CONTRA LA VIOLENCIA MACHISTA, ORGANICEMOS LAS CAPACIDADES SOCIALISTAS – ITAIA

A raíz del día en con­tra de la vio­len­cia machis­ta, des­de ITAIA hemos que­ri­do hacer públi­co nues­tro aná­li­sis polí­ti­co sobre la vio­len­cia machis­ta. Para ello, nos ha sido impres­cin­di­ble con­si­de­rar la situa­ción tan­to polí­ti­ca como eco­nó­mi­ca que ha con­di­cio­na­do por com­ple­to el con­tex­to de la pan­de­mia. Por lo tan­to, vemos nece­sa­rio no solo rea­li­zar un aná­li­sis de la fun­ción que cum­ple la vio­len­cia en el sis­te­ma capi­ta­lis­ta, sino tam­bién iden­ti­fi­car qué for­mas adop­ta dicha vio­len­cia hoy por hoy.

Son ver­da­de­ra­men­te atro­ces los cam­bios cul­tu­ra­les y eco­nó­mi­cos aca­rrea­dos por el coro­na­vi­rus. Las pér­di­das que ha cau­sa­do en la socie­dad, lejos de ser coyun­tu­ra­les, son pro­fun­das y rigu­ro­sas. El reajus­te eco­nó­mi­co, la vio­la­ción de dere­chos, el con­trol poli­cial o el incre­men­to de la vio­len­cia que sufri­mos a cau­sa del Covid-19 resul­ta­rán irre­ver­si­bles. El capi­tal se está sir­vien­do de la mis­ma pan­de­mia para rea­li­zar un reajus­te de la socie­dad en gene­ral y con­cre­ta­men­te de las rela­cio­nes labo­ra­les para ase­gu­rar­se de que el poder bur­gués per­du­re. Como con­se­cuen­cia de esta cri­sis eco­nó­mi­ca ace­le­ra­da por la pan­de­mia, la mujer tra­ba­ja­do­ra sufre una acen­tua­da agra­va­ción de sus con­di­cio­nes labo­ra­les y vita­les: des­pi­dos, una doble car­ga res­pec­to a los tra­ba­jos domés­ti­cos como resul­ta­do del con­fi­na­mien­to y los lími­tes ecó­no­mi­cos de los ser­vi­cios públi­cos, o el aumen­to de las medi­das polí­ti­cas que faci­li­tan y ocul­tan casos de vio­len­cia machis­ta son algu­nos de los ejemplos.

Asi­mis­mo, aun­que los datos ofi­cia­les pre­ten­dan mos­trar­nos una reali­dad distinta1, en este con­tex­to será evi­den­te el incre­men­to de las agre­sio­nes machis­tas, por un lado por­que la pro­le­ta­ri­za­ción de amplias capas del pro­le­ta­ria­do –ines­ta­bi­li­dad eco­nó­mi­ca y social– hará aumen­tar los casos de vio­len­cia, y por otra par­te, por­que las medi­das polí­ti­cas como el toque de que­da y el ais­la­mien­to social faci­li­tan y con­so­li­dan con­tex­tos para eje­cu­tar esta vio­len­cia. Por lo tan­to, el hom­bre tra­ba­ja­dor sigue y segui­rá prac­ti­can­do su domi­na­ción sobre la mujer median­te la vio­len­cia, lo que resul­ta­rá en una mayor mar­gi­na­ción y opre­sión de la mujer. En efec­to, en este momen­to en el que la socie­dad está sien­do obje­to de una rees­truc­tu­ra­ción eco­nó­mi­ca y cul­tu­ral, la vio­len­cia machis­ta tam­bién resul­ta­rá más nor­ma­li­za­da, por lo que para enfren­tar­nos a ella, nos será nece­sa­rio iden­ti­fi­car las nue­vas for­mas que ha adop­ta­do y rea­li­zar una inter­pre­ta­ción ade­cua­da al respecto.

1. LA VIOLENCIA OCULTA DEL SISTEMA CAPITALISTA

El capi­tal emplea diver­sas for­mas para con­tro­lar a la cla­se tra­ba­ja­do­ra, lo cual nos hace que la cla­se tra­ba­ja­do­ra sea cada vez más sumi­sa y sufra una mayor domi­na­ción. Esta vio­len­cia pue­de ser obvia, como es el caso de la tor­tu­ra, los gol­pes, las deten­cio­nes o san­cio­nes, que sir­ven para difun­dir mie­do en la socie­dad y garan­ti­zar la des­ar­ti­cu­la­ción polí­ti­ca. Sin embar­go, la vio­len­cia es un ele­men­to intrín­se­co del sis­te­ma capi­ta­lis­ta; el pro­ble­ma es que su alta nor­ma­li­za­ción la con­vier­te invi­si­ble. Dado que la orga­ni­za­ción de la socie­dad y la exis­ten­cia son deter­mi­na­das por el poder bur­gués, la per­so­na tra­ba­ja­do­ra no dis­po­ne del con­trol sobre su vida, lo cual, a nues­tro pare­cer, for­ma par­te de la vio­len­cia. La obli­ga­ción de tra­ba­jar ocho horas dia­rias para una per­so­na aje­na, la mer­can­ti­li­za­ción –des­hu­ma­ni­za­ción– de per­so­nas, la fal­ta de la capa­ci­dad de deci­sión sobre nues­tro ser, el temor dia­rio de per­der nues­tra casa o pues­to de tra­ba­jo, etc. son una for­ma de vio­len­cia, el pan de cada día de la cla­se tra­ba­ja­do­ra. Por con­si­guien­te, en esta socie­dad divi­di­da en dos cla­ses con intere­ses con­tra­pues­tas, la vio­len­cia es una for­ma esen­cial para ejer­cer el con­trol sobre la cla­se desposeída.

La cri­sis que va for­ta­le­cien­do a cau­sa de la pan­de­mia trae con­si­go ines­ta­bi­li­dad eco­nó­mi­ca y polí­ti­ca. Mues­tra de ello es la pér­di­da de las con­di­cio­nes vita­les y dere­chos de los tra­ba­ja­do­res, visi­bles en desahu­cios, des­pi­dos masi­vos, la pri­va­ción del dere­cho a reci­bir aten­ción sani­ta­ria y en las seve­ras res­tric­cio­nes para reci­bir una edu­ca­ción de cali­dad, entre otras cosas. En estos tiem­pos de cam­bio, la vio­len­cia se agra­va y el esta­do res­pon­de endu­re­cien­do sus fuer­zas repre­si­vas y judi­cia­les para man­te­ner su supues­ta esta­bi­li­dad, para dete­ner a la cla­se trabajadora.

Aun­que esta vio­len­cia reper­cu­te en todas las per­so­nas de la cla­se tra­ba­ja­do­ra pri­ván­do­nos del con­trol sobre nues­tras vidas, cada suje­to opri­mi­do lo vive de una for­ma dis­tin­ta¹: un joven, una mujer o una per­so­na extran­je­ra no viva esta vio­len­cia de la mis­ma mane­ra, en este caso nues­tra labor con­sis­te en defi­nir la for­ma en la que vive esta vio­len­cia la mujer tra­ba­ja­do­ra. Den­tro de la vio­len­cia estruc­tu­ral, la vio­len­cia con­tra la mujer tra­ba­ja­do­ra se mate­ria­li­za en una for­ma con­cre­ta: en la vio­len­cia machis­ta. La vio­len­cia machis­ta es un medio impres­cin­di­ble para el capi­tal por­que es un meca­nis­mo para man­te­ner a la mujer como suje­to eco­nó­mi­co deva­lua­do y con­ver­tir esta idea en nor­ma cul­tu­ral en la socie­dad. Así, con­si­gue man­te­ner la figu­ra opri­mi­da de la mujer y crea una ima­gen feme­ni­na que más le intere­se en cada momento.

2. LA OPRESIÓN DE LA MUJER TRABAJADORA Y LA VIOLENCIA MACHISTA

Como hemos men­cio­na­do ante­rior­men­te, el capi­tal adap­ta la opre­sión de las muje­res tra­ba­ja­do­ras a las nece­si­da­des eco­nó­mi­cas capi­ta­lis­tas de cada momen­to y con­si­gue así mayo­res ganan­cias eco­nó­mi­cas y la con­so­li­da­ción de la mujer tra­ba­ja­do­ra como suje­to deva­lua­do. En el sis­te­ma capi­ta­lis­ta, la opre­sión de la mujer tra­ba­ja­do­ra está subor­di­na­da a la domi­na­ción bur­gue­sa, o sea, a una acu­mu­la­ción ili­mi­ta­da de rique­zas que se fun­da en la explo­ta­ción de los tra­ba­ja­do­res. Al con­tra­rio, no debe­mos olvi­dar que la divi­sión social de tra­ba­jo se cons­tru­ye sobre unas con­di­cio­nes pre­via­men­te impues­tas y que el capi­tal hace suyas otras for­mas de domi­na­ción para que este obje­ti­vo se reali­ce en el mayor gra­do posi­ble. La exis­ten­cia de suje­tos subor­di­na­dos que social­men­te tan nor­ma­li­za­da está en el sis­te­ma capi­ta­lis­ta res­pon­de a esta reali­dad. En este caso, tra­ta­re­mos de cen­trar­nos en la opre­sión de la mujer trabajadora.

Por una par­te, la fami­lia, que apa­re­ce en la base de la domi­na­ción de la mujer tra­ba­ja­do­ra, y la fun­ción que esta ha desem­pe­ña­do y actual­men­te desem­pe­ña en esta ella han hecho que la mujer se inser­ta­ra ten­den­cial­men­te en la pro­duc­ción social. En otras pala­bras: a pesar de que en los ini­cios del capi­ta­lis­mo la mujer fue­ra “apartada”² de la pro­duc­ción social, se ha podi­do ver que su desa­rro­llo ha inser­ta­do a la mujer al mun­do labo­ral, pero sin haber supe­ra­do las fun­cio­nes que ella cum­plía en la fami­lia. Esta es una con­tra­dic­ción evi­den­te del capi­tal: se inte­gra la mujer en el mer­ca­do labo­ral, pero la car­ga de las tareas de casa sigue reca­yen­do sobre ella. Esto sig­ni­fi­ca que la mujer es inser­ta­da a unas rela­cio­nes labo­ra­les pre­ca­rias, pues­tos de tra­ba­jo par­cial, con­tra­tos tem­po­ra­les o el des­em­pleo, y a una depen­den­cia eco­nó­mi­ca hacia las ins­ti­tu­cio­nes bur­gue­sas. Por si esto fue­ra poco, sigue tenien­do el deber de cum­plir con las fun­cio­nes domés­ti­cas, lo cual la con­de­na al ais­la­mien­to social y político.

Como con­se­cuen­cia, la vio­len­cia machis­ta es una vio­len­cia sis­te­má­ti­ca para man­te­ner el poder del enemi­go, que ase­gu­ra que la fuer­za de tra­ba­jo de la mujer tra­ba­ja­do­ra siga estan­do deva­lua­da y que esta sea un suje­to opri­mi­do cul­tu­ral­men­te y subor­di­na­do polí­ti­ca­men­te. Por lo tan­to, se pue­de inter­pre­tar como un meca­nis­mo ideo­ló­gi­co para posi­bi­li­tar una acu­mu­la­ción de capi­tal en su nivel máxi­mo. En nues­tra vida coti­dia­na, esta vio­len­cia machis­ta apa­re­ce en for­mas diver­sas: en la fal­ta de reco­no­ci­mien­to polí­ti­co, en la domi­na­ción jurí­di­ca-cul­tu­ral, en el ais­la­mien­to cau­sa­do por la vio­len­cia mas­cu­li­na, en con­trol, malos tra­tos, agre­sio­nes sexua­les, vio­len­cia físi­ca y psicológica…

Para que la natu­ra­le­za de suje­to opri­mi­do de la mujer siga repro­du­cién­do­se de for­ma ili­mi­ta­da, el capi­tal pone en mar­cha una serie de medios polí­ti­cos. Median­te dis­tin­tos meca­nis­mos del esta­do, con­si­gue con­ver­tir la ideo­lo­gía machis­ta en nor­ma cul­tu­ral. Ejem­plos de dichos meca­nis­mos son:

– El sis­te­ma judi­cial, el cual con­si­gue que las agre­sio­nes a las muje­res se lle­ven a cabo con total impu­ni­dad. No hay nin­gún pre­ce­den­te ins­ti­tu­cio­nal- polí­ti­co que haya supues­to la para­li­za­ción de las agre­sio­nes machis­tas. Un cla­ro ejem­plo de ello es que “la embria­guez ha sido con­si­de­ra­da por la Audien­cia de Nava­rra como un cir­cuns­tan­cia exi­men­te en un caso de vio­la­ción”. Por lo tan­to, cual­quier pre­tex­to es legí­ti­mo a la hora de eje­cu­tar una agre­sión, de opri­mir a una mujer una y otra vez. La seve­ri­dad o fle­xi­bi­li­dad de las deci­sio­nes de los sis­te­mas judi­cia­les ante la vio­len­cia machis­ta depen­de­rá del con­tex­to social polí­ti­co del momen­to. Serán deci­sio­nes toma­das en fun­ción del lugar y del momen­to, nun­ca en bene­fi­cio de la mujer que ha sido agredida.

– Los medios de comu­ni­ca­ción ponen en mar­cha una serie de recur­sos téc­ni­cos-polí­ti­cos para desa­rro­llar la ideo­lo­gía machis­ta. Por un lado, refuer­zan el ima­gi­na­rio feme­nino, ya que mate­ria­li­za cómo debe ser su for­ma de ves­tir, el esti­lo de su cuer­po, sus hábi­tos de vida u otros fenó­me­nos que le incum­ben. Al capi­tal le corres­pon­de desa­rro­llar la ima­gen de mujer que le intere­sa en cada momen­to. Los medios crean una ima­gen u otra de la femi­ni­dad según las nece­si­da­des del capi­tal: en épo­cas ante­rio­res esta se corres­pon­día con la ima­gen de “madre per­fec­ta” y en la actua­li­dad se socia­li­zan imá­ge­nes de muje­res inde­pen­dien­tes y moder­nas. Ade­más, mani­pu­lan las noti­cias: los medios hacen públi­cas las noti­cias que le con­ven­gan al esta­do en cada momen­to, y para ello, trans­mi­ten la visión que se desea difun­dir de un jui­cio de vio­len­cia machis­ta, silen­cian las voces de las lim­pia­do­ras que están en lucha y ocul­tan con­ti­nua­men­te la reali­dad de la mujer tra­ba­ja­do­ra en tiem­pos de pan­de­mia, etc.

– El sis­te­ma edu­ca­ti­vo, y por lo tan­to, los cen­tros esco­la­res, están orien­ta­dos a repro­du­cir los tra­ba­ja­do­res del futu­ro. Sien­do esto así, defi­nen qué carác­ter y carac­te­rís­ti­cas deben tener los tra­ba­ja­do­res que serán nece­sa­rios en el futu­ro, es decir, pre­pa­ran a los y las estu­dian­tes para un esce­na­rio futu­ro; ejem­plo de ello son las acti­tu­des auto­ri­ta­rias del pro­fe­so­ra­do, las for­mas de estar en cla­se, los con­te­ni­dos trans­mi­ti­dos en cla­se o las rela­cio­nes que se pro­mue­ven entre el alum­na­do. En épo­cas ante­rio­res, esto se refle­ja­ba en que las chi­cas y los chi­cos no reci­bían la mis­ma edu­ca­ción, empe­zan­do por el con­te­ni­do. Hoy en día, aun­que no haya dife­ren­cias visi­bles entre las deci­sio­nes toma­das ante las alum­nas y los alum­nos, es evi­den­te que en la edu­ca­ción yacen los pri­me­ros pasos para la divi­sión social. Por ejem­plo, podría­mos hablar de los pro­gra­mas de coedu­ca­ción, los cua­les, lejos de pro­por­cio­nar medios mate­ria­les para enfren­tar­nos a la vio­len­cia machis­ta, cum­plen con la fun­ción de inten­tar solu­cio­nar pro­ble­mas superficiales.

-El mer­ca­do sexual, que tie­ne una res­pon­sa­bi­li­dad direc­ta en cuan­to que nor­ma­li­za la vio­len­cia machis­ta y cuyos prin­ci­pa­les res­pon­sa­bles son el capi­tal y sus apa­ra­tos de Esta­do. El hecho de que una de las vio­len­cias más hos­ti­les que sufre el ser humano sea la sexual y que esta ten­ga un mar­ca­do com­po­nen­te de géne­ro tie­ne que ver con los ini­cios de esta socie­dad. El capi­ta­lis­mo fue cons­trui­do sobre for­mas socia­les pre­vias; trans­for­mó radi­cal­men­te las rela­cio­nes socia­les ante­rio­res, pero, al mis­mo tiem­po, for­ta­le­ció algu­nas de ellas. Uno de los ejem­plos de esto sería la sexua­li­za­ción de la mujer, una de las ins­ti­tu­cio­nes más impor­tan­tes del capi­tal para obte­ner mayo­res ganan­cias y socia­li­zar la pro­pia ideo­lo­gía machis­ta. La mer­can­ti­li­za­ción de los cuer­pos y más con­cre­ta­men­te la mer­can­ti­li­za­ción del sexo de noso­tras, las muje­res, aca­rrea con­se­cuen­cias bru­ta­les a la vio­len­cia con­tra las muje­res. La mer­can­ti­li­za­ción del sexo con­vier­te a las per­so­nas y los cuer­pos en obje­tos, obje­tos vul­ne­ra­bles inca­pa­ces de hacer nada. En el orden capi­ta­lis­ta, todo es sus­cep­ti­ble de com­prar y ven­der: la per­so­na es equi­va­len­te a un obje­to. En esta socie­dad, al igual que pue­des com­prar ropa, tam­bién pue­des con­su­mir el cuer­po de alguien más débil que tú. Se pue­de decir que el capi­tal ocul­ta todo tipo de agre­sio­nes y vio­len­cias bajo el dine­ro y esto legi­ti­ma y nor­ma­li­za toda vio­len­cia de nues­tra vida coti­dia­na. Por tan­to, el capi­tal y el esta­do, a tra­vés de ins­ti­tu­cio­nes como la pros­ti­tu­ción, legi­ti­man toda agre­sión machis­ta: con­vier­ten el con­su­mo del cuer­po de la mujer en nor­ma cul­tu­ral machis­ta.
Son estos y más son los apa­ra­tos que el capi­tal tie­ne bajo su con­trol para difun­dir la ideo­lo­gía machis­ta y esta­bi­li­zar la figu­ra opri­mi­da de la mujer.

A tra­vés de estos y otros medios bur­gue­ses, logra legi­ti­mar todos los casos de vio­len­cia coti­dia­na que sufri­mos las muje­res tra­ba­ja­do­ras, y así, el capi­tal con­si­gue la acep­ta­ción de actuar a su anto­jo con la fuer­za de tra­ba­jo y la vida de las muje­res tra­ba­ja­do­ras. Como resul­ta­do, se repro­du­cen repe­ti­da­men­te un tipo de rela­ción fun­da­do en la violencia.

Sin embar­go, la vio­len­cia machis­ta es el pan de cada día para las muje­res. La mujer tra­ba­ja­do­ra tam­bién es gol­pea­da en su casa, está con­de­na­da a sen­tir­se inse­gu­ra por la calle, sue­le ser silen­cia­da y mar­gi­na­da en gru­pos… pode­mos encon­trar otros tan­tos ejem­plos de este tipo para expre­sar los casos de vio­len­cia machis­ta que las muje­res tene­mos que sufrir en nues­tro día a día. La vio­len­cia machis­ta es ejer­ci­da en muchos casos por hom­bres tra­ba­ja­do­res; mari­dos auto­ri­ta­rios, encar­ga­dos o jefes de tra­ba­jo, vio­la­do­res, etc. Pode­mos decir, por tan­to, que las figu­ras dis­ci­pli­na­rias (miem­bros de la cla­se tra­ba­ja­do­ra que ejer­cen vio­len­cia machis­ta con­tra la mujer tra­ba­ja­do­ra) desem­pe­ñan una fun­ción direc­ta en la opre­sión y subor­di­na­ción de las muje­res tra­ba­ja­do­ras refor­zan­do el poder del enemi­go y cola­bo­ran­do con el enemi­go. Lo que que­re­mos expre­sar con esto es que la vio­len­cia machis­ta, lejos de ser arbi­tra­ria, es una for­ma de vio­len­cia subor­di­na­da a intere­ses eco­nó­mi­cos polí­ti­cos. La domi­na­ción capi­ta­lis­ta crea per­ma­nen­te­men­te ene­mis­tad, y en con­se­cuen­cia, for­mas de vio­len­cia, en lugar de soli­da­ri­dad. En el caso que nos ocu­pa, el machis­mo como ideo­lo­gía gene­ral ha con­ver­ti­do en nor­ma cul­tu­ral la supe­rio­ri­dad del hom­bre sobre la mujer y esto pro­pi­cia una rela­ción de domi­na­ción hacia la mujer por par­te del hombre.

Noso­tras tene­mos cla­ro, por lo tan­to, que la vio­len­cia machis­ta le pro­du­ce bene­fi­cios eco­nó­mi­cos y polí­ti­cos a la cla­se domi­nan­te. Por un lado, como con­se­cuen­cia de la vio­len­cia machis­ta, por­que, como ya se ha men­cio­na­do, la bur­gue­sía incre­men­ta su capa­ci­dad eco­nó­mi­ca a cos­ta de la mujer tra­ba­ja­do­ra. Y por otro lado, por­que anu­la toda posi­bi­li­dad de orga­ni­za­ción de la cla­se tra­ba­ja­do­ra. A cau­sa de las agre­sio­nes que sufri­mos las muje­res tra­ba­ja­do­ras en la vida coti­dia­na, esta­mos con­de­na­das a estar inca­pa­ci­ta­das como suje­to polí­ti­co, ya que se nos pri­va de capa­ci­dad polí­ti­ca y social para unir­nos a la orga­ni­za­ción polí­ti­ca. Esto no solo nos afec­ta a nivel indi­vi­dual, sino que obs­ta­cu­li­za toda la orga­ni­za­ción pro­le­ta­ria, pues hace que las apti­tu­des de la cla­se tra­ba­ja­do­ra se reduz­can a la mitad. Es fun­da­men­tal que la mujer se con­vier­ta en mili­tan­te acti­vo, y para ello, nues­tra labor es acti­var pro­to­co­los efi­ca­ces ante con­tex­tos de agre­sio­nes machis­tas y com­ba­tir las figu­ras dis­ci­pli­na­rias que las materializan.

Sien­do esto así, la exi­gen­cia al Esta­do y a sus apa­ra­tos ins­ti­tu­cio­na­les de meca­nis­mos polí­ti­cos para fre­nar la vio­len­cia machis­ta de mane­ra gene­ral y abs­trac­ta se encuen­tra con lími­tes estruc­tu­ra­les, pre­ci­sa­men­te por­que son ellos los res­pon­sa­bles polí­ti­cos de per­pe­tuar la vio­len­cia machis­ta. Los esta­dos pue­den ocul­tar la vio­len­cia, pero den­tro de las rela­cio­nes capi­ta­lis­tas, es impo­si­ble que lle­guen a des­truir­la. Pues­to que la cues­tión no se limi­ta al inte­rés o a la volun­tad polí­ti­ca de quien esté en el gobierno, debe­mos cen­trar­nos en la lógi­ca eco­nó­mi­ca que domi­na el Esta­do. La direc­ción polí­ti­ca del Esta­do está dise­ña­da en fun­ción de los intere­ses eco­nó­mi­cos capi­ta­lis­tas (con el fin de refor­zar el poder bur­gués), mien­tras que el gobierno esta­tal se limi­ta a la ges­tión nacio­nal de estas medi­das. El Esta­do nun­ca adop­ta­rá nin­gu­na medi­da que eche por tie­rra el orden capi­ta­lis­ta, y no pon­drá, por tan­to, medios polí­ti­cos para aca­bar con la vio­len­cia con­tra las muje­res trabajadoras.

3. LA NECESIDAD DE LA ORGANIZACIÓN:

Enton­ces, ¿cuál es la tarea prin­ci­pal de la orga­ni­za­ción socia­lis­ta para enfren­tar­nos a la vio­len­cia machista?

Defi­nir la direc­ción estra­té­gi­ca, iden­ti­fi­car el pro­ble­ma y rea­li­zar su debi­da análisis:

Iden­ti­fi­car y hacer enten­der la fun­ción que desem­pe­ña la vio­len­cia machis­ta en el sis­te­ma capi­ta­lis­ta, de la mane­ra más con­cre­ta y rigu­ro­sa posi­ble, para así poder deter­mi­nar la direc­ción estra­té­gi­ca más efi­caz con­tra la vio­len­cia machis­ta. Los pro­ce­sos de lucha deben tener como pun­to de par­ti­da un aná­li­sis deta­lla­do de las fun­cio­nes y las carac­te­rís­ti­cas de los casos de vio­len­cia, ya que no se pue­den enten­der dichos casos como ele­men­tos ais­la­dos y estan­cos. Apar­te de esto, los pro­ce­sos de lucha deben estar diri­gi­dos hacia una orien­ta­ción con­cre­ta, a saber, hacia la abo­li­ción de la vio­len­cia estruc­tu­ral con­tra los trabajadores.

Inci­dir en la fal­ta de opor­tu­ni­da­des den­tro del mode­lo de rela­ción capi­ta­lis­ta para aca­bar con la vio­len­cia machista:

Si bien nues­tro hori­zon­te estra­té­gi­co apun­ta hacia la abo­li­ción de la vio­len­cia estruc­tu­ral con­tra la cla­se tra­ba­ja­do­ra, defi­ni­mos como una labor urgen­te la de empren­der pro­ce­sos de lucha para com­ba­tir la vio­len­cia machis­ta. Para no per­der de vis­ta la orien­ta­ción estra­té­gi­ca de los pro­ce­sos de lucha, nos pare­ce impor­tan­te recal­car la fun­ción polí­ti­ca con la que cum­ple el esta­do para per­pe­tuar la vio­len­cia machis­ta. En efec­to, somos cons­cien­tes de que las ins­ti­tu­cio­nes care­cen de neu­tra­li­dad y están subor­di­na­das a las nece­si­da­des tan­to eco­nó­mi­cas como polí­ti­cas del capi­tal. Por lo tan­to, las medi­das polí­ti­cas y la ges­tión mise­ra­ble apli­ca­das por el Esta­do son fru­to de su inca­pa­ci­dad estruc­tu­ral, más que de su fal­ta de volun­tad política.

Esto no quie­re decir que no deba­mos denun­ciar la irres­pon­sa­bi­li­dad del Esta­do en cuan­to a la con­so­li­da­ción de la vio­len­cia machis­ta, al con­tra­rio, debe­mos repro­char­le toda res­pon­sa­bi­li­dad que tie­ne al res­pec­to. Sien­do esto así, a la hora de hacer rei­vin­di­ca­cio­nes con­cre­tas exi­gi­das al esta­do ante una cues­tión con­cre­ta, estas rei­vin­di­ca­cio­nes debe­rán ir acom­pa­ña­das de unas decla­ra­cio­nes que expre­sen las res­tric­cio­nes estruc­tu­ra­les que nos encon­tra­mos las muje­res tra­ba­ja­do­ras para dis­fru­tar de unas con­di­cio­nes vita­les de cali­dad den­tro de las rela­cio­nes capi­ta­lis­tas. Para que todos dis­fru­te­mos de las mis­mas con­di­cio­nes de vida y por tan­to, ter­mi­ne­mos con la vio­len­cia machis­ta, será impres­cin­di­ble cons­truir ins­ti­tu­cio­nes pro­le­ta­rias: es el camino en el que debe­mos orien­tar los pro­ce­sos tác­ti­cos de lucha con­tra la vio­len­cia machista.

Crear meca­nis­mos pro­pios de res­pues­ta a la vio­len­cia machis­ta según nues­tras capa­ci­da­des polí­ti­cas: orga­ni­zar las capa­ci­da­des socialistas:

Debe­mos defi­nir las dife­ren­tes for­mas que adop­ta la vio­len­cia machis­ta en el día de hoy y eje­cu­tar nues­tras capa­ci­da­des polí­ti­cas para com­ba­tir­las. Nues­tra labor debe ser la de trans­for­mar las con­di­cio­nes de vida y las con­di­cio­nes estra­té­gi­cas de la mujer a tra­vés de pro­ce­sos de lucha con­cre­tos. Por ejem­plo, ante la depen­den­cia eco­nó­mi­ca que pode­mos tener las muje­res, hemos de for­mar medios polí­ti­cos para satis­fa­cer las nece­si­da­des mate­ria­les y físi­cas para desa­rro­llar las garan­tías nece­sa­rias que per­mi­tan a la mujer tra­ba­ja­do­ra huir de este esta­do de depen­den­cia. Dicho de otra mane­ra, tene­mos que crear las con­di­cio­nes nece­sa­rias para que las muje­res se unan a la lucha de clases.

Del mis­mo modo, hemos de con­ver­tir a la mujer tra­ba­ja­do­ra en suje­to polí­ti­co, y para ello, pro­por­cio­nar­le pri­me­ro cier­tas com­pe­ten­cias teó­ri­cas y polí­ti­cas, para que lue­go tam­bién adquie­ra com­pe­ten­cias de aná­li­sis sobre la reali­dad. Y en segun­do lugar, en rela­ción con el pun­to ante­rior, debe­mos situar en pri­me­ra línea la lucha con­tra los meca­nis­mos y las figu­ras que cons­tru­yen y man­tie­nen a la mujer como suje­to sin reco­no­ci­mien­to ni capa­ci­dad política.

Por lo tan­to, tene­mos que tener cla­ro que la direc­ción estra­té­gi­ca para aca­bar con la vio­len­cia machis­ta debe basar­se en ali­men­ta­ción del pro­ce­so socia­lis­ta, pues­to que es la úni­ca garan­tía para que las muje­res tra­ba­ja­do­ras poda­mos acce­der a unas con­di­cio­nes de vida de cali­dad y por lo tan­to, la úni­ca garan­tía para aca­bar con la vio­len­cia machis­ta. La exi­gen­cia de que todas y todos ten­ga­mos las mis­mas con­di­cio­nes de vida impli­ca que las muje­res tra­ba­ja­do­ras no ten­ga­mos rela­cio­nes labo­ra­les pre­ca­rias, que no ten­ga­mos mie­do a cami­nar por la calle, que no ten­ga­mos mie­do a que nos pegue el mari­do al entrar en casa, que no ten­ga­mos que asu­mir todas las tareas del hogar, etc. Sin embar­go, para con­se­guir­lo, tene­mos que cons­truir nues­tro pro­pio poder, hacer fren­te a cada caso de vio­len­cia machis­ta a tra­vés del con­trol de la cla­se trabajadora.

¿Cómo empren­de­re­mos todo esto empe­zan­do des­de ahora?

Itaia apues­ta por orga­ni­zar las capa­ci­da­des socia­lis­tas para unir a la mujer a la lucha de cla­ses. Para ello, por un lado, debe­mos desa­rro­llar los medios polí­ti­cos para com­ba­tir cada uno de los casos de vio­len­cia que sufri­mos las muje­res en el día a día –en el lugar de tra­ba­jo, en casa, en la calle, en las ins­ti­tu­cio­nes bur­gue­sas… – , desa­rro­llar medios polí­ti­cos para com­ba­tir­la (desa­rro­llan­do meca­nis­mos de pre­ven­ción y rea­li­zan­do res­pues­tas efi­ca­ces ante las agre­sio­nes) y defi­nir y erra­di­car la fun­ción que desem­pe­ña la nor­ma cul­tu­ral machis­ta (seña­lan­do la into­le­ran­cia de la vio­len­cia machis­ta y abo­lien­do la nor­ma cul­tu­ral). Dicho de otro modo, tene­mos que pro­pi­ciar las con­di­cio­nes polí­ti­cas nece­sa­rias para que la mujer sea acti­vo mili­tan­te. Esto impli­ca lle­var a cabo con dos fun­cio­nes prin­ci­pa­les; por un lado, la fun­ción de desa­rro­llar las capa­ci­da­des polí­ti­cas de la mujer para faci­li­tar sus opor­tu­ni­da­des para ejer­cer una mili­tan­cia polí­ti­ca y evi­tar su ais­la­mien­to social y polí­ti­co; y por otro, la fun­ción de tra­ba­jar con­ti­nua­men­te en el seno del pro­le­ta­ria­do la fun­ción de las figu­ras cola­bo­ra­do­ras y eje­cu­tar los medios polí­ti­cos nece­sa­rios para aca­bar con ellas, seña­lan­do la into­le­ran­cia den­tro de la orga­ni­za­ción comu­nis­ta y sub­ra­yan­do el con­ti­nuo retro­ce­so que supo­ne esta vio­len­cia en el pro­ce­so revolucionario.


¹Los datos apor­ta­dos del con­fi­na­mien­to indi­can que el núme­ro de denun­cias por agre­sio­nes machis­tas ha sido menor que en años ante­rio­res. Sin embar­go, enten­de­mos que en este aná­li­sis hay varias cues­tio­nes a tener en cuen­ta: por un lado, la limi­ta­da o nula posi­bi­li­dad de denun­cia de estas muje­res en el con­fi­na­mien­to. Por otro lado, hay que recal­car que aun­que se haya pro­du­ci­do un des­cen­so en las denun­cias habi­tua­les, el uso de otros ser­vi­cios, como el de la aten­ción tele­fó­ni­ca, han aumen­ta­do. Por últi­mo, somos cons­cien­tes del sal­to que siem­pre habrá entre los datos reales y los oficiales.

²Nos pare­ce impor­tan­te seña­lar que, aun­que en gene­ral los albo­res del capi­tal pusie­ron las bases para la asa­la­ri­za­ción masi­va de los hom­bres, había dife­ren­cias muy rele­van­tes entre las fami­lias adi­ne­ra­das y las fami­lias pro­le­ta­rias. Huel­ga decir que las muje­res pro­le­ta­rias siem­pre han tra­ba­ja­do, no qui­zá en la mis­ma posi­ción que los hom­bres o con igual reco­no­ci­mien­to. Esto no quie­re decir que estas muje­res aca­ba­ran con sus fun­cio­nes de casa, al con­tra­rio, supu­so una doble car­ga de trabajo.

Jato­rria /​Ori­gen

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