Femi­nis­mos. Cuan­do el mie­do irrum­pe en Zoom

Por Maria­na Enri­quez. Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 26 de mayo de 2021.

Hace unas sema­nas, las escri­to­ras Cris­ti­na Rive­ra Gar­za y Móni­ca Oje­da par­ti­ci­pa­ron de una reu­nión en Zoom, una sesión de taller lite­ra­rio. Rive­ra Gar­za es mexi­ca­na; Oje­da es ecua­to­ria­na y aho­ra vive en Madrid. Se tra­ta­ba de una con­ver­sa­ción sobre escri­tu­ra crea­ti­va en la Uni­ver­si­dad de Hous­ton. Sue­na genial: lo que en pre­sen­cial hubie­se cos­ta­do mucho dine­ro entre pasa­jes, esta­días y tras­la­dos, en for­ma­to vir­tual per­mi­tía un encuen­tro de estu­dian­tes y escri­to­ras fácil y gra­tui­to. Una ami­ga tam­bién escri­to­ra, esco­ce­sa, Ever Dun­das, me decía que ella, que vive con una dis­ca­pa­ci­dad, jamás había teni­do tan­tas opor­tu­ni­da­des de par­ti­ci­par de even­tos cul­tu­ra­les como en el año y pico de la pan­de­mia. Ever está acti­va en la visi­bi­li­za­ción de cómo las redes ayu­dan a mejo­rar la vida de per­so­nas que, como ella, siem­pre tie­nen difi­cul­ta­des en salir de casa. Esto no es opti­mis­mo ton­to: no somos todos igua­les ni esta­mos todos sanos y “que­dar­se en casa” y tener difi­cul­ta­des de movi­li­dad es lo nor­mal para muchas personas.

Pero vol­va­mos al taller. El encuen­tro se desa­rro­lla­ba de for­ma casual con las difi­cul­ta­des habi­tua­les y chis­to­sas de siem­pre (“estás mutea­da”; “entro de vuel­ta”; “pren­dé la cáma­ra”). De repen­te, sin embar­go, irrum­pió el horror. Varias per­so­nas, des­co­no­ci­das para par­ti­ci­pan­tes y orga­ni­za­do­res, se metie­ron en la reu­nión y mos­tra­ron en pan­ta­lla foto­gra­fías muy explí­ci­tas de muje­res ase­si­na­das. Es nece­sa­rio apor­tar un dato que refuer­za lo maca­bro del caso: hace 30 años, Lilia­na Rive­ra Gar­za, her­ma­na de la escri­to­ra Cris­ti­na Rive­ra Gar­za, fue víc­ti­ma de femi­ci­dio. Lilia­na tenía 20, estu­dia­ba arqui­tec­tu­ra y fue ase­si­na­da por su novio antes de un via­je al Rei­no Uni­do, don­de pen­sa­ba ter­mi­nar su carre­ra uni­ver­si­ta­ria. En 2020, Cris­ti­na escri­bió El inven­ci­ble verano de Lilia­na, un libro que recons­tru­ye el cri­men a par­tir del expe­dien­te poli­cial y de docu­men­tos personales.

El even­to se pro­mo­cio­nó en redes y sólo había que pedir ingre­so para par­ti­ci­par. No había limi­ta­cio­nes de otro tipo. A tra­vés de su cuen­ta de Twit­ter, Cris­ti­na Rive­ra Gar­za escri­bió: «La vio­len­cia patriar­cal logró inte­rrum­pir la char­la con Móni­ca Oje­da pero que­da­mos más cer­ca, más fuer­tes, más pre­pa­ra­das para dar la bata­lla. Gra­cias por la soli­da­ri­dad”. Oje­da me cuen­ta: “Fue una cosa que, no sé, de ver­dad me que­dé shoc­kea­da. Me dio has­ta un ata­que de ansie­dad. Sen­tí mie­do, mie­do real. Por­que me impu­sie­ron ver esas imá­ge­nes. No hay for­ma de expli­car­lo, pero fue como ser vio­la­da visual­men­te. Ade­más como es en mana­da no se pue­den sacar tan fácil”. Con “en mana­da”, Móni­ca quie­re decir que eran muchos y que cuan­do saca­ban a uno apa­re­cía otro, de modo que fue impo­si­ble con­ti­nuar con la char­la. Las imá­ge­nes, muy explí­ci­tas, venían acom­pa­ña­das de músi­ca a altí­si­mo volu­men. “Y yo no me impre­siono mucho”, agre­ga Móni­ca y hay que leer­la para enten­der por qué dice esto: sus libros, espe­cial­men­te la nove­la Nefan­do y los cuen­tos Las vola­do­ras son lite­ra­tu­ra mag­ní­fi­ca y extre­ma, un len­gua­je poé­ti­co ultra moderno en el que con­vi­ven esce­nas de vio­len­cia explí­ci­ta, por­no­gra­fía dura, abu­so infan­til, los sóta­nos más oscu­ros de inter­net y las leyen­das andinas.

Es muy difí­cil armar un espa­cio segu­ro en estos ámbi­tos si se quie­re que al mis­mo tiem­po sean abier­tos –e inclu­so suce­de cuan­do no lo son – . Per­so­nal­men­te no tuve nin­gu­na expe­rien­cia mala des­pués de un año de uso de la app, pero en una char­la, tam­bién en una uni­ver­si­dad de EE. UU., entró un des­co­no­ci­do y pre­gun­tó: “¿Esta es una reu­nión de Alcohó­li­cos Anó­ni­mos?”. Inclu­so con la obli­ga­to­ria dis­tan­cia de la pan­ta­lla, y con muchos de los par­ti­ci­pan­tes ape­nas visi­bles en sus cua­dra­di­tos pude sen­tir que fal­ta­ba el aire, que se pal­pa­ba el aler­ta. “Hacen este tipo de chis­tes” dijo la pro­fe­so­ra. El intru­so o el ver­da­de­ro des­orien­ta­do, nun­ca lo sabre­mos, se fue de la reu­nión y no vol­vió. La cal­ma, sin embar­go, tar­dó en vol­ver. Des­pués la pro­fe­so­ra me pasó datos para que com­pren­die­ra mejor la ten­sión del momen­to. Según una inves­ti­ga­ción de The New York Times, en redes, chats pri­va­dos y foros se encon­tra­ron cien­tos de per­so­nas que se orga­ni­za­ban para aco­sar a gen­te en Zoom, ver­da­de­ras cam­pa­ñas que com­par­tían con­tra­se­ñas y pla­nea­ban ata­ques a las reunio­nes. Los invo­lu­cra­dos se lla­man a sí mis­mos “zoom rai­ders” o “zoom bom­bers” y sue­len usar imá­ge­nes pro­vo­ca­ti­vas, insul­tos racia­les, cual­quier cosa que con­si­de­ren ofen­si­va. Tam­bién hacen inter­ven­cio­nes masi­vas más ino­cen­to­nas, pero el meca­nis­mo es el mis­mo. ¿Cómo defen­der­se? Es difí­cil sal­vo que se acu­da a medi­das más o menos fuer­tes de segu­ri­dad que, de paso, impe­di­rían el ideal de com­par­tir con­te­ni­dos. Por supues­to, no hay mane­ra de dete­ner la orga­ni­za­ción de estos ata­ques, el patru­lla­je sería inabar­ca­ble e inva­si­vo. Para con­cien­ti­zar sobre este pro­ble­ma de segu­ri­dad (que no es exclu­si­vo de Zoom), un desa­rro­lla­dor lan­zó el sitio Take This Lollio­po 2 (www​.takethis​lo​lli​pop​.com), cor­to­me­tra­je inter­ac­ti­vo que invi­ta a par­ti­ci­par de un Zoom fal­so en el que ocu­rre un hecho de terror. Al final, des­pués del efec­ti­vo sus­to, nues­tra ima­gen vuel­ve a apa­re­cer, con otra voz, un tex­to en gene­ral pro­nun­cia­do en otro idio­ma y más que la cues­tión del “doble”, lo que da mie­do es la posi­bi­li­dad ya no de robar infor­ma­ción, algo ya común, sino la pro­pia ima­gen (recor­de­mos que los encuen­tros Zoom sue­len gra­bar­se). Quie­nes estén en tema saben que esto se lla­ma “deep fake” y si se pue­de hacer con un cua­tro de copas en diez minu­tos, lo que dura este sen­ci­llo jue­go, tam­bién se pue­de hacer con cele­bri­da­des, líde­res mun­dia­les, atle­tas famo­sos. Cual­quie­ra. La fal­se­dad aún es detec­ta­ble. Algún día, qui­zá, no lo será.

Para muchos, cada reu­nión de Zoom es una expe­rien­cia de terror y el que vio el chis­te fue el direc­tor Rob Sava­ge con su pelí­cu­la Host (2020). La tra­ma es sen­ci­lla. Un gru­po de ami­gos jóve­nes deci­de hacer una séan­ce por Zoom, es decir, con­vo­car un espí­ri­tu. Son guia­dos por una exper­ta pero ella pier­de su cone­xión de inter­net en un momen­to cru­cial y todo se va al dia­blo. Los espec­ta­do­res vemos a cada uno de los par­ti­ci­pan­tes con su dile­ma y su terror en su caji­ta de pan­ta­lla, per­se­gui­dos por imá­ge­nes sinies­tras, deam­bu­lan­do por la casa con­ver­ti­da en un cam­po de bata­lla fan­tas­mal lap­top en mano, deses­pe­ra­dos cuan­do alguien des­apa­re­ce y no se vuel­ve a conec­tar. Lo más terro­rí­fi­co, de todos modos, no es el com­po­nen­te sobre­na­tu­ral. Es un peque­ño deta­lle. Una de las par­ti­ci­pan­tes, abu­rri­da duran­te el con­fi­na­mien­to, se dise­ñó un fon­do de pan­ta­lla per­so­nal. Todos cono­ce­mos ya los fon­dos de pan­ta­lla de Zoom con sus pal­me­ras y arco iris y biblio­te­cas. Bueno: el de la chi­ca es diná­mi­co. Se fil­mó a sí mis­ma entran­do al cuar­to, su ima­gen –que no es ella, pero es ella– va hacia un mue­ble, se cepi­lla el pelo lar­go y vuel­ve a salir de la habi­ta­ción. A sus ami­gos les pare­ce un poco sinies­tro al prin­ci­pio y lo es: ver­la así, atra­pa­da en un loop, en un sin­fín, una chi­ca pei­nán­do­se para siem­pre. A medi­da que avan­za la pelí­cu­la esa repe­ti­ción de su ima­gen se vol­ve­rá inso­por­ta­ble: un ver­da­de­ro fantasma.

El “mun­do vir­tual” no exis­te. Vivi­mos en una sola reali­dad, que tie­ne dis­tin­tos ámbi­tos. Dejar de sepa­rar en “real y vir­tual” es lo mejor que pue­de pasar­nos. Los tér­mi­nos son nece­sa­rios para expli­car de qué ámbi­to esta­mos hablan­do, pero la dis­tin­ción ya no sir­ve, es inú­til por com­ple­to, para defi­nir nues­tra experiencia.

Fuen­te: Pági­na 12

Itu­rria /​Fuen­te

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