Colom­bia. El levan­ta­mien­to popu­lar y lxs jóve­nes en pri­me­ra línea

Por Ger­mán Muñoz Gon­zá­lez. Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 17 de mayo de 2021.

Des­de que nací, el mis­mo año del Bogo­ta­zo, he vivi­do prác­ti­ca­men­te siem­pre bajo esta­do de sitio o de excep­ción o de con­mo­ción inte­rior, lo cual se podría tra­du­cir como Vio­len­cia, con mayús­cu­la, pero con ropa­je de lega­li­dad. Este es el esta­lli­do social de una mayo­ría de la pobla­ción, en par­ti­cu­lar de los jóve­nes, que no acep­ta más la vio­la­ción de su legí­ti­mo dere­cho a la vida digna.

La Vio­len­cia ha sido una espe­cie de fata­li­dad his­tó­ri­ca de la que pare­cie­ra no haber esca­pa­to­ria para los colom­bia­nos. Ha sido un nudo cie­go, una mara­ña de hilos don­de caben fenó­me­nos como la corrup­ción, la gue­rri­lla, el nar­co­trá­fi­co, el para­mi­li­ta­ris­mo, la opo­si­ción polí­ti­ca o la pro­tes­ta social. Todos ellos están ata­dos a una mis­ma tra­ma, sin raí­ces expli­ca­ti­vas. Hoy nece­si­ta­mos com­pren­der el ori­gen his­tó­ri­co de esa Vio­len­cia, es decir, la des­igual­dad social, y con­tra­po­ner­la a la figu­ra del ‘enemi­go interno’, que se ha con­ver­ti­do en la retó­ri­ca pre­di­lec­ta para com­ba­tir­la y que perió­di­ca­men­te cam­bia de nom­bre (cas­tro­cha­vis­mo ha sido la fór­mu­la más usa­da en lo que va corri­do del siglo XXI).

Pue­do dar fe de que en 70 años de vida no había vis­to lo que he pre­sen­cia­do en las dos sema­nas que han trasn­cu­rri­do del 28 de abril a la fecha. Pro­tes­tas y mani­fes­ta­cio­nes recuer­do muchas: la más nota­ble, tal vez, el paro nacio­nal de sep­tiem­bre de 1977, en el cual se con­ta­ron cen­te­na­res de heri­dos, cer­ca de 30 per­so­nas muer­tas, la mayo­ría jóve­nes meno­res de 25; sin hablar del movi­mien­to estu­dian­til que sur­ge en 1971 y, por supues­to, de la Vio­len­cia en los terri­to­rios nacio­na­les en esa gue­rra civil no decla­ra­da que se des­en­ca­dó en 1948 con el ase­si­na­to de Jor­ge Elie­cer Gai­tán, momen­to fun­dan­te del fenó­meno de las gue­rri­llas. Han sido seten­ta lar­gos años de gue­rra que no ter­mi­nan con la fir­ma del acuer­do de paz en 2016. Recor­de­mos que el res­pal­do mul­ti­tu­di­na­rio de los jóve­nes fue defi­ni­ti­vo para exi­gir la refren­da­ción de lo pactado.

Tam­po­co olvi­do el movi­mien­to estu­dian­til lide­ra­do por la Mesa Amplia Nacio­nal Estu­dian­til (MANE), que logró en 2011 desa­fiar a un gobierno ente­ro y parar una refor­ma plan­tea­da por el pre­si­den­te Juan Manuel San­tos a la Ley 30 de edu­ca­ción supe­rior en Colom­bia. Mucho menos el paro agra­rio de 2013 o el paro his­tó­ri­co del 21 de noviem­bre de 2020, en el que la gen­te pro­tes­ta­ba en con­tra de las refor­mas de pen­sio­nes, labo­ral y edu­ca­ti­va, y a favor del acuer­do de paz fir­ma­do entre el Esta­do y las FARC.

Más cer­ca­nas aún son las mar­chas del 9 al 21 de sep­tiem­bre de 2020 para pro­tes­tar en con­tra del extre­mo abu­so poli­cial, del mal mane­jo del Gobierno ante la cri­sis eco­nó­mi­ca y social pro­vo­ca­da por la pan­de­mia, y para sen­tar una voz que dije­ra ‘bas­ta ya’ a las masa­cres en el país, las cua­les no tuvie­ron tre­gua a pesar de las medi­das de con­fi­na­mien­to. En espe­cial, hay que sub­ra­yar la Min­ga del Suroc­ci­den­te Colom­biano, lide­ra­da por las orga­ni­za­cio­nes indí­ge­nas en octu­bre de 2020, que emo­cio­nó por sus con­sig­nas y valen­tía, logran­do movi­li­zar a una gran par­te de la socie­dad en torno a sus exi­gen­cias tras su reco­rri­do pací­fi­co por el país, logran­do la opi­nión favo­ra­ble de millo­nes de per­so­nas que los reci­bie­ron calu­ro­sa­men­te en cada ciu­dad duran­te su via­je has­ta la capital.

Sin embar­go, la sema­na pasa­da y el fin de sema­na con gra­ve­dad inmen­sa he sido tes­ti­go, como lo fui­mos todos los colom­bia­nos y, a tra­vés de las redes infor­má­ti­cas, el mun­do ente­ro –pero espe­cial­men­te, en vivo y en direc­to, los habi­tan­tes de Cali y de Bogo­tá– de un esce­na­rio des­co­no­ci­do, de un esca­la­mien­to de la Vio­len­cia sin pre­ce­den­tes, de una ‘gue­rra’ des­ata­da con­tra la pobla­ción civil levan­ta­da en una jus­ta pro­tes­ta y que, valién­do­se de arma­men­to sofis­ti­ca­do de últi­ma gene­ra­ción, ha pues­to en jue­go el terror como polí­ti­ca de Esta­do. Nun­ca ima­gi­né que a nues­tras calles lle­ga­rían dis­po­si­ti­vos desa­rro­lla­dos para el cuer­po de mari­nes de los Esta­dos Uni­dos con muni­cio­nes atur­di­do­ras, gases irri­tan­tes y per­di­go­nes de alto impac­to, armas leta­les crea­das para gue­rras entre ejér­ci­tos. Mucho menos pen­sé posi­ble que lle­gá­ra­mos a este sal­do inmen­so y cre­cien­te de muer­tos, heri­dos, tor­tu­ra­dos, des­apa­re­ci­dos y abusados.

El paro nacio­nal ha lle­ga­do a luga­res recón­di­tos del país, don­de nun­ca antes lle­ga­ba, y se ha man­te­ni­do sin dar tre­gua des­de el 28 de abril. Ha des­nu­da­do las grie­tas del famo­so mode­lo eco­nó­mi­co neo­li­be­ral, esta­ble y orto­do­xo, y ha mos­tra­do pal­pa­ble­men­te que en esta demo­cra­cia for­mal, supues­ta­men­te esta­ble, la cla­se polí­ti­ca es inca­paz de lle­gar a solu­cio­nes y su úni­co recur­so es la fuer­za bru­tal de las armas. Nun­ca antes se había hecho tan evi­den­te la des­con­fian­za y fal­ta de cre­di­bi­li­dad de la pobla­ción sobre la cla­se polí­ti­ca, las fuer­zas arma­das y los medios masi­vos de seu­do­in­for­ma­ción. «Lo que esta­mos vien­do es un des­con­ten­to gene­ra­li­za­do y qui­zá irre­me­dia­ble, es casi una situa­ción pre­re­vo­lu­cio­na­ria», dice Car­los Caba­lle­ro Argáez.

Los noti­cie­ron de las empre­sas mediá­ti­cas repi­ten has­ta la sacie­dad que se tra­ta de ‘ván­da­los’ y ‘terro­ris­tas’. Nin­gu­na de las dos pala­bras nom­bra lo que está suce­dien­do, pero ambas hablan de mie­dos y ame­na­zas laten­tes para una par­te de la pobla­ción. El esta­lli­do social reco­ge la rabia, la indig­na­ción, el repu­dio de una mayo­ría de la pobla­ción que no acep­ta más la vio­la­ción de su legí­ti­mo dere­cho a la vida dig­na, en par­ti­cu­lar de los jóve­nes comu­nes y corrien­tes, no per­te­ne­cien­tes a orga­ni­za­cio­nes ni par­ti­dos, que han ocu­pa­do la pri­me­ra línea de las mar­chas calle­je­ras, que se han movi­li­za­do y han vis­to a sus ami­gos caer masacrados.

El juve­ni­ci­dio, sacri­fi­cio con­sen­sua­do de aque­llos que ‘no mere­cen vivir’

Hago par­te de un colec­ti­vo de inves­ti­ga­do­res de varios paí­ses de Amé­ri­ca Lati­na y Euro­pa que se ocu­pa del juve­ni­ci­dio. La pala­bra es un neo­lo­gis­mo que tie­ne seis años de exis­ten­cia, deri­va­do de la pala­bra femi­ni­ci­dio, con la cual guar­da estre­cha rela­ción. Nos con­vo­ca una pre­gun­ta sen­ci­lla: ¿de qué mue­ren los jóve­nes en Amé­ri­ca Lati­na? En Colom­bia, la pri­me­ra res­pues­ta es que los matan y se matan (se suicidan).

En estos días, se ha hecho evi­den­te que Colom­bia es un país don­de el juve­ni­ci­dio hace par­te de la ruti­na coti­dia­na. Hay nom­bres que entra­ron en nues­tra his­to­ria y en nues­tra gale­ría de los afec­tos: Dilan Cruz, ase­si­na­do el 25 de noviem­bre de 2019 en Bogo­tá; Nico­lás Gue­rre­ro, el 2 de mayo de 2021 en Cali; Kevin Agu­de­lo, en Cali el 3 de mayo de 2021; Lucas Villa, el 5 de mayo de 2021 en Perei­ra. Tan­tos otros de una lis­ta don­de tam­bién están los 6.402 del pan­teón lla­ma­do ‘fal­sos positivos’.

En todos los paí­ses de Amé­ri­ca Lati­na exis­te una lar­ga lis­ta de ase­si­na­tos sis­te­má­ti­cos de jóve­nes no casual, no acci­den­tal ni de pági­na roja: se tra­ta de ase­si­na­tos pla­ni­fi­ca­dos. En algu­nos paí­ses, como Méxi­co, Bra­sil y Colom­bia, las cifras son escan­da­lo­sas (recor­de­mos la masa­cre de la sema­na pasa­da en una fave­la de Río de Janei­ro y la de Ayotzi­na­pa el 26 de sep­tiem­bre de 2014). Más de una vez han coin­ci­di­do con dic­ta­du­ras que han hecho de los ase­si­na­tos el pan de cada día. Otra cosa es que no se habla de ellos, han per­ma­ne­ci­do invi­si­bles o han sido acep­ta­dos social­men­te, pro­du­cen indi­fe­ren­cia, son par­te del paisaje.

Hablar de juve­ni­ci­dio supo­ne ase­si­na­tos, casi siem­pre atro­ces y bru­ta­les, que son lla­ma­dos ‘eje­cu­cio­nes extra­ju­di­cia­les’ y se encuen­tra acom­pa­ña­dos de des­apa­ri­cio­nes for­za­das y múl­ti­ples for­mas de tor­tu­ra. Tam­bién es juve­ni­ci­dio cual­quier otra for­ma de aten­ta­do con­tra la vida de los y las jóve­nes: la pre­ca­rie­dad labo­ral, la exclu­sión de la vida públi­ca, el silen­cia­mien­to y la sata­ni­za­ción en los medios masi­vos de comu­ni­ca­ción, las limi­ta­cio­nes a sus dere­chos, la prohi­bi­ción de su movi­li­dad den­tro de terri­to­rios aco­ta­dos, el cer­ce­na­mien­to de las liber­ta­des, la abier­ta repre­sión. Juve­ni­ci­dio es ampu­tar­les la posi­bi­li­dad de vivir una vida dig­na y con sen­ti­do, negar­les una ima­gen con con­te­ni­do de ver­dad, repre­sen­tar­les como pre­de­lin­cuen­tes o como cau­san­tes de peli­gro para la socie­dad ente­ra. Esto, por­que no solo se mata a los jóve­nes con balas, tam­bién se los mata borrán­do­los de la vida social, eco­nó­mi­ca y polí­ti­ca, eli­mi­nan­do su ros­tro, su buen nom­bre, con­vir­tién­do­los en peli­gro social y crean­do el estig­ma en la opi­nión pública.

Dos con­cep­tos son capa­ces de dar cuen­ta de esta dolo­ro­sa reali­dad en el actual con­tex­to. El pri­me­ro el de necro­po­lí­ti­ca, según los plan­tea­do por Achi­lle Mbem­be, que se gene­ra a par­tir de dos pre­gun­tas fun­da­men­ta­les: ¿quié­nes mere­cen vivir? ¿quié­nes deben morir? Sin duda, en Colom­bia los jóve­nes se encuen­tran en la lis­ta de quie­nes deben morir. Son pres­cin­di­bles. Algu­nos más que otros: los pobres, los negros, los pue­blos ori­gi­na­rios, los que ya no tie­nen mie­do de enfren­tar el poder por­que lo han per­di­do todo. En con­se­cuen­cia, necro­po­li­ti­ca es gober­nar a los seres huma­nos en rela­ción con la muer­te. Ya no es el gobierno de la vida sola­men­te, es el gobierno de la muer­te de los seres humanos.

El dolo­ro­so pre­sen­te de muchos jóve­nes ocu­rre en el hori­zon­te del necro­po­der, don­de aque­llos que han sido lla­ma­dos ‘el futu­ro de la patria’, pro­ta­go­nis­tas del momen­to más feliz de la vida, son per­ma­nen­te­men­te vul­ne­ra­dos y pre­ca­ri­za­dos. El poder abso­lu­to per­mi­te dic­ta­mi­nar quién vive y quién mue­re, uti­li­zar el horror y el mie­do como mode­lo de gobierno.

En segun­do lugar, me pare­ce fun­da­men­tal para enten­der el juve­ni­ci­dio la noción de Esta­do penal cons­trui­da por Loïc Wac­quant. Para enten­der la necro­po­lí­ti­ca hay que com­pren­der la teo­ría del Esta­do des­pués del 11 de sep­tiem­bre de 2001, en la socie­dad de la lucha con­tra el terro­ris­mo. Se tra­ta de un Esta­do que repri­me has­ta la muer­te a todos aque­llos que con­si­de­ra como poten­cial­men­te terro­ris­tas, que repri­me des­ór­de­nes gene­ra­dos por el des­em­pleo masi­vo por­que este gene­ra des­ór­de­nes. Igual­men­te, repri­me a quie­nes no tie­nen futu­ro ni lo van a tener, a los que no tie­nen opor­tu­ni­da­des, a los que viven en la incer­ti­dum­bre por­que gene­ran ries­gos para los demás. Cas­ti­ga con puño de hie­rro y cár­ce­les de mise­ria a los pobres, a los parias. Decre­ta pena de muer­te a los negros, a los indí­ge­nas, a las muje­res, a los jóvenes.

Recor­de­mos, en el caso colom­biano, la atro­ci­dad lla­ma­da ‘fal­sos posi­ti­vos’ que alu­de a bajas en com­ba­tes que no exis­tie­ron, un eufe­mis­mo cana­lla. Fue­ron ase­si­na­tos inten­cio­na­les, pla­ni­fi­ca­dos y sis­te­má­ti­cos de civi­les colom­bia­nos, pobla­ción iner­me (algu­nos con dis­ca­pa­ci­dad), pre­sen­ta­dos por el Ejér­ci­to como muer­tes en com­ba­te con el obje­to de mos­trar resul­ta­dos exi­to­sos y obte­ner recom­pen­sas eco­nó­mi­cas. Los cogie­ron en las calles de los barrios popu­la­res, enga­ñán­do­les con ofer­tas de tra­ba­jo por­que eran des­em­plea­dos. Ter­mi­nó sien­do una polí­ti­ca de exter­mi­nio de jóve­nes pobres, sin tra­ba­jo. Juve­ni­ci­dio es, en este caso, cruel­dad extre­ma come­ti­da por un Esta­do penal. Son crí­me­nes de Esta­do con­tra un supues­to enemigo.

Zaf­fa­ro­ni ano­ta que el enemi­go es la pobla­ción civil, el enemi­go son los jóve­nes, el enemi­go son los pobres, el enemi­go son los negros de las fave­las por­que tie­nen el per­fil de aque­llos que son sacri­fi­ca­bles y no pasa nada. En Colom­bia son jóve­nes pobres que viven en zonas mar­gi­na­les: Siloé y Agua­blan­ca en Cali, Ciu­dad Bolí­var y las peri­fe­rias de Bogo­tá, las comu­nas pobres en Medellín.

Aun­que este acon­te­ci­mien­to tie­ne una lar­ga his­to­ria, no es visi­ble ni per­cep­ti­ble y no hay acción polí­ti­ca en con­tra de esta reali­dad maca­bra que se ha enquis­ta­do en la vida social y polí­ti­ca de Amé­ri­ca Lati­na, que se ha natu­ra­li­za­do en medio de la gue­rra y que ha exis­ti­do en medio de la impu­ni­dad. Que­da cla­ro que el juve­ni­ci­dio es sis­te­má­ti­co, acep­ta­do social­men­te y que los jóve­nes no les due­len a nues­tras socie­da­des por­que son vis­tos como un peli­gro social.

Las iden­ti­da­des de estos jóve­nes están des­acre­di­ta­das, se cons­tru­yen a tra­vés de pre­jui­cios, este­reo­ti­pos, estig­mas y racis­mo que pro­du­cen cri­mi­na­li­za­ción, vul­ne­ra­bi­li­dad, inde­fen­sión, subal­ter­ni­da­des radi­ca­les (como las lla­ma Grams­ci) o iden­ti­da­des cana­llas, vidas vul­ne­ra­bles y vidas que pue­den ser suprimidas.

Las vidas pre­ca­rias de los jóve­nes colom­bia­nos no mere­cen ser pro­te­gi­das. Se dis­pa­ran indis­cri­mi­na­da­men­te gra­na­das des­de tan­que­tas con­tra quie­nes por­tan ros­tro juve­nil, mien­tras heli­cóp­te­ros Blackhawk arti­lla­dos los vigi­lan des­de el aire.

La fra­se de Lucas Villa, pre­mo­ni­to­ria el día antes de ser acri­bi­lla­do en Perei­ra, es lapi­da­ria: “aho­ri­ta en Colom­bia solo el hecho de ser joven y estar en la calle es arries­gar la vida”. ‘Los Nadie’ son los jóve­nes del país más des­igual de Amé­ri­ca Lati­na, sien­do este el con­ti­nen­te más des­igual del mun­do. La gue­rra es con­tra ellos, su resis­ten­cia es des­de la ‘nada’.

Fuen­te El Turbion

Itu­rria /​Fuen­te

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