Eus­kal Herria. Ion Arretxe: «Murió él, como podía haber muer­to yo»

Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 7 de mar­zo de 2021.

El tes­ti­mo­nio de Ion Arretxe, dete­ni­do jun­to a Zabal­za en 1985, sobre­sa­le en la pelí­cu­la «Non dago Mikel?». Él sí pudo con­tar­lo, aun­que nece­si­tó tres déca­das para supe­rar­lo y poner­lo por escri­to en ‘Intxau­rron­do, la som­bra del nogal’. Falle­ce­ría dos años des­pués (2017). Este es el rela­to de lo pade­ci­do aque­llos días es el espe­jo del final del joven de Orbai­ze­ta (Nava­rra).

Me saca­ron de la cama a las 3.30 de la madru­ga­da (…) Yo esta­ba dur­mien­do y me saca­ron de la cama. Lle­ga­ban gri­tos des­de el salón de casa, al otro lado del pasi­llo. -¡Lle­vad­me a mí! ‑decía mi padre- ¡Lle­vad­me a mí! (…) ‑Escu­cha. Tu vie­jo gri­ta como un gorrino‑, me dijo el moreno del bigo­te, el úni­co que ves­tía de pai­sano (…) -¡Que nadie se aso­me a las ven­ta­nas, cojo­nes! ¡Mis hom­bres tie­nen orden de disparar!

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Sen­tí el tra­que­teo del todo­te­rreno. Había­mos deja­do el fir­me de la carre­te­ra y subía­mos por una pis­ta fores­tal. -¿Dón­de me lle­váis?-, empe­cé a gri­tar muer­to de mie­do. -¿Qué pasa? ¿Gallo de día y galli­na de noche? Para ame­tra­llar por la espal­da sí somos valien­tes, ¿no? (…)

No sé, ni nun­ca sabré, dón­de me lle­va­ron. Baja­mos del coche. Había un gru­po de gen­te espe­ran­do ahí, en el mon­te. El camino se des­hi­zo en el lodo. Las som­bras rie­ron anun­cian­do el akelarre (…)

Mon­te cal­va­rio, este mon­te sin nom­bre. Me envol­vie­ron con cin­ta de emba­lar, ris, ras, que apli­ca­ban con un apa­ra­to de mano, ris, ras, ris, todo alre­de­dor, ris, ras, como una momia. La cin­ta chi­rria­ba a cada vuel­ta, ris, ras, con un rui­do de sie­rra. Y yo chi­lla­ba como un cer­do. -¡No me dejéis morir aquí! (…)

Todo se lle­nó con el olor dul­zón del agua del río. -¿Tú ya sabes lo que esto, no? Pues cuan­do quie­ras hablar, sacas la cabe­za. Y las aguas del río, que has­ta enton­ces pare­cían gra­tas y ame­nas, aho­ra me trai­cio­na­ban. Me suje­ta­ban muy fuer­te entre varios, tirán­do­se enci­ma de mí, con las rodi­llas, con los bra­zos, con todo el cuer­po, mien­tras otro me metía la cabe­za en el agua. Yo hacía fuer­za hacia arri­ba para sacar la cabe­za, pero era impo­si­ble. Cogía aire, todo el aire que podía… Gri­ta­ba ‘¡yo no soy de ETA| ¡yo no soy de ETA!’, y otra vez aden­tro. Las pri­me­ras veces tenía fuer­zas y ganas de gri­tar. Lue­go, solo de vomi­tar (lo eché todo). Y al final, no tenía ganas de nada. Me res­ca­ta­ban de la muer­te cuan­do a ellos les pare­cía (…) No se cuán­to duró aque­llo. ¿Mil años? ¿Dos mil?

El agua hela­da me opri­mía las sie­nes y se cola­ba por todos mis agu­je­ros. Sen­tía cómo me vacia­ba de vida y me lle­na­ba de agua. Me vol­vie­ron a incor­po­rar para que uno de ellos me mira­ra las uñas de las manos que habían que­da­do fue­ra de los sacos de plás­ti­cos. Vomi­té el agua que había tra­ga­do. Por lo que supe des­pués, su amo­ra­ta­mien­to les indi­ca­ba el gra­do de asfi­xia, y si podían seguir torturándome.

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Yo sen­tía mis neu­ro­nas giran­do den­tro del crá­neo. El cere­bro, con la fal­ta de aire, se había ido espon­jan­do, aumen­tan­do de tama­ño poco a poco, como un biz­co­cho en el horno. Toda­vía había sitio, cada vez menos, para que gira­sen mis neu­ro­nas. Ense­gui­da la masa ence­fá­li­ca cre­ce­ría tan­to que ocu­pa­ría toda la cavi­dad cra­neal, se com­pac­ta­ría, CLACK, y el cere­bro que­da­ría quieto.

Tal vez con la muer­te, pen­sa­ba yo, tal vez con la muer­te…. CLACK. El biz­co­cho cre­ció has­ta lle­nar el horno. CLACK. Mi cere­bro y mi crá­neo se aco­pla­ron (…) Y yo, feliz. Con la son­ri­sa estú­pi­da de los aho­ga­dos, la extra­ña dul­zu­ra de la bue­na muer­te. Y yo, muerto.

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Entra­ron algu­nos guar­dias, rápi­dos y rui­do­sos como una mana­da de hie­nas, y me echa­ron la man­ta por enci­ma. Se oía el rugir de un gri­fo que vier­te cho­rros de agua. Mien­tras me suje­ta­ban con todas sus fuer­zas, apa­re­ció José Vélez esgri­mien­do el apli­ca­dor de cin­ta adhe­si­va. Y sin per­der la son­ri­sa me empe­zó a envol­ver como una momia, ris, ras, ris, igual que en el monte (…)

Risas terro­rí­fi­cas y gri­tos de gue­rra. Me aga­rra­ron entre varios y me lle­va­ron como un far­do, en volan­das. -¡Aupa guda­ri!, me dijo uno de ellos. Y tam­bién: ‑Vas a ganar la meda­lla olím­pi­ca de nata­ción en bañe­ra. Yo hacía tope con los pies con­tra el mar­co de la puer­ta del cuar­to de baño, para impe­dir que me pasa­ran por el hue­co. -¿Será cabrón? Manio­bra­ron varias veces has­ta ende­re­zar la car­ga y enfi­la­mos baño aden­tro (…) -¡Sacad­me de aquí! -¡Aupa guda­ri! ¡Chof! ¡Chof! ¡Chof! Des­pués de vein­te o trein­ta agua­di­llas uno deja de pelear por su vida y se entre­ga a lo inevitable.

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Me con­tó que habían pasa­do por ahí eta­rras muy impor­tan­tes. Y que a uno de ellos, a uno de los más duros de la ban­da, le habían inte­rro­ga­do a base de vol­tios que le apli­ca­ban direc­ta­men­te del enchu­fe de la pared. ‑No veas los botes que pega­ba el hijo de la gran puta. Gri­ta­ba como un gorrino el muy cabrón, gri­ta­ba más que tú, que ya es decir. Y siguió: ‑Le tenían des­nu­do y empa­pa­do en agua. Ahí mis­mo, en la coci­na don­de sue­les estar tú. Y para que no les pasa­se la corrien­te a ellos, lo suje­ta­ban entre varios sobre una man­ta. Cada vez que le enchu­fa­ban los cables, sal­ta­ba has­ta el techo. ¡Hos­tia, hos­tia! Yo nun­ca había vis­to nada igual.

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Yo nun­ca ví a Mikel Zabal­za, así que no voy a ser tan osa­do como para ase­gu­rar lo que le pasó (…) Murió él, como podía haber muer­to yo. Así de capri­cho­sas son la vida y la muerte.

Fuen­te: Gara

Itu­rria /​Fuen­te

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