Ale­ma­nia en vís­pe­ras de la revolución

En estos mis­mos días de mar­zo que tenía lugar la Com­mu­ne fran­ce­sa de la que aho­ra se con­me­mo­ra el 150 ani­ver­sa­rio, empe­za­ba la Mär­tz­re­vo­lu­tion (Revo­lu­ción de mar­zo) en Ale­ma­nia, aun­que 23 años antes, den­tro del pro­ce­so revo­lu­cio­na­rio en Euro­pa a par­tir de la revo­lu­ción fran­ce­sa de 1848. Engels escri­bió una serie de artícu­los para el New York Daily Tri­bu­ne de 1851 a 1852 bajo el títu­lo «Revo­lu­ción y con­tra­rre­vo­lu­ción en Ale­ma­nia» en los que expli­ca­ba el pro­ce­so revo­lu­cio­na­rio que dio comien­zo en mar­zo en Ale­ma­nia. Los artícu­los los fir­ma­ba Marx, que era el cola­bo­ra­dor ofi­cial del Tri­bu­ne y de los cua­les no podía encar­gar­se al estar enfras­ca­do en otras inves­ti­ga­cio­nes, dejan­do a su ami­go Engels la redac­ción de los mis­mos. Has­ta 1913, con moti­vo de la publi­ca­ción de la corres­pon­den­cia entre Marx y Engels, no se des­cu­brió que dicha serie de artícu­los habían sido obra de Engels. A con­ti­nua­ción, repro­du­ci­mos el pri­me­ro de los artícu­los, escri­to a modo de intro­duc­ción. SP

El pri­mer acto del dra­ma revo­lu­cio­na­rio des­ple­ga­do en el con­ti­nen­te euro­peo ha ter­mi­na­do. Los «pode­res que fue­ron» antes del hura­cán de 1848 han recu­pe­ra­do su esta­do de «pode­res que son», y los gober­nan­tes más o menos popu­la­res por un día, los gober­na­do­res pro­vi­sio­na­les, los triun­vi­ros y los dic­ta­do­res con toda la cater­va de dipu­tados, apo­de­ra­dos civi­les, dele­ga­dos mili­ta­res, pre­fec­tos, jue­ces, gene­ra­les, jefes, ofi­cia­les y sol­da­dos han sido arro­ja­dos a la otra ori­lla, «exila­dos allen­de el mar», a Ingla­te­rra o Amé­ri­ca para for­mar allí nue­vos gobier­nos in par­ti­bus infi­de­lium1, comi­tés euro­peos, comi­tés cen­tra­les, comi­tés nacio­na­les y anun­ciar su adve­ni­mien­to con edic­tos tan solem­nes como las de cua­les­quie­ra poten­ta­dos menos imaginarios.

No es posi­ble figu­rar­se una derro­ta tan gran­de como la sufri­da por el par­ti­do revo­lu­cio­na­rio, mejor dicho, por los par­ti­dos revo­lu­cio­na­rios del con­ti­nen­te en todos los pun­tos de la línea de bata­lla. ¿Y qué? ¿No dura­ron cua­ren­ta y ocho años la lucha de las cla­ses medias ingle­sas y cua­ren­ta años las bata­llas sin par de las cla­ses medias fran­ce­sas por la supre­ma­cía social y polí­ti­ca? ¿Y no tuvie­ron el triun­fo más cer­ca que en nin­gu­na otra oca­sión en el pre­ci­so momen­to en que la monar­quía res­tau­ra­da se creía más sóli­da que nun­ca? Han pasa­do hace ya mucho los tiem­pos de la supers­ti­ción que atri­buía las revo­lu­cio­nes a la male­vo­len­cia de un puña­do de agi­ta­do­res. En nues­tros días todo el mun­do sabe que don­de­quie­ra que hay una con­mo­ción revo­lu­cio­na­ria, tie­ne que estar moti­va­da por algu­na deman­da social que las ins­ti­tu­cio­nes cadu­cas impi­den satis­fa­cer. Esta deman­da pue­de no dejar­se aún sen­tir con tan­ta fuer­za ni ser tan gene­ral como para ase­gu­rar el éxi­to inme­dia­to; pero cada cona­to de repre­sión vio­len­ta no hace sino acre­cen­tar­la y robus­te­cer­la has­ta que rom­pe sus cade­nas. Por tan­to, si hemos sido derro­ta­dos, no pode­mos hacer nada más que vol­ver a empe­zar des­de el comien­zo. Y, por for­tu­na, la tre­gua, pro­ba­ble­men­te muy bre­ve, que tene­mos con­ce­di­da entre el fin del pri­mer acto y el prin­ci­pio del segun­do acto del movi­mien­to, nos brin­da el tiem­po pre­ci­so para rea­li­zar una labor de impe­rio­sa nece­si­dad: estu­diar las cau­sas que hicie­ron inelu­di­bles tan­to el recien­te esta­lli­do revo­lu­cio­na­rio como la derro­ta de la revo­lu­ción, cau­sas que no deben bus­car­se ni en los móvi­les acci­den­ta­les, ni en los méri­tos, ni en las fal­tas, ni en los erro­res o trai­cio­nes de algu­nos diri­gen­tes, sino en todo el régi­men social y en las con­di­cio­nes de exis­ten­cia de cada país afec­ta­do por la con­mo­ción. Que los movi­mien­tos impre­vis­tos de febre­ro y mar­zo de 1848 no fue­ron pro­mo­vi­dos por indi­vi­duos suel­tos, sino mani­fes­ta­cio­nes espon­tá­neas e incon­te­ni­bles de las deman­das y nece­si­da­des nacio­na­les, enten­di­das con mayor o menor cla­ri­dad, pero viva­men­te sen­ti­das por nume­ro­sas cla­ses en cada país, es un hecho reco­no­ci­do en todas par­tes. Pero cuan­do se inda­gan las cau­sas de los éxi­tos de la con­tra­rre­vo­lu­ción, se ve por doquier la res­pues­ta pre­pa­ra­da de que fue por la «trai­ción» del señor Fulano de Tal o del ciu­da­dano Men­gano de Cual al pue­blo. Res­pues­ta que, según las cir­cuns­tan­cias, pue­de estar o no muy en lo cier­to, pero en modo alguno expli­ca nada, ni tan siquie­ra mues­tra cómo pudo ocu­rrir que el «pue­blo» se deja­ra trai­cio­nar de esa mane­ra. Por lo demás, es muy pobre el por­ve­nir de un par­ti­do polí­ti­co per­tre­cha­do con el cono­ci­mien­to del solo hecho de que el ciu­da­dano Fulano de Tal no es mere­ce­dor de confianza.

El aná­li­sis y la expo­si­ción de las cau­sas tan­to de la con­mo­ción revo­lu­cio­na­ria como de la derro­ta de la revo­lu­ción revis­ten, ade­más, una impor­tan­cia excep­cio­nal des­de el pun­to de vis­ta de la his­to­ria. Todas esas peque­ñas dis­cor­dias y recri­mi­na­cio­nes per­so­na­les, todos esos aser­tos con­tra­dic­to­rios de que fue Marrast, o Ledru-Rollin, o Luis Blanc, o cual­quier otro miem­bro del Gobierno Pro­vi­sio­nal, o el gabi­ne­te ente­ro quien lle­vó la revo­lu­ción hacia los esco­llos que la hicie­ron nau­fra­gar ¿qué inte­rés pue­den tener ni qué luz pue­den pro­yec­tar para los ame­ri­ca­nos o los ingle­ses que han obser­va­do todos esos movi­mien­tos des­de una dis­tan­cia dema­sia­do gran­de para poder dis­tin­guir algún deta­lle de las ope­ra­cio­nes? Nadie que esté en sus caba­les cree­rá jamás que once per­so­nas2, en su mayo­ría de capa­ci­dad más que medio­cre tan­to para hacer el bien como el mal, hayan podi­do hun­dir en tres meses a una nación de trein­ta y seis millo­nes de habi­tan­tes, a menos que estos trein­ta y seis millo­nes cono­cie­ran tan mal como estas once per­so­nas el rum­bo que debían seguir. Pero de lo que pre­ci­sa­men­te se tra­ta es de cómo podo ocu­rrir que estos trein­ta y seis millo­nes fue­ran lla­ma­dos de pron­to a deci­dir qué rum­bo tomar, pese a que, en par­te, avan­za­ban a tien­tas en las tinie­blas, y de cómo ellos se per­die­ron lue­go y per­mi­tie­ron a sus vie­jos líde­res vol­ver por algún tiem­po a los pues­tos de dirección.

Así pues, si bien inten­ta­mos expli­car a los lec­to­res de The Tri­bu­ne3 las cau­sas que no solo hicie­ron nece­sa­ria la revo­lu­ción ale­ma­na de 1848, sino tam­bién inevi­ta­ble su derro­ta tem­po­ral en 1849 y 1850, no se espe­re de noso­tros una des­crip­ción com­ple­ta de los suce­sos tal y como sobre­vi­nie­ron en el país. Los acon­te­ci­mien­tos pos­te­rio­res y el fallo de las gene­ra­cio­nes veni­de­ras deci­di­rán qué hechos de ese con­fu­so cúmu­lo, apa­ren­te­men­te casua­les, incohe­ren­tes e incon­gruen­tes, entra­rán en la his­to­ria uni­ver­sal. Aún no ha lle­ga­do el momen­to de resol­ver este pro­ble­ma. Debe­mos cons­tre­ñir­nos a los lími­tes de lo posi­ble y sen­tir­nos satis­fe­chos si pode­mos encon­trar las cau­sas racio­na­les basa­das en hechos inne­ga­bles que expli­quen las vici­si­tu­des prin­ci­pa­les de ese movi­mien­to y nos den la cla­ve de la direc­ción que el pró­xi­mo y qui­zás no muy lejano esta­lli­do impri­mi­rá al pue­blo alemán.

Pues bien, ante todo, ¿qué situa­ción había en Ale­ma­nia cuan­do esta­lló la revolución?

La com­po­si­ción de las dife­ren­tes cla­ses del pue­blo que cons­ti­tu­yen la base de toda orga­ni­za­ción polí­ti­ca era en Ale­ma­nia más com­pli­ca­da que en cual­quier otro país. Mien­tras que en Ingla­te­rra y en Fran­cia el feu­da­lis­mo había sido total­men­te des­trui­do o, al menos, redu­ci­do, como en Ingla­te­rra, a unos pocos ves­ti­gios insig­ni­fi­can­tes, por la pode­ro­sa y rica cla­se media, con­cen­tra­da en gran­des ciu­da­des, sobre todo en la capi­tal, la noble­za feu­dal de Ale­ma­nia con­ser­va­ba gran par­te de sus vie­jos pri­vi­le­gios. El sis­te­ma feu­dal de pose­sión de la tie­rra era el que pre­va­le­cía casi por doquier. Los terra­te­nien­tes seguían con­ser­van­do inclu­so la juris­dic­ción sobre sus arren­da­ta­rios. Pri­va­dos de sus pri­vi­le­gios polí­ti­cos, del dere­cho de exi­gir cuen­tas a los sobe­ra­nos, con­ser­va­ban casi ínte­gra su potes­tad medie­val sobre los cam­pe­si­nos de sus tie­rras sola­rie­gas, así como su exen­ción del pago de las con­tri­bu­cio­nes. El feu­da­lis­mo pros­pe­ra­ba más en unos luga­res que en otros, pero en nin­guno fue des­trui­do por ente­ro excep­to en la ori­lla izquier­da del Rin. Esta noble­za feu­dal, nume­ro­sí­si­ma y, en par­te, riquí­si­ma, esta­ba con­si­de­ra­da ofi­cial­men­te el pri­mer «esta­men­to» del país. Nutría de altos fun­cio­na­rios el Gobierno y casi total­men­te de jefes y ofi­cia­les el ejército.

La bur­gue­sía de Ale­ma­nia esta­ba muy lejos de ser tan rica y estar tan con­cen­tra­da como la de Fran­cia o Ingla­te­rra. Las vie­jas manu­fac­tu­ras de Ale­ma­nia fue­ron des­trui­das por el empleo del vapor y por la supre­ma­cía, en rápi­da expan­sión, de las manu­fac­tu­ras ingle­sas; las otras manu­fac­tu­ras, más moder­nas, fun­da­das bajo el sis­te­ma con­ti­nen­tal de Napo­leóon4 en otras regio­nes del país, no com­pen­sa­ban la pér­di­da de las vie­jas ni eran sufi­cien­tes para pro­por­cio­nar a la indus­tria una influen­cia tan pode­ro­sa que for­za­se a los gobier­nos a satis­fa­cer sus deman­das, con tan­to mayor moti­vo que estos gobier­nos mira­ban con rece­lo todo aumen­to de la rique­za y el poder de los que no pro­ce­dían de la noble­za. Si bien es cier­to que Fran­cia había man­te­ni­do ven­tu­ro­sa­men­te sus manu­fac­tu­ras sede­ras a tra­vés de cin­cuen­ta años de revo­lu­cio­nes y gue­rras, no lo es menos que Ale­ma­nia, en el mis­mo perío­do, per­dió todas sus vie­jas teje­du­rías de lino. Ade­más, los dis­tri­tos manu­fac­tu­re­ros eran pocos y esta­ban ale­ja­dos unos de otros. Situa­dos en el inte­rior del país, uti­li­za­ban en la mayo­ría de los casos para su expor­ta­ción e impor­ta­ción puer­tos extran­je­ros, holan­de­ses o bel­gas, de mane­ra que tenían pocos o nin­gu­nos intere­ses comu­nes con las gran­des ciu­da­des por­tua­rias del mar del Nor­te o Bál­ti­co; eran, sobre todo, inca­pa­ces de cons­ti­tuir gran­des cen­tros indus­tria­les y comer­cia­les como París, Lyon, Lon­dres y Man­ches­ter. Las cau­sas de ese atra­so de las manu­fac­tu­ras ale­ma­nas eran muchas, pero bas­ta con men­cio­nar dos para expli­car­lo: la des­ven­ta­jo­sa situa­ción geo­grá­fi­ca del país, ale­ja­do del Atlán­ti­co, que se había con­ver­ti­do en la gran ruta del comer­cio mun­dial, y las con­ti­nuas gue­rras en que Ale­ma­nia se veía envuel­ta y han teni­do por tea­tro su terri­to­rio des­de el siglo XVI has­ta nues­tros días. La esca­sez numé­ri­ca y, par­ti­cu­lar­men­te, la fal­ta de con­cen­tra­ción algu­na es lo que ha impe­di­do a las cla­ses medias ale­ma­nas alcan­zar la supre­ma­cía polí­ti­ca que la bur­gue­sía ingle­sa vie­ne gozan­do des­de 1688 y que la fran­ce­sa con­quis­tó en 1789. No obs­tan­te, la rique­za, y con ella la impor­tan­cia polí­ti­ca de la cla­se media de Ale­ma­nia, ha veni­do aumen­tan­do cons­tan­te­men­te a par­tir de 1815. Los gobier­nos, si bien muy a pesar suyo, se han vis­to obli­ga­dos a tener en cuen­ta los intere­ses mate­ria­les, al menos los más inme­dia­tos, de la bur­gue­sía. Se pue­de inclu­so afir­mar a cien­cia cier­ta que cada par­tí­cu­la de influen­cia polí­ti­ca otor­ga­da a la bur­gue­sía por las cons­ti­tu­cio­nes de los peque­ños Esta­dos lue­go arre­ba­ta­da duran­te los dos perío­dos de reac­ción polí­ti­ca que media­ron entre 1815 y 1830 y entre 1832 y 1840 era com­pen­sa­da con la con­ce­sión de algu­na ven­ta­ja más prác­ti­ca. Cada derro­ta polí­ti­ca de la cla­se media repor­ta­ba lue­go una vic­to­ria en el cam­po de la legis­la­ción comer­cial. Y, por cier­to, la tari­fa pro­tec­cio­nis­ta pru­sia­na de 18185 y la for­ma­ción de la Zoll­ve­rein6 die­ron mucho más a los comer­cian­tes y manu­fac­tu­re­ros de Ale­ma­nia que el dudo­so dere­cho de expre­sar en las cáma­ras de algún dimi­nu­to duca­do su des­con­fian­za de los minis­tros que se reían de sus votos. Así, pues, con el aumen­to de la rique­za y la exten­sión del comer­cio, la bur­gue­sía alcan­zó pron­to el nivel en que el desa­rro­llo de sus intere­ses más impor­tan­tes se veía fre­na­do por el régi­men polí­ti­co del país, por su divi­sión casual entre trein­ta y seis prín­ci­pes con ape­ten­cias y capri­chos opues­tos; por las tra­bas feu­da­les que ate­na­za­ban la agri­cul­tu­ra y el comer­cio rela­cio­na­do con ella; y por la fas­ti­dio­sa super­vi­sión a que la buro­cra­cia, igno­ran­te y pre­sun­tuo­sa, some­tía todas las tran­sac­cio­nes. Al pro­pio tiem­po, la exten­sión y con­so­li­da­ción de la Zoll­ve­rein, la intro­duc­ción gene­ral del trans­por­te a vapor y el aumen­to de la com­pe­ten­cia en el comer­cio inte­rior unie­ron más a las cla­ses comer­cian­tes de los dis­tin­tos Esta­dos y pro­vin­cias, igua­la­ron sus intere­ses y cen­tra­li­za­ron su fuer­za. La con­se­cuen­cia natu­ral fue el paso en masa de todos ellos al cam­po de la opo­si­ción libe­ral y la vic­to­ria en la pri­me­ra bata­lla seria de la cla­se media ale­ma­na por el poder polí­ti­co. Este cam­bio pue­de datar­se des­de 1840, cuan­do la bur­gue­sía de Pru­sia asu­mió la direc­ción del movi­mien­to de la cla­se media ale­ma­na. En ade­lan­te vol­ve­re­mos a tra­tar de este movi­mien­to de la opo­si­ción libe­ral de 1840 – 1847.

Las gran­des masas de la nación, que no per­te­ne­cían ni a la noble­za ni a la bur­gue­sía, cons­ta­ban, en las ciu­da­des, de la cla­se de los peque­ños arte­sa­nos y comer­cian­tes, y de los obre­ros, y en el cam­po, de los campesinos.

La cla­se de los peque­ños arte­sa­nos y comer­cian­tes es nume­ro­sí­si­ma en Ale­ma­nia debi­do al esca­so desa­rro­llo que los gran­des capi­ta­lis­tas e indus­tria­les han teni­do como cla­se en este país. En las mayo­res ciu­da­des cons­ti­tu­ye casi la mayo­ría de la pobla­ción, y en las peque­ñas pre­do­mi­na total­men­te debi­do a la ausen­cia de com­pe­ti­do­res ricos que se dis­pu­ten la influen­cia. Esta cla­se, una de las más impor­tan­tes en todo orga­nis­mo polí­ti­co moderno y en toda moder­na revo­lu­ción, es más impor­tan­te aún en Ale­ma­nia, don­de ha desem­pe­ña­do gene­ral­men­te la par­te deci­si­va en las recien­tes luchas. Su posi­ción inter­me­dia entre la cla­se de los capi­ta­lis­tas, comer­cian­tes e indus­tria­les, más gran­des, y el pro­le­ta­ria­do, u obre­ros fabri­les, es la que deter­mi­na su carác­ter. Aspi­ra a alcan­zar la posi­ción de la pri­me­ra, pero el míni­mo cam­bio des­fa­vo­ra­ble de la for­tu­na hace des­cen­der a los de esta cla­se a las filas de la últi­ma. En los paí­ses monár­qui­cos y feu­da­les, la cla­se de los peque­ños arte­sa­nos y comer­cian­tes nece­si­ta para su exis­ten­cia los pedi­dos de la cor­te y la aris­to­cra­cia; la pér­di­da de estos pedi­dos pue­de arrui­nar­los en gran par­te. En las ciu­da­des peque­ñas son la guar­ni­ción mili­tar, la dipu­tación pro­vin­cial y la Audien­cia con la cater­va que arras­tran los que for­man muy a menu­do la base de su pros­pe­ri­dad; si se reti­ra todo esto, los ten­de­ros, los sas­tres, los zapa­te­ros y los car­pin­te­ros ven­drán a menos. Así pues, están siem­pre osci­lan­do entre la espe­ran­za de entrar en las filas de la cla­se más rica y el mie­do de ver­se redu­ci­dos al esta­do de pro­le­ta­rios o inclu­so de men­di­gos; entre la espe­ran­za de ase­gu­rar sus intere­ses, con­quis­tan­do una par­ti­ci­pa­ción en los asun­tos públi­cos, y el temor de pro­vo­car con su inopor­tu­na opo­si­ción la ira del gobierno, del que depen­de su pro­pia exis­ten­cia, ya que está en la mano de él qui­tar­le sus mejo­res clien­tes; posee muy pocos medios, y la inse­gu­ri­dad de su pose­sión es inver­sa­men­te pro­por­cio­nal a la mag­ni­tud de los mis­mos; por todo lo dicho, esta cla­se vaci­la mucho en sus opi­nio­nes. Humil­de y laca­yu­na ante los pode­ro­sos seño­res feu­da­les o el gobierno monár­qui­co, se pasa al lado del libe­ra­lis­mo cuan­do la cla­se media está en ascen­so; tie­ne acce­sos de viru­len­ta demo­cra­cia tan pron­to como la cla­se media se ha ase­gu­ra­do su pro­pia supre­ma­cía, pero cae en la más abyec­ta cobar­día tan pron­to como la cla­se que está por deba­jo de ésta, la de los pro­le­ta­rios, inten­ta un movi­mien­to inde­pen­dien­te. A lo lar­go de nues­tra expo­si­ción vere­mos cómo en Ale­ma­nia esta cla­se ha pasa­do alter­na­ti­va­men­te de uno de estos esta­dos a otro.

La cla­se obre­ra de Ale­ma­nia ha que­da­do atra­sa­da en su desa­rro­llo social y polí­ti­co con res­pec­to la cla­se obre­ra de Ingla­te­rra y Fran­cia en la mis­ma medi­da en que la bur­gue­sía ale­ma­na se ha que­da­do reza­ga­da de la bur­gue­sía de estos paí­ses. El cria­do es como el amo. La evo­lu­ción en las con­di­cio­nes de exis­ten­cia de una cla­se pro­le­ta­ria nume­ro­sa, fuer­te, con­cen­tra­da e inte­li­gen­te va de la mano del desa­rro­llo de las con­di­cio­nes de exis­ten­cia de una cla­se media nume­ro­sa, rica, con­cen­tra­da y pode­ro­sa. El movi­mien­to obre­ro por sí mis­mo jamás es inde­pen­dien­te, jamás lo es de un carác­ter exclu­si­va­men­te pro­le­ta­rio a menos que todas las frac­cio­nes dife­ren­tes de la cla­se media y, par­ti­cu­lar­men­te, su frac­ción más pro­gre­si­va, la de los gran­des fabri­can­tes, haya con­quis­ta­do el poder polí­ti­co y rehe­cho el Esta­do según sus deman­das. Enton­ces se hace inevi­ta­ble el con­flic­to entre el patrono y el obre­ro y ya no es posi­ble apla­zar­lo más; enton­ces no se pue­de seguir entre­te­nien­do a los obre­ros con espe­ran­zas ilu­so­rias y pro­me­sas que jamás se han de cum­plir; el gran pro­ble­ma del siglo XIX, la abo­li­ción del pro­le­ta­ria­do, es al fin plan­tea­do con toda cla­ri­dad. Aho­ra, en Ale­ma­nia, la mayo­ría de la cla­se obre­ra tie­ne tra­ba­jo, pero no en las fábri­cas de los mag­na­tes de tipo con­tem­po­rá­neo, repre­sen­ta­dos en Gran Bre­ta­ña por espe­cies tan esplén­di­das, sino por peque­ños arte­sa­nos que tie­nen por todo sis­te­ma de pro­duc­ción meros ves­ti­gios de la Edad Media. Y lo mis­mo que exis­te una gran dife­ren­cia entre el gran señor del algo­dón, por una par­te, y el peque­ño zapa­te­ro o sas­tre, por otra, hay la mis­ma dis­tan­cia entre el obre­ro fabril des­pier­to e inte­li­gen­te de las moder­nas Babi­lo­nias indus­tria­les y el cor­to ofi­cial de sas­tre o eba­nis­ta de una peque­ña ciu­dad pro­vin­cial en la que las con­di­cio­nes de vida y el carác­ter del tra­ba­jo han sufri­do solo un lige­ro cam­bio en com­pa­ra­ción con lo que eran cin­co siglos antes para la gen­te de esta cate­go­ría. Esta ausen­cia gene­ral de con­di­cio­nes moder­nas de vida y de moder­nos tipos de pro­duc­ción indus­trial iba acom­pa­ña­da natu­ral­men­te por una ausen­cia casi tan gene­ral de ideas con­tem­po­rá­neas; por eso no tie­ne nada de extra­ño que, al comien­zo de la revo­lu­ción, gran par­te de los obre­ros recla­ma­ra inme­dia­ta­men­te el res­ta­ble­ci­mien­to de los gre­mios y de las pri­vi­le­gia­das indus­trias de ofi­cios medie­va­les. Y aun así, mer­ced a la influen­cia de los dis­tri­tos manu­fac­tu­re­ros, en los que pre­do­mi­na­ba el moderno sis­te­ma de pro­duc­ción y, en con­se­cuen­cia, de las faci­li­da­des de inter­co­mu­ni­ca­ción y desa­rro­llo men­tal brin­da­das por la vida erran­te de gran núme­ro de obre­ros, entre ellos se for­mó un gran núcleo cuyas ideas sobre la libe­ra­ción de su cla­se se dis­tin­guían por una cla­ri­dad incom­pa­ra­ble­men­te mayor y más acor­de con los hechos exis­ten­tes y nece­si­da­des his­tó­ri­cas; pero eran solo una mino­ría. Si el movi­mien­to acti­vo de la cla­se media pue­de datar­se des­de 1840, el de la cla­se obre­ra comien­za por las insu­rrec­cio­nes de los obre­ros fabri­les de Sile­sia y Bohe­mia en 18447 y no tar­da­re­mos en tener oca­sión de pasar revis­ta a las dife­ren­tes fases por las que ha pasa­do este movimiento.

Por últi­mo, esta­ba la gran cla­se de los peque­ños arren­da­ta­rios, de los cam­pe­si­nos, que cons­ti­tu­yen con su apén­di­ce, los jor­na­le­ros agrí­co­las, una mayo­ría con­si­de­ra­ble de toda la nación. Pero esta cla­se se sub­di­vi­de a su vez en diver­sos gru­pos. Vemos, pri­me­ro a los cam­pe­si­nos más aco­mo­da­dos, lla­ma­dos en Ale­ma­nia Gross- y Mit­tel­bauern8, pro­pie­ta­rios de tie­rras más o menos exten­sas, y cada uno de ellos uti­li­za los ser­vi­cios de varios obre­ros agrí­co­las. Esta cla­se, colo­ca­da entre los gran­des pro­pie­ta­rios feu­da­les de la tie­rra, exi­mi­da del pago de con­tri­bu­cio­nes, y los peque­ños cam­pe­si­nos y obre­ros agrí­co­las, por razo­nes obvias, se encon­tra­ron en alian­za con la bur­gue­sía urba­na anti­feu­dal. Segun­do, vemos a los peque­ños cam­pe­si­nos pro­pie­ta­rios que pre­do­mi­nan en la pro­vin­cia del Rin, don­de el feu­da­lis­mo sucum­bió bajo los pode­ro­sos gol­pes de la Gran Revo­lu­ción Fran­ce­sa. Peque­ños cam­pe­si­nos pro­pie­ta­rios e inde­pen­dien­tes simi­la­res exis­tían asi­mis­mo en algu­nas par­tes de otras pro­vin­cias, don­de habían logra­do redi­mir las car­gas feu­da­les que vin­cu­la­ban sus tie­rras. No obs­tan­te, esta cla­se era de pro­pie­ta­rios libres solo nomi­nal­men­te, pues su pro­pie­dad había sido, por lo común, hipo­te­ca­da y, ade­más, en con­di­cio­nes tan one­ro­sas que no era el cam­pe­sino, sino el usu­re­ro que había pres­ta­do el dine­ro el pro­pie­ta­rio real de la tie­rra. Ter­ce­ro, los cam­pe­si­nos ads­cri­tos a la gle­ba, que no podían ser desahu­cia­dos con faci­li­dad de sus par­ce­las, pero que esta­ban obli­ga­dos a pagar al terra­te­nien­te una ren­ta cons­tan­te o eje­cu­tar a per­pe­tui­dad un tra­ba­jo para el señor. Por últi­mo, exis­tían obre­ros agrí­co­las cuyas con­di­cio­nes, en muchas gran­des hacien­das, eran exac­ta­men­te igua­les que las de la mis­ma cla­se en Ingla­te­rra y que, en todo caso, vivían y morían pobres, mal ali­men­ta­dos y escla­vos de sus amos. Antes de la revo­lu­ción, estas tres últi­mas cla­ses de la pobla­ción rural: los peque­ños pro­pie­ta­rios libres, los cam­pe­si­nos ads­cri­tos a la gle­ba y los obre­ros agrí­co­las jamás se calen­ta­ban la cabe­za con la polí­ti­ca, pero, sin duda, este acon­te­ci­mien­to tenía que abrir­les un nue­vo sen­de­ro, lleno de bri­llan­tes pers­pec­ti­vas. La revo­lu­ción ofre­cía ven­ta­jas a cada uno de ellos, y era de espe­rar que el movi­mien­to, una vez comen­za­do y des­ple­ga­do, los incor­po­ra­se a su vez a todos ellos. Pero, al mis­mo tiem­po, es com­ple­ta­men­te evi­den­te, e igual­men­te con­fir­ma­do por la his­to­ria de todos los paí­ses moder­nos, que la pobla­ción agrí­co­la, debi­do a su dis­per­sión en gran exten­sión y a la difi­cul­tad de que lle­gue a poner­se de acuer­do una por­ción con­si­de­ra­ble de ella, jamás pue­de empren­der nin­gún movi­mien­to inde­pen­dien­te con éxi­to; requie­re el impul­so ini­cial de la pobla­ción más con­cen­tra­da, más ilus­tra­da y de más movi­mien­to de las ciudades.

El bre­ve esbo­zo pre­ce­den­te de las cla­ses más impor­tan­tes que, en con­jun­to, for­ma­ban la nación ale­ma­na en el momen­to del esta­lli­do de los recien­tes movi­mien­tos, será sufi­cien­te para expli­car una gran par­te de la incohe­ren­cia, la incon­gruen­cia y la con­tra­dic­ción apa­ren­te que pre­do­mi­na­ban en este movi­mien­to. Cuan­do intere­ses tan dis­pa­res, tan con­tra­dic­to­rios y tan extra­ña­men­te encon­tra­di­zos entran en vio­len­ta coli­sión; cuan­do estos intere­ses en pug­na de cada dis­tri­to o pro­vin­cia se mez­clan en dis­tin­tas pro­por­cio­nes; cuan­do, sobre todo, en el país no hay nin­gún cen­tro impor­tan­te, un Lon­dres o un París, cuyas deci­sio­nes pudie­ran, por su peso, exi­mir al pue­blo de la nece­si­dad de ven­ti­lar cada vez de nue­vo el mis­mo con­flic­to median­te la lucha en cada loca­li­dad, ¿qué otra cosa se pue­de espe­rar sino la dis­per­sión de la lucha en un sin­fín de com­ba­tes des­li­ga­dos en los que se derra­ma una enor­mi­dad de san­gre y se gas­tan infi­ni­tas ener­gías y capi­tal sin nin­gún resul­ta­do decisivo?

El des­mem­bra­mien­to polí­ti­co de Ale­ma­nia en tres doce­nas de prin­ci­pa­dos más o menos impor­tan­tes se expli­ca igual­men­te por la con­fu­sión y mul­ti­pli­ci­dad de los ele­men­tos que cons­ti­tu­yen la nación y, enci­ma, son dis­tin­tos en cada loca­li­dad. Don­de no hay intere­ses comu­nes, no pue­de haber uni­dad de obje­ti­vos y menos aún de acción. La Con­fe­de­ra­ción ale­ma­na9, es cier­to, fue decla­ra­da indi­so­lu­ble por los siglos de los siglos; no obs­tan­te, la Con­fe­de­ra­ción y su órgano, la Die­ta10, jamás han repre­sen­ta­do la uni­dad ale­ma­na. El gra­do supre­mo a que lle­gó la cen­tra­li­za­ción en Ale­ma­nia fue la Zoll­ve­rein; esta Liga obli­gó a los Esta­dos del Mar del Nor­te a for­mar su pro­pia Liga aran­ce­la­ria11, en tan­to que Aus­tria seguía pro­te­gién­do­se con sus aran­ce­les prohi­bi­ti­vos. Así pues, Ale­ma­nia esta­ba satis­fe­cha de su divi­sión, para todo obje­ti­vo prác­ti­co, solo en tres pode­res inde­pen­dien­tes en lugar de trein­ta y seis. Natu­ral­men­te, la supre­ma­cía deci­si­va del zar ruso12, esta­ble­ci­da en 1814, no sufrió por ello cam­bio alguno.

Tras de expo­ner estas con­clu­sio­nes pre­vias, saca­das de nues­tras pre­mi­sas, vere­mos en el siguien­te artícu­lo cómo las diver­sas cla­ses ante­men­cio­na­das del pue­blo ale­mán se pusie­ron en movi­mien­to, una tras otra, y el carác­ter que este movi­mien­to adqui­rió al esta­llar la revo­lu­ción fran­ce­sa de 1848.

Frie­drich Engels

Lon­dres, sep­tiem­bre de 1851

  1. In par­ti­bus infi­de­lium (lite­ral­men­te: «en el país de los infie­les»): adi­ción al títu­lo de los obis­pos cató­li­cos des­ti­na­dos a car­gos pura­men­te nomi­na­les en paí­ses no cris­tia­nos. Esta expre­sión la emplea­ban a menu­do Marx y Engels, apli­ca­da a diver­sos gobier­nos emi­gra­dos que se habían for­ma­do en el extran­je­ro sin tener en cuen­ta algu­na la situa­ción real del país.
  2. Los miem­bros del Gobierno Pro­vi­sio­nal fran­cés. (N. de la Edit.)
  3. The Tri­bu­ne: títu­lo abre­via­do del perió­di­co pro­gre­sis­ta bur­gués The New York Daily Tri­bu­ne» que apa­re­ció de 1841 a 1924. Marx y Engels cola­bo­ra­ron en él des­de agos­to de 1851 has­ta mar­zo de 1862.
  4. El sis­te­ma con­ti­nen­tal, o blo­queo con­ti­nen­tal: prohi­bi­ción, decla­ra­da en 1806 por Napo­león I para los paí­ses del con­ti­nen­te euro­peo de comer­ciar con Ingla­te­rra. El blo­queo con­ti­nen­tal cayó des­pués de la derro­ta de Napo­leon en Rusia.
  5. La tari­fa pro­tec­cio­nis­ta de 1818: abo­li­ción de los aran­ce­les inter­nos en el terri­to­rio de Prusia.
  6. Zoll­ve­rein (La Liga adua­ne­ra), fun­da­da en 1834 bajo los aus­pi­cios de Pru­sia, agru­pa­ba a casi todos los Esta­dos ale­ma­nes; una vez esta­ble­ci­da una fron­te­ra adua­ne­ra común, con­tri­bu­yó en lo suce­si­vo a la unión polí­ti­ca de Alemania.
  7. La insu­rrec­ción de los teje­do­res de Sile­sia, del 4 al 6 de junio de 1844, pri­me­ra gran lucha de cla­se del pro­le­ta­ria­do y la bur­gue­sía de Ale­ma­nia, y la insu­rrec­ción de los obre­ros che­cos en la segun­da mitad de junio de 1844 fue­ron aplas­ta­das sin pie­dad por las tro­pas gubernamentales.
  8. Cam­pe­si­nos ricos y medios. (N. de la Edit.)
  9. La Con­fe­de­ra­ción Ale­ma­na, fun­da­da el 8 de junio de 1815 en el Con­gre­so de Vie­na, era una unión de los Esta­dos abso­lu­tis­tas feu­da­les de Ale­ma­nia y con­so­li­da­ba el frac­cio­na­mien­to polí­ti­co y eco­nó­mi­co de Alemania.
  10. La Die­ta de la Unión: órgano cen­tral de la Unión Ale­ma­na con sede en Frank­furt am Main; fue un ins­tru­men­to de la polí­ti­ca reac­cio­na­ria de los gobier­nos alemanes.
  11. La deno­mi­na­da Liga aran­ce­la­ria (Steuer­ve­rein) se for­mó en mayo de 1834, inte­gra­da por los Esta­dos ale­ma­nes de Han­no­ver, Braunsch­weig, Oldem­bur­go y Schaum­bur­go-Lip­pe, intere­sa­dos en el comer­cio con Ingla­te­rra. Para 1854, esta alian­za sepa­ra­da se des­hi­zo, y sus par­ti­ci­pan­tes se adhi­rie­ron a la Liga adua­ne­ra (véa­se la nota 6).
  12. Ale­jan­dro I. (N. de la Edit.)

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