Colom­bia. Des­pla­za­das por la gue­rra: cómo seguir viva lejos, en la mise­ria y sin tus hijxs

Por David Carran­za Muñoz. Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 18 de diciem­bre de 2020.

Ana Mei­ra Cas­tro per­dió la cus­to­dia de dos de sus hijos: el gobierno colom­biano se los qui­tó con el argu­men­to de que no podía garan­ti­zar­les sus dere­chos. El mayor, de 14 años, se ahor­có en un ins­ti­tu­to de meno­res, según las auto­ri­da­des. Al menos hace más de un año que no pue­de verlo.

El cuer­po de Dar­win(*) yace en el peque­ño fére­tro. Tie­ne el bra­zo izquier­do sobre el estó­ma­go y el dere­cho caí­do al cos­ta­do. Las pier­nas envuel­tas en una tela roja, cubier­tas por un plás­ti­co trans­pa­ren­te. La cami­sa azul le cubre has­ta la par­te alta de su cue­llo. Esta es la últi­ma ima­gen que Ana Mei­ra Cas­tro ten­drá de su hijo de 14 años.

Ana Mei­ra aban­do­nó el barrio Pam­bi­le­ro –en El Char­co, muni­ci­pio cos­te­ro al noroc­ci­den­te de Nari­ño– por “los con­flic­tos y la vio­len­cia”. Una tar­de de 2007 su barrio se lle­nó de extra­ños arma­dos. “Los unos habla­ban de los otros. Iban y venían en lan­chas, bus­ca­ban comi­da e infor­ma­ción. Noso­tros nos limi­tá­ba­mos a aten­der­los con res­pe­to y a res­pon­der lo que reque­rían”, recuerda.

–¿Dón­de está Edi­son? –pre­gun­ta­ron por el papá de sus hijos – . Si no apa­re­ce, los mata­mos a ustedes.

Cada día Ana Mei­ra se ente­ra­ba de los cadá­ve­res que apa­re­cían al cos­ta­do de la carre­te­ra y de los res­tos huma­nos que arras­tra­ba la corrien­te del río Tapa­je. Las ame­na­zas de esa gen­te son serias, pen­só. No había más tiem­po: empa­có las pocas cosas que tenía y se fue con sus cua­tro hijos a Cali. Tenía 24 años.

La fami­lia de Ana Mei­ra fue una de las 1.600 que se vie­ron for­za­das a huir de Nari­ño en 2007 por los enfren­ta­mien­tos entre las Fuer­zas Arma­das Revo­lu­cio­na­rias de Colom­bia (FARC), el Ejér­ci­to de Libe­ra­ción Nacio­nal (ELN) y el Ejér­ci­to. El infor­me del Comi­té Inter­na­cio­nal de la Cruz Roja de ese año con­clu­yó que en 68% de los muni­ci­pios del país hubo casos de des­pla­za­mien­to y que los más afec­ta­dos fue­ron El Char­co, Tame (Arau­ca) y Puer­to Asís (Putu­ma­yo). En 2005 el índi­ce de pobre­za en El Char­co era de 80,37%.

Ana Mei­ra lle­gó al barrio El Valla­di­to de Cali, un sec­tor al orien­te de la ciu­dad que for­ma par­te del dis­tri­to de Agua­blan­ca, don­de habi­tan unas 750.000 per­so­nas, casi 30% de la pobla­ción de Cali. La gran mayo­ría son víc­ti­mas de des­pla­za­mien­to for­za­do, espe­cial­men­te de la región del Pacífico.

–Yo vivía del rebus­que –cuen­ta Ana Meira.

En su pue­blo la comi­da y el comer­cio lle­ga­ban por las aguas del Pací­fi­co. En Cali era dife­ren­te. De los edi­fi­cios y el cemen­to no bro­ta­ban fru­tos para comer ni peces para cocinar.

–Por suge­ren­cia de unas veci­nas, me puse en la cabe­za un pla­tón lleno de chon­ta­du­ros y me fui a las calles a vender.

En El Valla­di­to había, y toda­vía hay, muchas per­so­nas en la mis­ma situa­ción que Ana Mei­ra, por eso es común que se reci­ban reco­men­da­cio­nes sobre qué hacer cuan­do se lle­ga a la ciu­dad. Uno de esos con­se­jos fue que se pre­sen­ta­ra ante la Uni­dad de Aten­ción y Orien­ta­ción al Des­pla­za­do (UAO) para hacer su regis­tro y el de sus hijos como víc­ti­mas de ese fenó­meno. La UAO es hoy el Cen­tro Regio­nal de Aten­ción Inte­gral a las Víc­ti­mas, un espa­cio en don­de se arti­cu­lan varias enti­da­des del Esta­do para orien­tar, acom­pa­ñar y hacer el segui­mien­to a las per­so­nas que sufrie­ron la gue­rra, con el fin de faci­li­tar sus dere­chos a la ver­dad, la jus­ti­cia y la repa­ra­ción. El obje­ti­vo de este trá­mi­te es que el Esta­do dis­pon­ga las con­di­cio­nes de pro­tec­ción, con­so­li­da­ción y esta­bi­li­za­ción eco­nó­mi­ca de los des­pla­za­dos inter­nos como con­se­cuen­cia del con­flic­to arma­do, que des­de 1985 suman unas 7,7 millo­nes de personas.

La noche del 7 de diciem­bre de 2011, Ana Mei­ra y su fami­lia fes­te­ja­ron el Día de las Veli­tas con sus veci­nos. Esta fes­ti­vi­dad es muy popu­lar en Colom­bia, una tra­di­ción en la que las comu­ni­da­des se reúnen a encen­der velas para vene­rar a la vir­gen María Inma­cu­la­da y así dar comien­zo a la Navi­dad. En el barrio hubo pól­vo­ra, músi­ca y comi­da. Los niños se jun­ta­ron y corrie­ron por las calles para reco­lec­tar la cera que se des­pren­día de las velas.

Esa noche Dar­win, su ter­cer hijo, se per­dió entre la mul­ti­tud. Ana Mei­ra lo bus­có has­ta el ama­ne­cer, pero no lo encon­tró. Al día siguien­te fue al pues­to de la Poli­cía. Los agen­tes le dije­ron que el niño, en ese enton­ces de seis años, esta­ba en la esta­ción, pero que lo entre­ga­rían al Ins­ti­tu­to Colom­biano de Bien­es­tar Fami­liar (ICBF), la enti­dad esta­tal a car­go de la pro­tec­ción de la pri­me­ra infan­cia, la niñez y la adolescencia.

En el ins­ti­tu­to le dije­ron a Ana Mei­ra que antes de devol­ver­le a su hijo, unos fun­cio­na­rios ten­drían que hacer una visi­ta a su casa. Cuan­do fue­ron, le dije­ron que la casa “no reu­nía las con­di­cio­nes de habi­ta­bi­li­dad pro­pi­cias”, cuen­ta la mujer. El piso era de tie­rra y las pare­des de made­ra. Ade­más, le exi­gie­ron que debía tener un cuar­to para cada uno de sus hijos.

Un docu­men­to del orga­nis­mo, fir­ma­do por la defen­so­ra de fami­lia María Salas, sos­tie­ne que no hay cons­tan­cia de que alguno de los fun­cio­na­rios del ins­ti­tu­to hubie­ra afir­ma­do que las con­di­cio­nes no eran “pro­pi­cias”. El mis­mo docu­men­to infor­ma que el 9 de mar­zo de 2012 había comen­za­do el pro­ce­so de res­ta­ble­ci­mien­to de dere­chos de Darwin.

Según ese docu­men­to, los dere­chos de Dar­win, en ese momen­to de sie­te años, se encon­tra­ban “ame­na­za­dos, vul­ne­ra­dos o inob­ser­va­dos” por par­te de sus padres. Por esta razón, el Esta­do tenía la obli­ga­ción de asis­tir al menor. Tam­bién en ese regis­tro se habla de un posi­ble pro­ce­so de adop­ta­bi­li­dad que “con­tra­rres­ta­ra la vul­ne­ra­ción de los dere­chos”. La mamá del niño ase­gu­ra que nun­ca exis­tió un desin­te­rés por nin­guno de sus hijos.

–Uno allá tie­ne todo, pero lle­ga a esta ciu­dad a enfren­tar­se al mons­truo –dice Ana Meira.

El 24 de enero de 2014, la mujer encon­tró a Yerry(*), el cuar­to de sus hijos, de seis años, recos­ta­do en la cama con fie­bre. Lo notó extra­ño. Le pre­gun­tó qué le pasa­ba, pero el niño no res­pon­dió. Tras un lar­go rato, Yerry se recos­tó sobre ella y la abra­zó. Le con­tó que un vecino de 16 años había abu­sa­do sexual­men­te de él.

La mujer lo lle­vó a una clí­ni­ca, don­de el abu­so sexual que­dó regis­tra­do en su his­to­rial médi­co. El cen­tro de salud infor­mó al ICBF sobre lo que había pasa­do con Yerry y el ins­ti­tu­to tam­bién se hizo car­go del niño. Ana Mei­ra pre­sen­tó una denun­cia penal, pero, según Nie­ves Vás­quez, su abo­ga­da, el pro­ce­so nun­ca arro­jó resul­ta­dos. La mamá de Yerry iden­ti­fi­có al joven que abu­só de su hijo. “La fami­lia del mucha­cho le dijo que si decía algo la mata­ban a ella o a Yerry. Allá en el barrio uno no pue­de decir nada por­que lo matan”, dice la abogada.

Ade­más de las ame­na­zas, había moti­vos de sobra para des­con­fiar de los resul­ta­dos de la Jus­ti­cia. 80% de estos casos que­dan en la impu­ni­dad, según la Fis­ca­lía y la Pro­cu­ra­du­ría. Esto, a pesar de que, en 2018, por ejem­plo, 87% de exá­me­nes por deli­tos sexua­les fue­ron prac­ti­ca­dos a niños, niñas y ado­les­cen­tes, lo que equi­va­le a 22.794 meno­res de edad violentados.

Foto: Stepha­nie Monte

Ana Mei­ra ase­gu­ra que siem­pre estu­vo pen­dien­te de sus hijos, aun cuan­do dos de ellos que­da­ron bajo cus­to­dia del Esta­do. “Íba­mos a cele­brar­les los cum­plea­ños allá y todo”, cuen­ta. Sin embar­go, dice que en varias de esas visi­tas le exi­gie­ron fir­mar docu­men­tos para poder ver­los. Ella lo hizo sin enten­der lo que acep­ta­ba. Ana Mei­ra y su abo­ga­da están con­ven­ci­das de que esas fir­mas fue­ron las que habi­li­ta­ron al ICBF a abrir los pro­ce­sos de adop­ta­bi­li­dad de sus dos hijos. El ins­ti­tu­to dice que no obró con des­leal­tad y que avi­sa­ron sobre todas las deci­sio­nes que se toma­ron con res­pec­to a los niños.

El 23 de mar­zo de 2017, el Juz­ga­do Sép­ti­mo de Fami­lia de Cali decla­ró a Dar­win en situa­ción de adop­ta­bi­li­dad. Esa deci­sión disol­vió el víncu­lo legal de madre e hijo entre Ana Mei­ra y Dar­win. El caso de Yerry, aun­que se pre­sen­tó para el mis­mo pro­ce­so, se encuen­tra en el Con­se­jo de Esta­do pen­dien­te por resol­ver ante un con­flic­to de competencias.

El ICBF y la Fun­da­ción Cai­ce­do Gon­zá­lez, orga­ni­za­ción que mane­ja los hoga­res sus­ti­tu­tos don­de estu­vie­ron los hijos de Ana Mei­ra, ase­gu­ran que la últi­ma visi­ta de la madre fue en agos­to de 2018. Ella lo nie­ga. Dice que duran­te todo el tiem­po que estu­vo sepa­ra­da de sus hijos sólo se ausen­tó por dos meses, tiem­po en el que vol­vió a El Char­co por­que le resul­ta­ba más fácil con­se­guir tra­ba­jo y dine­ro que usa­ría para hacer las refac­cio­nes a su casa que le habían exi­gi­do los fun­cio­na­rios. Inclu­so, ase­gu­ra que dio avi­so al ins­ti­tu­to antes de dejar Cali, pero que fue infor­mal­men­te, en una conversación.

A Ana Mei­ra le impi­die­ron poner­se en con­tac­to con sus hijos des­de media­dos de 2019, según cuen­ta. No pudo vol­ver a ver­los ni a hablar por telé­fono con ellos. No reci­bió infor­ma­ción algu­na has­ta el men­sa­je de Whatsapp que lle­gó a su celu­lar el 19 de diciem­bre, en el que le pedían que fue­ra al día siguien­te al instituto.

El 20 de diciem­bre, cuan­do Ana Mei­ra lle­gó a la cita que le había agen­da­do la defen­so­ra de fami­lia Kari­na Vélez en una de las sedes del ins­ti­tu­to en Cali, la fun­cio­na­ria le entre­gó un documento.

–Tie­ne que fir­mar­lo antes de con­tar­le lo que pasó.

La mujer se negó. La fun­cio­na­ria le arre­ba­tó el docu­men­to y la miró a los ojos.

–Su hijo Dar­win se sui­ci­dó. Se ahorcó.

Ana Mei­ra se que­dó sin palabras.

–Apu­re, m’hija, que el entie­rro es ya.

El cuer­po del niño fue encon­tra­do con sig­nos de asfi­xia por ahor­ca­mien­to. El cuer­po ingre­só a la mor­gue a las 6.43 de la tar­de del 18 de diciem­bre de 2019. Ves­tía un pan­ta­lón ver­de y una cami­se­ta azul talla XL que no corres­pon­día con su 1,72 metros de estatura.

“Era mamá para entre­gar­le el muer­to, pero no era mamá para entre­gar­le al niño vivo”, dice la abo­ga­da Vás­quez. Inme­dia­ta­men­te des­pués de que supo lo que había pasa­do con Dar­win, Ana Mei­ra pre­gun­tó por su otro hijo.

–¿Yerry cómo está? ¿Dón­de está?

–Ese niño tam­po­co es suyo, es del ins­ti­tu­to –le dijo la defen­so­ra Vélez.

Yerry no pudo ver a su mamá ni siquie­ra tras la muer­te de su hermano.

Foto: Stepha­nie Monte

Lo úni­co que Ana Mei­ra sabe de Yerry es por el infor­me que dio la Fun­da­ción Cai­ce­do Gon­zá­lez para con­tes­tar a una de sus tute­las. En el docu­men­to dice que el niño tuvo una con­sul­ta de medi­ci­na gene­ral el 27 de diciem­bre de 2019 en la que el médi­co le diag­nos­ti­có des­nu­tri­ción y tras­torno de estrés pos­trau­má­ti­co, por lo que lo remi­tió a psicología.

En enero de 2020, Yerry tuvo otro con­trol médi­co, en el que regis­tró un peso de 38 kg y una altu­ra de 1,48 metros. Según Ana Mile­na Lemos, direc­to­ra eje­cu­ti­va y repre­sen­tan­te legal de la fun­da­ción, esas cifras indi­can que se encon­tra­ba den­tro de los pará­me­tros ade­cua­dos para la edad. Sin embar­go, de acuer­do con una tabla del Texas Heart Ins­ti­tu­te, Yerry esta­ba por deba­jo del peso adecuado.

Ante la impo­ten­cia y la des­ilu­sión en la Jus­ti­cia colom­bia­na, la abo­ga­da Vás­quez lle­va­rá el caso ante la Comi­sión Inter­ame­ri­ca­na de Dere­chos Humanos.

“Me con­de­na­ron a mí y a mi fami­lia por ser pobre y des­pla­za­da”, dice Ana Mei­ra. “Me ven­go des­pla­za­da por la vio­len­cia de El Char­co, Nari­ño. Aquí el gobierno me levan­ta mis dos hijos, devuel­ve uno muer­to y el otro des­apa­re­ci­do. ¿Pue­de ser jus­to eso para una madre?”.

(*) Los nom­bres fue­ron modi­fi­ca­dos por moti­vos lega­les. Este artícu­lo fue pro­du­ci­do en el mar­co del Labo­ra­to­rio de Perio­dis­mo Situado.

Fuen­te: La Dia­ria (Uru­guay)

Foto prin­ci­pal: Stepha­nie Monte

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