Pen­sa­mien­to crí­ti­co. Donald Trump: El últi­mo show

Por San­tia­go O’Donnell, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 6 de enero de 2021.

Fue la des­pe­di­da que Donald Trump se mere­cía. Cien­tos de faná­ti­cos enar­de­ci­dos entran­do por la fuer­za al Capi­to­lio para inte­rrum­pir el vie­jo ritual de cer­ti­fi­car una elec­ción, en este caso la que ganó Joe Biden, como si seme­jan­te acto pudie­ra cam­biar el resul­ta­do de la volun­tad popular. 

Una toma de pala­cio alen­ta­da por el pro­pio pre­si­den­te, un acto de fan­fa­rro­ne­ría con los minu­tos con­ta­dos, sin nin­gu­na con­se­cuen­cia polí­ti­ca más allá de hun­dir aún más en el des­pres­ti­gio al mag­na­te neo­yor­quino, quien demos­tró ser inca­paz de res­pe­tar las reglas demo­crá­ti­cas duran­te todo su gobierno y aún más cuan­do eli­gió des­co­no­cer su derro­ta electoral. 

Fue, eso sí, un gol­pe más al débil teji­do social esta­dou­ni­den­se atra­ve­sa­do por una grie­ta mul­ti­cul­tu­ral, que no pone en ries­go el fun­cio­na­mien­to de las ins­ti­tu­cio­nes a cor­to pla­zo pero esce­ni­fi­ca una cri­sis de repre­sen­ta­ti­vi­dad y legi­ti­mi­dad que vie­ne des­de hace tiem­po y que tuvo su máxi­ma expre­sión, pre­ci­sa­men­te, en el ascen­so de un per­so­na­je racis­ta, machis­ta y chau­vi­nis­ta a la pre­si­den­cia, y se pro­lon­gó duran­te cua­tro años de polí­ti­cas basa­das en el seña­la­mien­to del Otro como enemi­go a odiar, y cul­mi­nó con este des­en­la­ce paté­ti­co, tan dra­má­ti­co como insustancial.

Cuan­do ya la esce­na no daba para más, cuan­do el mun­do y los pro­pios esta­dou­ni­den­ses se can­sa­ron de mirar el show deca­den­te por tele­vi­sión, cuan­do ya se esti­ra­ba dema­sia­do, salió Biden por tele­vi­sión para decir­le al mun­do que lo que veía no era lo que Esta­dos Uni­dos repre­sen­ta, que su país está hecho de gen­te decen­te y bue­na, y para decir­le direc­ta­men­te a Trump, prác­ti­ca­men­te orde­nar­le, que ter­mi­ne su pata­leo y lla­me a su gen­te a aban­do­nar el Con­gre­so antes de que alguien sal­ga las­ti­ma­do, más allá de la mujer balea­da, apa­ren­te­men­te por un guar­dia de segu­ri­dad, según infor­ma­ron algu­nos medios loca­les. Biden men­cio­nó la pala­bra «sedi­ción» como para dejar en cla­ro que el chis­te­ci­to les pue­de cos­tar caro a los revol­to­so­sos ultra­de­re­chis­tas que habían inte­rrum­pi­do una sesión legis­la­ti­va en el Capi­to­lio, algo de lo que no se regis­tran ante­ce­den­tes en Esta­dos Unidos.

El men­sa­je de Biden hizo reac­ció­nar a Trump. Al bor­de del sui­ci­dio polí­ti­co, el toda­vía pre­si­den­te lla­mó a sus mucha­chos a aban­do­nar la toma, ya rodea­dos de patru­lle­ros y poli­cías lis­tos para actuar. Dijo que los enten­día, que le habían roba­do la elec­ción, pero que ya era hora de vol­ver a sus casas. Al momen­to de escri­bir estas líneas los rebel­des trum­pis­tas se empe­za­ban a dis­per­sar triun­fan­tes sin haber logra­do nada para su cau­sa mien­tras se acer­ca­ba la hora del toque de que­da, ulti­má­tum que pre­anun­cia una acti­tud más repre­si­va por par­te de agen­tes fede­ra­les y sobre todo de la Poli­cía del Capi­to­lio, la fuer­za encar­ga­da de cus­to­diar el pre­dio toma­do, que res­pon­de direc­ta­men­te a las auto­ri­da­des del Congreso.

La des­pe­di­da de Trump fue bochor­no­sa, sí, pero no hay que per­der de vis­ta lo impor­tan­te. En cator­ce días Esta­dos Uni­dos ten­drá un nue­vo pre­si­den­te. Uno muy dis­tin­to a Trump en muchos aspec­tos. Un cul­tor del mul­ti­la­te­ra­lis­mo acos­tum­bra­do a tra­ba­jar con los repu­bli­ca­nos, no en con­tra de ellos, que lle­ga con el man­da­to de cerrar las heri­das abier­tas por su pre­de­ce­sor. Un tipo cen­tris­ta, con vir­tu­des y defec­tos, pero que no tie­ne los ante­ce­den­tes de men­tir e insul­tar casi a dia­rio por Twit­ter, como nos había acos­tum­bra­do Trump. Nada de lo ocu­rri­do hoy impe­di­rá que el tras­pa­so suce­da. Al con­tra­rio. Hoy que­dó cla­ro que el camino de Trump no es el que eli­gie­ron la mayo­ría de los esta­dou­ni­den­ses. Hoy Esta­dos Uni­dos y el mun­do ente­ro pudie­ron ver, aca­so como nun­ca antes, la peor cara del movi­mien­to extre­mis­ta ultra­de­re­chis­ta que este man­da­ta­rio lamen­ta­ble supo lide­rar. Un show tan liviano, inú­til, gro­se­ro y tris­te como el hom­bre que lo inspiró. 

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