El Sal­va­dor. 39 diciem­bres espe­ran­do jus­ti­cia por El Mozote

Por Eduar­do Gue­rre­ro. Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 28 de diciem­bre de 2020.

Decía Eduar­do Galeano que mucha gen­te peque­ña, en luga­res peque­ños, hacien­do cosas peque­ñas, pue­de cam­biar el mun­do. En este momen­to, gen­te gran­de, en un lugar peque­ño, está hacien­do cosas enor­mes para cam­biar este mun­do. Son las víc­ti­mas sobre­vi­vien­tes de una masa­cre luchan­do por ver­dad, jus­ti­cia y reparación.

En esta región de venas abier­tas por heri­das comu­nes, sanar­las y hon­rar las cica­tri­ces es un acto soli­da­rio. Aquí, don­de nues­tra his­to­ria cuen­ta dic­ta­du­ras, con­flic­tos arma­dos y Esta­dos cri­mi­na­les, hablar de la más gran­de masa­cre del pasa­do recien­te es inter­pe­lar­nos para cues­tio­nar qué futu­ro anhe­la­mos como colec­ti­vo y qué esta­mos hacien­do para construirlo.

Entre el 10 y el 13 de diciem­bre de 1981, en el mar­co del con­flic­to arma­do interno, el Ejér­ci­to sal­va­do­re­ño eje­cu­tó el ase­si­na­to masi­vo de hom­bres, muje­res, niños, niñas, ado­les­cen­tes en la comu­ni­dad de El Mozo­te y luga­res ale­da­ños, como par­te de una estra­te­gia mili­tar de “tie­rra arra­sa­da”, una tác­ti­ca que impli­ca des­truir comu­ni­da­des ente­ras. A 39 años de los hechos en don­de alre­de­dor de 1000 per­so­nas per­die­ron la vida, entre ellas cer­ca de 500 meno­res de edad, tene­mos una nue­va oca­sión para reflexionar.

En Amé­ri­ca Lati­na, tie­rra fér­til, rica y diver­sa, para­dó­ji­ca­men­te la jus­ti­cia no sue­le flo­re­cer, y la impu­ni­dad y la corrup­ción son una pla­ga que car­co­me des­de la raíz. El Sal­va­dor no es la excep­ción, como lo demues­tra el caso de El Mozo­te en el que este 11 de diciem­bre habrán trans­cu­rri­do 14 245 días des­de que ocu­rrie­ron los hechos sin que las víc­ti­mas hayan reci­bi­do jus­ti­cia. Esto a pesar de la denun­cia inter­pues­ta ante las auto­ri­da­des loca­les en el año 1990 y aun cuan­do en 2012 la Cor­te Inter­ame­ri­ca­na de Dere­chos Huma­nos reco­no­ció al Esta­do sal­va­do­re­ño como res­pon­sa­ble inter­na­cio­nal­men­te por la masa­cre y le orde­nó inves­ti­gar lo suce­di­do y juz­gar y san­cio­nar a los res­pon­sa­bles de los hechos.

Duran­te este tiem­po muchas de las per­so­nas sobre­vi­vien­tes a las masa­cres murie­ron espe­ran­do que el Esta­do sal­da­ra su deu­da. Tan solo en 2020 han falle­ci­do cua­tro de ellas, pero tam­bién uno de los exmi­li­ta­res impu­tados, el gene­ral Rafael Flo­res Lima, sin haber sido lle­va­do a jui­cio. La bús­que­da de jus­ti­cia es enton­ces una dra­má­ti­ca carre­ra con­tra reloj en la que las víc­ti­mas man­tie­nen el paso con la con­vic­ción de lle­gar a la meta. Por eso tam­bién es una carre­ra de rele­vos en la que las gene­ra­cio­nes que here­da­ron la indig­na­ción de sus madres, padres, abue­las y abue­los han toma­do la esta­fe­ta con conciencia.

Superan­do obs­tácu­los como la fal­ta de volun­tad de las auto­ri­da­des, la debi­li­dad ins­ti­tu­cio­nal del apa­ra­to judi­cial, la Ley de Amnis­tía y has­ta una pan­de­mia, actual­men­te el pro­ce­so penal avan­za en con­tra de un gru­po de mili­ta­res en el Juz­ga­do de Ins­truc­ción de San Fran­cis­co Gote­ra. Esta vez, aun­que se dero­gó la amnis­tía, hay nue­vas tra­bas que ame­na­zan la jus­ti­cia: una Asam­blea Legis­la­ti­va obs­ti­na­da en per­pe­tuar la impu­ni­dad dis­fra­za­da de recon­ci­lia­ción, y un pre­si­den­te de la Repú­bli­ca y un Minis­te­rio de Defen­sa que se rehú­san a per­mi­tir el acce­so a los archi­vos mili­ta­res que ayu­da­rían a deve­lar la ver­dad y recons­truir lo sucedido.

Que se haga jus­ti­cia en el caso de El Mozo­te ‑que tam­bién inclu­ye las eje­cu­cio­nes come­ti­das en Ran­che­ría, Los Tori­les, Joco­te Ama­ri­llo, La Joya y Cerro Pan­do- no solo es de inte­rés para las sal­va­do­re­ñas y sal­va­do­re­ños. Es tam­bién un emble­ma de la jus­ti­cia tran­si­cio­nal y la deu­da his­tó­ri­ca en Lati­noa­mé­ri­ca por las gra­ves vio­la­cio­nes a los dere­chos huma­nos, en espe­cial las per­pe­tra­das por fuer­zas arma­das, como ocu­rrió en los con­flic­tos arma­dos en Gua­te­ma­la y Perú, o las dic­ta­du­ras en Argen­ti­na, Bra­sil, Chi­le y Uru­guay. La deu­da es con la socie­dad en con­jun­to, por­que tene­mos dere­cho a saber qué y cómo ocu­rrió, por­que los Esta­dos tie­nen la obli­ga­ción de garan­ti­zar que nun­ca más vuel­van a suce­der estas atro­ci­da­des y cuan­do hay impu­ni­dad hay un peli­gro­so incen­ti­vo para su repetición.

La corrup­ción y el poder polí­ti­co de las éli­tes cas­tren­ses lati­no­ame­ri­ca­nas han garan­ti­za­do su blin­da­je ante la ren­di­ción de cuen­tas por los casos del pasa­do a tra­vés de amnis­tías, obs­ta­cu­li­za­ción de pro­ce­sos judi­cia­les y otras estra­te­gias. En este con­tex­to, las vio­la­cio­nes a dere­chos huma­nos por par­te de mili­ta­res per­sis­ten en paí­ses como Méxi­co o Colom­bia, don­de la tor­tu­ra, la vio­len­cia sexual, las des­apa­ri­cio­nes for­za­das y las eje­cu­cio­nes extra­ju­di­cia­les son par­te de la cotidianeidad.

Esto demues­tra que aún que­dan lec­cio­nes por apren­der de nues­tra his­to­ria para la cons­truc­ción del Esta­do de dere­cho y la garan­tía de dere­chos. El Sal­va­dor mucho podría apor­tar en esta mate­ria si se hicie­ra car­go del lega­do del con­flic­to arma­do. El caso de El Mozo­te es una opor­tu­ni­dad úni­ca para rom­per el ciclo de impu­ni­dad y abrir camino a otros casos de la épo­ca en el país, pero tam­bién para for­ta­le­cer los pro­ce­sos de jus­ti­cia tran­si­cio­nal en todo el con­ti­nen­te y afir­mar que la jus­ti­cia es alcan­za­ble y que no impor­ta el ran­go o la ins­ti­tu­ción a la que per­te­nez­can, las per­so­nas res­pon­sa­bles por este tipo de crí­me­nes serán juz­ga­das y san­cio­na­das. De ese tama­ño es la res­pon­sa­bi­li­dad que el Esta­do sal­va­do­re­ño tie­ne en sus manos.

Por su par­te, las víc­ti­mas de este emble­má­ti­co caso se han con­ver­ti­do en alien­to para quie­nes en otras lati­tu­des y des­de otras trin­che­ras tam­bién libran la bata­lla por la dig­ni­dad fren­te a la vio­len­cia esta­tal. Con su valor y con­vic­ción son un faro en medio de la oscu­ri­dad del olvi­do y el mar del tiem­po para quie­nes resis­ten des­de la memo­ria. Es por eso que la indig­na­ción es colec­ti­va cuan­do otra víc­ti­ma mue­re sin repa­ra­ción, cuan­do las dipu­tadas y dipu­tados aprue­ban una ley de impu­ni­dad para los per­pe­tra­do­res, cuan­do el pre­si­den­te Buke­le dice estar del lado de las víc­ti­mas pero obs­ta­cu­li­za las dili­gen­cias de inves­ti­ga­ción, o cuan­do por negli­gen­cia las auto­ri­da­des pier­den mues­tras de ADN y siguen sin iden­ti­fi­car los res­tos de todas las víc­ti­mas ejecutadas.

Suman ya 39 diciem­bres. El tiem­po pasa­rá y segui­rá la cuen­ta, pero con la fir­me espe­ran­za de que el pró­xi­mo diciem­bre la jus­ti­cia habrá flo­re­ci­do por quie­nes se con­vir­tie­ron en eco y por las que siguen alzan­do la voz; por las hijas, hijos y nie­tos que res­guar­dan la memo­ria, por­que su cau­sa rei­vin­di­ca la his­to­ria lati­no­ame­ri­ca­na, por­que otro mun­do es posible.

Fuen­te: El Faro

Foto: Rufi­na Ama­ya. Sobre­vien­te de la masa­cre de El Mozo­te. Foto Cor­te­sía: Susan Mei­se­las, Mag­num Photos.

Itu­rria /​Fuen­te

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