El Sal­va­dor. En memo­ria de los már­ti­res de la UCA

Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 16 de noviem­bre de 2020.

En la madru­ga­da del 16 de noviem­bre de 1989, seis jesui­tas, Elba y Celi­na fue­ron bru­tal­men­te ase­si­na­dos en el mar­co de un ope­ra­ti­vo orga­ni­za­do por el alto man­do del ejér­ci­to y con el aval de las máxi­mas auto­ri­da­des del gobierno salvadoreño.

Los mata­ron por­que estor­ba­ban, por­que su lla­ma­do al diá­lo­go y a bus­car cami­nos nego­cia­dos no era bien vis­to por quie­nes habían con­ver­ti­do a la Gue­rra en un nego­cio lucra­ti­vo. Cua­tro fue­ron los hor­co­nes en los cua­les os jesui­tas sos­te­nía su misión apos­tó­li­ca: uno, la Fe en el Dios de la Vida; dos, la razón y la bús­que­da de la ver­dad por enci­ma de dog­ma­tis­mos y la irra­cio­na­li­dad; tres, la paz como fun­da­men­to de la jus­ti­cia; y cua­tro, el amor y defen­sa de los más opri­mi­dos e indefensos. 

La vida de estas ocho per­so­nas fue para­dó­ji­ca­men­te malo­gra­da y ben­de­ci­da. Malo­gra­da por­que la cruel­dad de la matan­za no pue­de ser jamás ate­nua­da. Los ros­tros y cere­bros des­pe­da­za­dos como ani­ma­les que se des­ta­zan sin pie­dad, es una reali­dad a la que nada ni nadie pue­de qui­tar el horror. Y a la vez es una vida ben­de­ci­da, por­que dice bien de la entre­ga de estas per­so­nas a valo­res que no tran­zan con la bar­ba­rie, la inso­li­da­ri­dad, la vio­len­cia, la corrup­ción y el derroche.

Uno de estos már­ti­res, Igna­cio Ella­cu­ría, lo dijo de una mane­ra esplén­di­da: el pla­ne­ta jamás ten­drá futu­ro digno si las socie­da­des se esme­ran en ase­me­jar­se al derro­che y al con­su­mo de la socie­dad nor­te­ame­ri­ca­na. El futu­ro sólo será posi­ble a par­tir de una civi­li­za­ción de la pobre­za. Y por pro­mo­ver estas ideas y bus­car su con­cre­ción his­tó­ri­ca en El Sal­va­dor, los cuer­pos de los jesui­tas fue­ron despedazados.

Cen­troa­mé­ri­ca ente­ra, está urgi­da de dig­ni­dad, jus­ti­cia, ver­dad y amor, valo­res por los que die­ron su vida los jesui­tas de la UCA. Valo­res que se han de his­to­ri­zar en una nue­va admi­nis­tra­ción ins­ti­tu­cio­nal de la jus­ti­cia, en la defen­sa y res­pe­to de los dere­chos huma­nos, en el recha­zo al con­trol del Esta­do y de los bie­nes natu­ra­les por redu­ci­das éli­tes, y en un Esta­do de Dere­cho consolidado.

Hacer memo­ria de los Már­ti­res es escar­bar en nues­tra his­to­ria seña­les para seguir cre­yen­do. Los már­ti­res son esa fuer­za que nos invi­ta a dejar atrás des­alien­tos, y a man­te­ner­nos en la lucha por alcan­zar el triun­fo final de los jus­tos. Tris­te sería si en la Igle­sia aban­do­na­mos esa memo­ria, por­que nues­tra Euca­ris­tía es jus­ta­men­te el memo­rial de un mar­ti­rio, el memo­rial de la entre­ga gene­ro­sa de la san­gre de un inocente.

Mon­se­ñor Casal­dá­li­ga, dice que los már­ti­res son teso­ros del pue­blo. Y así lo dije­ron nues­tros Padres de la Igle­sia en los pri­me­ros siglos: los már­ti­res son semi­lla de cris­tia­nos. Cuán­to nece­si­ta­mos hoy esa memo­ria en nues­tra Igle­sia para saber car­gar con la vida y las angus­tias de nues­tro pue­blo des­de la espe­ran­za. Los Már­ti­res de la UCA son una cau­sa que puri­fi­ca y alum­bra nues­tra fe, nues­tras vidas y nues­tras luchas, y tra­yen­do a nues­tros recuer­dos las imá­ge­nes de sus cuer­pos des­tro­za­dos, ellos hacen reso­nar en nues­tros cora­zo­nes las pro­pias pala­bras del Evan­ge­lio: “hagan esto en memo­ria mía”.

Fuen­te: Radio Progreso

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