Pen­sa­mien­to crí­ti­co. Des­per­tar y des­cu­brir que ya no eres poten­cia mundial

Por Alfred W. McCoy. Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 31 de enero de 2021.

Des­pués de cua­tro años de man­da­to errá­ti­co de Donald Trump, Esta­dos Uni­dos está des­per­tan­do de un sue­ño lar­go y tur­bu­len­to para des­cu­brir, como el per­so­na­je de fic­ción Rip Van Win­kle, que el mun­do que una vez cono­ció ha cam­bia­do más allá de todo reconocimiento.

En ese clá­si­co cuen­to ame­ri­cano de Washing­ton Irving publi­ca­do en 1819, un gran­je­ro ama­ble, aun­que pere­zo­so, sale de su aldea colo­nial para ir a cazar a las mon­ta­ñas Cats­kill. Allí se encuen­tra con un gru­po de hom­bres mis­te­rio­sos, bebe en abun­dan­cia de su barril de licor y cae en un lar­go sue­ño. Al des­per­tar des­cu­bre que le ha cre­ci­do una bar­ba blan­ca has­ta el vien­tre y que su juven­tud se ha mar­chi­ta­do has­ta con­ver­tir­se en una vejez irre­co­no­ci­ble. Al regre­sar a su pue­blo, des­cu­bre que su espo­sa murió hace mucho tiem­po y que su casa está en rui­nas. Mien­tras tan­to, en el letre­ro sobre la taber­na del pue­blo don­de pasó tan­tas horas agra­da­bles ya no apa­re­ce el ros­tro de su ama­do rey Jor­ge, el monar­ca bri­tá­ni­co, sino que ha sido reem­pla­za­do por alguien lla­ma­do gene­ral Washing­ton. En el inte­rior, la char­la cor­dial de los días de la colo­nia ha dado paso a una fer­vien­te cam­pa­ña elec­to­ral por algo lla­ma­do Con­gre­so, sea lo que eso sea. Increí­ble­men­te, Rip Van Win­kle había esta­do dur­mien­do duran­te toda la Revo­lu­ción Americana.

Si bien este país ha esta­do cami­nan­do tam­bién dor­mi­do a tra­vés del sue­ño febril de la ver­sión de Ame­ri­ca First del pre­si­den­te Donald Trump, el mun­do siguió cam­bian­do de for­ma tan deci­si­va como duran­te aque­llos sie­te años en que los Con­ti­nen­ta­les del gene­ral Washing­ton lucha­ron con­tra los casa­cas rojas bri­tá­ni­cas. Así como el rey Jor­ge sufrió una terri­ble derro­ta que le cos­tó las 13 colo­nias, Esta­dos Uni­dos ha per­di­do, a una velo­ci­dad igual­men­te asom­bro­sa, su lide­raz­go en la comu­ni­dad internacional.

¿De quién es la isla mundial?

Duran­te los ocho años ante­rio­res a que Donald Trump asu­mie­ra el car­go en 2017, Esta­dos Uni­dos pare­cía estar adap­tán­do­se crea­ti­va­men­te a algu­nos serios desa­fíos a su hege­mo­nía glo­bal pos­te­rior a la Gue­rra Fría. Des­pués de la cri­sis finan­cie­ra de 2007 – 2008, la peor des­de la Gran Depre­sión, un pro­gra­ma bipar­ti­dis­ta de estí­mu­los sal­vó la indus­tria auto­mo­triz de la nación y lan­zó una recu­pe­ra­ción eco­nó­mi­ca len­ta pero sostenida.

Washing­ton, impul­sa­do por una reno­va­da vita­li­dad eco­nó­mi­ca, pare­cía tener una opor­tu­ni­dad razo­na­ble de con­tro­lar el desa­fío eco­nó­mi­co glo­bal, dema­sia­do real y cre­cien­te, de Chi­na. Des­pués de todo, uti­li­zan­do los 4 billo­nes en reser­vas de divi­sas que había gana­do en 2014 por su nue­vo papel como taller del mun­do, Pekín había lan­za­do una Ini­cia­ti­va de la Fran­ja y la Ruta de un billón de dóla­res cen­tra­da en con­ver­tir la vas­ta masa con­ti­nen­tal euro­asiá­ti­ca (y par­tes de Áfri­ca) en una zona comer­cial inte­gra­da, una ver­da­de­ra “isla mun­dial” que exclui­ría a Esta­dos Uni­dos y soca­va­ría radi­cal­men­te su lide­raz­go mundial.

En sus dos man­da­tos como pre­si­den­te, Barack Oba­ma, el pre­de­ce­sor de Trump, siguió una inte­li­gen­te estra­te­gia de com­pen­sa­ción, bus­can­do divi­dir eco­nó­mi­ca­men­te la poten­cial isla mun­dial de Pekín en su divi­sión con­ti­nen­tal de los Mon­tes Ura­les. La Aso­cia­ción Trans­pa­cí­fi­ca (TPP, por sus siglas en inglés) pla­nea­da por Oba­ma, que excluía deli­be­ra­da­men­te a Chi­na, fue la pie­dra angu­lar de su estra­te­gia para atraer el comer­cio de Asia hacia Esta­dos Uni­dos, con­vir­tien­do así la Ini­cia­ti­va de la Fran­ja y la Ruta en un capa­ra­zón hue­co. Ese borra­dor de tra­ta­do, que habría supe­ra­do cual­quier otra alian­za eco­nó­mi­ca excep­to la de la Unión Euro­pea, se dise­ñó para inte­grar las eco­no­mías de doce nacio­nes de la cuen­ca del Pací­fi­co que gene­ra­ban el 40% del pro­duc­to mun­dial bru­to, y Esta­dos Uni­dos iba a estar su mis­mo centro.

Para men­guar el comer­cio de la otra mitad de la poten­cial futu­ra isla mun­dial de Pekín, Oba­ma tam­bién esta­ba lle­van­do a cabo nego­cia­cio­nes para una Aso­cia­ción Trans­atlán­ti­ca de Comer­cio e Inver­sión con la Unión Euro­pea. Su eco­no­mía com­bi­na­da de 18 billo­nes de dóla­res era ya la mayor del mun­do y repre­sen­ta­ba el 20% del pro­duc­to mun­dial bru­to. La ali­nea­ción regu­la­to­ria pro­pues­ta entre Euro­pa y Esta­dos Uni­dos habría agre­ga­do supues­ta­men­te 260.000 millo­nes de dóla­res a su comer­cio anual total. La audaz gran estra­te­gia de Oba­ma fue uti­li­zar esos dos pac­tos para arrui­nar los pla­nes de Pekín, lo que daría a Esta­dos Uni­dos un acce­so pre­fe­ren­cial al 60% de la eco­no­mía mundial.

Por supues­to, el esfuer­zo de Oba­ma se encon­tró con fuer­tes vien­tos en con­tra inclu­so antes de dejar el car­go. En Euro­pa, una coa­li­ción de opo­si­ción de 170 gru­pos de la socie­dad civil pro­tes­tó por­que el tra­ta­do trans­fe­ri­ría el con­trol sobre la regu­la­ción de la segu­ri­dad del con­su­mi­dor, el medio ambien­te y el tra­ba­jo de los Esta­dos demo­crá­ti­cos a tri­bu­na­les de arbi­tra­je cor­po­ra­ti­vo cerra­dos. En Esta­dos Uni­dos, el plan de Oba­ma se enfren­tó a fuer­tes crí­ti­cas inclu­so den­tro del Par­ti­do Demó­cra­ta. Figu­ras cla­ve como la sena­do­ra Eli­za­beth Warren se opu­sie­ron a la posi­ble degra­da­ción de las leyes labo­ra­les y ambien­ta­les a tra­vés del TPP. Ante unas crí­ti­cas tan fuer­tes, Oba­ma tuvo que depen­der de los votos repu­bli­ca­nos para obte­ner la apro­ba­ción del Sena­do en la auto­ri­za­ción por la vía rápi­da para com­ple­tar la ron­da final de nego­cia­cio­nes sobre el tra­ta­do. Esa opo­si­ción, sin embar­go, se ase­gu­ró de que nin­guno de los acuer­dos se apro­ba­ra antes de que él deja­ra el cargo.

Sin embar­go, fue Donald Trump quien dio el gol­pe de gra­cia. Inme­dia­ta­men­te des­pués de su inves­ti­du­ra, limi­tó las con­ver­sa­cio­nes comer­cia­les con Euro­pa y se reti­ró de la Aso­cia­ción Trans­pa­cí­fi­ca, dicien­do: “Vamos a dete­ner los ridícu­los acuer­dos comer­cia­les que han saca­do… a las empre­sas de nues­tro país, y vamos a revertirlos”.

Polí­ti­ca exte­rior unilateral

En cam­bio, Trump adop­ta­ría la estra­te­gia uni­la­te­ral de Ame­ri­ca First que pron­to pro­vo­có una cos­to­sa gue­rra comer­cial con Chi­na. Des­pués de dos años de aran­ce­les cre­cien­tes en ambos lados del Pací­fi­co que daña­ron la eco­no­mía de Esta­dos Uni­dos, Trump capi­tu­ló en enero de 2020, fir­man­do un acuer­do que res­cin­día los aran­ce­les esta­dou­ni­den­ses más prohi­bi­ti­vos a cam­bio de la pro­me­sa inapli­ca­ble de Bei­jing de com­prar más pro­duc­tos esta­dou­ni­den­ses. Des­pués el pre­si­den­te elo­gió su “gran y her­mo­so” acuer­do comer­cial como una vic­to­ria enor­me, aun­que no fue sino una ren­di­ción mal disimulada.

Mien­tras su Casa Blan­ca pare­cía obse­sio­na­da en jugar con sus lazos bila­te­ra­les con Chi­na, Pekín esta­ba roban­do una pági­na del manual estra­té­gi­co glo­bal de Oba­ma, superan­do a Washing­ton al per­se­guir dos acuer­dos comer­cia­les mul­ti­la­te­ra­les que debe­rían haber­le pare­ci­do inquie­tan­te­men­te fami­lia­res a cual­quie­ra que haya vivi­do los años de Oba­ma. En noviem­bre de 2020, Pekín lide­ra­ría a 15 nacio­nes de Asia y el Pací­fi­co en la fir­ma de una Aso­cia­ción Eco­nó­mi­ca Inte­gral Regio­nal que pro­me­tía crear la zona de libre comer­cio más gran­de del mun­do, que englo­ba a 2.200 millo­nes de per­so­nas y casi un ter­cio de la eco­no­mía mundial.

Solo un mes des­pués, el pre­si­den­te de Chi­na, Xi Jin­ping, se ano­tó lo que un exper­to lla­mó “un gol­pe geo­po­lí­ti­co” al fir­mar un acuer­do his­tó­ri­co con los líde­res de la Unión Euro­pea para una inte­gra­ción más estre­cha de sus ser­vi­cios finan­cie­ros. En efec­to, el acuer­do brin­da a los ban­cos euro­peos un acce­so más fácil al mer­ca­do chino, al tiem­po que acer­ca más al con­ti­nen­te a la órbi­ta de Pekín. El cam­bio de Washing­ton es tan impor­tan­te que el ase­sor de segu­ri­dad nacio­nal entran­te del pre­si­den­te Biden, Jake Sulli­van, ins­tó públi­ca­men­te a los alia­dos de la OTAN a con­sul­tar pri­me­ro con la nue­va admi­nis­tra­ción antes de fir­mar el acuer­do, una peti­ción que sim­ple­men­te igno­ra­ron. De hecho, este tra­ta­do es posi­ble­men­te la mayor bre­cha en la alian­za de la OTAN des­de que se for­mó ese pac­to de defen­sa mutua hace más de 70 años.

A tra­vés de una sor­pren­den­te inver­sión de la audaz tác­ti­ca geo­po­lí­ti­ca, aun­que no lle­gó a plas­mar­se, de Oba­ma de uti­li­zar pac­tos mul­ti­la­te­ra­les para atraer el comer­cio de Eura­sia hacia Esta­dos Uni­dos, esos dos acuer­dos le darán a Chi­na acce­so pre­fe­ren­cial a casi la mitad de todo el comer­cio mun­dial (sin siquie­ra tener en cuen­ta la Ini­cia­ti­va de la Fran­ja y la Ruta, que aún se encuen­tra en desa­rro­llo). En un gol­pe maes­tro diplo­má­ti­co, Pekín apro­ve­chó la ausen­cia de Trump de la are­na inter­na­cio­nal para nego­ciar acuer­dos que podrían, jun­to con la men­cio­na­da Ini­cia­ti­va, diri­gir una par­te cre­cien­te del capi­tal y el comer­cio del con­ti­nen­te euro­asiá­ti­co hacia Chi­na. En los pró­xi­mos años, la inclu­sión de Pekín bien podría sig­ni­fi­car la exclu­sión de Washing­ton de gran par­te del flo­re­cien­te comer­cio que segui­rá hacien­do de Eura­sia el epi­cen­tro de la eco­no­mía mundial.

El decli­ve y caí­da de ya saben qué gran potencia

Si eso fue­ra todo, enton­ces podría­mos ano­tar algu­nas vic­to­rias sig­ni­fi­ca­ti­vas para Chi­na y espe­rar a que el equi­po de polí­ti­ca exte­rior de Biden inten­te igua­lar el mar­ca­dor. Pero están suce­dien­do muchas más cosas que sugie­ren que esos tra­ta­dos fue­ron una cla­ra mani­fes­ta­ción de ten­den­cias más pro­fun­das y preocupantes.

Cuan­do los impe­rios entran en deca­den­cia y caen, rara vez colap­san en el tipo de apo­ca­lip­sis repen­tino retra­ta­do en una serie monu­men­tal de pin­tu­ras titu­la­da “El cur­so del impe­rio” por otro habi­tan­te de las mon­ta­ñas Cats­kill, el renom­bra­do artis­ta Tho­mas Cole. Su pin­tu­ra de 1836 en esa serie, aho­ra col­ga­da apro­pia­da­men­te en el Museo Smith­so­nian en Washing­ton, mues­tra a un “enemi­go sal­va­je” saquean­do una gran capi­tal impe­rial cuyos habi­tan­tes, degra­da­dos por años de vida lujo­sa, solo pue­den huir ate­rro­ri­za­dos mien­tras las muje­res son vio­la­das y los edi­fi­cios quemados.

Sin embar­go, los impe­rios sue­len expe­ri­men­tar un decli­ve lar­go y menos dra­má­ti­co antes de caer en la moda­li­dad roma­na gra­cias a even­tos cuya lógi­ca solo apa­re­ce años o inclu­so déca­das des­pués, cuan­do los his­to­ria­do­res inten­tan revi­sar los escom­bros. Por lo tan­to, es pro­ba­ble que así suce­da en lo que era (y sigue sien­do en muchos aspec­tos), has­ta media­dos de la sema­na pasa­da, el Esta­dos Uni­dos de Donald Trump, don­de los sig­nos de decli­ve son tan errá­ti­cos como omnipresentes.

El pre­sa­gio más reve­la­dor de ese decli­ve, el pro­pio Trump, se encuen­tra aho­ra exi­lia­do en su Club Mar-a-Lago en Flo­ri­da. Hace diez años, en un ensa­yo para Tom­Dis­patch titu­la­do “Four Sce­na­rios for the End of the Ame­ri­can Cen­tury by 2025” [“Cua­tro esce­na­rios para el fin del siglo esta­dou­ni­den­se en 2025”], suge­ría que la hege­mo­nía glo­bal de Esta­dos Uni­dos no ter­mi­na­ría con el esta­lli­do apo­ca­líp­ti­co de Tho­mas Cole, sino con el gemi­do de una retó­ri­ca popu­lis­ta vacía. “En una marea polí­ti­ca de des­ilu­sión y deses­pe­ra­ción”, escri­bí en diciem­bre de 2010, “un patrio­ta de extre­ma dere­cha cap­tu­ra la pre­si­den­cia con retó­ri­ca atro­na­do­ra, exi­gien­do res­pe­to por la auto­ri­dad esta­dou­ni­den­se y ame­na­zan­do con repre­sa­lias mili­ta­res o eco­nó­mi­cas. El mun­do casi no pres­ta aten­ción cuan­do el siglo esta­dou­ni­den­se aca­ba en silencio”.

La elec­ción de Trump en 2016 hizo dema­sia­do real lo que has­ta enton­ces solo me había pare­ci­do una posi­bi­li­dad preo­cu­pan­te. Con una pres­ti­di­gi­ta­ción dig­na de los tru­cos de aquel show­man del siglo XIX P.T. Bar­num (como el supues­to gigan­te de Car­diff o la sire­na de la isla de Fiji), el pro­gra­ma de tele­vi­sión de Trump “The Appren­ti­ce” pre­sen­ta­ba a Donald como un mul­ti­mi­llo­na­rio hecho a sí mis­mo de extra­or­di­na­ria habi­li­dad finan­cie­ra. ¿Quién mejor para res­ca­tar a Esta­dos Uni­dos de la pér­di­da de empleos, los sala­rios estan­ca­dos y la com­pe­ten­cia extran­je­ra pro­vo­ca­da por la glo­ba­li­za­ción eco­nó­mi­ca? Pero resul­ta que Trump había hecho tram­pa para ingre­sar a una uni­ver­si­dad de la Ivy Lea­gue; muchos de sus nego­cios habían que­bra­do; y su tan cacarea­da habi­li­dad empre­sa­rial se redu­cía esen­cial­men­te a des­per­di­ciar una heren­cia de 400 millo­nes de dóla­res de su padre. Como pre­di­jo el perio­dis­ta H.L. Menc­ken en 1920, Esta­dos Uni­dos había lle­ga­do final­men­te al pun­to en que «la gen­te sen­ci­lla de la tie­rra alcan­za­rá por fin el deseo de su cora­zón y la Casa Blan­ca apa­re­ce­rá deco­ra­da con un abso­lu­to imbécil”.

Trump, tan pron­to tomó pose­sión de su car­go, doble­gó a la nación (aun­que no al mun­do) a su volun­tad, frac­tu­ran­do alian­zas pro­ba­das por el tiem­po, rom­pien­do tra­ta­dos, negan­do la cien­cia cli­má­ti­ca incon­tro­ver­ti­ble y exi­gien­do res­pe­to por la auto­ri­dad esta­dou­ni­den­se con una retó­ri­ca atro­na­do­ra, aun­que en gran par­te vacía, con ame­na­zas de repre­sa­lias mili­ta­res o eco­nó­mi­cas a nivel mun­dial. A pesar de sus polí­ti­cas mani­fies­ta­men­te estú­pi­das, el Par­ti­do Repu­bli­cano capi­tu­ló, los mag­na­tes cor­po­ra­ti­vos aplau­die­ron y casi la mitad del públi­co esta­dou­ni­den­se se afe­rró a su nue­vo salvador.

Como ocu­rre con todos los espec­tácu­los con entra­das ago­ta­das, lo mejor se guar­dó para el final. Cuan­do la pan­de­mia de la covid-19 gol­peó con toda su fuer­za en mar­zo de 2020, Trump se pre­sen­tó en los Cen­tros para el Con­trol de Enfer­me­da­des (CDC, por sus siglas en inglés) en Atlan­ta, con una gorra MAGA, para pro­cla­mar su “habi­li­dad natu­ral” res­pec­to a la cien­cia médi­ca, mien­tras dis­tin­gui­dos doc­to­res se que­da­ban al mar­gen como extras de estu­dio en un tes­ti­mo­nio mudo de sus afir­ma­cio­nes por lo demás risi­bles. A medi­da que la pan­de­mia comen­zó a esca­lar hacia su terri­ble y aún cre­cien­te núme­ro de víc­ti­mas, Trump se apro­pió de las sesio­nes infor­ma­ti­vas de la Casa Blan­ca con exper­tos médi­cos para pro­mo­ver una suce­sión de afir­ma­cio­nes des­ca­be­lla­das: usar una mas­ca­ri­lla era sim­ple­men­te “polí­ti­ca­men­te correc­to”; la covid-19 era solo otra gri­pe que “se debi­li­ta con el cli­ma más cáli­do”; la hidro­xi­clo­ro­qui­na era cura­ti­va; intro­du­cir “luz ultra­vio­le­ta den­tro del cuer­po” o inyec­tar un “desin­fec­tan­te” eran posi­bles tra­ta­mien­tos. Un núme­ro sor­pren­den­te de esta­dou­ni­den­ses comen­zó a beber lejía para pro­te­ger­se del virus, lo que obli­gó a meses de adver­ten­cias de salud pública.

Des­pués de casi un siglo en el que Esta­dos Uni­dos había sido un líder mun­dial en la pro­mo­ción de la salud públi­ca, la admi­nis­tra­ción Trump, para esca­par de la cul­pa de sus pro­pios fra­ca­sos cada vez mayo­res, aban­do­nó la Orga­ni­za­ción Mun­dial de la Salud. Pres­tan­do al país el aura de un Esta­do falli­do, los pro­pios CDC, que algu­na vez fue­ron el están­dar de oro del mun­do en inves­ti­ga­ción médi­ca, pifia­ron el desa­rro­llo de una prue­ba de coro­na­vi­rus y, por lo tan­to, renun­cia­ron a cual­quier inten­to serio a nivel nacio­nal de con­trol y ras­treo de la enfer­me­dad (el medio más eficaz).

Mien­tras que nacio­nes más peque­ñas como Nue­va Zelan­da, Corea del Sur e inclu­so la empo­bre­ci­da Ruan­da fre­na­ban efi­caz­men­te la covid-19, al final del man­da­to de Trump, Esta­dos Uni­dos ya había supe­ra­do las 400.000 muer­tes y los 24 millo­nes de infec­ta­dos, sig­ni­fi­ca­ti­va­men­te por enci­ma de cual­quier otra nación desa­rro­lla­da y una cuar­ta par­te del total de casos del mun­do. Mien­tras tan­to, Pekín movi­li­zó una rigu­ro­sa cam­pa­ña de salud públi­ca que rápi­da­men­te con­tu­vo el virus a úni­ca­men­te 4.600 muer­tes en una pobla­ción de 1.400 millo­nes. En solo cua­tro meses, Chi­na eli­mi­nó vir­tual­men­te el virus (a pesar de nue­vos bro­tes loca­les perió­di­cos) y puso su eco­no­mía a fun­cio­nar con un aumen­to del 5% en el PIB, que repre­sen­ta­ba el 30% del cre­ci­mien­to mun­dial del año pasa­do. Mien­tras tan­to, des­pués de once meses de pan­de­mia ince­san­te, Esta­dos Uni­dos seguía sumi­do en una rece­sión para­li­zan­te. Esta sor­pren­den­te dis­pa­ri­dad en el desem­pe­ño esta­tal solo ace­le­ró el esfuer­zo de Chi­na para supe­rar a Esta­dos Uni­dos como la eco­no­mía más gran­de del mun­do y, con toda esa influen­cia finan­cie­ra, con­ver­tir­se en la poten­cia preeminente.

Un bis tragicómico

Sin embar­go, fue la apues­ta del pre­si­den­te Trump por un bis que resul­ta­ría ver­da­de­ra­men­te extra­or­di­na­rio en lo que se refie­re al decli­ve impe­rial. Duran­te sus 70 años como hege­mo­nía mun­dial, la pro­mo­ción públi­ca de la demo­cra­cia por par­te de Washing­ton ha sido el pro­gra­ma dis­tin­ti­vo que ha ayu­da­do a legi­ti­mar su lide­raz­go mun­dial (sin que impor­ta­ran las inter­ven­cio­nes que lan­zó al esti­lo-CIA o las gue­rras de esti­lo colo­nial que libró continuamente).

Si bien la Gue­rra Fría com­pro­me­tió a menu­do ese com­pro­mi­so de for­ma par­ti­cu­lar­men­te sor­pren­den­te, una vez ter­mi­na­da, Washing­ton ha pasa­do 30 años pro­mo­vien­do ofi­cial­men­te el voto jus­to y las tran­si­cio­nes demo­crá­ti­cas, con líde­res como el expre­si­den­te Jimmy Car­ter volan­do a las capi­ta­les de los cin­co con­ti­nen­tes para super­vi­sar y alen­tar elec­cio­nes libres. De repen­te, el mun­do obser­vó boquia­bier­to con asom­bro cómo, el 6 de enero, en la elip­se de la Casa Blan­ca, el pre­si­den­te denun­ció como frau­du­len­ta una elec­ción esta­dou­ni­den­se jus­ta y envió a una tur­ba­mul­ta de 10.000 nacio­na­lis­tas blan­cos, cons­pi­ra­do­res de QAnon y otros trum­pis­tas a asal­tar el Capi­to­lio cuan­do el Con­gre­so esta­ba rati­fi­can­do la tran­si­ción a una nue­va administración.

Ade­más de este aura de Esta­do falli­do, el antes for­mi­da­ble apa­ra­to de segu­ri­dad nacio­nal del país se derrum­bó como si fue­ra una poli­cía del Ter­cer Mun­do cuan­do los mili­cia­nos de dere­chas rom­pie­ron el frá­gil cor­dón de segu­ri­dad alre­de­dor del Capi­to­lio y asal­ta­ron sus pasi­llos como si fue­ran una hor­da de lin­cha­do­res en bus­ca de líde­res con­gre­sis­tas. Las lla­ma­das deses­pe­ra­das del líder de la mayo­ría de la Cáma­ra de Repre­sen­tan­tes, Steny Hoyer, a un Pen­tá­gono dis­traí­do, y la movi­li­za­ción peli­gro­sa­men­te retra­sa­da de la Guar­dia Nacio­nal de su esta­do por par­te del gober­na­dor de Mary­land, Larry Hogan, cau­sa­da por la com­pro­me­ti­da cade­na de man­do del ejér­ci­to esta­dou­ni­den­se, solo pare­cían ser un eco del tipo de esce­na­rios de gol­pe tro­pi­cal que pre­sen­cié en Mani­la, la capi­tal de Fili­pi­nas, duran­te la déca­da de 1980.

Cuan­do el Con­gre­so vol­vió final­men­te a reu­nir­se, en el Capi­to­lio toda­vía sona­ban los lla­ma­mien­tos repu­bli­ca­nos, en nom­bre de la uni­dad nacio­nal, a olvi­dar los actos inci­ta­dos por el pre­si­den­te. De esa mane­ra, los repre­sen­tan­tes repu­bli­ca­nos del Con­gre­so pare­cían hacer­se eco del tipo de impu­ni­dad que duran­te mucho tiem­po ha pro­te­gi­do a las jun­tas mili­ta­res caí­das en Asia o Amé­ri­ca Lati­na de cual­quier ren­di­ción de cuen­tas por sus innu­me­ra­bles crí­me­nes. En otras pala­bras, este inten­to de per­pe­tuar el poder de un posi­ble autó­cra­ta a tra­vés de un gol­pe de Esta­do (falli­do) fue el tipo de espec­tácu­lo que muchos millo­nes de habi­tan­tes de Asia, Áfri­ca y Amé­ri­ca Lati­na han expe­ri­men­ta­do en sus frá­gi­les Esta­dos, pero que nun­ca espe­ra­ron ver en Esta­dos Unidos.

De repen­te, nues­tra nación, supues­ta­men­te excep­cio­nal, pare­cía trá­gi­ca­men­te vul­gar. La cúpu­la relu­cien­te del Capi­to­lio sim­bo­li­zó algu­na vez la vita­li­dad de la demo­cra­cia de esta nación, que ins­pi­ra­ba a otros a seguir sus prin­ci­pios o al menos a acep­tar su poder. Este país aho­ra pare­ce andra­jo­so y can­sa­do, atra­pa­do como otros antes entre olvi­dar en nom­bre de la uni­dad o exi­gir que los pode­ro­sos rin­dan cuen­tas por los gran­des crí­me­nes que de otra mane­ra per­se­gui­rían a la nación. En lugar de aspi­rar a los idea­les de Esta­dos Uni­dos o con­fiar su segu­ri­dad a su poder, es pro­ba­ble que muchas nacio­nes encuen­tren su pro­pio camino a seguir, cerran­do acuer­dos con todo aquel que lle­gue, comen­zan­do con China.

A pesar de su aura de fuer­za abru­ma­do­ra, los impe­rios, inclu­so los que fue­ron tan pode­ro­sos como el de Esta­dos Uni­dos, resul­tan a menu­do sor­pren­den­te­men­te frá­gi­les y su decli­ve sue­le lle­gar mucho antes de lo que nadie podría haber ima­gi­na­do, espe­cial­men­te cuan­do la cau­sa no es el “enemi­go sal­va­je” de Tho­mas Cole, sino sus pro­pios ins­tin­tos autodestructivos.

Hoy, en la era de un pre­si­den­te de 78 años, un ver­da­de­ro Rip Van Biden, los esta­dou­ni­den­ses y el res­to del mun­do pare­cen estar des­per­tan­do en una nue­va épo­ca que bien podría ser sobrecogedora.

Alfred W. McCoy, cola­bo­ra­dor habi­tual de Tom­Dis­patch, es pro­fe­sor de His­to­ria en la Uni­ver­si­dad de Wis­con­sin-Madi­son. Es autor de: The Poli­tics of Heroin: CIA Com­pli­city in the Glo­bal Drug Tra­de, un libro, ya con­ver­ti­do en un clá­si­co, que demos­tró la coyun­tu­ra entre los nar­có­ti­cos ilí­ci­tos y las ope­ra­cio­nes encu­bier­tas a lo lar­go de 50 años, y, más recien­te­men­te, In the Sha­dows of the Ame­ri­can Cen­tury: The Rise and Decli­ne of U.S. Glo­bal Power (Dis­patch Books).

Fuen­te: Rebelión

Tra­du­ci­do del inglés por Sin­fo Fernández

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