Gua­te­ma­la. La resis­ten­cia a tra­vés de la escri­tu­ra y el arte

Por Ilka Oli­va Cora­do, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 22 de sep­tiem­bre de 2021.

Mi expre­sión escri­ta nació de mi inex­pre­sión ver­bal. Nun­ca he podi­do comu­ni­car­me con los huma­nos, den­tro de mí habi­tan mun­dos y vol­ca­nes en erup­ción, pero por fue­ra son un tém­pano, la tos­que­dad mis­ma. Me cues­ta acér­ca­me a las per­so­nas, no soy tími­da al con­tra­rio soy atre­vi­da, ten­go faci­li­dad de pala­bra gra­cias a mi Alma Mater, el mer­ca­do don­de cre­cí ven­dien­do hela­dos, esa expe­rien­cia me ense­ñó a salir al paso y a bus­car­me la vida al tro­te, la ver­güen­za no sir­ve para la sobre­vi­ven­cia; enton­ces gra­cias a aque­llos años salién­do­les al paso a los comen­sa­les para ofre­cer­les los ricos hela­dos que ven­día y tra­tar de con­ven­cer­los prác­ti­ca­men­te hacien­do pirue­tas en el aire, pue­do expre­sar mi opi­nión sin nin­gún pro­ble­ma, auto pre­sen­tar­me, con­ver­sar de pun­tos varios. Pero los sen­ti­mien­tos no, cuan­do se tra­ta de sen­ti­mien­tos y emo­cio­nes mi mun­do es com­ple­ta­men­te ais­la­do e inha­bi­ta­ble. Soy un vacío insondable.

La resistencia a través de la escritura y el arte

Empe­cé a escri­bir poe­sía a la edad de los 13 años, cuan­do vivía en Ciu­dad Pero­nia, el arra­bal don­de cre­cí, en Gua­te­ma­la. Pero el tra­ba­jo del día a día era dema­sia­do que no que­da­ba tiem­po ni para comer mucho menos para el ocio, el ocio fue cata­lo­ga­do como hara­ga­ne­ría y hara­ga­nes en el arra­bal no exis­ten la nece­si­dad obli­ga a ir con­tra reloj; enton­ces esos 10 o 15 minu­tos que yo toma­ba al día para escri­bir sig­ni­fi­ca­ban dejar de lim­piar el galli­ne­ro a las horas o lim­piar el chi­que­ro a las horas, dar de comer a los ani­ma­li­tos de for­ma pun­tual y orde­ñar las cabri­tas a su hora, un retra­so de cin­co minu­tos pro­vo­ca un des­con­trol para quie­nes hemos vivi­do al tro­te: el arra­bal lo sabe. Cual­quier sue­ño, cual­quier anhe­lo fue ful­mi­na­do por el ham­bre, el frío y la pobre­za. En las capas que recu­bren la pure­za del alma, en la más pro­fun­da se encon­tra­ba mi amor por la pin­tu­ra, fue blo­quea­do de un por­ta­zo en la nariz con­tra la reali­dad. Blo­quear la poe­sía y el arte ayu­da­ron a mi sobre­vi­ven­cia en aque­llos años, por­que para qué iba a anhe­lar algo que era impo­si­ble, unas acua­re­las eran un lujo que los niños en Pero­nia no nos podía­mos dar. Escri­bo estas pala­bras con hones­ti­dad, sin afán de dra­mas inne­ce­sa­rios, pero con la res­pon­sa­bi­li­dad que me obli­ga a rela­tar la esen­cia del arra­bal…, por­que estoy segu­ra de que no soy la úni­ca que blo­queó y se dio con la cabe­za con­tra la pared, ardien­do en furia por no poder ilu­sio­nar­se con una reali­dad dis­tin­ta a la que le tocó vivir. 

Con los años emi­gré, joven, a los 23, lle­gué con toda la leche a dejar lo que me que­da­ba de pul­mo­nes en los pisos de las man­sio­nes don­de tra­ba­jé de emplea­da domés­ti­ca en Esta­dos Uni­dos, aquí con­ti­nuó mi labor de mil ofi­cios con los que cre­cí, tam­bién bus­cán­do­me la vida al tro­te solo que indo­cu­men­ta­da, sin esta­tus de nada ni de ser humano. Las razo­nes de la angus­tia y el mie­do de los indo­cu­men­ta­dos son dis­tin­tas a las del país de ori­gen, pero es angus­tia al final de cuen­tas. Aquí mi inex­pre­sión se vol­vió un aho­go, un dolor sor­do, un nudo de sal en la gar­gan­ta; pro­vo­ca­dos por la año­ran­za, la depre­sión post fron­te­ra, el estig­ma y el blo­que de hie­lo enor­me como mura­lla que era el idio­ma inglés, mis­mo que yo des­co­no­cía por com­ple­to. A los 6 años de emi­gra­da, can­sa­da de todos esos años sin poder dor­mir de corri­do ni una sola noche por las pesa­di­llas pro­vo­ca­das por los recuer­dos de mi expe­rien­cia en la fron­te­ra, una madru­ga­da comen­cé a escri­bir un poe­ma que lo ter­mi­né cuan­do salió el sol. Y fue una catar­sis total por­que llo­ré cada letra. Llo­ré por mi frus­tra­ción, por mi des­con­ten­to, por el dolor de sen­tir­me las­tre. Ese poe­ma al que yo titu­lé Nos­tal­gia, fue la luz de un nue­vo día en mi vida, una peque­ña ren­di­ja de una ven­ta­na, diría que fue como el rocío del ama­ne­cer. Un ama­ne­cer que duró otros lar­gos años por­que mi pro­ce­so fue len­to, pero lo sobre­lle­vé con la escri­tu­ra, pri­me­ro con poe­mas, lue­go con rela­tos y des­pués con artícu­los de opi­nión. Poco a poco fue reabrien­do las heri­das que esta­ban sin cerrar y las enca­ré, las tra­té de curar qui­tan­do cos­tras y san­gre podri­da para ven­ti­lar­las y dejar que cica­tri­za­ran a su paso, a su tiem­po. Y eso ha sido la escri­tu­ra para mí, una cura. Una póci­ma que le ha per­mi­ti­do a mi espí­ri­tu sanar su dolor. El dolor de la exclu­sión, de las sobre­car­gas de tra­ba­jo des­de mi infan­cia, de la incom­pren­sión, de los gol­pes reci­bi­dos, del racis­mo, de la pobre­za. Por­que sí, a noso­tros los obre­ros nos han obli­ga­do a vivir la cru­de­za de la pobre­za y la exclusión. 

La pin­tu­ra lle­gó muchos años des­pués de aquel anhe­lo de infan­cia, lle­gó en la diás­po­ra, des­pués de varios años escri­bien­do, ima­gino que emer­gió de lo más pro­fun­do de mi alma cuan­do me había saca­do ya varias espi­nas gra­cias a la escri­tu­ra. Por­que mi tera­pia han sido las letras. Lle­gó de for­ma ines­pe­ra­da y ha sido un rego­ci­jo para mi espí­ri­tu, el pla­cer abso­lu­to, la paz. Mi pin­tu­ra refle­ja la paz de mi espí­ri­tu. Suce­de lo con­tra­rio que con la escri­tu­ra, con la escri­tu­ra yo pue­do expre­sar mi eno­jo, mi frus­tra­ción, mi des­con­ten­to, con­mi­go mis­ma y con el sis­te­ma, en cam­bio con la pin­tu­ra sólo bro­ta de mi alma la tran­qui­li­dad y vuel­vo a ser niña, no pue­do ver­me como mujer adul­ta en la pin­tu­ra, en la pin­tu­ra soy niña. Y soy una niña feliz, como debe de ser la infan­cia de todos los niños en el mundo. 

Des­co­noz­co de téc­ni­cas, des­co­noz­co com­ple­ta­men­te de los fun­da­men­tos del arte, de la escue­la del arte, no pue­do dar­me el lujo de tomar cla­ses de pin­tu­ra, no paga­ría la ren­ta si lo hicie­ra. Por­que aquí tam­bién soy obre­ra y vivo al día. Para com­prar mis pin­tu­ras, mis pin­ce­les y mis lien­zos he teni­do que aho­rrar, lo hice mi prio­ri­dad, ajus­tan­do y dejan­do de com­prar otras cosas de pri­me­ra nece­si­dad. Por­que para mí es muy impor­tan­te aca­ri­ciar este amor, ali­men­tar­lo, cobi­jar­lo, este amor de niña que nece­si­ta mi abri­go o más bien, yo soy la que nece­si­ta ese amor y ese cobi­jo de esa niña que apa­re­ció de pron­to con sus colo­res encen­di­dos para que me recon­ci­lie con mi infan­cia. Con la pin­tu­ra he apren­di­do a defen­der quién soy, lo que soy, a defen­der mi esen­cia, a tener muy cla­ro que mi esti­lo es mi esti­lo y que hacer las cosas a mi mane­ra ha sido mi camino siem­pre, es decir; ser autén­ti­ca, aun­que el mun­do me cie­rre las puer­tas en la cara. 

Y tam­bién he apren­di­do a que no hay nece­si­dad ni espa­cio para la frus­tra­ción y el eno­jo, por­que cla­ro está, ten­go limi­ta­cio­nes por­que mis manos no están fami­lia­ri­za­das con los pin­ce­les y las téc­ni­cas, pero como todo en la vida se apren­de y lle­va tiem­po y prác­ti­ca. Pero tomar un pin­cel y poner los colo­res sobre el lien­zo es ya para mí una rea­li­za­ción. Es mi rea­li­za­ción per­so­nal. Lo demás, lo demás la ver­dad no impor­ta. Y siem­pre me han gus­ta­do las cosas sim­ples, yo mis­ma soy muy sim­ple, no escri­bo con pala­bras rebus­ca­das y no bus­co en la pin­tu­ra los excesos. 

Ten­go varias series, una de mis favo­ri­tas es la serie de la Mamá Áfri­ca a la que reve­ren­cio y quie­ro, por ser la raíz, mi raíz pero la raíz de todos los con­ti­nen­tes y de quien he here­da­do mi cabe­llo y mi color de piel. Está la serie Raí­ces, y la últi­ma en la que he esta­do tra­ba­jan­do que es la serie Mi fami­lia, que se tra­ta de las cabri­tas con las que cre­cí, los amo­res de mi vida, con la úni­cas con la que pue­do ser yo, con las úni­cas con las que me pue­do expre­sar. La serie Mi fami­lia, es el amor puro a las cabritas. 

La escri­tu­ra es la expre­sión de mi alma, pero la pin­tu­ra es la rea­li­za­ción de mi espí­ri­tu. Quien quie­ra cono­cer­me solo tie­ne que ver mis pin­tu­ras, me cono­ce­ría mejor que con­ver­san­do con­mi­go en per­so­na. Y como todo lo que hace­mos o deja­mos de hacer en la vida es un acto polí­ti­co, yo sigo escri­bien­do y pin­tan­do por nece­dad y por resis­ten­cia. Mi esen­cia siem­pre fue ser necia, por necia reci­bí gran­des pali­zas y fui exclui­da y por necia ele­vo mi voz en la escri­tu­ra y mi espí­ri­tu en la pintura. 

Por­que el día que no esté más en este mun­do quie­ro que cuan­do una niña de arra­bal de sien­ta sola, dese­cha­da, vio­len­ta­da, exclui­da y se sien­ta un las­tre, sepa que tam­bién en otros tiem­pos, otra niña de arra­bal que cre­ció en la pobre­za como ella, que fue agre­di­da y dese­cha­da se sin­tió como ella y des­pués de dar­se con la cabe­za con­tra la pared y ane­gar­se en alcohol, comen­zó a escri­bir y a pin­tar y ambas cosas le die­ron sen­ti­do a su exis­ten­cia. Quie­ro que esa niña sepa que vale la pena y la ale­gría resistir. 

Será mi abra­zo, mi cobi­jo de her­ma­na para esas niñas, y estoy segu­ra de que el tiem­po me per­mi­ti­rá ese reen­cuen­tro con ellas, aun­que yo ya no esté físi­ca­men­te, por­que todas las almas que están des­ti­na­das a coin­ci­dir se encuen­tran en el momen­to jus­to. Como yo he encon­tra­do otras almas de ances­tras que me han abra­za­do y cobi­ja­do como her­ma­nas des­de dis­tin­tas par­tes del mun­do y de la historia. 

Mi lega­do para ellas, niñas de arra­bal es la resis­ten­cia a tra­vés de la escri­tu­ra y el arte. 

Fuen­te: TeleSUR

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