Eco­lo­gía social. Comu­ni­da­des andi­nas están refo­res­tan­do los bos­ques más altos del mundo

Resu­men Lati­no­ame­ri­cano 31 de mayo de 2021

En los Andes sud­ame­ri­ca­nos, los bos­ques de gran alti­tud jue­gan un papel impor­tan­te en la cap­tu­ra de la hume­dad del agua. A medi­da que las nubes de la cuen­ca del Ama­zo­nas ascien­den por las mon­ta­ñas, el aire más frío hace que se con­den­sen y suel­ten la llu­via que tan­to necesitan.

En las ele­va­cio­nes más altas de los Andes, las nubes se cier­nen alre­de­dor de los picos, difun­dien­do la hume­dad res­tan­te en for­ma de nie­bla y nebli­na. Estos “bos­ques nubo­sos” son cru­cia­les para cap­tu­rar y dis­tri­buir hume­dad valio­sa, y sir­ven como “torres de agua” natu­ra­les para toda Amé­ri­ca del Sur. A pesar de su impor­tan­cia, muchos de estos bos­ques de las tie­rras altas han sido tala­dos para leña y agri­cul­tu­ra, dejan­do atrás solo frag­men­tos de su anti­gua gloria.

One Tree Plan­ted se está aso­cian­do con Glo­bal Forest Gene­ra­tion para apo­yar Acción Andi­na, la pri­me­ra ini­cia­ti­va de base mul­ti­na­cio­nal a gran esca­la para res­tau­rar los bos­ques nati­vos de gran alti­tud de los Andes de Amé­ri­ca del Sur.

En 2020, jun­to con las comu­ni­da­des indí­ge­nas y loca­les de Acción Andi­na, se plan­ta­ron 50.000 árbo­les de Poly­le­pis en las tie­rras altas de Boli­via y alre­de­dor del Par­que Nacio­nal Mon­te Chim­bo­ra­zo en las tie­rras altas de Ecuador.

El obje­ti­vo gene­ral es res­tau­rar 1 millón de hec­tá­reas de bos­ques alto andi­nos en 6 paí­ses duran­te los pró­xi­mos 25 años, ¡así que pla­nean plan­tar muchos más!

Los eco­sis­te­mas de Poly­le­pis tam­bién son pun­tos crí­ti­cos para la bio­di­ver­si­dad y alber­gan una amplia gama de espe­cies de inte­rés, que van des­de osos andi­nos y cón­do­res has­ta anfi­bios y espe­cies de aves que los cien­tí­fi­cos aún están descubriendo.

Ade­más, estos bos­ques y los bre­za­les de pára­mo con los que están aso­cia­dos tie­nen una de las mayo­res diver­si­da­des flo­rís­ti­cas de la Tie­rra, con muchas espe­cies de plan­tas vas­cu­la­res espe­cial­men­te evo­lu­cio­na­das que se encuen­tran aquí y en nin­gún otro lugar.

Tra­ba­jan­do con comu­ni­da­des loca­les e indí­ge­nas, las semi­llas se reco­lec­tan de los bos­ques cer­ca­nos de Poly­le­pis y son cul­ti­va­das por la pobla­ción local e indí­ge­na en vive­ros comu­ni­ta­rios. Una vez que están lis­tos, se plan­tan en tie­rras desig­na­das para expan­dir los bos­ques exis­ten­tes o para sem­brar otros nue­vos en áreas his­tó­ri­ca­men­te deforestadas.

Los árbo­les de Poly­le­pis, que cre­cen en alti­tu­des entre 12,000 y 15,000 pies, son algu­nos de los árbo­les de mayor cre­ci­mien­to en el pla­ne­ta y evo­lu­cio­na­ron de mane­ra úni­ca para resis­tir las con­di­cio­nes extre­mas de los altos Andes.

Sus sis­te­mas de raí­ces actúan como espon­jas, alma­ce­nan­do gran­des can­ti­da­des de agua. Deba­jo de sus coro­nas, extra­or­di­na­rias colo­nias de plan­tas epí­fi­tas, líque­nes, hele­chos y mus­go sphag­num tam­bién secues­tran el agua, res­trin­gien­do su flu­jo cues­ta aba­jo mien­tras crean micro­há­bi­tats para innu­me­ra­bles peque­ños invertebrados.

Pro­te­gien­do una for­ma de vida

Las comu­ni­da­des aquí han sido tes­ti­gos de la degra­da­ción de su medio ambien­te de pri­me­ra mano y saben que sin cuen­cas hidro­grá­fi­cas rege­ne­ra­ti­vas, no ten­drán agua pota­ble ni rie­go para sus cultivos. 

Por eso Queu­ña Ray­mi es la fies­ta de la poly­le­pis. Las comu­ni­da­des se reúnen, tocan músi­ca, rea­li­zan bai­les cere­mo­nia­les de plan­ta­ción, cami­nan has­ta un sitio de plan­ta­ción y plan­tan colec­ti­va­men­te dece­nas de miles de árbo­les en un solo día.

Esto ayu­da­rá a esta­bi­li­zar su sumi­nis­tro de agua, inclu­so duran­te la esta­ción seca. En el pro­ce­so, el eco­sis­te­ma se bene­fi­cia, las per­so­nas se bene­fi­cian y toda una cuen­ca que va des­de las bru­mo­sas altu­ras de los Andes has­ta la cuen­ca del Ama­zo­nas se pro­te­ge y rejuvenece.

Estos árbo­les man­tie­nen el sue­lo en su lugar en pen­dien­tes roco­sas y empi­na­das para evi­tar la ero­sión. En lugar de barran­cos lava­dos, des­li­za­mien­tos de tie­rra y sue­los dis­mi­nui­dos, se crean arro­yos per­ma­nen­tes que bene­fi­cian a la vida sil­ves­tre, la agri­cul­tu­ra y el eco­sis­te­ma en su conjunto.

Res­tau­ran­do los Andes, pro­te­gien­do el Amazonas

Estos árbo­les cap­tu­ran y alma­ce­nan car­bono, lo que ayu­da en la lucha con­tra el cam­bio cli­má­ti­co y, al mis­mo tiem­po, amor­ti­gua el cos­to ero­si­vo que la pér­di­da de agua y la dese­ca­ción que pue­den tener en cuen­cas enteras.

La plan­ta­ción de árbo­les aquí sal­va­guar­da­rá el sumi­nis­tro de agua de Amé­ri­ca del Sur, al tiem­po que pro­te­ge la bio­di­ver­si­dad irrem­pla­za­ble del Ama­zo­nas. Todo ello mien­tras se empo­de­ra a las comu­ni­da­des indí­ge­nas para que pro­te­jan sus tie­rras y ase­gu­ren su futuro.

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