La ver­dad de Cuba

Por San­dra Rus­so, 17 de julio de 2021

Esta­mos un poco ner­vio­sos, bas­tan­te chis­pean­tes por la cer­ve­za, y aca­ba­mos de hacer una pen­de­ja­da, pero la úni­ca pen­de­ja soy yo, que ten­go 25. Ellos dos son mucho mayo­res, ya son perio­dis­tas cono­ci­dos, uno de ellos legen­da­rio. Tra­ta­mos de no mirar­nos para no reír­nos, pero no nos sale y nos ten­ta­mos. Hici­mos hace un rato una ron­da entre cin­co para deci­dir quién se subía a la tari­ma de esa vere­da del barrio peri­fé­ri­co de La Haba­na, para agra­de­cer­les a los veci­nos el reci­bi­mien­to apa­bu­llan­te que nos aca­ban de dar.

Es que todo fue muy rápi­do. Hace ya casi dos sema­nas que esta­mos en Cuba reco­rrién­do­la en una Van, con dos cho­fe­res que son vete­ra­nos de Ango­la y con los que des­pués de 5000 kiló­me­tros tene­mos tra­to casi de parien­tes. Esta maña­na vol­vi­mos a La Haba­na por­que es hoy el día en el que se cum­ple el ani­ver­sa­rio por el que fui­mos invi­ta­dos: hace 35 años se crea­ron los Comi­tés de Defen­sa de la Revo­lu­ción (CDR), que son en reali­dad cada man­za­na de cada barrio de cada ciu­dad de la isla.

Hoy en la Van, ape­nas entra­mos a la ciu­dad, pre­gun­ta­mos qué haría­mos a la noche, y nos dije­ron “nada, cenan en el hotel”. Es que la invi­ta­ción había sido a pro­pó­si­to del ani­ver­sa­rio de los CDR, pero con­sis­tía en cono­cer el país de pun­ta a pun­ta. El fes­te­jo en cada comi­té esa noche era colec­ti­vo pero al mis­mo tiem­po ínti­mo: los veci­nos que se cono­cen de toda la vida sal­drían a fes­te­jar en las calles de sus barrios su orga­ni­za­ción, nos dije­ron, que en tiem­pos ten­sos incluían la defen­sa mili­tar de la isla, pero que aho­ra fun­cio­nan como el cui­da­dor de la man­za­na, don­de se sabe si en la cua­dra hay una o más emba­ra­za­das que even­tual­men­te nece­si­ten un médi­co, si algún vie­jo vive solo, o es el lugar a los que acu­den todos los que tie­nen algún problema.

No esta­ba con­tem­pla­do que noso­tros, cin­co perio­dis­tas argen­ti­nos, fué­ra­mos a nin­gún fes­te­jo por­que los CDR no esta­ban para ser mos­tra­dos. Noso­tros, que nos había­mos cono­ci­do en Ezei­za, pasa­mos los pri­me­ros días divi­di­dos en dos gru­pos (tres a favor, dos en con­tra –de Cuba – ), pero con el tra­jín del via­je nos hemos lle­va­do bien. Uno de los “en con­tra” dijo en la Van que que­ría­mos ir esa noche a algún fes­te­jo. Los otros le decía­mos que no, que esta­ba bien así, que los dejá­ra­mos tran­qui­los. El que insis­tía era un tipo de un dia­rio del sur muy de dere­cha, cuyos due­ños habían esta­do invo­lu­cra­dos en crí­me­nes de lesa huma­ni­dad. En ese enton­ces eso no se decía así. La demo­cra­cia tenía un par de años. Pero en Ezei­za ese perio­dis­ta se había con­fe­sa­do suel­to de cuer­po, cuan­do los demás nos extra­ña­mos de que lo hubie­ran invi­ta­do y se lo diji­mos. “Voy a cono­cer, pero des­pués voy a decir toda la ver­dad”, nos dijo, como si ya cono­cie­ra Cuba y como si ya supie­ra cuál era la ver­dad que con­ta­ría. Los demás reso­pla­mos. Era un anti­cu­bano redomado.

Esta tar­de, uno de los cho­fe­res aten­dió su recla­mo, pero dijo que él no podía resol­ver­lo. Que tenía que con­sul­tar. Que debe­ría ser cual­quier otro CDR pero no el de su barrio, por­que eso podría ser toma­do como una “influen­cia” que nadie desea­ba. Con­sul­tó y le pasa­ron al rato los datos de una man­za­na de un barrio cualquiera.

A la noche­ci­ta lle­ga­mos, des­pués de más de media hora de via­je. Baja­mos de la Van; los “a favor” sen­tía­mos ver­güen­za aje­na por­que está­ba­mos inte­rrum­pien­do con nues­tra pre­sen­cia un fes­te­jo que no era para noso­tros. Sin embar­go, ape­nas entra­mos al barrio, vimos un pasa­ca­lle hecho a las apu­ra­das que decía “Bien­ve­ni­dos her­ma­nos argen­ti­nos”. Y del otro lado vimos a un cen­te­nar de hom­bres, muje­res y niños y ancia­nos aplau­dién­do­nos y festejándonos.

Esa gen­te sen­ci­lla vino a salu­dar­nos. Nos hun­di­mos en un mar de bra­zos, abra­zos, besos, cari­cias en el pelo, car­ca­ja­das. Nos habían pre­pa­ra­do la mesa de honor. Nos lle­na­ron de rega­los: los niños habían hecho manua­li­da­des para noso­tros, muñe­cos, made­ras pin­ta­das, colla­res de pie­dri­tas, dibu­jos con mar­ca­do­res. Lle­na­ron nues­tra mesa con todos sus man­ja­res case­ros de fri­jo­les, agua­ca­tes, bonia­tos relle­nos, ensa­la­das de hojas ver­des amar­gas y rocia­das con un acei­te per­fu­ma­do de pimiento.

Y des­pués empe­zó el espec­tácu­lo. Vimos subir a diez niños que se para­ron en fila sobre la tari­ma y comen­za­ron a reci­tar muchas estro­fas del Mar­tín Fie­rro, más de las que yo sabía, más de la que cada uno de noso­tros memo­ri­za­ba. Las habían apren­di­do esa tar­de, cuan­do les lle­gó la noti­cia de la visi­ta. Y esas voce­ci­tas dicién­do­nos lo que era nues­tro y no sabía­mos fue­ron en cues­tión de segun­dos per­fo­ran­do nues­tra emo­ción. Ter­mi­na­mos aplau­dien­do y tem­blan­do por­que toda esa fies­ta que era de ellos nos la esta­ban cediendo.

Había que agra­de­cer. Nos jun­ta­mos los cin­co y deci­di­mos que por supues­to el indi­ca­do para subir a la tari­ma era el del dia­rio del sur, el que creía que sabía la ver­dad. El otro “en con­tra” no era tan rígi­do: había vota­do lo mis­mo, muer­to de risa, por­que era el que mejor sabía el encono y la bilis que el del sur había traí­do ya puesta.

Aho­ra el del sur ya está arri­ba de lata­ri­ma. Lo miro a Enri­que Sdrech y lo miro a Ariel Del­ga­do, los miem­bros de mi gru­po “a favor”. Nos ten­ta­mos por­que si a noso­tros ese amor nos ha abru­ma­do, sos­pe­cha­mos que a él tam­bién, pero sabe­mos que lo corroe una aver­sión inten­sa. Hici­mos una peque­ña tram­pa jus­ti­cie­ra desig­nán­do­lo dele­ga­do. Que hable y que agra­dez­ca, si lo vimos sor­pren­der­se, dejar­se abra­zar y con­mo­ver­se con el reci­ta­do de los niños. El toma el micró­fono que acopla.

Lo vemos trans­pi­rar, su cami­sa está empa­pa­da. Nos mira y le hace­mos ges­tos de “vamos para ade­lan­te”, y vol­ve­mos a reír­nos a car­ca­ja­das. Pero cuan­do comien­za a hablar, le escu­cha­mos dar las gra­cias, y ape­nas ter­mi­na con lo de rigor aga­rra más fuer­te el micró­fono y se lo acer­ca a la boca, y pare­ce a pun­to de una aren­ga infla­ma­da. Los miro a Enri­que y a Ariel. Ya no nos ten­ta­mos, esta­mos expec­tan­tes por­que no sabe­mos qué podrá salir de su boca.

Aspi­ra el aire y hace aba­ni­co con las manos antes de empe­zar a hablar otra vez, pero aho­ra en un tono más alto y sin hil­ván, con mala gra­má­ti­ca pero con entre­ga. Lo que dice es que los pue­blos nun­ca deben sepa­rar­se, que la gen­te de Cuba es mara­vi­llo­sa y que nun­ca pen­só vivir una noche como ésa, her­ma­nos cuba­nos, siem­pre los voy a lle­var en mi cora­zón, dice gol­peán­do­se el pecho. Des­pués se pone a llo­rar, y ahí van los niños a rodear­lo, a abra­zar­lo, a lle­nar­lo de besos otra vez.

Con Enri­que y Ariel nos des­ha­ce­mos de feli­ci­dad entre lata y lata de cer­ve­za. “Fue un apor­te”, dice uno. Des­pués los veci­nos nos sacan a bai­lar a los tres. Sólo los muy ancia­nos se que­dan en sus sillas. Lo demás es fies­ta pura, fami­liar, veci­nal, de cade­ra y hom­bro, de cuer­pos y áni­mos dis­pues­tos a diver­tir­se en ese peque­ño pun­to del pla­ne­ta en el que los veci­nos de una cua­dra cele­bran su modo de vivir.

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