Argen­ti­na. La coar­ta­da repre­so­ra de la obje­ción de conciencia

Por Alfre­do Gran­de, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 12 de diciem­bre de 2020. 
Pro­fun­da ale­gría por la media san­ción de la ley que habi­li­ta la inte­rrup­ción legal del emba­ra­zo. Ale­gría que pro­pi­cia el desa­rro­llo del pen­sa­mien­to y sen­ti­mien­to crí­ti­co. Si la derro­ta debe ser pen­sa­da, para que la derro­ta no sea fra­ca­so, el triun­fo debe ser pen­sa­do para estar adver­ti­dos de que cuan­do se hace una ley, des­de antes ya están hechas muchas tram­pas. Este tex­to inten­ta hablar de una esas tram­pas. Es mejor hablar de las tram­pas antes de caer en ellas. El nom­bre de una esas tram­pas es “la con­cien­cia que objeta”.

La expre­sión de obje­ción de con­cien­cia pro­vie­ne ori­gi­na­ria­men­te de la nega­ti­va para rea­li­zar el ser­vi­cio mili­tar obli­ga­to­rio debi­do a per­so­na­les o reli­gio­sos moti­vos mora­les para no matar. Los obje­to­res de con­cien­cia eran sis­te­má­ti­ca­men­te cas­ti­ga­dos con los deno­mi­na­dos tra­ba­jos civi­les que casi siem­pre eran tra­ba­jos for­za­dos en luga­res leja­nos a su resi­den­cia habi­tual. El recha­zo a la gue­rra como esce­na­rio de crue­les masa­cres don­de adul­tos mata­ban a adul­tos sin tener la opor­tu­ni­dad de cono­cer­los. De abra­zar­los. De amar­los. La idea­li­za­ción de la gue­rra tenía uno de sus emble­mas en la abe­rran­te con­sig­na falan­gis­ta: “viva la muerte”.

Sin embar­go, en los últi­mos años, el con­cep­to ha sido usa­do por la pro­fe­sión médi­ca para negar­se a pro­por­cio­nar ser­vi­cios con los cua­les ellos per­so­nal­men­te dis­cre­pan, como la euta­na­sia, abor­to, anti­con­cep­ción, este­ri­li­za­ción, repro­duc­ción asis­ti­da u otros ser­vi­cios de salud – aún y cuan­do estos ser­vi­cios son lega­les y den­tro del ámbi­to de sus cua­li­fi­ca­cio­nes y prác­ti­ca. En con­cre­to, la Igle­sia Cató­li­ca y el movi­mien­to anti­abor­tis­ta se han apro­pia­do del tér­mino “obje­ción de con­cien­cia” para incluir la nega­ti­va por par­te del per­so­nal sani­ta­rio a pro­por­cio­nar o refe­rir­se al abor­to (y cada vez más, a la anti­con­cep­ción); entien­den que el abor­to es ase­si­na­to y se opo­nen a ello de for­ma impe­ra­ti­va. Como dijo el Papa Juan Pablo II: abor­to y euta­na­sia son ambos crí­me­nes que nin­gu­na ley huma­na pue­de pre­ten­der legitimar.

La cor­po­ra­ción médi­ca empre­sa­rial sos­tie­ne la vigen­cia de mi afo­ris­mo “detrás de cada prohi­bi­ción hay un nego­cio” La defor­ma­ción bio­lo­gi­cis­ta y con­fe­sio­nal for­ma­tea con­cien­cias. Y esta­ble­ce con la cer­te­za deli­ran­te de la dere­cha la esci­sión men­te cuer­po y una moral que geren­cia man­da­tos. Una moral que orde­na lo que se debe hacer con los cuer­pos. El hada que nun­ca fue invi­ta­da a ese ban­que­te es el deseo. Y la que siem­pre fue invi­ta­da es el hada eco­nó­mi­ca finan­cie­ra. Las leyes secas sola­men­te per­mi­ten des­ple­gar indus­trias clan­des­ti­nas de alta ren­ta­bi­li­dad. Indus­tria clan­des­ti­na de una impu­ni­dad sólo com­pa­ra­ble con la indus­tria de “la trata”.

La mora­li­na capi­ta­lis­ta habla de moral cuan­do nece­si­ta encu­brir la éti­ca del lucro. La obje­ción de con­cien­cia siem­pre fue una deci­sión indi­vi­dual. De inti­mas con­vic­cio­nes. La amplia­ción a la obje­ción de con­cien­cia ins­ti­tu­cio­nal es el triun­fo de la moral cor­po­ra­ti­va. Es dejar impu­ne la for­ma­ción médi­ca satu­ra­da de reduc­cio­nis­mos, man­da­tos reli­gio­sos, pre­jui­cios de cla­se, de géne­ro, de etnia. Lo digo como médi­co reci­bi­do en el año 1973. Si la obje­ción de con­cien­cia esgri­mi­da por los médi­cos es tan sólo para ren­dir plei­te­sía a la obs­ce­ni­dad cle­ri­cal, al ampliar­la como ins­ti­tu­cio­nal entra en el terreno de la por­no­gra­fía polí­ti­ca. Cuan­do una ins­ti­tu­ción ape­la a la obje­ción de con­cien­cia ins­ti­tu­cio­nal ins­tau­ra un régi­men de nega­ción de ser­vi­cios que con­tra­ría el dere­cho a la salud, y sub­vier­te su misión como inte­gran­te del sis­te­ma de salud.

La obje­ción ins­ti­tu­cio­nal gene­ra una varie­dad de daños. Al hacer la tram­pa, la ley hecha pue­de deve­nir esté­ril. O dar ini­cio a infi­ni­tas deman­das para las cua­les nun­ca fal­ta­rán abo­ga­dos pena­lis­tas que tam­bién sos­tie­nen la éti­ca del lucro. Hoy pode­mos decir: fue ley. Y segui­ré dicien­do que debe pro­lon­gar­se en la cons­truc­ción de una legi­ti­mi­dad con­sis­ten­te. Legi­ti­mi­dad que tie­ne que ver con el fun­da­men­to desean­te del suje­to y con lo que cada cul­tu­ra esta­ble­ce como “bien común”. La lega­li­dad sos­te­ni­da des­de la legi­ti­mi­dad logra una siner­gia invencible.

Como toda lucha, esta lucha ten­drá una vic­to­ria sin final. Por­que aho­ra ten­dre­mos que obje­tar a las y los que obje­tan. Y mucho más en su dimen­sión ins­ti­tu­cio­nal. Las tram­pas hechas para des­po­jar a la letra de la ley de su espí­ri­tu pue­den y deben ser des­ar­ma­das. Lo impor­tan­te es tener la con­vic­ción, la fir­me con­vic­ción, que la úni­ca lucha que se pier­de es la que deja de sos­te­ner­se en for­ma colec­ti­va y autogestionaria.

Fuen­te: Pelo­ta de trapo

Itu­rria /​Fuen­te

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