Colom­bia. Una bre­ve nota de adiós al gue­rre­ro Efrén Arbo­le­da, quien fue­ra inte­gran­te de las FARC-EP

Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 21 de junio de 2021.

Pese a haber hecho par­te de los duros entre los duros en la gue­rra, asu­mió sin vaci­la­ción la fir­ma del Acuer­do de Paz y el deber de su cumplimiento 

Por men­sa­je de WhatsApp me ente­ré de que Efrén esta­ba gra­ve­men­te afec­ta­do por la Covid. Me lo escri­bió una vie­ja ami­ga excom­ba­tien­te, con­tán­do­me que su padre había muer­to y que él esta­ba inter­na­do en una UCI pasan­do por un mal momen­to. De inme­dia­to le escri­bí un men­sa­je de con­do­len­cias y alien­to que me temo nun­ca leyó. Murió a los pocos días.

Con la noti­cia de su muer­te tam­bién me ente­ré de que su madre había falle­ci­do el día ante­rior. La pan­de­mia les arre­ba­tó la vida a los tres en una sema­na. Oí que él veía por sus vie­jos, segu­ra­men­te no qui­so dejar­los solos en el más allá.

Me dolió enor­me­men­te su par­ti­da. Pen­sa­ba que alguien como él ven­ce­ría a la enfer­me­dad y que al calor de un tin­to com­par­ti­do, cual­quier día me rela­ta­ría lo que había sig­ni­fi­ca­do esa expe­rien­cia. La cruel reali­dad ter­mi­na por aplas­tar nues­tras qui­me­ras. No vol­ve­ré a encon­trar­lo jamás en la sede del par­ti­do, don­de ejer­cía como Vee­dor del mis­mo y esta­ba siem­pre dis­pues­to a conversar.

Ni en nin­gu­na otra par­te tam­po­co. Aca­so en un sue­ño, tras el cual, al des­per­tar, sien­ta de nue­vo el vacío de su ausen­cia definitiva.

Un hom­bre dis­tin­to. De prin­ci­pios ina­mo­vi­bles, tes­ta­ru­do y fir­me en sus jui­cios. Gus­ta­ba de repe­tir que él no se había vuel­to revo­lu­cio­na­rio como los otros, leyen­do a Marx, Engels o Lenin, sino gra­cias a la lec­tu­ra de una nove­la, el Cris­to de espal­das, de Eduar­do Caba­lle­ro Cal­de­rón. Igual reco­men­da­ba la lec­tu­ra de La rebe­lión de las ratas de Fer­nan­do Soto Aparicio.

Un gue­rre­ro de toda la vida, for­ma­do por el Mono Jojoy, valien­te has­ta la teme­ri­dad. De esos que jamás mos­tra­ron el menor temor ante las des­co­mu­na­les ope­ra­cio­nes mili­ta­res con­tra el Blo­que Orien­tal, a las que salía a enfren­tar con una cal­ma asom­bro­sa. Pre­ca­vi­do y mali­cio­so con­ta­ba con sere­na habi­li­dad para des­cu­brir el paso siguien­te del enemi­go en el terreno. Inclu­so ideó una mira espe­cial para los fusi­les, con la cual se podía acer­tar en la lucha con­tra la aviación.

Las pro­du­cía en el taller de armas del fren­te 27, en medio de las sel­vas del par­que nacio­nal de La Maca­re­na, una rús­ti­ca pero efi­cien­te empre­sa arte­sa­nal don­de se fabri­ca­ban en serie mor­te­ros de sesen­ta y ochen­ta milí­me­tros y gra­na­das para los mis­mos. Efrén diri­gió la cons­truc­ción de la vía que unió los muni­ci­pios de Vis­taher­mo­sa y Uri­be, par­tien­do en dos la serra­nía, una sor­pren­den­te carre­te­ra con puen­tes de con­cre­to y com­ple­ta­men­te cubier­ta de gravilla.

Por ella subimos en camio­ne­tas y camio­nes con la guar­dia del Mono Jojoy en pleno Plan Patrio­ta, hacien­do el cru­ce del fren­te sép­ti­mo al cua­ren­ta. Años des­pués, en mar­cha con botas y equi­po a la espal­da, vol­vi­mos a cru­zar­la cuan­do no que­da­ba de ella sino una lige­ra línea cubier­ta com­ple­ta­men­te de male­za y sel­va. La gue­rra se había encar­ga­do de hacer­la des­apa­re­cer. La avia­ción había vola­do todos los puen­tes. Nada de eso ami­la­na­ba a Efrén.

Bajo su con­duc­ción mar­cha­mos duran­te meses de la serra­nía de La Maca­re­na has­ta Arau­ca, tiem­po duran­te el cual pude cono­cer­lo mejor. Sin vicio alguno, jamás se intere­sa­ba por el ciga­rri­llo o el alcohol, y no gus­ta­ba de fies­tas. En su pare­cer, el gue­rri­lle­ro debía ser un hom­bre fru­gal, sen­ci­llo, sin nin­gu­na incli­na­ción por las como­di­da­des. Pasa­mos la Navi­dad y el Año Nue­vo sin la menor cele­bra­ción, ni siquie­ra el salu­do de media­no­che en aquel oscu­ro rin­cón de la Amazonía.

Reser­va­ba un pro­fun­do res­pe­to por las figu­ras his­tó­ri­cas de Manuel Maru­lan­da y Jaco­bo Are­nas, así como por lo que repre­sen­ta­ba el Mono Jojoy. Esta­ba con­ven­ci­do de que las Farc habían deri­va­do su for­ta­le­za de las ense­ñan­zas de los vie­jos. Entre ellas la leal­tad a la orga­ni­za­ción, el res­pe­to por sus deci­sio­nes, el espí­ri­tu de par­ti­do. Uno podía estar en des­acuer­do con algu­na orien­ta­ción, pero eso no lo auto­ri­za­ba para incum­plir­la, a algu­na pode­ro­sa razón obedecía.

Por lo regu­lar se ter­mi­na­ba por com­pren­der­la des­pués, cuan­do inter­na­men­te se repro­cha­ba por haber duda­do. Por eso, pese a haber hecho par­te de los duros entre los duros en la gue­rra, asu­mió sin la menor vaci­la­ción la fir­ma del Acuer­do de Paz y el deber de su cum­pli­mien­to. Había sido el pro­duc­to de un lar­guí­si­mo esfuer­zo de todos, del tra­ba­jo uni­fi­ca­do de la direc­ción, rema­ta­do ade­más por una Con­fe­ren­cia Nacio­nal Guerrillera.

Quien no se había atre­vi­do a hablar en con­tra­rio en los espa­cios demo­crá­ti­cos, care­cía del menor dere­cho a expre­sar­se en con­tra des­pués. Eso no era de faria­nos. Lo defen­dió has­ta el fin. La gue­rra no tenía futu­ro por­que cau­sa­ba enor­me sufri­mien­to a todos. La paz era lo mejor que podía ocu­rrir­le a Colom­bia. La pre­sen­cia de Efrén en las filas del par­ti­do des­le­gi­ti­ma­ba cual­quier disi­den­cia. Sus anti­guas tro­pas lo admi­ra­ban, que­rían y seguían.

Y estoy segu­ro que lo segui­rán siem­pre. Es que tam­bién por él, Efrén, nues­tra úni­ca arma será la palabra.

Itu­rria /​Fuen­te

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