¿Papá es padre? – José Steins­le­ger

Has­ta media­dos del siglo pasa­do, el gru­po humano que la socio­lo­gía fun­cio­na­lis­ta lla­ma­ba «fami­lia tipo», incluía papá, mamá y una pro­le que empe­zó a decli­nar cuan­do la píl­do­ra y la cri­sis del sec­tor públi­co tras­tor­na­ron el cua­dro social acep­ta­do y cono­ci­do.

La cien­cia libe­ró a la mujer de la mal­di­ción bíbli­ca, los hom­bres fue­ron al diván y, en el mejor de los casos, la «fami­lia tipo» esta­cio­nó la pro­duc­ción en dos, tres hijos cuan­to mucho. Fin de una épo­ca, ini­cio de una era.

Pau­ta­da por el hom­bre, la «fami­lia tipo» que­dó en entre­di­cho. El voca­blo divor­cio, por ejem­plo, se susu­rra­ba o des­co­no­cía. Se decía: fulano y fula­na están «sepa­ra­dos». Tér­mino que, sote­rra­da­men­te, per­mi­tía mani­fes­tar el anhe­lo implí­ci­to del pron­to retorno a la «nor­ma­li­dad».

Y la nor­ma­li­dad era… quién sabe. Pre­gun­tar­lo en voz alta era toma­do como sín­to­ma de anor­ma­li­dad. La «fami­lia tipo» o «nor­mal» lle­ga­ba a su fin, pero las con­se­cuen­cias emo­cio­na­les aflo­ra­ron a gra­nel.

Los hijos de los «sepa­ra­dos» se com­pa­de­cían, mar­gi­na­ban, o some­tían a tera­pias en con­sul­to­rios con dibu­jos de Walt Dis­ney para que fue­sen nor­ma­les. Recuer­do aho­ra el caso un com­pa­ñe­ro que en los recreos nos entre­te­nía reci­tan­do de memo­ria lar­gos ver­sos de Rubén Darío.

Un cela­dor se le acer­có y, mofán­do­se, espe­tó: «Usted es puto». El chi­co bajó la cabe­za, y yo enca­ré al agre­sor:

-¿Y usted qué? ‑dije‑, ¿tam­bién es anor­mal?

Ter­mi­na­mos a gol­pes. En su des­pa­cho, el direc­tor del cole­gio argu­men­tó: «Lamen­ta­ble­men­te, debo tomar deci­sio­nes drás­ti­cas en casos de vio­len­cia. ¿Igno­ra­ba usted que fula­ni­to tie­ne pro­ble­mas por ser hijo de divor­cia­dos?».

En las inme­dia­cio­nes de la escue­la me des­pe­dí de los com­pa­ñe­ros que nun­ca vol­ve­ría a ver. A modo de agra­de­ci­mien­to, el aspi­ran­te a poe­ta me invi­tó a su casa. La pers­pec­ti­va me pare­ció fan­tás­ti­ca: ¡iba a cono­cer la casa de un hijo de divor­cia­dos!

Sin embar­go, la mamá me pare­ció nor­mal. Al igual que la mía, su casa tenía sala de estar, come­dor, cua­dros, baño, coci­na… en fin, todo nor­mal. El aspi­ran­te a poe­ta me invi­tó a su cuar­to, y des­pués de mos­trar sus cosas me ganó la indis­cre­ción:

-¿Y tu vie­jo?

-Se fue cuan­do cum­plí tres años.

-¿Y adón­de se fue?

-¡Qué se yo! Se fue.

De regre­so a casa, mi cabe­za bur­bu­jea­ba: vivir sin padre… ¿cómo sería vivir sin padre? Has­ta que mi vie­jo me sacu­dió de la bru­ma men­tal. Con la cita­ción del direc­tor en mano, tro­nó:

-¿Cuán­do voy a tener un hijo nor­mal?

-¿Nor­mal? ¿Nor­mal cómo, papá?

-¡Nor­mal co-mo to-dos! ¿O no está cla­ro qué es ser nor­mal?

A mi mejor ami­go tam­bién le reco­men­da­ban ser nor­mal. Aun­que su caso era com­pli­ca­do. Si la madre lo rega­ña­ba, des­co­nec­ta­ba la ten­sión cubrién­do­la de besos y abra­zos. Pero si el padre entra­ba en acción, aguar­da­ba que la fami­lia se dur­mie­ra para tallar con su nava­ja unas cru­ce­ci­tas muy monas en el coche que el «jefe del hogar» lus­tra­ba a dia­rio.

Vein­te años des­pués, vol­ví a cru­zar­me con el aspi­ran­te a poe­ta. Fren­te a la pre­gun­ta de cajón, res­pon­dió:

-Estoy bien. Pero si me apre­tás mucho, gri­to.

Su vida había trans­cu­rri­do de un modo «nor­mal»: lucha por la super­vi­ven­cia, poe­ta sin éxi­to, algu­nos libros publi­ca­dos, fami­lia, hijos, pre­ca­rie­da­des varias, y cier­ta volun­tad para sor­tear los des­pe­ña­de­ros de la hiper­in­fla­ción y las pri­va­ti­za­cio­nes.

El poe­ta con­tó de sus años de mili­tan­cia, de una bre­ve tem­po­ra­da en pri­sión, y de sus amar­gas expe­rien­cias con los escri­to­res y la mili­tan­cia de izquier­da.

Abrien­do el para­guas, pre­gun­té:

-¿Y qué tenés con­tra los inte­lec­tua­les de izquier­da? ¿Arro­jas­te la toa­lla?

-Para nada. Mis con­vic­cio­nes y mi matri­mo­nio se man­tie­nen en pie. Pero afec­ti­va­men­te, creo que los inte­lec­tua­les de izquier­da viven auto­blo­quea­dos: luchan por la libe­ra­ción, y no pue­den mani­fes­tar sus sen­ti­mien­tos. Y en lugar de amar a su mujer o a sus hijos pre­fie­ren amar al Che o a la huma­ni­dad. Se ori­nan entre todos. ¿No te pare­ce paté­ti­co?

Genio y figu­ra, el poe­ta inte­rrum­pió el dis­cur­so y seña­ló un pun­to del café. Alzan­do la cabe­za y las cejas, obser­vó:

-Mirá qué lin­da luz entra por la ven­ta­na.

Los silen­cios dela­ta­ron com­pli­ci­dad:

«¿Te acor­dás de aque­lla oca­sión en casa, cuan­do pre­gun­tas­te sobre mi vie­jo?».

El poe­ta con­tó que, final­men­te, había cono­ci­do a su padre. El encuen­tro resul­tó ten­so. Con­tó que el vie­jo, con los ojos agua­dos, le dijo algo así como «siem­pre te qui­se». Y que de su lado, no sin­tió nada. Que desea­ba ayu­dar­lo. Pero al mani­fes­tar­le que le hubie­ra gus­ta­do ser un padre «nor­mal», alzó una mano y no lo dejó

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