Dine­ro que se debe supri­mir – Anto­nio Alva­red Solis

Cuan­do sobre­vie­ne la radi­cal catás­tro­fe eco­nó­mi­ca, o sea, el nau­fra­gio total de un sis­te­ma ‑y en eso esta­mos- los que viven aco­mo­da­dos en él orga­ni­zan las últi­mas inmo­ra­li­da­des en nom­bre de una dog­má­ti­ca que no están dis­pues­tos a revi­sar hones­ta­men­te. Dog­má­ti­ca que apa­re­ce en los libros san­tos de su poder. ¿O aca­so no se asien­tan en dog­mas mise­ra­bles algu­nos copio­sos gas­tos que decla­ran into­ca­bles las admi­nis­tra­cio­nes públi­cas? ¿Quién pue­de defen­der razo­na­ble­men­te que un país sin poten­cia efec­ti­va en el ámbi­to inter­na­cio­nal decla­re impres­cin­di­ble el pre­su­pues­to mili­tar, siem­pre tan ele­va­do? ¿Quién podría ale­gar razo­nes ter­mi­nan­tes para man­te­ner pre­su­pues­tos des­ti­na­dos a fomen­tar un pres­ti­gio inter­na­cio­nal que no exis­te? ¿Cómo es posi­ble que en los impre­sos para decla­rar la ren­ta figu­ren par­ti­das des­ti­na­das al man­te­ni­mien­to de una igle­sia? ¿Quién es capaz de sos­te­ner hones­ta­men­te que el sin­di­ca­lis­mo ha de estar res­pal­da­do por el esta­do? ¿Con qué razo­nes un gobierno pue­bla de fun­cio­na­rios el país al mis­mo tiem­po que derra­ma medios prác­ti­ca­men­te incon­tro­la­bles para crear una cas­ta para­le­la de ase­so­res con fun­cio­nes pro­pias del fun­cio­na­ria­do o de repre­sen­tan­tes suyos en con­se­jos de admi­nis­tra­ción de oscu­ra efi­ca­cia? ¿Quién pue­de tole­rar que al mar­gen del pre­su­pues­to de pro­to­co­lo los minis­tros y sus pró­xi­mos mane­jen un dine­ro de libre dis­po­si­ción, que no han de jus­ti­fi­car más que con su fir­ma? ¿Es com­pa­ti­ble con la liber­tad de opi­nión que los par­la­men­ta­rios pue­den ejer­cer su pro­fe­sión par­ti­cu­lar o ges­tio­nar nego­cios que, tan­tas veces, cru­zan la fina línea roja de la decen­cia o dan lugar a una sos­pe­cha popu­lar des­pres­ti­gian­te para las ins­ti­tu­cio­nes? ¿Se suma todo eso cuan­do se deci­de con­ge­lar los sala­rios del tra­ba­ja­dor de base, aba­ra­tar el des­pi­do, debi­li­tar las pen­sio­nes, acre­cen­tar la impo­si­ción indi­rec­ta y ago­tar las dis­po­ni­bi­li­da­des públi­cas en el apo­yo a ins­ti­tu­cio­nes finan­cie­ras que hacen un uso corrom­pi­do de esas ayu­das incom­pa­ti­bles con el libre mercado?

Todo esto bien mere­ce una cam­pa­ña públi­ca por par­te de una pren­sa que no actúa con trans­pa­ren­cia por estar gene­ro­sa­men­te rega­da con bene­fi­cios esta­ta­les o apo­yos finan­cie­ros, influi­da por una jerar­quía reli­gio­sa que mania­ta el libre pen­sa­mien­to o huér­fa­na de una pre­sen­cia sin­di­cal efec­ti­va y dig­na en la calle.

Como ciu­da­dano que cree en la fuer­za demo­crá­ti­ca del pue­blo, aho­ra limi­ta­da y per­se­gui­da median­te múl­ti­ples expe­dien­tes, me com­pla­ce­ría que el esta­do recu­sa­ra la gue­rra como reme­dio de los con­flic­tos ‑con el con­si­guien­te aho­rro pre­su­pues­ta­rio-; como cris­tiano me gus­ta­ría que la Igle­sia se enfren­ta­ra con la posi­ble reali­dad de su pobre­za y tor­na­ra al espí­ri­tu cami­nan­te de su fun­da­dor; como tra­ba­ja­dor exi­jo que las fuer­zas sin­di­ca­les depen­dan de sí mis­mas, renun­cien a la satra­pía y den res­pues­ta inme­dia­ta a la des­ho­nes­ti­dad de los gobier­nos, sobre todo cuan­do esos gobier­nos se recla­man de izquier­da y obre­ris­tas. Las armas crean la gue­rra, las reli­gio­nes ins­ti­tu­cio­na­li­za­das blas­fe­man con infi­ni­ta fre­cuen­cia y los sin­di­ca­tos pre­sen­tes que medran al ampa­ro del Esta­do son expre­sio­nes repre­so­ras de la capa­ci­dad popu­lar para bus­car la jus­ti­cia en la calle. ¿Aca­so la reali­dad coti­dia­na que con­tem­pla el pue­blo pue­de juz­gar estas peti­cio­nes como gene­ra­do­ras de des­or­den social? Den razo­nes sufi­cien­tes de ello los gobier­nos que ali­men­tan la vio­len­cia y la arro­gan­cia en las fuer­zas de orden públi­co; que pros­ti­tu­yen el sin­di­ca­lis­mo; que ayu­dan a los pode­res finan­cie­ros a man­te­ner arro­di­lla­dos a los que se aho­gan en la enve­ne­na­da pis­ci­na del cré­di­to. Den razo­nes acer­ca del des­or­den que al pare­cer sig­ni­fi­ca el pue­blo en la calle las igle­sias que acu­mu­lan rique­za mien­tras en sus tem­plos ins­ta­lan cepi­llos para per­pe­tuar el ham­bre. Den razo­nes acer­ca de la con­ten­ción social que exi­gen esos sin­di­ca­tos que tras reu­nir­se con ban­que­ros y gober­nan­tes decla­ran su tibia volun­tad de orga­ni­zar posi­ble­men­te y sine die una mani­fes­ta­ción de ban­de­ro­las y alta­vo­ces ver­be­ne­ros cuan­do la pobre­za ya ha debi­li­ta­do la ener­gía de los tra­ba­ja­do­res, muchos de ellos enve­ne­na­dos por sus comi­sa­rios polí­ti­cos. ¿Dón­de está ya la calle? ¿Aca­so están locos o mere­cen un cas­ti­go judi­cial o una per­se­cu­ción empre­sa­rial los que recla­man ese com­ba­te sin otras armas que aque­llas de la razón, tan escar­ne­ci­da des­de una ense­ñan­za cada día más pene­tra­da de men­da­ci­dad moral? Cuan­do los que pre­sen­cia­mos en vivo la con­ta­mi­na­da tran­si­ción, que lle­vó a muchos perio­dis­tas y polí­ti­cos a cam­biar el color de su piel para lucrar el bene­fi­cio de la moder­ni­dad, augu­ra­mos el dra­má­ti­co futu­ro que nos espe­ra­ba fui­mos arro­lla­dos como seres aje­nos a la reali­dad e inclu­so cali­fi­ca­dos como induc­to­res de la vio­len­cia. Pues ahí están los resul­ta­dos. Si algún medio de comu­ni­ca­ción de alcan­ce esta­tal se com­pro­me­tie­ra con la tarea de lavar la ropa en el río pro­ce­de­ría a cons­truir una con­ta­bi­li­dad de fra­ses, de pro­me­sas y de afir­ma­cio­nes que hoy ser­vi­rían para que los jue­ces pudie­sen con jus­ti­cia y cla­ri­dad -¡ay, que espe­ran­za!- some­ter a jui­cio a los que ocul­ta­ron la memo­ria his­tó­ri­ca con su vacua retó­ri­ca de la recon­ci­lia­ción. ¿Con quién hay que recon­ci­liar­se: con el Esta­do que ha per­pe­tua­do el espí­ri­tu de la rebe­lión, con la Igle­sia que aún no ha recu­sa­do su car­ta fran­quis­ta, con la Ban­ca que ha asal­ta­do el teso­ro nacio­nal en nom­bre del equi­li­brio finan­cie­ro, con los que encen­die­ron la hogue­ra de los odios que tra­ta­ba de apla­car la Repú­bli­ca, con los per­so­na­jes que pasean con som­bri­lla? Sí, ¿con quién hay que recon­ci­liar­se? ¿Con los sin­di­ca­tos que fue­ron expul­san­do de su direc­ción a los diri­gen­tes que sufrie­ron cár­cel y vio­len­cia? ¿Con quien hay que recon­ci­liar­se? ¿Con la Coro­na here­de­ra del dic­ta­dor? ¿Con las fuer­zas poli­cia­les que deci­den quién es vio­len­to y con­de­na­ble? ¿Con los socia­lis­tas que han olvi­da­do con des­leal­tad cons­cien­te el puño que sos­tie­ne una rosa tan ridí­cu­la como fal­sea­da gené­ti­ca­men­te? ¿Con la dere­cha que sigue estan­do ahí, como enton­ces, y que mane­ja las palan­cas del gran motor social? Dura recon­ci­lia­ción, sobre todo en pre­sen­cia de quie­nes hoy rom­pen la hucha de los tra­ba­ja­do­res para extraer la últi­ma mone­da que con­tie­ne e inver­tir­la en la pos­tre­ra juga­da de una sal­va­ción per­ver­ti­da. Pero en esta socie­dad que nos tri­tu­ra ¿de que están tra­tan­do real­men­te los que la diri­gen? ¿Qué quie­ren ya de noso­tros: la piel que nos han arre­ba­ta­do para hacer­se sus zapa­tos nue­vos? Recor­de­mos la letra de la can­ción: «Esos zapa­tos no son para caminar».

Cabe final­men­te una refle­xión de fon­do sobre el infaus­to perio­do his­tó­ri­co que vivi­mos. Hablo aho­ra de noso­tros, de los ciu­da­da­nos que anda­mos al fres­co sin otra satis­fac­ción que ganar una copa de fút­bol, de tenis o de balon­ces­to. ¿Qué hace­mos como ciu­da­da­nos para que nos arro­lle de tal for­ma la gran y des­or­de­na­da ola con que los pode­ro­sos nos barren la pla­ya? No hace­mos gran cosa, apar­te de repe­tir esa terri­ble y dan­tes­ca fra­se de «esto es lo que hay» mien­tras tra­ta­mos en muchos casos de reco­ger la miga que se la ha caí­do al que está delan­te de noso­tros en la cola. En el Esta­do espa­ñol sola­men­te veo bro­tar la ener­gía en Eus­ka­di o en Cata­lun­ya, don­de los gobier­nos de ocu­pa­ción no acier­tan a cohi­bir la expre­sión popu­lar, que está rena­cien­do. En Madrid no obser­vo movi­mien­to alguno, sal­vo el de algu­nas ban­de­ras repu­bli­ca­nas que salen a la calle para res­pal­dar en oca­sio­nes a quien con su vida y sus accio­nes nie­ga el ver­da­de­ro espí­ri­tu de la Repú­bli­ca. Los sin­di­ca­tos esta­ta­les dicen que tal vez orga­ni­cen una mani­fes­ta­ción, pero que no renun­cian a sen­tar­se en la mesa social. Y es que no hay nada como sen­tar­se a la mesa.

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