Eco­lo­gía social. La ener­gía con­tra el futuro

Por Lucía Mai­na Waisman,Resumen Lati­no­ame­ri­cano, 23 de diciem­bre de 2020.

Qué tie­ne que ver el calor sufri­do por un taxis­ta cor­do­bés con una lagu­na en la Puna cata­mar­que­ña, un salar con un ado­les­cen­te que jue­ga en su celu­lar, las lágri­mas de una cam­pe­si­na con una bate­ría, ter­ne­ros en zapa­tos con autos eléc­tri­cos, Ara­bia Sau­di­ta con la Cor­di­lle­ra de los Andes. En la ter­ce­ra entre­ga de la serie de cró­ni­cas Las Aguas Visi­bles, rea­li­za­mos un reco­rri­do de cator­ce horas por rutas asfal­ta­das y cami­nos de tie­rra para des­cu­brir la pre­sen­cia de la mine­ría de litio sobre las aguas que conec­tan lo impensable.

Vi a una cam­pe­si­na llo­rar por la fal­ta de agua y eso debe­ría alcan­zar. Vi sus fru­ta­les cedien­do ante la tie­rra seca. La vi aplas­tar un pañue­lo de tela rosa­da sobre su rodi­lla y bajar su mira­da hacia el ges­to de sus manos para ocul­tar las lágri­mas que sur­ca­ban sus arru­gas, y eso debe­ría alcan­zar para que cam­bie­mos el rum­bo. Pero hemos olvi­da­do que del agua veni­mos, que de agua esta­mos hechos, que de ella vivi­mos. Así que hacia allá vamos, ahí don­de las gotas sala­das ter­mi­nan en los labios de una mujer que pide agua, sin saber aún que la mine­ría empie­za a arre­ba­tár­se­la en silen­cio.

—Vamos a la ter­mi­nal —digo cerran­do la puer­ta del auto amarillo.

—¿A dón­de viajás?

—A Cata­mar­ca.

—Uuuhh, ¡pero te vas a morir de calor! —me dice el taxis­ta con las manos pega­das en el volan­te mien­tras avan­za por el cen­tro de la ciu­dad de Cór­do­ba en las puer­tas del otoño. 

Son las seis de la madru­ga­da y los dos sen­ti­mos un pri­mer calor que ame­na­za cre­cer con un res­plan­dor naran­ja entre la últi­ma oscu­ri­dad. El sol ace­cha. Y el taxis­ta se preo­cu­pa: que hoy va a estar duro el día, que él ayer, a las 9 de la maña­na, ya esta­ba pren­dien­do el aire acon­di­cio­na­do, que en el sur, en Río Negro, Neu­quén, está hacien­do como 30 gra­dos, que son luga­res que no están pre­pa­ra­dos para tan­to calor… Que qué terrible.

Así empie­zan a correr los pri­me­ros minu­tos de las 14 horas de via­je dis­tri­bui­das en colec­ti­vos, autos y camio­ne­tas que sepa­ran el asfal­to cor­do­bés de los rin­co­nes más pro­fun­dos del Bol­són de Fiam­ba­lá, un valle bor­dea­do por la Cor­di­lle­ra de los Andes. Un hori­zon­te de mon­ta­ña que, en sus plie­gues, escon­de el hume­dal de las lagu­nas altoan­di­nas de Cata­mar­ca, sitio pro­te­gi­do por el con­ve­nio inter­na­cio­nal Ram­sar debi­do, entre otras cosas, a la fun­ción que cum­ple en la regu­la­ción de la tem­pe­ra­tu­ra glo­bal. Ahí, en una de esas lagu­nas que son sumi­de­ros de gases de efec­to inver­na­de­ro, garan­ti­zan la con­ser­va­ción de los gla­cia­res y per­mi­ten moni­to­rear cam­bios cli­má­ti­cos glo­ba­les, se escon­de tam­bién el pro­yec­to de mine­ría de litio Tres Que­bra­das de la empre­sa LIEX S.A. 

El colec­ti­vo está demo­ra­do. Los rayos empie­zan a aso­mar­se con más fuer­za entre los edi­fi­cios que rodean la ter­mi­nal y toda­vía no sé has­ta qué pun­to mi des­tino mar­ca las tem­pe­ra­tu­ras inusua­les de esta madru­ga­da cordobesa. 

Via­jo a una de las tan­tas raí­ces huma­nas del cam­bio climático. 

De sales y celulares

Des­pués de kiló­me­tros de mon­te, la ruta empie­za a estar sur­ca­da por la sal a medi­da que atra­ve­sa­mos las Sali­nas Gran­des y nos aden­tra­mos en terri­to­rio cata­mar­que­ño. De aquel lado de la ven­ta­ni­lla, el piso se vuel­ve blan­co, sal­pi­ca­do con algu­nas man­chas ver­des de peque­ños arbus­tos, de este lado, un ado­les­cen­te rubio jue­ga con su celu­lar. El telé­fono que­da en con­tras­te con el blan­co del salar y resul­ta difí­cil enten­der cómo ese apa­ra­to tan pro­li­jo que man­da y reci­be seña­les de todo el mun­do está hecho, en par­te, de lo que se escon­de en este sue­lo ári­do, inhós­pi­to, solitario.

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(Ima­gen: Pren­sa Be​.Pe.)

La extrac­ción de litio de la sal­mue­ra pre­sen­te en los sala­res aumen­tó en las últi­mas déca­das de la mano de la pro­duc­ción de bate­rías para celu­la­res y compu­tado­ras. Actual­men­te, su deman­da cre­ció tan­to que se habla de la “fie­bre del litio” o del “oro blan­co”, una fie­bre que ya lle­gó a nues­tro país, don­de hay varios sala­res con poten­cial para esta mine­ría en las pro­vin­cias de Cata­mar­ca, Jujuy y Sal­ta. En Argen­ti­na, ya exis­ten 18 pro­yec­tos avan­za­dos de litio, ade­más de pro­yec­tos en explo­ra­ción ini­cial en 23 sala­res, según infor­mó la Secre­ta­ría de Mine­ría de la Nación en enero del año 2020.

La sal­mue­ra es uno de los líqui­dos pre­sen­tes en los sala­res, que las mine­ras extraen con bom­bas espe­cia­les a varios metros de pro­fun­di­dad. Duran­te un lar­go pro­ce­so, el agua se va eva­po­ran­do a cie­lo abier­to en gran­des pile­to­nes para lograr que se con­cen­tre el mine­ral, que lue­go se sepa­ra para gene­rar el car­bo­na­to de litio que se expor­ta fue­ra del país. Este es el méto­do más bara­to para extraer litio, por­que la eva­po­ra­ción depen­de de las con­di­cio­nes meteo­ro­ló­gi­cas excep­cio­na­les de luga­res como la puna y los hume­da­les altoan­di­nos, rela­cio­na­das con la extre­ma ari­dez y las esca­sas llu­vias; es decir, con la fal­ta de agua. 

Un méto­do que ha sido cata­lo­ga­do de pre­his­tó­ri­co por la Dra. Veró­ni­ca Fle­xer, elec­tro­quí­mi­ca del CONICET y exper­ta en litio, quien expli­ca que “una explo­ta­ción pro­me­dio de litio, con el méto­do eva­po­ra­ti­vo en las sal­mue­ras, eva­po­ra apro­xi­ma­da­men­te 10 millo­nes de metros cúbi­cos de agua por año. Esa can­ti­dad es equi­va­len­te al con­su­mo de una ciu­dad de 70.000 habi­tan­tes en el mis­mo perio­do de tiem­po”. Esta situa­ción lle­va a muchxs a con­si­de­rar que “la mine­ría del litio en sala­res es una mine­ría del agua”, tal como afir­ma la inves­ti­ga­do­ra y docen­te de la Facul­tad de Cien­cias Exac­tas y Natu­ra­les de la Uni­ver­si­dad de Bue­nos Aires (UBA), Susa­na Gallardo. 

Según un infor­me de la aso­cia­ción Be​.Pe sobre la Mine­ría Trans­na­cio­nal de litio en lagu­nas altoan­di­nas de Cata­mar­ca, un 44% del litio pro­du­ci­do a nivel mun­dial se des­ti­na a la fabri­ca­ción de bate­rías y el 56% res­tan­te a otros usos indus­tria­les (entre ellos, la fabri­ca­ción de agro­tó­xi­cos, la físi­ca nuclear o los acon­di­cio­na­do­res de aire). Es decir que el celu­lar que man­tie­ne ocu­pa­do al ado­les­cen­te en su asien­to, las pan­ta­llas de las que hace­mos uso y abu­so cada hora, escon­den en su mate­ria pri­ma el con­su­mo a gran esca­la de uno de los bie­nes comu­nes más esen­cia­les para la vida huma­na pre­sen­te y futu­ra, jus­ta­men­te ahí don­de escasea. 

El colec­ti­vo lle­ga a des­tino. La ciu­dad de Cata­mar­ca arde en silen­cio en ple­na sies­ta, don­de me espe­ra Mer­ce­des, de la aso­cia­ción Be​.Pe, para subir a una camio­ne­ta y seguir avan­zan­do sol adentro. 

De trián­gu­los y montañas

—Esta es la úni­ca som­bra por acá —dice Manuel cuan­do baja­mos del auto y nos aco­mo­da­mos bajo un alga­rro­bo a comer unos sánd­wi­ches. Sus pala­bras sobran: des­de que sali­mos de la ciu­dad de Fiam­ba­lá, don­de pasa­mos la noche, para avan­zar sobre un medio­día de 40 gra­dos rum­bo al nor­te, solo vimos algún que otro arbus­to a ras del sue­lo entre la tie­rra seca. Así que, cuan­do toma­mos una bifur­ca­ción y un par de árbo­les se abrie­ron ante nosotrxs, vimos un oasis. 

Manuel y su pare­ja Joha­na, jun­to a sus hijxs Car­la y Nabil, nos acom­pa­ñan en esta par­te del tra­yec­to, don­de el asfal­to ha des­apa­re­ci­do y no hay car­te­les ni pobla­do­res que indi­quen el camino. Lxs dos son gran­des cono­ce­do­res de estas lati­tu­des: su par­ti­ci­pa­ción en la ONG Be​.Pe, en la Aso­cia­ción de Cam­pe­si­nos del Abau­cán (ACAMPA) y en la FM Hori­zon­te, la radio de la zona, los lle­va a reco­rrer incan­sa­ble­men­te estos paisajes. 

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(Ima­gen: Pren­sa Be​.Pe.)

—Todo este círcu­lo entre mon­ta­ñas es el Bol­són de Fiam­ba­lá. Acá esta­mos en pre­cor­di­lle­ra —dice Manuel con su bra­zo ancho y moro­cho apo­ya­do en la camio­ne­ta blan­ca y el otro sos­te­nien­do su sánd­wich — . Allá está el cor­dón de San Bue­na­ven­tu­ra –dice levan­tan­do aho­ra su bra­zo hacia el nor­te para indi­car varios picos de más de 5.000 metros de altu­ra que mar­can el final de la Puna — . Y ahí atrás es don­de está la mine­ra: don­de hay un valle como este que ya es cor­di­lle­ra —agre­ga seña­lan­do la Cor­di­lle­ra de los Andes que cubre el hori­zon­te en el oeste. 

Ahí atrás, en el lugar don­de la nie­ve se vuel­ve agua de des­hie­lo y baja por las cuen­cas a saciar la sed de todo el valle, está la mine­ría de litio. Ahí, don­de se ele­van las cum­bres más altas de Amé­ri­ca como el Mon­te Pis­sis, el segun­do vol­cán más alto del mun­do, está el Pro­yec­to Tres Que­bra­das, que toma su nom­bre jus­ta­men­te de una de las lagu­nas altoan­di­nas de Cata­mar­ca. Ahí, en el hume­dal pro­te­gi­do inter­na­cio­nal­men­te, la empre­sa LIEX de la mine­ra cana­dien­se Neo Lithium avan­za des­de hace años en la explo­ra­ción de un pro­yec­to de extrac­ción de litio median­te sal­mue­ras que abar­ca, según la pro­pia fir­ma, una super­fi­cie de apro­xi­ma­da­men­te 35.000 hectáreas. 

Las mon­ta­ñas que vemos alzar­se hacia el cie­lo alber­gan en su inte­rior una de las mayo­res reser­vas de litio. Jun­to a otras zonas de Argen­ti­na, suman el 19% de los recur­sos de este metal en el mun­do, que lle­van a que nues­tro país for­me par­te del lla­ma­do “Trián­gu­lo del litio” jun­to con Boli­via y Chi­le. Inclu­so, la revis­ta For­bes comen­zó a hablar de la unión de los tres paí­ses como la “Ara­bia Sau­di­ta del litio”, ya que jun­tos con­cen­tran más de la mitad de los recur­sos del mine­ral que se pro­yec­ta como indis­pen­sa­ble para la ener­gía en el futu­ro, al igual que lo fue el petró­leo duran­te el siglo XX. 

Pero tal como seña­la el infor­me que rea­li­za Be​.Pe, “la deno­mi­na­ción de la zona como Trián­gu­lo del litio repro­du­ce dos de las con­di­cio­nes bási­cas del extrac­ti­vis­mo”. Por un lado, la mar­ca­da con­cen­tra­ción en el mer­ca­do de este mine­ral, cuyos yaci­mien­tos “están casi abso­lu­ta­men­te en manos de pri­va­dos trans­na­cio­na­les sin tener el Esta­do nacio­nal nin­gún tipo de polí­ti­ca o par­ti­ci­pa­ción en la cade­na de valor del litio” y sin obte­ner prác­ti­ca­men­te nin­gu­na ren­ta­bi­li­dad. Por otro lado, esta deno­mi­na­ción defi­ne los terri­to­rios de acuer­do a las mate­rias pri­mas que pue­den dis­po­ner para el sis­te­ma pro­duc­ti­vo y eco­nó­mi­co mun­dial, ocul­tan­do sus carac­te­rís­ti­cas par­ti­cu­la­res y su rol en el medio ambien­te, inevi­ta­ble­men­te global. 


En otras pala­bras, en la zona de Suda­mé­ri­ca don­de el “Trián­gu­lo del litio” ve con­cen­tra­ción de sales y mine­ra­les a expor­tar, exis­te un eco­sis­te­ma de hume­da­les que invo­lu­cran no sólo sala­res, sino tam­bién ríos, vegas, gla­cia­res cor­di­lle­ra­nos, flo­ra y fau­na adap­ta­das a ambien­tes desér­ti­cos, capas de agua dul­ce y sala­da en un com­ple­jo sis­te­ma de acuí­fe­ro sub­te­rrá­neo que ha tar­da­do miles de años en for­mar­se, y has­ta rocas que datan del ori­gen de la vida en la Tie­rra. Un terri­to­rio don­de, ade­más, habi­tan pobla­cio­nes huma­nas, comu­ni­da­des ori­gi­na­rias y cam­pe­si­nas, que depen­den del eco­sis­te­ma que les rodea. 


—Ahí va la gen­te a hacer andi­nis­mo, que aho­ra está de moda. Antes, a los turis­tas que iban a esca­lar los lle­va­ban los arrie­ros, los pues­te­ros de la zona: se iban con ocho, diez mulas para lle­var sus cosas, ali­men­tos, los deja­ban ahí y a los días los iban a bus­car. Pero des­de que abrie­ron hue­llas para las mine­ras, ya los lle­van en 4×4 —cuen­ta Manuel mien­tras ter­mi­na­mos nues­tra para­da de almuerzo. 

El arrie­ro va

Are­na y más are­na. Hue­llas que vue­lan en medio del gua­dal. Des­pués, un camino angos­to don­de el ver­de cre­ce, los ani­ma­les apa­re­cen ‑unas vein­te cabras y cabri­tos nos miran pasar- y las espi­nas del mon­te chi­rrían con­tra la cha­pa del auto has­ta desem­bo­car en un con­jun­to de ála­mos que se ele­van hacia el cie­lo. Enton­ces, Juan apa­re­ce. Impo­si­ble no escu­char nues­tros moto­res que se acer­can entre el silen­cio de can­to de pája­ros que lo rodea. 

Mien­tras Manuel empie­za a bajar del auto herra­mien­tas, bol­sas arpi­lle­ras, y otros mate­ria­les que le trae para su pues­to, Juan nos salu­da con su gorra y una cami­sa col­gan­do a los cos­ta­dos de su cara a modo de pelo lar­go. Su reci­bi­mien­to es sua­ve, de ges­tos pau­sa­dos: ni una piz­ca de la eufo­ria espe­ra­ble en alguien lle­va días, qui­zás sema­nas en sole­dad, pue­de leer­se en su mira­da vidrio­sa y calma. 

Noso­tros aquí prác­ti­ca­men­te nos hemos cria­do, todo es sa-cri­fi­cio nues­tro. Cuan­do yo tenía doce años y mi her­mano vein­ti­dós años, hici­mos estas pir­cas, todo tra-ído a anga­ri­llas, a espal­da –empie­za dicien­do Juan con su tona­da cata­mar­que­ña y cam­pe­si­na, y seña­la la pared de pie­dras gran­des de la casa que bor­dea un cos­ta­do de la gale­ría en la que nos sentamos.

Rodeadxs de mon­tu­ras y alam­bres, nos pone­mos a tomar mate fren­te a un fogón don­de humea una pava negra de hollín. Arri­ba, tres peda­zos de car­ne y varios cue­ros de cabra cuel­gan del techo.

—Y bueno, des­pués me fui yo a rolar tie­rra, como se dice, y mi her­mano que­do aquí. Y ya aho­ra está vie­jo, poco pue­de, así que de-cidí venir­me a acom­pa­ñar­lo y a‑cuidar lo que hemos hecho —agre­ga deba­jo del char­qui, inun­da­do por un ejér­ci­to de mos­cas que le son indiferentes. 

Hace solo un par de meses que Juan vol­vió a esta, su casa natal, un pues­to per­di­do al pie de la mon­ta­ña a 14 horas de la ciu­dad de Cór­do­ba capi­tal, el pun­to más lejano de este recorrido. 

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(Ima­gen: Pren­sa Be​.Pe.)

—¿Hay muchos pues­tos en esta zona? 

Aquí ya que­da muy poco, casi nada de pues­tos, hay más para la zona del cerro aquel, del lado del litio. Para mí, es el Esta­do que nos ha echao a per­der: cuan­do era chi­co, esta­ba todo lleno de hacien­da y se abas­te­cía con car­ne de la zona. Y des­pués, toda la gen­te se ha empe­zao a ir al pue­blo, a tra­ba­jar con una beca, un plan y ahí viven, pidien­do al muni­ci­pio. Yo no lo veo así, yo quie­ro hacer mis cosas, y he vuel­to con las cabras para acá, si no, ya no había más nadie con hacien­da en esta zona… 

Juan vol­vió des­de Meda­ni­tos, el pue­blo don­de vivía des­de hacía años, a unos 50 kiló­me­tros de acá. Y vol­vió con sus ani­ma­les, cami­nan­do: le hemos meti­do 24 horas y media has­ta aquí –cuen­ta con un gallo que can­ta deba­jo de su voz. 

—¡Muchí­si­mo! ¿Con las cabras?

—Con las cabras –res­pon­de Juan bajan­do el men­tón y se ríe, con cier­ta dul­zu­ra, de mi sor­pre­sa — . Acá tene­mos cabras nomás. Y hay que hacer­las parar, des­pa­ci­to, comiendo…

Aun­que esta vez lo hizo para mudar­se, hace tiem­po que Juan lle­va y trae sus ani­ma­les des­de Meda­ni­tos has­ta este pues­to como par­te de su tra­ba­jo de arrie­ro. Las pri­me­ras veces, como el tras­la­do impli­ca­ba hacer pasar a sus ter­ne­ros a un terreno dife­ren­te, al que no esta­ban acos­tum­bra­das, les cons­tru­yó, a cada uno, unos zapa­ti­tos de cue­ro. Al lle­gar al nue­vo lugar, se los deja­ba un tiem­po, has­ta que se adap­ta­ran, y des­pués se los saca­ba, pata por pata.

El famo­so cam­bio de matriz ener­gé­ti­ca que anun­cia, por ejem­plo, las bon­da­des eco­ló­gi­cas que ten­drá la pro­duc­ción de autos eléc­tri­cos hechos con bate­rías de litio no tie­nen lugar en las vidas de quie­nes habi­tan las mon­ta­ñas que acu­mu­lan ese mine­ral. Los tras­la­dos son otros, sus tiem­pos tam­bién. Sus con­su­mos son vitales:

—Aquí esca­sea mucho el agua. Aho­ra, hemos supe­ra­do un poco la par­te eco­nó­mi­ca y hemos com­pra­do man­gue­ra para sacar de la ver­tien­te, allá a 500 metros, y si no, había que ir a traer en bal­de. Pero lle­gan los meses de sep­tiem­bre y siem­pre se ago­ta, y ya hay que bus­car la for­ma. Allá ten­go un poco de alfal­fa, pero se ha empe­za­do a secar, has­ta los noga­les, algu­nos se han seca­do por fal­ta de agua. Y bueno, lo lucharemos… 

Sos­te­ner la som­bra y el ali­men­to es una lucha dia­ria que dan Juan y su her­mano. Su mayor arma es saber a qué altu­ra poner las semi­llas, cómo cons­truir terra­zas de pie­dra para los cul­ti­vos, cómo palear la are­na blan­ca que pare­ce recu­brir el sue­lo de azú­car fil­tran­do la poca agua que lle­ga de la ver­tien­te. Su mayor arma es cono­cer a la per­fec­ción el eco­sis­te­ma que le da la vida. Sin embar­go, no cono­ce esa nue­va indus­tria que cre­ce mon­ta­ña arri­ba, esa que le preo­cu­pa, pero de la que ape­nas ha oído hablar. 

—¿Y usted cómo más sabe, eso del litio? ¿Es con­ta­mi­nan­te tam­bién? Uno de la mine­ría, me decía “no, la con­ta­mi­na­ción no pue­de lle­gar acá, por­que tie­nen pile­tas”. Pero esas pile­tas para mí se van fil­tran­do para aba­jo, lle­va a lo sub­te­rrá­neo. Y la gen­te tie­ne los ani­ma­les, tie­ne todo, y eso todo va al agua… –dice Juan mien­tras aga­rra la pava negra y ceba otro mate.

Cada per­so­na que visi­ta­mos, en la ciu­dad, los pue­blos, el cam­po del Bol­són de Fiam­ba­lá, evi­den­cia el des­co­no­ci­mien­to que exis­te sobre el pro­yec­to Tres Que­bra­das en la mis­ma pobla­ción que, según la ley, debe­ría ser infor­ma­da y con­sul­ta­da por el Esta­do antes de su apro­ba­ción, dado que es la que se verá afec­ta­da por sus con­se­cuen­cias y cuyos dere­chos al ambien­te y al agua se encuen­tran en peligro. 

El pro­pio mar­co nacio­nal e inter­na­cio­nal que bus­ca hacer fren­te a las con­se­cuen­cias de la acti­vi­dad empre­sa­rial en los Dere­chos Huma­nos ‑tales como los Prin­ci­pios Rec­to­res sobre Empre­sas y Dere­chos Huma­nos de Nacio­nes Uni­das, y las líneas direc­tri­ces de la Orga­ni­za­ción para la Coope­ra­ción y el Desa­rro­llo Eco­nó­mi­co (OCDE)- con­si­de­ra “expre­sa­men­te que la ins­ta­la­ción y pues­ta en mar­cha de los pro­yec­tos extrac­ti­vos com­pro­me­te las capa­ci­da­des de las comu­ni­da­des para satis­fa­cer sus nece­si­da­des”, tal como indi­ca el infor­me rea­li­za­do por Be​.Pe. Según esas mis­mas nor­ma­ti­vas, es deber de los Esta­dos pro­te­ger los dere­chos huma­nos fren­te a los efec­tos nega­ti­vos que pue­dan pro­du­cir sobre ellos las empre­sas que tra­ba­jan en su jurisdicción. 

Pero como indi­ca el mis­mo infor­me, las tie­rras que habi­tan estos pobla­do­res han sido defi­ni­das como “zonas de sacri­fi­cio”, prio­ri­zan­do la expor­ta­ción de recur­sos mine­ra­les a cos­ta de la devas­ta­ción de cier­tos terri­to­rios y la sobre­ex­plo­ta­ción de sus acuí­fe­ros. Una devas­ta­ción que ya pue­de com­pro­bar­se en esta mis­ma pro­vin­cia, en la zona de Anto­fa­gas­ta de la Sie­rra, don­de el Río Tra­pi­che, del cual se abas­te­ció de agua la mine­ra de litio FMC des­de el año 1997, ha sido expri­mi­do has­ta secar las vegas de las que viven los pues­te­ros, los cua­les ya sufrie­ron la muer­te de sus animales.

—El agua para mí es todo, por­que sin agua, no tene­mos nada: no tene­mos un ani­mal, no tene­mos una siem­bra, no tene­mos vida, sin agua… —dice Juan ele­van­do su mira­da des­de nues­tros ojos hacia el hori­zon­te, mien­tras las mos­cas se posan sobre su cami­sa blan­ca— El agua es algo pri­mor­dial para sobre­vi­vir a don­de sea. A don­de sea.

—¿Te gus­tan? —me pre­gun­ta Joha­na mos­trán­do­me cin­co higos que aca­ba de reco­lec­tar en la pal­ma de su mano. 

Dul­ces y lágri­mas campesinas 

Vale­ria entra apu­ra­da a su casa des­de el patio con un jog­ging y una cami­se­ta roja y negra que le cubren el cuer­po ente­ro. Dis­cul­pen, es que estoy hacien­do dul­ce, pero mejor nos que­de­mos acá por­que hace mucho calor –dice mien­tras se va direc­to al ven­ti­la­dor e inten­ta pren­der­lo, una vez, otra y otra, pero sin lograr que las aspas empie­cen a moverse. 

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(Ima­gen: Pren­sa Be​.Pe.)

Son las seis de la tar­de cuan­do, des­pués de seguir bor­dean­do las mon­ta­ñas, lle­ga­mos a nues­tra últi­ma para­da: la casa de Vale­ria y San­tia­go en el pue­blo de Chu­qui­sa­ca, uno de los case­ríos que inte­rrum­pen el pai­sa­je desér­ti­co con gru­pos de ála­mos y ver­des diver­sos que indi­can pre­sen­cia humana. 

Vale­ria nació en Boli­via y, a los 17 años, se vino a este lugar que habi­ta jun­to a su pare­ja, San­tia­go. Así paso la mayor par­te de su vida, tra­ba­jan­do la tie­rra, vivien­do de lo que pro­du­cía en este rin­cón de Cata­mar­ca, reco­rrien­do los cerros, pas­to­rean­do sus cabras, cami­nan­do lejos para dar­le de comer a sus lechones. 

—En todo hemos tra­ba­ja­do acá noso­tros: en todo. Pero aho­ra ya me can­sé, ya no me ayu­da la fuer­za para los ani­ma­les… Aho­ra estoy con las plan­tas, ela­bo­ran­do los dul­ces —dice con una voz que sue­na como el calor que entra por la puer­ta del come­dor: sofo­ca­da, sedien­ta, apagada. 

Vale­ria y San­tia­go tie­nen unas cien plan­tas de durazno, cin­cuen­ta de man­za­na, hor­ta­li­zas, flo­res de todo tipo. Pero hace algu­nos años que sien­ten cómo su cuer­po, su pue­blo y su tie­rra le han ido ponien­do lími­tes a su vida campesina.

—Hay años que hay fru­to y hay años que no, por las tem­pes­ta­des del calor —cuen­ta San­tia­go con su pelo blan­co y una peque­ña cica­triz en el cache­te — . Aquí hay vien­to zon­da cuan­do está flo­ran­do, enton­ces, el calor coci­na la fru­ta, se cae y ya no hay fru­to –dice y expli­ca que por eso hay tan­tos ála­mos, por­que es un árbol que resis­te la fal­ta de agua, la caí­da de pie­dra o gra­ni­zo, y que con su gran altu­ra sir­ve de cor­ti­na para fre­nar el vien­to en las zonas pobladas. 

Esta­mos en penum­bras: puer­tas y ven­ta­nas cerra­das impi­den que los rayos del atar­de­cer aumen­ten la trans­pi­ra­ción que cubre nues­tros cuer­pos mien­tras todxs repe­ti­mos que qué calor, que qué terri­ble. Vale­ria enton­ces se levan­ta, tras­la­da el ven­ti­la­dor a otro rin­cón del come­dor y lo cam­bia de enchufe.

—Antes, cuan­do noso­tros recién lle­ga­mos, acá no se usa­ba ven­ti­la­dor. Aho­ra esta­mos en mar­zo, abril, tam­bién calor toda­vía –comen­ta y mira con satis­fac­ción cómo por fin las aspas hacen que el aire empie­ce a girar.

De la mine­ría de litio, Vale­ria y San­tia­go tam­po­co saben mucho: que eso dicen, que han vis­to gen­te que subían y vol­vían de la mon­ta­ña, que supo­nen que están tra­ba­jan­do en la mina, pero que está todo en silen­cio por aho­ra. Su terri­to­rio, sin embar­go, que ya sufre los impac­tos de un cam­bio cli­má­ti­co glo­bal cau­sa­do por for­mas de vida muy dife­ren­tes a las de sus pobla­do­res, con­cen­tra­rá aún más las con­se­cuen­cias de un mode­lo de extrac­ción de mate­rias pri­mas para satis­fa­cer el aumen­to del con­su­mo de ener­gía en ciu­da­des ubi­ca­das a miles de kiló­me­tros de su realidad. 

Pero para esta fami­lia cam­pe­si­na, la fal­ta de agua no es el futu­ro, sino la dura tie­rra del presente.

El agua que lle­ga a Chu­qui­sa­ca pro­vie­ne de ver­tien­tes de las mon­ta­ñas, baja por arro­yos y ríos has­ta el ini­cio del pue­blo, y lue­go se dis­tri­bu­ye median­te cana­les. Al igual que en el res­to de los pue­blos de la zona, se orga­ni­za de for­ma comu­ni­ta­ria y fun­cio­na con tur­nos: un día, una fami­lia reci­be agua para rie­go, al otro día, le toca a otra casa y así has­ta que lle­gar a la últi­ma par­ce­la, para des­pués vol­ver a empezar. 

—Aho­ra fal­ta el agua más que nun­ca —con­ti­núa Vale­ria — . Como cua­tro años que muy poco tene­mos para regar, es un problema… 

Un pro­ble­ma que ya afec­ta la rela­ción con uno de sus veci­nos, que des­de hace un tiem­po no les deja pasar el agua del canal hacia su par­ce­la. Un pro­ble­ma que ya afec­ta la pasión de Vale­ria, que hace una son­ri­sa de orgu­llo y humil­dad cuan­do le digo que, según se comen­ta, es famo­sa en todo Fiam­ba­lá por la gran can­ti­dad y diver­si­dad de semi­llas agro­eco­ló­gi­cas que pro­du­ce, y que lue­go com­par­te e inter­cam­bia con otrxs cam­pe­sinxs que las siem­bran en sus tie­rras. Pero su pecho vuel­ve a cerrar­se entre sus hom­bros en poco segundos:

—Hay varias semi­llas que he per­di­do aho­ra por el tiem­po que hace de calor y fal­ta de agua, y no pue­do regar. Por ejem­plo, aho­ra, los toma­tes no alcan­za­ron a madu­rar, ya no hay agua. Estoy sem­bran­do muy poqui­to, ya no es lo mis­mo como cose­cha­ba de antes… 

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(Ima­gen: Pren­sa Be​.Pe.)

No hay agua y el cli­ma tam­bién ya cam­bia, vuel­ve a repe­tir Vale­ria y aplas­ta un pañue­lo sobre su rodi­lla dere­cha, como plan­chán­do­lo con sus manos o más bien como una excu­sa para bajar su mira­da cuan­do le vie­ne el agua de la tristeza. 

—¿Vie­ron el dul­ce? –pre­gun­ta segun­dos des­pués levan­tan­do su mira­da y su dig­ni­dad hacia a Joha­na, y vuel­ve a diri­gir­se a la puer­ta de atrás, mien­tras todas la segui­mos para ver su jardín. 

Lo pri­me­ro que apa­re­cen son olo­res lilas, ama­ri­llos, rosa­dos: flo­res que cre­cen sobre la are­na blan­ca y que ella va aca­ri­cian­do y nom­bran­do como a sus hijas. Con cui­da­do pisa­mos los sur­cos que sepa­ran la huer­ta: acá hay ajo, pue­rro y cebo­lla, dice mos­tran­do unas pocas hojas que se ele­van en la tie­rra seca. Esta es chía, pero no sé si va a lle­gar a dar semi­llas por­que le fal­ta agua… agre­ga seña­lan­do unas plan­tas altas y mar­chi­tas. Como ser, aho­ra, no hay durazno y la man­za­na está muy des­co­no­ci­da, no está como el año pasa­do: bien redon­di­ta, for­ma­da, dice San­tia­go más atrás mos­tran­do los fru­tos rojo páli­do que resis­ten en los árbo­les. Al fon­do, detrás de un mon­tón de mem­bri­llo secán­do­se al sol, una gran olla hier­ve sobre una estu­fa de barro: la vida empu­ja como un bro­te y Vale­ria se acer­ca una vez más a revol­ver con pacien­cia su dul­ce de cayote.

Fuen­te: La tinta

Itu­rria /​Fuen­te

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