Pen­sa­mien­to crí­ti­co. Entre­vis­ta a Cas Mud­de, poli­ti­có­lo­go exper­to en ultra­de­re­cha: “En Euro­pa, Oca­sio-Cor­tez y Biden esta­rían en par­ti­dos distintos”

Por Sebas­tiaan Faber. Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 30 de noviem­bre de 2020.

Los demó­cra­tas de Nue­va York no son lo mis­mo que los demó­cra­tas de Geor­gia. Pero en un sis­te­ma bipar­ti­dis­ta como el nor­te­ame­ri­cano, esos gru­pos están obli­ga­dos a com­par­tir el mis­mo par­ti­do. Hay una dife­ren­cia con­si­de­ra­ble entre los Esta­dos Uni­dos de Ale­xan­dria Oca­sio-Cor­tez y los de Joe Biden. 

Cas Mud­de tie­ne poca pacien­cia para los ton­tos e igno­ran­tes. Le irri­tan tres gru­pos en par­ti­cu­lar: los perio­dis­tas y opi­na­do­res que insis­ten en malen­ten­der la natu­ra­le­za de la dere­cha radi­cal; los polí­ti­cos que se con­si­de­ran pro­gre­sis­tas o libe­ra­les pero adop­tan ele­men­tos cla­ve del dis­cur­so de esa dere­cha; y los fut­bo­le­ros que, como yo, son del Ajax de Áms­ter­dam en vez del PSV de Eindho­ven –el úni­co club neer­lan­dés, para él, digno del apo­yo de cual­quier per­so­na con dos dedos de frente – .

Mud­de (Gel­drop, 1967) es un poli­tó­lo­go de ori­gen holan­dés que ense­ña en la Uni­ver­si­dad de Geor­gia, el mis­mo esta­do en el sur de Esta­dos Uni­dos que aca­ba de ganar, por la míni­ma, Joe Biden y don­de, en enero, se deci­di­rá el des­tino del Sena­do. Mud­de es una auto­ri­dad aca­dé­mi­ca mun­dial en popu­lis­mo y ultra­de­re­cha. Su libro más recien­te sobre el tema, The Far Right Today(La ultra­de­re­cha actual, 2019)saldrá en cas­te­llano con Pai­dós el año que vie­ne; Sal­dor­nar aca­ba de publi­car­lo en catalán.PUBLICIDAD

Como poli­tó­lo­go e hin­cha del PSV, Mud­de pre­fie­re hablar a las cla­ras y defi­nir bien las cosas. Con­si­de­ra que el tér­mino “popu­lis­ta”, por ejem­plo, solo es apli­ca­ble a aque­llos movi­mien­tos polí­ti­cos que asu­men un con­cep­to homo­gé­neo del pue­blo y pos­tu­len una dis­tin­ción moral entre este (puro) y las éli­tes (corrup­tas). Esto sig­ni­fi­ca que, para él, una figu­ra como Ber­nie San­ders, en el fon­do, es un social­de­mó­cra­ta más que un popu­lis­ta. Así tam­bién un par­ti­do como Pode­mos, ins­pi­ra­do como está en las tesis de Ernes­to Laclau y Chan­tal Mouf­fe, de mane­ra rigu­ro­sa no lle­ga a ser popu­lis­ta de ver­dad por­que su idea del pue­blo per­mi­te que este sub­su­ma deman­das e intere­ses heterogéneos.

De modo simi­lar, Mud­de insis­te en dis­tin­guir, den­tro del cam­po de la ultra­de­re­cha, entre la dere­cha radi­cal y la dere­cha extre­ma. Si esta es direc­ta­men­te anti­de­mo­crá­ti­ca, aque­lla no recha­za la demo­cra­cia en sí –cree en la sobe­ra­nía popu­lar– aun­que sí sub­vier­te la demo­cra­cia libe­ral en la medi­da en que igno­ra prin­ci­pios bási­cos como los dere­chos de las mino­rías o la sepa­ra­ción de poderes.

En los últi­mos diez años, Mud­de se ha ser­vi­do de varios cana­les –sus libros y artícu­los, sus char­las y entre­vis­tas, una colum­na en el dia­rio The Guar­dian y su pro­lí­fi­ca cuen­ta en Twit­ter– para defen­der cua­tro posi­cio­nes que mati­zan o cues­tio­nan el pen­sa­mien­to mains­tream sobre el popu­lis­mo y la ultra­de­re­cha. Pri­me­ro, insis­te en que el peli­gro que repre­sen­ta la ultra­de­re­cha no es tan­to el cre­ci­mien­to de su mili­tan­cia sino la influen­cia que se le ha per­mi­ti­do ejer­cer sobre los par­ti­dos polí­ti­cos mayo­ri­ta­rios en temas como la inmi­gra­ción. Segun­do, defien­de que el auge de la ultra­de­re­cha no es una cau­sa sino un sín­to­ma: no refle­ja la fuer­za de su idea­rio sino la debi­li­dad de las ins­ti­tu­cio­nes demo­crá­ti­cas. Ter­ce­ro, cree que la mejor for­ma de luchar con­tra la ultra­de­re­cha no es prohi­bir sus expre­sio­nes o inten­tar recon­ver­tir a sus cre­yen­tes, ni mucho menos imi­tar su esti­lo (ya que el votan­te ultra siem­pre pre­fe­ri­rá el ori­gi­nal sobre la copia). Para Mud­de, la úni­ca defen­sa sóli­da es doble: for­ta­le­cer un sis­te­ma demo­crá­ti­co ero­sio­na­do por el neo­li­be­ra­lis­mo y reca­li­brar la brú­ju­la ideo­ló­gi­ca de una izquier­da social­de­mó­cra­ta que lle­va déca­das a la deri­va. Final­men­te, defien­de que los movi­mien­tos popu­lis­tas, sobre todo des­de la opo­si­ción, han teni­do un impac­to posi­ti­vo en la medi­da en que han sido capa­ces de poner sobre la mesa cues­tio­nes –como la ero­sión de la sobe­ra­nía popu­lar y del esta­do de bien­es­tar– que, de otro modo, no se habrían con­ver­ti­do en tema de deba­te público.

Los pri­me­ros con­tac­tos de Mud­de con la ultra­de­re­cha datan de su ado­les­cen­cia en la Holan­da de prin­ci­pios de los 80, cuan­do él y su her­mano mayor eran cabe­zas rapa­das. A dife­ren­cia de su her­mano –hin­cha del núcleo duro del Feye­noord que se eri­gi­ría en una figu­ra pro­mi­nen­te del movi­mien­to neo­fas­cis­ta holan­dés– Cas nun­ca se dejó lle­var por las ideas radi­ca­les que sedu­je­ron a gran par­te de la sub­cul­tu­ra de los skinheads, aun­que sí las aca­ba­ría con­vir­tien­do en su enfo­que de investigación.De esa épo­ca rebel­de le que­dan, ade­más, un par de tatua­jes, una pre­di­lec­ción por las ban­das de Ska y Oi!y una fas­ci­na­ción dura­de­ra por la cone­xión entre polí­ti­ca, músi­ca y fút­bol. Son estos los tres temas, pre­ci­sa­men­te, que explo­ra Mud­de en su nue­vo pod­cast, Radi­kaal, en el que dia­lo­ga con figu­ras como Billy Bragg, can­tau­tor icó­ni­co de la izquier­da bri­tá­ni­ca, o Car­les Viñas y Natxo Parra, auto­res de un libro sobre el club ale­mán St. Pauli.

Hablo con Mud­de por video­con­fe­ren­cia a media­dos de noviem­bre, en nues­tro holan­dés nati­vo, aun­que los dos lo ten­ga­mos algo oxi­da­do des­pués de varias déca­das en Esta­dos Unidos.

Pare­ce que gran par­te de su tra­ba­jo públi­co con­sis­te en corre­gir las impre­sio­nes equi­vo­ca­das de la ultra­de­re­cha que difun­den perio­dis­tas y opi­na­do­res pro­gre­sis­tas o libe­ra­les. ¿Cuá­les son los mayo­res malen­ten­di­dos que aún cir­cu­lan sobre el elec­to­ra­do de Trump?

-La ver­dad es que da ver­güen­za aje­na. Algu­nos artícu­los que apa­re­cen hoy dan la impre­sión de haber­se escri­to en 2016. Siguen insis­tien­do en los temas tri­lla­dos, y equi­vo­ca­dos, de la cla­se obre­ra blan­ca o la pobla­ción rural blan­ca sin edu­ca­ción uni­ver­si­ta­ria, cuan­do sabe­mos de sobra que el núcleo elec­to­ral de Trump no es ese. Tam­bién per­sis­te la idea de que, por un lado, hay un Par­ti­do Repu­bli­cano, de cen­tro­de­re­cha, y, por otro, el elec­to­ra­do de Trump, que repre­sen­ta­ría a una dere­cha radi­cal. La reali­dad es que ya hace años que la base del Par­ti­do Repu­bli­cano está mucho más cer­ca de las ideas de Trump que del neo­li­be­ra­lis­mo de Paul Ryan, por ejem­plo. Es dolo­ro­so ver lo poco que hemos apren­di­do estos últi­mos años.

Hace años que la base del Par­ti­do Repu­bli­cano está mucho más cer­ca de las ideas de Trump que del neo­li­be­ra­lis­mo de Paul Ryan

Me sor­pren­de que lo diga en pri­me­ra per­so­na del plu­ral. Esa fal­ta de apren­di­za­je, ¿no afec­ta a perio­dis­tas y opi­na­do­res más que a poli­tó­lo­gos como usted?

-No te creas. Mi cono­ci­mien­to tam­bién tie­ne muchas lagu­nas. De hecho, hoy publi­co una colum­na en The Guar­dian en la que plan­teo que qui­zá deba­mos dejar de hablar de “fas­cis­mo” y no empe­ñar­nos en obser­var el pre­sen­te con la len­te euro­pea de los años trein­ta o la lati­no­ame­ri­ca­na de los seten­ta. Yo mis­mo, estos últi­mos años, me he deja­do lle­var por esa espe­cie de psi­co­sis colec­ti­va. Y debo con­fe­sar que no he apro­ve­cha­do para ana­li­zar a fon­do qué ha esta­do ocu­rrien­do aquí en Esta­dos Unidos.

¿Qué quie­re decir?

-Bueno, hay muchí­si­mas cosas que pen­sá­ba­mos que Trump iba a hacer que al final no ha hecho. Esto no sig­ni­fi­ca que no fue­ra un líder de ultra­de­re­cha de ver­dad, o que no fue­ra anti­de­mo­crá­ti­co. Pero lo que no sabe­mos aún es lo que ha sig­ni­fi­ca­do exac­ta­men­te la pre­si­den­cia de Trump para este país. Y esa fal­ta de com­pren­sión me pare­ce que tie­ne que ver con que esta­mos muy liga­dos a esque­mas y mar­cos del pasa­do. Yo soy el pri­me­ro en admi­tir cuán­to me que­da por apren­der. Es más, diría que en este cam­po los inves­ti­ga­do­res uni­ver­si­ta­rios tene­mos mucha más res­pon­sa­bi­li­dad que los opi­na­do­res. Mi pro­ble­ma es que yo soy ambas cosas. Aho­ra bien, los perio­dis­tas y los opi­na­do­res viven de esto. Y les ha ido fran­ca­men­te bien estos últi­mos cua­tro años. Los que nos dedi­ca­mos a la inves­ti­ga­ción, en cam­bio, debe­ría­mos guar­dar más dis­tan­cia y estu­diar y apren­der más.

¿Qué le ha impe­di­do a usted hacer­lo? ¿Ha sido el peso de los mar­cos here­da­dos? ¿O es que el fenó­meno de la ultra­de­re­cha sim­ple­men­te es dema­sia­do complejo?

(Sus­pi­ro.) El mun­do ente­ro es dema­sia­do com­ple­jo. Pero creo que qui­zá he pasa­do dema­sia­do tiem­po hacien­do de opi­na­dor. No nie­go que tener una pre­sen­cia en los medios tie­ne gran­des ven­ta­jas. Pero tam­bién hay incon­ve­nien­tes. Es fácil dejar­se lle­var por la diná­mi­ca mediá­ti­ca. Estos últi­mos años he pasa­do muchí­si­mo más tiem­po leyen­do noti­cias que inves­ti­ga­cio­nes aca­dé­mi­cas. No es algo que nece­sa­ria­men­te te haga más inteligente.

Me pare­ce que está sub­es­ti­man­do la impor­tan­cia de su pro­pio papel como pen­sa­dor uni­ver­si­ta­rio que inter­vie­ne en la esfe­ra públi­ca para difun­dir un cono­ci­mien­to cien­tí­fi­co, basa­do en la inves­ti­ga­ción empí­ri­ca, sobre fenó­me­nos de gran urgen­cia polí­ti­ca –aun­que solo fue­ra para sub­ra­yar una y otra vez la com­ple­ji­dad de esos fenómenos – .

-No te lo nie­go. Como digo en el pre­fa­cio de La ultra­de­re­cha hoy, fui edu­ca­do por inte­lec­tua­les públi­cos y esto siem­pre lo he vis­to como una tarea cen­tral de la cien­cia. Pero hay que encon­trar un equi­li­brio. Y la ver­dad es que el mun­do de los opi­na­do­res te empu­ja en una direc­ción y el de la cien­cia, en otra. Como opi­na­dor, cuán­to más con­tun­den­tes sean tus opi­nio­nes, más impac­to tie­nes. Esto repre­sen­ta una ten­ta­ción que hay que resis­tir de for­ma cons­tan­te. Por otra par­te, mis colum­nas me han ser­vi­do para plan­tear ideas o hipó­te­sis para las que aún no ten­go la sufi­cien­te evi­den­cia como para publi­car­las en un medio cien­tí­fi­co. Sigo cre­yen­do que la com­bi­na­ción de esos dos pape­les pue­de ser muy impor­tan­te y pro­duc­ti­va. Pero hay que tener mucho cui­da­do. Lo que yo apor­to al mun­do de los opi­na­do­res no es, por así decir­lo, mi esti­lo. No: yo apor­to un cono­ci­mien­to cien­tí­fi­co. Pero esa repu­tación es fácil derrocharla.

Como opi­na­dor, cuán­to más con­tun­den­tes sean tus opi­nio­nes, más impac­to tie­nes. Esto repre­sen­ta una ten­ta­ción que hay que resis­tir de for­ma constante

¿Le ha cos­ta­do encon­trar ese equilibrio?

-Me sigue cos­tan­do. Por ejem­plo, hace dos o tres años escri­bía una colum­na sema­nal y no pasa­ba un día en que no me entre­vis­ta­ra con algún perio­dis­ta. No era casual: en 2017 y 2018 yo per­ci­bía que la demo­cra­cia libe­ral corría mucho peli­gro. Esta­ba ganan­do terreno la con­vic­ción de que no era posi­ble ganar­le la bata­lla al popu­lis­mo y que toca­ba domar­lo o cana­li­zar­lo. En ese momen­to, la urgen­cia me pare­cía tal que el tra­ba­jo pura­men­te aca­dé­mi­co, para mí, se con­vir­tió en secun­da­rio. Pero pagué un pre­cio, ya que tam­bién leía menos inves­ti­ga­ción aca­dé­mi­ca y dedi­ca­ba menos tiem­po a la reflexión.

Iba a pre­gun­tar­le sobre las con­clu­sio­nes que saca de las elec­cio­nes pre­si­den­cia­les nor­te­ame­ri­ca­nas, pero qui­zá sea mejor no ape­lar a su papel de opinador…

-Muchas de las con­clu­sio­nes que se están sacan­do son pre­ma­tu­ras por­que se basan en son­deos a pie de urna que, casi con toda segu­ri­dad, resul­ta­rán muy poco fia­bles. Una pre­gun­ta cen­tral será: ¿cuá­les han sido los cam­bios del voto? No es bala­dí, por­que sir­ve para deter­mi­nar la direc­ción de los gobier­nos: ¿debe la izquier­da gober­nar como izquier­da o adop­tar una posi­ción más bien cen­tris­ta, por ejem­plo? A mí, como a cual­quie­ra, me gus­ta­ría que hubie­ra datos empí­ri­cos que con­fir­ma­ran mi pro­pia pre­fe­ren­cia. Pero, por aho­ra, aún no he vis­to esos datos.

Cuan­do estén esos datos, ¿qué nos dirán?

-Lo que me urge saber –y esto sí que lo sabre­mos más bien pron­to– es la pro­fun­di­dad del apo­yo del que goza Trump entre los repu­bli­ca­nos. En 2016 era cla­ra­men­te una per­so­na a la que habían de acep­tar, aun­que tuvie­ran poca afi­ni­dad con él. Pero gra­cias a la enor­me pola­ri­za­ción de los últi­mos años, en gran par­te fomen­ta­da por el mis­mo Trump, pare­ce que se ha pro­du­ci­do una coin­ci­den­cia cada vez mayor entre los repu­bli­ca­nos y los segui­do­res de Trump. Yo lo que me pre­gun­to es si esa coin­ci­den­cia es real. Y, si lo es, si la iden­ti­fi­ca­ción es con Trump como líder o con su ideo­lo­gía. La dis­tin­ción es impor­tan­te, pero la ver­dad es que no sabe­mos mucho de esa diná­mi­ca en Esta­dos Uni­dos. En Euro­pa, se ha demos­tra­do que, al fin y al cabo, los par­ti­dos tie­nen más peso que los líde­res. Cuan­do el aus­tria­co Jörg Hai­der se escin­dió del FPÖ, casi todos sus votan­tes se que­da­ron con el par­ti­do. Pero el FPÖ era un par­ti­do ultra­de­re­chis­ta, fue­ra del mains­tream. El Par­ti­do Repu­bli­cano esta­dou­ni­den­se, en cam­bio, es una for­ma­ción mains­tream que ha sido secues­tra­da por un líder ultra­de­re­chis­ta. La com­pa­ra­ción no es fácil.

Sabe­mos que la dife­ren­cia entre la ideo­lo­gía de Trump y la del votan­te medio del Par­ti­do Repu­bli­cano no es muy gran­de, a pesar de lo que nos diga el puña­do de repu­bli­ca­nos que se iden­ti­fi­can con “never Trum­pers” (trum­pis­tas nun­ca). Aun así, hay cier­to mar­gen. ¿Has­ta qué pun­to se han radi­ca­li­za­do los votan­tes del Par­ti­do Repu­bli­cano? La pola­ri­za­ción, ¿segui­rá en los nive­les actua­les una vez que Trump se haya ido?

En su libro, dice que la pre­gun­ta que se le hace con más fre­cuen­cia es cómo afron­tar la ultra­de­re­cha. Admi­te que no tie­ne una bue­na res­pues­ta, en par­te por­que la ultra­de­re­cha en un país no es la mis­ma que en otro. Aun así, con fre­cuen­cia ha afir­ma­do que nos toca refor­zar la demo­cra­cia libe­ral. Tam­bién abo­ga por que la social­de­mo­cra­cia, ero­sio­na­da por el neo­li­be­ra­lis­mo y la ter­ce­ra vía, se vuel­va a inyec­tar de ideo­lo­gía. En Esta­dos Uni­dos, ¿esto sig­ni­fi­ca que el Par­ti­do Demó­cra­ta debe seguir la pis­ta de su ala izquier­da o a acti­vis­tas como Sta­cey Abrams, que tan­to ha hecho en el esta­do de Geor­gia por movi­li­zar el voto afroamericano?

-Para empe­zar, es impor­tan­te sub­ra­yar algo que es más obvio para los que vivi­mos en Geor­gia que para los de fue­ra: Sta­cey Abrams es bas­tan­te cen­tris­ta en tér­mi­nos socio­eco­nó­mi­cos. Esto es algo que malin­ter­pre­tan muchos fue­ra del heartland: es posi­ble recha­zar de for­ma vehe­men­te que la poli­cía mate a per­so­nas afro­ame­ri­ca­nas y, al mis­mo tiem­po, apo­yar polí­ti­cas cen­tris­tas o capi­ta­lis­tas. El hecho de que muchos afro­ame­ri­ca­nos voten por el Par­ti­do Demó­cra­ta no sig­ni­fi­ca que favo­rez­can polí­ti­cas radicales.

Pero con refe­ren­cia a la riva­li­dad entre el cen­tro y el ala izquier­da hay algo más impor­tan­te. Lo que indi­can los son­deos es que hay muchí­si­mas áreas que cuen­tan con un gran con­sen­so entre los dife­ren­tes gru­pos de votan­tes demó­cra­tas. Esas son las áreas en que debe con­cen­trar­se Biden. Una es, sim­ple­men­te, refor­zar la demo­cra­cia, pro­te­ger el dere­cho al voto. Otra es crear empleos bien remu­ne­ra­dos y subir la ren­ta míni­ma. Per­so­nal­men­te, me pare­cen muy impor­tan­tes las infra­es­truc­tu­ras –cuyo esta­do actual es lamen­ta­ble– por­que ofre­ce­rían muchas posi­bi­li­da­des de crear un ambi­cio­so plan de empleo que bene­fi­cia­ría a muchí­si­mas per­so­nas. E inclu­so en las áreas don­de pare­ce haber más divi­sión inter­na, como por ejem­plo la polí­ti­ca iden­ti­ta­ria, el anti­rra­cis­mo o el dere­cho al abor­to, hay mar­gen para polí­ti­cas consensuadas.

La izquier­da de hoy no es más radi­cal que antes, pero sí hace polí­ti­ca de for­ma dife­ren­te, y a la gene­ra­ción mayor, le cues­ta asu­mir­lo, inclu­so a nivel personal

En ese sen­ti­do, ¿el con­flic­to abier­to entre el gru­po de Ale­xan­dria Oca­sio-Cor­tez y Nancy Pelo­si, en la Cáma­ra de Repre­sen­tan­tes, es más bien una dis­trac­ción innecesaria?

-Bueno, hay que reco­no­cer que tam­bién es una lucha de poder que, entre otras cosas, es gene­ra­cio­nal. Las gene­ra­cio­nes de los millen­nials para aba­jo tie­nen otra for­ma de hacer polí­ti­ca, tan­to en la izquier­da como en la dere­cha. Hemos pres­ta­do mucha aten­ción al modo en que la dere­cha se ha hecho más agre­si­va y com­ba­ti­va, pero en la izquier­da ocu­rre lo mis­mo. Se ve en la revis­ta Jaco­bin, por ejem­plo, que está muy meti­da en esa lucha inter­na. No es que la izquier­da de hoy sea más radi­cal que antes, pero sí hace polí­ti­ca de for­ma dife­ren­te, y se nota que eso, a la gene­ra­ción mayor, le cues­ta asu­mir­lo, inclu­so a nivel personal. 

Y, tam­bién impor­ta la región que repre­sen­ta cada uno. Los demó­cra­tas del Bronx o de Brooklyn, en Nue­va York, no son los mis­mos que los demó­cra­tas aquí en Geor­gia. Pero en un sis­te­ma bipar­ti­dis­ta como el nor­te­ame­ri­cano, esos gru­pos están obli­ga­dos a com­par­tir el mis­mo par­ti­do. Por tan­to, es una lucha que será nece­sa­rio librar. Hay una dife­ren­cia con­si­de­ra­ble entre los Esta­dos Uni­dos de Ale­xan­dria Oca­sio-Cor­tez (AOC) y los de Joe Biden. Es más, en un con­tex­to euro­peo, Biden y AOC repre­sen­ta­rían a par­ti­dos total­men­te distintos.

Todo que­da­rá en agua de borra­jas si los demó­cra­tas no ganan las elec­cio­nes de enero en Geor­gia en las que se deci­dan los últi­mos dos esca­ños sena­to­ria­les. De otro modo, los repu­bli­ca­nos man­ten­drán su con­trol del Sena­do. ¿Cómo ve las posi­bi­li­da­des para los dos can­di­da­tos demócratas?

-Tien­do a ser pesi­mis­ta. Me pare­ce que el mie­do repu­bli­cano a que los demó­cra­tas con­tro­len la Casa Blan­ca y las dos cáma­ras es mucho mayor que el entu­sias­mo demó­cra­ta por una admi­nis­tra­ción de Biden capaz de hacer cosas. Es difí­cil exa­ge­rar el mie­do que hay ante un con­trol mono­par­ti­dis­ta de la Casa Blan­ca y el Con­gre­so. Es algo que empu­ja­rá a las urnas inclu­so a repu­bli­ca­nos muy mode­ra­dos. Eso sí, sea cual sea el resul­ta­do de las elec­cio­nes en enero, sabe­mos que será muy, muy ajus­ta­do, como lo serán todas las elec­cio­nes en Geor­gia en los pró­xi­mos años.

Si los demó­cra­tas no se hacen con el Sena­do, Biden ten­drá las manos atadas.

-Lo más pro­ba­ble es que los demó­cra­tas no logren pasar medi­da algu­na fue­ra de las execu­ti­ve orders presidenciales.Cualquier refor­ma estruc­tu­ral esta­rá fue­ra de alcan­ce, para empe­zar por­que no con­tro­la­rán los pre­su­pues­tos. Los repu­bli­ca­nos, por su par­te, con­ti­nua­rán en el cinis­mo que ya vimos en los años de Oba­ma. Y vol­ve­rán a la austeridad.

¿Y Biden?

-Lo acep­ta­rá, en par­te por­que esa posi­ción ideo­ló­gi­ca­men­te le pilla cer­ca y en par­te por­que no le que­da­rá otra.

Lo cual com­pli­ca­ría la situa­ción de los demó­cra­tas en las elec­cio­nes “mid­term” de 2022, en las que se juga­rán el con­trol de la Cáma­ra de Representantes.

-Mucho. Y las pre­si­den­cia­les de 2024 tam­bién se pon­drán difíciles.

En este esce­na­rio, ¿cuál sería el papel del expre­si­den­te Trump? ¿Des­apa­re­ce­rá? ¿Mon­ta­rá su pro­pio impe­rio mediático?

-Eso está por ver. Cuan­do hablé de ello en mi pod­cast con Nico­le Hem­mer, que es exper­ta en medios dere­chis­tas, me ase­gu­ró que Trump care­ce de la dis­ci­pli­na nece­sa­ria para lle­var siquie­ra un pro­gra­ma de radio o tele­vi­sión dia­rio. No nos enga­ñe­mos: inclu­so sien­do pre­si­den­te, a Trump le ha cos­ta­do inte­re­sar­se por la polí­ti­ca. Pues ima­gí­na­te como expre­si­den­te. Su hijo, Donald Trump Jr., sí que tie­ne ese per­fil, pero su audien­cia es mucho más limi­ta­da. No, lo que veo mucho más pro­ba­ble es un regre­so del Par­ti­do Repu­bli­cano de Mitch McCon­nell. Pero para la demo­cra­cia de este país eso es casi igual de malo.

(Foto de por­ta­da: Cas Mud­de en Esto­col­mo en 2018. Fran­kie Fou­ganthin, CC BY-SA 4.0)

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