Méxi­co. Las muer­tes ocul­tas de los indí­ge­nas Chia­pa­ne­cos que temen al Estado

Rodri­go Sobe­ra­nes /​Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 24 de enero de 2021

Inte­gran­tes de Las Abe­jas oran por el fin de los con­flic­tos arma­dos en Los Altos de Chia­pas. Foto­gra­fías: Luis Enri­que Agui­lar Pereda

Los datos ofi­cia­les de la Secre­ta­ría de Salud de Chia­pas sobre el muni­ci­pio de Chal­chihui­tán, don­de más de 5,000 per­so­nas han sufri­do des­pla­za­mien­to for­za­do en los últi­mos tres años, con­ta­bi­li­zan dos con­ta­gios y nin­gu­na muer­te por coronavirus. 

Los recuen­tos de algu­nas auto­ri­da­des tzotzi­les, sin embar­go, cifran los falle­ci­dos en al menos 22. Al ini­cio de la pan­de­mia varias comu­ni­da­des, aira­das por déca­das de vio­len­cia y dis­cri­mi­na­ción, cerra­ron el paso a los repre­sen­tan­tes de cual­quier gobierno, a los que cul­pa­ban de pro­pa­gar el virus.

Alas cin­co de la tar­de del 23 de sep­tiem­bre de 2020 murió Jeró­ni­mo Pérez Girón. Tenía un año y nue­ve meses. La noche ante­rior había empe­za­do a toser. Fue ente­rra­do en el “cemen­te­rio de los niños” de la comu­ni­dad tzotzil Tulan­tic, en el muni­ci­pio chia­pa­ne­co de Chal­chihui­tán, bajo cafe­ta­les y robles. Sobre su tum­ba hay un vaso, una taza para beber pozol —bebi­da de maíz moli­do— y un par de zapa­tos. Gerar­do Pérez y Rosa Girón no lle­va­ron a su hijo al médi­co por una pro­fun­da des­con­fian­za hacia las auto­ri­da­des. Ni siquie­ra cam­bia­ron de opi­nión cuan­do aque­lla madru­ga­da la tos del niño empeo­ró y sus que­jas aumen­ta­ron. Jeró­ni­mo enfer­mó y murió don­de había naci­do: en un cam­pa­men­to de des­pla­za­dos en la cima de un mon­te, a un kiló­me­tro de su comu­ni­dad, don­de su fami­lia y cien­tos más habían hui­do para refu­giar­se de los dis­pa­ros. Hacía tiem­po que la casa fami­liar de los Pérez Girón, a cin­cuen­ta metros de la tum­ba del niño, era un espa­cio aban­do­na­do don­de solo que­da­ba ropa a medio lavar y un maíz que nun­ca fue desgranado. 

Tum­ba del niño Jeró­ni­mo Pérez Girón, falle­ci­do con sín­to­mas de Covid y en situa­ción de des­pla­za­mien­to forzado.
Un rótu­lo caí­do al piso advier­te sobre la pre­sen­cia de la Covid en una carre­te­ra del muni­ci­pio de San Juán Chamula.
Pobla­do­res de Los Altos de Chia­pas han lan­za­do men­sa­jes de adver­ten­cia a auto­ri­da­des sani­ta­rias duran­te la pandemia.

Los habi­tan­tes de Tulan­tic cerra­ron el paso en abril a los repre­sen­tan­tes de cual­quier ins­ti­tu­ción públi­ca, como muchas otras comu­ni­da­des de la región de los Altos de Chia­pas. Los ata­ques de gru­pos para­mi­li­ta­res en los últi­mos tres años recru­de­cie­ron la dispu­ta por tie­rras que des­de hace 45 años enfren­ta a los muni­ci­pios veci­nos de Che­na­ló y Cal­chihui­tán. Duran­te ese perio­do, alre­de­dor de 5,000 per­so­nas de este últi­mo se han des­pla­za­do den­tro de los lími­tes del mis­mo muni­ci­pio. Des­pués de déca­das de vio­len­cia y dis­cri­mi­na­ción, los pobla­do­res cul­pa­ban a los dife­ren­tes gobier­nos de la pan­de­mia. Aun­que sus padres hubie­ran que­ri­do que aten­die­ran a Jeró­ni­mo esa noche, de todos modos, hubie­ra sido muy complicado. 

Una maña­na de octu­bre, en uno de los tres cen­tros de salud de Chal­chihui­tán, una mujer con car­go admi­nis­tra­ti­vo, que pidió guar­dar el ano­ni­ma­to, dijo que los médi­cos solo apa­re­cían de vez en vez. Ella era la úni­ca que siem­pre esta­ba ahí. Las ins­ta­la­cio­nes que se habían habi­li­ta­do para la pan­de­mia con­sis­tían en una mesa vacía don­de antes había mas­ca­ri­llas y fras­cos de gel. La muer­te de Jeró­ni­mo ocu­rrió en un lugar don­de las auto­ri­da­des dicen que la pan­de­mia no ha lle­ga­do. Según las esta­dís­ti­cas ofi­cia­les del gobierno de Chia­pas, en Chal­chihui­tán solo se han con­ta­bi­li­za­do dos con­ta­gios y nin­gún fallecido. 

Manue­la Pérez Luna, abue­la de Jeró­ni­mo, en un mai­zal de la comu­ni­dad de Tulan­tic con el menor de sus hijos.
Rosa Girón Pérez, madre del niño Jeró­ni­mo, duran­te una entre­ga de ayu­da huma­ni­ta­ria en la comu­ni­dad de Tulan­tic, Chalchihuitán.
Muje­res de la comu­ni­dad de Tulan­tic baja­ron de su comu­ni­dad hacia una carre­te­ra para aca­rrear los bul­tos con ayu­da humanitaria.

El doc­tor Arios­to Couti­ño Niño, res­pon­sa­ble de la Juris­dic­ción II de la Secre­ta­ría de Salud de Chia­pas, ase­gu­ra que entre mayo y sep­tiem­bre se visi­ta­ron 250,000 casas de los 17 muni­ci­pios que com­po­nen la región de los Altos de Chia­pas, y se con­ta­bi­li­za­ron 450 casos y 37 falle­ci­dos. Pero dijo que no tie­ne datos sobre cada muni­ci­pio ni sobre cuán­tas prue­bas PCR se rea­li­za­ron. Cua­tro líde­res indí­ge­nas ase­gu­ran que a Chal­chihui­tán lo que no han lle­ga­do son las autoridades. 

Si el mie­do fue el sen­ti­mien­to pre­do­mi­nan­te al ini­cio de la pan­de­mia, en varias pobla­cio­nes de Chia­pas fue­ron la ira y la des­con­fian­za. El Sin­di­ca­to Nacio­nal de Tra­ba­ja­do­res de la Secre­ta­ría de Salud, ade­más de denun­ciar fal­ta de insu­mos y des­pi­dos injus­ti­fi­ca­dos por par­te de las auto­ri­da­des del esta­do, aler­tó sobre las agre­sio­nes sufri­das por el per­so­nal de salud. En los muni­ci­pios de San Andrés Larráin­zar y Las Rosas algu­nos pobla­do­res ata­ca­ron hos­pi­ta­les y que­ma­ron ambu­lan­cias. Entre gru­pos de WhatsApp empe­zó a cir­cu­lar el rumor de que el gobierno lle­va­ba la pan­de­mia a las comu­ni­da­des a tra­vés de las cam­pa­ñas de fumi­ga­ción para pre­ve­nir el den­gue. “Has­ta se dijo que había dro­nes espar­cien­do el virus”, dice Couti­ño, quien reco­no­ce que, aun­que las auto­ri­da­des empe­za­ron a difun­dir men­sa­jes en tzotzil para infor­mar a la pobla­ción, no lle­ga­ron a algu­nos territorios. 

“En un prin­ci­pio casi no se podía creer que era cier­to, la mayo­ría pen­só que sólo era una fal­sa alar­ma que dio el gobierno”, dijo Ausen­cio Pérez Pacien­cia, otra víc­ti­ma del des­pla­za­mien­to for­za­do, sobre el ini­cio de la pan­de­mia. Pérez, uno de los líde­res de Pom, su comu­ni­dad, se dio a la tarea de comu­ni­car­se con las dife­ren­tes auto­ri­da­des tra­di­cio­na­les de otras pobla­cio­nes del muni­ci­pio para ras­trear la dimen­sión de la pan­de­mia. Dice que solo entre el 1 y el 26 de junio docu­men­tó 22 muer­tos que habían teni­do sín­to­mas como difi­cul­tad para res­pi­rar y pér­di­da de olfa­to. Ase­gu­ra que todos falle­cie­ron en sus pue­blos, sin aten­ción médi­ca, y que por eso no exis­ten diag­nós­ti­cos ni actas de defun­ción que regis­tra­ran sus muertes. 

“Nin­gún enfer­mo iba (a los cen­tros de salud) por­que tenían mie­do de que los mata­ran ahí por­que era lo que se rumo­ró”, dice Pérez Paciencia. 

Una ambu­lan­cia fue que­ma­da por pobla­do­res del muni­ci­pio de San Andrés Larráin­zar en recha­zo a las medi­das sani­ta­rias con­tra la Covid.

En un pues­to de comi­da de la cabe­ce­ra muni­ci­pal —su casa en Pom sigue aban­do­na­da y su facha­da está lle­na de agu­je­ros de bala— recuer­da cómo a par­tir del mes de abril la gen­te fue enfer­man­do con sín­to­mas común­men­te aso­cia­dos a la Covid-19. Él mis­mo, ase­gu­ra, estu­vo 15 días tum­ba­do en cama con fie­bre. Su espo­sa e hijos tam­bién se enfer­ma­ron y se tra­ta­ron con hier­bas medi­ci­na­les. Ir al doc­tor nun­ca fue una opción, aun­que a dife­ren­cia de muchos de sus veci­nos, él no duda de que el coro­na­vi­rus exis­te y mata. 

Los tes­ti­mo­nios de una dece­na de habi­tan­tes de comu­ni­da­des del muni­ci­pio reco­gi­dos por MCCI con­tra­di­cen la cifra ofi­cial de un con­ta­gio y cero muer­tos. Couti­ño dice que están hacien­do “autop­sias ver­ba­les”, encues­tas, para ver cuál ha sido el alcan­ce real de la pandemia. 

Uno de los casos que no apa­re­cen en las esta­dís­ti­cas ofi­cia­les es el de Mariano Díaz Gómez, un hom­bre de 65 años que pade­cía dia­be­tes y que comen­zó a sen­tir­se mal en agos­to. Según cuen­ta su fami­lia, no qui­so que lo aten­die­ra nin­gún médi­co ni que le hicie­ran la prue­ba PCR.

Su pri­mer sín­to­ma fue la fie­bre alta, lue­go per­dió el olfa­to y el gus­to. En sus últi­mos días le fal­ta­ba el oxí­geno. “Sabía que no le que­da­ba mucho y ya le cos­ta­ba res­pi­rar. No qui­so ir al cen­tro de salud por­que tenía mie­do de morir ahí”, con­tó Sele­na Díaz, una de sus hijas. Mariano Díaz era un hom­bre alto, de pocas son­ri­sas, al que le gus­ta­ba con­tar his­to­rias sobre la fun­da­ción de Chal­chihui­tián. Murió el 28 de agos­to y fue vela­do por sus seres cer­ca­nos en su hogar, en la cabe­ce­ra muni­ci­pal. Vacia­ron su habi­ta­ción para lle­var sus per­te­nen­cias a la tum­ba, como dic­ta la cos­tum­bre. Está ente­rra­do en el patio tra­se­ro de su casa. 

Jua­na Pérez Encino sos­tie­ne el retra­to de su espo­so, Mariano Díaz, quien falle­ció en Chal­chiui­tán con sín­to­mas de Covid.

***

En julio, cua­tro meses des­pués del ini­cio de la pan­de­mia, el sub­se­cre­ta­rio de Salud, Hugo López-Gatell, visi­tó Chia­pas. Jun­to con el gober­na­dor, Ruti­lio Escan­dón, pre­sen­ta­ron el Mode­lo de Inter­ven­ción Local de Salud Comu­ni­ta­ria. La pro­pues­ta se basa­ba en que las pro­pias comu­ni­da­des fue­ran el pri­mer esla­bón de con­trol para que a tra­vés de su infor­ma­ción el gobierno pudie­ra aten­der las nece­si­da­des sani­ta­ras de la pobla­ción. El plan tenía el pro­ble­ma de que muchas comu­ni­da­des no solo no con­fia­ban en los gobier­nos, sino que los con­si­de­ra­ban los cul­pa­bles de este nue­vo mal como de muchos males ante­rio­res: en 15 de los 17 muni­ci­pios de Los Altos de Chia­pas, don­de viven más de 600,000 per­so­nas, prin­ci­pal­men­te per­te­ne­cien­tes a los pue­blos tzotzil y tzel­tal, la pobre­za es de más del 90%, según la Con­se­jo Nacio­nal de Eva­lua­ción de la Polí­ti­ca de Desa­rro­llo Social (Cone­val). En Chal­chihui­tán, el muni­ci­pio más vul­ne­ra­ble, el por­cen­ta­je sube al 99.3%. La pobre­za extre­ma es del 79.8% y según el Cen­tro de Dere­chos Huma­nos Fray Bar­to­lo­mé de las Casas, casi una de cada cua­tro per­so­nas des­pla­za­das en los últi­mos tres años no ha podi­do regre­sar a su casa. 

“(Las comu­ni­da­des) eran como una bode­ga lle­na de paja y la Covid fue la chis­pa”, dice Mar­cos Ara­na, direc­tor del Cen­tro de Capa­ci­ta­ción en Eco­lo­gía y Salud para Cam­pe­si­nos (CESC), quien ha sido un actor cla­ve en el mane­jo de la pan­de­mia en muni­ci­pios indí­ge­nas de Chia­pas. “La des­in­for­ma­ción y la des­con­fian­za his­tó­ri­ca no han sido aten­di­das con un acer­ca­mien­to efec­ti­vo para des­ac­ti­var los focos de tensión.”

Una clí­ni­ca en la cabe­ce­ra muni­ci­pal de Chal­chihui­tán fue habi­li­ta­da para reci­bir per­so­nas con sín­to­mas de Covid pero no lle­gó nadie.

El 11 de julio, des­pués de eva­luar las fallas de las polí­ti­cas públi­cas para aten­der la emer­gen­cia sani­ta­ria, Ara­na y su equi­po entre­ga­ron un docu­men­to a alcal­des de Los Altos de Chia­pas don­de sugi­rie­ron algu­nas medi­das para rom­per el cer­co de la des­con­fian­za y acer­car ser­vi­cios de salud a la pobla­ción indí­ge­na. Pro­pu­sie­ron aten­der de mane­ra per­so­na­li­za­da a per­so­nas vul­ne­ra­bles y un meca­nis­mo comu­ni­ta­rio para la iden­ti­fi­ca­ción de bro­tes. Tam­bién se pidió que fue­ra sus­pen­di­da tem­po­ral­men­te la cam­pa­ña de fumi­ga­ción del mos­qui­to del den­gue y se cam­bia­ra por un plan de pre­ven­ción; que la apli­ca­ción de vacu­nas de influen­za se retra­sa­ra un mes; y que se cam­bia­ra el uso de cubre­bo­cas por palia­ca­tes. Ade­más, varias esta­cio­nes de radio indí­ge­nas coope­ra­ron para difun­dir infor­ma­ción. Estas medi­das, dice, fue­ron adop­ta­das por un gru­po de alcal­des y sir­vió para com­ba­tir la pan­de­mia. Pero no con­si­guió con­ven­cer a todas las comunidades.

Mar­cos Pérez Gómez es una de las per­so­nas que no cree en nada de lo que diga nin­gu­na auto­ri­dad. Es un hom­bre de 55 años que inte­gra el Comi­té de Des­pla­za­dos For­za­dos Inter­nos. Hay algo raro en su andar. Dice que unos mili­ta­res le rom­pie­ron los liga­men­tos de una rodi­lla cuan­do le die­ron una gol­pi­za en Gue­rre­ro, duran­te un encuen­tro de pue­blos indí­ge­nas. En octu­bre habla­ba en las ins­ta­la­cio­nes del Cen­tro Fray Bar­to­lo­mé de las Casas, en San Cristóbal.

—¿Cuál cree que es el ori­gen de esta mala rela­ción con el sis­te­ma de salud?, se le pregunta. 

— Noso­tros no cono­ce­mos el bien, el mal se ha natu­ra­li­za­do. Nues­tros bisa­bue­los han naci­do y han muer­to así. Noso­tros nace­mos así, sin zapa­tos, sin comi­da, sin siquie­ra el míni­mo de aten­ción. El gobierno nos ve como per­so­nas sal­va­jes. Para noso­tros es natu­ral el plei­to, la ofen­sa, el mal­tra­to, la dominación. 

—¿Cómo ha afec­ta­do la pan­de­mia en sus comunidades?

—No hay con­fian­za en que los que se enfer­man vayan a los cen­tros de salud por­que se ha cata­lo­ga­do al gobierno como ase­sino. Es prohi­bi­do dar infor­ma­ción sobre Covid. Si lle­ga a saber la gen­te que doy infor­ma­ción (sobre algún pre­sun­to enfer­mo con Covid) me van a aga­rrar por­que estoy reve­lan­do la situa­ción del muni­ci­pio y posi­ble­men­te los de salud vie­nen y se los lle­van enfer­mos y en la tar­de ya esta­rán muer­tos y que­ma­dos. De todos los que se enfer­man, no se sabe nada. 

Rótu­los con infor­ma­ción sobre la pan­de­mia por Covid fue­ron pin­ta­dos en el par­que cen­tral de Chalchihuitán.

***

Anto­nio Pérez y su fami­lia se des­pla­za­ron a la loca­li­dad de Acteal el 10 de agos­to de 2019, cuan­do un gru­po arma­do des­tru­yó su casa y una dece­na más de su comu­ni­dad, Los Cho­rros. Des­de enton­ces viven en un cober­ti­zo fren­te a la Capi­lla de la Masa­cre, lla­ma­da así por­que en este lugar se ini­ció la matan­za de 1997 en la que un gru­po para­mi­li­tar con­tra­in­sur­gen­te ase­si­nó a 45 per­so­nas, entre ellas 15 meno­res y cua­tro muje­res emba­ra­za­das. El 26 de octu­bre pasa­do Pérez, inte­gran­te de la orga­ni­za­ción Socie­dad Civil Las Abe­jas de Acteal, refle­xio­na­ba sobre el impac­to de la pan­de­mia mien­tras su padre dor­mía en una ban­que­ta y los niños, jóve­nes y muje­res ron­da­ban por el lugar sin nada que hacer y sin mascarillas. 

Inte­gran­tes de la Mesa Direc­ti­va de Las Abe­jas de Acteal, duran­te la con­me­mo­ra­ción de la fun­da­ción de la comu­ni­dad de des­pla­za­dos, Nue­vo yibeljoj.
Un inte­gran­te de la Mesa Direc­ti­va de Las Abe­jas de Acteal usa pro­tec­ción antes del ini­cio de una ceremonia.

“Sí falle­cie­ron per­so­nas, pero no nos está­ba­mos dan­do cuen­ta si es o no es Covid. Los que murie­ron ya esta­ban enfer­mos de otra cosa”, dice Pérez. 

A él le preo­cu­pa más el ham­bre. En agos­to, recuer­da, la niña María Angé­li­ca Jimé­nez Ramí­rez murió de algún mal esto­ma­cal, según cre­ye­ron los adul­tos por sus sín­to­mas y por­que des­de el ini­cio de la pan­de­mia solo se había ali­men­ta­do de tor­ti­llas y fri­jo­les. Su fami­lia no le podía com­prar ver­du­ras, car­ne y fru­tas. Igual que Jeró­ni­mo, tenía un año y nue­ve meses. Igual que él, era víc­ti­ma del des­pla­za­mien­to forzado. 

Con la lle­ga­da de la pan­de­mia, la pobla­ción indí­ge­na des­pla­za­da que­dó aún más inco­mu­ni­ca­da. Des­apa­re­cie­ron los tra­ba­jos que los jóve­nes iban a bus­car en los cam­pos agrí­co­las del nor­te del país, se per­die­ron cose­chas en las par­ce­las. El pre­cio del fri­jol y el maíz de los peque­ños dis­tri­bui­do­res de la zona aumen­ta­ron des­de los 300 a los 500 pesos el bul­to de 50 kilos. Para los que han per­di­do sus tie­rras se vol­vió casi prohi­bi­ti­vo. Rober­to Girón Pérez, inte­gran­te del comi­té de des­pla­za­dos inter­nos, des­cri­be los tiem­pos ante­rio­res al des­pla­za­mien­to for­za­do y la pan­de­mia como una épo­ca en la que la gen­te toda­vía “com­pra­ba sopa y carnita”. 

Pai­sa­je de Los Altos de Chia­pas, una región con­vul­sio­na­da por la vio­len­cia arma­da, el ham­bre y la Covid.

La aso­cia­ción Fidei­co­mi­so para la Salud de los Niños Indí­ge­nas de Méxi­co reali­zó un son­deo duran­te la pan­de­mia en las comu­ni­da­des afec­ta­das por el des­pla­za­mien­to for­za­do y detec­tó ham­bru­na en Chal­chihui­tán y Alda­ma, los muni­ci­pios con mayor núme­ro de per­so­nas des­pla­za­das en Chia­pas. “Hay una cues­tión de la des­nu­tri­ción de los niños que se ha incre­men­ta­do duran­te estos últi­mos meses”, dijo Dian­dra Gón­go­ra, repre­sen­tan­te de la organización. 

El 22 de octu­bre las camio­ne­tas con ayu­da huma­ni­ta­ria de este fidei­co­mi­so y Cári­tas lle­ga­ron por el camino que baja des­de la comu­ni­dad de Tulan­tic hacia la carre­te­ra más pró­xi­ma. Has­ta ese pun­to lle­ga­ron muje­res de todas las eda­des con bebés. Comi­da, jugue­tes y úti­les esco­la­res fue­ron lle­va­dos en un ágil aca­rreo por la empi­na­da cues­ta de un kiló­me­tro. No pasa­ron 15 minu­tos entre que se esta­cio­na­ron las dos camio­ne­tas en el entron­que y el momen­to en que se for­ma­ron dos filas en la can­cha de bás­quet­bol de la comu­ni­dad. Entre la rome­ría que se comen­zó a desa­rro­llar, corrió la pre­gun­ta de si alguien había per­di­do a algún fami­liar por enfer­me­dad con sín­to­mas de Covid. Y entre uno de los gru­pos, apa­re­ció una joven: Rosa Girón Pérez, 22 años, la mamá de Jeró­ni­mo. Ella fue quien rela­tó las últi­mas horas de su hijo y cómo la fami­lia acu­dió al ayun­ta­mien­to a pedir un ataúd gra­tui­to para ente­rrar­lo. A las auto­ri­da­des no le men­cio­na­ron la tos del niño, por­que si hubie­ran teni­do algún indi­cio de que Jeró­ni­mo podría haber muer­to por el coro­na­vi­rus no le hubie­ran entre­ga­do el féretro. 

Tres muje­res espe­ran ali­men­tos dona­dos por una orga­ni­za­ción civil a comu­ni­da­des de Chalchihuitán.
Una mujer car­ga una bol­sa con ayu­da huma­ni­ta­ria y a su hijo mien­tras cami­na cues­ta arri­ba hacia su comu­ni­dad en Chalchihuitán.
Manue­la Pérez Luna, abue­la del niño Jeró­ni­mo, sube hacia su comu­ni­dad car­gan­do una bol­sa con alimentos.

Dos días des­pués la abue­la de Jeró­ni­mo, Manue­la Pérez Luna, 38 años, recor­da­ba cómo su nie­to, en gene­ral acti­vo y explo­ra­dor, se asus­ta­ba con el soni­do de los dis­pa­ros. Cree que el “pobre niño difun­to” sí fue víc­ti­ma de la pan­de­mia y lamen­tó que su hija Rosa no hubie­ra teni­do tiem­po para apren­der “cuá­les hier­bas usar” en casos de emergencia. 

Loren­zo Pérez Gómez, otro habi­tan­te de la comu­ni­dad, guio al perio­dis­ta hacia la tum­ba de Jeró­ni­mo. “¡El niño era gor­di­to, fuer­te, corría, juga­ba mucho, no se enfer­ma­ba!”, comen­zó a excla­mar al ver el vaso, la taza de pozol y el par de zapa­ti­tos. Loren­zo Pérez se eno­ja­ba sin saber si el ham­bre, las con­se­cuen­cias de la vio­len­cia o el coro­na­vi­rus se habían lle­va­do al bebé. Lue­go, lacó­ni­ca­men­te, comen­tó que la noche ante­rior se habían vuel­to a escu­char disparos. 

Un vaso, una taza y unos crocs de Jeró­ni­mo son los obje­tos que sus fami­lia­res colo­ca­ron sobre su tumba.

FUENTE: Mexi­ca­nos con­tra la corrup­ción y la impunidad

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