Ley del valor, mili­ta­ri­za­ción y gue­rras jus­tas e injustas

Termodinamica, ayuda mutua y guerra feroz, atroz y breve

Texto elaborado después del teledebate en Tertulias en Cuarentena del 7 de marzo de 2021 sobre la OTAN.

«Los soldados actuales aprenden a cazar para sobrevivir, pero ¿luchaban entre sí los cazadores prehistóricos? Las pruebas son escasas y contradictorias.»

John Keegan: Historia de la guerra, Planeta, Barcelona 1995, p. 155.

El instinto de supervivencia y la capacidad de autodefensa ante un peligro son vitales para la evolución de la vida animal y de la antropogenia en un mundo determinado por las restricciones objetivas insalvables que se derivan de las leyes de la termodinámica. La larga historia de la relación entre trabajo y energía, o si se quiere, en la hominización mediante el trabajo, que en el capitalismo se expresa en la plusvalía relativa, como demuestra George Caffentzis, está siempre dentro del encuadre objetivo de la termodinámica. Aquí radica una de las bases del materialismo histórico, del principio de la inmanencia frente y contra a todo opio de trascendencia.

Pero en determinadas condiciones la autodefensa para sobrevivir puede transformarse en formas de agresividad y violencia extrema, incluso de «guerra», como ha sido definida con un poco de sensacionalismo el choque brutal entre dos comunidades de chimpancés que empezó a gestarse poco antes de 2015 en Uganda, hasta llegar a causar la muerte a dentelladas y golpes de varios de ellos. Es la primera vez que se ha podido estudiar en tiempo real y durante más de seis años el surgimiento de contradicciones dentro de un clan amplio de chimpancés. Hasta ahora, existían múltiples observaciones sobre el proceso de tensión, agresividad, hostilidad y violencia en esta especie hasta llegar incluso a la «ejecución» por el grupo de un antiguo macho líder y su canibalización por los ejecutores, tras atreverse a volver a su clan después de haber sido expulsado por sus abusos. El líder era apoyado por un segundo, que también fue golpeado y expulsado, pero que volvió al clan al cabo de un tiempo y fue aceptado porque se integró en las normas de convivencia.

Para nuestro debate sobre la OTAN y el militarismo, sobre la hipotética naturaleza biológica e instintiva, genética, de la «guerra», tiene una importancia clave demostrar la deliberada tergiversación de los avances de la etiología por parte de la corriente más reaccionaria de los ideólogos burgueses. Se trata del antagonismo entre la historia materialista y las mistificaciones idealistas en algo crucial para nuestra especie: la vida o la muerte. Piotr Kropotkin (1842-1921) fue un científico que sigue hoy proscrito porque, entre otras cosas, demostró que en la naturaleza la ayuda mutua es más importante y más frecuente que la violencia, sobre todo cuando ésta es interpretada desde los dogmas sociobiológicos y socialdarwinistas desarrollados desde finales del siglo XIX por el racismo y el militarismo. Levontin, Rose y Kamín han demostrado de manera inequívoca que la guerra, la violencia extrema, el terror «no está en los genes», sino en las contradicciones sociales.

Intelectuales burgueses extrapolan y descontextualizan los descubrimientos de la etiología para justificar la ferocidad de la explotación capitalista y de su individualismo. Esta corriente, sin embargo, oculta por todos los medios la impresionante cantidad y calidad de los estudios de los y las etólogas sobre la ayuda mutua y las relaciones colaborativas dentro de las especies y entre ellas, no faltando incluso quienes se refieren a prácticas de «altruismo», que confirman lo descubierto por Kropotkin. En realidad, la vida y la antropogenia no se habrían desarrollado sin la colaboración y la ayuda mutua, porque, visto desde la perspectiva de los chimpancés sometidos a los abusos del macho más fuerte, dieron un ejemplo de colaboración, solidaridad y ayuda mutua uniendo sus fuerzas para derrocar al «tirano» y a su segundo. Colaboraron, aceptaron los riesgos de la «guerra» y se ayudaron para el mismo objetivo. Con todas las precauciones exigibles y más, podríamos recurrir al símil de que el derrocamiento fue una «revolución» necesaria para reinstaurar la libertad.

Avanzando más, todo sugiere que la respuesta que debemos dar a la pregunta de J. Keegan pasa por la muy alta probabilidad de que la hominización iba pareja al control de las tensiones y de la agresividad dentro de la superior y envolvente cooperación del grupo. Debió haber actos de violencia extrema según lo sugieren estudios sobre algunos restos humanos como el cráneo de hace 430.000 años descubierto en Atapuerca, pero sobre todo más recientes. Sin embargo, y conforme más información se obtiene, todo indica que se evitaba en lo posible que la agresividad saltase a violencia, y si esto sucedía terminaba desarrollándose regulaciones consensuadas destinadas a reducir esa violencia a un mínimo que no dañase la reproducción del grupo si la violencia era interna, o entre los grupos afectados. Pero en modo alguno podemos entender aquella violencia puntual y menos aún valorarla con los parámetros actuales de guerra.

La razón era muy sencilla: las muy escasas fuerzas productivas y el insuficiente conocimiento empírico desarrollado que permitía un lento incremento de la productividad del trabajo, imponían restricciones muy serias a la demografía, al número de miembros de cada grupo de modo que la muerte de uno o varios de ellos podía suponer una catástrofe. La naturaleza es finita y objetiva. Las leyes de la termodinámica explican los pétreos límites materiales que la humanidad limó muy lentamente con la productividad del trabajo. Según André Leroi-Gourhan en el remoto abbevilliense con un kilo de sílex las reducidas colectividades fabricaban diez centímetros de filo cortante, perfeccionándose la técnica hasta lograr los 40 centímetros en el achelense con ese kilo de sílex, los 2 metros en el musteriense, y de entre 6 a 20 metros en el magdaleniense.

Aunque estos medios precarios eran racionalizados lo más posible, muchos estudios muestran el clima de incertidumbre y precariedad existencial en la que vivían los grupos nómadas cazadores, recolectores y pastores: el temor a las hambrunas, a las sequías o inundaciones, a los fríos y al retraso o adelanto de las estaciones, o a los ataques de otros clanes para quitarles sus muy escasos excedentes de supervivencia. Semejante incertidumbre se prolongó desde el final del paleolítico, como se aprecia en el aniquilamiento de una comunidad humana en el Sudán hace 12.000/10.000 años, según Guilaine y Zammit; o en el cuerpo de un hombre joven muerto por lo que parece ser el impacto de un proyectil en la cabeza, que data de -9.700 años descubierto en Erro, Euskal Herria, enterrado con sumo cuidado y cubierto con finas artes mortuorias. En Croacia se ha descubierto una masacre datada en el -4.200 de 41 personas de una comunidad pastoril asesinadas mayormente con golpes en la cabeza sin signos de guerra: la hipótesis más plausible a la luz de los datos disponibles es la de un conflicto intra grupal debido a un empeoramiento drástico de las condiciones de vida.

Otros muchos estudios también descubren la práctica del canibalismo, de la antropofagia como aporte energético justificada con rituales mágicos o simplemente «a pelo», posteriormente envuelta en la liturgia de los sacrificios humanos sobre todo infantes y mujeres en un primer período, luego de animales y por fin de bienes, joyas y dinero: todavía está poco estudiada la interacción entre violencias y primeras guerras, por un lado, y antropofagia y sacrificios por otro, en el largo proceso del tránsito del valor de uso a la dictadura del valor de cambio, durante el cual aumentaba el exterminio humano.

Llegó un momento en el que el reparto periódico mediante usufructo de las tierras comunes se convirtió en una necesidad que se solucionaba mediante pactos, acuerdos, alianzas realizadas en grandes fiestas, y donde se administraba «justicia», pero también se fue asentando la territorialización. Uno de los peores castigos era el ostracismo, el destierro, la expulsión del grupo porque generalmente conllevaba la muerte. Las reglas de colaboración, reciprocidad y ayuda mutua eran lógicas en sí mismas porque garantizaban la supervivencia. El llamado «principio de oro» de la ética: «no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti», con sus limitaciones que no vamos a analizar aquí, entre ellas el trato dado a las mujeres, y los primeros códigos ético-morales en las culturas ágrafas, se formaron en esta larguísima fase. Miles de años después estos códigos serían ampliados, tergiversados e impuestos como «mandamientos divinos», negando su materialidad sociohistórica, por las clases dominantes para aumentar su propiedad privada.

La tecnología paleolítica tenía serios límites para satisfacer las necesidades de las castas dominantes en formación porque los medios de producción como fuego, madera, hueso, sílex, piel, fibra vegetal, etc., además de ser abundantes, sobre todo permitían la ambivalencia de los valores de uso: eran instrumentos de trabajo y a la vez armas defensivas y ofensivas. O sea, medios defensivos a disposición de cualquiera que se resistiese a la creciente injusticia de la propiedad privada: «armas democráticas», «públicas», «comunes», peligrosas para las nacientes minorías acaparadoras de propiedad. Conforme se escindían las sociedades primero en mujeres explotadas y en esclavos, luego en castas y en clases antagónicas, los poderes monopolizaban las armas de cobre y de bronce, los caballos y carros de guerra, la tecnología naval y a la vez, la escritura, las leyes, el comercio y la historia.

Tener la propiedad de los medios de producción, de las armas y de la cultura conllevaba, exigía y facilitaba la necesaria manipulación de la estructura psíquica colectiva para provocar que la agresividad causada por las tensiones sociales inherentes a la precariedad vital de quienes pierden su libertad común por la dictadura de lo privado, se convirtiera en violencias que defendiesen los intereses de las minorías propietarias. Estas violencias, además de ser sumideros de frustraciones y tensiones que mantiene la «paz» mediante el dopaje religioso, también sirven para explotar a las mujeres y saquear y esclavizar, o exterminar, a otras tribus, y por fin al propio pueblo empobrecido si se sublevaba para derrocar a esa minoría y reinstaurar la propiedad colectiva de los bienes comunes.

Veremos en el cuarto apartado, dedicado a la propiedad del sol y del cielo, por qué y cómo dentro de sociedades que se sostienen sobre la explotación, opresión y dominación, las armas siempre son un gasto improductivo que, en un primer momento, rinde beneficios a esa minoría al facilitarle la explotación de la mayoría desarmada y carente de propiedad, pero en un segundo momento suponen un despilfarro, una pérdida de recursos y bienes que podrían dedicarse a mejorar las condiciones de vida de la mayoría explotada. Veremos cómo llegó un momento en el que el hierro ayuda a la libertad humana al ser una «arma democrática», como ya lo eran los filos y puntas de sílex para cuchillos, hachas, lanzas y flechas de arco, y las cuerdas y pieles para hondas, escudos y corazas.

Se piensa que los primeros soldados, que no guerreros ni cazadores-recolectoras armados, surgieron en el mismo proceso de desarrollo de la ley del valor, en su encuadre socioeconómico, cultural e ideológico, aunque fuera en áreas económicas muy reducidas, hace más o menos 6000 años en Sumer, en Mesopotamia y de allí se fue extendiendo junto con la propiedad privada. Además, su avance iba unido al retroceso de las libertades de la mujer y al aumento de la esclavitud. Las ciudades-Estado e imperios crearon efectivos ejércitos y eficaces armas, aunque todavía no descubrieron su producción en serie como sucedería en el Mediterráneo y China, que aplicaron las leyes tendenciales de la productividad del trabajo y del ahorro de tiempo y energía a la organización militar, sobre todo a la disciplina.

La guerra actual surgió con esos imperios y ciudades-Estado en los que la propiedad privada se imponía sobre los bienes comunes en varias formas. El comercio exigía controlar el tiempo para reducir el gasto de energía y maximizar las posibilidades de ganancia, y los ejércitos hicieron lo mismo. Pero aún faltaba un componente nuevo que, en líneas generales, fue aportado por Grecia, pueblo se benefició de cinco cosas: una, maximizar la explotación de la esclavitud, de las mujeres y extranjeros. Dos, el hierro fundido que abarató las armas de modo que un campesino y artesano podían comprarlas ahorrando algo, garantizando la democracia esclavista con esa «arma democrática». Tres, el alfabeto fenicio. Cuatro, la moneda estatal. Y cinco, la necesidad imperiosa de comerciar por mar, aprendiendo a reducir el tiempo y el espacio, racionalizando la construcción naval sobre todo la militar con aquél logro técnico que fue el trirreme, e integrando los saberes de otras culturas superiores como las de Egipto, Persia e India, pero que no habían reunido las condiciones griegas.

Los campesinos y artesanos tenían poco tiempo para la guerra por las exigencias del comercio, de las cosechas y los ganados en una orografía muy montañosa. Debían pagarse ellos mismos sus armas de hierro y bronce, el tiempo de entrenamiento y el esclavo o ayudante que llevaban, por lo que desarrollaron una disciplina consciente y férrea, compacta, decidida a exterminar al enemigo en el menor tiempo posible porque el equipo pesaba mucho, el tiempo era muy escaso y no rentabilizarlo suponía enormes pérdidas y tal vez la esclavitud o la muerte. En aquel contexto, la falange era la ley del valor actuando en la guerra, como luego lo sería la legión romana. Se ha definido a esta guerra griega como feroz, atroz y breve. Los macedonios la mejoraron al integrar en ella más armas y una superior planificación estratégica lo que aumenta la productividad del «trabajo» militar, desarrollo que Roma elevó al nivel máximo posible en su contexto sociohistórico.

La civilización greco-romana se sustentaba en la guerra, lo que exigía por un lado, explotar a las mujeres como «paridoras de soldados»; por otro lado, un mínimo de producción mercantil y de comercio regular en un océano campesino y de economía de trueque; y por último, una disciplina estratégica. Muy pocos ejércitos y menos aún pueblos en armas que vivían más del trueque entre valores de uso que del comercio entre mercancías, pudieron resistir durante un milenio aquella máquina letal, a no ser que mejoraran su disciplina y recursos económicos, o que dispusieran de grandes retaguardias en las que reorganizarse. En el otro extremo del mundo, China también desarrolló en esa época condiciones socioeconómicas y político-militares con una máquina militar muy efectiva, y no es en modo alguno casual que Mencio (-372/-289) y Aristóteles (-384/-322) descubrieran los primeros fundamentos de la ley del valor tal cual existía en aquel tiempo. Tampoco es casual que los primeros grandes teóricos de la política y de la guerra surgieran en esa época: los escritos de entre -476/-221 atribuidos a Sun Tzu y su escuela posterior, y los de Tucidides (-460/-396), Jenofonte (-431/-354), Polibio (-200/-118) hasta concluir con Vegecio (siglo IV).

La cultura bélica greco-romana y la china desarrollaron complejas máquinas de guerra, pero no pensaron en dar el salto a una proto ciencia. Aunque sí llegaron al nivel de producción en serie de armas y de barcos de guerra, no lo hacían para saltar de la acumulación de riqueza a la acumulación ampliada de capital, sino sólo para ganar las guerras y mantener el sistema socioeconómico. Llegaron a un embrión de industria de la matanza humana cuando en -399 Dionisio el Viejo, rey de Siracusa, contrató a los mejores técnicos y artesanos del entorno para que inventasen nuevas armas, adelantándose más de 2300 años al Proyecto Manhattan para construir la Bomba. Además de otras armas, se inventó la balista, que sería el modelo de las mortíferas ballestas que volveremos a ver más de 1500 años después y que ahora es imprescindible en los portaaviones, pero la planificación no pasó de ahí.

Tampoco lo lograron los árabes pese a sus avances protocientíficos y los bizantinos con su insuperado «fuego griego» que humilla al fósforo y al napalm yanqui. La filosofía greco-romana, en especial en sus formas platónicas y aristotélicas, despreciaba lo que ahora se denomina «trabajo intelectual». Ni los inventos técnico-militares de Arquímedes (-284/-212), ni los de Herón (+10/70) ni el saber alejandrino podían abrir un nuevo modo de producción. Roma ordenó a sus legionarios que apresaran vivo a Arquímedes para esclavizarlo como constructor de máquinas terroríficas, no como inventor de tecnociencia productiva.

En la totalidad de causas que terminan creando el Estado de la minoría explotadora, una fundamental es la de racionalizar en lo posible el irracional e improductivo gasto en recursos represivos y en guerra injusta para que no se conviertan en un lastre mayor de lo que es, que acabe con el acaparamiento de riqueza o la acumulación ampliada de capital, sino que los impulsen durante un tiempo. A lo largo de la historia, miles de millones de personas han sufrido padecimientos de toda índole, desde hambre y enfermedad hasta torturas y muertes atroces que podían haberse reducido drásticamente, si las clases dominantes, si los imperios expoliadores, no hubieran convertido los bienes de producción en bienes de destrucción.

La utopía bíblica de convertir las espadas en arados, facilitando la materialización de los «milagros» del pan y los peces, que devuelve la vista y el andar, que cura la lepra, etcétera, esta utopía de las masas humilladas que refleja la contradicción social que corroe a las religiones del libro, es aniquilada una y otra vez por la propiedad privada que transforma los arados en espadas, que convierte en dinero los peces y el pan, que enceguece, amputa y deteriora la salud al privatizarla… Ante la férrea lógica de la ley del valor, los dioses permanecen mudos, ciegos y sordos, cuando no la bendicen. Por su parte, las clases y pueblos explotados tienen que aplicar su inteligencia creativa a formas de guerra justa, de modo que se cumple lo que dijo Alfonso Sastre: llaman terrorismo a la guerra de los pobres, y guerra al terrorismo de los ricos. Más adelante volveremos sobre este punto crítico.

En el trasfondo de esta dialéctica de unidad y lucha de contrarios en sus formas múltiples de guerras justas e injustas, actúa una doble fuerza: la objetividad de las leyes de la termodinámica y de la finitud de recursos materiales, y el creciente antagonismo entre el valor de uso y la comunidad de bienes, por un lado, y por su lado contrario, el valor de cambio, la ley del valor y la propiedad privada. La explotación, el tributo y el comercio necesitaban burocracia, escritura, contabilidad, geometría, moneda y una inicial mentalidad que interpretase el mundo desde y para el valor de cambio, o parafraseando a Shon-Rethel el proceso entre «abstracción mercancía» y «abstracción intercambio».

La ley del valor, tanto en su esencia cualitativa como en su forma cuantitativa, es la responsable en cuanto expresión de relaciones sociales objetivas cristalizadas subjetivamente, de un fenómeno terrible que mide el grado de deshumanización: el fetichismo de la mercancía en su concreción como fetichismo de las armas. Los hombres de las castas y clases propietarias mostraban su poder acaparando bienes y riquezas en un mundo de pobreza, y también acaparando armas mortíferas en un mundo en el que el pueblo explotado no tenía armas, o eran pocas y obsoletas. El fetichismo de las armas es la quintaesencia de la contradicción del fetichismo de la mercancía porque las armas de la minoría explotadora facilitan la destrucción de los valores de uso en su conversión en valores de cambio. En manos de las clases y naciones oprimidas es un valor de uso que conquista la libertad.

Antiguamente los hombres de las clases propietarias se llevaban sus armas a la tumba para emplearlas en el «otro mundo», y para que las clases explotadas siguieran dóciles y atemorizadas también en aquella irrealidad fantasiosa. En los panteones, iglesias y catedrales europeas, las tumbas de nobles y reyes hacen ostentación de poderosas espadas mágicas y fálicas, identificándose con la más fiera de las imágenes de dios: el dios de la guerra, de la venganza y la ley de la propiedad privada. Con el aumento de la productividad del trabajo y la victoria de la ley de la acumulación ampliada del capital, la parafernalia de la ostentación del poder no ha cambiado: reyes, dictadores, presidentes, autoridades y demás fauna aparecen rodeados de serviles militares y curas, al modo de las antiguas liturgias sumerias y egipcias, persas, romanas y medievales. El fetichismo de las armas siempre está a la orden del fetichismo de la mercancía. Dicho más crudamente, el fetichismo de las armas es la expresión más inhumana en la que se muestra públicamente el fascismo.

Militarizacion, producción capitalista y lucha de clases

«No cabe duda de que nuestra teoría de la determinación de la organización del trabajo mediante la producción no puede encontrar mejor refrendo del que ofrece la industria de la matanza de hombres. Realmente merecería la pena que tú escribieras algo acerca de este tema –a mí me faltan los conocimientos necesarios-, algo que yo pudiese incorporar a mi libro como apéndice y que apareciera con tu nombre. Piensa en ello. Si te decides, ha de ser para el primer volumen, en el que toco expresamente este tema. ¡No puedes imaginarte lo que me alegraría que tu nombre figurara en mi obra fundamental (lo que he hecho hasta ahora no son más que pequeñeces) como colaborador y no sólo en las citas!»

K. Marx: «Carta a Engels, 7 de julio de 1866», Cartas sobre El Capital, Ediciones Bolsillo, Barcelona 1974, p. 119.

¿Cómo se ha llegado a que la industria de la matanza de hombres sea el mejor refrendo de la organización de la explotación asalariada, de la organización fabril? La ley del valor exige entre otras cosas que se reduzca al mínimo posible la pérdida de tiempo, los tiempos muertos entre gesto y gesto, entre traslado de un lugar a otro de la empresa, en el traslado a los servicios, etc. Para racionalizar el uso del tiempo aumentando su productividad, la ofimática por ejemplo cambia los despachos, las máquinas, anula los espacios largos excepto lo exigido por la reglamentación sanitaria existente en ese momento, o la incumple con descaro. Lo hace porque el tiempo es oro y porque la clase trabajadora debe ser explotada intensa y extensamente; pero también porque el control del espacio y del tiempo en la empresa dificulta mucho o impide totalmente que la clase obrera hable entre ella escapando de la vigilancia empresarial, prepare resistencias, organice sabotajes no detectables a la producción, etc., desde el interior de la empresa para no tener que depender de reuniones externas realizadas en horas de descanso, de sindicatos amarillos y de partidos reformistas, etc.

La pregunta que hemos hecho es incluso más importante ahora que hace un siglo y medio cuando el epistolario entre Marx y Engels, porque ahora las conexiones a tiempo real en la cadena mundial de valor reducen al mínimo posible el desperdicio del tiempo, la integración de sistemas permite a la patronal controlar la producción, el almacenaje y la distribución en tiempo real, etc., y sobre todo vigilar el descontento obrero para adelantarse a sus estallidos. Las llamadas deslocalizaciones, que siempre han existido, el teletrabajo que se está expandiendo a raíz de la pandemia, y la desregulación y precarización extrema de la explotación social, estas y otras «mejoras» en la explotación social. Sin embargo, como decimos, ahora tiene aún más importancia la respuesta a la interrogante que la que ya tenía en 1866.

Significativamente, el secreto de la respuesta lo encontramos en el papel de la ley del valor dentro de la concepción materialista de la historia, o extraído también del epistolario entre Marx y Engels: el vocablo salario procede del pedazo de sal que era una de «moneda» con la que se retribuía a las legiones romanas, del mismo modo que el vocablo trabajo proviene de un instrumento de tortura para esclavos, etc. Pero la importancia de la remuneración mediante la sal, un bien muy valorado, nos remite sobre todo al rigor romano en el control del espacio y del tiempo mediante una planificación estratégica impresionante para garantizar la sal suficiente para pagar a tantos soldados. Pero esta es la parte más llamativa de la respuesta a la pregunta porque su núcleo no es otro que planificación de los cuarteles romanos había logrado una simplicidad y a la vez una a complejidad tales que lograba con esa unidad aparentemente imposible al menos cinco características integradas después por las empresas capitalistas.

Una, el ahorro máximo de tiempo y la reducción máxima de espacio no sólo para facilitar la vida interna del cuartel, los actos sacrificiales, los entrenamientos y la sanidad, etc. Los cuarteles estaban diseñados de tal forma que en poco tiempo estaban realizadas las calles, los asentamientos, las cuadras, las cocinas, el hospital, los arsenales… y en el centro, adelantándose más de dos milenios al panóptico, el puesto de mando. Incluso de noche y bajo temporal, cualquier soldado sabía dónde estaba, por dónde tenía que ir y qué debía hacer. Podía haber confusiones, pero mínimas, y la rapidez y prontitud eran la constante.

Dos, esta es la segunda característica: reaccionar con rapidez extrema a un ataque exterior sorpresivo, haciendo fracasar, o movilizar en muy poco tiempo un cuerpo expedicionario al exterior por cualquier razón urgente no prevista, es una expresión cruda de uno de los efectos de la ley del valor y que, en el capitalismo del siglo XXI, significa la producción en tiempo real, a pedido inmediato.

Tres, los cuarteles estaban diseñados para que las tropas no pudieran andar libremente de un lado a otro, sino que cada unidad tenía su lugar exclusivo, porque se buscaba impedir que pudieran relacionarse entre ellos al margen de los mandos, controlando así el malestar que pudiera surgir y los motines. Como en cualquier taller o fábrica, la patronal, el mando, vigila atentamente la fuerza de trabajo para que no resista.

Cuatro, los cuarteles podían ser montados en cuestión de horas y en plena noche, con un poco de iluminación por antorchas y hogueras, y podían ser desmontado también en poco tiempo para iniciar la marcha. Ahora, el capitalismo ha logrado montar en poco tiempo y en cualquier parte del mundo, oficinas, sucursales, talleres y empresas, desmontándolas cuando ya no son necesarias o rentables, desmantelarlas en horas y llevarlas a otros lugares donde la explotación es más rentable.

Y cinco, este desplazamiento de los cuarteles de un lugar a otro se realizaba mediante las famosas vías romanas que permitían rápidos movimientos para las condiciones de la época, y además esas vías estaban ideadas en forma de red de modo que los nudos centrales, los grandes cuarteles, hacían de puntos estratégicos que sostenían la agilidad de la red de dominación. Ahora, la red mundial del valor tiene puntos nodales fijos, los grandes Estados-cuna, que guardan la tecnología punta que nunca se transfiere del todo a las empresas «móviles», como los cuarteles romanos en las fronteras o dentro de los territorios insubordinados. Ahora hay empresas capitalistas extranjeras en países inseguros para el imperialismo, pero ninguna de ellas tiene independencia productiva total, dependiendo de la tecnología guardada en las centrales. Un cuartel romano podía ser destruido, pero la red de expoliación y saqueo apenas se resentía porque las grandes reservas centrales eran inaccesibles; ahora, un conflicto en cualquier país inseguro puede obligar a desmontar empresas y sacar capitales, pero la dominación del capital imperialista no se resentirá mucho. Los cuarteles centrales y los Estados-cuna procedían a lanzar feroces, atroces y breves contraataques de exterminio hasta reinstalarse de nuevo.

La disciplina greco-romana y su concepción de guerra atroz, feroz y breve permitió sobrevivir mal que bien al decadente imperio romano de Occidente frente a una tremenda superioridad numérica de los mal llamados «pueblos bárbaros», y luego mantuvo la agonía del imperio en Oriente, en Bizancio, casi mil años más. En su forma político-religiosa esa disciplina pasó a la Iglesia gracias a Pablo y a Agustín, y luego en su forma religioso-militar a los órdenes cristiano-militares, cuyo epítome era la Orden del Temple. En los «siglos oscuros» del medievo, las condiciones determinaban que las guerras entre las clases dominantes, en las que los obispos también tenían ejércitos, y las represiones de las revueltas campesinas fueran igualmente breves, pero la pobreza permitía a la Iglesia aumentar sus ganancias como primera potencia económica mediante los beneficios de administrar la «paz de dios» y la venta de fetiches, entre los que destacaban los militares, como la lanza de Longinos, la que se dice que remató a un tal Cristo. Aun así, Sean McGlynn nos detalla las matanzas atroces de la guerra medieval, una ferocidad, añadimos nosotros, desconocida fuera de Occidente.

Desde el siglo XIV y sobre todo desde el siglo XVII se produjeron en Europa dos cambios importantes: uno, los militares de las clases dominantes empezaron a estudiar a Vegecio y sobre todo a Polivio, extendiéndose al resto de historiadores y estrategas. Maquiavelo (1469/1527) fue uno de los principales estudiosos y divulgadores de los Antiguos; dos, en 1495 Leonardo da Vinci había diseñado un autómata al estilo de los inventos de Herón de Alejandría, y poco más tarde, desde el siglo XVII el pensamiento burgués ya estaba basado en el paradigma mecanicista en el que, además de las máquinas movidas aun por la fuerza animal, el viento y el agua, también empezó a tener un peso decisivo la inversión privada y estatal en la investigación científico-militar, en los metales y los cañones, la química de la pólvora, la balística y la trigonometría, la longitud y latitud de la tierra, la relojería y la medición del tiempo, la construcción militar y la planificación del espacio, la medicina y un largo etcétera. La triada «experiencia, ciencia y espionaje» era subvencionada por los Estados sobre todo en las costosas exploraciones navales.

Así se extendía, la idea de tratar a las clases trabajadoras como si fueran autómatas, seres mecánicos sin conciencia, obedientes, que solo necesitaban comer un poco: se habían sentado las bases para la imposición coercitiva y por hambre de la disciplina militar autoritaria y mecánica, que tiene más miedo a su propio mando que al enemigo, y la disciplina laboral atada por el terror al desempleo y la incertidumbre de la precariedad asalariada. La fábrica y la disciplina fabril organizadas como un campamento militar puesto a las órdenes de la ley del valor. Colbert (1619-1683) llevó la disciplina laboral que ya se aplicaba en las fábricas reales a niveles más altos, dentro de un proteccionismo mercantilista que más tarde facilitó el auge de la burguesía. Este fue y es uno de los secretos de la expansión capitalista.

Se debate mucho sobre el por qué China no dio el salto al capitalismo pese a reunir todas las condiciones. En su estudio sobre guerras y civilizaciones, Gerard Chaliand analiza la «ambigua estrategia» político-militar de la dinastía Ming (1368-1644) justo cuando en Europa nacía balbuceante y crecía el capitalismo, dándonos un dato esclarecedor: la débil disciplina de la infantería, es decir, que China no había podido crear ya para entonces una base socioeconómica que exigiera una disciplina social y militar como ya empezaba a existir en Europa desde al menos el siglo XVI. Es llamativo el caso mongol, que creó el mayor imperio terrestre, con un ejército brillante en el manejo de la ley de la productividad y del control del tiempo, con una capacidad tremenda para mover miles de jinetes con tres o cuatro caballos cada uno, avanzando rápidamente en grupos separados por decenas de kilómetros que confluían en un instante sobre el enemigo aniquilándolo si no se rendía, y si lo hacía quedaba obligado a pagar tributo y a obedecer en todo. Los mongoles eran desde el siglo XIII el paradigma de la rentabilidad del «trabajo» militar, pero su imperio se esfumó en el aire porque no crearon una estructura socio productiva centrada de algún modo en la mercantilización de las ingentes riquezas que acapararon, despilfarrándolas.

De la misma forma que la guerra relámpago alemana de la Segunda Guerra Mundial tenía muchos precedentes históricos que respondían a la necesidad de rentabilizar el tiempo, la exigencia ciega de acelerar lo más posible el ciclo completo de la realización del beneficio capitalista responde, salvando todas las distancias, a la exigencia objetiva que se deriva de las leyes de la termodinámica y de la dialéctica de la naturaleza, aunque se muevan en niveles de la realidad que aparentemente no tienen nada que ver con el modo de producción capitalista. Un ejército parado o lento frente a su contrario que se mueve con rapidez, roza la derrota; una mercancía parada en el almacén mientras otra de la competencia circula con rapidez por los mercados, supone una pérdida. Una tropa indisciplinada se amotina o entra en pánico; una clase obrera indisciplinada se subleva o trabaja a desgana. El capital que no actúa con las «virtudes» de la guerra griega –feroz, atroz y breve– es rápidamente derrotado por otros capitales.

En el mismo año de 1866 en el que, como hemos visto, Marx le pedía ayuda teórica a Engels precisamente sobre la identidad de fondo entre la industria de la matanza de hombres y la industria de la producción de plusvalía, éste segundo, Engels, adelantaba tres razones por las que el ejército prusiano derrotaría al austríaco: unidad de mando, mejor logística e intendencia, y mejor artillería: cualquier empresario avispado sabe que, traducido a su negocio, estas tres ventajas prusianas son imprescindibles para sobrevivir en la «guerra del mercado». Pero lo más significativo de las reflexiones entre ambos amigos sobre la inserción de lo bélico en el capital radica en que a la vez desarrollaban la teoría de la máquina dentro de la ley del valor y, por tanto, de la lucha de clases. Eran estudios que les exigían estar al tanto de los avances en la teoría del calor, de los fluidos, de los cristales, de la dialéctica entre «campo» y «sustancia», etc., de la termodinámica, en suma.

La teoría de la máquina de Marx no es en modo alguno tecnicista, de determinismo tecnológico, como se ha falsificado deliberadamente. Por el contrario, es una teoría inserta en otra más abarcadora, la de la explotación de la fuerza de trabajo, la de la plusvalía, la de la lucha de clases… La máquina en un medio de producción dentro de las fuerzas productivas, pero no el fundamental, sino que es el proletariado y sobre todo en sus momentos de conciencia-para-sí, la fundamental y decisiva fuerza productiva. Hay que partir de aquí para seguir luego el enriquecimiento de su teoría de la máquina que, en su tiempo, se sostenía sobre los motores térmicos, mientras que los motores simples lo habían sido de Galileo. Las leyes de valor en su forma cualitativa y cuantitativa, y de la guerra estaban en aquél entonces enmarcados en ese paradigma y en su contexto objetivo, que ha sido confirmado y enriquecido desde la década de 1930 por la teoría computacional de la máquina de Turing. No podemos desarrollar aquí las implicaciones de este avance en la teoría de la máquina computacional en las luchas de las clases y pueblos explotados, y en la práctica de la guerra.

Militarización y ley tendencial de caída de la tasa de ganancia

«Las necesidades históricas que conlleva la competencia mundial intensificada para la conquista de condiciones de acumulación, se transforman así, para el capital mismo, en un magnífico campo de acumulación. Cuanto más enérgicamente emplee el capital al militarismo para asimilarse los medios de producción y trabajadores de países y sociedades no capitalistas, por la política internacional y colonial, tanto más enérgicamente trabajará el militarismo en el interior de los países capitalistas para ir privando, sucesivamente, de su poder de compra a las clases no capitalistas de estos países, es decir, a los sostenedores de la producción simple de mercancías, así como a la clase obrera, para rebajar el nivel de vida de la última y aumentar en grandes proporciones, a costa de ambos, la acumulación del capital. Sólo que, en ambos aspectos, al llegar a una cierta altura, las condiciones de la acumulación se transforman para el capital en condiciones de su ruina.»

Rosa Luxembug: La acumulación del capital, Edic. Internacionals Sedov, París p. 232.

La publicación del libro La acumulación del capital fue retrasada deliberadamente por el partido socialdemócrata alemán en 1912 porque contradecía su electoralismo pacifista, pero sobre todo porque atacaba el imparable militarismo alemán y la contaminación ideológica imperialista que ese rearme conllevaba, como se demostraría en 1914. No era cuestión de enfrentarse a una de las mayores fuerzas de la burguesía alemana, la formada por la alianza entre la casta político-militar junkers y la poderosa industria armamentística y del acero. Desde finales de 1918 esta alianza criminal, contando con el apoyo decidido de la socialdemocracia, asesinó a miles de trabajadores y trabajadoras, a cientos de militantes spartakistas, entre ellos a Rosa Luxemburg y Karl Liebeknecht.

Pero Rosa la Roja no había hecho sino aportar su valiosa interpretación de la crítica de Marx y Engels al capitalismo, ampliándola al papel de la militarización en la fase imperialista recién iniciada. La síntesis de la crítica marxista a la industria de la matanza humana se encuentra en muchos textos mal llamados «menores», «políticos», etc., por ejemplo, en la Ideología Alemana en donde se afirma que en determinado momento de su desarrollo las fuerzas productivas devienen fuerzas destructivas, o en los varios textos en los que avisan ambos amigos que una de las salidas burguesas de sus crisis no es otra que la destrucción de fuerzas productivas, cierres de empresas, etc., o en la destrucción mutua de las clases en conflicto…, advertencias todas ellas, y a las que deberemos volver, que nos remiten siempre al papel de las violencias dentro de las contradicciones burguesas.

Pero en el llamado impropiamente «nivel teórico» la síntesis de la crítica aparece en El Capital y de manera más incisiva en los capítulos dedicados a la ley general de la acumulación, a la acumulación originaria de capital y a la ley tendencial de la caída de la tasa media de ganancia; y dentro de este último a las páginas dedicadas a las medidas impuestas por la burguesía para contrarrestar esa tendencia y para revertirla. Son seis las medidas que cita Marx, pero advierte que son las «principales» asumiendo así que entonces había otras que no lo eran, al menos para lo que él quería decirnos en ese contexto, pero las que expone son estas: 1) Elevación del grado de explotación del trabajo. 2) Reducción del salario por debajo de su valor. 3) Abaratamiento de los elementos del capital constante. 4) La sobrepoblación relativa. 5) El comercio exterior. 6) El aumento del capital accionario.

En mayor o menor grado, las seis exigen de la intervención de las violencias del Estado para imponerlas. La 1, 2 y 4 tratan directamente sobre cómo la burguesía empeora las condiciones de vida y trabajo, reduce los derechos sociales y democráticos conquistados y aumenta de facto el desempleo, que es un arma de terror paralizante. El Estado ha de reprimir las protestas y resistencias proletarias contra esa agresión, y en caso extremo recurrirá al ejército. La 3 y 5 implican entre otras cosas exprimir a las naciones expoliadas para abaratar las materias primas a fin de reducir los costos de las máquinas, infraestructuras e instalaciones, incluidos alimentos y el «robo de cerebros» de los países empobrecidos para que sean explotados en el centro imperialista, como Roma intentó hacer con Arquímedes e hizo con muchos sabios y artesanos griegos: sin chantajes, amenazas o sin ataques militares, el imperialismo tendría demasiadas dificultades. Y la 6, que Marx apenas analiza, tiene una conexión estructural con la militarización, que en su tiempo era el boom de los ferrocarriles y luego se ha ampliado a todas las redes de transportes y comunicaciones vitales para la logística militar.

Cada crisis del capitalismo muestra la actualidad de estas palabras. Antes de la primera Gran Depresión de 1873 una de las formas del militarismo colonialista era la conocida «diplomacia de las cañoneras» porque aún no se había desarrollado la atrocidad imperialista, aunque esa Depresión aceleró su desarrollo. En 1894, Engels certificó el enorme poder alcanzado por la Bolsa desde que se escribiera El Capital. La Bolsa era ya una de las oficinas siniestras que más impulsaba la militarización: los Estados necesitaban préstamos para rearmarse y la Bolsa se los daba reforzando las cadenas de oro de la deuda. Fueron estas cadenas las detonantes de las caídas de grandes imperios como el chino, el otomano, el zarista…, con efectos cualitativos sobre la historia humana. A comienzos del siglo XX la forma imperialista es dominante como se aprecia en las guerras de 1898 a tres bandas entre Estados Unidos, el reino de España y los pueblos de Cuba y Filipinas, resultando victorioso el expansionismo yanqui, lo que hizo que al poco tiempo ya no se hablase de la «diplomacia de las cañoneras» sino de la «diplomacia del gran garrote» en referencia a la muy superior letalidad de las armas imperialistas.

Obviamente, el desarrollo de la industria de la matanza humana no podía por menos que reflejarse en los debates sobre el imperialismo que justo comenzaron en ese período, tal como lo señalan en 1912 Rosa Luxemburg y en 1914 Lenin, entre otros. La quíntuple caracterización del imperialismo que hace Lenin nos remite directa o indirectamente al papel de los ejércitos imperialistas como garantes de los intereses de grandes corporaciones que se reparten un mundo finito por lo que, para 1914, habían terminado ya ese reparto, según sostiene en el cuarto y quinto punto: a partir de ahí, las guerras interimperialistas serán dentelladas brutales entre las grandes burguesías para robarse unas a otras los pueblos que ellas han dominado previamente. Además de la Primera Guerra Mundial, que confirma la teoría del imperialismo, nos interesa citar muy rápidamente otras dos guerras que rompieron los esquemas eurocéntricos: la revolución mexicana de 1910-1917 y la sucesión de guerras múltiples que se libraron en China desde 1913 hasta 1949. Nada de esto es comprensible sin entender el papel del militarismo en la acumulación del capital, como demostró Rosa en 1912 desarrollando las ideas de Marx y Engels.

La intensa militarización del mundo iniciada poco después de la segunda Gran Depresión de 1929 elevará todas las contradicciones capitalistas hasta hacerlas estallar entre 1931, año de invasión de Manchuria por Japón y 1945 año en el que en el que el Ejército Rojo libera gran parte de la Europa ocupada por el nazi fascismo y en el que Estados Unidos asesina a decenas de miles de personas con dos bombas nucleares lanzadas contra Japón. Se inicia entonces una nueva fase en el papel de la guerra en la acumulación del capital.

La bomba fue desarrollada por Estados Unidos aun sabiendo ya en la mitad de la Segunda Guerra Mundial que Alemania no podía crearla por falta de recursos. Las resistencias en contra de un amplio grupo de científicos y técnicos fueron desoídas, y se lanzaron dos sobre Japón con la excusa de forzarle a rendirse para evitar centenares de miles de muertes durante la invasión, tal como aseveraba el Pentágono que sucedería. Pero investigaciones recientes sostienen que Japón, agotado sobre todo por la «guerra total» defensiva china, no se rindió por la Bomba, sino por el miedo de su burguesía y de la Casa Imperial a que el Ejército Rojo, que avanzaba como un relámpago por Manchuria, entrara en Tokio antes que los norteamericanos, lo que sería una catástrofe para el capitalismo nipón y de rebote para el imperialismo yanqui, que llevaba años pensando cómo engullir la Isla y apropiarse de sus recursos.

El bombardeo nuclear de Japón también era una muy seria advertencia a la URSS. Gran Bretaña presionaba para que, tras rendirse Alemania, los aliados organizaran un ataque a la URSS integrando en su ejército unidades alemanas. Era tan descabellado el plan que se rechazó, pero al poco tiempo sí se iniciaron planes para bombardear nuclearmente las cien ciudades soviéticas más importantes. A finales de 1952, Estados Unidos hizo explotar la bomba de hidrógeno, diseñada gracias a los avances de la computación realizados por von Neumann, un científico fanáticamente anticomunista que desarrollo la máquina de Turing con el objetivo de multiplicar la letalidad del bombardeo nuclear de la URSS.

En ese contexto, Eisenhower, presidente de Estados Unidos entre 1953 y 1961, habló del «complejo militar-industrial» para referirse sin citarlo al núcleo del poder: la poderosa unidad de clase entre el Pentágono y los servicios secretos, las empresas armamentistas, el capital financiero y la casta política, núcleo apoyado por una cuadra de pesebreros periodistas e intelectuales. Se trataba del keynesianismo militar, algo mucho más destructor y peligroso que el simple «complejo» reducido a una entidad tecnicista sin contenido burgués y aparentemente neutral. De este modo se ocultaba al público la lógica imperialista del «complejo» y se reforzaba la falsa imagen democrática de stados Unidos. Por el contrario, como hemos visto, un siglo antes Marx y Engels no dudaban en ir al corazón del problema: la industria de la matanza de hombres es parte del proceso de explotación fabril que a su vez es el secreto de la plusvalía. La ley del valor también se sustenta en la destrucción de fuerzas productivas, sobre todo de la fundamental: el proletariado. Esta dialéctica entre producción y destrucción es inconcebible para la lógica formal.

Para recuperar la ganancia en plena crisis hay cerrar fábricas, aumentar el desempleo, acabar con los servicios públicos y sociales para llevar ese «capital liberado» a los bolsillos burgueses, encarcelar a las izquierdas y restringir derechos; hay que hundir los pequeños negocios obsoletos y privatizar todo lo privatizable. También hay que acogotar y «ablandar» a los pueblos y Estados para que entreguen sus recursos sin protesta, para que se dejen saquear en beneficio del centro imperialista. Todo ello exige hordas de policías, jueces, torturadores, ejércitos, científicos, economistas, intelectuales y armas en cantidad suficiente como para que sus amenazas sean efectivas y el pueblo rebelde no ofrezca resistencia, pero sobre todo para que lo golpeen rápida y brutalmente, invadiéndolo, ocupándolo, poniendo colaboracionistas que agilicen el latrocinio. Las fuerzas productivas se convierten en destructivas para que, sobre cadáveres y ruinas, se inicie otra carrera hacia la siguiente crisis.

Militarización y propiedad comunista de la vida, el cielo y el sol

«Se trata de saber a quién pertenecerán las casas, los palacios, las ciudades, el sol, el cielo: si pertenecerán a las gentes del trabajo, a los obreros, a los campesinos, los pobres, o a la burguesía y los terratenientes, los cuales han intentado de nuevo, dominando el Volga y el Ural, dominar al pueblo obrero.»

L. Trotsky: «La significación de la toma de Kazán en el curso de la guerra civil», Escritos militares, Ruedo Ibérico, París 1976, tomo 1, p. 253.

Trotsky hizo esta arenga a las tropas del Ejército Rojo poco antes de una de las batallas decisivas que aseguró la victoria de la revolución bolchevique. Si nos abstraemos del espacio-tiempo, vemos que su arenga sirve prácticamente para cualquier guerra defensiva, para cualquier defensa violenta de las clases y pueblos atacados. Podemos imaginarnos incluso, a pesar de la muy escasa información disponible, que la indómita tribu qutu de Mesopotamia, «un pueblo que no toleraba control alguno» como indica F. Lara Peinado, se identificaba con esas palabras. Una arenga tanto más valiosa cuanto más se complejizan las relaciones socioeconómicas, políticas y militares.

Por ejemplo, «la gran conflagración de 1200 a.C.» que afectó a pueblos y Estados de una amplia zona, algunos de los cuales recurrieron a presiones económicas como los hititas con su bloqueo comercial total contra los asirios, ordenando al rey de Amurru, Sausgamuwa, lo siguiente: «Que tus mercaderes no vayan a Asiria y no admitas a sus mercaderes en tu país. Que ni siquiera transiten. Si alguno va, a pesar de todo, debes detenerlo y enviármelo». Siempre en palabras de Carlos Moreu en su estudio sobre la guerra de Troya. Si avanzamos 2700 años y nos trasladamos al actual México, topamos con la tenaz resistencia zapoteca a la aplastante presión azteca entre finales del siglo XV y comienzos del XVI. Impresionado, V. W. von Hagen, los definió así: «los zapotecas formaban una tribu india muy orgullosa y arisca. Los habían conquistado dos veces y dos veces se habían revelado, matando a los gobernantes aztecas».

Dejando de lado las armas paleolíticas del pueblo qutu y zapoteca y las de bronce ya empleadas en la «gran conflagración» del siglo –XIII, las razones de fondo que impulsaban a las guerras justas e injustas eran las mismas, como también lo eran las feroces resistencias de los pueblos de África ante las invasiones europeas en el siglo XIX. La máquina de vapor, la sanidad y las armas de precisión permitieron a «soldados, comerciantes y misioneros» arrasarlo todo como una plaga bíblica, lo que «provocó fuertes estallidos de guerra y violencia, así como migraciones de trabajadores forzados, y los indígenas se vieron expuestos a enfermedades a las que no eran inmunes, de modo que su número disminuyó tal vez en una cuarta parte» tal y como explican J. R. McNeill y William H. McNeill. Para estos pueblos el sol se oscureció y el cielo se cubrió de sangre y muerte.

Anthony Pagden ha seguido la estela de horror dejada por la civilizadora y criminal Columna de Pioneros de Rhodes que partió de El Cabo en 1890, se apropió de rebaños y tierras con matanzas, fundó Rhodesia del Sur aplastando sin compasión las sublevaciones del ndebele en 1893-1894 y la de ndebele y los shonas en 1896-1897. Fue en la primera de estas masacres, también denominada como de Matabèle, cuando el imperialismo británico utilizó por primera vez la ametralladora Maxim de 7,7 mm: 50 soldados de la Rhodesian Charter Company derrotaron con 4 ametralladoras Maxim a 5.000 guerreros nativos, según William Reid. En 1898 las armas británicas aniquilaban en Omdurmán, empleando el mismo «modo griego» –feroz, atroz y breve– que, en Rhodesia, a los pueblos sudaneses dirigidos por el Mahdi. La industria de la matanza de hombres rendía así inmediatos beneficios a los asesinos de Londres, pero a medio y largo plazo fue un desencadenante del hundimiento del imperio.

B. Alden Cox define como «terrible terror inglés» al colonialismo británico, pero de igual modo debemos calificar las ordalías de sangre desde los asirios y definitivamente desde las falanges, legiones, cruzadas, esclavitud, horror español en Potosí, aniquilación de las naciones indias con plagas, alcohol y hambre, el español Weyler en Cuba, torturas en Argelia, Plan Cóndor, Departamento de Estado, napalm contra Vietnam, torturas en Abu Ghraib, hambruna en Irak, destrucción de Libia, Guantánamo y los vuelos secretos, etc., hasta terminar, por ahora, en el Premio Nobel de la «paz» a Obama, las «excentricidades» de Trump y el bombardeo de Siria y el estrujamiento a Venezuela por el estrenado Biden, alias «el demócrata». Esta listita tan reducida de crímenes de la civilización burguesa hubiera sido imposible sin los Estados y ejércitos, sin la militarización.

Pero la ley de la contradicción también pudre la aparente invencibilidad imperialista. Desde el origen de la propiedad, la historia humana es la historia de la lucha de clases en la que, como estamos viendo, la irracionalidad de las minorías opresoras hace que las fuerzas productivas devengan en fuerzas destructivas, pudiendo llegar el momento en el que esa lucha de clases no concluya con la victoria de una de ellas sobre la otra, sino en el exterminio mutuo de ambas. La clase dominante es como un brujo que no puede dominar las fuerzas infernales que ha desatado con los conjuros de su codicia, como se nos advertía en el Manifiesto del Partido Comunista. Solo la clase explotada puede vencer al monstruo.

La dialéctica entre la irracionalidad de la ley del valor y sus violencias injustas, y la racionalidad de la lucha popular y su justa violencia, es la que, en último acto, determina que se imponga una de esas tres posibilidades. Muchas civilizaciones han desaparecido porque se ha impuesto la tercera salida, el exterminio mutuo, por múltiples causas parciales que nos remiten a la dialéctica citada. La humanidad oprimida ha desarrollado impresionantes capacidades creativas de autodefensa vencer a la enorme superioridad cuantitativa y cualitativa de la violencia injusta.

Una de ellas es aprender en poco tiempo las tácticas militares de los opresores y superarlas con otras cualitativamente mejores para su situación concreta. Cuando hace 4.000 o 5.000 años los pueblos no podían resistir a los carros de combate de los grandes Estados e imperios, luchaban donde éstos no pudieran desplegarse y frente a sus costosos arcos compuestos, maravilla de la técnica, utilizaban hondas, armas simples y muy efectivas para matar depredadores. Cuando no podían con la cantidad recurrían a la táctica de «pega y escapa», cegaban y envenenaban pozos, pudrían la comida, emponzoñaban sus armas y sobre todo aplicaban su propia ética de uso de la violencia defensiva.

Otro método era, además de aprender las tácticas del invasor, el uso de sus armas y hasta su fabricación: un ejemplo lo tenemos en la rapidez con la que los aztecas aprendieron a montar a caballo en la defensa de Tenochtitlan y de otros territorios, teniendo en cuenta el pavor que sintieron las primeras veces que vieron a españoles sobre caballo. Las naciones indias desde México para el norte, aprendieron pronto a usar fusiles comprados a los comerciantes de armas y a usarlos según tácticas que ellas mismas inventaron, matando muchos invasores hasta que estos introdujeron el revólver y otras armas de repetición. Lo mismo hizo la nación mapuche en el sur de América resistiendo a los incas y españoles, hasta que el ejército chileno introdujo, entre otras innovaciones, los carros con llantas de hierro de buena calidad. En el Pacífico, los maoríes también integraron los fusiles en sus tácticas militares. Al final del siglo XIX, Senegal resistió a los europeos con flechas envenenadas y fusiles daneses comprados a los traficantes de armas. La guerrilla malgache resistió quince años con estos métodos al ocupante francés que exterminó a centenares de miles de habitantes.

El siglo XX y lo que va del XXI confirma lo aquí visto. La ley del desarrollo desigual y combinado enseña que los pueblos más «atrasados» aprenden de los más «avanzados» sobre todo en el arte de la guerra, porque, como hemos dicho al principio, ésta se mueve dentro de la dialéctica objetiva de la naturaleza, plasmándose en la dialéctica de la sociedad y del conocimiento. Bastantes de las tácticas básicas de la guerra ya fueron desarrolladas empíricamente en el reino animal, sobre todo en la pugna entre herbívoros y carnívoros: una dialéctica objetiva de la naturaleza en la que a medio y largo plazo se impone el ahorro de energía, la unidad de contrarios entre defensa y ataque, la ley de la ruptura del orden defensivo, camuflaje e intimidación, sorpresa, métodos de agotamiento, cerco y envolvimiento… Los depredadores observan hasta descubrir la víctima que menos resistencia puede ofrecer, y la destrozan. La especie humana fue añadiendo tres desastres cualitativos: armas y máquinas de destrucción; propiedad privada y mercancía; y planificación estratégica, económica y sociopolítica. China, Roma, Gengis Khan… mandaban «comerciantes» y «viajeros» –espías expertos– que estudiaban las debilidades y las fuerzas de los Estados, propagaban rumores y sobornaban traidores.

Las llamadas «guerras irregulares», guerrillas de pueblos oprimidos y también autodefensa obrera y popular urbana y fabril, así como el arte de la insurrección y sus relaciones con la guerrilla urbana y la guerra campesina, son desarrollos creativos y adaptativos que la inteligencia oprimida hace de las tácticas y métodos básicos derivados de la objetividad de las contradicciones naturales y sociales. Del mismo modo, pero por el extremo antagónico, la contrainsurgencia, las guerras híbridas y de cuarta generación, las convencionales, etc., son los desarrollos que el Estado, centralizador estratégico de las violencias opresoras, actualiza mediante especialistas y aplica con sus fuerzas de represión física, psicológica y ético-religiosa.

Las clases dominantes han respondido negando el derecho a armarse a las clases y naciones oprimidas. En la Antigüedad llevar un arma era signo de libertad. Los persas prohibían a los pueblos rebeldes que enseñaran el uso de las armas a su juventud. Roma cortaba las manos de los jóvenes de muchos pueblos vencidos para que no pudieran combatir por su libertad. Pero la prohibición más cruel e inmoral fue la del II Concilio de Letrán en 1139 excomulgando a los campesinos y artesanos que utilizasen la ballesta, otra «arma democrática» y mortífera contra la nobleza, pero permitiendo a esta que la usase en la represión de las revueltas populares y en las cruzadas contra el islam. La ballesta, creada en su modelo inicial en -399 como hemos visto, podía ser construida entre un carpintero y un herrero campesinos, ejecutaba a un caballero acorazado sin exponer apenas al tirador y podía ser utilizada por gente sin formación militar y por las mujeres, lo que le convertía en diabólica.

Robert Muchembled ha escrito «una historia de la violencia» en Occidente sobre todo desde el siglo XIII, poco después del II Concilio de Letrán; cuando llega a las violencias sociales desatadas desde el siglo XVI con las guerras de la burguesía en ascenso, no tiene más remedio que reconocer el esfuerzo de los Estados para controlar la agresividad y las violencias de sus súbditos rentabilizándolas en los ejércitos que creaba. Pero quedan pendientes las coerciones que la burguesía imponía cada vez más para desarmar material, psicológica y moralmente a las clases trabajadoras y a los pueblos que expoliaba. La prohibición mediante diversas violencias del derecho a la autodefensa, en concreto del derecho a la revolución, se intensificó en la mitad del siglo XIX y sobre todo después de la Comuna de París de 1871. Tomás de Aquino, los primeros filósofos de la burguesía revolucionaria y el Preámbulo de la Declaración Universal de la ONU, por citar unos pocos defensores, reconocen el derecho a la rebelión con grandes diferencias entre ellos, pero le ponen tantas condicionantes que lo reducen prácticamente a papel mojado.

El imperialismo está haciendo esfuerzos titánicos que expropiar este derecho común privatizándoselo para ella y para su industria de la matanza de seres humanos. El ejemplo de la ballesta, que podemos extender a las presiones del poder contra el uso del arco, es muy valioso porque ahora mismo existen otras tecnologías de armas defensivas que, por su baratura y relativa simplicidad, tienen el mismo potencial: misiles y cohetes, drones, minas, armas ligeras, sistemas de comunicación, etc. Pero su efectividad defensiva se multiplica cuando son empleadas según estrategias y tácticas «irregulares», que escapan a la lógica del opresor y, como se ha hecho desde antiguo, permiten al pueblo llevar la ofensiva en el terreno y en el momento que él ha escogido: por lo general, quien pega primero pega dos veces, y muchas veces la mejor defensa en un buen ataque.

Desde la Antigüedad ha existido una «guerra de inteligencias» que recorre la dialéctica entre defensa y ataque, en la que la guerra propagandística y psicológica es fundamental. Lecciones que también deben ser aplicadas a la lucha de clases en el centro imperialista, a las resistencias en fábricas, talleres, escuelas, domicilios… Como se aprecia en cualquier conflicto entre el capital y el trabajo en un hospital, escuela y universidad, empresa, barriada popular, explotación doméstica, la «guerra de inteligencias» es clave para la burguesía porque desorienta, divide y rompe la unidad obrera y sus objetivos, estrategias y tácticas. Lo mismo, pero al contrario busca la clase trabajadora con respecto a la burguesía. Una de las grandes debilidades de todas las variantes de la «hegemonía» gramsciana es que olvidan que, en el fondo, ésta sólo es efectiva si se mueve dentro de la estrategia político-militar orientada a la práctica del derecho/necesidad de la revolución.

Los métodos burgueses para vencer en la «lucha por la hegemonía», eufemismo que oculta la realidad objetiva de la «guerra social» y que funge de caramelo envenenado que engatusa al reformismo, se centran desde la década de 1970 en acusar de «terrorismo» a toda violencia defensiva y justa. Recordemos aquí cómo hemos citado arriba a Alfonso Sastre: llaman terrorismo a la guerra de los pobres, y guerra al terrorismo de los ricos. Según Michael Walzer en su estudio sobre las guerras justas e injustas, la década de 1970 marca el momento en el que el imperialismo empieza a ganar la guerra psicopolítica y propagandista en la creación de un concepto de «terrorismo» tan laxo, manipulable y abstracto que justifica la represión carcelaria para cualquier resistencia justa.

Según esto, Engels estaría hoy en prisión acusado de apología del «terrorismo» por su cercanía personal a la lucha armada irlandesa, por su impecable justificación ético-política de los estremecedores métodos de guerra defensiva del pueblo chino contra los invasores europeos, por su defensa a ultranza de la violencia argelina contra los ocupantes franceses… También lo estarían Marx y Jenny porque gastaron su herencia en comprar armas para las barricadas proletarias de 1848, porque tenían contactos con grupos clandestinos, teorizaron la necesidad de las revoluciones y del pueblo en armas, etc.

Militarización, exterminismo, guerra total y Armagedón

«Existen evidencias en la antropología y en la historia de que una y otra vez las sociedades o civilizaciones tienen un momento sin retorno: si más del cincuenta por ciento de su población se llega a destruir, generalmente no pueden recuperarse y el todo social se desintegra para siempre […] Sobre la base del entendimiento científico actual hay una gran posibilidad de un invierno nuclear después de una guerra termonuclear de gran escala […] Las estimaciones señalan una catástrofe climática incluso si se basan en supuestos razonablemente conservadores.»

O. Greene, I. Percival e Irene Ridge: Invierno nuclear, FCE, México 1988, pp. 143-156.

Grupos de científicos demostraron en la década de 1980 que la militarización imperialista estaba poniendo a la humanidad al borde del holocausto termonuclear. Si no se había producido aún el holocausto había sido debido sobre todo a la doctrina militar soviética de «destrucción mutua asegurada», es decir que la URSS no toleraría ser bombardeada nuclearmente por la OTAN y respondería atacando a Estados Unidos y Europa Occidental con todo su poder atómico; también demuestran que una variante táctica de esa doctrina soviética impidió que Estados Unidos echase la bomba contra Corea en 1952-1953, contra Cuba en 1962, contra Vietnam en 1972 y junto con Israel contra Egipto en 1973..., estos son los casos que se conocen. Luego vendría la crisis nuclear de 1982-1985 que estuvo a punto de estallar y que propició la rendición de la burocracia rusa. Solo han transcendido pocos «accidentes» en los muy complejos sistemas de «control nuclear» que pueden desencadenar crisis incontrolables.

El movimiento comunista internacional viene advirtiendo, incluso antes de que tuviera este nombre, que la transformación de las fuerzas productivas capitalistas en fuerzas destructivas lleva a la humanidad al borde de la destrucción. Una larga lista de textos, documentos y declaraciones que no podemos resumir aquí así lo confirman, como por ejemplo y por citar uno contemporáneo al libro que encabeza este apartado, el debate en esos años sobre la llamada «fase exterminista del capitalismo» que sería la expresión extrema del imperialismo. Pero desde entonces hasta ahora, en el último tercio de siglo, se han añadido nuevas fuerzas destructivas a las termonucleares y bioquímicas, como las guerras cibernéticas, espaciales, electrónicas, financieras, biológicas usando la salud como arma, etc. Las dos primeras buscan paralizar un país sumiéndolo en la era anterior a la electricidad: una catástrofe. Las otras, asfixiarlo por hambre.

Recordemos que Venezuela ha sido objeto de varios ataques electrónicos y cibernéticos en 2019 que se repitieron con menor intensidad posteriormente, y que padece las otras formas de agresión para romper su espinazo de nación soberana, lo mismo que quieren hacer con Palestina, Sahara, Yemen, Haití, Irán, Cuba, Rusia, China, por citar los casos más flagrantes, y lo estarán preparando contra Bolivia. Pues bien, si por alguna razón estas y otras fuerzas destructivas —las varias formas de guerra convencional, híbrida, etc.— confluyen en una sola guerra en un corto espacio de tiempo estallará la «guerra total» antesala del holocausto. La irracionalidad militarista se prepara para «guerras parciales» con armas de destrucción controlada en muchas partes del mundo y alrededor de Rusia, Irán y China, buscando en una primera fase probar su decisión de lucha, romper su alianza e imponerles leoninas condiciones uno a uno; según sean sus reacciones, aumentará los chantajes y ataques. Cree que los Estados y pueblos atacados no cumplirán sus advertencias y aceptarán formas de esclavitud.

El concepto de «guerra total» es reciente, pero se debate sobre si fue Napoleón, Lincoln y su general Sherman, o Ludendorff por dar algunos nombres, quienes la aplicaron por primera vez. Sin embargo, desde el materialismo histórico la «guerra total» también debe dividirse entre la del atacante y la del atacado, la injusta y la justa. En su esencia es precapitalista porque implica la movilización por el atacante de todas las fuerzas destructoras posibles en cada contexto histórico para atacar al enemigo con visos de victoria, de modo que nunca más volviera a resistirse. Se van conociendo casos de «violencia total» en las sociedades preclasistas como hemos visto al comienzo. Los pueblos y clases explotadas debían, por tanto, gastar en esos momentos críticos todos sus recursos para no ser exterminados o aceptar las condiciones del atacante.

El tránsito a la «guerra total» se va dando simultáneamente a la derrota de la propiedad comunal a manos de la propiedad privada. Ya para el -2000 surgieron las bases materiales del «terror asirio» especializado en arrasar pueblos, ciudades y Estados que osaban resistir. La desaparición de Cartago a manos Roma en tres guerras entre -264/-146 y la destrucción de Bagdad por los mongoles en 1258 son casos de «guerra total» en sus marcos históricos respectivos. La derrota mongol en 1260 a manos de los mamelucos egipcios frenó en seco su expansión hacia el Oeste. La «guerra total» injusta lo era porque movilizaba todos los recursos necesarios en función de las riquezas del enemigo que se quería esclavizar o aniquilar, en función de los y las esclavas, del ganado, del oro y otros tesoros, etc., que se esperaba adquirir. Por el contrario, la «guerra total» justa lo era porque el pueblo atacado debía movilizar todos sus recursos en la defensa ya que se jugaba la vida.

La industrialización capitalista produce un salto en las dos formas de «guerra total». Presionado por todos los lados, Napoleón militariza la química y disciplina la política para superar el bloqueo naval británico y la fuerza de sus aliados. Sherman aplica la «guerra total» contra los confederados y contra los pueblos sioux, hasta casi exterminarlos. Ludendorff moviliza todos los recursos de Alemania desde 1916, enseñando el camino a los nazis. La raíz económica y sociopolítica de las dos formas antagónicas de «guerra total» está en la ley del valor totalmente desatada desde la industrialización: salvando las distancias, la plusvalía relativa y la plusvalía absoluta como métodos de explotación de la fuerza de trabajo llegan a su máxima rentabilidad durante un tiempo —el que resista la fuerza psicosomática del proletariado— que no es otro que la productividad máxima del «trabajo» militar en la fase última y decisiva del conflicto bélico, la «guerra total». O se gana, o se pierde, es decir, el capitalismo vence o muere.

Con sus diferencias, la guerra de Uruguay, Brasil y Argentina —la guerra de la «Triple Infamia» como muy correctamente la denomina García Márquez— contra Paraguay en1864-1870; el arrasamiento de la Comuna de 1871; la permanente agresión a la URSS desde 1917-1991; la invasión fascista de Libia de 1912 y 1922; la guerra nazi fascista contra la II República española de 1936-1939, la contra pagada por Estados Unidos contra la Nicaragua sandinista… son otras tantas «guerras totales» injustas lanzadas contra pueblos y Estados que no se dejaban dominar o que suponían un peligro para el orden burgués. Por el contrario, los pueblos atacados recurrieron a la «guerra total» justa porque eran conscientes de que su futuro estaba en peligro. Tenemos el ejemplo de la defensa de China a la invasión japonesa desde 1937: la podrida burguesía del Kuomintang no preparó apenas la «guerra total» contra la muy criminal e injusta invasión japonesa, pero sí lo hicieron los comunistas que con sus pocos recursos sí organizaron una brillante «guerra total» justa que fue la antesala de la victoria revolucionaria posterior.

La barbarie de la «guerra total» injusta también se refuerza con la ideología criminal de sus ejecutantes: según un dicho español el mal llamado «problema catalán» —el problema es España— se mantiene tranquilo bombardeando Barcelona cada cincuenta años. Un general guatemalteco aprendió en la Escuela de las Américas que el orden queda asegurado asesinando al 30% de la población. Un general retirado español sostiene que para que España no se «rompa» hay que fusilar a 26 millones de súbditos del rey, alrededor del 58% de la población. Se trata de exterminar fuerza de trabajo rebelde, revoltosa, y fuerza de trabajo improductiva. La «guerra total» injusta se aplica dentro del propio Estado porque el enemigo también es interno ya que el multidimensional antagonismo entre capital y trabajo lo abarca todo. El miedo incontrolado paraliza la conciencia haciendo que el instinto de supervivencia se someta a las más duras explotaciones. El terror a una guerra nuclear en 1982-1985 facilitó la derrota del movimiento obrero de la época, y dio fuerza a los reformismos y fabulaciones postmodernas. Ese terror fue una de las causas de la derrota de la oleada iniciada en 1968.

Las clases dominantes se lanzan a la guerra una vez que han «pacificado» su retaguardia con la militarización social que sustituye la conciencia crítica y libre por el irracional odio gélido que sostiene la guerra injusta. El militarismo neoliberal se legitimó en la década de 1980. Logrado esto, el Armagedón está más cerca. Estados Unidos y la OTAN aumentan las provocaciones, estudian la capacidad y voluntad de resistencia de los pueblos y Estados, como una gran transnacional disecciona la economía del país al que va a vampirizar. Según lo analicen, atacan y atacarán en diversos frentes con diversas tácticas de «guerra variable», «integrada», «de multidominio», «en red», etc., con menos o más virulencia, guerras locales llevadas directamente por ellos mismos o con mercenarios, criminales y fanáticos religiosos. Incluso creen que sus «pequeñas guerras atómicas», regionalmente delimitadas, serán suficientes para aterrorizar a las clases, naciones y Estados que quieren sojuzgar.

Estados Unidos y la OTAN juegan con la muerte y llegarán a rozar otra vez el umbral del holocausto como hemos visto. Piensan que su tecnociencia militarizada, su industria de la matanza, domina por fin la dialéctica del azar y la necesidad, que pueden bailar indefinidamente sobre el fino punto de no retorno, como esa difícil danza vasca que hace maravillas sobre un pequeño vaso que el dantzari no ve sin derramar su vino. Pero hasta el más virtuoso y ágil dantzari puede tirar el vaso. El punto de no retorno, esa ley dialéctica que explica por qué ni la naturaleza, ni la sociedad ni el pensamiento dan marcha atrás una vez producido el salto cualitativo, puede desencadenar el Armagedón.

Por esto y bajo la dictadura de la propiedad privada, debemos actualizar el principio de Vegecio: si vis pacem, para bellun. O dicho en el contexto actual: si queremos la paz, hagamos la revolución.

Iñaki Gil de San Vicente

Euskal Herria, 14 de marzo de 2021

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