Bra­sil. La inde­pen­den­cia por hacer

Por Rober­to Ama­ral. Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 14 de enero de 2022.

El pri­mer paso hacia el comien­zo de la cons­truc­ción de una nue­va socie­dad, con el obje­ti­vo de la inde­pen­den­cia y la igual­dad social, se pue­de dar en las elec­cio­nes que se cele­bra­rán este año 2022.

El año nue­vo pone en la agen­da las con­me­mo­ra­cio­nes del bicen­te­na­rio de la Inde­pen­den­cia, y su hito es el gri­to del 7 de sep­tiem­bre, más rele­van­te en el lien­zo de Pedro Amé­ri­co que en la cos­tu­ra polí­ti­ca del gran tra­to que nos dio – no revo­lu­ción, no cam­bio de man­do o de poder, sin con­mo­ver la estruc­tu­ra eco­nó­mi­ca o social, pero al pre­cio de las tran­sac­cio­nes y el trá­fi­co, la mayo­ría polí­ti­ca, por cuyas artes la colo­nia es pro­mo­vi­da a impe­rio, sin con­quis­tar real­men­te la auto­no­mía que carac­te­ri­za a los esta­dos independientes.

Los cos­tos del trá­fi­co inclu­yen el alto pre­cio paga­do por Bra­sil a Ingla­te­rra, que inclu­yó, ade­más de una com­pen­sa­ción por los gas­tos de escol­ta y pro­tec­ción del tri­bu­nal en su via­je de esca­pe a la Colo­nia, y gas­tos mili­ta­res para ayu­dar a la expul­sión de los fran­ce­ses del terri­to­rio, la asun­ción de la deu­da por­tu­gue­sa con la City (dos millo­nes de libras ester­li­nas), y la trans­fe­ren­cia total al país eman­ci­pa­do de todos los pri­vi­le­gios y con­ce­sio­nes acu­mu­la­dos por los bri­tá­ni­cos en la Colo­nia y en el Rei­no des­de la lle­ga­da de la cor­te ( lo que pasó Bra­sil, en sus tran­sac­cio­nes comer­cia­les, ganan­do menos expor­tan­do y gas­tan­do más cuan­do impor­ta­ba), se sumó a la car­ga muy pesa­da de las comi­sio­nes de los nego­cia­do­res brasileños.

La inde­pen­den­cia, como suce­dió, fue un movi­mien­to con­ser­va­dor: con el esta­ble­ci­mien­to de la monar­quía, se qui­tó el espec­tro de la repú­bli­ca, el “mal pre­ce­den­te” de las anti­guas colo­nias espa­ño­las que se habían inde­pen­di­za­do y que ator­men­ta­ban el sue­ño de las oli­gar­quías con pesa­di­llas. Nues­tras vie­jas éli­tes opta­ron por pre­ser­var el cen­tra­lis­mo y no tocar la base de la eco­no­mía y la polí­ti­ca que venían de la Colo­nia, el lati­fun­dio aso­cia­do con la escla­vi­tud. En vis­ta de las fran­qui­cias dona­das por la lle­ga­da de la Cor­te, Bra­sil sim­ple­men­te cam­bió un rey por un empe­ra­dor, un virrei­na­to por un Esta­do for­mal­men­te inde­pen­dien­te, ya que su inde­pen­den­cia esta­ba limi­ta­da y con­di­cio­na­da por la pre­emi­nen­cia ingle­sa. La pobla­ción segui­ría divi­di­da entre hom­bres libres (blan­cos y pro­pie­ta­rios) y escla­vos; entre ellos, el liber­to, el cabo­clo y el cafu­zo, el indio des­arrai­ga­do y el blan­co pobre, la “chus­ma” tra­ta­ba de sobre­vi­vir, al mar­gen del orden eco­nó­mi­co, vagan­do por las ciu­da­des, sin era ni ribera.

El des­pla­za­mien­to colo­nial ope­ra de tal mane­ra que ase­gu­ra la exten­sión del sta­tu quo ante, lo que se tra­du­ce en la espe­cu­la­ción de un Esta­do inde­pen­dien­te con un modo de pro­duc­ción colo­nial escla­vis­ta, adver­so al pro­gre­so, que, a la lar­ga, será res­pon­sa­ble de indus­tria­li­za­ción tar­día y dependiente.

Se movió para que todo siguie­ra como estaba.

Des­de la pose­sión de la tie­rra encon­tra­da, a media­dos del siglo XVI, la his­to­ria bra­si­le­ña ha esta­do con­di­cio­na­da por hechos exter­nos. Naci­mos y desa­rro­lla­mos como una eco­no­mía agro­ex­por­ta­do­ra, des­ti­na­da a satis­fa­cer las deman­das euro­peas de pro­duc­tos tro­pi­ca­les (indios escla­vi­za­dos, made­ra teñi­da, azú­car, algo­dón, mine­ra­les, café…), fun­da­da en la escla­vi­tud negra y el geno­ci­dio de indios y bos­ques calle­je­ros. tra­ba­ja­do­res rura­les resis­ten­tes a la escla­vi­tud y al des­po­jo de sus tierras.

La mayo­ría de edad polí­ti­ca no es pro­duc­to de nues­tro inge­nio o del arte de nues­tros patriar­cas, mucho menos de la deman­da de las masas (por­que no tenía­mos pue­blo), teji­das a tra­vés de un ciclo his­tó­ri­co cuyos acto­res fue­ron los impe­rios euro­peos de la épo­ca. Lo que lla­ma­mos “el pro­ce­so de cons­truc­ción de nues­tra inde­pen­den­cia” se des­en­ca­de­na, sin posi­bi­li­dad de impe­di­men­to, por la trans­mi­gra­ción de la fami­lia real, en 1808, deter­mi­na­da por el inmi­nen­te des­em­bar­co de las tro­pas de Junot en Por­tu­gal, resul­ta­do a su vez de las gue­rras napo­leó­ni­cas, y la deci­sión de los cor­sos de impo­ner el blo­queo con­ti­nen­tal a Ingla­te­rra, cuya emi­nen­cia el frá­gil Por­tu­gal había sido un pro­tec­to­ra­do mudo des­de el siglo XVIII.

Las pre­sio­nes ingle­sas impu­sie­ron la aper­tu­ra de puer­tos, con pri­vi­le­gios para su comercio,agotar los ingre­sos de Por­tu­gal como un pun­to inter­me­dio que esta­ba sim­ple­men­te entre la pro­duc­ción colo­nial y el con­su­mo euro­peo, del que depen­dían sus exiguas finan­zas. En 1815, la ele­va­ción de la colo­nia al nivel del Rei­no Uni­do a Por­tu­gal y Algar­ves, bajo la mis­ma coro­na, y la pre­sión de las Cor­tes por­tu­gue­sas (revo­lu­ción libe­ral en Opor­to, 1820) deter­mi­nan­do el regre­so del Rey a Por­tu­gal, lo que impli­có la ascen­so de D. Pedro I, hacer inevi­ta­ble la inde­pen­den­cia, como habría intui­do D. João en su des­pe­di­da la noche del 24 de abril de 1821, dos días antes de empren­der el regre­so a Lis­boa: “Pedro, si Bra­sil se sepa­ra, es para ti pri­me­ro , que me tie­nes que res­pe­tar, eso por uno de estos aventureros ”.

Esto no impi­dió que el monar­ca reco­no­cie­ra la inde­pen­den­cia de Bra­sil recién en 1825, lue­go de lar­gas y cos­to­sas negociaciones.el Tra­ta­do de Paz y Alian­za nego­cia­do por el agen­te bri­tá­ni­co, en el que, sin embar­go, con­ser­va su títu­lo de Empe­ra­dor de Bra­sil, indi­ca­dor, sin duda, de una expec­ta­ti­va de reunificación.

De hecho, esta inde­pen­den­cia de 1822 sólo ten­dría su ciclo de 23 años com­ple­ta­do en 1831, con el gol­pe de la abdi­ca­ción del 7 de abril (con­me­mo­ra­do como el entie­rro de la posi­bi­li­dad de recons­ti­tuir la uni­dad entre Bra­sil y Por­tu­gal median­te el reen­cuen­tro de las dos coro­nas en un úni­co sobe­rano), y la sali­da del prín­ci­pe abso­lu­tis­ta, para lle­var a cabo la gue­rra civil por­tu­gue­sa con­tra el auto­ri­ta­ris­mo de d. Miguel, depo­nien­do a su her­mano per­ju­ro para res­tau­rar el trono legí­ti­mo de D. María, su hija.

De una for­ma u otra, se logró una inde­pen­den­cia polí­ti­ca aún rela­ti­va, ya que el nue­vo país, una colo­nia, here­dó de la anti­gua pro­vin­cia la sobe­ra­nía bri­tá­ni­ca, que se exten­dió a lo lar­go del siglo XIX, para final­men­te ceder la tie­rra a EEUU, Des­pués de la pri­me­ra. gue­rra Mundial.

Sin pue­blo y sin opi­nión públi­ca, en un país de parias y escla­vos, implan­ta­mos una monar­quía cons­ti­tu­cio­nal abso­lu­tis­ta enca­be­za­da por el here­de­ro del trono colo­nial. Nace y cre­ce la nación inde­pen­dien­te recha­zan­do la sobe­ra­nía popu­lar. A tra­vés del gol­pe de esta­do de 1822, cor­ta­mos los lazos de depen­den­cia colo­nial con la metró­po­li por­tu­gue­sa, para enre­dar­nos en la depen­den­cia del colo­nia­lis­mo inglés; con el gol­pe de Esta­do de 1823, el Prín­ci­pe disol­vió la Asam­blea Cons­ti­tu­yen­te para otor­gar la Car­ta que con­si­de­ró dig­na de ser obe­de­ci­da por él; un gol­pe de Esta­do, para el cual los mili­ta­res fue­ron deci­si­vos, lle­vó, en 1831, a la abdi­ca­ción del pri­mer empe­ra­dor, y otro gol­pe, en 1840, decre­ta­ría la mayo­ría del ado­les­cen­te D. Pedro II, enton­ces de 14 años, inau­gu­ran­do el segun­do rei­na­do, que nació vie­jo para morir de muer­te natu­ral en 1889.

A la monar­quía tute­lar le sigue la repú­bli­ca tute­lar; si el monar­ca ejer­ció el poder mode­ra­dor en nom­bre del sis­te­ma agra­rio, en la repú­bli­ca este papel lo ejer­ce­rán sus cura­do­res, las fuer­zas arma­das, es decir, el ejér­ci­to, en nom­bre del orden reac­cio­na­rio recla­ma­do por la plu­to­cra­cia, que sólo fue en deca­den­cia des­pués de 1930. Vivi­mos en la dis­yun­ción entre un pasa­do que resis­te la tum­ba y un pre­sen­te que lucha por salir a la luz; el futu­ro se pos­po­ne per­ma­nen­te­men­te, por­que lo arcai­co sobre­vi­ve desa­fian­do el avance.

Es dolo­ro­so decir: pasa­mos de la colo­nia al esta­do nacio­nal; de una pobla­ción que ocu­pa una fábri­ca, pasa­mos a ser un pue­blo; expe­ri­men­ta­mos el Impe­rio de ins­pi­ra­ción bri­tá­ni­ca y opta­mos por la Repú­bli­ca, copia­da de la expe­rien­cia esta­dou­ni­den­se; prac­ti­ca­mos el par­la­men­ta­ris­mo en un régi­men de gobierno uni­ta­rio y hoy vivi­mos bajo un pre­si­den­cia­lis­mo que abra­zó el fede­ra­lis­mo y la auto­no­mía de los esta­dos y muni­ci­pios; la sobe­ra­nía popu­lar redac­tó cin­co cons­ti­tu­cio­nes fede­ra­les; hemos vivi­do innu­me­ra­bles gol­pes de Esta­do, dic­ta­du­ras mili­ta­res, regí­me­nes auto­ri­ta­rios y de excep­ción legal: se cam­bian man­da­tos, se revo­ca sis­te­má­ti­ca­men­te la demo­cra­cia y se res­ta­ble­ce sis­te­má­ti­ca­men­te; En medio del orden auto­ri­ta­rio y la tute­la mili­tar, nos entre­ga­mos a la expe­rien­cia de gobier­nos popu­la­res, casi todos frus­tra­dos por el poder de la cla­se dominante.

Todo es cam­bian­te, excep­to el man­do, que siem­pre ha sido el mis­mo: de la colo­nia a la repú­bli­ca, nos gobier­na la caso­na, y el barrio de los escla­vos sobre­vi­ve en los tiem­pos moder­nos.. Por­que, si en oca­sio­nes las gran­des masas iden­ti­fi­can su ban­do en el pro­ce­so social, has­ta aho­ra no han podi­do cam­biar el equi­li­brio de fuer­zas que sos­tie­nen el poder. Per­sis­te el orden que obs­ta­cu­li­za el pro­gre­so. Rei­na la con­ti­nui­dad sobre la rup­tu­ra, lo vie­jo con­ta­mi­na el pre­sen­te y el futu­ro muchas veces da paso al pasa­do que insis­te en sobrevivir.

Inclu­so se logran algu­nos cam­bios super­fi­cia­les que no abor­dan la natu­ra­le­za de las cosas y el con­flic­to social, ni sacu­den las arcai­cas estruc­tu­ras eco­nó­mi­cas de domi­na­ción, por­que se lle­van a cabo pre­ci­sa­men­te para que el sis­te­ma ase­gu­re que nada cam­bie. La pro­pie­dad es into­ca­ble, sagra­da en la repú­bli­ca como lo fue en la Colo­nia y el Imperio.

Dos­cien­tos años de un esta­do inde­pen­dien­te no fue­ron sufi­cien­tes para cons­truir un pro­yec­to nacio­nal. La abo­li­ción y la repú­bli­ca no fue­ron sufi­cien­tes para dre­nar el veneno de la heren­cia escla­va. Somos, país rico, una de las socie­da­des más des­igua­les del pla­ne­ta en el pla­ne­ta; pue­blo mes­ti­zo, todos los días nos vemos atra­pa­dos en un com­por­ta­mien­to racis­ta. Pre­su­mi­mos de la menor con­cen­tra­ción de ingre­sos del mun­do, natu­ra­li­za­mos la injus­ti­cia social, el des­em­pleo, el ham­bre y la miseria.

En este nue­vo año de 2022, de cara a las elec­cio­nes, el país cum­ple 41 años de estan­ca­mien­to eco­nó­mi­co. Sin embar­go, las ins­ti­tu­cio­nes fun­cio­nan “con nor­ma­li­dad” y la gen­te orde­na­da, pací­fi­ca y tra­ba­ja­do­ra alar­ga las filas de los pobres en bus­ca de la ayu­da de emer­gen­cia que ofre­ce el gobierno por unos pocos reales a quie­nes prue­ban la inexis­ten­cia de ingre­sos para sus­ten­tar a sí mis­mos y a sus habi­tan­tes. familias.

Esta “nor­ma­li­dad”, sem­bra­da de con­di­cio­nes exter­nas e inter­nas, solo se modi­fi­ca­rá con la acción del pue­blo orga­ni­za­do, el úni­co capaz de dise­ñar su pro­pio des­tino. El pri­mer paso hacia el ini­cio de la cons­truc­ción de una nue­va socie­dad, orien­ta­da a la inde­pen­den­cia y la igual­dad social, se pue­de dar en las elec­cio­nes de octu­bre, si se afir­man (con­tra la corrien­te de hoy) como un momen­to de rup­tu­ra en la con­ci­lia­ción de cla­ses que retie­ne el domi­nio de la mino­ría pode­ro­sa sobre la mayo­ría de los desheredados.

Tan­to es así, depen­de­mos de lo que hagan los par­ti­dos pro­gre­sis­tas y el movi­mien­to social, y del papel que cada uno de noso­tros desem­pe­ñe en uno u otro escenario.

Rober­to Ama­ral es perio­dis­ta, escri­tor, docen­te y minis­tro de Cien­cia y Tec­no­lo­gía en el pri­mer gobierno de Luiz Inácio Lula da Sil­va (PT).

Ima­gen: Inde­pen­den­cia o muer­te, más cono­ci­do como El Gri­to del Ipi­ran­ga (1888), de Pedro Amé­ri­co, en el Museu Pau­lis­ta. Cré­di­tos: Museu Paulista

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