Cuba. Celia: Mujer de sor­pre­sas increíbles

Por Osviel Cas­tro Medel, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 11 de enero de 2021.

Sus vir­tu­des de lucha­do­ra la con­vir­tie­ron en la pri­me­ra inte­gran­te del Ejér­ci­to Rebel­de y en guar­dia­na de incon­ta­bles docu­men­tos tes­ti­gos con­tun­den­tes del pasado

Si aho­ra mis­mo repa­sá­ra­mos algu­nas de sus anéc­do­tas, levan­ta­ría­mos las cejas de admi­ra­ción o esbo­za­ría­mos ins­tin­ti­va­men­te una son­ri­sa, por­que ella siem­pre traía las sor­pre­sas más insos­pe­cha­das: des­de zam­bu­llir­se en un tupi­do mara­bu­zal para eva­dir una per­se­cu­ción —algo que le cos­tó nume­ro­sos pin­cha­zos en la cabe­za — , has­ta dis­fra­zar­se de emba­ra­za­da para des­pis­tar sobre sus andan­zas clan­des­ti­nas y temerarias.

Qué cria­tu­ra tan extra­or­di­na­ria, más allá de sus cono­ci­das vir­tu­des de lucha­do­ra o deta­llis­ta, que la con­vir­tie­ron en la pri­me­ra inte­gran­te del Ejér­ci­to Rebel­de y en guar­dia­na de incon­ta­bles docu­men­tos o pape­li­tos, tes­ti­gos con­tun­den­tes del pasado.

Su nom­bre, Celia Esther de los Des­am­pa­ra­dos Sán­chez Man­du­ley, está incrus­ta­do her­mo­sa­men­te en el cora­zón de Cuba y sigue recor­dán­do­nos cuán­to vale la modes­tia en tiem­pos en los que algu­nos andan como papa­lo­tes, leja­nos de la tierra.

Demos­tró que se pue­de ser gran­de apar­tán­do­se de cual­quier vana­glo­ria, sumer­gién­do­se en la voz de los que no tenían voz, aten­dien­do a cual­quier hora los recla­mos de per­so­nas dis­tin­tas, guar­dan­do los secre­tos del Esta­do con una humil­dad proverbial.

Su vida, que ter­mi­nó físi­ca­men­te aquel 11 de enero de 1980, pero con­ti­nuó hecha estre­lla y lati­do en el ovi­llo de la his­to­ria, está lle­na de increí­bles, como aquel inci­den­te de los cua­tro años, cuan­do se tra­gó un peque­ño bul­bo de cris­tal, vomi­ta­do gra­cias a la peri­cia médi­ca de su padre; o como la fie­bre sico­ló­gi­ca que pade­ció a los seis años, duran­te 20 días, des­pués de haber per­di­do a la madre.

En su juven­tud sufrió urti­ca­rias y, según los aná­li­sis de labo­ra­to­rio, era alér­gi­ca a todo, excep­to al man­go; temía a más no poder a los rato­nes, fuma­ba sin parar, ape­nas pelliz­ca­ba la comi­da y toma­ba café en demasía.

Y es que era terre­nal, sen­ci­lla, dicha­ra­che­ra, jara­ne­ra, suma­men­te rebel­de. Por eso últi­mo no ter­mi­nó el bachi­lle­ra­to en Man­za­ni­llo, pues un pro­fe­sor que no enten­día su embro­lla­da letra qui­so que le leye­ra un examen, pero Celia no acep­tó pasar por esa «humi­lla­ción» y, mos­tran­do un carác­ter bien fir­me, se mar­chó del Ins­ti­tu­to para sor­pre­sa de la fami­lia. Des­de enton­ces comen­zó a escri­bir en letra de molde.

En Media Luna, su pue­blo natal, fue­ron céle­bres sus bro­mas infan­ti­les a los más gran­des, pen­sa­das en com­pli­ci­dad con sus her­ma­nas: des­de dejar enja­bo­na­do a un visi­tan­te de la casa, «pin­to­rre­tear» un caba­llo y hacer­lo entrar a un bar, has­ta gene­rar con­flic­tos matri­mo­nia­les por cru­zar fal­sas dedi­ca­to­rias amorosas.

Cómo no estre­me­cer­se con el epi­so­dio que la rela­ta rega­ñan­do a un linie­ro, quien se había enca­ra­ma­do a una pal­ma para cap­tu­rar a su moni­ta-mas­co­ta, rega­la­da por un mari­ne­ro de los que fre­cuen­ta­ban Pilón, el otro pue­blo don­de vivió un buen tiem­po. Cuan­do el tre­pa­dor le dijo que no podía esca­lar de otro modo que no fue­ra cla­van­do sus pin­chos al árbol, Celia lle­gó a decir­le: «Está bien, haz­lo, pero sin que le due­la demasiado».

La sen­ci­llez se le salía por el acen­to cam­pe­sino, jamás per­di­do; se le nota­ba en su poca pom­pa, que la hacía tener un arma­rio estre­cho de ropa, en el que ful­gu­ró duran­te muchos años una muda de «oca­sión».

Sal­va­do­ra del nau­fra­gio gue­rri­lle­ro, madri­na recia de incon­ta­bles niños, luz de Fidel en épo­cas com­ple­jas, orga­ni­za­do­ra incan­sa­ble, dipu­tada eter­na que jamás se cre­yó cosas… Celia vuel­ve a lla­mar­nos para decir­nos, no solo en enero, que haga­mos flo­tar la ban­de­ra del desin­te­rés y de la entre­ga. Que no la deje­mos caer nun­ca de nues­tras almas.

Celia, una mujer tier­na, amo­ro­sa, esen­cial­men­te humana. 

Celia con Fidel en los tiem­pos de lucha guerrillera

La vida y la obra de Celia per­du­ra­rá por siem­pre en el alma del pue­blo que ella defen­dió. Fotos: Archi­vo de JR

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