Méxi­co. La cam­pe­si­na, vía para sos­te­ner la vida ante pan­de­mias y otras amenazas

Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 12 de febre­ro de 2021

Tex­to Y Fotos: Ánge­les Maris­cal | Chia­pas Paralelo

Como el fiel de una balan­za, en gran­des regio­nes de Méxi­co la figu­ra del hom­bre y la mujer cam­pe­si­na e indí­ge­na, sus sabe­res, sus prác­ti­cas y el ali­men­to que pro­du­cen, se colo­ca­ron en el cen­tro que guar­da la vida; refor­zan­do el muro de con­ten­ción que han sos­te­ni­do duran­te déca­das, ante el emba­te de la agro­in­dus­tria, pro­yec­tos extrac­ti­vos y aho­ra los cam­bios cli­má­ti­cos y nue­vas enfer­me­da­des. Esta es la expe­rien­cia del pue­blo zoque de Chiapas.

Subien­do por la carre­te­ra que par­te del cen­tro de Chia­pas hacia el nor­te del esta­do, en el sur­es­te mexi­cano, se abren cami­nos y comu­ni­da­des zoques que dan cuen­ta de sus raí­ces, sus bata­llas y sus alian­zas con los ecosistemas.

Aquí la vege­ta­ción se pue­de medir por los tonos de ver­des, a veces por los gri­ses de las pie­dras que que­da­ron des­nu­das ante el emba­te de siem­bras for­za­das con agen­tes quí­mi­cos; o por des­cam­pa­dos mon­ta­ño­sos don­de aho­ra pas­ta el gana­do bovino. Es el noroc­ci­den­te del esta­do, una región poco visi­bi­li­za­da, opa­ca­da qui­zá por la atrac­ti­va sel­va Lacan­do­na, ubi­ca­da en el extre­mo opuesto.

La región noroc­ci­den­te zoque, tie­ne sus pro­pios atrac­ti­vos, man­sos y com­ple­jos. Para lle­gar aquí, hay que pasar los muni­ci­pios de Ixta­pa y Soya­ló, en el cen­tro del esta­do, don­de el uso exce­si­vo de agro­quí­mi­cos usa­dos para mul­ti­pli­car la siem­bra de maíz, dejó al paso de los años, man­cho­nes de tie­rras casi esté­ri­les, pla­ni­cies de rocas gri­ses don­de en épo­ca de llu­vias, ape­nas se cue­lan algu­nos atis­bos de vegetación.

Sin embar­go, unos cuan­tos kiló­me­tros camino al nor­te no tar­dan en apa­re­cer pina­res, y en segui­da bos­ques de encino y liqui­dám­bar, que cre­cen en esa tran­si­ción entre la mon­ta­ña y el tró­pi­co, eco­sis­te­ma carac­te­rís­ti­co de la zona zoque.

Este cli­ma benigno para la siem­bra y cul­ti­vo, podría haber sido la razón de que un gru­po de olme­cas que migra­ron en el Siglo XV se asen­ta­ran ‑entre otros luga­res de Chia­pas, Vera­cruz y Tabasco‑, en esta región, dan­do paso a la cul­tu­ra zoque.

Aquí, el aire húme­do que lle­ga des­de el Gol­fo de Méxi­co se topa con una cor­di­lle­ra de mon­ta­ñas que lo detie­nen y pro­vo­can, duran­te más de 8 meses del año, una hume­dad del 87 por cien­to en el muni­ci­pio de Rayón, la puer­ta de entra­da a la región.

Has­ta hace pocas déca­das, este lugar era cono­ci­do como la “sel­va negra”, por­que la tupi­da vege­ta­ción y la espe­sa nie­bla pro­duc­to de la hume­dad que cubre cami­nos y mon­ta­ñas, deja­ba pasar pocos rayos de sol.

Cuen­ta el Miguel Álva­rez del Toro ‑uno de los eco­lo­gis­tas más des­ta­ca­dos de Chiapas‑, en el libro Así era Chia­pas, escri­to en la déca­da de 1980, que aquí “una feraz vege­ta­ción cre­cía en los mis­mos bor­des (del camino), tan tupi­da que pare­cía sóli­da mura­lla (…) por algo le lla­ma­ban la sel­va negra, y duran­te el día era fre­cuen­te que los quetza­les cru­za­ran el cielo”.

Hoy cami­na­mos el lugar, expec­tan­tes del momen­to en el que la sel­va negra se abrie­ra como un túnel. No lle­gó ese momen­to, la cla­ri­dad se man­tu­vo, al menos en el camino. Cada tan­to la nebli­na, que sí per­ma­ne­ce, deja ver zonas don­de pas­ta el gana­do bovino.

En las esta­dís­ti­cas ofi­cia­les, se pre­sen­ta como un logro que en Chia­pas, entre 2010 y 2018 la pro­duc­ción de gana­do bovino se incre­men­tó en un 39.26 por cien­to, lo que aho­ra colo­ca al esta­do en el déci­mo lugar a nivel nacio­nal “por el valor de la producción”.

La sel­va negra, los bos­ques de nie­bla zoques die­ron su cuo­ta para estas cifras. “El Dis­tri­to de Pichu­cal­co (que abar­ca la región zoque) cuen­ta con la mayor pro­duc­ción (de gana­do) con un 22.79% del total de la pro­duc­ción del esta­do de Chia­pas”, repor­tó el estu­dio sobre bio­di­ver­si­dad y pai­sa­jes gana­de­ros ela­bo­ra­do por ins­ti­tu­cio­nes de gobierno y orga­ni­za­cio­nes como el Ins­ti­tu­to Inter­ame­ri­cano de Coope­ra­ción para la Agri­cul­tu­ra (IICA) de la Orga­ni­za­ción de Esta­dos Ame­ri­ca­nos (OEA).

Para ganar terreno, la gana­de­ría le arre­ba­tó tie­rras a estos bos­ques tem­pla­dos y las zonas agrí­co­las. El estu­dio reco­no­ce que los eco­sis­te­mas han sufri­do “trans­for­ma­cio­nes ace­le­ra­das ante la nece­si­dad cre­cien­te de recur­sos ali­men­ti­cios para la pro­duc­ción de car­ne bovi­na”, con fuer­tes impli­ca­cio­nes que se mani­fies­ta en la dis­mi­nu­ción de la super­fi­cie fores­tal y agrí­co­la. Cam­pe­si­nos deja­ron de sem­brar la mil­pa en regio­nes con­si­de­ra­bles de sus tie­rras, para meter ganado.

Entre el bos­que de nie­bla, la gana­de­ría se abrió paso impul­sa­da por pro­gra­mas gubernamentales

Fer­mín Ledes­ma Domín­guez, antro­pó­lo­go social ori­gi­na­rio de esta región, y Ana Luz Vala­dez Orte­ga, inves­ti­ga­do­ra del Cen­tro de Estu­dios para el Cam­bio en el Cam­po Mexi­cano (CECCAM), ven un ries­go en esto.

Coin­ci­den en que el núcleo que sos­tie­ne en pri­me­ra ins­tan­cia la sobe­ra­nía ali­men­ta­ria en esta región, es la mil­pa meso­ame­ri­ca­na en la que se pro­du­cen maíz y dos doce­nas de pro­duc­tos, don­de se ponen en jue­go ele­men­tos de la agro­bio­di­ver­si­dad de esta tie­rra fértil.

“Es en la mil­pa meso­ame­ri­ca­na don­de se repro­du­cen los dife­ren­tes tipos de maíz, los dife­ren­tes tipos de fri­jol; es ahí don­de por siglos, los hom­bres y las muje­res cam­pe­si­nas han sos­te­ni­do un diá­lo­go indi­so­lu­ble con la tie­rra, selec­cio­nan­do las mejo­res semi­llas, repro­du­cién­do­las”, expli­ca Valadez.

En con­tra­par­te, algu­nas de las prin­ci­pa­les ame­na­zas para los pue­blos, vie­nen del mode­lo agro­in­dus­trial de pro­duc­ción y pro­ce­sa­mien­to de ali­men­tos, y en esta zona en par­ti­cu­lar ‑des­ta­lla Ledesma‑, “del empu­je de la ganadería”.

La velo­ci­dad del cre­ci­mien­to de la gana­de­ría, tan­to de quie­nes tie­nen el gana­do en pro­pie­dad, como de quie­nes cul­ti­van pas­tos para ren­ta, trans­for­man el eco­sis­te­ma y la pro­duc­ción de auto­su­fien­cia ali­men­ta­ria que vie­ne de la mil­pa meso­ame­ri­ca­na, que en esta región cubre al menos ocho meses según los pro­pios agri­cul­to­res entre­vis­ta­dos para este reportaje.

“La mil­pa es la que se pone en ries­go cuan­do se cam­bia el uso de sue­lo; y cuan­do se trans­for­ma, pue­de resul­tar en una situa­ción muy peli­gro­sa en todo sen­ti­do, por­que se pier­de la capa­ci­dad de los pue­blos de ali­men­tar­se a si mis­mos”, deta­lla Valadez.

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“Vivir con lo que siembra”

Un letre­ro gran­de, rojo inten­so, logra ver­se entre la nebli­na que cubre los cami­nos y las mon­ta­ñas, a la altu­ra de la comu­ni­dad El Ave­llano, del muni­ci­pio Pan­te­pec. Tie­ne escri­to: “ZONA DE RIESGO ALTO”, y el logo­ti­po del Sis­te­ma Esta­tal de Pro­tec­ción Civil de Chia­pas. Advier­te que metros ade­lan­te, la carre­te­ra que­dó cor­ta­da cuan­do la tie­rra de una lade­ra com­ple­ta se des­li­zó al menos 500 metros hacia aba­jo, hacia un pre­ci­pi­cio; jalan­do casas, siem­bras, gana­do, y la vida de Rober­to Car­los López y Fer­mín Váz­quez Hernández.

Estas tie­rras son veci­nas del muni­ci­pio de Rayón, don­de pobla­do­res con­vo­ca­ron a un encuen­tro emer­gen­te a cele­brar­se en el inte­rior de la Igle­sia de San Bar­to­lo­mé el 6 de diciem­bre, por­que en 13 muni­ci­pios de la zona zoque, entre los meses de octu­bre y noviem­bre, llo­vió de for­ma casi ininterrumpida.

La tie­rra lo resin­tió dejan­do asen­ta­mien­tos en pobla­dos ente­ros, des­li­za­mien­tos de lade­ras, derrum­bes de cami­nos saca cose­chas y en gran­des tra­mos de carre­te­ras. Muchos cul­ti­vos que­da­ron en la mil­pa, semi­se­pul­ta­dos por ane­ga­cio­nes de agua, o por la impo­si­bi­li­dad de sacar­los. El sal­do final de los daños, aún no ter­mi­na de cuantificarse.

El día de la reu­nión tam­bién llue­ve, los cam­pe­si­nos se sacu­den el lodo de las botas y las gotas de agua de sus sué­te­res y cha­ma­rras, antes de entrar a la Igle­sia de pare­des de pie­dra altas. Des­de tem­prano, feli­gre­ses, sacer­do­tes y jóve­nes de la región, aco­mo­da­ron las ban­cas para for­mar un círcu­lo; este día el lugar se con­vir­tió en un salón de reunión.

Zonas ente­ras de la región zoque se con­vir­tie­ron en una “ZONA DE ALTO RIESGO” según el Sis­te­ma Esta­tal de Pro­tec­ción Civil

Repre­sen­tan­tes de las comu­ni­da­des que logra­ron lle­gar, exten­die­ron al lado de imá­ge­nes y figu­ras de san­tos y vír­ge­nes, mapas de la zona, mapas que se colo­can jun­to a lonas de encuen­tros ante­rio­res; una de ellas dice “No a la mine­ría en los pue­blos zoques”, otra deta­lla los efec­tos del cam­bio cli­má­ti­co y los pro­yec­tos extrac­ti­vos que inten­tan obte­ner de la región gas y petróleo.

Entre todos van mar­can­do en los mapas las afec­ta­cio­nes y los luga­res de las afec­ta­cio­nes, lue­go los lle­van la refle­xión que bus­ca las cau­sas, las solu­cio­nes, y pasa por reco­no­cer sus for­ta­le­zas como comu­ni­dad zoque. Una noche antes de la reu­nión, los cam­pe­si­nos empe­za­ron a llegar.

Esa noche, en una zona de la parro­quia, en el lugar que ocu­pan para reci­bir a pobla­do­res de la región que bus­can aten­der­se algún pro­ble­ma de salud con tra­ta­mien­tos que recu­pe­ran los sabe­res de los mis­mos pue­blos, las con­ver­sa­cio­nes gira­ron en torno al cui­da­do de la tie­rra, de la salud y la ali­men­ta­ción, los gran­des temas que atra­vie­san el deba­te mun­dial sobre la pan­de­mia pro­vo­ca­da por el SARS-COV‑2.

“El hom­bre tie­ne que vol­ver a sus raí­ces, lo que está pasan­do en la actua­li­dad no le está ayu­dan­do, le está per­ju­di­can­do, le está hacien­do mucho daño al pla­ne­ta y al orga­nis­mo. Nues­tra medi­ci­na y nues­tra enfer­me­dad está en lo que come­mos”, plan­tea Tri­ni­dad Anto­nio Sán­chez, sen­ta­do en la habi­ta­ción don­de tam­bién cuel­ga una gran lona que dice: “El pue­blo de Rayón defien­de la vida, el agua, la tie­rra y el territorio”.

Jun­to a Tri­ni­dad están Anto­nio López y Joya­rit Juá­rez, dos ancia­nos que reto­man la plá­ti­ca y la lle­van al tema de la ali­men­ta­ción. “La mayo­ría de la gen­te de acá tra­ba­ja en el cam­po y come lo que le da el cam­po. Lo que come­mos lo saca­mos de nues­tra tie­rra, noso­tros nos ali­men­ta­mos natu­ral, nos cura­mos con la medi­ci­na natu­ral, eso es lo que nece­si­ta nues­tro cuer­po: comer lo natu­ral y curar­nos con lo natural”.

Rei­vin­di­can la rique­za que sig­ni­fi­ca poder comer y curar­se de lo que ellos mis­mos pro­du­cen, aun­que en tér­mi­nos ofi­cia­les, esta zona es con­si­de­ra­da de “alta mar­gi­na­ción social”, según la Secre­ta­ría de Desa­rro­llo Social del gobierno de Méxi­co, que mide con indi­ca­do­res que lo mis­mo con­ta­bi­li­zan el acce­so a lava­do­ras y refri­ge­ra­do­res, que a agua entu­ba­da y vivien­das con piso de cemento.

Fer­mín Ledes­ma Domín­guez con­tra­di­ce esta métri­ca del Esta­do. “Un señor nos decía: ´es que somos bien pobres´. Fui­mos a su par­ce­la y encon­tra­mos 27 dife­ren­tes ali­men­tos que demos­tra­ban que no es pobre. ´Usted pue­de vivir con lo que siem­bra. Tie­ne maíz, berros, ver­do­la­gas, toma­te, cua­tro dife­ren­tes tipos de fri­jol, cha­yo­te, cala­ba­za, yuca, malan­ga, papas, plá­tano de dife­ren­tes tipos, yer­ba mora, paca­ya, chi­la­ca­yo­te, toma­ti­to…´, le dijimos”.

Toda esa diver­si­dad de ali­men­tos ‑expli­ca Ledes­ma- es lo que per­mi­te vivir aquí, y lo que per­mi­tió reasi­mi­lar estos meses, a jóve­nes migran­tes que regre­sa­ron por la pandemia.

“De esos vivi­mos noso­tros, de lo que sem­bra­mos en la mil­pa. A la hora que depo­si­ta­mos la semi­lla sem­bra­mos tres tipos de fri­jo­les, sem­bra­mos cala­ba­za y algu­nos tubércu­los; así se crían todos jun­tos, es la mil­pa meso­ame­ri­ca­na”, expli­ca Joyarit.

Afue­ra de una tien­da de aba­rro­tes, jóve­nes colo­can cos­ta­les de gra­nos que espe­ran comerciar

Ana Luz Vala­dez Orte­ga expli­ca que en Chia­pas, el 47 por cien­to de todo el terri­to­rio es pro­pie­dad agra­ria, y es este el esta­do que tie­ne una mayor super­fi­cie de siem­bra de maíz en todo Méxi­co, según datos del Sis­te­ma de infor­ma­ción Agro­pe­cua­ria de Secre­ta­ria de Agri­cul­tu­ra y Desa­rro­llo Rural (Sagar­pa). Solo en 2019 se cose­cha­ron 1 millón 147 mil 899 tone­la­das de maíz, más del 90 por cien­to a tra­vés de mil­pe­ros de auto­con­su­mo, deta­lla Valadez.

La pro­duc­ción de maíz, en el caso de los pobla­do­res de la zona zoque, les sir­ve para comer ocho meses al año, aun­que hay per­so­nas cuya pro­duc­ción le alcan­za para todo el año, expli­can en la reu­nión del 6 de diciem­bre. Sin embar­go, aho­ra mis­mo esa pro­duc­ción se encuen­tra en riesgo.

“Se está ablan­dan­do la tie­rra por el ganado”

En el inte­rior de la Igle­sia de San Bar­to­lo­mé, en Rayón, la reu­nión toma for­ma, se orga­ni­zan por regio­nes y muni­ci­pios. De un lado los de Cha­pul­te­nan­go, Rayón, Pan­te­pec; de otro los de Tapi­lu­la y las zonas más bajas. Cada gru­po fue des­glo­san­do en los mapas las afec­ta­cio­nes en su ecosistema.

Algu­nos dibu­ja­ron en hojas gran­des de papel, el lugar que ocu­pa su comu­ni­dad, sus ríos, sus casas, sus mil­pas y lo que resul­tó daña­do en las sema­nas recien­tes de llu­vias. Otros hicie­ron lis­tas com­ple­tas deta­llan­do fami­lias y per­di­das; lue­go las col­ga­ron de las pare­des. Hay ancia­nos y jóve­nes, hay muje­res y hombres.

“Acá se está ablan­dan­do la tie­rra por el gana­do, el cerro se sigue des­la­van­do”, suel­ta Jesús Manuel Gómez Gómez, un joven de 26 años, ori­gi­na­rio de la comu­ni­dad San Anto­nio Acam­bac, Cha­pul­te­nan­go, cuan­do toma la pala­bra en la reu­nión don­de poco a poco van dán­do­le sen­ti­do a lo que cuel­ga de las paredes.

“Noso­tros mis­mos nos lo gana­mos, por­que tira­mos árbo­les para el gana­do, para sem­brar los pas­tos, y los cerros que­da­ron frá­gi­les, aho­ra ya no pue­den absor­ber el agua que este año fue muchí­si­ma”, refle­xio­na Rolan­do Váz­quez, del pobla­do Guayabal.

Nin­guno de los dos es geó­lo­go o espe­cia­lis­ta en medio ambien­te, pero cono­cen como nadie, lo que suce­de en su región.

La fami­lia de Jesús Manuel uti­li­za para la gana­de­ría, entre 13 y 15, de las 20 hec­tá­reas que poseen; las otras cin­co, son des­ti­na­das a la siem­bra de maíz y hor­ta­li­zas. Él recuer­da que has­ta 2005, la tie­rra que se uti­li­za­ba era casi exclu­si­va­men­te para las milpas.

Pero ese año y los sub­se­cuen­tes, el gobierno les ofre­ció cré­di­tos para la com­pra de gana­do, “y la comu­ni­dad lo vio como una for­ma de hacer­se de cier­ta economía”.

En San Anto­nio Acam­bac, quie­nes no acce­die­ron a cré­di­tos para la com­pra de gana­do, aún así deci­die­ron cam­biar el uso de una par­te de su tie­rra. Tira­ron mil­pas para sem­brar pas­to para los bovinos.

“Sem­bra­ron el pas­to estre­lla y ren­tan la tie­rra a quie­nes tie­nen gana­do. Ahí en la comu­ni­dad se cobran 300 pesos al mes por cada res; eso se paga por meter a pas­tar. En cada hec­tá­rea meten a pas­tar entre cin­co y seis reses, lo que les deja una ren­ta de 1,500 o 1,800 pesos men­sua­les”, deta­lla Manuel.

“Sem­bran­do Vida” dice el car­tel del pro­gra­ma guber­na­men­tal que pre­ten­de cam­biar cul­ti­vos por árbo­les made­ra­bles y frutales

– ¿Qué impac­to tie­ne eso en la sobe­ra­nía alimentaria?

-Lo que esta­mos vien­do aho­ra es que en zonas como la zoque, que es una región mon­ta­ño­sa con un nivel de hume­dad que lle­ga a alcan­zar el 80 por cien­to, los terre­nos se vuel­ven frá­gi­les y cuan­do lle­gan estas llu­vias extra­or­di­na­rias, arras­tran todo a su paso, arras­tran tam­bién las tie­rras de los cul­ti­vos, o los cami­nos don­de sacan los cul­ti­vos- enfa­ti­za Ledesma.

Y para mues­tra, en la comu­ni­dad Nue­vo Esqui­pu­las Gua­ya­bal, des­de octu­bre pasa­do, 216 fami­lias no han podi­do sacar sus cose­chas por­que los cami­nos se inun­da­ron. Ahí algu­nos tra­mos de cami­nos saca­co­se­chas que­da­ron sepul­ta­dos por los des­li­za­mien­tos de lade­ras, expli­ca Alfon­so Díaz Ávi­la, comi­sa­ria­do del ejido.

“No hay paso, ni los caba­llos pue­den pasar por ahí. Los derrum­bes y des­la­ves sepul­ta­ron los cami­nos, se per­die­ron muchas cose­chas por­que que­da­ron sepul­ta­dos gran par­te de los terre­nos. Lo que se sal­vó de las mil­pas, no se ha podi­do sacar; se tra­ta de maíz, fri­jol, cala­ba­za y cha­yo­te, que es para comer y para vender”.

La bús­que­da de la sali­da de esta nue­va situa­ción, según acor­da­ron los zoques en la reu­nión del 6 de diciem­bre, fue pedir a las auto­ri­da­des accio­nes para salir de la emer­gen­cia: habi­li­tar cami­nos, repa­rar vivien­das, bus­car terre­nos para reubi­car a quie­nes viven en zonas de alto riesgo.

Pero, ante todo, acor­da­ron crear una coor­di­na­do­ra de afec­ta­dos ambien­ta­les, y rea­li­zar una mar­cha-pere­gri­na­ción “para recon­ci­liar y armo­ni­zar con la Madre Tierra”.

Esta sería la ter­ce­ra gran con­vo­ca­to­ria regio­nal de este siglo. Antes, en 2009, pobla­dos de la región ya habían logra­do median­te la acción comu­ni­ta­ria, cerrar una mina que explo­ta­ba sus tie­rras en San Isi­dro, muni­ci­pio de Pan­te­pec; y poner en jaque otros pro­yec­tos mine­ros en la región.

Pobla­do­res ana­li­zan y lle­nan mapas dibu­jan­do en ellos los pro­ble­mas de su región

Lue­go, en 2016, se orga­ni­za­ron con­tra la lla­ma­da “ron­da petro­le­ra 2.2”, un pro­yec­to del gobierno mexi­cano para que inver­sio­nis­tas par­ti­ci­pa­ran en la lici­ta­ción para la per­fo­ra­ción y extrac­ción de 12 pozos petro­le­ros, que impac­ta­rían en 84,500 hec­tá­reas de tie­rras zoques. La lici­ta­ción se sus­pen­dió por las protestas.

A raíz de esa lucha crea­ron el Movi­mien­to Indí­ge­na del Pue­blo Cre­yen­te Zoque en Defen­sa de la Vida y la Tie­rra (Zode­vi­te), duran­te una asam­blea que se cele­bró en la parro­quia de la San­tí­si­ma Tri­ni­dad en Ixta­co­mi­tán. Esa fue la suma de las asam­bleas parro­quia­les de Fran­cis­co León, Ixta­co­mi­tán, Tec­pa­tán y Chapultenango.

Fer­mín Ledes­ma expli­ca que, en el siglo XIX, otra ame­na­za que vivió la pobla­ción zoque, fue cuan­do la com­pa­ñía des­lin­da­do­ra Mexi­can Land Colo­ni­za­tion se apro­pió de 214 heca­réas de tie­rra de Ixta­co­mi­tán, Cha­pul­te­nan­go y Mag­da­le­na Coal­pi­tán, para extra­ter la madera.

“Estar bien con la Madre Tierra”

“¿Qué bus­ca­mos?, bus­ca­mos estar bien con Dios, estar bien con la Madre Tie­rra, estar bien con la comu­ni­dad, estar bien con noso­tros. Bus­ca­mos no tener enfer­me­dad, que nues­tra Madre Tie­rra esté sana, que nos dé bue­na cose­cha”, expli­ca Die­go Juá­rez, en susu­rros, entre­vis­ta­do en la capi­lla de Iglesia.

Die­go tie­ne 67 años, es sobre­vi­vien­te de la erup­ción del vol­cán Chi­cho­nal, ubi­ca­do entre los muni­ci­pios de Pichu­cal­co, Fran­cis­co León y Cha­pul­te­nan­go, que en mar­zo de 1982, lan­zó fue­go vol­cá­ni­co, masas de pie­dra hir­vien­do. Los zoques de la zona se refu­gia­ron en las igle­sias, has­ta que la lava cubrió sus cul­ti­vos, plan­ta­cio­nes de maíz, cacao, café, plá­tano, y los bosques.

Die­go refle­xio­na, recuer­da que, tras la erup­ción, pobla­dos ente­ros fue­ron reubi­ca­dos y la con los años tie­rra vol­vió a dar sus fru­tos. “Esta tie­rra es noble, es fér­til, por ella come­mos, pero siem­bre hemos teni­do que defen­der­la y cuidarla”.

Los cami­nos que­da­ron blo­quea­dos, para tran­si­tar por las carre­te­ras que atra­vie­san la sel­va negra, hay que cami­nar sor­tean­do pie­dras y lodo

El pue­blo zoque tie­ne al menos tres for­ta­le­zas que le hacen ser guar­dián de la vida: su capa­ci­dad orga­ni­za­ti­va y su sen­ti­do de comu­ni­dad; la con­cien­cia de su víncu­lo con la tie­rra y su nece­sa­ria pre­ser­va­ción; y la repro­duc­ción de sus sabe­res ances­tra­les en sus prác­ti­cas agrí­co­las, coin­ci­den los espe­cia­lis­tas Ledes­ma y Valadez.

“Si hay un desas­tre las comu­ni­da­des res­pon­den. Hay y ha habi­do una capa­ci­dad de res­pues­ta fren­te a las ame­na­zas, for­mas ances­tra­les de hacer comu­ni­dad y colec­ti­vi­dad en torno a la tie­rra, eso es una gran for­ta­le­za”, expli­ca Ledesma.

Aña­de que se suman los movi­mien­tos socia­les en defen­sa del terri­to­rio que han sur­gi­do, don­de no solo se defien­de la tie­rra, sino se defien­de el cono­ci­mien­to, las semi­llas nati­vas, la comi­da, las for­mas medi­ci­na­les ances­tra­les, el cono­ci­mien­to colec­ti­vo, etcétera

“Toda la gama de flo­ra, fau­na y fuen­tes de agua que se ubi­can en el pla­ne­ta, están en las zonas don­de las cul­tu­ras ori­gi­na­rias están pre­sen­tes. Eso nos trae la lec­ción de que esos modos de vida son los que hacen pre­va­le­cer los eco­sis­te­mas; por­que ahí la vida cam­pe­si­na tie­ne un diá­lo­go y un víncu­lo indi­so­lu­ble con la tie­rra des­de hace miles de años: la inter­pre­tan, la cono­cen, la con­si­de­ran un dios, la ven como una madre que los ali­men­ta. Pero tam­bién reco­no­cen su fuer­za bru­tal que pue­de matar en un solo acto de inun­da­ción, de terre­mo­to, o en virus des­ata­do, aun­que este virus – el SARS-COV-2- no es pro­pia­men­te natu­ral, sino está ama­rra­do de la agro­in­dus­tria”, expli­ca Ana Valadez.

De cara a la pan­de­mia, Vala­dez sos­tie­ne que mien­tras la mayo­ría de la pobla­ción urba­na cedió el con­trol y su cer­te­za de vida a una vacu­na y una polí­ti­ca sani­ta­ria, los cam­pe­si­nos y los indí­ge­nas siguie­ron con su vida, “la agri­cul­tu­ra siguió, se sem­bró la mil­pa, y las muer­tes por COVID tam­bién se asi­mi­la­ron como par­te del pro­ce­so vida-muer­te del que han teni­do con­cien­cia de su indi­so­lu­ble dicotomía”.

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FUENTE: des­In­for­me­mo­nos

Itu­rria /​Fuen­te

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