Eus­kal Herria. La bata­lla del relato

Por Jesús Valen­cia, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 24 de noviem­bre de 2020.

foto: Sacer­do­te Mike Azpeitia

Tras el final de ETA, la bata­lla del rela­to se ha inten­si­fi­ca­do. Has­ta hace cua­tro días, había que macha­car a los insu­rrec­tos y a quie­nes los mira­ban con esti­ma. La orga­ni­za­ción que mane­ja­ba fie­rros los dejó en algu­nos zulos y gen­tes de bien se encar­ga­ron de reco­ger­los y entregarlos.

Mala noti­cia. Nin­gu­na gue­rra tie­ne buen final si los supues­tos ven­ci­dos no son mar­ca­dos para siem­pre como bella­cos y quie­nes los mira­ron con bue­nos ojos, como cola­bo­ra­do­res nece­sa­rios. En esas esta­mos; si muchos fue­ron los dine­ros inver­ti­dos en la eta­pa ante­rior no son menos los inver­ti­dos en esta. Flo­re­cen como hon­gos en tem­pe­ro quie­nes ofer­tan a la patria (espa­ño­la) el ser­vi­cio de sus rela­tos com­pla­cien­tes. Los jun­ta­le­tras que pre­sen­tan a la rebel­día vas­ca como san­gui­na­ria tie­nen el éxi­to ase­gu­ra­do; sus cró­ni­cas se ven­den como ros­qui­llas y, ade­más de engor­dar sus fal­tri­que­ras, les mere­cen los pre­mios de una crí­ti­ca en éxta­sis orgás­mi­co. Sus nove­las se con­vier­ten en guio­nes cine­ma­to­grá­fi­cos o dan lugar a un dilu­vio de docu­men­ta­les y series tele­vi­si­vas a cual más tendenciosa.

La bata­lla his­pá­ni­ca por el rela­to es total pero no veo tran­qui­los a sus pro­mo­to­res. Actúan con pri­sa y reite­ra­ción como si no estu­vie­ran con­ven­ci­dos de alcan­zar los obje­ti­vos que se pro­po­nen. En esto les doy la razón. Su cos­to­sa para­fer­na­lia atur­de pero no arra­sa; con­ven­ce a muchos, pero no a todos. Quie­nes cono­cen la cruel­dad de los voci­fe­ran­tes guar­dan vivo el recuer­do de todos los ultra­jes que estos les infli­gie­ron. Su silen­cio no es aser­ti­vi­dad sino dis­cre­pan­cia; no dis­po­nen de tan ago­bian­te mega­fo­nía pero sí de sus pro­pios espa­cios don­de inter­pre­tan las vio­len­cias sopor­ta­das: el calor de las coci­nas, la ter­tu­lia ami­ga, el poteo com­par­ti­do, la men­di­martxa. Día a día reco­pi­lan la vio­len­cia derro­cha­da por los con­quis­ta­do­res y, en base a ella, ela­bo­ran su pro­pio relato. 

Quie­nes pre­go­nan el rela­to úni­co ter­mi­nan con­ven­ci­dos de su pro­pia ofus­ca­ción; esos son su poder y su debi­li­dad. Cuan­do Urku­llu cono­ció las decla­ra­cio­nes de Mikel Azpei­tia con­fe­só su per­ple­ji­dad; reco­no­ci­mien­to implí­ci­to de la trin­che­ra en la que pelea y de los lamen­tos que atien­de. No cabe en sus obs­ti­na­das sese­ras que alguien pue­da tener una per­cep­ción de la reali­dad dife­ren­te. Bas­ta que un hones­to cura de pue­blo expon­ga un rela­to dis­tin­to para que las furias del poder se des­aten con­tra él. Los ter­tu­lia­nos lo deni­gran, los jue­ces afi­lan el Códi­go Penal, las jerar­quías ecle­siás­ti­cas lo mar­gi­nan. Dis­pa­ra­ta­da pero com­pren­si­ble reac­ción. Bas­ta la voz espon­tá­nea de un hom­bre hon­ra­do para hacer tam­ba­lear el apa­ra­to pro­pa­gan­dís­ti­co del sis­te­ma; no sólo por­que cuen­ta su impre­sión sino por­que con­fie­sa que otras per­so­nas anó­ni­mas la comparten.

Es la reite­ra­da his­to­ria de una Espa­ña colo­nial que sigue tro­pe­zan­do en la mis­ma pie­dra. Cuan­do el Duque de Alba vino a con­quis­tar­nos, lle­va­ba con­si­go a un cro­nis­ta al que le con­ce­día más uti­li­dad que al mejor de sus arca­bu­ce­ros. Tras Luis Correa, otros muchos y bien paga­dos escri­ba­nos siguen mag­ni­fi­can­do al impe­rio y deni­gran­do a quie­nes lo cues­tio­nan. A fal­ta de razo­nes, dicen que Mikel Azpei­tia y los cris­tia­nos que lo apo­yan son pocos y a pun­to de extin­guir­se. ¿Cuán­tos eran Anto­nio de Mon­te­si­nos y Bar­to­lo­mé de las Casas? Aque­llos dos abne­ga­dos frai­les –hon­ra­dos y mal vis­tos – con­ta­ron la bru­ta­li­dad de los enco­men­de­ros que las cró­ni­cas pala­cie­gas ocul­ta­ban. ¿Qué los gru­pos cris­tia­nos que apo­yan a Mikel van a extin­guir­se? Sin nin­gu­na duda; pero la con­cien­cia de pue­blo que tras­mi­ten, segu­ro que no. Des­de hace cin­co siglos nos reite­ran que somos espa­ño­les y no nos han con­ven­ci­do. Si en estos pri­me­ros 500 años han fra­ca­sa­do, supon­go que les pasa­rá otro tan­to en los siguientes. 

Itu­rria /​Fuen­te

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