Pen­sa­mien­to crí­ti­co. Rehe­nes todos, en todas partes

Por Caro­la Chá­vez. Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 11 de mar­zo de 2021.

La opo­si­ción vene­zo­la­na lle­va más de 20 años vivien­do en una dic­ta­du­ra. Cier­ta­men­te, tal como ellos lo afir­man, viven en un lugar don­de expre­sar la más míni­ma dife­ren­cia polí­ti­ca, el más míni­mo des­acuer­do, aca­rrea la peor de las per­se­cu­cio­nes, el aco­so, la con­de­na al ostra­cis­mo. Una dic­ta­du­ra tan feroz en la que has­ta el hecho de tener un fami­liar que “pien­se dis­tin­to” te cubre de sos­pe­cha y de la sos­pe­cha a la con­de­na solo hay un brin­co. Una dic­ta­du­ra des­pia­da­da que no per­do­na a los niños los peca­dos polí­ti­cos de sus padres, con­vir­tien­do los salo­nes de cla­ses en micro dic­ta­du­ri­tas don­de los hijos de quie­nes que “pien­san dis­tin­to” son tor­tu­ra­dos por sus com­pa­ñe­ros, con bur­las, con merien­das piso­tea­das, con sole­dad… niños que imi­tan a sus padres fren­te al ojo que no ve de pro­fes, todos rehe­nes del mie­do que la dic­ta­du­ra provoca.

Rehe­nes todos. En todas par­tes. En los edi­fi­cios, don­de los veci­nos se vigi­lan con rece­lo aun­que en el ascen­sor se salu­den cor­dial­men­te. Don­de el que “pien­sa dis­tin­to” pone el tele­vi­sor baji­to, no vaya a ser que se ente­ren y le pase como al del piso 5 que le raya­ron la puer­ta y le dejó de hablar todo el mun­do el día que des­de su ven­ta­na subió el horren­do rumor de una can­ción “dis­tin­ta”, sos­pe­cho­sa­men­te dis­tin­ta, que habla­ba de cosas que ahí no se pue­den hablar. En los edi­fi­cios todos son igua­les, nadie habla dis­tin­to, nadie se atre­ve si quie­ra a disen­tir del pen­sa­mien­to gene­ral. Nadie quie­re sufrir lo que sufrió la fami­lia del piso cin­co. Nadie quie­re ser víc­ti­ma y por no ser víc­ti­mas, todos son victimarios.

Un régi­men de terror que intuí al prin­ci­pio del gobierno cha­vis­ta, cuan­do muchos ami­gos me decían con angus­tia que debía cam­biar­me el ape­lli­do, que adop­ta­ra el ino­cuo ape­lli­do de mi espo­so, por­que nadie iba a enten­der que me ape­lli­da­ra como me ape­lli­do y que no fue­ra yo cul­pa­ble y mere­ce­do­ra de los peo­res cas­ti­gos. “¡Que no digas tu nom­bre com­ple­to en voz alta, que mis veci­nos me matan!“ –me dijo una vez una parien­te, de cuyo nom­bre no quie­ro acor­dar­me. El terror que vi en sus ojos ese día lo he vis­to lue­go tan­tas veces, en tan­tos ojos, duran­te todos estos años…

Mi parien­te era la lide­re­sa de la inqui­si­ción dic­ta­to­rial en su círcu­lo fami­liar y de amis­ta­des. El páni­co de caer bajo sos­pe­cha la lle­vó a expul­sar de su vida a her­ma­nos, ami­gos, com­pa­ñe­ros… a todo lo que pudie­ra man­char su pul­crí­si­mo expe­dien­te de sumi­sión dictatorial.

Un círcu­lo de terror tan férreo que empu­jó a un mon­tón de bue­nas gen­tes al mala­gen­tis­mo vene­no­so, con­vir­tien­do la mal­dad en el deber ser más que jus­ti­fi­ca­do: “Quién lo man­dó a pen­sar dis­tin­to, pues”. Maqui­llan­do de decen­cia e indig­na­ción el odio que el terror produce.

Un terror auto sus­ten­ta­do que los obli­gó a dejar­se ence­rrar en sus pro­pias calles por malean­tes incen­dia­rios, y aplau­dir­los, y bajar­les merien­di­tas en la tar­de, y has­ta dejar­los escon­der­se en sus edi­fi­cios si lle­ga­ba la poli­cía. Meses de encie­rro rezan­do para no enfer­mar­se, no fue­ra a ser cosa que tuvie­ran que salir y la gen­te cre­ye­ra que era por­que “pien­san distinto”.

El terror los lle­vó al bor­de de los abis­mos más pro­fun­dos, y de ahí se lan­za­ban – ¡Has­ta a El Guai­re se lan­za­ron unos!– por­que titu­bear era sos­pe­cho­so, decir pío era ser sapo… Todos vigi­la­ban a todos, por­que ¡ni un paso atrás!.

Rehe­nes del terror dic­ta­to­rial mace­ra­do con años de fra­ca­sos y frus­tra­ción, gen­te nor­mal y corrien­te, veci­nos de toda la vida, hoy tra­tan de dor­mir con un muer­to en su con­cien­cia, un muer­to que jamás, en sus peo­res pesa­di­llas, pen­sa­ron que serían capa­ces de matar. El terror había lle­ga­do al pun­to de poner­los a que­mar gen­te viva, lin­char per­so­nas que, aún sin haber dicho una sola pala­bra, osa­ron cami­nar por las calles del terror con esas caras, esos pelos, esas ropas como de gen­te que “pien­sa dis­tin­to”. Hoy lo nie­gan, eso para ellos no pasó, por­que el terror los reba­só, por­que admi­tir­lo sería aún más terrorífico.

Rehe­nes de un lide­raz­go per­ver­so, des­cu­brie­ron un día que ya nadie esta­ría a sal­vo. Todo comen­zó el día que los man­da­ron a mar­char al mata­de­ro, con sus ban­de­ri­tas sie­te estre­llas, jun­to a la de barras e ídem, a pedir que nos mata­ran a todos a bom­ba­zos, a supli­car una inva­sión mili­tar que los libra­ra de este mie­do al comu­nis­mo que ya no los deja vivir… Se les fue la mano…

El mie­do real de una gue­rra superó todos los mie­dos. Como un tobo de agua fría les cayó la reali­dad enci­ma. Vein­te años des­pués del pri­mer y terro­rí­fi­co “te van a qui­tar a tus hijos”, con sus hijos gran­des, intac­tos, her­mo­sos, gra­dua­dos, des­cu­brie­ron que quie­nes se los iba a qui­tar y a bom­ba­zos eran sus líde­res, sus supues­tos sal­va­do­res, “los bue­nos de la pelí­cu­la”, pues, y no solo les iban a qui­tar los hijos, sino sus casas, sus perros, sus flo­res, sus sue­ños… por­que las gue­rras lo qui­tan todo, arra­san todo y solo dejan deso­la­ción, llan­to y más mie­do… Fue tan­to el mie­do de sen­tir el alien­to de la gue­rra tan cer­qui­ta, que la cor­du­ra se impu­so, o casi…

Como no pudie­ron lan­zar­nos las bom­bas, nos lan­za­ron un blo­queo, que no los afec­ta­ría ellos –les adver­tían des­de la dic­ta­du­ra del terror – , sino a los que “pien­san dis­tin­to”. Ah, bueno, así sí, –pisa­ron el pei­ne ali­via­dos por­que no hubo bom­bas, no vie­ron las bom­bas del blo­queo que cae­rían enci­ma de sus casas, sus nego­cios, de sus hijos… las vie­ron caer pri­me­ro sobre los que viven en barrios… allá ellos que vota­ron y votan y votan y votan por ese que noso­tros que­re­mos tum­bar, allá ellos que “pien­san distinto”…

Y repi­tie­ron los man­tras que la dic­ta­du­ra les impu­so, los deja­ron colar faci­li­to, sin defen­sas por­que aún son rehe­nes del mie­do. Así el gobierno fue cul­pa­ble de los efec­tos del blo­queo –decían – , has­ta que el blo­queo los alcan­zo a ellos, has­ta que el blo­queo “nos igua­ló para aba­jo”, como les decía su lide­re­sa María Cori­na que el cha­vis­mo haría. Y cuan­do via­jar a Mia­mi se con­vir­tió en una cos­to­sí­si­ma odi­sea, cuan­do no pudie­ron poner gaso­li­na, cuan­do esa medi­ci­na que le sal­va­ría la vida no se pudo con­se­guir, cuan­do la injus­ti­cia del blo­queo los alcan­zó de tal modo que ni sus bol­si­llos pudie­ron sal­var­los, vol­vió de nue­vo la cor­du­ra… o casi…

Por­que lo sin­tie­ron en car­ne pro­pia, con­de­na­ron el blo­queo, pero con mati­ces, para no pare­cer­se a los que “pien­san dis­tin­to”. Rehe­nes aun de la dic­ta­du­ra que el terror les impu­so, optan por una babo­sa y cobar­de equi­dis­tan­cia que se escon­de siem­pre detrás de un pero, que reba­ja la cul­pa al agre­sor y la endo­sa al que resis­te las agre­sio­nes. Una fal­sa pos­tu­ra ecuá­ni­me que, para recha­zar lo inad­mi­si­ble, emi­te una obli­ga­to­ria adver­ten­cia pre­via: “ojo, no soy de nin­gún modo cha­vis­ta, pero…” pusi­lá­ni­mes “peros”: que el blo­queo hace daño, pero el gobierno tal y cual, pero, pero, pero… Están en con­tra de la vio­la­ción, pero la mucha­cha pudo no usar esa minifalda.

Y no entien­den que el país hay que defen­der­lo con todo, sin peros, sin pudo­res ni disi­mu­los, sin peni­ta con el agre­sor. No lo entien­den. Lamen­ta­ble­men­te, pare­ce que solo lo enten­de­rán cuan­do el dolor del blo­queo les sea inso­por­ta­ble. Enton­ces ahí nos encon­tra­rán enfren­tán­do­lo, defen­dién­do­nos, defen­dién­do­los, de ese enemi­go común que cre­ye­ron su alia­do y enten­de­rán por fin que pode­mos pen­sar dis­tin­to y pode­mos –y debe­mos– tam­bién coin­ci­dir. Que no les dé pena, que defen­der al país no es solo cosa de cha­vis­tas feos, aun­que los cha­vis­tas feos siem­pre lo defen­de­mos. Que es nece­sa­rio que coin­ci­da­mos todos en esto, en la defen­sa de la Patria, por­que sí, ami­guis, “tene­mos Patria” y es lo más pre­cia­do que tene­mos; por­que sin Patria, sin este país nues­tro cuya des­truc­ción está en la agen­da del enemi­go, ya no impor­ta­rá si pien­sas –o no – dis­tin­to a mi, a este o a aquel…

Oja­lá no ten­gan que espe­rar que el dolor sea inso­por­ta­ble para que dejen de ser rehe­nes de su pro­pio verdugo.

Itu­rria /​Fuen­te

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