La deon­to­lo­gía de las fuer­zas y cuer­pos de segu­ri­dad del Esta­do – Fran­cis­co Larrau­ri

La deten­ción y la cár­cel no empie­zan con un deli­to, sino con deci­sio­nes guber­na­ti­vas que con­di­cio­nan la inves­ti­ga­ción, la decla­ra­ción de cul­pa­bi­li­dad, la acu­sa­ción, el jui­cio y la sen­ten­cia Eus­kal Herria tie­ne bas­tan­tes ico­nos vin­cu­la­dos a la muer­te y tor­tu­ra. La cal de Lasa y Zaba­la, los pul­mo­nes enchar­ca­dos de Zabal­za, el azul de Unai Romano, el rojo eléc­tri­co de Iratxe

El tono ano­dino uti­li­za­do en las com­pa­re­cen­cias por el Rey español,Zapatero, Rubal­ca­ba y demás séqui­to al reci­tar y can­tu­rrear como un mis­te­rio del rosa­rio «todas las fuer­zas y cuer­pos de la segu­ri­dad del Esta­do», obli­ga al autor a no dis­tin­guir de la leta­nía tata­rea­da de una fuer­za de otra, ni a resal­tar un cuer­po más que otro, para des­ta­car la fal­ta de deon­to­lo­gía que hacen gala los diri­gen­tes en la sal­va­guar­da de la segu­ri­dad del Esta­do.

El nivel demo­crá­ti­co de una socie­dad, depen­de de la mane­ra que los diri­gen­tes del gobierno exi­gen a los orga­nis­mos de segu­ri­dad que res­pon­dan a los dife­ren­tes actos de cri­mi­na­li­dad y tam­bién de la apli­ca­ción y segui­mien­to de un códi­go deon­to­ló­gi­co de los con­tra­ta­dos para cer­ti­fi­car nues­tra segu­ri­dad. Con­se­cuen­te­men­te, cual­quier país que viva per­ma­nen­te­men­te bajo un esta­do poli­cial sufri­rá tam­bién un esta­do de excep­ción de todos los dere­chos huma­nos y civi­les.

En la últi­ma déca­da en Eus­kal Herria la deten­ción y la cár­cel no empie­zan con un deli­to, sino por una serie de deci­sio­nes guber­na­ti­vas que al ampa­ro de un espa­ño­lis­mo tras­no­cha­do con­di­cio­nan el perío­do de la inves­ti­ga­ción, la decla­ra­ción de cul­pa­bi­li­dad, de la acu­sa­ción, del jui­cio y la sen­ten­cia.

Estas deci­sio­nes, dife­ren­tes en cada momen­to del pro­ce­so, abar­can des­de la per­mi­si­vi­dad de la tor­tu­ra en la fase de la inves­ti­ga­ción y decla­ra­ción de cul­pa­bi­li­dad, has­ta la defi­ni­ción de «todo es ETA» en el tiem­po del jui­cio y la sen­ten­cia.

Sólo al albur de estas deci­sio­nes guber­na­ti­vas se entien­de que el Esta­do espa­ñol esté a la cabe­za del encar­ce­la­mien­to con 140 pre­sos por 100.000 habi­tan­tes, en con­tras­te con los 98 de Ale­ma­nia, los 88 de Fran­cia y los 68 por 100.000 habi­tan­tes de Norue­ga. Y sólo un mie­do irra­cio­nal a la liber­tad de los pue­blos es lo que faci­li­ta a per­so­nas muy espe­cia­les per­der el equi­li­brio apro­pia­do a sus res­pon­sa­bi­li­da­des. Sólo así, bajo esta diná­mi­ca guber­na­ti­va tan espa­ño­lí­si­ma se entien­de que actual­men­te haya más pri­sio­ne­ros vas­cos en las cár­ce­les espa­ño­las que en los peo­res tiem­pos de Fran­co.

Pero, ¿cuál es la éti­ca y la deon­to­lo­gía que exi­gie­ron los diri­gen­tes espa­ño­les a las fuer­zas y cuer­pos de la segu­ri­dad, a lo lar­go de los últi­mos siglos por el bien de Espa­ña? Exis­ten dos ico­nos vin­cu­la­dos con la inde­pen­den­cia de sus res­pec­ti­vas nacio­nes, que sufrie­ron el mis­mo ritual de muti­la­ción por par­te de los cuer­pos y fuer­zas de segu­ri­dad del impe­rio espa­ñol.

El pri­me­ro es el cata­lán Gene­ral Mora­gues, que al ser derro­ta­do en 1714 por las fuer­zas del Bor­bón, Feli­pe V, las cró­ni­cas de la épo­ca rela­ta­ban que en 1715 fue arras­tra­do vivo por un caba­llo por las calles de Bar­ce­lo­na, dego­lla­do y hecho cuar­tos y su cabe­za pues­ta en una jau­la enci­ma de la Puer­ta del Mar para escar­nio de la pobla­ción con una ins­crip­ción que decía: «Josep Mora­gues por haber come­ti­do el cri­men de una rebe­lión con­tu­maz, abu­san­do dos veces de la cle­men­cia real, final­men­te la ter­ce­ra fue pre­so y eje­cu­ta­do por la Jus­ti­cia». Pese a los repe­ti­dos rue­gos de su viu­da la jau­la per­ma­ne­ció col­ga­da en el mis­mo sitio duran­te 12 años.

El segun­do icono, mues­tra como el espa­ño­lis­mo lle­va el horror de la uni­dad de su impe­rio cien años más tar­de, has­ta las últi­mas con­se­cuen­cias sea este un gene­ral o un sacer­do­te. La cabe­za del clé­ri­go crio­llo, Miguel Hidal­go y Cos­ti­lla fue muti­la­da en 1811 por las tro­pas espa­ño­las para escar­mien­to del pue­blo mexi­cano que lucha­ba por la inde­pen­den­cia del trono espa­ñol. Enjau­la­da la cabe­za del sacer­do­te y col­ga­da en las cua­tro esqui­nas per­ma­ne­ció allí, has­ta que el pue­blo con­si­guió la inde­pen­den­cia. Hoy el sacer­do­te es con­si­de­ra­do padre de la patria mexi­ca­na y el gene­ral Mora­gues hijo ilus­tre de varios pue­blos cata­la­nes.

Hoy en el siglo XXI, la deon­to­lo­gía que pre­di­can los diri­gen­tes espa­ño­les ¿se acuer­dan del fumi­gar de Itur­gaiz?, está lejos para que los cuer­pos y fuer­zas de segu­ri­dad tra­ten a los ciu­da­da­nos de una for­ma que la poda­mos defi­nir como dig­na, huma­na y jus­ta.

La con­di­ción huma­na bási­ca, no se pue­de per­der por una deci­sión guber­na­ti­va. La his­to­ria moder­na de Eus­kal Herria ya tie­ne bas­tan­tes ico­nos vin­cu­la­dos con la muer­te y la tor­tu­ra. La cal de Lasa y Zaba­la, los pul­mo­nes enchar­ca­dos de Zabal­za, el azul de Unai Romano, el rojo eléc­tri­co de Iratxe, y aquel vudú esca­lo­frian­te para des­ca­be­zar con tiros a los vivos en el papel, den­tro de las depen­den­cias poli­cia­les, lle­van a la con­clu­sión que la fal­ta de un códi­go éti­co, ¿cues­tión de genes o de heren­cia his­tó­ri­ca?, con­vier­te la selec­ción y la for­ma­ción de per­so­nas de las fuer­zas cuer­pos de segu­ri­dad en una tarea muy difí­cil.

La ges­tión de un Gobierno ha de encua­drar­se en un mar­co éti­co, para que los subor­di­na­dos y con­tra­ta­dos no cai­gan en la bar­ba­rie. La tor­tu­ra denun­cia­da estos últi­mos días por los dete­ni­dos por las fuer­zas y cuer­pos de la segu­ri­dad del Esta­do, fren­te al juez Gran­de-Mar­las­ka lo ates­ti­gua.

Qui­sie­ra recor­dar a Pas­qual Mara­gall, estos días en el Zine­mal­dia de Donos­tia, que cuan­do escu­chó los casos de tor­tu­ra de los perio­dis­tas de «Egun­ka­ria», dijo libre­men­te: «Yo me lo creo».

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