Esta­dos Uni­dos. Cómo la polí­ti­ca cayó en el fan­go: una his­to­ria de tan­ques, men­ti­ras y agitación

Por Daniel Ber­na­bé, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 2 de diciem­bre de 2020. 

El jue­ves 3 de diciem­bre habrá trans­cu­rri­do un mes des­de la cele­bra­ción de las elec­cio­nes pre­si­den­cia­les en Esta­dos Uni­dos y el actual pre­si­den­te en fun­cio­nes, Donald Trump, no ha reco­no­ci­do aún el resul­ta­do que pon­drá fin a su pri­mer y úni­co man­da­to. La situa­ción es del todo excep­cio­nal y nos seña­la la pro­fun­da rece­sión a la que se ha vis­to some­ti­da la polí­ti­ca esta­dou­ni­den­se. Todo el pro­ble­ma pare­ce redu­cir­se al hom­bre que ha osten­ta­do la 45º pre­si­den­cia del país nor­te­ame­ri­cano, como si el pecu­liar carác­ter del millo­na­rio pudie­ra expli­car por sí solo la pro­fun­da grie­ta y su derro­ta poner un fin defi­ni­ti­vo al pro­ble­ma. Trump es un sín­to­ma de una enfer­me­dad ante­ce­den­te, una de ini­cio incier­to y de un desa­rro­llo acelerado.

Si la déca­da de los sesen­ta estu­vo mar­ca­da por el ase­si­na­to de John F. Ken­nedy, un mag­ni­ci­dio teñi­do bajo la som­bra de la cons­pi­ra­ción en la cul­tu­ra popu­lar, los años seten­ta vie­ron la renun­cia de Richard Nixon tras el escán­da­lo del Water­ga­te. La lle­ga­da de Ronald Reagan al poder, en 1981, tras el úni­co man­da­to de Jimmy Car­ter, vino a sutu­rar no sólo la cri­sis eco­nó­mi­ca sino una cri­sis de legi­ti­mi­dad en la que el país se había sumi­do por tres lus­tros, don­de sim­bó­li­ca­men­te pesa­ba más la derro­ta en Viet­nam que el éxi­to del pro­gra­ma Apo­lo al poner un hom­bre en la luna. No se tra­ta­ba de que el país tuvie­ra pro­ble­mas, sino de que se per­ci­bía que el país era un pro­ble­ma en sí mismo.

La his­to­ria es capri­cho­sa y situó al hom­bre menos pen­sa­do para desem­pe­ñar tan titá­ni­ca labor. Reagan era un actor de segun­da fila recon­ver­ti­do a polí­ti­co cuyo máxi­mo logro, antes de haber sido gober­na­dor de Cali­for­nia, fue dela­tar a sus com­pa­ñe­ros en la caza de bru­jas, el pro­ce­so que en la pri­me­ra par­te de la déca­da de los años cin­cuen­ta, con­du­ci­do por el sena­dor McCarthy y aus­pi­cia­do por el direc­tor del FBI, John Edgar Hoo­ver, con­vir­tió en papel moja­do los dere­chos civi­les con la excu­sa de la per­se­cu­ción del comu­nis­mo. Se olvi­da pron­to que ade­más de poner en la pico­ta a estre­llas del cine e inte­lec­tua­les, duran­te el rei­na­do del sinies­tro Hoo­ver se eje­cu­tó a supues­tos agen­tes de la URSS como el matri­mo­nio Rosen­berg, se espió sin repa­ros a altos car­gos de los suce­si­vos gobier­nos y se pro­du­je­ron ase­si­na­tos de acti­vis­tas por los dere­chos civi­les, como el de Mar­tin Luther King, que según una sen­ten­cia judi­cial de 1999 suce­dió bajo el aus­pi­cio de agen­cias gubernamentales.

Reagan, sin embar­go, vino a poner fin al des­con­cier­to apro­ve­chan­do el pro­pio des­con­cier­to. De un lado ata­có sin pie­dad la heren­cia del New Deal, lo que lle­va­ba sien­do un con­sen­so en los dife­ren­tes gobier­nos esta­dou­ni­den­ses des­de la déca­da de los años trein­ta, la inter­ven­ción en la eco­no­mía y unas cier­tas polí­ti­cas socia­les que pre­ten­dían, en últi­mo tér­mino, cohe­sio­nar a la socie­dad para evi­tar frac­tu­ras con resul­ta­dos incier­tos. El equi­po eco­nó­mi­co del nue­vo pre­si­den­te apro­ve­chó las suce­si­vas cri­sis del petró­leo para intro­du­cir un nue­vo para­dig­ma con­sis­ten­te en redu­cir el gas­to públi­co, redu­cir los impues­tos, eli­mi­nar las regu­la­cio­nes a las acti­vi­da­des empre­sa­ria­les y redu­cir la infla­ción. En Rei­no Uni­do, un par de años antes, en 1979, Mar­ga­ret That­cher había lle­ga­do al poder con un pro­gra­ma muy pare­ci­do. El pre­si­den­te nor­te­ame­ri­cano sería incom­pren­si­ble sin la pri­me­ra minis­tra inglesa.

Pero ade­más, Reagan fue el pro­duc­to de otra cara menos explo­ra­da de ese des­con­cier­to pre­vio. Los movi­mien­tos de pro­tes­ta de la olea­da de 1968 engen­dra­ron una for­ma de ver la socie­dad que abju­ró del Esta­do y los valo­res tra­di­cio­na­les y que pro­pug­na­ba una indi­vi­dua­li­dad libe­ra­do­ra que, para­dó­ji­ca­men­te, resul­tó esen­cial para enten­der el indi­vi­dua­lis­mo que per­mi­tió a Reagan alzar­se con el poder. El sal­to del hip­pie al yup­pie, per­so­ni­fi­ca­do en la figu­ra de acti­vis­tas como Jerry Rubin, no fue una excep­ción ni un capri­cho excén­tri­co, sino la evo­lu­ción lógi­ca que que­dó tras eli­mi­nar de la ecua­ción la pro­tes­ta y pasar de la uni­ver­si­dad a la carre­ra pro­fe­sio­nal. Millo­nes de per­so­nas de cla­se media se habían for­ma­do con la idea de que que­rían ser dife­ren­tes –dife­ren­tes a lo pau­ta­do– y encon­tra­ron en el mode­lo de socie­dad que pro­pug­na­ba Reagan una for­ma de vehi­cu­lar ese sen­ti­mien­to de dife­ren­cia median­te lo aspi­ra­cio­nal y la cons­truc­ción de iden­ti­dad median­te el consumo.

Pode­mos afir­mar que Reagan fue el sín­to­ma, al igual que Trump, de un Esta­dos Uni­dos que vivió las tres déca­das de pos­gue­rra en una con­vul­sión mucho mayor de lo que se pien­sa habi­tual­men­te, cuya lucha en la Gue­rra Fría con­tra la URSS dejó seve­ras cica­tri­ces en el desa­rro­llo de su demo­cra­cia libe­ral y cuyos con­flic­tos socia­les fue­ron resuel­tos de mane­ras que muchas oca­sio­nes obvia­ron su pro­pia lega­li­dad y el res­pe­to a los dere­chos huma­nos den­tro de sus fron­te­ras. Trump sería incom­pren­si­ble sin la cri­sis finan­cie­ra de 2008 y esta, a su vez, sin las des­re­gu­la­cio­nes intro­du­ci­das por la reaga­no­mics. Resul­ta, no obs­tan­te, extra­ña la esca­sa vin­cu­la­ción que se ha tra­za­do entre el últi­mo pre­si­den­te nor­te­ame­ri­cano y sus suce­so­res, como si el millo­na­rio fue­ra un caso ais­la­do den­tro del GOP, espe­cial­men­te por el nulo res­pe­to a la ins­ti­tu­cio­na­li­dad, algo en lo que Trump sí ha sido pionero.

No así en el uso de la men­ti­ra como arma polí­ti­ca, que ya se pue­de ver en la admi­nis­tra­ción Bush Jr. con el enga­ño masi­vo per­pe­tra­do para lle­var ade­lan­te la Gue­rra de Irak e inclu­so la ten­den­cia auto­ri­ta­ria desa­rro­lla­da por su man­da­rín Dick Che­ney, que bor­deó en más de una oca­sión la incons­ti­tu­cio­na­li­dad con sus deci­sio­nes, al ejer­cer des­de su vice­pre­si­den­cia, for­mal e infor­mal­men­te, tareas que no le esta­ban asig­na­das. Por otro lado el Tea Party, naci­do en 2009 como reac­ción a la admi­nis­tra­ción Oba­ma y, más allá, al tími­do inten­to de este por reto­mar una lige­ra polí­ti­ca inter­ven­cio­nis­ta en lo eco­nó­mi­co, son tam­bién cla­ros ante­ce­so­res de Trump, situan­do a una de sus figu­ras, Mike Pom­peo, como su secre­ta­rio de Esta­do. En el Tea Party se encuen­tra ya el uso de las nacien­tes redes socia­les como herra­mien­ta para su pro­pa­gan­da y una pecu­liar mez­cla de tra­di­cio­na­lis­mo arcá­di­co con una defen­sa de lo neo­li­be­ral des­de el populismo.

Lo intere­san­te no es sólo la obvia cone­xión de la admi­nis­tra­ción Bush Jr. con la de Reagan, pri­me­ro por su padre, Bush senior, vice­pre­si­den­te de 1981 a 1989 y pre­si­den­te en un úni­co man­da­to has­ta 1993, tam­bién por Dick Che­ney y Donald Rums­feld, altos fun­cio­na­rios des­de los tiem­pos de Nixon, sino tam­bién por una línea que reco­rre a Trump, el Tea Party y a ambos Bush y que podría­mos deno­mi­nar como la de los ase­so­res de agi­ta­ción inmo­ral, es decir, el uso de la men­ti­ra no sólo para negar los erro­res pro­pios, algo habi­tual en polí­ti­ca, sino para des­truir a los riva­les polí­ti­cos y crear un cli­ma social no basa­do en la adhe­sión favo­ra­ble a unas ideas, sino a la agi­ta­ción sen­ti­men­tal en con­tra de unos enemi­gos a menu­do pre­fa­bri­ca­dos. ¿Dón­de pode­mos encon­trar la géne­sis de esta for­ma de ope­rar? Pre­ci­sa­men­te en los años del Par­ti­do Repu­bli­cano en los años 80.

La men­ti­ra seguía sien­do habi­tual en la polí­ti­ca esta­dou­ni­den­se, en su face­ta de encu­brir erro­res pro­pios o acti­vi­da­des ilí­ci­tas. Encon­tra­mos así una con­ti­nua­ción del Water­ga­te en el Irán Con­tra, la ven­ta de armas al enemi­go per­sa para finan­ciar a los escua­dro­nes de la muer­te ultra­de­re­chis­ta en Amé­ri­ca Cen­tral, un caso que estu­vo a pun­to de cos­tar­le la pre­si­den­cia a Reagan si no hubie­ra sido por el apren­di­za­je en situar, entre sus deci­sio­nes y quien las lle­va a cabo, a una tupi­da red de acto­res secun­da­rios que fue­ron absor­bien­do la onda de cho­que del escán­da­lo. En este sen­ti­do, la fra­se de Ham­let sobre la podre­dum­bre seguía sien­do una tra­di­ción de la que prác­ti­ca­men­te nin­gu­na admi­nis­tra­ción guber­na­men­tal de la pri­me­ra poten­cia esca­pa has­ta nues­tros días.

La cues­tión es cómo esa men­ti­ra, esa agi­ta­ción inmo­ral lle­va­da a cabo por ase­so­res, se fue hacien­do habi­tual den­tro de la pro­pia polí­ti­ca de la déca­da de los ochen­ta. La reelec­ción de Reagan, en 1984, fue una de las mayo­res vic­to­rias regis­tra­das al impo­ner­se a su rival demó­cra­ta Wal­ter Mon­da­le en todos los Esta­dos menos en Min­ne­so­ta y el DC. Sin embar­go no es la abru­ma­do­ra vic­to­ria lo que nos ocu­pa, sino otro deta­lle. Mon­da­le eli­gió por pri­me­ra vez a una mujer para la can­di­da­tu­ra a la vice­pre­si­den­cia, Geral­di­ne Ferra­ro, hecho que en un pri­mer momen­to preo­cu­pó al equi­po de Reagan al poner sobre la mesa una asi­me­tría de resul­ta­do incier­to. Y aquí es don­de entra un nom­bre esen­cial en toda esta his­to­ria, Lee Atwa­ter, un ase­sor que, con sólo 33 años, enca­be­za­ba el comi­té de reelec­ción del pre­si­den­te republicano.

De Atwa­ter el New York Times con­ta­ba que «reali­zó su pri­me­ra cam­pa­ña polí­ti­ca en la escue­la secun­da­ria en Colum­bia, Caro­li­na del Sur, una cam­pa­ña que el direc­tor tuvo que orde­nar que se repi­tie­ra por­que el Sr. Atwa­ter había con­fun­di­do a sus com­pa­ñe­ros de estu­dios al inven­tar un can­di­da­to, Dewey P. Yon, y una serie de cues­tio­nes, inclu­yen­do cer­ve­za de barril y doble almuer­zo». La anéc­do­ta ado­les­cen­te nos anti­ci­pa­ba ya un modus ope­ran­di basa­do no en la expo­si­ción ópti­ma de unas ideas y prin­ci­pios, sino en el uso de la con­fu­sión y la men­ti­ra para alte­rar el jui­cio de los elec­to­res. En 1984, Atwa­ter fil­tró a la pren­sa deta­lles tur­bios del pasa­do de los padres de Geral­di­ne Ferra­ro. Vis­to los resul­ta­dos, los repu­bli­ca­nos no lo nece­si­ta­ban, pero tira­ron con todo lo que tenían, inclui­das manio­bras comu­ni­ca­ti­vas de agi­ta­ción inmoral.

Atwa­ter era un per­so­na­je tan sim­pá­ti­co y dicha­ra­che­ro como tai­ma­do y cruel, pero el carác­ter no expli­ca su ascen­so, sino unas con­di­cio­nes estruc­tu­ra­les que le per­mi­tie­ron con­ver­tir­se en una figu­ra cla­ve del GOP y a sus manio­bras tomar asien­to en la polí­ti­ca nor­te­ame­ri­ca­na. La des­re­gu­la­ción no fue tan sólo eco­nó­mi­ca, sino tam­bién de una diso­lu­ción de los prin­ci­pios y las reglas de índo­le éti­ca. Si en pelí­cu­las de final de la déca­da como Robo­cop o Wall Street ya se nos des­cri­be a un tipo de eje­cu­ti­vo de ambi­ción des­pia­da­da, Atwa­ter había sido su corre­la­to pio­ne­ro en la ase­so­ría polí­ti­ca. No se tra­ta tan sólo de que él mol­dea­ra la for­ma de las cam­pa­ñas elec­to­ra­les, sino de que la socie­dad que se esta­ba crean­do daba un espa­cio y una opor­tu­ni­dad para que tipos como Atwa­ter fue­ran posi­bles.

Para las elec­cio­nes pre­si­den­cia­les de 1988 los demó­cra­tas tenían que resar­cir­se de la aplas­tan­te derro­ta sufri­da cua­tro años antes. Ade­más, para esas fechas, las polí­ti­cas de Reagan ya habían mos­tra­do su rever­so tene­bro­so: acti­va­ron la eco­no­mía –con una no decla­ra­da inyec­ción de dine­ro públi­co a la indus­tria arma­men­tís­ti­ca y tec­no­ló­gi­ca – , pero esta­ban pro­vo­can­do una bre­cha social cada vez mayor, con un ascen­so de la pobre­za y la cri­mi­na­li­dad sin pre­ce­den­tes. Si a eso le suma­mos que el escán­da­lo del Irán Con­tra era tan enre­ve­sa­do como son­ro­jan­te, los demó­cra­tas tenían amplias posi­bi­li­da­des de derro­tar a sus adver­sa­rios. ¿Quién se pos­tu­la­ba como el favo­ri­to de las pri­ma­rias demó­cra­tas? Gary Hart, un can­di­da­to que rehuía la ten­den­cia clá­si­ca para con­ver­tir­se en la res­pues­ta ama­ble a Reagan: más yup­pie que eje­cu­ti­vo agre­si­vo. ¿Qué nos expli­ca esto? Que los par­ti­dos pro­gre­sis­tas, tal y como les ocu­rrió a los labo­ris­tas bri­tá­ni­cos, sue­len depen­der dema­sia­do de las coyun­tu­ras pasan­do a des­na­tu­ra­li­zar­se. ¿Cómo aca­bó la carre­ra de Hart? Arrui­na­da tras una infi­de­li­dad con una joven mode­lo. Por cier­to, la foto del escán­da­lo resu­me una épo­ca: fin de sema­na de pasión en las Baha­mas, la chi­ca rubia sen­ta­da en el rega­zo del madu­ro can­di­da­to Hart, que ves­tía una juve­nil suda­de­ra con la ins­crip­ción «Mon­key Busi­ness Crew», algo así como «el equi­po de los tram­po­sos», nom­bre del yate con el que fue­ron a las islas caribeñas.

¿Quién que­dó en la carre­ra de las pri­ma­rias demó­cra­tas? Un tal Joe Biden, ese señor que se va a con­ver­tir en pre­si­den­te de los Esta­dos Uni­dos en 2021. Biden, sin embar­go, no lle­gó a con­cu­rrir a las elec­cio­nes al des­cu­brir­se que había pla­gia­do un dis­cur­so de Neil Kin­nock, el líder labo­ris­ta bri­tá­ni­co. El pro­ble­ma no fue tan­to que Biden copia­ra un párra­fo prác­ti­ca­men­te de for­ma lite­ral, sino que ese párra­fo hacía refe­ren­cia a los ante­ce­den­tes de cla­se tra­ba­ja­do­ra que le hacían ser el pri­me­ro de su fami­lia en lle­gar a la Uni­ver­si­dad, algo que no era del todo cier­to. Tam­bién se puso en cues­tión su expe­dien­te aca­dé­mi­co y su pasa­do como acti­vis­ta por los dere­chos civi­les. Un escán­da­lo, sin duda mag­ni­fi­ca­do, que obli­gó al enton­ces can­di­da­to Biden a defen­der­se en lo per­so­nal más que cen­trar­se en pro­po­ner su idea­rio. El gana­dor de las pri­ma­rias demó­cra­tas fue Michael Duka­kis, gober­na­dor de Massachusetts.

Lo cier­to es que fue el equi­po de Duka­kis, teó­ri­ca­men­te al mar­gen de su volun­tad, quien fil­tró a la pren­sa la coin­ci­den­cia con el dis­cur­so de Kin­nock, sin espe­ci­fi­car que Biden tenía rela­cio­nes flui­das con el labo­ris­ta y que le cita­ba habi­tual­men­te como ejem­plo en sus inter­ven­cio­nes, sal­vo aque­lla vez. Aun­que Duka­kis des­pi­dió al ase­sor que ideó la sucia estra­te­gia, John Sas­so, el fan­go ya se había hecho due­ño de la polí­ti­ca esta­dou­ni­den­se: cuan­do tú mis­mo te encar­gas de exten­der­lo aca­bas tam­bién man­cha­do. De hecho, el enfren­ta­mien­to de las pre­si­den­cia­les de 1988 entre Bush senior y el demó­cra­ta de Mas­sa­chu­setts es una de las cam­pa­ñas más sucias de la polí­ti­ca esta­dou­ni­den­se que se recuer­dan, una elec­ción que cam­bia­ría las reglas de lo per­mi­ti­do para siempre.

Duka­kis aven­ta­ja­ba amplia­men­te a Bush en las encues­tas de ese verano, todo pare­cía incli­nar­se en con­tra de los repu­bli­ca­nos esta vez. El pro­gra­ma del demó­cra­ta con­sis­tía en hacer valer sus éxi­tos socia­les y eco­nó­mi­cos como Gober­na­dor, es decir, en expo­ner públi­ca­men­te un pro­gra­ma dife­ren­te al de su con­trin­can­te. Lee Atwa­ter, que ya se encar­ga­ba de la cam­pa­ña de Bush, puso toda su arti­lle­ría de agi­ta­ción inmo­ral para que no se habla­ra de polí­ti­ca real, sino de supues­tos escán­da­los y pro­ble­mas retor­ci­dos. Para empe­zar se fil­tró a la pren­sa que Duka­kis había esta­do en tra­ta­mien­to psi­quiá­tri­co tras morir su her­mano atro­pe­lla­do por un coche que se dio a la fuga. Reagan, pre­gun­ta­do por la pren­sa, dijo: «No me voy a meter con un invá­li­do», en unas decla­ra­cio­nes tan mise­ra­bles como medidas.

El infierno para Duka­kis sólo aca­ba­ba de comen­zar ya que a par­tir de ese momen­to ape­nas pudo entrar en cam­pa­ña con su argu­men­ta­rio al tener que estar defen­dién­do­se cons­tan­te­men­te de los ata­ques de la cam­pa­ña de Atwa­ter, quien uti­li­za­ba los anun­cios en TV no para hablar de las pro­pues­tas de Bush, sino para ata­car al demó­cra­ta con fal­se­da­des o sen­ci­lla­men­te con el escar­nio. Otra de las carac­te­rís­ti­cas de Atwa­ter es que dibu­ja­ba hábil­men­te a un can­di­da­to des­de lo per­so­nal, no des­de lo ideo­ló­gi­co. Una anti­gua gra­ba­ción salió a la luz, se tra­ta­ba de Bush senior sien­do res­ca­ta­do del agua por la mari­na esta­dou­ni­den­se tras ser derri­ba­do su avión por cazas japo­ne­ses en la Segun­da Gue­rra Mun­dial. El suce­so nos comu­ni­ca­ba que Bush había sido un héroe de gue­rra, lo cual podría indi­car­nos su valía como mili­tar, algo que qui­zás le valió para tra­zar la Ope­ra­ción Cón­dor, que dio apo­yo a las dic­ta­du­ras ultra­de­re­chis­tas en el cono sur lati­no­ame­ri­cano duran­te su pre­si­den­cia de la CIA a media­dos de los seten­ta. ¿Res­pon­dió Duka­kis con estas acu­sa­cio­nes? En abso­lu­to. Su equi­po de cam­pa­ña le lle­vó a visi­tar una fábri­ca de tan­ques y le subió en uno delan­te de los perio­dis­tas. ¿Ocu­rrió algo excep­cio­nal? Tan sólo que Duka­kis no era lo enten­di­do en EEUU por un «action man», pro­vo­can­do la estam­pa de risas entre los perio­dis­tas que cubrían el acto. Atwa­ter creo un vídeo con Duka­kis subi­do al tan­que en el que aña­dió soni­dos de motor estro­pea­do, su tra­yec­to­ria anti­be­li­cis­ta y una sen­ten­cia: «Este hom­bre quie­re ser nues­tro coman­dan­te en jefe, ¿Amé­ri­ca se pue­de per­mi­tir ese riesgo?».

Las encues­tas empe­za­ron a igua­lar­se des­pués de los ata­ques, sin embar­go aún todo pare­cía en el aire. Has­ta el deba­te pre­si­den­cial sobre el que pla­nea­ba la som­bra del últi­mo vídeo de Atwa­ter. En él se veían una serie de pre­sos entran­do en una cár­cel y salien­do por una puer­ta gira­to­ria al ins­tan­te, en refe­ren­cia a la polí­ti­ca peni­ten­cia­ria de rein­ser­ción que Duka­kis había lle­va­do como Gober­na­dor de Mas­sa­chu­setts. En otro se hacía refe­ren­cia a que Bush apo­ya­ba la pena de muer­te mien­tras que Duka­kis abo­ga­ba por los per­mi­sos peni­ten­cia­rios. Willie Hor­ton, un pre­so que cum­plía con­de­na en una de las cár­ce­les del Esta­do del can­di­da­to demó­cra­ta, esca­pó en un per­mi­so de fin de sema­na roban­do en un esta­ble­ci­mien­to y vio­lan­do a una mujer.

En el deba­te elec­to­ral, los perio­dis­tas, como rato­nes al soni­do de la flau­ta de Atwa­ter, pre­gun­ta­ron a Duka­kis si apo­ya­ría la pena de muer­te en el caso de que un delin­cuen­te ase­si­na­ra y vio­la­ra a su mujer, mien­tras que la rea­li­za­ción enfo­ca­ba al can­di­da­to y a su espo­sa, visi­ble­men­te com­pun­gi­da, entre el públi­co. El equi­po de Duka­kis había pre­pa­ra­do con el can­di­da­to con­cien­zu­da­men­te la res­pues­ta, una que ape­la­ba a la muer­te de su her­mano tras su atro­pe­llo por un con­duc­tor que se dio a la fuga. Sin embar­go, Duka­kis, tras pen­sar­se la res­pues­ta, optó por no seguir las indi­ca­cio­nes de su equi­po y sí sus prin­ci­pios, expli­can­do con datos por qué la pena de muer­te no era efec­ti­va para la pre­ven­ción del deli­to. Los demó­cra­tas vol­vie­ron a per­der las elec­cio­nes, Bush ganó en 40 Esta­dos, Duka­kis tan sólo lo hizo en diez más el DC.

Lee Atwa­ter fue pre­mia­do, tras la exi­to­sa y mez­qui­na cam­pa­ña de 1989, que dio la vuel­ta a las encues­tas y per­mi­tió a Bush lograr la vic­to­ria, con la pre­si­den­cia del Par­ti­do Repu­bli­cano. Falle­ció en 1991 víc­ti­ma de un ful­mi­nan­te tumor cere­bral. Meses antes de su muer­te escri­bió un tes­ta­men­to públi­co en la revis­ta Life: «Mi enfer­me­dad me ha ayu­da­do a ver que lo que le hace fal­ta a la socie­dad esta­dou­ni­den­se es lo mis­mo que me fal­ta a mí: un poco de cora­zón y mucha her­man­dad […] En par­te debi­do a nues­tra exi­to­sa mani­pu­la­ción de los temas de su cam­pa­ña, Geor­ge Bush ganó cómo­da­men­te […] Si bien no inven­té la polí­ti­ca nega­ti­va, soy uno de sus prac­ti­can­tes más fer­vien­tes […] En 1988, con­tra Duka­kis, dije que ‘deja­ría des­nu­do al peque­ño bas­tar­do’ y ‘con­ver­ti­ría a Willie Hor­ton en su com­pa­ñe­ro para las elec­cio­nes’. Lamen­to ambas decla­ra­cio­nes: la pri­me­ra por su cruel­dad diá­fa­na, la segun­da por­que me hace pare­cer racis­ta, algo que no soy».

Hoy casi nadie recuer­da a Lee Atwa­ter, pese a que su lega­do está más vivo que nun­ca entre nosotros.

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