Fút­bol, toros y fas­cis­mo- Car­lo Fabretti

No es casual que las tres gran­des poten­cias fut­bo­lís­ti­cas euro­peas ‑por no decir mun­dia­les- sean Ita­lia, Ale­ma­nia y Espa­ña. ¿Qué mejo­res cunas que las del fas­cis­mo, el nazis­mo y el fran­quis­mo para criar las más nutri­das cama­das de hin­chas voci­fe­ran­tes, el sos­tén eco­nó­mi­co y moral de los gran­des equi­pos? Decía Eins­tein que quie­nes se enar­de­cen ante un des­fi­le mili­tar solo por error han reci­bi­do un cere­bro, pues con médu­la espi­nal habrían teni­do bas­tan­te. Y lo mis­mo cabe decir, y por las mis­mas razo­nes, de quie­nes se exal­tan al pre­sen­ciar un par­ti­do de fút­bol. En ambos casos, la paté­ti­ca ‑y pato­ló­gi­ca- exal­ta­ción del públi­co deri­va de su iden­ti­fi­ca­ción sim­bó­li­ca con una ban­da de gue­rre­ros dis­pues­tos a ani­qui­lar a un supues­to enemi­go. Somos los mejo­res. A por ellos. Ni Hitler ni Mus­so­li­ni podrían haber­lo dicho más claro.

Tam­po­co es casual que los hin­chas espa­ño­les acos­tum­bren a tocar­se con mon­te­ras o tri­cor­nios (tan pare­ci­dos, tan ana­cró­ni­cos, tan esper­pén­ti­cos) y a enar­bo­lar esas gro­tes­cas ban­de­ro­las bico­lo­res en las que el escu­do ha sido sus­ti­tui­do por la negra silue­ta de un toro bra­vo. Los cuer­nos, por pare­jas o tríos ‑o por pare­jas de tríos- son los per­fec­tos emble­mas de la Espa­ña más pro­fun­da y de la más super­fi­cial. Los cuer­nos, esas pro­tu­be­ran­cias ofen­si­vas que con­vier­ten la cabe­za, sede del pen­sa­mien­to, en arma embes­ti­do­ra. Mue­ra la inte­li­gen­cia, viva la muerte.

Esto no sig­ni­fi­ca que todos los afi­cio­na­dos al fút­bol sean fas­cis­tas u oli­go­fré­ni­cos; dis­fru­tar vien­do un buen par­ti­do es com­pa­ti­ble con cual­quier ideo­lo­gía o nivel inte­lec­tual; pero los hin­chas pro­pia­men­te dichos, esas mana­das de des­ce­re­bra­dos que aúllan como ener­gú­me­nos y cele­bran las vic­to­rias de “su” equi­po al esti­lo de los hunos o las bacan­tes, gozan mucho menos de la esté­ti­ca del jue­go que de su bur­da sim­bo­lo­gía béli­ca y eró­ti­ca, y su pla­cer, como el del sádi­co y el envi­dio­so, dima­na fun­da­men­tal­men­te del fra­ca­so de otros, es decir, del sufri­mien­to ajeno. Y para el afi­cio­na­do a los toros, la ele­gan­cia de una veró­ni­ca no es sino la tor­pe coar­ta­da de su sed de san­gre. Los tore­ros y los fut­bo­lis­tas se arries­gan menos que los anti­guos gla­dia­do­res y están mejor paga­dos, pero cum­plen la mis­ma fun­ción: embru­te­cer a las masas, cana­li­zar su agre­si­vi­dad y faci­li­tar su control.

Fút­bol y toros, fero­ces ritos de some­ti­mien­to y des­truc­ción de una socie­dad enfer­ma; ani­qui­la­ción sim­bó­li­ca del equi­po per­de­dor en el pri­mer caso, tor­tu­ra y ani­qui­la­ción real de la bes­tia toté­mi­ca en el segun­do. El ago­nis­mo y la ago­nía, la pasión y la muer­te como cele­bra­ción y espec­tácu­lo, en la línea de esa sinies­tra tra­di­ción nacio­nal­ca­tó­li­ca que ha ensom­bre­ci­do los últi­mos cin­co siglos de la his­to­ria de Espa­ña. Pura degra­da­ción. Puro sado­ma­so­quis­mo. Puro fas­cis­mo. Ben­de­ci­do, como era de pre­ver, por una minis­tra a la altu­ra de las cir­cuns­tan­cias, es decir, de las botas y las pezu­ñas; una minis­tra tan zafia e indig­na como para decir públi­ca­men­te que eso es cultura.

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