Argen­ti­na. Ali­cia Egu­ren: amor y mili­tan­cia en tiem­pos de la Resis­ten­cia Peronista

Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 26 de enero de 2021.

El 26 de enero de 1977 Ali­cia Gra­cia­na Egu­ren Vivas fue secues­tra­da, tor­tu­ra­da, pro­ba­ble­men­te exhi­bi­da como tro­feo de gue­rra y más tar­de arro­ja­da al mar en lo que cono­ce­mos como los vue­los de la muer­te. A 44 años, com­par­ti­mos a modo de ade­lan­to el capí­tu­lo 6 del libro de Miguel Maz­zeo, Ali­cia en el país. Apun­tes sobre Ali­cia Egu­ren, que se encuen­tra en el tra­mo final de arma­do y pró­xi­mo a ser publi­ca­do en Argentina. 

Antes del capí­tu­lo ade­lan­to, trans­cri­bi­mos otro pasa­je del libro, sig­ni­fi­ca­ti­vo en esta fecha, don­de el autor recons­tru­ye ese 26 de enero. La foto de por­ta­da son Ali­cia Egu­ren y el Bebe Cooke en la Peni­ten­cia­ría de San­tia­go de Chi­le, en 1957.

*****

La maña­na del 26 de enero de 1977 Ali­cia con­ver­sa­ba con un vie­jo ami­go, el his­to­ria­dor Fer­mín Chá­vez, en el Café Casa­blan­ca en la esqui­na de Rio­bam­ba y Ave­ni­da Riva­da­via. Chá­vez, tal y como lo venían hacien­do el res­to de sus ami­gos y sus ami­gas, de sus com­pa­ñe­ros y com­pa­ñe­ras, le insis­tió en que tenía que salir del país en for­ma urgen­te. Ali­cia pare­cía dis­pues­ta a ceder.

A par­tir del pron­tua­rio poli­cial de Ali­cia, Seoa­ne pro­po­ne la siguien­te recons­truc­ción de los hechos:

….Ali­cia se pre­sen­tó en el Depar­ta­men­to Cen­tral de la Poli­cía Fede­ral el 4 de enero de 1977; que decla­ró que su des­tino era Espa­ña e Ita­lia; que esta­ba divor­cia­da y en trá­mi­te jubi­la­to­rio; que dio la casa mater­na –Cas­tro Barros 1134– como domi­ci­lio y como refe­ren­cia per­so­nal al doc­tor Domin­go Ange­luc­ci con domi­ci­lio en Lava­lle 1474, piso 5º y al vie­jo cola­bo­ra­dor de Cooke, Juan Car­los “Tra­pi­to” Álva­rez, con domi­ci­lio en Pozos 140, 1º A. En el mis­mo pron­tua­rio, el 6 de enero apa­re­ce “obser­va­do” el pasa­por­te por las reno­va­cio­nes múl­ti­ples por extravíos.

Se sabe que el 26 de enero, Ange­luc­ci con­cu­rrió a Coor­di­na­ción Fede­ral acom­pa­ña­do por su cuña­do, Juan Maga­ña, y el socio de su ex espo­sa, Car­los Ogan­do, a reti­rar el pasa­por­te de Ali­cia. Que ambos espe­ra­ron en un bar cer­cano a Ange­luc­ci quien nun­ca vol­vió. Por esas cir­cuns­tan­cias, no es posi­ble afir­mar que Ali­cia y Ange­luc­ci ingre­sa­ran jun­tos a bus­car el pasaporte. 

Ange­luc­ci no regre­só a ese bar por­que fue pri­va­do ile­gal­men­te de su liber­tad en el mis­mo Depar­ta­men­to Cen­tral de la Poli­cía Fede­ral. Lo más pro­ba­ble es que Ali­cia haya esta­do espe­rán­do­lo en otro bar, dis­tan­te, pero no dema­sia­do, de la sede poli­cial ubi­ca­da en Ave­ni­da Bel­grano y Virrey Ceva­llos, en cen­tro de la Ciu­dad de Bue­nos Aires. Una hipó­te­sis es que, bajo tor­tu­ra, Ange­luc­ci haya reve­la­do el sitio don­de Ali­cia espe­ra­ba. Pero es sólo una hipó­te­sis. Lo con­cre­to es que antes de las 6 de la tar­de del 26 de enero, los dos fue­ron secues­tra­dos. Todo indi­ca que Ali­cia fue pri­va­da ile­gal­men­te de su liber­tad en la vía pública.

Agre­ga Seoa­ne: “Ali­cia había orga­ni­za­do para las nue­ve de la noche de ese día una cita con Osval­do Lavao Vidal, abo­ga­do de con­fian­za de su her­ma­na Martha, para rea­li­zar un inven­ta­rio de todo lo que se encon­tra­ba en el depar­ta­men­to que tenía con John en la ave­ni­da San­ta Fe 1183, don­de vivía su her­ma­na con su hijo Chris­tian Wildner”.

Rela­ta Pedro: “A mí me lle­ga un tele­gra­ma de Ara­go­nés, dicien­do: ‘tu madre sale en tal fecha’. Yo comien­zo a res­pi­rar ali­via­do. Par­to de la base de que la ope­ra­ción va a salir bien. No me dicen cómo va a salir de la Argen­ti­na, por dón­de va a salir. El siguien­te tele­gra­ma decía: ‘tu madre cayó’…”.(Fragmento del capí­tu­lo 12 Ali­cia Egu­ren, barro de maña­na)


Capí­tu­lo 6 | Amor y mili­tan­cia en tiem­pos de la Resis­ten­cia Peronista

Las muje­res han ser­vi­do todos estos siglos de espe­jos, con la magia y el deli­cio­so poder de refle­jar la figu­ra del hom­bre dupli­can­do su tama­ño natu­ral. Sin seme­jan­te poder, la tie­rra sería aún pro­ba­ble­men­te jun­gla y cié­na­gas… Los espe­jos son indis­pen­sa­bles para toda acción heroi­ca y vio­len­ta. Por ello Napo­león y Mus­so­li­ni insis­ten ambos con tan­to énfa­sis en la infe­rio­ri­dad de las muje­res, por­que si no fue­ran infe­rio­res, ellos deja­rían de agrandarse.

Vir­gi­nia Woolf.

Ali­cia cono­ció a John en el con­tex­to de una acti­vi­dad orga­ni­za­da por el Cen­tro de Estu­dios Argen­ti­nos (CEA). Con­cre­ta­men­te: en una con­fe­ren­cia dic­ta­da por John. En reali­dad se tra­tó de un ciclo de con­fe­ren­cias. No sabe­mos si Ali­cia asis­tió a todo el ciclo o con­cu­rrió a una con­fe­ren­cia en par­ti­cu­lar. El CEA fun­cio­na­ba en un local de la calle Flo­ri­da 334. El mis­mo sitio había alber­ga­do, hacia el año 1944, a espa­cios vin­cu­la­dos a FORJA, como el Club Argen­tino y el perió­di­co La Vís­pe­ra. Más allá de cues­tio­nes mera­men­te edi­li­cias, entre FORJA y el CEA había un víncu­lo de con­ti­nui­dad. El direc­tor del CEA era Ricar­do Guar­do, un ex radi­cal deve­ni­do pero­nis­ta en 1945, dipu­tado y pre­si­den­te de la Cáma­ra de Dipu­tados duran­te el pri­mer gobierno de Perón y coau­tor con John de una pro­pues­ta de Pro­yec­to de Refor­ma Cons­ti­tu­cio­nal que sería un insu­mo impor­tan­te para la Cons­ti­tu­ción de 1949. El nacien­te pero­nis­mo los convocaba.

En una entre­vis­ta para la Revis­ta Pano­ra­ma del 27 de julio de 1971, Ali­cia se refe­ría a ese encuen­tro con John:

Yo lo cono­cí en 1946: él ya era dipu­tado y tuvo que dar una con­fe­ren­cia en el cen­tro de estu­dios que diri­gía Ricar­do Guar­do. No lo vol­ví a ver has­ta 1955. El 16 de junio, des­pués de la masa­cre en la Pla­za de Mayo, yo lo bus­qué para poner­me a su dis­po­si­ción; esta­ba segu­ra de que él era un hom­bre de pelea. Recién lo encon­tré 5 días des­pués del 16 de sep­tiem­bre, gra­cias a José María Rosa. 

Dado que tenían inquie­tu­des simi­la­res, y ami­gos y ami­gas, com­pa­ñe­ros y com­pa­ñe­ras en común, es muy pro­ba­ble que, pre­via­men­te, se hayan pro­du­ci­do con­ver­gen­cias en diver­sos espa­cios. Sim­ples cru­ces fuga­ces. Mira­das fur­ti­vas. Tal como seña­la­mos, más o menos para la mis­ma épo­ca del encuen­tro en el CEA, Ali­cia y John tam­bién coin­ci­die­ron en la casa de Ernes­to Pala­cio, ex per­for­mer van­guar­dis­ta deve­ni­do mili­tan­te del nacio­na­lis­mo, his­to­ria­dor y dipu­tado pero­nis­ta. En esta últi­ma oca­sión cita­dos por una corrien­te his­to­rio­grá­fi­ca: el revi­sio­nis­mo his­tó­ri­co. Este encuen­tro es el que revis­te mayor impor­tan­cia como ante­ce­den­te del víncu­lo. Sin dudas, Ali­cia no pasó des­aper­ci­bi­da para John. Pero John pare­ce ser que sí pasó des­aper­ci­bi­do para Ali­cia ese día. ¿Por qué Ali­cia no toma en cuen­ta ese encuen­tro que John si resaltará?

Ali­cia, ade­más, leía la revis­ta De Fren­te, fun­da­da y diri­gi­da por John en 1954. La lec­tu­ra de De Fren­te le per­mi­tía estar al tan­to del queha­cer polí­ti­co-inte­lec­tual de John. Ade­más, podía sen­tir­se refle­ja­da en unas inquie­tu­des y unas posi­cio­nes que, por cier­to, no eran las que pre­do­mi­na­ban en el pero­nis­mo ofi­cial, en sus diri­gen­cias polí­ti­cas y sindicales.

Segu­ra­men­te a John no se le había pasa­do por alto la apa­ri­ción de la revis­ta Sex­to Con­ti­nen­te y, muy pro­ba­ble­men­te, esta­ba ano­ti­cia­do del rol des­ta­ca­do de su joven co-edi­to­ra. Muchos de sus com­pa­ñe­ros y ami­gos cola­bo­ra­ban en Sex­to Con­ti­nen­te y, tam­bién, en Cul­tu­ra. John, como Ali­cia, esta­ba inmer­so en esos ambien­tes inte­lec­tua­les afi­nes al pero­nis­mo. A fines de la déca­da del 40 y a comien­zos de la déca­da del 50, Ali­cia y John son dos inte­lec­tua­les jóve­nes vin­cu­la­dos al pero­nis­mo, con un pro­ta­go­nis­mo rela­ti­va­men­te impor­tan­te: él, un bri­llan­te dipu­tado nacio­nal y lue­go direc­tor de una revis­ta exi­to­sa y pres­ti­gio­sa; ella una pro­fe­so­ra uni­ver­si­ta­ria, edi­to­ra, crí­ti­ca lite­ra­ria y poe­ta con cier­to reconocimiento. 

Pero su his­to­ria en común comien­za en 1955 y ter­mi­na con la muer­te de John en 1968. Una tran­si­ción sig­ni­fi­ca­ti­va es inma­nen­te a esta rela­ción. Sig­ni­fi­ca­ti­va por­que remi­te a un pro­ce­so his­tó­ri­co colec­ti­vo; a una for­ma de deco­di­fi­car la lucha de cla­ses, la geo­po­lí­ti­ca, las vir­tu­des y defec­tos del pero­nis­mo y la vida mis­ma. Una tran­si­ción más que una comu­nión ins­tan­tá­nea. Una tran­si­ción que los fue trans­for­man­do a ambos, al tiem­po que trans­for­ma­ba a una par­te de la socie­dad argen­ti­na. Una tran­si­ción que, des­de el pun­to de vis­ta ideo­ló­gi­co y polí­ti­co va de un nacio­na­lis­mo refor­mis­ta o “popu­lis­ta”, cada vez menos pro­duc­ti­vo –por invia­ble – , al socia­lis­mo revo­lu­cio­na­rio o, para sin­te­ti­zar, de Juan Domin­go Perón a Ernes­to Che Guevara.

En una car­ta des­de la pri­sión, muy pro­ba­ble­men­te des­de la cár­cel de la calle Las Heras, en 1955, John le escri­bió a Alicia:

Stu­pity

Cuan­do Ud, lle­gó a lo de Pala­cio, con su som­bre­ro coro­na­do de flo­res de durazno (¿o serían jaz­mi­nes?), me dio la sen­sa­ción de un bello jun­to a la espe­ra del ven­da­val que lo aba­tie­se inmisericorde.

Ud. me dirá, seño­ra, que des­de enton­ces han pasa­do diez años y –¡hay!– muchos ven­da­va­les. No haga caso del alma­na­que, seño­ra, que es una obra mez­qui­na de los buró­cra­tas del Tiem­po. Son otros equi­noc­cios los que rigen para nosotros.

Yo le voy a con­tar la ver­da­de­ra his­to­ria, la autén­ti­ca y real.

De lo de Pala­cio fui­mos a su casa, y habla­mos de pre­si­den­tes depues­tos y de polí­ti­cos, en la penum­bra pro­pi­cia de un cre­púscu­lo de pri­ma­ve­ra. Comi­mos “chez moi”, Ud. leyó ver­sos. Des­de enton­ces, su ado­ra­ble son­ri­sa de cone­jo ilu­mi­nó mis feli­ces noches de cons­pi­ra­dor en desgracia

Ud, seño­ra, apro­ve­chó para hacer­me víc­ti­ma de sus arti­ma­ñas e inso­len­cias: puso en duda mi indis­cu­ti­do talen­to, mis vir­tu­des para el man­do y mi con­di­ción de jefe; creó serias difi­cul­ta­des a mi acer­ca­mien­to con el sec­tor feme­nino del Par­ti­do y, en suma, inten­tó tra­tar­me como a otros de sus pele­les. Aho­ra cul­mi­na sus des­afue­ros apa­re­cien­do en mi cel­da, a las horas más intem­pes­ti­vas, para intran­qui­li­zar mi repo­so y tur­bar mis pen­sa­mien­tos (no crea que me que­jo, seño­ra: Ud sabe que nun­ca me quejo).

En otra car­ta igual de incan­des­cen­te aun­que menos cono­ci­da que la ante­rior, de un 20 de junio, pro­ba­ble­men­te del año 56, John le decía:

Seño­ra: El alba me sor­pren­dió inquie­to en mi lecho soli­ta­rio, mien­tras mis bra­zos y mi cuer­po se empe­ña­ban ince­san­te­men­te en cubrir con ima­gi­ne­rías la cruel vacan­cia de su car­ne conejil.

Labo­rio­sa­men­te escri­bo, des­de tem­prano, las car­ti­llas del men­sa­je polí­ti­co, mien­tras otro men­sa­je acu­cio­so –fra­gan­cia de piel, Ma grieff, voz nasal, oje­ras vio­lá­ceas, susu­rros– me tira­ni­za y empu­ja hacia reco­dos de sen­sua­li­dad y ter­nu­ra. ¿Cómo estar sin Ud? Ya sé que es una tilin­ga, que me mar­ti­ri­za con su pré­di­ca anti-fumas­té­ri­ca; que no hace más que cri­ti­car­me; que mi genia­li­dad polí­ti­ca sufre la desin­te­gra­ción a la que la some­te su vani­do­sa jac­tan­cia de omnis­cien­te; que no me quie­re nada. Todo eso lo sé pero, no obs­tan­te, “[¡]Oh muer­te! [¿]Dón­de está tu aguijón?”

Este es sólo un frag­men­to de una car­ta de amor con­de­na­da­men­te bella. Se sue­le decir que las car­tas de amor son irre­me­dia­ble­men­te cur­sis. Pue­de que esta ayu­de a con­tra­de­cir tal sen­ten­cia. ¿Quién ter­mi­na una car­ta de amor para­fra­sean­do la car­ta de San Pablo a los Corin­tios?: “¿Dón­de está muer­te tu vic­to­ria? ¿Dón­de está muer­te tu agui­jón?”, así excla­ma el após­tol en Corin­tios 15,55. Aun­que lo más pro­ba­ble es que John haya toma­do esa fra­se de Pri­ma­ve­ra Negra de Henry Miller. Su con­cep­to de las escri­tu­ras sagra­das con­tem­pla­ba tex­tos aje­nos a la Biblia. 

Ali­cia (que para John será “Ali­ci­ta”, “Cone­jo”, “Lapin”, “cala­mity”) la lee­rá en una oscu­ra cel­da de la Peni­ten­cia­ría de muje­res de Olmos. La Revo­lu­ción Liber­ta­do­ra (que, como vere­mos, será “Fusi­la­do­ra”), la había cata­lo­ga­do como una “pre­sa peli­gro­sa”. Es cla­ro que las “arti­ma­ñas e inso­len­cias” de Ali­cia están hablan­do de una rela­ción que des­de el ini­cio se plan­teó como “de igual a igual”. Ali­cia se le plan­tó a John como nadie lo había hecho. Y, algo inusual en un hom­bre en el con­tex­to de una socie­dad machis­ta y patriar­cal, es John el que se resis­te a ser con­si­de­ra­do por Ali­cia como “uno más”. En efec­to, John no es uno más. Será el gran amor de Ali­cia. Por eso ella se apa­re­cía, como un fan­tas­ma, en su celda.

Ali­cia impug­na el pre­jui­cio machis­ta que con­si­de­ra que las muje­res pien­san con la matriz, que sólo pue­den ena­mo­rar­se de hom­bres, no de ideas. Ella, cla­ra­men­te, esta­ba ena­mo­ra­da de algu­nas ideas. Se ena­mo­ra­ba de los hom­bres en tan­to eran por­ta­do­res (y eje­cu­to­res) de las mismas. 

En las car­tas que se envían de pri­sión a pri­sión, no sólo se hace pre­sen­te la cues­tión polí­ti­ca vin­cu­la­da la orga­ni­za­ción de la nacien­te Resis­ten­cia Pero­nis­ta. Adquie­re una pre­sen­cia rele­van­te el jue­go lite­ra­rio de seduc­ción. Por ejem­plo, en una car­ta sin fecha, pero no muy dis­tan­te de la ante­rior de 1956, John le escribe:

“Qué cosas pue­do hacer para dar­te segu­ri­dad y aven­tar las aves malé­fi­cas? ¿Qué mis­te­rio arran­car­le a las pala­bras que te devuel­va una tran­qui­li­dad que yo creía haber­te ase­gu­ra­do para siem­pre? Tu cono­ces mejor que nadie. Eres la úni­ca que lo cono­ce, el inven­ta­rio que yo pue­do ofre­cer­te y que te he dado ínte­gra­men­te: ter­nu­ra, besos, lucha, vio­len­cia, aven­tu­ras, penum­bra, mis­te­rio. Una insu­mi­sa acti­tud fren­te a todo, una rebel­día total con­tra los con­te­ni­dos de una axio­lo­gía con­ven­cio­nal, el cora­je de mirar de fren­te a la cir­cuns­tan­cia y opo­ner­le los valo­res intra­fi­ca­bles de la esen­cia­li­dad. Mucho o poco, eso es lo que ten­go. Eso soy. Es decir, eso es tuyo.

Te beso tiernamente

A John se le cue­la el esti­lo del radio­tea­tro y de algu­nas nove­las rio­pla­ten­ses. ¿John exa­ge­ra­ba? ¿Sólo pre­ten­día des­lum­brar a Ali­cia? La his­to­ria pos­te­rior demos­tra­rá que no se tra­ta­ba de pro­me­sas vanas.

Las car­tas que Ali­cia y John inter­cam­bian des­de sus res­pec­ti­vas pri­sio­nes ate­so­ran una belle­za inten­sa. No sólo por los sen­ti­mien­tos que tra­sun­tan, no sólo por el “yo” que expo­nen sin fil­tros, inclu­yen­do el “yo” heri­do, sino por­que tam­bién poseen una inven­ti­va extra­or­di­na­ria. Son car­tas que pocas veces rozan la cur­si­le­ría carac­te­rís­ti­ca del géne­ro. Y es que se tra­ta de car­tas de per­so­nas cul­tas y sen­si­bles que pare­cen intuir que no que­da­rían igua­les a sí mis­mos des­pués de esa rela­ción. Son car­tas en las que lo pri­va­do se dilu­ye en lo públi­co. En sus pági­nas pode­mos detec­tar una con­cien­cia sub­ya­cen­te sobre las posi­bles pro­yec­cio­nes polí­ti­cas de su encuen­tro. Una con­cien­cia que ambos poseen.

¿Qué ve Ali­cia en John? ¿Qué le atrae de él? Para res­pon­der estos inte­rro­gan­tes con­ta­mos con las imá­ge­nes con las que Ali­cia evo­ca a John tres años des­pués de su muer­te: “un joven jaco­bino soli­ta­rio en un par­la­men­to tími­do y hete­ro­gé­neo que repre­sen­ta la reta­guar­dia de las masas que acau­di­llan Eva y Perón”, una per­so­na­li­dad excep­cio­nal; un repre­sen­tan­te de “la con­cien­cia polí­ti­ca revo­lu­cio­na­ria cre­cien­te, des­de su fun­da­men­ta­ción con­tra las actas de Cha­pul­te­pec y los acuer­dos de Bre­ton Woods”; la voz pre­cla­ra que, des­de las pági­nas de la revis­ta De Fren­te, seña­la­ba “la alter­na­ti­va de hie­rro de un pro­ce­so popu­lar: o se pro­fun­di­za o será derro­ta­do”.[6] De ese “joven jaco­bino” se ena­mo­ra Ali­cia. De su inte­li­gen­cia, de su intran­si­gen­cia, de su volun­tad inque­bran­ta­ble, de su valen­tía. Con el paso de los años, com­par­tien­do vida y mili­tan­cia, irá des­cu­brien­do la dimen­sión más inte­gral de su compañero.

En una car­ta a Perón del 13 de mar­zo de 1973, Ali­cia tra­za­ba el per­fil de Héc­tor J. Cám­po­ra que aca­ba­ba de ser elec­to pre­si­den­te de la Nación. Lo cali­fi­ca­ba como un “muy buen hom­bre leal” pero agre­ga­ba que “nun­ca bri­lló por el cora­je, ni por la ima­gi­na­ción, ni por la auda­cia”. Es fácil dedu­cir los aspec­tos que Ali­cia valo­ra­ba en un hom­bre y en los seres huma­nos en gene­ral: bon­dad, leal­tad, cora­je, ima­gi­na­ción y audacia. 

Más allá de los encuen­tros ini­cia­les y casua­les, el reen­cuen­tro de Ali­cia con John se pro­du­ce en 1955, en un esce­na­rio de derrum­be. Poco antes del gol­pe de sep­tiem­bre y del derro­ca­mien­to del gobierno Perón, John había sido desig­na­do inter­ven­tor del Par­ti­do Pero­nis­ta de la Capi­tal Fede­ral. Y comen­zó a rodear­se de las figu­ras más com­ba­ti­vas del pero­nis­mo, al tiem­po que con­su­mía sus días reco­rrien­do Uni­da­des Bási­cas y sin­di­ca­tos, tra­tan­do de dar­le con­te­ni­do polí­ti­co a una estruc­tu­ra vacía, inten­tan­do –con­tra reloj– poner en fun­cio­na­mien­to una media­ción polí­ti­ca que, ante el avan­ce de la reac­ción, apa­re­cía cada vez como más nece­sa­ria. De a poco comen­za­ba a deli­near­se el cookismo.

Una de las pri­me­ras cosas que apren­dió John es que la inde­pen­den­cia polí­ti­ca de la cla­se tra­ba­ja­do­ra no se cons­tru­ye en un par de meses y des­de luga­res exter­nos. La fal­ta de dis­po­si­ción para la lucha del grue­so del pero­nis­mo era algo evi­den­te e intuía que ese era un dato que no pasa­ba des­aper­ci­bi­do para las cla­ses domi­nan­tes y para sus bra­zos polí­ti­cos y armados. 

John será uno de los pocos pero­nis­tas que insis­ti­rá en la nece­si­dad de “armar a la CGT”, esto es, de crear mili­cias obre­ras para defen­der al gobierno. En un momen­to polí­ti­co de ries­go que no habi­li­ta­ba nin­gu­na for­ma de opor­tu­nis­mo, Ali­cia esta­ble­ce con­tac­to con John y “se pone a su disposición”.

Las ten­sio­nes entre Perón y la opo­si­ción venían incre­men­tán­do­se ace­le­ra­da­men­te des­de 1954. Pero el aire des­ti­tu­yen­te podía res­pi­rar­se des­de 1953. El 15 abril de ese año, duran­te un acto de la CGT, en la Pla­za de Mayo, mien­tras Perón daba su dis­cur­so, esta­lla­ron dos bom­bas muy pode­ro­sas. Sie­te per­so­nas murie­ron. Muchas más resul­ta­ron heri­das. La res­pues­ta no se hizo espe­rar, gru­pos iden­ti­fi­ca­dos con pero­nis­mo incen­dia­ron la sede del Joc­key Club en la calle Flo­ri­da y la Casa del Pue­blo del Par­ti­do Socia­lis­ta (PS). 

Poco a poco, fue toman­do cuer­po una alian­za anti­pe­ro­nis­ta inte­gra­da por los gran­des gru­pos eco­nó­mi­cos con sus repre­sen­ta­cio­nes direc­tas como la Socie­dad Rural Argen­ti­na (SRA), la Unión Indus­trial Argen­ti­na (UIA) y la Cáma­ra de Comer­cio de la Argen­ti­na (CCA). Tam­bién for­ma­ban par­te de esa alian­za las repre­sen­ta­cio­nes indi­rec­tas de esos gru­pos eco­nó­mi­cos: los par­ti­dos polí­ti­cos tra­di­cio­na­les, en su mayo­ría anti­pe­ro­nis­tas. Pero ade­más de la con­for­ma­ción de esta alian­za opo­si­to­ra, es impor­tan­te tener en cuen­ta el dete­rio­ro de la alian­za pero­nis­ta. Si en un comien­zo la bur­gue­sía nacio­nal, un sec­tor de las Fuer­zas Arma­das, la Igle­sia y la cla­se tra­ba­ja­do­ra apo­ya­ron al pero­nis­mo; hacia media­dos de la déca­da de 1950, de estos cua­tro sec­to­res, sólo los tra­ba­ja­do­res y las tra­ba­ja­do­ras per­ma­ne­cían fieles.

El 11 de junio de 1955, una de las cele­bra­cio­nes reli­gio­sas más impor­tan­tes para la feli­gre­sía cató­li­ca, la pro­ce­sión del Cor­pus Chris­ti, devino en un acto abier­ta­men­te anti­pe­ro­nis­ta y ter­mi­nó con enfren­ta­mien­tos entre gru­pos que apo­ya­ban al gobierno y gru­pos opo­si­to­res. Según la ver­sión ofi­cial, en el Con­gre­so, los opo­si­to­res arria­ron la ban­de­ra argen­ti­na (que lue­go que­ma­ron) e iza­ron una ban­de­ra papal. Enton­ces, el gobierno, a modo de des­agra­vio, pro­pu­so un des­fi­le aéreo para el día 16 de junio. Sin ima­gi­nar­lo, esta­ba favo­re­cien­do los pla­nes gol­pis­tas. Ese día, en un medio­día nubla­do y des­apa­ci­ble, los avio­nes North Ame­ri­can y Glos­ter Meteor de la Fuer­za Aérea se agru­pa­ban a la altu­ra de la casa de Ali­cia en la calle Cas­tro Barros, y des­de ahí pica­ban al cen­tro de Bue­nos Aires, hacia la zona de la Pla­za de Mayo, dis­pa­ran­do sobre los edi­fi­cios y las per­so­nas. Otro tan­to hacían los avio­nes Glen Mar­tin y Beech­craft jun­to a los hidro­avio­nes Cata­li­na de la Avia­ción Naval, des­de otros pun­tos de la ciu­dad. Los obje­ti­vos más codi­cia­dos eran la Casa de Gobierno y el Minis­te­rio de Gue­rra. Des­de el edi­fi­cio del Minis­te­rio de Mari­na, toma­do por mili­ta­res y civi­les com­plo­ta­dos, se dis­pa­ra­ba a man­sal­va. En pocos minu­tos la Pla­za y sus inme­dia­cio­nes se con­vir­tie­ron en un ver­da­de­ro infierno. El fue­go de la metra­lla des­me­nu­zó cuer­pos, des­ga­rró muros, des­gua­zó auto­mó­vi­les, com­pu­so un ama­si­jo tétri­co de car­ne huma­na, cemen­to y fie­rros retor­ci­dos. Un tro­le­bús reple­to de tra­ba­ja­do­res y tra­ba­ja­do­ras, de niños y niñas que se diri­gían a la escue­la o regre­san de ella a sus casas, fue alcan­za­do por una bom­ba que pene­tró por el techo. La onda expan­si­va mató a todos y a todas. En la Ave­ni­da Paseo Colón, a la altu­ra de Hipó­li­to Yri­go­yen, se for­mó un inmen­so char­co de san­gre. Los árbo­les enclen­ques, inci­ne­ra­dos por las defla­gra­cio­nes, extra­ña­ron a las palo­mas. Así fue el “bau­tis­mo de fue­go” de la Fuer­za Aérea y la Avia­ción Naval argen­ti­nas: impo­si­ble con­ce­bir­lo más des­hon­ro­so. De este modo, las cla­ses domi­nan­tes argen­ti­nas reto­ma­ron su vie­ja pedagogía. 

Con el obje­ti­vo de ase­si­nar a Perón, los mili­ta­res insu­rrec­tos bom­bar­dea­ron la Ciu­dad de Bue­nos Aires y cau­sa­ron la muer­te de cien­tos de per­so­nas –entre 200 y 350– y una gran can­ti­dad de heri­dos y heri­das –entre 800 y 1200 – . Civi­les y mili­ta­res, pero prin­ci­pal­men­te civi­les. Nun­ca se supo la cifra exac­ta de víc­ti­mas. El levan­ta­mien­to mili­tar tenía como cabe­ci­llas al gene­ral León Ben­goa y al con­tra­al­mi­ran­te Samuel Toran­zo Cal­de­rón. Entre los civi­les se des­ta­ca­ban nacio­na­lis­tas cató­li­cos como Mario Ama­deo y Luis María de Pablo Par­do, y radi­ca­les como Miguel Ángel Zava­la Ortiz. 

Fue una masa­cre per­pe­tra­da por el odio de las cla­ses domi­nan­tes argen­ti­nas, por su esta­do de pos­tra­ción éti­co, por su moral momi­fi­ca­da, por su pro­fun­do des­pre­cio a la polí­ti­ca y a la mis­mí­si­ma ley que los ampa­ra. Hubo otras masa­cres antes. Con­tra las mon­to­ne­ras y los pue­blos del inte­rior, en las gue­rras civi­les del siglo XIX. Con­tra los pue­blos ori­gi­na­rios, en el genocidio/​etnocidio deno­mi­na­do “con­quis­ta del desier­to”. Con­tra los tra­ba­ja­do­res y las tra­ba­ja­do­ras, en la Sema­na Trá­gi­ca de 1919 o en la Pata­go­nia, en 1922. Habrá otras masa­cres pos­te­rio­res, sobre todo duran­te las Dic­ta­du­ras Mili­ta­res, pero tam­bién en el mar­co de gobier­nos cons­ti­tu­cio­na­les. Ese odio –inal­te­ra­do– es el que sumi­nis­tró y sumi­nis­tra espe­sor dra­má­ti­co a la his­to­ria argen­ti­na. No la resis­ten­cia y la rebel­día del pue­blo que, aún con sus erro­res, sólo apor­tó y apor­ta épica. 

Los bom­bar­deos a la Pla­za de Mayo del 16 de junio cons­ti­tu­yen un pun­to de infle­xión en la vida de Ali­cia. Fue­ron como una reve­la­ción. Podría decir­se que ese día nació como mili­tan­te revo­lu­cio­na­ria, por­que ese día tam­bién aso­mó una sub­je­ti­vi­dad colec­ti­va, o mejor: se ini­ció un pro­ce­so de acu­mu­la­ción de sub­je­ti­vi­dad colec­ti­va del lado de las cla­ses subal­ter­nas y opri­mi­das. Al prin­ci­pio fue sólo la pura indig­na­ción que obró como madre engen­dra­do­ra. De este modo, bajo el influ­jo de razo­nes éti­co-cul­tu­ra­les y polí­ti­co-mora­les, la poe­ta, la acti­vis­ta cul­tu­ral, la inte­lec­tual con cier­to gra­do de “com­pro­mi­so”, se con­vir­tió en lucha­do­ra polí­ti­ca. La mili­tan­te revo­lu­cio­na­ria Ali­cia Egu­ren fue pari­da por la indig­na­ción, con esta­lli­dos de bom­bas y repi­que­teo de balas como músi­ca de fon­do. Esa indig­na­ción que puso en cri­sis la hege­mo­nía libe­ral y, por exten­sión, a bue­na par­te de las ins­ti­tu­cio­nes argen­ti­nas; des­de los par­ti­dos de izquier­da a la Igle­sia Cató­li­ca. Des­pués, en for­ma inin­te­rrum­pi­da y por sim­ple agre­ga­ción, se fue­ron suman­do: la éti­ca de la rebe­lión, la nece­si­dad impe­rio­sa de actuar, el impe­ra­ti­vo de cam­biar el mun­do, la con­tra-vio­len­cia, el pro­yec­to cons­truc­tor de la paz pero al pre­cio jus­to, el esfuer­zo por des­las­trar­se de los valo­res y las cate­go­rías del enemi­go. Para Ali­cia, a par­tir del 16 de junio de 1955, lo coti­diano se tor­nó épico. 

Des­pués de los bom­bar­deos, la ten­sión polí­ti­ca fue en aumen­to. La mis­ma noche del 16 de junio, gru­pos enco­le­ri­za­dos, incen­dia­ron –o inten­ta­ron incen­diar– las prin­ci­pa­les Igle­sias de la ciu­dad de Bue­nos Aires: del Soco­rro, San­to Domin­go, San Fran­cis­co, San Miguel, San Igna­cio, La Mer­ced, entre otras. Tam­po­co se sal­vó la Cate­dral. El rol polí­ti­co de la Igle­sia como eje aglu­ti­nan­te del anti-pero­nis­mo era dema­sia­do evi­den­te como pasar­lo por alto, espe­cial­men­te ese día. 

Final­men­te, en sep­tiem­bre de 1955, un levan­ta­mien­to mili­tar auto­de­no­mi­na­do Revo­lu­ción Liber­ta­do­ra, que se ini­ció en Cór­do­ba y lue­go se exten­dió al res­to del país, derro­có a Perón y lo obli­gó a exi­liar­se. Perón renun­ció, no lla­mó a un levan­ta­mien­to popu­lar en defen­sa de su gobierno, es más: lo des­alen­tó des­de el prin­ci­pio, más allá de algún que otro dis­cur­so encendido.

Por cier­to, des­de el 17 de octu­bre de 1945, Perón se dedi­có sis­te­má­ti­ca­men­te a evi­tar la reedi­ción de un acon­te­ci­mien­to en esa cla­ve: la movi­li­za­ción de masas como una for­ma de resol­ver con­flic­tos socia­les y polí­ti­cos. La leal­tad ins­ti­tui­da a Perón se con­vir­tió en des­leal­tad al 17 de octu­bre y a sus sig­ni­fi­ca­dos ins­ti­tu­yen­tes. John y gru­po más acti­vo de mili­tan­tes del Par­ti­do Pero­nis­ta de la Capi­tal esta­ban per­ple­jos fren­te a lo que inter­pre­ta­ban como una absur­da ren­di­ción. No podían creer que ese fue­ra el final. Lo mis­mo Alicia. 

Perón, maes­tro en el uso pacien­te del tiem­po, eli­gió la espe­ra, la dila­ción. Para Ali­cia y John, Perón sobre­va­lo­ra­ba esa varia­ble cen­tral de la estra­te­gia. Ella y él les asig­na­ban prio­ri­dad a los acto­res y a las actri­ces, a las ope­ra­cio­nes, a los medios. Sus esti­los polí­ti­cos eran diver­gen­tes de los del Gene­ral. Para Ali­cia y John la polí­ti­ca era des­bor­de. Para Perón la polí­ti­ca era el jue­go del per­pe­tuo balan­ceo. El terreno más pro­pi­cio para Perón no era pre­ci­sa­men­te el de los com­ba­tes deci­si­vos. En dis­tin­tos momen­tos de su exten­sa tra­yec­to­ria polí­ti­ca pode­mos ver al Gene­ral hacien­do ingen­tes esfuer­zos por evi­tar­los. Pocos años más tar­de, Ali­cia y John serán tes­ti­gos de acti­tu­des igual­men­te decepcionantes. 

Una vez derro­ca­do Perón, asu­mió la pre­si­den­cia el gene­ral Eduar­do Lonar­di. De inme­dia­to, se mos­tró dis­pues­to a dia­lo­gar con los diri­gen­tes sin­di­ca­les, en su gran mayo­ría iden­ti­fi­ca­dos con el pero­nis­mo. Mien­tras tan­to, coman­dos civi­les, asal­ta­ban sin­di­ca­tos a pun­ta de pis­to­la. Pero a poco más de un mes de asu­mir, los sec­to­res cerril­men­te anti­pe­ro­nis­tas de la civi­li­dad y de las Fuer­zas Arma­das, repre­sen­ta­dos por el gene­ral Pedro Euge­nio Aram­bu­ru y por el Con­tral­mi­ran­te Isaac Rojas, lo obli­ga­ron a renun­ciar. El pri­me­ro asu­mió la pre­si­den­cia y comen­zó a per­se­guir a los diri­gen­tes sin­di­ca­les y polí­ti­cos iden­ti­fi­ca­dos con el pero­nis­mo. Los sin­di­ca­tos fue­ron inter­ve­ni­dos y el Par­ti­do Pero­nis­ta fue pros­crip­to. Inclu­so, a tra­vés del decre­to 4161, se lle­gó al absur­do de prohi­bir la sim­ple pro­nun­cia­ción de los nom­bres “Perón”, “Eva Perón” y toda refe­ren­cia u osten­ta­ción de sim­bo­lo­gía par­ti­da­ria rela­cio­na­da con el pero­nis­mo. El pro­yec­to enca­be­za­do por el tan­dem Aram­bu­ru-Rojas era, sin más, la “des­pe­ro­ni­za­ción” de la Argen­ti­na. Un inten­to de supri­mir de la memo­ria colec­ti­va la expe­rien­cia de diez años de gobierno pero­nis­ta. Como vere­mos, los efec­tos de estas polí­ti­cas fue­ron exac­ta­men­te los opues­tos a los esperados.

En el con­tex­to de un plan de “rees­truc­tu­ra­ción de los estu­dios supe­rio­res”, se san­cio­nó el decre­to ley 6403 que des­po­ja­ba de todas sus cáte­dras a los y las docen­tes afi­nes al pero­nis­mo. De este modo, Ali­cia se que­da­ba sin posi­bi­li­da­des de tra­ba­jar. Una fran­ja impor­tan­te de la inte­lec­tua­li­dad argen­ti­na, ade­más de sub­es­ti­ma­da, que­da­ba exclui­da del Esta­do. Segui­rá pro­du­cien­do, pero aho­ra fue­ra del Esta­do, con el Esta­do en con­tra. Comen­za­rá a repen­sar el pero­nis­mo, la Argen­ti­na. El des­ape­go ins­ti­tu­cio­nal for­za­do con­tri­bui­rá a la radi­ca­li­za­ción de muchos y muchas. 

En los sub­tes de la ciu­dad de Bue­nos Aires, como un wes­tern lun­far­do, un día apa­re­cie­ron car­te­les con los ros­tros de Ali­cia y John y el rótu­lo: “Bus­ca­dos”. Ali­cia expe­ri­men­ta­rá por pri­me­ra vez la con­di­ción de clandestina.

El repre­sor Pros­pe­ro Ger­mán Fer­nán­dez Alba­ri­ño, alias “Capi­tán Gandhi”, que actua­ba bajo la órbi­ta del Sub­je­fe de Poli­cía Aldo Luis Moli­na­ri, esta­ba tras los pasos de la “Doc­to­ra Egu­ren”. El “Capi­tán Gandhi” era un psi­có­pa­ta que, entre otras cos­tum­bres, solía exhi­bir la cabe­za de Juan Duar­te con­ser­va­da en for­mol (el her­mano de Eva Perón se había sui­ci­da­do en abril de 1953, pero la opo­si­ción al pero­nis­mo pre­fe­ría creer que había sido man­da­do a ase­si­nar por el pro­pio Perón). Has­ta el padre Cas­te­lla­ni fue dete­ni­do e inte­rro­ga­do por este per­so­na­je que, con abso­lu­ta arbi­tra­rie­dad, bus­ca­ba obte­ner datos que lo con­du­je­ran a Alicia. 

En una épo­ca tem­pra­na, antes de la Revo­lu­ción Cuba­na, antes de que una visión ultra­li­be­ral comen­za­ra a con­si­de­rar inter­cam­bia­bles los tér­mi­nos pero­nis­mo y comu­nis­mo, Ali­cia y John ya comen­za­ban a ser til­da­dos de “agen­tes de la sub­ver­sión comu­nis­ta inter­na­cio­nal”, sin que nin­guno de ellos tuvie­ra víncu­los con paí­ses o par­ti­dos comu­nis­tas. Ali­cia y John se estre­na­ban como las bêtes noi­res de la “gran cons­pi­ra­ción mundial”.

Fren­te a la ofen­si­va gori­la –una ofen­si­va con inocul­ta­bles con­te­ni­dos de cla­se – , los sec­to­res popu­la­res refor­za­ron su iden­ti­dad pero­nis­ta e ini­cia­ron una serie de accio­nes con­tra la dic­ta­du­ra mili­tar: huel­gas, sabo­ta­jes, actos de des­obe­dien­cia civil. A veces orga­ni­za­das, otras espon­tá­neas. El con­jun­to de estas accio­nes se cono­ce con el nom­bre de Resis­ten­cia Pero­nis­ta. Su obje­ti­vo prin­ci­pal era el retorno de Perón. Pero la Resis­ten­cia Pero­nis­ta tam­bién fue la res­pues­ta defen­si­va de los tra­ba­ja­do­res y las tra­ba­ja­do­ras con­tra el hos­ti­ga­mien­to de los patro­nes y con­tra la repre­sión del gobierno mili­tar que derro­có a Perón en 1955. A pesar del pro­ta­go­nis­mo de los tra­ba­ja­do­res y las tra­ba­ja­do­ras, la Resis­ten­cia Pero­nis­ta no se plan­teó espe­cí­fi­ca­men­te el recla­mo por mejo­res sala­rios, fue bási­ca­men­te una lucha, en cada lugar de tra­ba­jo, en defen­sa de las con­di­cio­nes labo­ra­les y sin­di­ca­les logra­das duran­te el gobierno pero­nis­ta. Al decir de Ale­jan­dro Horo­wicz, una suer­te de “lud­dis­mo nacional”. 

Enton­ces, Ali­cia va a bus­car­lo a John a la sede del Par­ti­do Pero­nis­ta, en Rio­bam­ba y Can­ga­llo. Se pone al ser­vi­cio –“a dis­po­si­ción”– de ese “joven jaco­bino”, talen­to­so y des­me­di­do, que con­tras­ta­ba con el res­to de la diri­gen­cia polí­ti­ca y sin­di­cal pero­nis­ta: buró­cra­tas y meros apén­di­ces del Esta­do, com­par­sas del poder, melin­dro­sos y abu­rri­dos, manio­bre­ros sin ima­gi­na­ción, sol­me­nes y cero­sos, cere­mo­nio­sos estre­cha­do­res de manos y aco­mo­da­ti­cios. Per­so­na­jes meno­res, inca­pa­ces de exce­der los luga­res comu­nes y las ver­da­des evi­den­tes. Perón, que lo había rele­ga­do por autó­no­mo y per­tur­ba­dor, lo con­vo­ca en el momen­to infaus­to. Ten­ga­mos pre­sen­te que John, des­pués de des­ta­car­se como par­la­men­ta­rio, no reeli­gió su ban­ca, y que, aun­que haya sido pre­si­den­te de la Comi­sión de Asun­tos Cons­ti­tu­cio­na­les de la Cáma­ra de Dipu­tados y uno de los redac­to­res de un pro­yec­to de refor­ma cons­ti­tu­cio­nal, no inte­gró las lis­tas de con­ven­cio­na­les cons­ti­tu­yen­tes para la Con­ven­ción de 1949. Pagó de ese modo el cos­to de la inde­pen­den­cia en el pen­sar y en el hacer.

La rela­ción entre Ali­cia y John, una rela­ción de “here­jes”, de “excén­tri­cos”, se con­so­li­da en la clan­des­ti­ni­dad. Poco des­pués del gol­pe, Cooke es dete­ni­do, más pre­ci­sa­men­te en octu­bre de 1955. Pasó todo el año 1956 en pri­sión y has­ta mar­zo de 1957 deam­bu­ló por dis­tin­tas cár­ce­les del país, cuan­do pro­ta­go­ni­zó una espec­ta­cu­lar fuga a Chi­le des­de el penal de Río Gallegos.

En ese tiem­po Ali­cia tam­bién cono­ció la cár­cel. Fue dete­ni­da por pri­me­ra vez el 19 de octu­bre de 1955. Pasó un día dete­ni­da. Acu­sa­da de aso­cia­ción ilí­ci­ta y cons­pi­ra­ción para la rebe­lión, vol­vió a ser dete­ni­da, y esta vez inco­mu­ni­ca­da, el 26 de noviem­bre. Esa deten­ción deman­dó un enor­me des­plie­gue represivo. 

Según el rela­to de Pedro:

Ese día a mí me ope­ran de Ade­noi­des. Mamá ya esta­ba clan­des­ti­na y vie­ne a la maña­na al hos­pi­tal para la ope­ra­ción. Una vez que me ope­ran, se raja. Pero des­pués pasa por la casa de Boe­do, por la noche, para ver­me y ahí la aga­rran. Mi abue­la le dice: –¡Qué hacés aquí! Mamá cae por ir a ver­me a la casa de Cas­tro Barros. Yo esta­ba escu­pien­do san­gre en una palan­ga­na […] Yo esta­ba en una cama, con una metra­lle­ta de jugue­te, con luces, que era toda una nove­dad para la épo­ca, un inven­to del argen­tino Rodol­fo de Luca. Entran pri­me­ro los civi­les del SIN [Ser­vi­cio de Inte­li­gen­cia Naval]. Enton­ces les hago a los mili­cos como que les tiro con la ame­tra­lla­do­ra de jugue­te. Yo tenía 7 años. Enton­ces aga­rran la palan­ga­na lle­na de san­gre y me la vacían en la cabe­za. Yo nací en la violencia.

El Ser­vi­cio de Inte­li­gen­cia del Esta­do (SIDE), diri­gi­do por el gene­ral Domin­go Qua­ran­ta, había lan­za­do una impla­ca­ble per­se­cu­ción con­tra los y las pero­nis­tas. Pero, ade­más, Ali­cia esta­ba “mar­ca­da” por el SIN. Un coman­do con­jun­to del Ejér­ci­to y la Mari­na enca­be­za­do por el gene­ral Juan José Uran­ga rodeó la man­za­na de la casa del barrio de Boe­do don­de se encon­tra­ba Ali­cia y con alta­vo­ces ame­na­za­ron con volar­la si ella no se entre­ga­ba. Enga­ña­da por la quie­tud de los techos, inten­tó una teme­ra­ria huí­da por las terra­zas. En pocos segun­dos eva­luó vías de esca­pe. Cal­cu­ló dis­tan­cias y altu­ras. Pero fue impo­si­ble. La saca­ron a los empu­jo­nes, a las pata­das, tirán­do­le de los pelos y la arro­ja­ron en la caja de un camión del Ejército.

A pesar de que la prác­ti­ca de Ali­cia enca­ja­ba per­fec­ta­men­te en las men­cio­na­das figu­ras del Códi­go Penal (har­to fle­xi­bles, por cier­to), fue sobre­seí­da y libe­ra­da el 21 de diciem­bre. Pero ape­nas una sema­na más tar­de cayó sobre ella una nue­va orden de cap­tu­ra. Aho­ra se la acu­sa­ba de “peli­gro­sa orga­ni­za­do­ra” (de deli­tos colec­ti­vos). Esta vez le fue nega­do el habeas cor­pus con sali­da del país y aten­ción médi­ca. Per­ma­ne­ció en pri­sión has­ta el 15 de noviem­bre de 1956, cuan­do fue nue­va­men­te sobre­seí­da y libe­ra­da. O sea, prác­ti­ca­men­te un año completo. 

Ali­cia fue tra­ta­da con espe­cial saña por estar vin­cu­la­da a John y, cla­ro está, por ser mujer. Una mujer “des­obe­dien­te”. Debió lidiar con seres ora den­go­sos y opor­tu­nis­tas ora insen­si­bles y demen­cia­les, inva­ria­ble­men­te embria­ga­dos de poder. Los car­ce­le­ros y las car­ce­le­ras, inclu­yen­do a las mon­jas, no le aho­rra­ron humi­lla­cio­nes. Como ali­men­to le sumi­nis­tra­ban un bodrio indi­ge­ri­ble cuyo obje­ti­vo no era otro que dete­rio­rar su salud, debi­li­tar­la físi­ca­men­te y minar su volun­tad. Entre pare­des ape­nas enjal­be­ga­das, el frío de las bal­do­sas le tre­pa­ba por las pier­nas has­ta los mus­los y le hela­ba el abdo­men. En algu­nas noches géli­das, cuan­do el des­aso­sie­go se tor­na­ba febril, cuan­do la indig­ni­dad del cau­ti­ve­rio se con­ver­tía en algo insu­fri­ble, Ali­cia escri­bía poe­mas. Lamen­ta­ble­men­te no se han con­ser­va­do. Nun­ca deja­ba de escri­bir car­tas. Caras polí­ti­cas. Car­tas de amor. A veces indiferenciables.

Bue­na par­te del tiem­po que pasó en la cár­cel Ali­cia estu­vo muy enfer­ma. Fue “inte­rro­ga­da” en la sede del SIN.

Según el rela­to de María Seoane:

El inte­rro­ga­to­rio estu­vo a car­go de Uran­ga, que le apli­ca­ba la pica­na acu­sán­do­la ser “la pare­ja cons­pi­ra­do­ra del diri­gen­te John W. Cooke” […] Uran­ga se recos­tó en su asien­to, puso los pies sobre la mesa y comen­zó con las pre­gun­tas. Ali­cia lo desa­fió antes de que la arras­tra­ran a la sala de tortura:

–Está usted ante una mujer. Has­ta que no baje sus patas sucias no pien­so abrir la boca. Usted es una bes­tia, no un caballero.

Pocos años des­pués, en un artícu­lo, Ali­cia recor­da­rá a cier­tos “jóve­nes liber­ta­do­res que por­ta­ban inne­ce­sa­rias ame­tra­lla­do­ras, de la Mari­na, del Ejér­ci­to, que nos insul­ta­ban en su idio­ma afe­mi­na­do [sic], que nos empu­ja­ban, que nos gol­pea­ban y tor­tu­ra­ban…”, recu­pe­ra­rá la ima­gen de unos “mal­cria­dos que tira­ban sus zapa­tos por el aire y des­cal­zos y con los pies cru­za­dos sobre el escri­to­rio mez­cla­ban sus inte­rro­ga­to­rios con loas a la ‘demo­cra­cia’ e insul­tos al ‘tirano depuesto’…”.

Pero ni la bru­ta­li­dad obs­ce­na de sus cap­to­res, ni las tor­tu­ras, ni la enfer­me­dad pudie­ron menos­ca­bar su carác­ter. Como vimos, Ali­cia, sin dejar de ser el “bello jun­co a la espe­ra del ven­da­val” siem­pre fue una mujer “ascé­ti­ca”, “dura”, “indo­ma­ble”, “rebel­de”, con una segu­ri­dad arro­lla­do­ra. Abso­lu­ta­men­te todos los tes­ti­mo­nios coin­ci­den en cali­fi­ca­ti­vos de esa índole.

Los y las mili­tan­tes de base, los y las pro­ta­go­nis­tas de la Resis­ten­cia Pero­nis­ta, no pasa­ron por alto la intran­si­gen­cia de Ali­cia que comen­zó a adqui­rir pres­ti­gio y pre­di­ca­men­to entre los y las pero­nis­tas resis­ten­tes. Un Bole­tín de cir­cu­la­ción clan­des­ti­na, la nom­bra­ba “Ali­cia de la Patria” y la defi­nía como “una con­duc­to­ra nata” y como “un alto expo­nen­te de la inte­lec­tua­li­dad argen­ti­na, que al pro­du­cir­se el caos en el que se deba­te la Patria, salió a defen­der la doc­tri­na jus­ti­cia­lis­ta y a orga­ni­zar el movi­mien­to de libe­ra­ción”. Ali­cia seguía a pie jun­ti­llas la reco­men­da­ción y el ejem­plo de John, ali­men­ta­ba el fer­vor del pue­blo con hechos heroicos.

En esa línea, supo ser una de las pre­sas “lie­ras” del pero­nis­mo; en la Cár­cel del Buen Pas­tor, en el barrio de San Tel­mo, a pocas cua­dras de la Pla­za de Mayo, o en la Peni­ten­cia­ría de muje­res de Olmos, en cer­ca­nías de la ciu­dad de La Plata.

Según el abo­ga­do Fer­nan­do Torres:

“Había un pro­ble­ma por­que esta­ban pre­sas las muje­res de la Resis­ten­cia, por los hechos pos­te­rio­res a sep­tiem­bre de 1955, como Nor­ma Ken­nedy, Lala Gar­cía Marín (la tía Lala) y Ali­cia Egu­ren y las pre­sas vie­jas, como Delia Paro­di y Jua­na Larrau­ri, que esta­ban pre­sas por haber sido legis­la­do­ras… y no que­rían lola. Las otras las vol­vían locas a las mon­jas de Hum­ber­to I. Tan­to, que un día las lle­va­ron a La Pla­ta, a la cár­cel de Muje­res de Olmos, por­que todos los días había peleas con ‘las jerar­cas’. Cons­pi­ra­ban per­ma­nen­te­men­te, hacían lío por las requi­sas, por los paque­tes, por todo. Las legis­la­do­ras bus­ca­ban el modo de salir cuan­to antes y sus com­pa­ñe­ras bati­fon­dea­ban [sic] des­de la maña­na has­ta la noche. Yo las defen­día a todas. En la sala de abo­ga­dos me encon­tra­ba con los dos gru­pos, con las lie­ras y las mode­ra­das. ¡Unas discusiones!”.

Ana Car­men Macri fue una de las pre­sas “vie­jas”, una de las ex dipu­tadas que com­par­tió cel­da con Ali­cia en la cár­cel del Buen Pas­tor. En el tes­ti­mo­nio reca­ba­do por María Seoa­ne, Macri seña­la la acti­tud de su com­pa­ñe­ra que, dete­ni­da y con la salud que­bran­ta­da, cons­pi­ra­ba día y noche, redac­ta­ba pan­fle­tos y car­tas, se las inge­nia­ba para orga­ni­zar diver­sas accio­nes en “el afue­ra”, valién­do­se de las visi­tas de su fami­lia. Sus padres y su hijo, ade­más de acos­tum­brar­se a ver­la en la cár­cel, estu­vie­ron invo­lu­cra­dos des­de el comien­zo en las redes cons­pi­ra­ti­vas de Ali­cia. Según Macri: “Ali­cia no era anti­pá­ti­ca, pero si fría para el tra­to. Ella tenía una moda­li­dad dis­tin­ta, un modo de pen­sar dis­tin­to. Que­ría con­ver­tir al movi­mien­to en lo que ella era: una per­so­na de izquier­da”. Todo sugie­re que la “frial­dad en el tra­to” esta­ba diri­gi­da a des­ti­na­ta­rios y des­ti­na­ta­rias pun­tua­les. No era una carac­te­rís­ti­ca de la per­so­na­li­dad de Ali­cia. En lo con­cer­nien­te a su rela­ción con Ali­cia, Macri será tajan­te, dice en su bio­gra­fía polí­ti­ca: “no nos ponía­mos de acuer­do, ella era marxista”.

Las pre­sas “lie­ras”, Ali­cia inclui­da, eran las que no se resig­na­ban a las con­di­cio­nes impues­tas por los car­ce­le­ros. Los insul­ta­ban. Putea­ban. Can­ta­ban la mar­cha pero­nis­ta. Rati­fi­ca­ban las con­vic­cio­nes en los inte­rro­ga­to­rios. En car­ta al direc­tor de la revis­ta Qué, Mama Ina, denun­cia­rá públi­ca­men­te la situa­ción por la que atra­ve­sa­ba su hija: “Me diri­jo a Ud, por medio de la pre­sen­te a fin de hacer­le cono­cer la cir­cuns­tan­cia de que pró­xi­ma­men­te se cum­pli­rán cator­ce meses de la deten­ción de mi hija la doc­to­ra Ali­cia Egu­ren a dis­po­si­ción del poder Eje­cu­ti­vo, hecho que se agra­va aún más por su pre­ca­rio esta­do de salud y sin la aten­ción médi­ca necesaria”.

El 9 junio de 1956 se pro­du­jo un alza­mien­to mili­tar lide­ra­do por el gene­ral Juan José Valle, secun­da­do por el gene­ral Raúl Tan­co y el tenien­te coro­nel Oscar Loren­zo Cogorno. Des­de sus cár­ce­les res­pec­ti­vas, Ali­cia y John abri­ga­ban expec­ta­ti­vas en esta ini­cia­ti­va. Sin embar­go, no tenían con­tac­to direc­to con los orga­ni­za­do­res del alza­mien­to. Es más, en exten­sos sec­to­res del pero­nis­mo pre­do­mi­na­ba la des­con­fian­za, espe­cial­men­te en Perón. Los insu­rrec­tos lle­ga­ron a tomar el Regi­mien­to 7 de la ciu­dad de La Pla­ta y el Cuar­tel Gene­ral de San­ta Rosa, en la pro­vin­cia de la Pampa. 

Pero por fal­ta de apo­yo, por erro­res de coor­di­na­ción, en fin, por las limi­ta­cio­nes de la con­duc­ción estra­té­gi­ca, el movi­mien­to fra­ca­só. Aram­bu­ru dic­tó la pena muer­te y el gobierno mili­tar fusi­ló a los res­pon­sa­bles direc­tos, ofi­cia­les y sub­ofi­cia­les y, en los basu­ra­les de José León Suá­rez y en la Uni­dad Regio­nal de Lanús, hizo lo pro­pio con gru­pos de civi­les. En total fue­ron 27. El gene­ral Valle fue fusi­la­do en la Peni­ten­cia­ría Nacio­nal de la calle Las Heras, en la ciu­dad de Bue­nos Aires, el 12 de junio de 1956, a las diez y vein­te de la noche. Algu­nos fusi­la­dos “sobre­vi­vie­ron” y esa para­do­ja sir­vió para Rodol­fo Walsh die­ra a luz ese libro cla­ve de nues­tra lite­ra­tu­ra que es Ope­ra­ción Masa­cre. La ope­ra­ción y la masa­cre tam­bién parie­ron al mili­tan­te-escri­tor Rodol­fo Walsh. Así, la Revo­lu­ción Liber­ta­do­ra pasa­ba a ser Revo­lu­ción Fusi­la­do­ra. Ese 9 de junio de 1956, al igual que John, Ali­cia fue some­ti­da a jui­cio mili­tar suma­rio y debió sopor­tar un plus de malos tra­tos, inclui­do un simu­la­cro de fusilamiento.

El 14 de junio de 1956, Qua­ran­ta, acre­cen­tó su fama como repre­sor al inva­dir –lite­ral­men­te– la emba­ja­da de Hai­tí. El gene­ral Tan­co y otros mili­ta­res par­tí­ci­pes del alza­mien­to con­tra la Revo­lu­ción Fusi­la­do­ra bus­ca­ron asi­lo en esa sede diplo­má­ti­ca. El emba­ja­dor, el poe­ta Jean Fer­nand Brie­rre, había pres­ta­do su con­sen­ti­mien­to. Pero a Qua­ran­ta no le impor­tó. Al fren­te de un coman­do arma­do has­ta los dien­tes ingre­só por la fuer­za a la emba­ja­da, vio­lan­do fla­gran­te­men­te el dere­cho inter­na­cio­nal, y sacó a los mili­ta­res refu­gia­dos dis­pues­to a fusi­lar­los en ple­na calle, pero depu­so su acti­tud ante la pre­sen­cia de innu­me­ra­bles –y cir­cuns­tan­cia­les– tes­ti­gos. En ese momen­to Brie­rre no se halla­ba en el edi­fi­cio. Thé­rè­se Brie­rre, su espo­sa, a los gri­tos, se inter­pu­so a los mili­ta­res inva­so­res. Qua­ran­ta la apar­tó de un empu­jón. –“Calla­te negra hija de puta”, le espe­tó, con la cara des­en­ca­ja­da y los ojos desor­bi­ta­dos cru­za­dos por cien venas como hilos rojos y azules. 

En noviem­bre de 1956 Perón desig­nó a John como su dele­ga­do y “here­de­ro”. A par­tir de ese momen­to, Ali­cia y John com­par­ti­rán la patria­da y la matria­da de la Resis­ten­cia Pero­nis­ta y todos los por­me­no­res vin­cu­la­dos a la fir­ma del pac­to entre Perón y Artu­ro Fron­di­zi, para pasar, poco des­pués, a orga­ni­zar una “insu­rrec­ción” que hicie­ra posi­ble el retorno del pri­me­ro y para diri­gir la opo­si­ción “dura” al gobierno del segundo.

En una de sus pri­me­ras car­tas des­de la Cár­cel Ali­cia dice: “Lo úni­co que lamen­to de esta cár­cel es que mi acción de resis­ten­cia haya sido tan bre­ve (ape­nas dos meses) aun­que, como le expli­ca­rá J. fruc­tí­fe­ra resul­tó”. No era exac­ta­men­te así. Ali­cia desa­rro­lló des­de las cár­ce­les una acti­vi­dad polí­ti­ca inten­sa. El con­fi­na­mien­to no la anu­ló como “coman­do ope­ra­cio­nal”. Entre otras cosas Ali­cia logró esta­ble­cer con­tac­to con los miem­bros de Coman­do Nacio­nal del Par­ti­do Pero­nis­ta, con César Mar­cos y Raúl Lago­mar­sino. En un pri­mer momen­to les cues­tio­nó la omi­sión en su “Mani­fies­to Fun­da­cio­nal” de los nom­bres de Ale­jan­dro Leloir y Cooke y los til­dó de adve­ne­di­zos y sec­ta­rios aun­que les reco­no­ció el derro­che de valen­tía y heroís­mo. En líneas gene­ra­les, la acti­vi­dad de Ali­cia des­de las cár­ce­les estu­vo orien­ta­da a con­so­li­dar la posi­ción de John, a for­ta­le­cer su lide­raz­go en el pero­nis­mo, ya des­de antes de ser desig­na­do dele­ga­do por Perón.

Ali­cia tam­bién esta­ble­ció con­tac­to con Perón, el “coman­do estra­té­gi­co”. En la que muy pro­ba­ble­men­te sea su pri­me­ra car­ta al Gene­ral mani­fies­ta su decep­ción con Leloir, el pre­si­den­te del Con­se­jo Supe­rior del Par­ti­do Pero­nis­ta y el prin­ci­pal rival polí­ti­co de John al inte­rior del pero­nis­mo en ese momento: 

El doc­tor Leloir, des­de que se encuen­tra en la cár­cel de Case­ros […] hace lle­gar a cuan­tos soli­ci­tan sus con­se­jos “no enfren­tar nin­gu­na acción, estar a la expec­ta­ti­va, dejar que los acon­te­ci­mien­tos se pro­duz­can”. Y me resul­ta terri­ble­men­te dolo­ro­so decir­lo por la secue­la de des­en­cuen­tros, des­orien­ta­ción y des­áni­mo que lle­vó y lle­va a mucha gen­te nues­tra, y tam­bién por­que me con­té entre las per­so­nas que –aún con­ven­ci­da de sus ver­da­de­ros kilates[sic]– cola­bo­ré en muchas for­mas para con­so­li­dar su nom­bre, con la úni­ca fina­li­dad de hacer del movi­mien­to de resis­ten­cia un todo uni­do y cohesionado. 

Como repre­sen­tan­te de la buro­cra­cia polí­ti­ca del pero­nis­mo, como genuino expo­nen­te de “línea blan­da” fren­te a la Revo­lu­ción Fusi­la­do­ra, Leloir comen­za­ba a eri­gir­se en la con­tra­fi­gu­ra de John, refe­ren­te de las “bases” y la “intran­si­gen­cia”. Ali­cia cri­ti­ca­ba la “iner­cia” y la “abu­lia” de Leloir, su ten­den­cia bus­car solu­cio­nes “de tran­sac­ción” con la dic­ta­du­ra mili­tar y sus rece­los con el sec­tor orto­do­xo, intran­si­gen­te y com­ba­ti­vo que, para ella y para muchos y muchas más, enca­be­za­ba John. Le cuen­ta a Perón sobre las manio­bras ocul­tas de Leloir, sobre sus ambi­cio­nes, ape­nas disi­mu­la­das, de ser can­di­da­to de un futu­ro “Fren­te Popu­lar” con el apo­yo de Vicen­te Solano Lima, León Ben­goa, Juan Ati­lio Bra­mu­glia y Artu­ro Fron­di­zi, entre otros. Para Ali­cia había hom­bres y muje­res para los tiem­pos de bonan­za y hom­bres y muje­res para los tiem­pos de tor­men­ta. Ella y John eran una mujer y un hom­bre de tor­men­tas. A tono con los tiem­pos que vivía el país. 

Al modo de John, Ali­cia le pide a Perón que asu­ma defi­ni­cio­nes polí­ti­cas cla­ras. Le pide direc­ti­vas espe­cí­fi­cas y no tan gené­ri­cas. Le pide pala­bras que con­ju­ren la ambi­güe­dad. Pala­bras que achi­quen el exten­so aba­ni­co de inter­pre­ta­cio­nes. Pala­bras pre­ci­sas, sin dis­fra­ces. Pala­bras mági­cas. ¿Se lo pide antes que John?, es muy pro­ba­ble. En ese caso debe­ría­mos tener en cuen­ta que las futu­ras deman­das polí­ti­cas de John al Gene­ral fue­ron rea­li­za­das “al modo de Alicia”: 

Que­ri­do Gene­ral: el pue­blo pero­nis­ta está total­men­te con Perón, pero mien­tras Perón no acla­re expre­sa­men­te y, en for­ma explí­ci­ta y difun­di­da cuál es la línea a seguir si la de Leloir o [la de] Cooke, la con­fu­sión será terri­ble. Los medios de difu­sión con los que con­ta­mos son angus­tio­sa­men­te esca­sos. Con enér­gi­cas líneas suyas que­da­rá sal­va­da una cri­sis divi­sio­nis­ta que ya existe.

Ali­cia par­ti­ci­pa acti­va­men­te en la coor­di­na­ción estra­té­gi­ca de la Resis­ten­cia Pero­nis­ta. La casa de la calle Boe­do se con­vir­tió en un ámbi­to de ope­ra­cio­nes estra­té­gi­co, una espe­cie de ofi­ci­na de correos clan­des­ti­na, un cen­tro de dis­tri­bu­ción de men­sa­jes encrip­ta­dos, de car­tas en tin­ta limón. Ali­cia y su fami­lia, sobre todo su madre y su hijo, que en 1955 tenía 7 años. Incon­di­cio­na­les de Ali­cia, abue­la y nie­to cum­plían las misio­nes más ries­go­sas. Ambos se hicie­ron dies­tros en la acción clan­des­ti­na. Cuen­ta Pedro:

Mi casa de la calle Cas­tro Barros, en Boe­do, es una casa his­tó­ri­ca. En la esqui­na de Cas­tro Barros y San Juan había una far­ma­cia que se lla­ma­ba Tam­bo­ri­ni. Las depen­dien­tes eran dos com­pa­ñe­ras de la Resis­ten­cia. Todos los correos de los caó­ti­cos coman­dos de la Resis­ten­cia pasa­ban por la Far­ma­cia. Noso­tros tenía­mos la casa copa­da por el SIN. Vivía­mos con los mari­nos. Pero los mari­nos no sabían que en las cajas de aspi­ri­nas o en los medi­ca­men­tos que toma­ba mi abue­la, venían todos los men­sa­jes micro­fil­ma­dos de la Resis­ten­cia. Eso se hacía lle­gar a Chi­le. Los lle­vá­ba­mos con mi abue­la en tren has­ta la fron­te­ra, y des­pués los pasá­ba­mos a Chi­le. Así lle­ga­ban al Bebe y al coman­do. Como mi abue­la sabía que la iban a requi­sar en la fron­te­ra, yo lle­va­ba los men­sa­jes aden­tro de la cor­ba­ta. Jamás se die­ron cuen­ta. Cuan­do se la lle­va­ban a mi abue­la para la requi­sa yo me que­da­ba todo cagado. Yo sabía muy bien lo que esta­ba hacien­do. Nun­ca me lo ocul­ta­ron, La Resis­ten­cia no fue una boludez. 

Ni un poco exa­ge­ra­ba Ali­cia cuan­do, años más tar­de, el 1º de febre­ro de 1973, le comen­ta­ba a Perón en una de sus cartas:

Mi hijo Pedro, mili­tan­te de la juven­tud, que empe­zó a mili­tar a los 6 años, cuan­do ud. cayó y a mí me metie­ron pre­sa, saca­ba la corres­pon­den­cia polí­ti­ca de su madre y de John. Aca­ba de salir de la cár­cel y me pide le envíe su más fuer­te y emo­cio­na­do abra­zo y recuer­do. Mucho me gus­ta­ría [que él] pudie­ra ir a ver­lo. Es lo que me pide siem­pre. Todos nues­tros com­pa­ñe­ros por mi inter­me­dio le hace­mos lle­gar un espe­cial y afec­tuo­so salu­do. Igual­men­te a Isabelita.

Un abra­zo.

Ali­cia Egu­ren de Cooke.

Unos días des­pués, en otra car­ta, Ali­cia le reite­ra a Perón “Mi hijo, de una mane­ra casi mila­gro­sa, zafó de la Cáma­ra del terror y está en libertad…”.Hacia el año 1973 Pedro era un vete­rano mili­tan­te de 24 años.

Pero regre­se­mos a los días de la Resis­ten­cia Pero­nis­ta, cuan­do John era el dele­ga­do de Perón. En car­ta del 11 de abril de 1957, Cooke, por pri­me­ra vez, le cuen­ta de Ali­cia a Perón. Una cla­ra señal de que la rela­ción iba “en serio”:

Le adjun­to recor­te de la revis­ta Qué, don­de se habla de los pre­sos polí­ti­cos y se hace men­ción del caso de mi novia, Ali­cia Egu­ren. La pobre­ci­ta está bas­tan­te enfer­ma, pero cuan­do des­pués de noviem­bre le ofre­cie­ron la opción se negó a acep­tar­la por soli­da­ri­dad con­mi­go, a pesar de mi insis­ten­cia en que salie­se del país. […] Los Ser­vi­cios de Infor­ma­cio­nes la tie­nen ficha­da como “orga­ni­za­do­ra peli­gro­sa” y la ener­gía y agre­si­vi­dad de sus decla­ra­cio­nes ante ellos con­tri­bu­ye a que se opon­gan a que se la deje en liber­tad […] Yo no la cono­cía sino por haber­me sido pre­sen­ta­da hace diez años. Des­pués del 21 de noviem­bre se pre­sen­tó ante mí y me rogó que la incor­po­ra­se al movi­mien­to para luchar por la vuel­ta de Perón, ofre­cién­do­se para las cosas más peligrosas.

Lue­go le cuen­ta sobre la actua­ción de Ali­cia ya fue­ra de la cár­cel, orga­ni­zan­do célu­las feme­ni­nas y reunio­nes con dis­tin­tos gru­pos de acti­vis­tas, clan­des­ti­nos en su inmen­sa mayo­ría. Defi­ne su víncu­lo con Ali­cia –en el con­tex­to de la Resis­ten­cia Pero­nis­ta– como un “idi­lio tris­te y pro­fun­da­men­te ale­gre al mis­mo tiempo”.

Final­men­te, el 30 de abril, un decre­to de expa­tria­ción le otor­gó a Ali­cia la opción para salir del país, por vía aérea. Si ini­ció un perío­do engo­rro­so. Ali­cia se nie­ga a par­tir por vía área, esgri­me razo­nes eco­nó­mi­cas y de salud. Soli­ci­ta hacer­lo por vía marí­ti­ma. Dado que está sepa­ra­da de Cate­lla des­de 1949, su padre debe encar­gar­se de los trá­mi­tes. Coor­di­na­ción Fede­ral sólo auto­ri­za su sali­da por vía aérea. Ali­cia insis­te. El 7 de mayo vuel­ve a ser dete­ni­da. Pasa por dis­tin­tos hos­pi­ta­les, don­de le rea­li­zan diver­sos estu­dios, has­ta que los médi­cos diag­nos­ti­can una afec­ción en el oído que des­acon­se­ja­ba el via­je en avión. Era lo que Ali­cia que­ría. En 7 de junio se embar­ca con des­tino a Gali­cia, Espa­ña, en un vapor, el Lumie­re, que ter­mi­na­ba su reco­rri­do en Bél­gi­ca. Según el rela­to de Seoa­ne, la poli­cía se encar­gó de evi­tar todo con­tac­to de Ali­cia con Mama Ina y Pedro que habían lle­ga­do al puer­to con el obje­to de despedirla.

Pero esa maña­na fría de un oto­ño don­de el inverno ya se insi­nua­ba, Ali­cia no estu­vo sola en el mue­lle del puer­to de Bue­nos Aires. Hay una foto que regis­tra el momen­to pre­vio a abor­dar. Ali­cia apa­re­ce flan­quea­da por dos per­so­nas que se las inge­nia­ron para acom­pa­ñar­la. A la dere­cha, su padre, Ramón, Nono. A la izquier­da, la “Negra Chan­ca­lay”, com­pa­ñe­ra de Ali­cia, “crio­lla de ley” y una de las “tías” de las Resis­ten­cia Pero­nis­ta que son­ríe con picar­día, casi como aje­na a la situa­ción que no entra­ña­ba otra cosa que una depor­ta­ción. En reali­dad, la Negra Chan­ca­lay cono­cía el plan que esta­ba en pleno desa­rro­llo. Se sabía par­te de una espe­cie de enjam­bre de hor­mi­gas en fae­na. Ali­cia tie­ne un tapa­do cor­to de piel negra, una fal­da enta­lla­da a la altu­ra de las rodi­llas. El pelo ata­do. Está ago­ta­da. El ros­tro dema­cra­do tra­sun­ta los estra­gos car­ce­la­rios. En el fon­do, el cas­co opa­co del Lumie­re ofi­cia de silen­cio­so testigo.

El Lumie­re hacía su pri­me­ra para­da en el puer­to de Mon­te­vi­deo. Ali­cia, en com­bi­na­ción con hom­bres y muje­res de la Resis­ten­cia Pero­nis­ta ins­ta­la­dos e ins­ta­la­das en la capi­tal uru­gua­ya, y con la ayu­da de algu­nos mari­ne­ros, logró bajar de ese bar­co y per­der­se entre el gen­tío, la leve y con­fu­sa nie­bla y el gris del puer­to. Segu­ra­men­te Ali­cia era cons­cien­te de que esta­ba reedi­tan­do una prác­ti­ca que, medio siglo antes, había sido habi­tual para aque­llos anar­quis­tas a quie­nes el Esta­do argen­tino les hizo sen­tir los rigo­res de la Ley de Resi­den­cia (1902). Depor­ta­dos a Euro­pa, a Ita­lia por lo gene­ral, apro­ve­cha­ban la obli­ga­da para­da mon­te­vi­dea­na para escaparse.

Del Uru­guay, Ali­cia par­tió de inme­dia­to a San­tia­go de Chi­le, don­de se reen­con­tró con John. Pocos meses des­pués de que John se fuga­ra del Penal de Río Galle­gos Ali­cia tam­bién pro­ta­go­ni­zó una fuga. Su fuga. Como heroí­na, Ali­cia no pasó por alto nin­gu­na ins­tan­cia del esque­ma ini­ciá­ti­co: cono­ció situa­cio­nes de peli­gro, afron­to prue­bas difí­ci­les, etcétera. 

Una vez en Chi­le, Ali­cia se sumó a la divi­sión ope­ra­cio­nes y se con­vir­tió en miem­bro del Coman­do Supe­rior Pero­nis­ta. De nue­vo, la úni­ca mujer. En for­ma inme­dia­ta se suma a las tareas de difu­sión de las direc­ti­vas de Perón (voto en blan­co) de cara a la Cons­ti­tu­yen­te de 1957. 

Alre­de­dor de julio de 1957, en car­ta a Perón, John le comenta:

“Duran­te la sema­na trans­mi­ti­mos con tres radios clan­des­ti­nas: Radio Cón­dor […] Radio Mili­tar Jus­ti­cia­lis­ta y otra radio que uti­li­za­ban los com­pa­ñe­ros Mario Assad y Ali­cia. Se gra­bó una audi­ción con la mar­cha “Los mucha­chos pero­nis­tas”, su “Decla­ra­ción del Movi­mien­to Pero­nis­ta”, unas pala­bras mías, un “Comu­ni­ca­do del Coman­do Coor­di­na­dor Gre­mial”, un “Men­sa­je a las Muje­res de la Patria”, gra­ba­do por Ali­cia pero trans­mi­ti­do como de “una com­pa­ñe­ra” y la direc­ti­va para la elección.

Unas fotos regis­tran los días del reen­cuen­tro de Ali­cia y John en Chi­le. Ali­cia tie­ne el pelo cor­to, al cue­llo. Un cue­llo que sur­ge blan­co de un sué­ter liviano. Está esplén­di­da, des­pe­ja­da de los efec­tos del encie­rro. John ha per­di­do algu­nos kilos. Se los ve feli­ces, sere­nos y segu­ros. Se adi­vi­na un ambien­te de reca­ta­da cele­bra­ción, de hechi­zos al aire libre. La tarea que tie­nen por delan­te es inmen­sa, pero pue­den estar jun­tos des­pués de dos años. Y ade­más son dia­léc­ti­cos y opti­mis­tas. En octu­bre Ali­cia y John se casan en San­tia­go “vía Méxi­co”, dado que Ali­cia no esta­ba divor­cia­da de Cate­lla y en Argen­ti­na no exis­tía una ley de divor­cio. Se con­ser­va una tar­je­ta que dice: “John William Cooke y Ali­cia Egu­ren par­ti­ci­pan a Ud. su matri­mo­nio efec­tua­do en la ciu­dad de Méji­co, San­tia­go, octu­bre de 1957”.

Entre fines de agos­to y prin­ci­pios de sep­tiem­bre de 1957, el inter­ven­tor de la CGT con­vo­có a un con­gre­so al que con­cu­rrie­ron los gre­mios nor­ma­li­za­dos. Al no reco­no­cer el ofi­cia­lis­mo a la mayo­ría pero­nis­ta, el con­gre­so se frac­tu­ró, por un lado que­da­ron las “62 orga­ni­za­cio­nes” (pero­nis­tas y comu­nis­tas) y por el otro “las 32” (los gre­mios “demo­crá­ti­cos” u ofi­cia­lis­tas). Poco más tar­de los sin­di­ca­tos comu­nis­tas se sepa­ra­ron de las 62 y cons­ti­tu­ye­ron “las 19” o el Movi­mien­to de Uni­dad y Coor­di­na­ción Sin­di­cal (MUCS), una corrien­te peque­ña, pero importante.

En el cam­po del sin­di­ca­lis­mo, la nor­ma­li­za­ción de los gre­mios posi­bi­li­tó la emer­gen­cia de una nue­va cama­da de diri­gen­tes pero­nis­tas jóve­nes y com­ba­ti­vos, la “línea dura” en el plano sin­di­cal: Sebas­tián Borro, Jor­ge Di Pas­cua­le, Ati­lio López, Ama­do Olmos, Gus­ta­vo Rear­te, Feli­pe Valle­se, entre otros; muchos de ellos cer­ca­nos a Ali­cia y John. Aun­que tam­bién apa­re­cían hom­bres como José Alon­so, José Igna­cio Ruc­ci y Augus­to T. Van­dor, que lue­go serían los refe­ren­tes más cons­pi­cuos de la buro­cra­cia sin­di­cal y la dere­cha pero­nis­ta. Cla­ro que el con­tex­to inme­dia­ta­men­te pos­te­rior a la caí­da de Perón no era tan sen­ci­llo esta­ble­cer líneas divi­so­rias al inte­rior de esa cama­da. Todos eran par­te de la Resis­ten­cia Peronista. 

Mien­tras la vida de Ali­cia gene­ra­ba insu­mos para la cons­truc­ción de una leyen­da, el movi­mien­to obre­ro argen­tino alcan­za­ba una cima en sus defi­ni­cio­nes polí­ti­cas y daba a cono­cer el Pro­gra­ma de La Fal­da, en agos­to de 1957. Exis­ten afi­ni­da­des elec­ti­vas entre ambas cir­cuns­tan­cias. Años más tar­de, los y las tra­ba­ja­do­ras rati­fi­ca­rían esos prin­ci­pios. En 1962, en el Pro­gra­ma de Huer­ta Gran­de y, en 1968, con el Pro­gra­ma de la CGT de los Argen­ti­nos del 1º de mayo. 

Meses des­pués, el 14 de noviem­bre de 1957, John le comu­ni­ca a Perón de su casa­mien­to en San­tia­go de Chi­le y que, des­pués de una cor­ta luna de miel en Mon­te­vi­deo, están de nue­vo pre­sos. Algu­nos momen­tos de esa atí­pi­ca luna de miel adqui­rie­ron fije­za a tra­vés de una serie de fotos toma­das en Mon­te­vi­deo. Ali­cia tie­ne una cha­que­ta que le ciñe la cin­tu­ra, una polle­ra pli­sa­da de tres cuar­tos que resal­ta su figu­ra y unos zapa­tos de taco bajo. Cubre su cabe­za con un pañue­lo. Espe­cial­men­te en esas fotos se la per­ci­be muy alta. John, que ha vuel­to a engor­dar, está de rigu­ro­so tra­je, pero con su des­ali­ño habi­tual y con un mon­tón de pape­les que le aso­man por los bol­si­llos. Seres divi­nos, más que esti­ma­bles, diría Char­les Baudelarie.

La rela­ción de Ali­cia y John tuvo pocos reman­sos de nor­ma­li­dad. En Bue­nos Aires, esos reman­sos tuvie­ron como esce­na­rio el depar­ta­men­to de John en la Ave­ni­da San­ta Fe. Para­do­jas de la his­to­ria argen­ti­na, des­de esa calle y ese barrio his­tó­ri­ca­men­te aso­cia­dos a las cla­ses domi­nan­tes argen­ti­nas, Ali­cia y John con­tri­bu­ye­ron a cons­truir y/​o a nutrir al pero­nis­mo revo­lu­cio­na­rio, al pero­nis­mo de izquier­da y a la izquier­da pero­nis­ta. Fue cuar­tel gene­ral de la Resis­ten­cia Pero­nis­ta a comien­zos de 1959, y lue­go uno de los prin­ci­pa­les perí­me­tros para faci­li­tar los enla­ces con la Revo­lu­ción Cuba­na, refu­gio de lucha­do­res y lucha­do­ras, de per­se­gui­dos y per­se­gui­das y per­ma­nen­te cen­tro de cons­pi­ra­ción revolucionaria.

Como ya hemos seña­la­do, Ali­cia no con­ge­nia­ba con las muje­res de la Rama Feme­ni­na. Lo que no quie­re decir que siem­pre se haya des­en­ten­di­do de su exis­ten­cia. Por cier­to, en tiem­pos de la Resis­ten­cia Pero­nis­ta Ali­cia inten­tó una reor­ga­ni­za­ción de la Rama Feme­ni­na. Duran­te algu­nos años, como par­te de su divi­sión de tareas con John, le dedi­có tiem­po y esfuer­zo a este pro­yec­to. Vale decir que bue­na par­te del tra­ba­jo debió rea­li­zar­lo des­de la cár­cel. Así lo demues­tran sus cua­der­nos y agen­das, con sus exten­sas lis­tas de nom­bres de mili­tan­tes y cola­bo­ra­do­ras, orga­ni­za­das meticu­losa­men­te por dis­tri­to y sec­ción. Fue pre­ci­sa­men­te el momen­to de máxi­ma con­fron­ta­ción entre Ali­cia y este sec­tor del pero­nis­mo. Tal como lo había reco­no­ci­do la ex dipu­tada Macri en una car­ta a Perón, el PPF esta­ba orga­ni­za­do para la acción pací­fi­ca y siem­pre subor­di­na­da al Esta­do. No ser­vía para el con­tex­to post 1955. Ali­cia qui­so reor­ga­ni­zar­lo para la lucha. Que­ría con­ver­tir­lo en una ins­tan­cia autó­no­ma y con ini­cia­ti­va pro­pia en diver­sos órde­nes. Pro­pu­so orga­ni­gra­mas aptos para la acción clan­des­ti­na, fór­mu­las estric­tas de admi­sión, méto­dos casi leninistas.

Todas las pro­pues­tas de Ali­cia para la reor­ga­ni­za­ción del PPF fue­ron recha­za­das. Gene­ra­ban enor­mes resis­ten­cias entre las vie­jas mili­tan­tes, en espe­cial con la ex pre­si­den­ta del PPF, la ex dipu­tada Delia Paro­di con quien, en un pri­mer momen­to, Ali­cia bus­có con­sen­suar cri­te­rios de reor­ga­ni­za­ción de la rama femenina.

John la apo­yó en todo momen­to, fun­da­men­tal­men­te por­que esta­ba de acuer­do con el cri­te­rio de Ali­cia, y esta­ba dis­pues­to asu­mir los cos­tos. Pero tan gran­des fue­ron las resis­ten­cias, tan­tos los tiros por ele­va­ción a John, tan esca­sos los apo­yos de peso (de Perón, prin­ci­pal­men­te) que Ali­cia aban­do­nó el inten­to y se con­cen­tró en otras tareas más pro­duc­ti­vas. A pesar de todo, el pro­ce­der de Ali­cia con­ci­tó la adhe­sión y el apo­yo de muchas muje­res y de algu­nos hom­bres tam­bién. Enten­dían que Ali­cia, en ple­na lucha con­tra la Revo­lu­ción Fusi­la­do­ra, no hacía otra cosa que prio­ri­zar a las muje­res de base del pero­nis­mo por sobre las muje­res del apa­ra­to del PPF. En una entre­vis­ta rea­li­za­da por Ana­be­lla Gor­za, Enri­que Ninín, quien fue­ra miem­bro de juven­tud pero­nis­ta e inte­gran­te del Coman­do Tác­ti­co, des­ta­ca el papel de Ali­cia “como coor­di­na­do­ra de gru­pos que res­pon­dían a su lide­raz­go, aun­que Egu­ren no había per­te­ne­ci­do al partido”.

Como ocu­rría en el res­to del pero­nis­mo, entre las muje­res había un cor­te muy visi­ble entre las mili­tan­tes de base y las del apa­ra­to. No quie­re decir esto que hubie­se homo­ge­nei­dad entre las pri­me­ras, pero había un per­fil bien dis­tin­to que se hizo más noto­rio duran­te la Resis­ten­cia Pero­nis­ta y sobre todo des­pués de 1958. Una cosa eran las soli­da­rias “tías” y otra muy dis­tin­ta eran las muje­res vin­cu­la­das a la buro­cra­cia polí­ti­ca o sin­di­cal del pero­nis­mo, a la polí­ti­ca bur­gue­sa. Dado que los sec­to­res más com­ba­ti­vos del pero­nis­mo esta­ban más expues­tos a per­se­cu­cio­nes, cár­ce­les, etc., fue natu­ral su víncu­lo estre­cho con las “tías”. A Hor­ten­sia Gar­cía Marín (Lala) y la Negra Chan­ca­lay, ya men­cio­na­das, pode­mos sumar­le el caso de Mar­ga­ri­ta Con­tur­si (Mar­ga Fer­nán­dez), crea­do­ra en 1960 de la Comi­sión de Fami­lia­res Dete­ni­dos (COFADE), y duran­te muchos años su pre­si­den­ta. Con­tur­si será mili­tan­te del MRP y lue­go de MR17, siem­pre cer­ca­na a Rear­te, más por afec­to y leal­tad per­so­nal que por un férreo com­pro­mi­so ideo­ló­gi­co. Pero las “tías”, en gene­ral, no se carac­te­ri­za­ban por su par­ti­ci­pa­ción en estruc­tu­ras orgá­ni­cas. Sus accio­nes, casi siem­pre espon­tá­neas, esta­ban inser­tas en cir­cui­tos de repro­duc­ción militante.

Ali­cia sale des­de Chi­le a Cara­cas. Se encuen­tra con Perón antes que John. Ella mis­ma es la encar­ga­da de hacer­le lle­gar al Gene­ral el Infor­me Gene­ral y Plan de Acción. Via­ja por toda Suda­mé­ri­ca. Se desem­pe­ña como una espe­cie de “correo” de la dele­ga­ción, en repre­sen­ta­ción de John y, en menor de medi­da como correo de Perón.

En 1958 hay una inter­ven­ción muy espe­cial de Ali­cia en Perú cuan­do se pro­du­ce la visi­ta al país de Richard Nixon, vice­pre­si­den­te de los Esta­dos Uni­dos (y futu­ro pre­si­den­te) envia­do por el pre­si­den­te Dwight Eisenho­wer. Entre los prin­ci­pa­les ítems de la agen­da figu­ra­ban los siguien­tes: el impul­so a la inver­sión pri­va­da (nor­te­ame­ri­ca­na) y el libre comer­cio. Nixon arri­bó a Lima acom­pa­ña­do de su espo­sa Patri­cia Ryan el 7 de mayo de 1958. Entre las diver­sas acti­vi­da­des pre­vis­tas, se des­ta­ca­ba una visi­ta a la his­tó­ri­ca Uni­ver­si­dad de San Mar­cos. En el tra­yec­to hacia la Caso­na de San Mar­cos, en el Par­que Uni­ver­si­ta­rio, la comi­ti­va fue inter­cep­ta­da por gru­pos de estu­dian­tes, en su gran mayo­ría mili­tan­tes del Par­ti­do Comu­nis­ta del Perú (PCP) y del Alian­za Popu­lar Revo­lu­cio­na­ria Ame­ri­ca­na (APRA), que la cubrie­ron de impro­pe­rios, fru­tas podri­das y escu­pi­ta­jos. Entre esos jóve­nes, enar­de­ci­da, esta­ba Alicia. 

Jun­to a John, Ali­cia for­ma par­te del círcu­lo ínti­mo de Perón en los pri­me­ros años de su exi­lio, en los tiem­pos en que John era el dele­ga­do y el niño mima­do del Gene­ral. Su maris­cal de cam­po. El esco­gi­do en los pri­me­ros años del exi­lio del Gene­ral, sobre todo en Cara­cas, Vene­zue­la y en San­to Domin­go (que por aque­llos años se lla­ma­ba “Ciu­dad Tru­ji­llo”) capi­tal de la Repú­bli­ca Dominicana.

Tiem­pos com­pli­ca­dos para Perón, que inten­ta­ba rear­mar su estra­te­gia y su “Esta­do Mayor” en con­di­cio­nes suma­men­te adver­sas y con recur­sos esca­sos. Tiem­pos áspe­ros en los que debió asu­mir, ape­sa­dum­bra­do, la con­di­ción de per­se­gui­do polí­ti­co; sopor­tar aten­ta­dos –como el del 25 de mayo de 1957 en Cara­cas, del que se sal­vó por poco– y la sole­dad más gran­de de su vida, más allá de la cor­te exten­sa e inde­ter­mi­na­da que lo rodea. Allí están Amé­ri­co Barrios, Rober­to Galán, Ramón Lan­da­jo, el cho­fer Julio Gila­ber­te. Una cor­te bufa, si nos ate­ne­mos a cier­tos personajes.

Por aque­llos años, Perón debió hacer­se a la idea de que se encon­tra­ba en las pri­me­ras esta­cio­nes del exi­lio, que ten­dría que habi­tar por lar­go rato en ese lim­bo, en ese tiem­po sin espe­sor con su inhe­ren­te car­ga de pre­ca­rie­dad y tris­te­za esen­cial. A esa expe­rien­cia muti­la­do­ra se le suma­ba la vejez con sus cuo­tas de des­alien­to en mate­ria de pro­yec­tos de lar­go pla­zo. El Gene­ral man­te­nía toda su luci­dez, pero su vigor comen­za­ba a mer­mar considerablemente. 

En ese círcu­lo ínti­mo ya apa­re­cía Este­la Mar­tí­nez de Perón, “Isa­bel”. En una foto apa­re­cen Perón, Isa­bel y Ali­cia. El pri­me­ro y la pri­me­ra están de per­fil. Perón son­ríe gran­de. A lo Perón. Isa­bel, inex­pre­si­va, esbo­za un visa­je de son­ri­sa. Ali­cia mira fijo a la cáma­ra, ocu­pa una espa­cia­li­dad fron­tal, se revis­te de obje­ti­vi­dad. Ni seria ni son­rien­te. Con el áni­mo inde­fi­ni­do. Un poco mis­te­rio­sa, un poco leja­na. Pare­ce aburrida. 

La rela­ción de Ali­cia con Isa­bel no fue de las mejo­res. Sus per­so­na­li­da­des inhi­bían las posi­bi­li­da­des de cons­truc­ción de algún víncu­lo. María Seoa­ne, a par­tir del tes­ti­mo­nio de Astrid Rus­que­llas, ami­ga y com­pa­ñe­ra de mili­tan­cia de Ali­cia, refie­re la siguien­te anéc­do­ta: “Un día, Perón invi­tó a Ali­cia y a John a comer; Isa­bel había coci­na­do talla­ri­nes. Al final del encuen­tro, cuan­do ya se iban, el Gene­ral les pre­gun­tó qué les había pare­ci­do su nue­va com­pa­ñe­ra: ‘Coci­na muy bien’, fue la res­pues­ta de Ali­cia, sufi­cien­te para que Isa­bel supie­ra que esa mujer jamás sería su amiga”.

Esa vez inter­cam­bia­ron mira­das gla­cia­les. El diá­lo­go entre Isa­bel y Ali­cia era difí­cil. No tenían nada en común. Has­ta los mono­sí­la­bos sona­ban impos­ta­dos. Años más tar­de, cuan­do Isa­bel comien­ce a tener algún pro­ta­go­nis­mo polí­ti­co, Ali­cia, seca y pre­ci­sa, lapi­da­ria como siem­pre, se refe­ri­rá a ella como “la ter­ce­ra mujer dán­do­se aires de la segun­da”. Eso dijo Ali­cia en diciem­bre de 1971.

Segu­ra­men­te no habrán sido efu­si­vos sus reen­cuen­tros, ni en noviem­bre de 1972 en Bue­nos Aires, ni en mayo de 1973 en Madrid. Ade­más, en estos años, Isa­bel adqui­ría inci­den­cia polí­ti­ca con­cre­ta, al tiem­po que Ali­cia se con­ver­tía en una “per­so­na­li­dad inde­pen­dien­te” sin nin­gún poder deci­so­rio. Extra­ña situa­ción, por­que Isa­bel, aún asu­mien­do roles públi­cos, no deja­ba de ser una figu­ra domés­ti­ca. Una domes­ti­ci­dad que lejos de ser ino­fen­si­va lle­gó a ser sinies­tra por­que su inex­pre­si­vi­dad social expre­sa­ba una dis­po­ni­bi­li­dad para los entor­nos más reac­cio­na­rios. Mien­tras que Ali­cia, des­pro­vis­ta de poder, nun­ca dejó de ser una figu­ra públi­ca poten­te, polí­ti­ca y social­men­te expre­si­va. En julio de 1974, tras de la muer­te de Perón, Isa­bel acce­de­rá a la pre­si­den­cia de la Nación. Entre otras ini­cia­ti­vas espan­to­sas brin­da­rá ampa­ro polí­ti­co para el accio­nar de gru­pos de extre­ma dere­cha, decre­ta­rá la pena de muer­te y, como seña­lá­ba­mos, prohi­bi­rá el uso de las pas­ti­llas anti­con­cep­ti­vas. Por su par­te Ali­cia resis­ti­rá ese emba­te demen­cial y reto­ma­rá la con­di­ción de per­se­gui­da política. 

A fines de julio 1957 la Revo­lu­ción Fusi­la­do­ra, con­vo­có a una Con­ven­ción Cons­ti­tu­yen­te con el fin supri­mir la Cons­ti­tu­ción de 1949. Esas elec­cio­nes de con­ven­cio­na­les tam­bién ser­vi­rían como baró­me­tro polí­ti­co de cara a las elec­cio­nes pre­si­den­cia­les de 1958. Pero la “cues­tión pero­nis­ta” no era un asun­to fácil de resol­ver. La polí­ti­ca a seguir con el pero­nis­mo, que aún pros­cri­to con­ta­ba con el apo­yo de los sec­to­res popu­la­res y de la mayo­ría del elec­to­ra­do, gene­ró inten­sos deba­tes en el inte­rior de los par­ti­dos polí­ti­cos “lega­les”.

El prin­ci­pal par­ti­do no pero­nis­ta, la Unión Cívi­ca Radi­cal (UCR), se divi­dió inexo­ra­ble­men­te. Un sec­tor, lide­ra­do por Ricar­do Bal­bín y que con­ta­ba con el aval del gobierno mili­tar, cons­ti­tu­yó la Unión Cívi­ca Radi­cal del Pue­blo (UCRP); otro sec­tor, lide­ra­do por Artu­ro Fron­di­zi, más dis­tan­te del gobierno mili­tar, con­for­mó la Unión Cívi­ca Radi­cal Intran­si­gen­te (UCRI). A pesar de que el pero­nis­mo no logró con­sen­suar una pos­tu­ra común de cara a la Cons­ti­tu­yen­te de 1957 y ter­mi­nó impul­san­do el voto en blan­co, la abs­ten­ción, la anu­la­ción y el voto por la UCRI, el hecho más nota­ble es que 2.119.147 de sus más fie­les segui­do­res opta­ron por la pri­me­ra alter­na­ti­va. La UCRP obtu­vo, 2.117.160 y la UCRI 1.821.459. Para Fron­di­zi esta­ba todo cla­ro. Para ganar en las pre­si­den­cia­les de febre­ro de 1958 nece­si­ta­ría de los pero­nis­tas que habían vota­do en blan­co. Rápi­da­men­te se lan­zó a la cap­tu­ra de esos votos.

John con­si­de­ra­ba que la situa­ción era muy com­ple­ja: la vía insu­rrec­cio­nal no avan­za­ba al rit­mo espe­ra­do por­que exi­gía ingen­tes esfuer­zos orga­ni­za­ti­vos a ries­go de con­ver­tir­se en una apues­ta vaga por espon­tá­neos y suce­si­vos levan­ta­mien­tos. Por otra par­te, la semi­le­ga­li­dad favo­re­cía a la línea nego­cia­do­ra del pero­nis­mo. Ima­gi­na­ba una plé­ya­de de diri­gen­tes ávi­dos de tra­fi­car con los votos pero­nis­tas. Eso lo con­ven­ció de la nece­si­dad de pac­tar con Fron­di­zi. Así se lo hizo saber a Perón. 

La UCRI logró atraer dis­tin­tos sec­to­res iden­ti­fi­ca­dos con el pero­nis­mo. Así, con el apor­te de los votos pero­nis­tas, Fron­di­zi se con­vir­tió en presidente.

Ali­cia, tes­ti­go direc­to de todo el pro­ce­so de nego­cia­ción, poco más tar­de, en 1960 dio su ver­sión de algu­nos por­me­no­res en torno al pac­to, ante­rio­res y pos­te­rio­res a su fir­ma. Cita­mos en extenso:

Estan­do Perón en Pana­má lo visi­ta­ron Emi­lio Peri­na y Fer­nan­do Tor­cua­to Insaus­ti (quien había sido encar­ga­do de nego­cios en Río de Janei­ro tras el tras­la­do de Juan I. Cooke [se refie­re al padre de John, Can­ci­ller duran­te el gobierno del Gene­ral Farell y Emba­ja­dor en Bra­sil duran­te el gobierno de Perón]). Peri­na había ayu­da­do mate­rial­men­te a los exi­lia­dos pero­nis­tas en Bra­sil. Lle­ga­ron con la ini­cia­ti­va de un acer­ca­mien­to con Artu­ro Fron­di­zi. Perón no dijo esa vez ni sí ni no.

Al rea­li­zar­se las elec­cio­nes de julio, perón se deci­dió por el voto en blan­co, en lo que mucho tuvo que ver John W. Cooke. Sema­nas des­pués del 28 de julio de 1957, apa­re­cie­ron en Chi­le (don­de esta­ba Cooke), Peri­na, Ricar­do Rojo y Roge­lio Fri­ge­rio, quie­nes deci­die­ron via­jar de par­te de Fron­di­zi. Recuer­do que el día que lle­gó Peri­na el doc­tor Cooke reci­bió un men­sa­je de Cara­cas en el que Perón feli­ci­ta­ba al pue­blo por su voto

En San­tia­go, el Bebe no qui­so tra­tar con Peri­na y lo giró a Perón directamente.

Al cono­cer­se el men­sa­je de Perón, Fron­di­zi reu­nió a sus con­ven­cio­na­les cons­ti­tu­yen­tes y sugi­rió el reti­ro de la Con­ven­ción, para qui­tar­le quó­rum. A prin­ci­pios de 1958, Fri­ge­rio via­jó a Cara­cas con un poder de Fron­di­zi. Cooke no tuvo la ini­cia­ti­va en estas nego­cia­cio­nes. Pero final­men­te los tres: Perón, Fri­ge­rio y el Bebe, redac­ta­ron el docu­men­to borra­dor del acuer­do con Fron­di­zi. Fri­ge­rio se que­dó unos días más y regre­só a Bue­nos Aires con el documento.

Cuan­do el 23 de enero de 1958 se pro­du­jo la caí­da de Pérez Jimé­nez, que­dó en Cara­cas el petro­le­ro Adol­fo Cava­lli, mien­tras Perón y demás salían para San­to Domin­go. Cava­lli fue lla­ma­do a Ciu­dad Tru­ji­llo. Recién resol­vió Perón la orden del voto a Fron­di­zi, des­pués de haber per­di­do con­tac­to con [los] diri­gen­tes, y la comu­ni­có al Bebe.

Días antes de las elec­cio­nes del 23 de febre­ro, Fri­ge­rio apa­re­ció en [Ciu­dad] Tru­ji­llo con el borra­dor de Perón pasa­do a máqui­na, en dos ori­gi­na­les, fir­ma­do por Fron­di­zi e ini­cia­la­do por Frigerio.

“Caram­ba, esto es una prue­ba de bue­na fe –dijo Perón – . Aun­que este pac­to es difí­cil de cum­plir”. Él no le daba impor­tan­cia a las fir­mas. Cabría agre­gar que Fri­ge­rio era bien vis­to por Perón.

Quin­ce días des­pués de la vic­to­ria del 23 de febre­ro, Fri­ge­rio vol­vió a Ciu­dad Tru­ji­llo [San­to Domin­go]. Se alo­jó en el Hotel Paz y hubo cele­bra­cio­nes con brin­dis. Fri­ge­rio se enten­día mejor con Perón que con Cooke, a quien lla­ma­ba, “gori­la del peronismo”…

Fron­di­zi impul­só un pro­yec­to cono­ci­do con el nom­bre de “desa­rro­llis­mo”. Se tra­ta­ba de “moder­ni­zar” el capi­ta­lis­mo argen­tino, de supe­rar los estran­gu­la­mien­tos típi­cos del “sec­tor externo”, los pro­ble­mas del “stop and go”. El Esta­do man­tu­vo una pre­sen­cia des­ta­ca­da, pero, a dife­ren­cia del perío­do pero­nis­ta, se dedi­có a atraer la inver­sión extran­je­ra direc­ta en el sec­tor indus­trial. De esta mane­ra, la polí­ti­ca eco­nó­mi­ca de Fron­di­zi favo­re­ció la ins­ta­la­ción de gran­des plan­tas de empre­sas extran­je­ras en nues­tro país. Esto coin­ci­dió con un pro­ce­so mun­dial en el que las empre­sas más impor­tan­tes deci­die­ron pro­du­cir bie­nes de con­su­mo dura­ble (autos, por ejem­plo), des­ti­na­dos al mer­ca­do interno de los paí­ses en los que esas enti­da­des se esta­ble­cían: un pro­ce­so de tras­na­cio­na­li­za­ción del capi­tal, un nue­vo ciclo de expan­sión del capi­tal a esca­la mundial.

La idea cen­tral de Fron­di­zi era impul­sar el desa­rro­llo de la indus­tria pesa­da (el Sec­tor I de la eco­no­mía), moder­ni­zar el sis­te­ma pro­duc­ti­vo a tra­vés de la incor­po­ra­ción de tec­no­lo­gía moder­na y lograr el auto­abas­te­ci­mien­to en mate­ria de com­bus­ti­bles. Para esto últi­mo, se fir­ma­ron con­tra­tos con com­pa­ñías nor­te­ame­ri­ca­nas que se ocu­pa­rían de la explo­ta­ción petro­le­ra. El gobierno pro­mo­vió las pri­va­ti­za­cio­nes en algu­nas ramas y acti­vi­da­des, ade­más impul­só la “racio­na­li­za­ción del tra­ba­jo” a los fines de aumen­tar la pro­duc­ti­vi­dad. Duran­te el gobierno de Fron­di­zi, se san­cio­nó la Ley de Radi­ca­ción de Capi­ta­les Extran­je­ros, que per­mi­tió la ins­ta­la­ción en el país de las gran­des plan­tas indus­tria­les, prin­ci­pal­men­te, de la rama automotriz.

Más allá de que el gobierno logró avan­zar en algu­nas de estas polí­ti­cas, tuvo serias difi­cul­ta­des en el plano social y polí­ti­co. La pros­crip­ción del pero­nis­mo recor­ta­ba la legi­ti­mi­dad del gobierno. Des­pués del apo­yo ini­cial, una vez pues­to en mar­cha el pro­yec­to fron­di­cis­ta, –por cier­to, no muy afín al tono nacio­na­lis­ta de sus pro­pues­tas de cam­pa­ña elec­to­ral– los tra­ba­ja­do­res y las tra­ba­ja­do­ras, jun­to a otros sec­to­res iden­ti­fi­ca­dos con el pero­nis­mo, pasa­ron a la opo­si­ción abier­ta. Por otra par­te, dis­tin­tos sec­to­res de las Fuer­zas Arma­das pre­sio­na­ban al gobierno para que orien­ta­ra sus polí­ti­cas en fun­ción de sus intereses.

En 1962, el gobierno de Fron­di­zi deci­dió con­vo­car a elec­cio­nes para gober­na­dor en varias pro­vin­cias, tras auto­ri­zar la par­ti­ci­pa­ción del pero­nis­mo. Se espe­cu­la­ba con que este no obten­dría bue­nos resul­ta­dos, pero eso no ocu­rrió. El pero­nis­mo triun­fó, sobre todo, en la pro­vin­cia de Bue­nos Aires, el dis­tri­to más impor­tan­te del país. Si bien Fron­di­zi anu­ló las elec­cio­nes, su gobierno se debi­li­tó aún más; y las Fuer­zas Arma­das lo obli­ga­ron a renunciar.

Fuen­te: Revoluciones

Itu­rria /​Fuen­te

Artikulua gustoko al duzu? / ¿Te ha gustado este artículo?

Share on facebook
Share on Facebook
Share on twitter
Share on Twitter

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *