie­nes, poco des­pués, serían pros­cri­tos de lesa patria por el mis­mo par­ti­do orga­ni­za­dor. Sería por­que los de EKIN eran unos inofen­si­vos, aun­que albo­ro­ta­dos, uni­ver­si­ta­rios. Mien­tras su evo­lu­ción natu­ral (ETA) esta­ba arma­da por más que pala­bras. Reto­man­do la lucha arma­da y las vie­jas reivin­di­ca­cio­nes inde­pen­den­tis­tas, que el Gobierno Vas­co había aban­do­na­do, para siem­pre, en su ren­di­ción de las pla­yas de San­to­ña. En junio de 1937.

Ya antes de ini­ciar­se este Con­gre­so de 1987, Tako­lo afi­na­ba la crí­ti­ca. Plan­tea­ba nume­ro­sas dudas sobre si aquel even­to, tan cos­to­so y ale­ja­do de la reali­dad coti­dia­na vas­ca, iba a ser­vir para algo ver­da­de­ra­men­te cien­tí­fi­co, social, eco­nó­mi­co, his­tó­ri­co, etc. Para empe­zar, este autor denun­cia­ba la auto­ría y orga­ni­za­ción del Con­gre­so, obra de una peque­ña mino­ría buro­crá­ti­ca. Con­tro­la­da, en efec­to, por Lakua. Que, ade­más, habría asig­na­do las tareas orga­ni­za­ti­vas a «per­so­nas dudo­sa­men­te repre­sen­ta­ti­vas». De este modo, el comi­té buro­crá­ti­co habría pro­ba­do su esca­sa sen­si­bi­li­dad vas­ca (lo de mun­dial es toda­vía mas dudo­so) ponien­do el futu­ro de nues­tra socie­dad en manos, y letras, de cier­tas «figu­ras» de pro­ba­da ani­mad­ver­sión a los intere­ses nacio­na­les vas­cos. Entre ellos, Caro Baro­ja, Fer­nan­do Sava­ter o Mario Onain­dia. O, en el caso de la His­to­ria, Anto­nio Elor­za. Adver­sa­rio con­fe­so del nacio­na­lis­mo vas­co.

Todo ello bien pudie­ra sim­bo­li­zar­se en el tra­ba­jo som­brío y anti­in­de­pen­den­tis­ta, del enton­ces cere­bro cul­tu­ral vas­con­ga­do. El polí­ti­co sotis­ta Jose­ba Arre­gi que, mien­tras pre­pa­ra­ba un monu­men­tal e inser­vi­ble dis­pen­dio del dine­ro públi­co con una supues­ta razón his­tó­ri­ca, habría nega­do ese mis­mo año la más míni­ma ayu­da o cola­bo­ra­ción ofi­cial para los actos popu­la­res con­me­mo­ra­ti­vos del bom­bar­deo de Ger­ni­ka (1937). Aun­que no solo por el pro­ba­do anti­na­cio­na­lis­mo del par­ti­do, que mono­po­li­za las pol­tro­nas de Lakua, Tako­lo tam­bién cri­ti­ca­ba el opor­tu­nis­mo del PNV. Cuan­do inten­ta­ba hacer­nos creer que, recu­rrien­do a estas carí­si­mas alga­ra­das de «exper­tos», se podían solu­cio­nar al modo auto­nó­mi­co los pro­ble­mas coti­dia­nos. Que no que­ría afron­tar de otro modo.

Se tra­ta­ba de que unos cien­tos de espe­cia­lis­tas, ence­rra­dos en sus ebúr­neas torres aca­dé­mi­cas y uni­ver­si­ta­rias, de die­ta y kilo­me­tra­je, no eran capa­ces de pen­sar el pro­ble­ma humano (ni por supues­to el vas­co) en su tota­li­dad. Espe­cia­lis­tas que, por lo demás, esta­ban más ocu­pa­dos en no moles­tar al sis­te­ma que les ali­men­ta­ba, que en ofre­cer solu­cio­nes prác­ti­cas pero revo­lu­cio­na­rias. Los gran­des pro­ble­mas, tan gran­des como abs­trac­tas eran las solu­cio­nes, que pro­me­tía abor­dar el Con­gre­so, resul­ta­rían ser un fias­co para los intere­ses popu­la­res. A cuyo ser­vi­cio se dedi­ca­ron, muy pocos, de los par­ti­ci­pan­tes o invi­ta­dos de lujo. Egi­do opi­na­ba que si se tra­ta­ba de cons­truir el futu­ro, en el caso vas­co «con­quis­tar la sobe­ra­nía popu­lar y nacio­nal», el PNV no tenía que ren­dir nin­gún home­na­je ni plei­te­sía a la cien­cia. Aque­llo no era otra cosa que un ejer­ci­cio más del eli­tis­mo aca­dé­mi­co, al que está­ba­mos (y esta­mos) acos­tum­bra­dos. Que no ser­vía más que para ale­jar, sepa­rar o ais­lar a los ciu­da­da­nos y con­tri­bu­yen­tes de los supues­tos posee­do­res de la cul­tu­ra y la cien­cia. Para este autor, en todo caso, el pom­po­so II Con­gre­so Mun­dial Vas­co no iba a modi­fi­car las varia­bles del pro­ble­ma vas­co. Ni en lo polí­ti­co, ni en lo social, ni en lo eco­nó­mi­co. Resul­tan­do ser, final­men­te, una suma que daba cero. Que pron­to se olvi­dó, con más pena que otra cosa. Y de la que nadie se acuer­da hoy.

En este mar­co deplo­ra­ble, el Con­gre­so de His­to­ria sería uno más. Des­de mi pun­to de vis­ta y, por ser el obje­to de este tra­ba­jo, lo que quie­ro seña­lar es la ausen­cia de cual­quier preo­cu­pa­ción didác­ti­ca social. O, siquie­ra, de cual­quier espe­cu­la­ción sobre la uti­li­dad polí­ti­ca y nacio­nal de la His­to­ria. No ya para solu­cio­nar (?) cual­quier cues­tión vas­ca. Ni mucho menos mun­dial. Fue­ron (fui­mos) mas de ocho­cien­tos par­ti­ci­pan­tes (alum­nos, cate­drá­ti­cos, pro­fe­so­res, doc­to­res…) los que pre­sen­ta­ron sus ponen­cias y comu­ni­ca­cio­nes. Divi­di­das en una trein­te­na de ellos, para las ponen­cias y más de cien­to ochen­ta, para las segun­das. Todas debi­da y aca­dé­mi­ca­men­te cla­si­fi­ca­das en los tra­di­cio­na­les seg­men­tos de la His­to­ria: Anti­gua, Media, Moder­na y Con­tem­po­rá­nea.

La con­fe­ren­cia inau­gu­ral fue encar­ga­da a Caro Baro­ja (don Julio). Pero como era habi­tual en este, y cua­dra­ba con quien había ase­gu­ra­do no «enten­der nada de lo que pasa­ba en el País Vas­co», en el últi­mo momen­to decli­nó tal honor. Que fue trans­mi­ti­do a Anto­nio Elor­za. Un cate­drá­ti­co de la Com­plu­ten­se madri­le­ña, quien por su par­te, cen­tra­ría su inter­ven­ción en una espe­cie de bús­que­da de la con­cien­cia vas­ca, a tra­vés de la his­to­rio­gra­fía. Elor­za, tra­tan­do de estar a la altu­ra polí­ti­ca de lo que pro­me­ten estos falli­dos Con­gre­sos vas­cos, lle­gó inclu­so a afir­mar, en ple­na eufo­ria por la abun­dan­cia de tra­ba­jos y la expec­ta­ción sub­ven­cio­na­da del Con­gre­so, que había un víncu­lo entre los nue­vos estu­dios de la his­to­ria de Eus­ka­di y su cons­truc­ción nacio­nal como pue­blo.

En el for­ce­jeo por el reco­no­ci­mien­to exte­rior de esta lucha. Este cate­drá­ti­co «madri­le­ño», inclu­so seña­ló que fue el archi­ol­vi­da­do y expul­sa­do del par­ti­do, Eli Gallas­te­gi, el pri­me­ro que trans­cen­dió y bus­có un reco­no­ci­mien­to inter­na­cio­nal para las aspi­ra­cio­nes nacio­na­les vas­cas. Es decir la famo­sa inter­na­cio­na­li­za­ción de lo vas­co, como pro­ble­ma y peti­ción de soco­rro urbi et orbi. Reco­no­cien­do en este polí­ti­co vas­co de los años 20 y 30, mar­gi­na­do por la direc­ción sotis­ta del par­ti­do, el pri­mer pre­ce­den­te de la pro­yec­ción inter­na­cio­nal del pro­ble­ma vas­co. Abrién­do­se así, un ciclo que se malo­gra­ría, ya bajo con­trol auto­nó­mi­co, pre­ci­sa­men­te en el I Con­gre­so Mun­dial de París. Aun­que todo fue­se, en últi­ma ins­tan­cia, un inocen­te inten­to «para des­bor­dar el mar­co del Esta­do y encon­trar un apo­yo a las reivin­di­ca­cio­nes nacio­na­les en el cua­dro de la polí­ti­ca euro­pea».

A con­ti­nua­ción se abrió aque­lla amplia reunión de cro­nis­tas vas­cos. Que bien mira­do, trein­ta años des­pués no pare­ce haber dado los jugo­sos fru­tos que se auto­pro­me­tía Elor­za, en su aper­tu­ra. Tam­po­co la revi­sión gene­ra­cio­nal e his­to­rio­grá­fi­ca, que anun­cia­ba aquel alu­vión del 87, ha dado resul­ta­dos dema­sia­do memo­ra­bles. En otros aspec­tos, apar­te del orna­to de algu­nos nom­bres, que se pres­ta­ron al coti­llón orga­ni­za­do des­de Lakua. Ape­nas pode­mos recor­dar, el invi­si­ble papel de los muchos nova­tos que lle­gá­ba­mos al mis­mo cir­co, en bús­que­da de ampliar nues­tro curri­cu­lum. Con el indis­cre­to obje­ti­vo de colar­nos en cual­quier pres­ti­gio­sa lis­ta aca­dé­mi­ca. Pero no de des­cu­brir algo sus­tan­cial al núcleo de la expli­ca­ción his­tó­ri­ca. Ni dis­cu­tir siquie­ra, sobre herra­mien­tas y mim­bres teó­ri­co-ideo­ló­gi­cos que expli­ca­ran al mun­do, des­de un Con­gre­so Mun­dial, para qué ser­vía exac­ta­men­te la His­to­ria. O, al menos, aque­lla His­to­ria. Cuyo úni­co futu­ro ver­da­de­ro era la des­apa­ri­ción. Que tenía que ver con las cues­tio­nes vas­cas. O si, de ver­dad, la cues­tión vas­ca era un asun­to mun­dial. Como pare­cía que­rer decir el pom­po­so nom­bre, bajo el que se cobi­ja­ron aque­llos dos falli­dos inten­tos.

Fru­to de aque­llos días de diciem­bre de 1987, se edi­ta­ron sie­te tomos, con todo el pom­po­so con­te­ni­do de ponen­cias y comu­ni­ca­cio­nes. Casi todas ellas del tipo cono­ci­do como «his­to­ri­cis­tas» y «posi­ti­vis­tas». Don­de fal­ta­ban, ade­más, bio­gra­fías o mono­gra­fías de algu­nos nom­bres impres­cin­di­bles. Inex­cu­sa­bles, en la His­to­ria nacio­nal vas­ca. Se for­mu­ló, enton­ces, un para­dig­ma his­to­rio­grá­fi­co más bien deci­mo­nó­ni­co. Que tra­ta­ba asun­tos muy con­cre­tos, muy en deta­lle y muy inves­ti­ga­dos. O cele­bra­dos, en su inocui­dad. Con­ta­dos, pesa­dos y medi­dos. Casi todos, rela­cio­na­dos con las tesis doc­to­ra­les o tra­ba­jos en cur­so de sus auto­res. Entre los que sor­pren­día, no hubie­ra ni uno solo dedi­ca­do a la obra polí­ti­ca de Sabino Ara­na. Evi­den­te­men­te (no podía ser menos) tam­po­co había nin­gu­na men­ción a ETA. Mucho menos, alguno de ellos inten­ta­ba ele­var­se sobre el recuen­to nomi­nal his­tó­ri­co, para tra­tar asun­tos de meto­do­lo­gía, teo­ría gene­ral o sim­ple­men­te abor­dar la fun­ción y expre­sión social o polí­ti­ca de la His­to­ria. Que tan­to intere­sa­ba enton­ces. Y que, tan poco intere­sa aho­ra.

Lo cier­to es que, ya enton­ces, había muy poco fer­vor real por la His­to­ria. Pre­ci­sa­men­te en un pue­blo que, dadas sus con­di­cio­nes polí­ti­cas, nece­si­ta­ría más que nadie algún tipo de jus­ti­fi­ca­ción, infor­ma­ción y cono­ci­mien­to del pasa­do his­tó­ri­co. A tra­vés del cual pudie­ra enten­der, com­pren­der y expli­car­se qué hechos his­tó­ri­cos, y cómo se desa­rro­lla­ron, han desem­bo­ca­do en su pre­sen­te actual. Polí­ti­ca­men­te depen­dien­te de Espa­ña y social­men­te recha­za­ble. Pero, como deci­mos, había y hay muy poco inte­rés en la His­to­ria. En su estu­dio, su cono­ci­mien­to y su divul­ga­ción públi­ca o polí­ti­ca. Los asis­ten­tes a cual­quier acto his­to­rio­grá­fi­co son esca­sos. Los lec­to­res de libros de His­to­ria tam­po­co abun­dan. Y, a pesar de que se edi­ta, e inclu­so se com­pra His­to­ria, se lee muy poco. Nor­mal­men­te las libre­rías del país, ocu­pan sus esca­pa­ra­tes anun­cian­do las nove­las de éxi­to, los auto­res de moda o libros con rece­tas de coci­na. Y han comer­cia­li­za­do su ges­tión en favor de la lite­ra­tu­ra de eva­sión, de toda la vida.

Sin embar­go, a pesar de todo, hay un espe­cie de res­pe­to reve­ren­cial hacia la poca His­to­ria que tene­mos. Dicen que des­pre­cia­mos todo lo que igno­ra­mos. Pero, en el caso de la His­to­ria, nadie se atre­ve a negar o refu­tar en públi­co la nece­si­dad de tener una His­to­ria pro­pia. De trans­mi­tir­la, ense­ñar­la y sub­ven­cio­nar­la en las ins­ti­tu­cio­nes públi­cas. Los líde­res polí­ti­cos, que pro­ta­go­ni­zan la mayor par­te de nues­tra vida, into­xi­can nues­tros cri­te­rios polí­ti­cos y cul­tu­ra­les o mane­jan nues­tros impues­tos, ase­gu­ran que la His­to­ria es impor­tan­te y nece­sa­ria. Los his­to­ria­do­res, que viven de ello, pare­cen (dicen) creér­se­lo. Pero entre el públi­co, que es don­de estas cosas cuen­tan, se les igno­ra amplia­men­te. Cual­quier polí­ti­co medio­cre, un depor­tis­ta mediano, tie­nen más audien­cia públi­ca, más pro­pa­gan­da y más reco­no­ci­mien­to social que todos los cate­drá­ti­cos de His­to­ria jun­tos. Creo que es lo más pare­ci­do, al final de la His­to­ria.

Jose­ma­ri Loren­zo Espi­no­sa, His­to­ria­dor por libre

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