Femi­nis­mos. «El patriar­ca­do está vivi­to y coleando»

Por Lila Maria Feld­man, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 24 de enero de 2021. 

El patriar­ca­do no es un fan­tas­ma. Es el sis­te­ma que ope­ra legi­ti­man­do y repro­du­cien­do como “natu­ral” su pro­pia vio­len­cia, diri­gi­da al cuer­po de las muje­res, a sus vidas. A veces de modos expli­ci­tos, otras veces suti­les, inclu­so enmas­ca­ra­dos en teo­rías, y has­ta en algún ‑mal- chis­te. A veces ese mis­mo sis­te­ma per­mi­te (así ope­ra) que te encuen­tres con una pre­gun­ta: ¿Será el patriar­ca­do un fan­tas­ma feme­nino?» O bien con una humo­ra­da: «el patriar­ca­do se terminó».


Cuan­do un psi­co­ana­lis­ta se pre­gun­ta si el patriar­ca­do es un fan­tas­ma feme­nino, es res­pon­sa­ble de la per­pe­tua­ción nega­cio­nis­ta e impu­ne del sis­te­ma patriar­cal. Cuan­do supo­ne que for­mu­lar esa pre­gun­ta en esta épo­ca es ape­nas un “des­acier­to”, se excu­sa en el hecho de que las muje­res esta­mos muy sen­si­bles en estos tiem­pos, o que hay cosas que hoy no que­da bien decir. Supo­ne final­men­te que las cues­tio­nes del patriar­ca­do son un pro­ble­ma de la épo­ca, que tie­nen que ver con la “cau­sa feme­ni­na” y sus rei­vin­di­ca­cio­nes, que a él por supues­to no lo invo­lu­cran. Supo­ne que el poder que ellos ejer­cen es el poder del que hacen uso no por­que pue­den, y deci­den hacer­lo, sino por­que las muje­res se los hemos otor­ga­do “des­de hace siglos” (cul­pa nues­tra, y ances­tral­men­te nues­tra, una vez más…)

Los Femi­nis­mos y sus luchas, siguen y segui­rán visi­bi­li­zan­do los diver­sos modos en que el Patriar­ca­do ero­ti­zó, sub­je­ti­vó, y mar­có nues­tras vidas: nues­tra sexua­li­dad, nues­tras iden­ti­fi­ca­cio­nes, nues­tros des­ti­nos posi­bles, nues­tros ideales.

Sigue vivi­to y colean­do, agi­tan­do su cola en el len­gua­je, colán­do­se don­de menos lo espe­rá­ba­mos, tan­to en la esce­na psi­co­ana­lí­ti­ca (sobre ello escri­bi­mos tiem­po atrás un artícu­lo con Maria­ne­lla Man­co­ni) como en la esce­na social y polí­ti­ca. Como una gra­cia, como el per­mi­so que alguien se arro­ga, con la impu­ni­dad que a veces el humor abra­za (acer­ca de esto reco­mien­do escu­char el aná­li­sis lúci­do e impe­ca­ble de Cris­ti­na Lobai­za, quien expli­ca cómo, en qué pecu­liar zona ocu­rre: las manio­bras de subor­di­na­ción nos aco­mo­dan con un chis­te. Las manio­bras de subor­di­na­ción empie­zan siem­pre en el len­gua­je. A veces en lo dicho como al pasar, des­ple­gan­do en el dis­cur­so toda su anatomía).

La cons­cien­cia femi­nis­ta des­ac­ti­va o des­ar­ma al patriar­ca­do como terri­to­rio del don. De lo que nos dan o nos qui­tan. Es obra nues­tra, de las noso­tras todas, tirar­lo aba­jo. Y escri­bir los nom­bres de nues­tra pro­pia liber­tad. Gra­cias a esas escri­tu­ras el abor­to es un dere­cho y es ley.

El patriar­ca­do no es un fan­tas­ma. No es un chis­te, se cobra vidas cada día. No se ter­mi­nó. No aún.

Fuen­te AnRed

Itu­rria /​Fuen­te

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