Esta­do Espa­ñol. Gua­da­lu­pe Gran­de: La memo­ria herida

Por Anto­nio Cres­po Y Car­men Ochoa, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 12 de enero de 2021.

Esta per­vi­ven­cia de lo ya suce­di­do, el pasa­do, vive en cada uno de sus ins­tan­tes, inclu­so en aque­llos no rea­li­za­dos, que fue­ron sólo posi­bi­li­dad o esperanza.

Gua­da­lu­pe Gran­de murió, repen­ti­na­men­te, el sába­do 2 de enero de 2021 en Madrid.

El 5 de enero un gru­po de ami­gos y ami­gas nos reuni­mos en el par­que situa­do jun­to al tana­to­rio de San Isi­dro para com­par­tir el dolor que nos aho­ga­ba. Era una maña­na géli­da, pero solea­da, con esa luz toda­vía velaz­que­ña, a pesar de la con­ta­mi­na­ción, que des­lum­bra con su belle­za los días de invierno en Madrid. Peque­ños círcu­los, per­so­nas de pie, sepa­ra­das, con­ver­sa­cio­nes entre­cor­ta­das, mas­ca­ri­llas, difí­cil a veces el reco­no­ci­mien­to, embo­za­dos en este due­lo de pan­de­mia en el que sólo los ojos, con fre­cuen­cia enro­je­ci­dos, nos dicen quién está detrás de la más­ca­ra, de la dis­tan­cia. Un len­to movi­mien­to, apar­tar­se y acer­car­se, decir algu­nas fra­ses o ape­nas escu­char. Como una extra­ña coreo­gra­fía. Y, sin embar­go, se tejía una mis­te­rio­sa red de afec­tos, un hilo de amis­tad y ter­ca espe­ran­za, que atra­ve­sa­ba los ros­tros ocul­tos, la dis­tan­cia, el frío y el des­alien­to. Está­ba­mos con Lupe, con el dolor de su ami­go más que­ri­do, de sus ami­gas más cer­ca­nas. Y la belle­za de la maña­na, los árbo­les recor­ta­dos en azul, el silen­cio, eran tam­bién no un con­sue­lo- este no exis­tía- pero sí una inte­rro­ga­ción; casi como un ver­so de Lupe: lumi­no­so y extra­ño, indes­ci­fra­ble, cer­cano y nues­tro. Casi como ella mis­ma; en la luz inde­ci­sa de la maña­na esta­ba su belle­za, su fra­gi­li­dad y su deter­mi­na­ción, la deli­ca­de­za, la sole­dad y la cer­ca­nía, el ensi­mis­ma­mien­to y el afecto.

Gua­da­lu­pe Gran­de nació en Madrid en 1965. Hija del poe­ta Félix Gran­de y de la tam­bién poe­ta Fran­cis­ca Agui­rre. En el modes­to piso de la calle de Alen­za, en el barrio de Cham­be­rí, don­de vivió la fami­lia ya des­de antes de la gue­rra cre­ció entre el alien­to de la amis­tad y la poe­sía. Fue una casa siem­pre abier­ta, por don­de pasa­ron las voces más impor­tan­tes de la lite­ra­tu­ra en len­gua cas­te­lla­na, espa­ño­la y lati­no­ame­ri­ca­na, de la segun­da mitad del siglo XX. Sólo con recons­truir, si esto fue­ra posi­ble, los encuen­tros que aquí tuvie­ron lugar sur­gi­ría un retra­to, un fres­co inmen­so, de gran par­te de nues­tra recien­te his­to­ria lite­ra­ria. Y no sólo lite­ra­ria. Pues la memo­ria trá­gi­ca de este país esta­ba tam­bién en esta casa: la infan­cia de pobre­za de los derro­ta­dos de la gue­rra, que fue la de Paca y Félix. Y la heri­da siem­pre abier­ta: don Loren­zo Agui­rre, el padre de Paca, ajus­ti­cia­do con garro­te vil en la cár­cel de Por­lier en el terri­ble Madrid de 1942. Lupe cre­ció en esta casa entre la pasión por los libros y por la ver­dad, rodea­da de los cua­dros de su abue­lo, el pin­tor Loren­zo Agui­rre, de su memoria.

Estu­dió Antro­po­lo­gía Social. Fue crí­ti­ca lite­ra­ria, ges­to­ra cul­tu­ral, direc­to­ra de la acti­vi­dad lite­ra­ria de la Uni­ver­si­dad Popu­lar José Hie­rro en San Sebas­tián de los Reyes, encar­ga­da de talle­res lite­ra­rios, en la U. P. José Hie­rro y en el Ate­neo 1º de Mayo de CCOO en Madrid: ese Un cama­león en la coci­na, don­de dejó su lúci­da pasión por la poe­sía y un magis­te­rio hecho de amis­tad y cari­ño que sus alum­nos y alum­nas no olvi­dan. Tra­duc­to­ra, jun­to a Juan Car­los Mes­tre, de la poe­sía de Lêdo Ivo y edi­to­ra, jun­to a Félix Gran­de y Anto­nio Her­nán­dez, de la poe­sía com­ple­ta de Luis Rosales.

Gua­da­lu­pe ama­ba la foto­gra­fía. En 2008 obtu­vo la Beca Valle-Inclán para la crea­ción lite­ra­ria en la Aca­de­mia de Espa­ña en Roma. En el pro­yec­to que allí desa­rro­lla comien­za a tra­ba­jar seria­men­te con imá­ge­nes. Fotos fami­lia­res recu­pe­ra­das en dis­tin­tos mer­ca­di­llos roma­nos supo­nen la base de crea­ción de este perio­do. Tra­ba­ja en ellas con color, con acua­re­las. Y jun­to a ellas escri­be el poe­ma, la his­to­ria, la recu­pe­ra­ción y crea­ción de memorias.

Su tra­ba­jo visual aumen­ta en los siguien­tes años al mis­mo tiem­po que cre­ce su for­ma­ción auto­di­dac­ta en la mani­pu­la­ción de imá­ge­nes digi­ta­les. Paso a paso con esfuer­zo y rigor, en sole­dad, va desa­rro­llan­do un mun­do poé­ti­co visual pro­pio. A veces las imá­ge­nes acom­pa­ñan a un poe­ma, pero otras son en sí mis­mas suge­ren­cias, crea­cio­nes sub­yu­gan­tes. En su blog Caja de luz: poe­sía visual, que comien­za a hacer públi­co en 2012 (ttp://guadalupegrande.blogspot.com/p/collages.html),va dejan­do mues­tras de su investigación.

Allí encon­tra­mos foto­gra­fías, poe­sía visual, video­poe­mas. Dife­ren­tes mane­ras de acer­ca­mien­to a la ima­gen. La pro­gre­sión es cla­ra. Unas foto­gra­fías per­fec­tas, suge­ren­tes que se acom­pa­ñan de un poe­ma que pue­de ser pro­pio, de ami­gos o de otros poe­tas. Pos­te­rior­men­te la frag­men­ta­ción va avan­zan­do sobre la ima­gen que pri­me­ro es leve­men­te tra­ta­da has­ta des­com­po­ner­se y sur­gir como un colla­ge las emo­cio­nes, la memo­ria y el tiem­po. Poe­sía visual. A veces acom­pa­ña­da de pala­bras, de poe­mas o de bre­ves tex­tos. Otras solas, cer­te­ras al cora­zón. Por últi­mo, estos colla­ges toma­rán vida y leves movimientos.

Apa­re­cen pocos video­poe­mas en su blog. Pero solo con visua­li­zar el titu­la­do Jarrón y tem­pes­tad https://​www​.you​tu​be​.com/​w​a​t​c​h​?​v​=​B​I​u​b​_​n​D​h​eo4 nos damos cuen­ta de la pasión que des­pren­de en cada una de las imá­ge­nes y las pala­bras. Pasan las imá­ge­nes des­de la ven­ta­ni­lla de un tren en movi­mien­to y su voz repi­te: Todo más espe­so que la eter­ni­dad de las víc­ti­mas, que se con­vier­te en una leta­nía, un kadish repe­ti­do a lo lar­go del poe­ma. En la voz de Gua­da­lu­pe y la músi­ca de John Cage. Hip­nó­ti­co. Emocionante.

Gua­da­lu­pe está con noso­tros, como tam­bién su madre Paca Agui­rre, en las pági­nas de vien­to sur. Poe­mas suyos apa­re­cie­ron en Voces del nº 54, del nº 75 y deci­di­mos que un poe­ma suyo figu­ra­ra en el espe­cial del 150, don­de los poe­tas selec­cio­na­dos fue­ron los que sen­tía­mos más cer­ca­nos al espí­ri­tu de la revista.

Tien­da de los desamparados

Deja una obra poé­ti­ca de una inten­si­dad y cali­dad admi­ra­bles. Tres libros, una pla­quet­te vin­cu­la­da al pro­yec­to visual desa­rro­lla­do duran­te su beca en Roma y, al menos, un poe­ma­rio iné­di­to, pero ya dis­pues­to para la publi­ca­ción. Des­de el des­lum­bra­mien­to de su pri­mer poe­ma­rio, El libro de Lilit, publi­ca­do en 1996, la voz de Gua­da­lu­pe Gran­de es una de las más nece­sa­rias de nues­tra poe­sía. En los már­ge­nes del decir ‑el lími­te en el que se sitúa siem­pre su escri­tu­ra- y del estar: aje­na a lo que no sea la dig­ni­dad de la pro­pia escri­tu­ra. Un poe­ma­rio en el que se da la vuel­ta al mito ori­gi­nal, para reco­ger lo que esta­ba ocul­to y cons­truir una posi­bi­li­dad de futu­ro a par­tir de otra narra­ción; ima­gi­nar y decir otra his­to­ria posi­ble. Al final de este libro hay una cita de Kaf­ka: “La leyen­da inten­ta expli­car lo inex­pli­ca­ble”. Tal vez toda su poe­sía sea, al menos en este sen­ti­do, leyen­da. Un espa­cio úni­co, mági­co, que la pala­bra crea, que nace de la ver­dad pero que ter­mi­na en lo inexplicable.

En La lla­ve de nie­bla, 2003, las imá­ge­nes se mul­ti­pli­can para trans­fi­gu­rar la reali­dad en poe­mas, como “Cen­tro comer­cial”, don­de está el dolor de la madre, la voz que empu­ja­ba a la fron­te­ra, las pin­tu­ras del abue­lo, el bar­co que nun­ca llegó…La pie­dad – el amor, la pala­bra heri­da pero con­te­ni­da y exac­ta como la luz- res­ca­ta el horror de la posguerra

Hotel para eri­zos apa­re­ce en 2010. La casa del poe­ma como espa­cio de aco­gi­da, hotel para per­ple­jos y derro­ta­dos. Las gatas, como todas las aban­do­na­das, per­so­nas o ani­ma­les, las olvi­da­das en un rin­cón de la his­to­ria; las gatas parien­do y su mau­lli­do con­vo­can­do el ori­gen del lenguaje.Escribir como quien “bor­da con el hilo invi­si­ble del nau­fra­gio”. Nin­gu­na cer­te­za. Una cali­gra­fía del tiem­po exac­ta, pero siem­pre fragmentaria.

Y ese her­mo­so pro­yec­to que nació en Roma: Suce­dió maña­na don­de las vie­jas fotos res­ca­ta­das de los mer­ca­di­llos roma­nos son vidas que se alzan, con nom­bres y ape­lli­dos, des­de la nie­bla de lo casi inexis­ten­te: una foto, una ima­gen espe­ran­do que alguien la reco­ja y la sal­ve en la nie­bla de la pala­bra. Un ejer­ci­cio de memo­ria don­de el pasa­do se ten­sa en el pre­sen­te de la escri­tu­ra y se pro­yec­ta al futu­ro. Pues esta per­vi­ven­cia de lo ya suce­di­do, el pasa­do, vive en cada uno de sus ins­tan­tes, inclu­so en aque­llos no rea­li­za­dos, que fue­ron sólo posi­bi­li­dad o espe­ran­za. Tal como vis­lum­bró Wal­ter Ben­ja­min: nada de lo acon­te­ci­do pue­de dar­se por per­di­do para la his­to­ria, y por ello es cita­do en “el orden del día”.

Com­pro­mi­so con la memo­ria que es, en su caso, con la pala­bra poé­ti­ca y tam­bién con la reali­dad de su pre­sen­te. Com­pro­mi­so cívi­co, con­cien­cia cla­ra de una deu­da con las gene­ra­cio­nes ven­ci­das, con su sue­ño de liber­tad, su exi­gen­cia de libe­ra­ción, con las espe­ran­zas no cum­pli­das. Recor­da­mos su par­ti­ci­pa­ción en tan­tos actos don­de se rom­pe el ver­gon­zo­so pac­to de silen­cio y olvi­do sobre el que se ha asen­ta­do la demo­cra­cia en este país. Hace muy poco la vimos y escu­cha­mos, en la fría maña­na de febre­ro de este año, en el home­na­je a Miguel Her­nán­dez en el cemen­te­rio del Este de Madrid o en el tea­tro del Barrio de Madrid el pasa­do 7 de diciem­bre, en un acto de la Aso­cia­ción para la Recu­pe­ra­ción de la Memo­ria His­tó­ri­ca, en ese inex­cu­sa­ble ejer­ci­cio demo­crá­ti­co que siem­pre asu­mió. Tras refle­xio­nar sobre la impor­tan­cia de la memo­ria repu­bli­ca­na y cues­tio­nar el uso de la pala­bra recon­ci­lia­ción en la Tran­si­ción, dijo: “Creo que es inad­mi­si­ble que nadie hable en este país de recon­ci­lia­ción. Cual­quie­ra que ten­ga esa pala­bra en la boca en este momen­to debe­ría lavar­se la boca con sosa cáus­ti­ca. Por­que la pre­gun­ta es: ¿Quién quie­re recon­ci­liar­se con el fas­cis­mo? ¿quién quie­re recon­ci­liar­se con el racis­mo? ¿Quién quie­re recon­ci­liar­se con la homo­fo­bia? ¿Quién quie­re recon­ci­liar­se con el nazis­mo? Es una pre­gun­ta bási­ca, abso­lu­ta­men­te básica.”

Así de claro.Como lo fue su cons­tan­te com­pro­mi­so con la cul­tu­ra, por citar algo muy recien­te, su ejem­plar artícu­lo publi­ca­do en la pren­sa el 23 de abril de este año, en el Día del Libro, o su emo­cio­nan­te lec­tu­ra en el ciclo “Disi­den­cias”, orga­ni­za­do por el com­po­si­tor Jor­ge Fer­nán­dez Gue­rra, en el audi­to­rio Cen­tro-Cen­tro, en la pla­za de Cibe­les de Madrid, el 22 de sep­tiem­bre, en un momen­to en que el anun­cio de medi­das más seve­ras con­tra la pan­de­mia no ani­ma­ba a par­ti­ci­par en este tipo de actos; no podía­mos enton­ces ima­gi­nar que la vería­mos por últi­ma vez en un esce­na­rio reci­tan­do sus poe­mas, en este caso acom­pa­ña­da por la músi­ca de María Parra al piano. Nece­sa­rio recor­dar tam­bién su impli­ca­ción en la vida cul­tu­ral del que fue siem­pre su barrio, Cham­be­rí. En noviem­bre de 2017, des­de la Mesa de Cul­tu­ra del Foro Local rea­li­za­mos un home­na­je a Fran­cis­ca Agui­rre. En el tea­tro Gali­leo, lleno de un públi­co emo­cio­na­do, se puso en pie el espec­tácu­lo Detrás del tiem­po. Gua­da­lu­pe par­ti­ci­pó con un bellí­si­mo mon­ta­je audio­vi­sual y leyen­do un poe­ma suyo. Tam­bién inau­gu­ró el ciclo de “Poe­sía en el Bule­var” en la Casa de Cul­tu­ra y Par­ti­ci­pa­ción Ciu­da­da­na de Cham­be­rí, par­ti­ci­pó en otra de sus sesio­nes y fue una asi­dua asis­ten­te a las mis­mas. Su com­pro­mi­so con la cul­tu­ra del barrio fue cons­tan­te, apo­yan­do accio­nes socia­les y rei­vin­di­ca­ti­vas y par­ti­ci­pan­do en cuan­tas acti­vi­da­des se le solicitaba.

Com­pro­mi­so cívi­co y com­pro­mi­so cul­tu­ral. Por­que nada los sepa­ra. La poe­sía es, en pala­bras suyas, la acti­vi­dad “más demo­crá­ti­ca, más des­obe­dien­te y más nece­sa­ria”. Es “tener un pie en el pasa­do, otro en el futu­ro. Inten­tar otras posi­bi­li­da­des para cir­cu­lar a tra­vés de la vida y la his­to­ria.” De eso se tra­ta, en ese inten­to esta­mos, aun­que tú ya no estés.

Hoy, Lupe, todo esto, es decir, tú, la gene­ro­sa ami­ga, la inde­pen­dien­te, la aje­na a cual­quier ser­vi­dum­bre o mer­ca­deo, todo esto es memo­ria. Pero sabe­mos, tú mis­ma lo has hecho ver­dad en la ver­dad más hon­da, más ver­da­de­ra, más exigente,la de la poe­sía, que “nada de lo acon­te­ci­do ha de dar­se por per­di­do para la his­to­ria”. Por eso todo lo que vivis­te sigue vivien­do, per­ma­ne­ce. Si algo per­sis­te es ‑extra­ña y mis­te­rio­sa eter­ni­dad de poe­tas- tu pala­bra. Y ella nos dice que segui­mos a la intem­pe­rie, al bor­de de la heri­da, ante lo inex­pli­ca­ble. Nos lo recor­das­te en las pala­bras de Rai­ner Maria Ril­ke: “Y los saga­ces ani­ma­les ya advierten/​que no nos sen­ti­mos a resguardo/​en el hogar del mun­do interpretado.”

No es este, el del mun­do inter­pre­ta­do, nues­tro lugar, no es el de la poe­sía, tam­po­co el de la polí­ti­ca enten­di­da como espa­cio de espe­ran­za, de cum­pli­mien­to de los sue­ños que ani­dan en el pasado.

El tuyo, tu lugar, es ya el de la ausen­cia y la memo­ria. Mira, qué lejos de res­guar­do nos has deja­do. Que­re­mos ima­gi­nar, como si fue­ra posi­ble, que eres tú la que hace, en la noche, ese ges­to esen­cial que era para ti, que es para noso­tros, la poe­sía. Dijis­te: “Creo que el ges­to de que haya alguien de madru­ga­da, en su casa, escri­bien­do poe­sía, es tan impor­tan­te como que siga habien­do un árbol dan­do aire, aun­que tú no lo veas.”

Gua­da­lu­pe: voz y mirada

Cen­tro comercial

Tien­da de los des­am­pa­ra­dos
quién te ha vis­to y quién te ve.

Me aso­mo al esca­pa­ra­te como si me aso­ma­ra a la infan­cia de mi madre, y se me que­dan los dedos ardi­dos en la vidrie­ra, cega­dos fren­te a esa deso­la­ción con que se mue­ven las sae­tas cuan­do no que­da otra mer­can­cía que empe­ñar más que las horas.

Tien­da de los des­am­pa­ra­dos,
ven­go a com­prar un terraplén.

Abro la puer­ta des­pa­cio. Empu­jo la puer­ta con una mano cie­ga, con una mano que aún no ha apren­di­do a ver, que no se quie­re caer. Pero empu­jo la puer­ta y cuan­do me qui­to los guan­tes veo en el mos­tra­dor las tren­zas de mi madre: ahí están, muti­la­das y bri­llan­tes como dos leon­ti­nas en las que se mecen las esta­cio­nes, dos leon­ti­nas que entre­la­zan los suce­si­vos ande­nes que me han traí­do has­ta aquí. Dos leon­ti­nas de las que cuel­ga un tiem­po de estu­por y ceni­za.
(Y aho­ra es cuan­do debo acla­rar que yo he apren­di­do a dele­trear el mun­do en las tren­zas de mi madre, en este nudo de his­to­ria que yace, des­de 1942, en el mostrador).

Tien­da de los des­am­pa­ra­dos,
nada se recuer­da como fue.

Y yo, que no sé cómo mirar, he apren­di­do a recor­dar. Y aho­ra recuer­do una voz que no he oído, una voz que empu­ja­ba a la fron­te­ra: Pasen y vean: comer­cia­mos con mer­can­cía de la mejor cali­dad y guar­da­mos para nues­tros más fie­les clien­tes mila­gros de tiem­po y sole­dad.
Es una ver­dad tan gran­de que en ella cabe París. Y mien­tras saco algu­nos fran­cos del bol­si­llo veo las tren­zas de mi madre flo­tan­do sobre el Sena y corro a lo lar­go del quai para no per­der el bar­co, para no per­der la memo­ria, para no per­der para siem­pre el bar­co que ella no pudo tomar.
Las tren­zas de mi madre, que nun­ca vie­ron París, las tren­zas sin lazos de las que aho­ra cuel­gan mis gafas y la Torre Eif­fel.
Pon­go unos fran­cos sobre el mos­tra­dor y com­pro París en medio de su desolación.

Tien­da de los des­am­pa­ra­dos,
se vive lo que se recuer­da y lo que se ve.

He veni­do a com­prar unas tren­zas y un bal­cón. He veni­do a com­prar ceni­za para mis ojos. He veni­do a com­prar la male­ta en la que mi abue­lo guar­dó sus pin­tu­ras para siem­pre. He veni­do a com­prar el bar­co en que debie­ron embar­car para con­ti­nuar miran­do el mun­do y que ter­mi­nó enca­lla­do en esta casa. Esta casa en la que mi madre se aso­mó a esta ciu­dad con los ojos heri­dos de estu­por, heri­dos de esa edad más vie­ja que el tiem­po, esa edad que sufren las tren­zas cuan­do las pei­na la espu­ma de la muer­te. He veni­do a com­prar este bal­cón y este pasi­llo y esta habi­ta­ción: esta casa sin azo­gue, esta ciu­dad sin pala­bras; mi infan­cia aso­ma­da a aque­llas tren­zas, mi infan­cia enca­lla­da en esta calle sin bar­cos, en esta piza­rra en la que aho­ra dibu­jo el quai. He veni­do a com­prar ceni­za para mis ojos, ceni­za con la que apren­der a ver.

Tien­da de los des­am­pa­ra­dos,
para mirar hay que saber arder.

Tien­da de los des­am­pa­ra­dos,
vivir para ver.

Gatas parien­do

Así escu­chas las cosas de tu vida como el mau­lli­do de un gato al fon­do del jardín

Te des­pier­tas de madru­ga­da y oyes al fon­do muy al fon­do ese remo­to mau­lli­do de gato recién nacido

Y un verano y otro y lue­go otro más has­ta lle­gar a esta noche

al fon­do del jar­dín al fondo

Así escu­chas las cosas de tu vida así escu­chas las cosas del
mun­do
a oscu­ras de noche pal­pan­do el sus­to de no enten­der o el de no que­rer hacerlo

y ese gato que no para de mau­llar y es una peque­ña heri­da no sabes de qué no sabes de quién pero ahí está insis­tien­do cla­man­do de ham­bre y noche al bor­de del peli­gro al bor­de del abis­mo al bor­de del jar­dín Un coche un faro lue­go nada

Y con­ti­nua­rán los mau­lli­dos más obce­ca­dos que tú y si no al tiem­po al pró­xi­mo verano has­ta la pró­xi­ma caní­cu­la soni­do des­va­li­do como una ono­ma­to­pe­ya tan poco líri­ca que no la pue­des escribir

Qué pen­sa­ría nadie y quién es nadie al leer esa ono­ma­to­pe­ya tan líri­ca­men­te escri­ta tan ridí­cu­la­men­te sono­ra tan de viñe­ta de posguerra

pero sue­na sue­na cada noche

y tú para bor­dear la heri­da dices que así empe­zó todo con una ono­ma­to­pe­ya con un soni­do tan innom­bra­ble como aho­ra el insis­ten­te mau­lli­do del gato recién naci­do con­vo­cán­do­te a dón­de pidién­do­te qué

O qui­zá algo peor tal vez nada te con­vo­que y tan solo te des­pier­tas en medio de la noche para ser el pre­ca­rio tes­ti­go que no pue­de tra­du­cir una onomatopeya

Eso te dices para bor­dear la herida

Escu­chas el mau­lli­do del gato Has vis­to un hom­bre sin bra­zos al bor­de de la limos­na has roza­do la pier­na per­di­da del ani­mal en el pan­ta­lón dobla­do sobre el mus­lo has com­pren­di­do que la muer­te es un ramo de rosas de plás­ti­co ata­do a un farol

y te has pre­gun­ta­do qué pala­bra no es una ono­ma­to­pe­ya indes­ci­fra­ble, una per­se­cu­ción en la sombra

Un verano y otro al fon­do de la vida al fon­do del jar­di­nal fon­do del sonido

Y las gatas siguen parien­do sin parar y paren ono­ma­to­pe­yas que al fon­do del jar­dín resue­nan como las tablas de la ley.

Pos­tal IX

(Esta­ción Norte)

Vie­nen y van los áto­mos del duelo.

Se cie­rra la ven­ta­na sobre sus ojos:
hace frío en esta lin­de
entre el desier­to y el gla­ciar,
en esta fron­te­ra en la que flo­re­cen los días que fue­ron,
los años que no son,
el tiem­po que no será.

Cru­za el tren la male­ta de los ver­bos has­ta lle­gar aquí,
esta­ción del jar­dín difun­to,
mien­tras en la noche se cie­rra
la puer­ta del últi­mo bar.

La caja de luz (http://​gua​da​lu​pe​gran​de​.blogs​pot​.com/)

1.-Al prin­ci­pio, 2012, las foto­gra­fías comien­zan acom­pa­ñan­do a un poe­ma, for­man­do un todo. Unas veces son los ver­sos de Juan Car­los Mes­tre, ami­go y con­fi­den­te, los que la ins­pi­ran; otras son Paso­li­ni, Gamo­ne­da, René Dau­mal, Fran­cis­ca Agui­rre… Pero más tar­de se entre­cru­zan con otras foto­gra­fías leve­men­te tra­ta­das –color, tex­tu­ra- sub­ra­yán­do­se mutua­men­te con la pala­bra poética.

Tes­ti­go de excep­ción (2015)

Sin título

Un mar, un mar es lo que nece­si­to.
Un mar y no otra cosa, no otra cosa.
Lo demás es peque­ño, insu­fi­cien­te, pobre.
Un mar, un mar es lo que nece­si­to.
No una mon­ta­ña, un río, un cie­lo.
No. Nada, nada,
úni­ca­men­te un mar.
Tam­po­co quie­ro flo­res, manos,
ni un cora­zón que me con­sue­le.
No quie­ro un cora­zón
a cam­bio de otro cora­zón.
No quie­ro que me hablen de amor
a cam­bio del amor.
Yo sólo quie­ro un mar:
yo sólo nece­si­to un mar.
Un agua de dis­tan­cia,
un agua que no esca­pe,
un agua mise­ri­cor­dio­sa
en que lavar mi cora­zón
y dejar­lo a su ori­lla
para que sea empu­ja­do por sus olas,
lami­do por su len­gua de sal
que cica­tri­za heri­das.
Un mar, un mar del que ser cóm­pli­ce.
Un mar al que con­tar­le todo.
Un mar, creed­me, nece­si­to un mar,
un mar don­de llo­rar a mares
y que nadie lo note.

Fran­cis­ca Aguirre

«… para quien las trabaja»

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(…) Lo que el poe­ta dice,
lo que dice el poe­ta a la adi­vi­na,
al bisa­bue­lo judío que dor­mía en la comu­na
y aún vaga con su bar­ba blan­ca por ahí
pro­cla­man­do su con­sig­na a las abe­jas:
Las estre­llas para quien las trabaja.

(Foto­gra­fías del espec­tácu­lo «Las estre­llas para quien las tra­ba­ja»: poe­mas de JC Mes­tre, músi­ca de Cuco Pérez, direc­ción de Miguel Ángel Vare­la) 2014

Los pen­sa­mien­tos este­la­res se des­li­zan por el río

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Hay jar­di­nes que no tie­nen paí­ses
Y que están solos con el agua
Los atra­vie­san palo­mas azu­les y sin nido

Pero la luna es un cris­tal de pla­cer
Y el niño se acuer­da de un gran des­or­den claro

Geor­ges Scheha­dé
[Trad. Aldo Pellegrini]

2.-Poco a poco los mon­ta­jes son pro­ta­go­nis­tas y difu­mi­na, eté­rea, la ima­gen como en esta mara­vi­lla Los teso­ros son som­bras con pare­des ciegas

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La poe­sía
A mí tam­po­co me gus­ta.
Pero, al leer­la con abso­lu­to des­pre­cio, des­cu­bri­mos en ella, al fin y al cabo, sitio para lo auténtico.

Marian­ne Moore

3.-Los colla­ges van sur­gien­do para crear unas imá­ge­nes pura­men­te oní­ri­cas, sur­gi­das de la memo­ria y el dolor, que serán su esti­lo más carac­te­rís­ti­co. Y con el domi­nio cada vez mayor de las téc­ni­cas digi­ta­les, esta poe­sía visual adquie­re vida y movimiento.

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Puer­tas de Charleville

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Soy el san­to, en ora­ción en la terra­za, cuan­do las bes­tias lle­gan has­ta el mar de Palestina.

Soy el sabio en el sillón som­brío. Las ramas y la llu­via gol­pean la ven­ta­na de la biblioteca.

Soy el cami­nan­te de la ancha carre­te­ra entre los bos­ques enanos; el rumor de las esclu­sas cubre mis pasos. Por lar­go tiem­po veo la melan­có­li­ca lejía del poniente.

Sería gus­to­so el niño aban­do­na­do en el mue­lle que par­tió hacia la alta mar, el paje­ci­llo que sigue la ala­me­da cuya fren­te toca el cielo.

Los sen­de­ros son áspe­ros. Los mon­tícu­los se cubren de reta­mas. El aire está inmó­vil. ¡Qué lejos los pája­ros y las fuen­tes! Tie­ne que ser el fin del mun­do, si avanzamos.

Arthur Rim­baud

Acti­vos pasivos

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«¡Dios mío, pero enton­ces ¿qué es
lo que tie­ne usted en el acti­vo?»
«¿Yo? -[un bal­bu­ceo nefan­do
no he toma­do mi opta­li­dón, me tiem­bla la voz
de mucha­cho enfer­mo]-
¿Yo? Una deses­pe­ra­da vitalidad.»

De Poe­sía en for­ma de rosa
Pier Pao­lo Pasolini

Poé­ti­ca 1.0

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Cons­truí una casa en un árbol para cara­co­les, cuan­do por fin los fai­sa­nes encon­tra­ron el salón de bai­le dejé que la male­za siguie­ra su curso

Mido segun­dos como quien se sien­ta a ver el acci­den­te mor­tal al bor­de de la bombilla

Plan­cho las arru­gas de los vie­jos panes, el cero entre el ángu­lo de la levi­ta, la cuer­da del pozo y ese bali­do sin eco que ya es solo tea­tro de la piedad

Giro a la som­bra de una som­bra, una som­bra es un voca­blo, ese reco­do en la carre­te­ra, esa tar­je­ta de visi­ta que dice si uno se inmo­la, tres pie­dras una jun­to a la otra, están prohibidas

Estoy sola, dice el espe­jo, estoy sola, dice la noche, estoy sola dice la vocal, estoy

Están aquí y allí, y a nadie le impor­ta la sole­dad de las man­dí­bu­las, ese oscu­ro desig­nio en man­gas de cami­sa, esa hora de cerro des­ce­rra­ja­do en la precariedad

He vis­to un muro y una puer­ta y des­gra­cia­da­men­te escu­cho las chimeneas

Hay mag­ni­tu­des y eti­mo­lo­gías, sobre todo esa len­ta memo­ria, ese tro­pie­zo como un láti­go, ese retra­so impres­cin­di­ble en la madri­gue­ra del azar

Gua­da­lu­pe Grande

4.- Apa­re­cen pocos video­poe­mas en su blog. Pero solo con visua­li­zar el lla­ma­do Jarrón y tem­pes­tad https://​www​.you​tu​be​.com/​w​a​t​c​h​?​v​=​B​I​u​b​_​n​D​h​eo4 nos damos cuen­ta de la pasión que des­pren­de en cada momen­to. Pasan las imá­ge­nes des­de la ven­ta­ni­lla de un tren en movi­mien­to, la llu­via, el blan­co y negro, el aire a ima­gen anti­gua, pasan los retra­tos de los ausen­tes, como des­cen­so por la flor des­apa­ci­ble, todos los equi­pa­jes más lige­ros que la eter­ni­dad de las víc­ti­mas. La pasión de volar, la encru­ci­ja­da sin tiem­po, el bar­co per­di­do del puer­to. Todo más espe­so que la eter­ni­dad de las víc­ti­mas, que se con­vier­te en una leta­nía, un kadish repe­ti­do a lo lar­go del poe­ma. Con la voz de Gua­da­lu­pe y la músi­ca de John Cage. Hip­nó­ti­co. Emocionante.

Anto­nio Cres­po y Car­men Ochoa han sido res­pon­sa­bles de las sec­cio­nes Voces y Mira­das de vien­to sur duran­te cer­ca de vein­te años. Actual­men­te son miem­bros del Con­se­jo Ase­sor de vien­to sur

Fuen­te: vien​to​sur​.info/​g​u​a​d​a​l​u​p​e​-​g​r​a​n​d​e​-​l​a​-​m​e​m​o​r​i​a​-​h​e​r​i​da/, Kao­sen­la­red.

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