Argen­ti­na. El Capi­ta­lo­ceno y las pandemias

Por Antón Fer­nán­dez Piñei­ro, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 22 de noviem­bre de 2020. 

Las cri­sis sani­ta­ria, cli­má­ti­ca y eco­ló­gi­ca están ínti­ma­men­te rela­cio­na­das. El sis­te­ma capi­ta­lis­ta está encon­tran­do los lími­tes de sus pro­pias diná­mi­cas al pivo­tar sobre el cre­ci­mien­to eco­nó­mi­co cons­tan­te en un pla­ne­ta con recur­sos fini­tos. La Tie­rra está man­dan­do seña­les para cam­biar nues­tra mane­ra de rela­cio­nar­nos con ella. 

La Pes­te Negra fue una pan­de­mia que mar­có tan­to físi­ca como espi­ri­tual­men­te el mun­do occi­den­tal en la Edad Media. Esta enfer­me­dad esta­ba loca­li­za­da en los valles de Afga­nis­tán has­ta que la ruta de la seda y las inva­sio­nes mon­go­las favo­re­cie­ron su expan­sión por todo el mun­do. Las con­se­cuen­cias son bien cono­ci­das. Y es que la his­to­ria no solo la escri­ben las caí­das de impe­rios, con­quis­tas de nue­vos con­ti­nen­tes o inven­cio­nes tec­no­ló­gi­cas, sino tam­bién pan­de­mias glo­ba­les que actúan revo­lu­cio­nan­do la men­ta­li­dad de las sociedades.

De mane­ra aná­lo­ga a la Pes­te Negra, pero con sie­te siglos de dis­tan­cia, la pan­de­mia cau­sa­da por el SARS-CoV‑2 está cam­bian­do el mun­do, aun­que exis­ten diver­gen­cias. El pató­geno, por ejem­plo, no es una bac­te­ria sino un virus y mien­tras que la pes­te mató entre un ter­cio y la mitad de la pobla­ción euro­pea en el siglo XIV, la actual pan­de­mia es mucho menos mor­tí­fe­ra, fun­da­men­tal­men­te por las pro­pias carac­te­rís­ti­cas bio­ló­gi­cas del virus y por el desa­rro­llo de la cien­cia y de la medi­ci­na moder­na. Sin embar­go, ambas enfer­me­da­des com­par­ten el hecho de sur­gir y expan­dir­se como resul­ta­do del aumen­to de las inter­ac­cio­nes huma­nas en el glo­bo. Las razo­nes se encuen­tran en un con­jun­to de fac­to­res deri­va­dos de una eco­no­mía que comer­cia con bie­nes y ser­vi­cios sin impor­tar los cos­tes socia­les y eco­ló­gi­cos en tan­to que resul­te bene­fi­cio­so eco­nó­mi­ca­men­te, aun­que a lar­go pla­zo esto sea para­dó­ji­ca­men­te nega­ti­vo para los mercados.

El Capi­ta­lo­ceno y la urgen­cia de la estra­te­gia preventiva

Este mis­mo año, la IPBES (Pla­ta­for­ma Inter­gu­ber­na­men­tal Cien­tí­fi­co-nor­ma­ti­va sobre Diver­si­dad Bio­ló­gi­ca y Ser­vi­cios de los Eco­sis­te­mas) ela­bo­ró un infor­me exhaus­ti­vo con el tra­ba­jo de más de 150 exper­tos y otros 350 cola­bo­ra­do­res aler­tan­do de que futu­ras pan­de­mias emer­ge­rán con mayor fre­cuen­cia, pro­li­fe­ra­rán más rápi­do, afec­ta­rán más a la eco­no­mía y serán más leta­les que el covid-19, a no ser que haya un cam­bio trans­for­ma­dor de enfo­que en la lucha con­tra las enfer­me­da­des infec­cio­sas, pasan­do de la reac­ción a la prevención.

Des­de la mal lla­ma­da “gri­pe espa­ño­la” de 1918, seis pan­de­mias se exten­die­ron por el mun­do: tres del virus de la gri­pe, el SIDA, el SARS y el covid-19. Su fre­cuen­cia está aumen­tan­do. Se esti­man entre 631.000 y 827.000 los virus des­co­no­ci­dos con capa­ci­dad de infec­tar a los huma­nos. Al mis­mo tiem­po, los cos­tes eco­nó­mi­cos actua­les son 100 veces supe­rio­res a los esti­ma­dos para la estra­te­gia pre­ven­ti­va. El infor­me ase­gu­ra que sólo median­te un “cam­bio trans­for­ma­dor de los fac­to­res eco­nó­mi­cos, socia­les, polí­ti­cos y tec­no­ló­gi­cos” se podrían alcan­zar los obje­ti­vos y las metas de Aichi, fija­das para pro­te­ger la bio­di­ver­si­dad y los bie­nes y ser­vi­cios de impor­tan­cia capi­tal que la natu­ra­le­za nos brin­da. Una de las carac­te­rís­ti­cas cita­das de este cam­bio, que se requie­re urgen­te, es “la evo­lu­ción de los sis­te­mas eco­nó­mi­cos y finan­cie­ros para desa­rro­llar una eco­no­mía sos­te­ni­ble a nivel mun­dial, que se ale­je de las limi­ta­cio­nes del actual para­dig­ma de cre­ci­mien­to eco­nó­mi­co”. Un cam­bio de para­dig­ma que está en la mis­ma base de la filo­so­fía del modo de pro­duc­ción capitalista.

El Capi­ta­lo­ceno es un con­cep­to pro­pues­to para la era geo­ló­gi­ca actual que sur­ge como res­pues­ta al de Antro­po­ceno, el cual seña­la a la acti­vi­dad huma­na sin excep­ción y al cre­ci­mien­to demo­grá­fi­co como res­pon­sa­bles de la alte­ra­ción de los ciclos geo­quí­mi­cos glo­ba­les. No obs­tan­te, por etno­cén­tri­co e injus­to, este enfo­que fue refor­mu­la­do por algu­nos auto­res que defien­den que la res­pon­sa­bi­li­dad de la alte­ra­ción de los ciclos geo­quí­mi­cos glo­ba­les es debi­da a las acti­vi­da­des huma­nas bajo el sis­te­ma de rela­cio­nes socio­eco­nó­mi­cas dominante.

La con­quis­ta de Amé­ri­ca per­mi­tió y favo­re­ció el comer­cio mun­dial, robus­te­cien­do a la bur­gue­sía y su influen­cia eco­nó­mi­ca y polí­ti­ca. Las revo­lu­cio­nes indus­tria­les que se suce­die­ron a par­tir de fina­les del siglo XVIII se basa­ron en el aumen­to expo­nen­cial de la deman­da de ener­gía fósil, en las inven­cio­nes tec­no­ló­gi­cas y en una acti­tud recep­ti­va hacia la evo­lu­ción de la téc­ni­ca. El desa­rro­llo de la civi­li­za­ción moder­na ace­le­ró el cre­ci­mien­to de la eco­no­mía glo­bal y los impac­tos del ser humano en el medio ambien­te, sobre todo a par­tir de la segun­da mitad del siglo XX, per­mi­tien­do un auge demo­grá­fi­co sin precedentes.

El 10% más rico de la pobla­ción mun­dial emi­te el 49% de las emi­sio­nes tota­les de Gases de Efec­to Inver­na­de­ro (GEI) y el 50% de la pobla­ción mun­dial más pobre emi­te sólo el 10% del total

A pesar de la inne­ga­ble impor­tan­cia del aumen­to de la pobla­ción total sobre los recur­sos limi­ta­dos del pla­ne­ta Tie­rra, este no es el fac­tor más impor­tan­te, sino la avi­dez ener­gé­ti­ca de unos pocos. La ratio del PIB por habi­tan­te casi mul­ti­pli­ca por dos en los últi­mos dos siglos la ratio de cre­ci­mien­to de la pobla­ción, lo que quie­re decir que la cri­sis ambien­tal es con­se­cuen­cia del aumen­to de la pro­duc­ción y del con­su­mo por habi­tan­te en lugar del aumen­to pobla­cio­nal. Un infor­me de OXFAM con­clu­ye que el cam­bio cli­má­ti­co está indi­so­lu­ble­men­te liga­do a la des­igual­dad eco­nó­mi­ca, por­que está basa­do en las emi­sio­nes de los ricos, que afec­tan y afec­ta­rán en mayor medi­da a los pobres. Por ejem­plo, el 10% más rico de la pobla­ción mun­dial emi­te el 49% de las emi­sio­nes tota­les de Gases de Efec­to Inver­na­de­ro (GEI) y el 50% de la pobla­ción mun­dial más pobre emi­te sólo el 10% del total.

La impor­tan­cia de tener eco­sis­te­mas sanos

La cau­sa-efec­to entre la des­truc­ción de los eco­sis­te­mas y la pro­pa­ga­ción de nue­vas enfer­me­da­des es una evi­den­cia. Así lo ase­gu­ran las prin­ci­pa­les orga­ni­za­cio­nes inter­na­cio­na­les dedi­ca­das a su estu­dio. La FAO (Orga­ni­za­ción de las Nacio­nes Uni­das para la Ali­men­ta­ción y la Agri­cul­tu­ra) ha publi­ca­do recien­te­men­te un infor­me que eva­lúa el esta­do de los bos­ques a nivel glo­bal cada diez años. Así, seña­la que la exten­sión total de los bos­ques está dis­mi­nu­yen­do a un rit­mo de 10 millo­nes de hec­tá­reas al año y que des­de 1990 des­apa­re­cie­ron 420 millo­nes de hec­tá­reas. Actual­men­te ocu­pan 4060 millo­nes de hec­tá­reas, es decir, un 31% de la super­fi­cie terres­tre. Aun­que el rit­mo de defo­res­ta­ción esta bajan­do des­de 1990, son prin­ci­pal­men­te los bos­ques pri­ma­rios de los tró­pi­cos, que acu­mu­lan la mayor par­te de la bio­di­ver­si­dad terres­tre, los que están sien­do decimados.

La agri­cul­tu­ra indus­trial es el fac­tor más impor­tan­te de tal defo­res­ta­ción debi­do prin­ci­pal­men­te a la plan­ta­ción de cul­ti­vos para ali­men­tar al gana­do, sín­to­ma de la nece­si­dad de cam­biar los sis­te­mas ali­men­ta­rios actuales

La agri­cul­tu­ra indus­trial es el fac­tor más impor­tan­te de tal defo­res­ta­ción debi­do prin­ci­pal­men­te a la plan­ta­ción de cul­ti­vos para ali­men­tar al gana­do, sín­to­ma de la nece­si­dad de cam­biar los sis­te­mas ali­men­ta­rios actua­les. La agri­cul­tu­ra local de sub­sis­ten­cia, la urba­ni­za­ción, la cons­truc­ción de infra­es­truc­tu­ras y la mine­ría son las otras cau­sas más impor­tan­tes de la deforestación.

En este con­tex­to, la con­ser­va­ción de los eco­sis­te­mas, y más con­cre­ta­men­te de los bos­ques pri­ma­rios, se pre­sen­ta vital por­que brin­dan bie­nes y ser­vi­cios de un valor incal­cu­la­ble. Algu­nos, de uso direc­to, como ali­men­tos, fár­ma­cos o ener­gía y, otros, de uso indi­rec­to, tal vez más intan­gi­bles pero impor­tan­tí­si­mos a nivel glo­bal, como la depu­ra­ción del agua, el con­trol de la ero­sión o… el con­trol de las pla­gas y enfermedades.

La bio­di­ver­si­dad actúa con­tro­lan­do diver­sas pla­gas y enfer­me­da­des a tra­vés de un efec­to de dilu­ción o de cor­ta­fue­gos. Cuan­do con­vi­ven muchas espe­cies en un eco­sis­te­ma la pro­ba­bi­li­dad de que un pató­geno infec­te a una espe­cie en con­cre­to es menor. Asi­mis­mo, el pató­geno pue­de ver blo­quea­do su desa­rro­llo al alo­jar­se en cier­tas espe­cies don­de no es capaz de reproducirse.

Las redes tró­fi­cas equi­li­bran igual­men­te la expan­sión exa­ge­ra­da de cier­tas espe­cies. Es decir, cuan­do hay muchos indi­vi­duos de una espe­cie, otras vie­nen a equi­li­brar la balan­za depre­dán­do­la o para­si­tán­do­la. Esto es espe­cial­men­te impor­tan­te cuan­do una deter­mi­na­da espe­cie posee una alta car­ga viral (can­ti­dad de par­tí­cu­la viral que pue­de estar pre­sen­te en la san­gre de una espe­cie), que varía de una espe­cie a otra. Otro fac­tor muy impor­tan­te es que a menu­do las espe­cies que actúan como reser­vo­rios de virus son gene­ra­lis­tas, pudien­do desa­rro­llar­se y sobre­vi­vir a diver­sas con­di­cio­nes ambien­ta­les. De esta mane­ra, los pató­ge­nos son regu­la­dos por un com­ple­jo equi­li­brio de inter­ac­cio­nes entre dis­tin­tas especies.

Sin embar­go, la trans­mi­sión de una enfer­me­dad ani­mal a un humano (zoo­no­sis) es favo­re­ci­da cuan­do un eco­sis­te­ma es afec­ta­do por algún tipo de per­tur­ba­ción, como la tala de un bos­que o un incen­dio, por­que este equi­li­brio se ve alte­ra­do. La con­se­cuen­cia direc­ta es la apa­ri­ción de enfer­me­da­des emer­gen­tes y reemer­gen­tes, en su mayo­ría de ori­gen ani­mal y poten­cial­men­te zoo­nó­ti­cas. La Orga­ni­za­ción Mun­dial de la Salud (OMS) cal­cu­la que el 75% de las nue­vas enfer­me­da­des huma­nas son de ori­gen ani­mal. Ejem­plos de esto son el covid-19, la fie­bre del Nilo occi­den­tal, el SARS de 2002 y una lar­ga lis­ta de otras dolencias.

La glo­ba­li­za­ción pro­vo­có un enor­me incre­men­to en la velo­ci­dad y en el volu­men del trá­fi­co de mer­can­cías y de via­je­ros, pero tam­bién de pató­ge­nos y de sus hués­pe­des ani­ma­les. El con­tra­ban­do de ani­ma­les es un nego­cio que movió en el 2019 107.000 millo­nes de euros y el 24% de las espe­cies de ver­te­bra­dos, repre­sen­tan­do una de las prin­ci­pa­les cau­sas de la pér­di­da de bio­di­ver­si­dad a nivel glo­bal, ya que este mer­ca­do se retro­ali­men­ta de la defo­res­ta­ción. La ten­den­cia glo­bal de urba­ni­za­ción, así como su expan­sión en detri­men­to de los bos­ques, aumen­ta no sólo la pro­ba­bi­li­dad de con­ta­giar y ser con­ta­gia­do sino tam­bién la expo­si­ción a los ani­ma­les sal­va­jes. La rece­ta per­fec­ta para una pan­de­mia global.

Lejos de teo­rías cons­pi­ra­noi­cas que no se sos­tie­nen sobre la crea­ción arti­fi­cial de un arma bio­ló­gi­ca en for­ma de virus, en el sudes­te asiá­ti­co todos estos fac­to­res lle­van actuan­do con­jun­ta­men­te des­de hace mucho tiem­po y sitúan un mer­ca­do de ani­ma­les vivos como el esce­na­rio más pro­ba­ble don­de se pro­du­jo la pri­me­ra infec­ción por SARS-CoV‑2. ¿Por qué no se sos­tie­nen estas teo­rías? Dicho de un mane­ra popu­lar, por­que la natu­ra­le­za es más vie­ja que la cien­cia, lo que sig­ni­fi­ca que tam­bién es más inteligente.

“La pro­teí­na del virus que se une a un recep­tor celu­lar humano está opti­mi­za­da de tal modo que ni siquie­ra pudo ser pre­vis­ta por las simu­la­cio­nes infor­má­ti­cas que recrean todas las posi­bles modi­fi­ca­cio­nes gené­ti­cas que podrían ser lle­va­das a cabo para fabricarla.”

Según un estu­dio cien­tí­fi­co que dis­cu­te las dife­ren­tes hipó­te­sis sobre el ori­gen del virus, “es impro­ba­ble que el SARS-CoV‑2 nacie­ra a par­tir de la mani­pu­la­ción de un coro­na­vi­rus cau­san­te del Sín­dro­me Res­pi­ra­to­rio Agu­do Seve­ro en un labo­ra­to­rio” por­que la pro­teí­na del virus que se une a un recep­tor celu­lar humano está opti­mi­za­da de tal modo que ni siquie­ra pudo ser pre­vis­ta por las simu­la­cio­nes infor­má­ti­cas que recrean todas las posi­bles modi­fi­ca­cio­nes gené­ti­cas que podrían ser lle­va­das a cabo para fabricarla.

Así, las hipó­te­sis más plau­si­bles se basan en la selec­ción natu­ral del virus. Bien a par­tir de uno o de varios hués­pe­des ani­ma­les pre­vios a la zoo­no­sis o bien a par­tir de la selec­ción natu­ral del virus en los huma­nos. Exis­te evi­den­cia de que sus hos­pe­da­do­res pri­ma­rios son mur­cié­la­gos, ya que estos cons­ti­tu­yen un reser­vo­rio natu­ral de una gran varie­dad de coro­na­vi­rus. Al secuen­ciar el geno­ma del mur­cié­la­go Rhi­no­lophus affi­nis , se des­cu­brió un coro­na­vi­rus que es un 96,2% simi­lar gené­ti­ca­men­te al SARS-CoV‑2 (cau­san­te de la COVID-19) y 80% simi­lar al SARS-CoV que cau­só la epi­de­mia de 2002 en China.

En el mer­ca­do de Hua­nan, en Wuhan (Chi­na), se ven­dían ani­ma­les sal­va­jes vivos (entre ellos los mur­cié­la­gos) y exó­ti­cos en algu­nos casos, por lo que es muy pro­ba­ble que pudie­ran afec­tar a otros ani­ma­les en el pro­ce­so para aca­bar sal­tan­do a los huma­nos. Otro hecho que apo­ya esta hipó­te­sis es que el estrés que sufren estos ani­ma­les aumen­ta la pro­ba­bi­li­dad de enfer­mar y trans­mi­tir la enfer­me­dad al debi­li­tar­se su sis­te­ma inmu­ne. Has­ta aho­ra no se pudo recons­truir al 100% la his­to­ria, pero entre los hués­pe­des inter­me­dia­rios que se mane­jan como posi­bi­li­da­des están las ser­pien­tes y los pangolines.

En defi­ni­ti­va, las cri­sis sani­ta­ria, cli­má­ti­ca y eco­ló­gi­ca están ínti­ma­men­te rela­cio­na­das y se expli­can en bue­na medi­da por un sis­te­ma capi­ta­lis­ta que pivo­ta sobre el cre­ci­mien­to eco­nó­mi­co cons­tan­te en un pla­ne­ta con recur­sos fini­tos, encon­tran­do los lími­tes de sus pro­pias diná­mi­cas. Pare­ce exis­tir un para­le­lis­mo con la pan­de­mia de la Pes­te Negra, pero en este caso el cam­bio de men­ta­li­dad debe resul­tar en un mayor res­pe­to por la natu­ra­le­za. La Tie­rra está man­dan­do seña­les para cam­biar nues­tra mane­ra de rala­cio­nar­nos con ella.

Fuen­te: AnRed

Itu­rria /​Fuen­te

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