Uru­guay. Sem­blan­za de Ricar­do Zabal­za: Antesala

Por Jor­ge Zabal­za, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 12 de diciem­bre de 2020.

foto: Ricar­do Zabal­za, tupa­ma­ro ase­si­na­do por las balas poli­cia­les en la toma de la loca­li­dad de Pando.

El día que murió la abue­la Joa­qui­na, los mayo­res fue­ron a velar­la y los nie­tos que­da­mos en casa. Con el Mono, mi pri­mo mayor, subimos a Ricar­do a un carro de cua­tro rue­das a cuya baran­da ata­mos un ven­ti­la­dor de mesa a modo de héli­ce y empu­ja­mos al “avión” cues­ta deba­jo por la calle Trein­ta y Tres. Cuan­do qui­si­mos acor­dar, mi her­ma­ni­to iba a toda velo­ci­dad, rum­bo al Mer­ca­do Muni­ci­pal, has­ta que, en la esta­ción de naf­ta del Negro Scuar­cia, el roda­do des­ba­rran­có y el niño cayó al sue­lo. Alar­ma­dos el cor­te en la fren­te lla­ma­ron a mi padre. Cum­pli­mos una con­de­na de más de un mes sin salir. Fue su cica­triz de ini­cia­ción, adqui­ri­da con poco más de un año de vida. 

A los diez años, más o menos, ya se eno­ja­ba al menor vien­ti­to y por eso le decía­mos Gallo de Lata. Jugá­ba­mos al fút­bol en la calle José Enri­que Rodó, fren­te a la casa de mis tías. Sin que­rer, la pelo­ta ter­mi­nó en el patio de las vete­ra­nas seño­ri­tas Cas­tro. El Gallo subió a mis hom­bros, se enca­ra­mó en el muro de dos metros y sal­tó aden­tro. Aga­rró la pelo­ta y la devol­vió a la calle. El perra­zo salió de la nada, Ricar­do corrió como quién vio al dia­blo, tre­pó el muro y sal­tó enci­ma mío, pero, el bicho alcan­zó a arran­car­le un peda­zo de pan­to­rri­lla. Con un sus­to de pelí­cu­la, lo lle­vé a “cacun­da” has­ta lo del tío Beto, que no era médi­co, pero tenía una far­ma­cia. Le die­ron los pri­me­ros auxi­lios. Esta vez la con­de­na duró un par de meses.

La ter­ce­ra vez ya esta­ba en el liceo y yo en pri­me­ro de pre­pa­ra­to­rios. Que­ría­mos entre­nar para cazar coto­rras en el Par­que Rodó. La Inten­den­cia paga­ba un vin­tén por cada una, para que la orques­ta muni­ci­pal pudie­ra tocar sin que el biche­río arma­ra escán­da­lo. Ricar­do se paró en el patio del fon­do con el bra­zo esti­ra­do y empu­ñan­do una pis­to­la de plás­ti­co. Yo apun­ta­ba con la chum­be­ra des­de la azo­tea. Des­pués cam­bia­ría­mos de roles. El chum­bo se lo extra­jo de la mano el tío Beto. Entre pul­gar e índi­ce lle­vó para siem­pre un bul­to que recor­da­ba su valor y mi bue­na pun­te­ría. Papá par­tió la chum­be­ra con­tra la esca­le­ra y yo cum­plí una con­de­na de tres meses.

Ricar­do lle­va­ba sus cica­tri­ces con orgu­llo de vas­co. Las sen­tía como con­de­co­ra­cio­nes por lin­dos recuer­dos de aque­lla infan­cia sin ham­bre, preo­cu­pa­cio­nes o dolo­res, trans­cu­rri­da bajo una pro­tec­ción invi­si­ble e intan­gi­ble, como en un ensue­ño, ino­cen­tes de realidad. 

Allá por el 2013, con Vero­ni­ka y un gru­po de com­pa­ñe­res crea­mos la “Fun­da­ción Ricar­do Zabal­za”. Nos pro­po­nía­mos un cen­tro dedi­ca­do al tra­ba­jo social que abar­ca­ra, prin­ci­pal­men­te los temas de la ado­les­cen­cia barrial, mater­ni­dad y dro­ga­dic­ción. Empe­za­ría­mos en San­ta Cata­li­na y el Oes­te mon­te­vi­deano, terri­to­rio que cono­cía bas­tan­te a fon­do y, des­pués de esa pri­me­ra expe­rien­cia, ver has­ta don­de podía­mos lle­gar. Fue­ron lar­gos los trá­mi­tes para obte­ner la nece­sa­ria per­so­ne­ría jurí­di­ca. En el inter­ín salió la idea de escri­bir una bio­gra­fía de Ricar­do y, gra­ba­dor en mano, con Vero­ni­ka nos fui­mos a Minas, bus­can­do tes­ti­mo­nios. Las entre­vis­tas abar­ca­ron el espec­tro social minuano, por­que la reali­dad de nues­tros pri­me­ros años de vida osci­la­ba entre ambos polos socia­les. Zel­mar Ric­cet­to (hijo) lo defi­nió con cer­te­za: “Ricar­do era un anda­rie­go, anda­ba por los barrios, juga­ba al fút­bol en todos lados, allá en la Caña­da y en el Barrio Olím­pi­co, ahí lo cono­cí. Iba todas las tar­des a jugar, ¡y juga­ba muy bien!”. El fút­bol era nues­tro cen­tro de inte­rés. Si no está­ba­mos jugan­do (en el recreo de la escue­la, al salir de ella, en la can­cha de lo “Bom­be­ros” o en el cam­pi­to de la ANCAP), nues­tras con­ver­sa­cio­nes ado­les­cen­tes gira­ban en torno a Mara­ca­ná, el mun­dial del 54, la selec­ción de Lava­lle­ja de los 60, el Peña­rol del 49 y el del 66. Vivía­mos colec­cio­nan­do figuritas. 

El “Ade­li­ta” Váz­quez y el “Gallo” eran ami­gos del alma. Nacie­ron para jugar al fút­bol, dota­dos de esa plas­ti­ci­dad de artis­tas, que les per­mi­tía dor­mir en el empei­ne la pelo­ta que caía des­de las nubes como llo­vi­da del cie­lo o ama­gar para des­con­cer­tar al rival antes de gam­be­tear­lo. Ricar­do jugó en el “Zamo­ra”, el cua­dro de la caña­da, a la que escri­bió Car­li­tos Porri­ni y can­tó Daniel Vigliet­ti, zona de fami­lias labu­ran­tes y humil­des, con una iden­ti­dad barrial muy fuer­te. El fút­bol nos hizo aban­do­nar la sobre­pro­tec­ción social y polí­ti­ca del ape­lli­do y aven­tu­rar­nos en mares abier­tos y pro­ce­lo­sos don­de no era sen­ci­llo nave­gar. La escue­la públi­ca, la pla­za de depor­tes y el cam­pi­to (en mi caso, jugan­do al bás­quet­bol) edu­ca­ron nues­tra sen­si­bi­li­dad social has­ta con­ver­tir­la en soli­da­ri­dad con el opri­mi­do. La ante­sa­la del sui­ci­dio de clase. 

Los téc­ni­cos del “Zamo­ra” fue­ron los dos Mariano Váz­quez, padre y her­mano mayor del “Ade­la”; se pue­de afir­mar que influ­ye­ron en la for­ma­ción del carác­ter de Ricar­do bas­tan­te más que muchos de sus maes­tros y pro­fe­so­res. Entre los tes­ti­mo­nios gra­ba­dos, esco­jo el del “Ade­la”: “…ven­go a hablar de Ricar­do, por eso, por­que fue una exce­len­te per­so­na, un mucha­cho muy humil­de, el no tenía prio­ri­dad, por­que noso­tros no podía­mos vin­cu­lar­nos con las per­so­nas pudien­tes del cen­tro, del Club Minas. Había dos clu­bes acá, el Minas y el Demo­crá­ti­co y la mamá lo man­da­ba al Club Minas, a los bai­les infan­ti­les, pero Ricar­do opta­ba por sacar­se la cor­ba­ta y irse con noso­tros al bar del famo­so Car­los “el Chi­la” Porri­ni. Ahí esta­ba la famo­sa Caña­da Zamo­ra. Ahí nos cria­mos los once her­ma­nos de la fami­lia Váz­quez Ayusto”.

(…) “noso­tros andá­ba­mos todo el día en la vuel­ta del depor­te, en la pla­za se hacía atle­tis­mo, se hacía boxeo y el pro­fe­sor [Rada­més] Ven­tu­ra inau­gu­ró el cam­peo­na­to de los barrios. No tenía­mos cami­se­tas y ahí hici­mos la rifa y el “Loco”Augusto nos com­pró todas las rifas. Ahí mis­mo, en la esqui­na de Saran­dí y Batlle nos com­pra­mos las medias y las cami­se­tas en lo del “Tur­co” Elías. Mi cuña­da nos cosió los núme­ros a las cami­se­tas y gana­mos el cam­peo­na­to de pun­ta a pun­ta.” (…) “Ricar­do vino cuan­do se for­mó el Zamo­ra de baby, que lo tra­jo mi her­mano Mariano que le decían “Galar­za”. Y ahí empe­zó la amis­tad con­mi­go… ¡bah! Yo lo cono­cía de la Escue­la N° 2, pero ahí nos hici­mos ami­gos, bien ami­gos, pues.”

(…) “No fui al sepe­lio de él, ni nada, pero siem­pre lo voy a recor­dar, fue mi gran ami­go, una gran per­so­na. Un mucha­cho excep­cio­nal, humil­de, aun­que fue­ra de bue­na posi­ción. Yo tenía doce años y la per­so­na del cen­tro era del cen­tro y los del barrio éra­mos del barrio, pero Ricar­do siem­pre se venía para el barrio. Anda­ba en una bici­cle­ta, como dice Zel­mar, la bici­cle­ta azul, andá­ba­mos dos o tres arri­ba. Voy a decir una cosa que tenía él, todo posi­ti­vo era, por­que era estu­dio­so y cuan­do lle­ga­ba la hora de tener­se que ir a estu­diar, él se iba, aun­que tuvie­ra que ir a jugar al fut­bo­li­to. Ricar­do era ese hom­bre, el tío que yo tuve era Ricar­do, por­que si tenía frío se saca­ba el buzo y me lo daba”. (..) “Ricar­do venía a la casa de noso­tros, papá arre­gla­ba coci­nas en esa épo­ca. Des­pués Ricar­do empe­zó a traer al Chu­cho y lo tra­jo a jugar al Zamo­ra, des­pués empe­za­ron a venir varios del cen­tro a Zamora”. 

(…) “Enton­ces, fui­mos a jugar al Pla­ten­se en Mon­te­vi­deo a un cam­peo­na­to que orga­ni­za­ba Nobel Valen­ti­ni. Nos lle­va­ban en Cor­po­ra­ción de Ómni­bus, tele­vi­sa­ban en direc­to los par­ti­dos, eran las pri­me­ras tele­vi­sa­cio­nes en direc­to de baby fút­bol, jugá­ba­mos de tar­de y nos ayu­da­ba el Veco Lafe­rran­de­rie, que era de Minas y estu­vo en “El Grá­fi­co” de Bue­nos Aires. Noso­tros fui­mos a jugar ese cam­peo­na­to, Ven­tu­ra no acom­pa­ña­ba y mi her­mano diri­gía, iban Badio­la, Gar­cía, Alfre­do Telle­chea, que eran direc­ti­vos. Tomá­ba­mos el ómni­bus en la Pla­za Liber­tad, a las doce del medio­día nos íba­mos. El famo­so Lun­go Cubas, un hom­bre muy pobre, que ven­día núme­ros de lote­ría y hacía letras de mur­ga, venía con noso­tros. Cuan­do lle­gá­ba­mos al Pla­ten­se, (se pue­den ima­gi­nar que mi padre no nos podía dar dine­ro) yo iba con los zapa­ti­tos a jugar. Lle­ga­mos al Pla­ten­se y era de par­qué el piso y noso­tros lle­vá­ba­mos zapa­tos de fút­bol, enton­ces el Veco nos con­si­guió que nos pres­ta­ran cal­za­do para poder jugar en esa can­cha”. [El pro­ble­ma del cal­za­do era gra­ve para aque­llos guri­ses. Siem­pre que cua­dra, el Indio Arma­net­ti me cuen­ta cómo el Gallo se sacó sus cham­pio­nes nue­vi­tos y se los rega­ló en los baños del Pla­ten­se para que pudie­ra entrar a jugar].

(…) “Era un cam­peo­na­to nacio­nal de la liga uru­gua­ya” (…) “Y empe­za­mos a ganar y a ganar y empe­za­ron a alen­tar ¡Lava­lle­ja, Lava­lle­ja”! El Pla­ten­se esta­ba lleno, era un bochin­che bár­ba­ro y jugá­ba­mos con ore­je­ras, era otro mun­do para noso­tros, acos­tum­bra­dos a jugar en el pas­ti­to de la pla­za depor­tes”. (..) “Vol­vi­mos al pue­blo y todo el mun­do nos espe­ra­ba, nos aplau­día y gritaban”.

(…) “Yo qui­sie­ra vol­ver a tener la con­vi­ven­cia que tenía con Ricar­do, por­que no la pago con nada, no hay dine­ro que val­ga eso. Vol­ví a jugar en cuar­ta y en ter­ce­ra con Ricar­do, fue cuan­do comen­zó a andar en la famo­sa Ves­pa. Íba­mos al Tea­tro Lava­lle­ja a jugar al casín, que Ricar­do era el uno. Fui­mos de esos niños que nun­ca tuvi­mos mal­dad con nadie, sim­ple­men­te que­ría­mos diver­tir­nos, jugar al fút­bol, jugar al fut­bo­li­to, jugar al casín. Le gus­ta­ba el casín pero nun­ca dejó el estu­dio, por eso digo Ricar­do fue un mucha­cho qué… ¿cómo decir­les? Lo veo siem­pre con la son­ri­sa y un agu­je­ri­to acá en el cos­ta­do, esa son­ri­sa que no deja­ba nun­ca, y el día que se eno­ja­ba, ¡era bien bra­vo! Por eso le pusie­ron Gallo de Lata”. (…) “toda crian­za de bue­na cepa, no era de hacer picar­días, no había esa mal­dad, esa era la crian­za que tenía­mos. Jamás tuve un lío con Ricar­do, una sola vez lo vi llo­ran­do, pero fue cuan­do per­di­mos el invic­to de 49 par­ti­dos sin per­der. Creo que fue con el Molino Vie­jo o los Buzo­nes. Y me echa­ron a mí, enton­ces. Está­ba­mos en la pla­za de depor­tes, en las jau­li­tas de los ves­tua­rios, enton­ces me dijo “por cul­pa tuya per­di­mos”, me acuer­do que se esta­ba sacan­do las cham­pio­nes, como yo era que hacía los goles, “pero Ricar­do no seas malo, si me el juez me echó, que cul­pa ten­go yo”. Tenía­mos tre­ce años, pero lle­gá­ba­mos a los cator­ce y ya no podía­mos jugar más, des­pués pasa­mos a cua­dros de la liga, él jugo en Cen­tral y yo en Sportivo”.

(…) “Yo ter­mi­né sex­to y fui a tra­ba­jar con mi padre, fui­mos jun­tos a la selec­ción y sali­mos cam­peo­nes del Este…después se fue para la facul­tad. Y un día me dijo en el Café Orien­tal, había músi­ca, yo anda­ba con la barri­ta del Spor­ti­vo, y él venía salien­do, con un cha­le­co y siem­pre con la son­ri­sa. ¿Cómo andás? Yo bien, pero me metí en una cosa que no te pue­do decir qué es y yo no se lo dije nun­ca a nadie. Esta­ba con Maria­ne­la, fui y lo abra­cé y le pre­gun­té y me dijo eso. Vino con esa son­ri­sa. En la puer­ta del Orien­tal, un domin­go, él se iba el domin­go de noche para Montevideo.”

(…) “Y un día vino mi her­mano y me dijo “me lo mata­ron al Ricar­do”, el día que lo mata­ron en Pan­do fue el peor día de mi vida. Des­pués me encon­tré con el padre de Ricar­do. Me habla­ba para ver si yo le habla­ba de Ricar­do, pero nun­ca le hablé. Don Pedro era un buen tipo. Siem­pre me que­ría dar tra­ba­jo, pero nun­ca me gus­tó la polí­ti­ca, ni quie­ro saber de nada. Éra­mos sanos con Ricar­do, nos dedi­cá­ba­mos a com­par­tir. Ricar­do, si fue­ra aho­ra, no sé lo que sería acá en Minas, por­que era bueno, bueno mismo”.

30 de noviem­bre del 2020.

Jor­ge Zabalza

Nota de la Redac­ción: El 8 de octu­bre de 1969 el Movi­mien­to de Libe­ra­ción Nacio­nal – Tupa­ma­ros rea­li­za una acción gue­rri­lle­ra en la ciu­dad de Pan­do. Al orga­ni­zar la reti­ra­da son per­se­gui­dos por fuer­zas poli­cia­les, en ese con­tex­to se dis­gre­gan en peque­ños gru­pos y Ricar­do Zabal­za es ase­si­na­do por la policía.

Itu­rria /​Fuen­te

Artikulua gustoko al duzu? / ¿Te ha gustado este artículo?

Share on facebook
Share on Facebook
Share on twitter
Share on Twitter

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *