Argen­ti­na. El derrum­be de Ginés: del lide­raz­go sani­ta­rio al vacu­na­to­rio vip

Por Tali Gold­man Ernes­to Pic­co, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 21 de febre­ro de 2021.

Médi­co sani­ta­ris­ta de San Nico­lás, fue uno de los gran­des for­ma­do­res de los fun­cio­na­rios de salud en la Argen­ti­na. Entró a la polí­ti­ca des­de el pero­nis­mo y los sin­di­ca­tos, y fue minis­tro de Cafie­ro y Nés­tor y emba­ja­dor de Cris­ti­na. Pro­mo­vió y apo­yó la san­ción del abor­to legal, el acce­so gra­tui­to a los reme­dios y la ley de medi­ca­men­tos gené­ri­cos. Pero el vacu­na­to­rio vip mon­ta­do en las ofi­ci­nas de su minis­te­rio lle­vó al derrum­be su hege­mo­nía: se fue abu­chea­do por muchos y dejan­do a sus dis­cí­pu­los con el sabor amar­go del maes­tro des­mo­ro­na­do. Tali Gold­man y Ernes­to Pic­co narran la tra­ma polí­ti­ca de un líder que come­te el últi­mo error al natu­ra­li­zar sus pri­vi­le­gios por sobre la éti­ca de la salud pública.

Lo aplau­den, como siem­pre. Pero más, por­que es el final de una carre­ra bri­llan­te. Se van a reven­tar las manos aplau­dien­do y a él la cara blan­ca se le va a vol­ver rosa y ese pelo de espu­ma le va a bri­llar y los dien­tes no le van caber en la son­ri­sa de cos­ta­do, ner­vio­sa, pero feliz. Es hora de cerrar su carre­ra y así va a ser: el bro­che de oro de una tra­yec­to­ria enor­me, casi inta­cha­ble. Es el sani­ta­ris­ta más gran­de del país des­pués de Ramón Carri­llo. Algu­nos, en el entorno, creen que ha hecho toda­vía más: los reme­dios para los pobres, la aten­ción pri­ma­ria de la salud, la dis­tri­bu­ción de anti­con­cep­ti­vos, la pelea con­tra las mafias de los labo­ra­to­rios. Y allá por 2005 cuan­do puso el abor­to en la agen­da polí­ti­ca, cuan­do los pañue­los ver­des toda­vía no se mul­ti­pli­ca­ban en car­te­ras, cue­llos y muñe­cas. Va a entrar en la his­to­ria. Quie­nes lo ado­ran fan­ta­sean con que debe­ría ser un Cadi­llac. Sí, hablan de un Cadi­llac des­ca­po­ta­ble y que sal­ga salu­dan­do. Y en tirar­le flo­res mien­tras él mue­ve sus manos como un tipo que­ri­do por los suyos, que ha hecho lo mejor. Una reti­ra­da triun­fal, mere­ci­da, es hora de vivir una vejez orgu­llo­sa. Pero en la polí­ti­ca las cosas no siem­pre son como se ima­gi­nan. Aho­ra está subi­do a un coche negro. Él y su cho­fer. Afue­ra hay un puña­do de indig­na­dos que le gol­pean las ven­ta­ni­llas y se le suben al capot. Cuan­do un arse­nal de perio­dis­tas y cama­ró­gra­fos con bar­bi­jos se agol­pan para tener la ima­gen del escán­da­lo, el auto logra salir del tumul­to zig­za­guean­do a lo bru­to, como un ani­mal aton­ta­do que se sacu­de un enjam­bre de abe­jas y se esca­pa como pue­de. Pasa los semá­fo­ros en rojo de la ave­ni­da 9 de Julio escol­ta­do por una camio­ne­ta de poli­cía y diez minu­tos des­pués, cuan­do se baja en la entra­da del edi­fi­cio don­de vive, en las Torres Le Parc de Puer­to Made­ro, da diez pasos pesa­dos has­ta la puer­ta. Lo reci­ben con el repi­que­teo de cace­ro­las. Alza la cabe­za para mirar y des­de un bal­cón alguien gri­ta hijo de puta.

Ginés Gon­zá­lez Gar­cía, a quien nadie le ima­gi­na­ba otra sali­da que no fue­ra por la puer­ta gran­de, como un héroe, como un Qui­jo­te, como un San Mar­tín, se des­mo­ro­na como un ído­lo de barro. ¿Por qué Ginés? ¿Por qué así? ¿Por qué Ginés?

A los 76 años, el hom­bre al que muchos con­si­de­ran el mejor minis­tro de Salud des­de el regre­so de la demo­cra­cia gene­ra estu­por en los dis­cí­pu­los y des­ilu­sión entre la mili­tan­cia, inclui­da la femi­nis­ta que valo­ra­ba su apo­yo a la cam­pa­ña por la lega­li­za­ción del aborto.

Todo es con­fu­sión. Todo es dolor. No impor­ta la car­ta de des­pe­di­da que dejó aún más des­con­cer­ta­dos a muchos. No impor­ta que en su fue­ro ínti­mo crean que lo deja­ron solo. No impor­ta si para algu­nos de sus ami­gos his­tó­ri­cos había otras sali­das posi­bles antes que pedir­le la renun­cia. Todo esto ya no impor­ta por­que lo que que­dó en evi­den­cia es el modo en que, inclu­so los mejo­res, pue­den hacer cosas horri­bles a ple­na luz del día o con­tar­lo por radio con abso­lu­ta natu­ra­li­dad. Mien­tras miles se mue­ren y otros tan­tos espe­ran en la lar­ga fila de la buro­cra­cia esta­tal para reci­bir la vacu­na que les ali­vie la angus­tia y el mie­do a la pan­de­mia, los ami­gos del minis­tro sal­ta­ban la cola y reci­bían sus dosis sin pudor ni cul­pa. Es la cri­sis moral núme­ro mil de la polí­ti­ca argen­ti­na, pero esta vez, qui­zás, vie­ne a decir­nos bas­ta: esto ya no va más.

El dra­ma social vin­cu­la­do a las cri­sis sani­ta­rias no es nue­vo. Maxi­mi­liano Fique­pron estu­dió las gran­des pes­tes argen­ti­nas des­de el siglo XIX y dice que “ese tipo de inequi­da­des o tra­to pre­fe­ren­cial ha ocu­rri­do con el cóle­ra, la fie­bre ama­ri­lla y la polio”. La fal­ta de recur­sos exis­tió siem­pre: “En las epi­de­mias his­tó­ri­cas hay denun­cias en la pren­sa sobre mal uso de fon­dos, dine­ro, camas o medi­ca­men­tos, pero nun­ca lle­ga­ron a pro­vo­car la renun­cia de algún funcionario”.

Ginés no fue el úni­co que gene­ró des­ilu­sión. El perio­dis­ta Hora­cio Ver­bitsky, que des­ta­pó la olla en una entre­vis­ta radial el vier­nes a la maña­na, dijo en su dis­cul­pa del sába­do a la media­no­che en El Cohe­te a la Luna: “No adver­tí que fue­ra algo inco­rrec­to, el ejer­ci­cio de un pri­vi­le­gio”. Con aquel acto des­le­gi­ti­ma­dor de toda éti­ca per­so­nal y pro­fe­sio­nal, el más rim­bom­ban­te de los cola­dos de la fila dejó un ten­dal de huér­fa­nos: perio­dis­tas de todas las eda­des y mili­tan­tes que creían en él, com­pa­ñe­ros de su ONG de Dere­chos Huma­nos que públi­ca­men­te cues­tio­na­ron su accio­nar. La his­to­ria que sigue es cono­ci­da. Mien­tras el Pre­si­den­te le pedía la renun­cia a su minis­tro de Salud, el perio­dis­ta Rober­to Nava­rro echa­ba a su estre­lla. En medio de una dan­za de nom­bres y las típi­cas ros­cas de la polí­ti­ca, la ele­gi­da natu­ral para suce­der a Ginés fue Car­la Viz­zot­ti. La otro­ra hija pró­di­ga ascen­dió triun­fan­te de una inter­na pre­via a la pan­de­mia: la que se remon­ta inclu­so a los orí­ge­nes mis­mos de la carre­ra de su padrino político. 

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—¿Por qué me ele­gis­te como tu minis­tro de Salud?

—Por­que me habla­ron bien de vos. Y por­que leí un libro tuyo. 

Ginés era ase­sor de la comi­sión de Salud en el blo­que del PJ de la Cáma­ra de Dipu­tados de la Nación, cuan­do lo con­vo­có Anto­nio Cafie­ro al gobierno de la pro­vin­cia de Bue­nos Aires. Recién un año des­pués de asu­mir en el car­go, el 15 de julio de 1988, el médi­co de 44 años le pre­gun­tó al gober­na­dor qué era lo que había vis­to en él, un hom­bre naci­do en San Nico­lás, Pro­vin­cia de Bue­nos Aires, que se había reci­bi­do a los 22 de médi­co ciru­jano en la Uni­ver­si­dad Nacio­nal de Cór­do­ba. Qué había vis­to en él, un hom­bre que había dado los pri­me­ros pasos en la mili­tan­cia polí­ti­ca vin­cu­la­do al pero­nis­mo his­tó­ri­co y al sin­di­ca­lis­mo, en tiem­pos de exi­lio de Perón. Qué había vis­to en él, un dele­ga­do sani­ta­rio fede­ral que reco­rría las pro­vin­cias de Sal­ta, Bue­nos Aires, La Rio­ja y Cór­do­ba, y que reca­ló como direc­tor gene­ral del Sis­te­ma Nacio­nal de Salud de San Luis. Qué había vis­to en él, que se ale­jó de la fun­ción públi­ca cuan­do los mili­ta­res le pidie­ron la renun­cia en 1976, y más ade­lan­te se vin­cu­ló a los sin­di­ca­tos de Uocra y Utedyc como audi­tor de sus obras sociales. 

Cafie­ro vio un joven sim­pá­ti­co y ambi­cio­so. Por momen­tos ado­ra­ble y diver­ti­do. El hom­bre al que de mane­ra cari­ño­sa apo­da­ron “el Gor­do”. Un téc­ni­co bien for­ma­do y tra­ba­ja­dor, cuyo capi­tal polí­ti­co era la vin­cu­la­ción a la diri­gen­cia sin­di­cal y en espe­cial al sec­tor de Car­los “Car­lín” West Ocam­po, his­tó­ri­co diri­gen­te de la Fede­ra­ción Argen­ti­na de Tra­ba­ja­do­res de la Sani­dad. Ginés era un sani­ta­ris­ta con una visión nacio­nal y popu­lar que ocu­pa­ría el car­go que aca­ba­ba de aban­do­nar Flo­real Ferra­ra, el car­dió­lo­go del pero­nis­mo de izquier­da de los seten­ta, espe­cia­li­za­do en medi­ci­na social. Ferra­ra repre­sen­ta­ba la otra línea inter­na de los sani­ta­ris­tas, don­de se des­ta­ca­ba Mario Rove­re (un médi­co vin­cu­la­do a la izquier­da revolucionaria). 

Mien­tras arre­cia­ba la cri­sis eco­nó­mi­ca y Cafie­ro esta­ba más preo­cu­pa­do por la inter­na pero­nis­ta para la pre­si­den­cia (final­men­te per­dió con Menem), “El Gor­do” lle­vó ade­lan­te un plan de medi­ci­na inte­gral. Pro­pu­so un Pac­to Social de Salud en una ges­tión des­cen­tra­li­za­da y par­ti­ci­pa­ti­va: abrió los Con­se­jos Muni­ci­pa­les de Salud e impul­só una Ley de Medi­ca­men­tos que regu­la­ba la dis­tri­bu­ción y el acce­so gra­tui­to para los sec­to­res socia­les más nece­si­ta­dos. La Ley fue envia­da a la Legis­la­tu­ra en 1991, y fue apro­ba­da duran­te la gober­na­ción de Eduar­do Duhal­de, con quien Ginés estre­cha­ría lazos pro­fun­dos y duraderos. 

Aun­que su pul­sión lo lle­va­ría a ini­ciar el camino de una lar­ga déca­da dedi­ca­do a otro proyecto. 

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Es mar­tes 29 de octu­bre de 1991. Ginés Gon­zá­lez Gar­cía está en un peque­ño depar­ta­men­to ubi­ca­do en la ave­ni­da Corrien­tes 1132. El pelo toda­vía con­ser­va el color negro aun­que con algu­nas canas, un círcu­lo en la cabe­za deno­ta la inci­pien­te cal­vi­cie, el bigo­te tupi­do, la son­ri­sa de cos­ta­do, las manos en los bol­si­llos del tra­je. Ginés inau­gu­ra la fun­da­ción Isa­lud, jun­to a sus ami­gos y com­pa­ñe­ros de la carre­ra en Cór­do­ba y los de su ciu­dad natal, San Nico­lás. Años des­pués, la fun­da­ción se con­ver­ti­ría en uni­ver­si­dad. Será, en reali­dad, la usi­na de for­ma­ción de cien­tos de pro­fe­sio­na­les de la salud del país. Cua­dros téc­ni­cos y polí­ti­cos que ocu­pa­rán en las siguien­tes déca­das los luga­res de minis­tros, secre­ta­rios y ase­so­res de los minis­te­rios de salud de dis­tin­tas juris­dic­cio­nes. La uni­ver­si­dad se expan­dió con la volun­tad fede­ra­lis­ta que Ginés apli­có en el plan de estu­dios: una cur­sa­da inten­si­va duran­te tres días al mes que per­mi­tie­ra a los médi­cos de las pro­vin­cias via­jar a Bue­nos Aires para capa­ci­tar­se. Una estra­te­gia que le daría un lugar de men­tor indis­cu­ti­do, una for­ma de hacer polí­ti­ca: años des­pués le garan­ti­za­ría una red de fun­cio­na­rios a lo lar­go y ancho del país que lo tie­nen a él como úni­co referente. 

—Cons­tru­ye­ron una espe­cie de usi­na de per­fi­les téc­ni­cos para la ges­tión, bási­ca­men­te — cuen­ta orgu­llo­so alguien que pasó por allí — . Y en eso radi­ca­ba su gene­ro­si­dad. For­mó cua­dros que des­pués devi­nie­ron en minis­tros, ase­so­res, téc­ni­cos de segun­das y ter­ce­ras líneas. 

En 2005 una infec­tó­lo­ga exper­ta en vacu­na­ción se con­ver­ti­ría en la direc­to­ra del Cen­tro de Estu­dios para la Pre­ven­ción y Con­trol de Enfer­me­da­des Trans­mi­si­bles (CEPy­CET) de la Uni­ver­si­dad Isa­lud. No era cual­quie­ra. Era Car­la, una médi­ca de 33 años gra­dua­da de la Uni­ver­si­dad de El Sal­va­dor con una espe­cia­li­za­ción en la UBA. Era, ade­más, la hija de su mejor ami­go y com­pa­ñe­ro en la carre­ra de Medi­ci­na en Cór­do­ba: Car­los Vizzotti. 

Ginés vol­vió a la fun­ción públi­ca en 2002, con 57 años, con­vo­ca­do por Eduar­do Duhal­de, aho­ra Pre­si­den­te, que inten­ta­ba orde­nar el país des­pués del esta­lli­do del 19 y 20 de diciem­bre de 2001. De mane­ra simi­lar a como lo había hecho en la Pro­vin­cia diez años antes, debió orga­ni­zar un sis­te­ma sani­ta­rio que die­ra res­pues­ta a los sec­to­res más vul­ne­ra­bles en medio de una bru­tal cri­sis eco­nó­mi­ca. Lan­zó el Plan Reme­diar, que dio acce­so a reme­dios gra­tui­tos a más de 15 millo­nes de per­so­nas. Y a pesar de la resis­ten­cia de los labo­ra­to­rios, impul­só la Ley de Medi­ca­men­tos Gené­ri­cos, que esta­ble­cía la obli­ga­to­rie­dad de médi­cos y far­ma­céu­ti­cos de infor­mar a los pacien­tes sobre el uso de medi­ca­men­tos gené­ri­cos más bara­tos, antes que los de las mar­cas comerciales. 

Ginés Gon­zá­lez Gar­cía y Rober­to Lavag­na, que ocu­pa­ba el minis­te­rio de Eco­no­mía, fue­ron los dos úni­cos hom­bres del gabi­ne­te duhal­dis­ta que con­ti­nua­ron duran­te la ges­tión de Nés­tor Kirch­ner, a par­tir de 2003. El sani­ta­ris­ta sos­tu­vo las polí­ti­cas y pla­nes que había lan­za­do al prin­ci­pio de su ges­tión y dos años des­pués, en febre­ro de 2005, fue tapa de Pági­na 12 dicien­do: “Yo creo que hay que des­pe­na­li­zar el aborto”. 

La res­pues­ta del obis­po vica­rio cas­tren­se, Anto­nio Baseot­to, no tar­dó en lle­gar y sugi­rió que había que “tirar­lo al mar”; tam­po­co la de la enton­ces sena­do­ra Nacio­nal y Pri­me­ra Dama: Cris­ti­na Fer­nán­dez de Kirch­ner no acor­da­ba con moto­ri­zar ese deba­te ni en el Con­gre­so ni en la socie­dad. Pero no fue esto lo úni­co que ale­jó a Ginés de la mesa chi­ca del kirch­ne­ris­mo. A pesar de que Nés­tor hacía un esfuer­zo por des­pe­gar­se de Duhal­de para cons­truir su pro­pia fuer­za polí­ti­ca, dicen quie­nes vivie­ron de cer­ca ese capí­tu­lo de la his­to­ria que Ginés nun­ca cor­tó lazos ni dejó de hablar con el bonaerense. 

Duran­te los dos man­da­tos de Cris­ti­na Kirch­ner, el sani­ta­ris­ta —que era entra­dor y ami­ga­ble pero no tenía ante­ce­den­tes en diplo­ma­cia — fue a parar ocho años a la emba­ja­da de Chi­le. Como se dice en la jer­ga polí­ti­ca: al free­zer. Sin embar­go, Ginés acep­tó y apro­ve­chó para hacer rela­cio­nes socia­les, cam­biar el rit­mo de vida y bajar trein­ta kilos. El “Gor­do” esta­ba feliz y la pren­sa chi­le­na elo­gió su capa­ci­dad para cul­ti­var bue­nos víncu­los tan­to con Miche­le Bache­let como con Sebas­tián Piñe­ra. En 2015 dejó la emba­ja­da y vol­vió a tra­ba­jar de lleno en Isa­lud. Cua­tro años des­pués, en la vís­pe­ra de las elec­cio­nes pre­si­den­cia­les de octu­bre, el dia­rio chi­leno La Ter­ce­ra le hizo una entre­vis­ta en la que le pre­gun­ta­ron por su futu­ro en el nue­vo esce­na­rio polí­ti­co, con la uni­fi­ca­ción del pero­nis­mo y la posi­ble lle­ga­da de Alber­to Fer­nán­dez a la pre­si­den­cia. Él contestó: 

—Aho­ra soy rec­tor de una uni­ver­si­dad. Tra­ba­jo mucho for­man­do gen­te, pero por supues­to voy a cola­bo­rar con el pró­xi­mo gobierno; no sé dón­de ni cómo, pero no ten­go nin­gu­na duda.

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—El minis­tro de Salud, como es obvio, tie­ne que ser Ginés. Era como aque­lla pro­pa­gan­da que decía “usted cami­na cami­na y al final com­pra en…”. Uno cami­na, cami­na y uno siem­pre ter­mi­na en Ginés. Por­que Gines es defi­ni­ti­va­men­te quien mejor cono­ce la salud, nadie cono­ce el sis­te­ma de salud argen­tino como Ginés Gon­zá­lez Gar­cía. Tra­ba­ja­mos jun­tos. Fui­mos minis­tros jun­tos en los años de Nés­tor. Y la ver­dad… gra­cias Ginés por­que sé que te vuel­vo a meter en un bodrio. Pero sé que tenés enor­me volun­tad de sobrellevarlo. 

El futu­ro minis­tro esbo­za una son­ri­sa píca­ra, tier­na cuan­do Alber­to Fer­nán­dez cuen­ta ante las cáma­ras de tele­vi­sión cómo esta­rá arman­do su gabi­ne­te. ¿Es aca­so la últi­ma vez que alguien lo nom­bre minis­tro? Seguramente. 

La his­to­ria ofi­cial dice que cuan­do Alber­to Fer­nán­dez empe­zó a dise­ñar su futu­ro gabi­ne­te sona­ban dos nom­bres fuer­tes como minis­tros: Arnal­do Medi­na y Pablo Yed­lin. Ambos esta­ban entu­sias­ma­dos, ansio­sos. Pero sabían una sola cosa. Para ser minis­tro de salud de un gobierno pero­nis­ta como el que se venía, debían con­tar con la ben­di­ción de su men­tor: Ginés Gon­zá­lez Gar­cía. La his­to­ria ofi­cial dice que Alber­to se jun­tó con Ginés y que le dijo: “Deja­te de joder, la his­to­ria no nece­si­ta otros, nece­si­ta a Gine­ses”. Pero hay otra his­to­ria que dice esto: cuan­do Ginés se ente­ró que ron­da­ban otros nom­bres, se jun­tó con Alber­to y él mis­mo le dijo que que­ría ser el minis­tro de Salud de esta nue­va eta­pa. Algu­nos que lo cono­cen hace muchí­si­mos años, sos­tie­nen que tenía un deseo irre­fre­na­ble de ser el minis­tro que san­cio­na­ra el Abor­to Legal. Pero en toda dispu­ta de poder, y más con un país des­trui­do y endeu­da­do, Ginés sabía que ade­más del minis­te­rio nece­si­ta­ba con­tar con otra depen­den­cia o, para decir­lo de otro modo, nece­si­ta­ba recur­sos. Y en el ámbi­to de la salud, uno de los más codi­cia­dos es la Super­in­ten­den­cia de Ser­vi­cios de Salud, es el órgano que orde­na, regu­la y trans­fie­re los recur­sos a las obras socia­les. Se sabe: es tam­bién una de las prin­ci­pa­les fuen­tes de ingre­so de los sindicatos. 

Alber­to se lo dio: allí asu­mió Euge­nio Zana­ri­ni, hom­bre de máxi­ma con­fian­za de Ginés, un exper­to en mar­ke­ting y admi­nis­tra­ción que has­ta ese momen­to lle­va­ba diez años en el car­go de Vice­rrec­tor de la Uni­ver­si­dad Isalud. 

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—¡Minis­teeeee­rioooooo, Salud es minis­teeeeee­riooooo, Salud es ministeeeeriooooooo!

El 12 de diciem­bre de 2019 los gri­tos y los can­tos se escu­chan des­de la calle. En el salón de actos del Minis­te­rio de Salud las puer­tas se abren como en un reci­tal de Rock y la estre­lla del momen­to, Ginés Gon­zá­lez Gar­cía, entra aga­rrán­do­se del mar­co de la puer­ta, fla­man­te, feliz, abom­ba­do por la mul­ti­tud de gen­te amon­to­na­da que aplau­de y aren­ga: sube al esce­na­rio solo, entre tam­ba­leos y ale­gría. Salu­da al públi­co con las dos manos, los ojos achi­na­dos, abso­lu­ta­men­te boquia­bier­to. Inme­dia­ta­men­te se suma Arnal­do Medi­na, quien unos meses antes podía haber esta­do en el lugar de Ginés pero aho­ra asu­me como Secre­ta­rio de Cali­dad en Salud. Un ins­tan­te antes de que el esce­na­rio se lle­ne de gen­te, sube uno más, que pasa casi des­aper­ci­bi­do. Duran­te algu­nos segun­dos están los tres. El ter­cer hom­bre tie­ne 43 años y se lla­ma Lisan­dro Bone­lli. Va a ser el Jefe de Gabi­ne­te del Minis­te­rio y es el sobrino de Ginés. Lo quie­re como a un hijo. Sube aplau­dien­do y pare­ce un pit­bull: el cuer­po menu­do, saco y cami­sa ceñi­dos al cuer­po y la cabe­za gran­de, redon­da y son­rien­te. Abo­ga­do de pro­fe­sión, gra­dua­do en 1999, había sido des­de 2002 encar­ga­do del Área Uni­dad Minis­tro duran­te la pri­me­ra ges­tión de su tío. Cuan­do Ginés se fue a Chi­le, ocu­pó fun­cio­nes en el muni­ci­pio de San Nico­lás, el pue­blo fami­liar, y en 2013 inte­gró una lis­ta de can­di­da­tos a dipu­tados pro­vin­cia­les por el mas­sis­mo. Con una ban­ca en la legis­la­tu­ra pro­vin­cial des­de enton­ces, fue tam­bién inte­gran­te del Con­se­jo de la Magis­tra­tu­ra, has­ta el espe­ra­do regre­so al Ministerio. 

—Cuan­do vuel­ven al Minis­te­rio, Bone­lli se cree emba­ja­dor ple­ni­po­ten­cia­rio, y lle­ga patean­do cosas — cuen­ta un tra­ba­ja­dor del minis­te­rio de Salud.

—Bone­lli tenía enor­mes aspi­ra­cio­nes — dice otro fun­cio­na­rio — Cual­quier cosa que pasa­ba él le iba a soplar la ore­ja a Ginés. Yo creo que él es el res­pon­sa­ble de todo esto. De la inter­na y del final. 

***

El 15 de mar­zo del 2020 un hom­bre de 43 años lla­ma­do Ariel se con­ver­ti­ría en la pri­me­ra per­so­na en Argen­ti­na con el diag­nós­ti­co de Sars COVID-19. Una sema­na antes, el minis­tro de Salud había dicho que no había posi­bi­li­da­des de que esto suce­die­ra. “Come­tió el peca­do de la hones­ti­dad — dijo Alber­to Fer­nán­dez a los medios cuan­do se cono­ció la noti­cia — . Los exper­tos a los que con­sul­ta­mos nos habían dicho en enero que el virus moría a los 24 gra­dos y que las posi­bi­li­da­des de que lle­ga­ra al país eran casi nulas. Lo que dijo Ginés fue lo que dijo la comu­ni­dad cien­tí­fi­ca”. Y para des­pe­jar aque­llos pri­me­ros fan­tas­mas retru­có: “No lo cam­bio ni loco. Ginés es el mejor minis­tro que pue­de tener Argen­ti­na. Es el que más sabe de salud pública”.

—La comu­ni­ca­ción empe­zó sien­do el gran pro­ble­ma. La mesa chi­ca de Ginés, que prin­ci­pal­men­te es Bone­lli, no lo cui­dó. Nun­ca le dije­ron no mirá, no podés decir esto, no podés hacer tal o cual decla­ra­ción. Era todo sí Ginés, sí, Ginés. Era una vaca sagra­da— cuen­ta un tra­ba­ja­dor del ministerio. 

El cli­ma den­tro del minis­te­rio era ten­so. Por un lado, la coyun­tu­ra mis­ma. Gober­nar entre la incer­ti­dum­bre, a prue­ba y error, aco­rra­lan a cual­quie­ra. Pero lo cier­to era que el modo de ges­tio­nar de Ginés comen­za­ba a implo­sio­nar den­tro del pro­pio minis­te­rio y peor aún, con su dis­cí­pu­la pró­di­ga, Car­la Vizzotti.

—Des­pués de muchas decla­ra­cio­nes des­acer­ta­das de Ginés, Alber­to dio la orden de que la voce­ra fue­ra Car­la Viz­zot­ti, esa fue la pri­me­ra puña­la­da — cuen­ta alguien con acce­so a Olivos. 

Car­la Viz­zot­ti, exper­ta en viro­lo­gía y en vacu­nas, se con­vir­tió en la cara de la pan­de­mia dan­do el par­te dia­rio. El Pre­si­den­te vio en ella lo que había vis­to su men­tor, cuan­do la lle­vó a tra­ba­jar con él en 2003: una tra­ba­ja­do­ra incan­sa­ble que comu­ni­ca­ba de mane­ra efi­caz y con­tun­den­te, aun­que todas las noti­cias que die­ra fue­ran malas. Des­de ese momen­to comen­zó una gue­rra fría. Era vox popu­li, inclu­so por fue­ra del minis­te­rio, que Ginés sen­tía celos de la que ofi­cia­ba como viceministra. 

—El mal­tra­to hacia ella fue espan­to­so. La nin­gu­nea­ban en las reunio­nes de gabi­ne­te, sobre todo su sobrino —sos­tie­ne alguien que estu­vo en esos mitines. 

—A Car­la la corrie­ron total­men­te del víncu­lo coti­diano con Ginés. Era algo muy noto­rio y era sabi­do por todos — cuen­ta otra funcionaria.

La inter­na que­dó expues­ta públi­ca­men­te en mayo del 2020. Viz­zot­ti come­tió un error que des­ató una pelea inter­na­cio­nal cuan­do con­sig­nó datos equi­vo­ca­dos sobre la can­ti­dad de infec­ta­dos y muer­tos en Chi­le en una de las “fil­mi­nas” que ela­bo­ra­ba para las expo­si­cio­nes del Presidente. 

—Ahí entra­ba el sobrino— rela­ta un fun­cio­na­rio — . Ante cual­quier cosa que hacía Car­la sal­ta­ba a la yugu­lar. La inter­na era con él. La aspi­ra­ción de él era gigantesca. 

El 27 de mayo, cuan­do Ginés fue inter­na­do por un hor­mi­gueo en el bra­zo, Bone­lli prác­ti­ca­men­te tomó pose­sión del minis­te­rio y des­pla­zó a Viz­zot­ti. Pero ella seguía foca­li­za­da en su labor. Car­la no iba a enfren­tar a su padrino polí­ti­co. La cosa no era con él. 

Es diciem­bre del 2020 y Car­la Viz­zot­ti y la ase­so­ra pre­si­den­cial Ceci­lia Nico­li­ni son las ele­gi­das para ir a Rusia a traer el pri­mer car­ga­men­to de las vacu­nas Sput­nik V. Es el momen­to más espe­ra­do, la foto que todos quie­ren tener. Quien tra­je­ra las vacu­nas sería con­si­de­ra­do el gran héroe nacio­nal. Y en este caso era una heroí­na. Pero aquel 24 de diciem­bre, ape­nas ate­rri­zó el avión de Aero­lí­neas Argen­ti­nas con el car­ga­men­to mila­gro­so, Car­la y Ceci­lia tuvie­ron que espe­rar en una camio­ne­ta para que les hicie­ran el examen de PCR. Era lo que corres­pon­día, pero eso impli­có que la con­fe­ren­cia de pren­sa con­tan­do la bue­na noti­cia la die­ra el jefe de Gabi­ne­te, San­tia­go Cafie­ro y el minis­tro de Salud, Ginés Gon­zá­lez Gar­cía. ¿Una juga­da sucia? Nadie lo ase­gu­ra, pero las fun­cio­na­rias hicie­ron saber su malestar. 

***

—Vamos a tener que repen­sar todo nues­tro sis­te­ma de salud. 

Como cada vez que dis­pa­ra una fra­se, Cris­ti­na Fer­nán­dez de Kirch­ner deja a todos en silen­cio. La tar­de del 18 de diciem­bre de 2020, en uno de los pocos actos públi­cos des­de el ini­cio de la pan­de­mia, la vice­pre­si­den­ta dejó un ten­dal de ideas que serían mas­ti­ca­das por días. La refor­ma del sis­te­ma de salud no esta­ba en la agen­da aun­que nada de lo que dice Cris­ti­na es ino­cen­te. La pan­de­mia lle­va­ba varios meses ponien­do en bru­tal evi­den­cia las des­igual­da­des eco­nó­mi­cas y geo­grá­fi­cas del sis­te­ma de salud. Y no lo tiró como una pie­dra para que alguien la reco­gie­ra: ella mis­ma ya tenía un plan. Y este sería una pie­za fun­da­men­tal para pro­fun­di­zar una his­tó­ri­ca grie­ta entre los sani­ta­ris­tas del gobierno. El encar­ga­do de este plan era el vice­mi­nis­tro de salud bonae­ren­se, Nico­lás Kre­plak, médi­co y miem­bro de La Cám­po­ra, la agru­pa­ción que coman­da Máxi­mo Kirch­ner. Kre­plak y el minis­tro Daniel Gollán son par­te de la otra corrien­te sani­ta­ris­ta den­tro del pero­nis­mo, aque­lla que lide­ra Mario Rovere.

—Para la ban­da de Ginés, la ban­da de Gollán y Kre­plak es Cami­lo Cien­fue­gos bajan­do de la Sie­rra Maes­tra y para la ban­da de Kre­plak y Gollán, la ban­da de Ginés es el con­ser­va­du­ris­mo de salud y socio de los gran­des labo­ra­to­rios. Pos­tu­ras alta­men­te anta­gó­ni­cas — gra­fi­ca un fun­cio­na­rio que cono­ce la inter­na a la perfección.

A fina­les de 2019, con el apo­yo de la Vice­pre­si­den­ta de la Nación, Kre­plak pro­mo­vió el pro­yec­to de refor­ma inte­gral del sis­te­ma de salud que bus­ca­ba regu­lar la dis­tri­bu­ción del gas­to en salud y las pres­ta­cio­nes. El pro­yec­to fue resis­ti­do por los gre­mios, muy cer­ca­nos a Ginés y los suyos, que tem­bla­ron ante la posi­bi­li­dad de per­der la caja. Tre­ce días des­pués del dis­cur­so de Cris­ti­na y de una serie de reunio­nes que impul­só Kre­plak, el super­in­ten­den­te de Salud, Euge­nio Zana­ri­ni, tuvo un infar­to. Fue el 31 de diciem­bre, el mis­mo día que Ginés toda­vía mas­ti­ca­ba el tan espe­ra­do triun­fo por la apro­ba­ción del abor­to legal, segu­ro y gra­tui­to. Pero el fes­te­jo duró poco. Ese mis­mo día el Eje­cu­ti­vo auto­ri­zó y lue­go dejó sin efec­to un aumen­to del 7% de las pre­pa­gas. Un volan­ta­zo que dejó en evi­den­cia una inter­na calien­te, encendida.

***

“La polí­ti­ca es éti­ca, tene­mos que ter­mi­nar con este tipo de prác­ti­cas, con la cul­tu­ra argen­ti­na de la vive­za, la picar­día, el mane­jo de las influen­cias”. Las pala­bras del Pre­si­den­te son de una con­ver­sa­ción infor­mal con Mario Wain­feld, que apa­re­ce en la nota de tapa de Pági­na 12 del domin­go. Alber­to tam­bién cali­fi­ca como “imper­do­na­ble” el ata­jo que dio Ginés a sus ami­gos para vacu­nar­se. Pero des­pués de que se vie­ra por últi­ma vez al ex minis­tro entrar derro­ta­do a su casa entre insul­tos y cace­ro­las, dice que no va a “tole­rar el escar­nio públi­co” con­tra quien fue­ra uno de sus mejo­res hom­bres. Apro­ve­cha para vol­ver a traer el eje de la dis­cu­sión sobre la éti­ca y se mues­tra into­le­ran­te fren­te al acto de corrup­ción de uno de los suyos. Es el inten­to de capi­ta­li­zar la cri­sis a su favor y vol­ver a pilo­tear en la tor­men­ta de la pan­de­mia con el equi­po que aho­ra lide­ra Viz­zot­ti, la pri­me­ra mujer médi­ca en la his­to­ria en coman­dar la car­te­ra de salud. 

La caí­da de Ginés pue­de leer­se como un momen­to cúl­mi­ne en la dia­léc­ti­ca de la vacu­na. Se sabe: la indus­tria de los fár­ma­cos es, des­pués de las armas, la que mue­ve más dine­ro en el mun­do. La vacu­na con­tra el covid des­ató un sin­fín de espe­cu­la­cio­nes entre labo­ra­to­rios, el dine­ro que cos­ta­ba una, las cláu­su­las que impo­nía la otra, la bur­da dis­cu­sión ideo­ló­gi­ca entre la rusa y la bri­tá­ni­ca. Cuan­do el gobierno ase­gu­ró el acce­so, des­de la opo­si­ción se agi­tó un cli­ma de des­con­fian­za sobre la efi­ca­cia y los posi­bles efec­tos adver­sos de la vacu­na. Cuan­do una pres­ti­gio­sa revis­ta inter­na­cio­nal habi­li­tó la pro­du­ci­da por el labo­ra­to­rio Gama­le­ya, con­ver­gie­ron la orga­ni­za­ción fre­né­ti­ca del Esta­do por la dis­tri­bu­ción a lo lar­go y a lo ancho del país con la vive­za de ami­gos y cola­dos. Aho­ra todos se quie­ren vacu­nar: la carre­ra para sal­tar­se la fila y lle­gar pri­me­ro no es made in Argen­ti­na y pare­cie­ra que la úni­ca for­ma de sal­var­se es pasar por enci­ma del otro. En Argen­ti­na ya hay 700 mil per­so­nas que reci­bie­ron al menos una dosis y 400 mil que ya tie­nen ambas. Y casi 52.000 muer­tes en menos de un año. El momen­to en que el minis­tro y el perio­dis­ta toma­ron con­cien­cia de sus pri­vi­le­gios, prác­ti­ca­men­te a la vis­ta de todos, abre una hon­da pre­gun­ta sobre las ¿vie­jas? for­mas de la polí­ti­ca, las pre­ben­das, las avi­va­das, la natu­ra­li­za­ción de con­duc­tas inmo­ra­les. La caí­da de Ginés, para muchos el mejor minis­tro des­de el regre­so de la demo­cra­cia, el pró­cer que for­mó cien­tos de dis­cí­pu­los, el hom­bre que mere­cía irse vito­rea­do y no con una cau­sa penal, pue­de dejar qui­zás la pre­gun­ta por cómo cons­truir nue­vos modos de hacer polí­ti­ca que, entre otras cosas, ter­mi­nen con la lógi­ca de los privilegios.

fuen­te: Anfibia



Itu­rria /​Fuen­te

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