Esta­dos Uni­dos. Ni Trump ni Biden

Por Pedro Brie­ger, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 23 de enero de 2021.

El reco­no­ci­mien­to de Juan Guai­dó como “pre­si­den­te inte­ri­no” de Vene­zue­la por el nue­vo Secre­ta­rio de Esta­do Anthony Blin­ken es la cabal demos­tra­ción de que la inten­ción de derro­car a Nico­lás Madu­ro es com­par­ti­da por el Par­ti­do Repu­bli­cano y el Demócrata.

Se fue Donald Trump y todo el mun­do se pre­gun­ta qué cam­bia­rá en el víncu­lo entre Esta­dos Uni­dos y Amé­ri­ca Lati­na. Las carac­te­rís­ti­cas per­so­na­les del pre­si­den­te salien­te sir­vie­ron para eclip­sar el hecho de que es un fiel repre­sen­tan­te del Par­ti­do Repu­bli­cano, aun­que a muchos de sus diri­gen­tes ‑como el pre­si­den­te Geor­ge Bush (h)- le dis­gus­ta­ran sus moda­les. Trump no es nin­gún chi­fla­do como algu­nas veces se lo mues­tra como tam­po­co comen­zó una gue­rra por un arre­ba­to per­so­nal como se pen­sa­ba que podría suce­der. Más bien lo con­tra­rio, sus deseos de figu­rar ‑y tal vez la inten­ción de obte­ner el pre­mio Nobel de la paz- lo lle­va­ron a encon­trar­se con Kim Jong Un, el diri­gen­te máxi­mo de la Repú­bli­ca Demo­crá­ti­ca de Corea.

Si bien es inne­ga­ble que las carac­te­rís­ti­cas per­so­na­les son rele­van­tes, dema­sia­das veces se sobre­di­men­sio­na su inci­den­cia, como si la per­so­na en cues­tión estu­vie­ra por enci­ma del par­ti­do o estruc­tu­ra esta­tal a la que per­te­ne­ce. Si fue­ra sola­men­te por sus bra­vu­co­na­das, men­ti­ras o dis­la­tes, el par­ti­do repu­bli­cano no le hubie­ra per­mi­ti­do a Trump ser can­di­da­to o acce­der a la pre­si­den­cia. No solo esto, gran par­te del par­ti­do lo siguió ‑y sigue- en sus denun­cias de frau­de has­ta el últi­mo momento.

De la mis­ma mane­ra, no se pue­de ana­li­zar al pre­si­den­te Joe Biden por su bonho­mía o su cono­ci­mien­to de la región. Haber rea­li­za­do nume­ro­sos via­jes por Amé­ri­ca Lati­na no garan­ti­za un víncu­lo dife­ren­te a la tra­di­cio­nal polí­ti­ca impe­rial de la Casa Blan­ca. No se tra­ta de saber quién es más sim­pá­ti­co o tie­ne un tono cor­dial. Reflo­tar la Doc­tri­na Mon­roe al poco tiem­po de asu­mir su man­da­to no fue un capri­cho de Trump, como tam­po­co aban­do­nar la Orga­ni­za­ción Mun­dial de la Salud o tras­la­dar la emba­ja­da de Tel Aviv a Jeru­sa­lén. Trump con­cre­tó lo que otros pro­cla­ma­ban y le gus­ta­ba jac­tar­se de eso.

El reco­no­ci­mien­to de Juan Guai­dó como “pre­si­den­te inte­ri­no” de Vene­zue­la por el nue­vo Secre­ta­rio de Esta­do Anthony Blin­ken, un día antes de asu­mir, es la cabal demos­tra­ción de que la inten­ción de derro­car a Nico­lás Madu­ro es com­par­ti­da por el Par­ti­do Repu­bli­cano y el Demó­cra­ta, aun­que pue­da haber mati­ces en la for­ma de actuar.

Si la nariz de Cleo­pa­tra hubie­ra sido más cor­ta la his­to­ria del mun­do habría sido dife­ren­te, dijo algu­na vez Blai­se Pas­cal, como si el des­tino del Impe­rio Romano se hubie­ra defi­ni­do por la belle­za de la pode­ro­sa egip­cia. Está cla­ro que había una polí­ti­ca del Impe­rio que iba más allá del víncu­lo que tejie­ron Mar­co Anto­nio o Julio César con la rei­na. Jugan­do con las com­pa­ra­cio­nes se podría decir que la polí­ti­ca de Esta­dos Uni­dos hacia Amé­ri­ca Lati­na no depen­de ni de los arre­ba­tos de Trump ni de la son­ri­sa de Biden.

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