Hon­du­ras. Quie­nes bajan de las lanchas

Por Melis­sa Car­do­za. Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 14 de noviem­bre de 2020.

Para empe­zar quie­nes lle­va­ron las lan­chas con sus pro­pios medios y se pusie­ron a sal­var per­so­nas atra­pa­das fue­ron gen­te que podía, pero ade­más le sobra­ba un enor­me sen­ti­do de res­pon­sa­bi­li­dad huma­na, la soli­da­ri­dad. Algu­nos fue­ron por sus fami­lia­res, y tan­tos se que­da­ron yen­do y vinien­do con quien encon­tra­ran por esos cami­nos de agua para poner­les a sal­vo, unos en lan­chas, otros en cayu­cos, anó­ni­mos res­ca­tis­tas de la fe en la humanidad.

Lue­go fue­ron cen­su­ra­dos por los cri­mi­na­les del gobierno que creen que somos idio­tas y que ellos son orga­ni­za­dos y dili­gen­tes, exper­tos en simu­la­ción como lo han mos­tra­do por años. Hoy, han lle­ga­do los comer­cian­tes que han subi­do los cos­tos de alqui­ler de las embar­ca­cio­nes, así como las cade­nas de far­ma­cias del país le han subi­do a las medi­ci­nas y muchos médi­cos a las con­sul­tas, gra­cias a la pan­de­mia. Hay huma­nos carro­ñe­ros que apa­re­cen en momen­tos lucrativos. 

Con ojos arra­sa­dos por las lágri­mas hemos vis­to a la gen­te que baja de las lan­chas. Las que han baja­do una y otra vez de los sitios de la deses­pe­ra­ción y deso­la­ción por­que la expre­sión que llue­ve sobre moja­do nun­ca ha sido más pre­ci­sa para la pobla­ción que hoy deam­bu­la sin hogar, cuan­do pocas veces lo ha teni­do. Una mi toca­ya decía en la radio, Mi casa es de peda­zos de cosas, de reci­cle, pero es la úni­ca casa que tenía­mos yo y mis cipotes.

Per­so­nas que con esfuer­zos increí­bles con­si­guie­ron tie­rra, levan­ta­ron hogar y fue­ron com­pran­do a lar­gos pla­zos sus cosas que cla­ro que les cues­ta dejar. Cuán­to nego­cio se ha enri­que­ci­do de las pri­mas y cuo­tas con la que se paga has­ta tres veces una cama, una divi­sión, la pan­ta­lla de la tele­vi­sión. Otra vez se nota que hay dos lados para abor­dar la des­gra­cia, y la ganan­cia es una de ellas.

Les vimos bajar a esas muje­res rotun­da­men­te cos­te­ñas, anchas de ese modo que tan­to moles­ta a la esté­ti­ca bur­gue­sa ano­ré­xi­ca que ha hecho de la del­ga­dez un bien moral, pre­ci­sa­men­te esas amplias muje­res con las cami­se­tas de fra­ses en inglés que se com­pran a bue­nos pre­cios en los aga­cho­nes, moja­das y afli­gi­das, baja­ron de las lan­chas jalan­do una mochi­la a reven­tar, bol­sas de plás­ti­co, algún niño o niña, gatos, perros, pollos, jolo­tes, gallos. Hemos vis­to hom­bres con sus cal­zo­ne­tas car­gan­do a otros, cui­dan­do el paso de una doñi­ta, tra­tan­do de res­ca­tar algún chun­che de la casa, con las mira­das de sus­to y ali­vio al poner el pie en la tie­rra firme.

Ham­brien­tos, sedien­tas, asus­ta­das, doli­dos todos.

Esa gen­te no olvi­da­rá que estu­vie­ron a pun­to de morir, que no les dije­ron el peli­gro real que se iba a vivir y mucho menos lo que debie­ran hacer para estar lejos de sus hoga­res, pero para estar bien y no para andar como áni­mas en penas por las calles, dur­mien­do en el sue­lo como está suce­dien­do aho­ra. Las mis­mas a quie­nes invi­ta­ron a pasar una sema­na de feria­do para sal­var la eco­no­mía con un hura­cán anun­cia­do de por medio, que no fue­ron a bus­car­les en los techos moja­dos del zinc don­de espe­ra­ron con deses­pe­ra­ción. Inope­ran­tes, irres­pon­sa­bles y cri­mi­na­les secos y per­fu­ma­dos los res­pon­sa­bles que emi­ten cade­nas nacio­na­les con con­sig­nas que les que­dan enormes.

Oja­lá escam­pe la tor­men­ta, pero no la memoria.

Quie­nes bajan de las lan­chas de sal­va­men­to y quie­nes les espe­ra­mos con la angus­tia atra­pa­da en las horas no olvi­de­mos a esos que siguen des­go­ber­nan­do este país, la peor pes­te de los tiem­pos con­tem­po­rá­neos, los bue­nos para la tram­pa, rate­ros azu­les, ladro­nes de ofi­cio, men­ti­ro­sos de pro­fe­sión, la cla­sis­ta red de polí­ti­cos colo­ri­dos que odian a la gen­te y la con­si­de­ran tan poca cosa como para dejar­la morir aho­ga­da o por frío y ham­bre; cam­bian­do las prio­ri­da­des de segu­ri­dad del país por avio­nes de gue­rra, bom­bas lacri­mó­ge­nas, patru­llas; ocul­tan­do tan mal sus inten­cio­nes de robo en esta nue­va des­gra­cia que a la pri­me­ra ya sabe­mos dón­de esta­rá tam­bién ese dinero. 

Cuan­do la gen­te bajó, y puso a sus perri­tos a sal­vo, encon­tró a otra gen­te que la abra­za­ba, unas muje­res que pusie­ron sus pues­tos de balea­das, pero no para ven­der­les sino para dar­les de comer, encon­tró café calien­te y agua de manos de otras que ya habían teni­do tiem­po de secar­se y actuar. Una lla­ma­da tele­fó­ni­ca y unas pala­bras de con­sue­lo de quie­nes cono­cen el infor­tu­nio de pri­me­ra mano. 

No encon­tra­ron a nin­gún dipu­tado, dipu­tada, fun­cio­na­rio, minis­tro, cha­fa o che­po que les res­pon­die­ran con algu­na solu­ción inme­dia­ta sin que­rer sacar votos a cam­bio o foto para pres­ti­giar­se; a pesar de todo el dine­ro mal­ha­bi­do que todos y todas se embol­san con pun­tua­li­dad y con el que hacen sus casas que nun­ca se van a inun­dar y engro­san sus cuen­tas ban­ca­rias. La polí­ti­ca se ha con­ver­ti­do en un mal tan avie­so como la corrup­ción, sino que se han vuel­to lo mismo.

Encon­tra­ron a la gen­te como ellas y ellos.

La gen­te que baja de las lan­chas es nues­tra gen­te, nos emo­cio­na ver­les vivas, y saber de todas las otras que han hecho una cade­na de sobre­vi­ven­cia sin pre­su­pues­tos ni fan­fa­rrias. La que les sobó sus pies fríos con men­to­li­na por­que pasa­ron tan­tas horas moja­dos, quien le puso a la orden su esca­so ali­men­to, quien les pren­dió velas en nom­bre de un dios al que tan­to quie­ren que ni le recla­man que les man­da­ra tan­ta agua, pero le agra­de­cen estar vivos. La que sigue bus­can­do a quien sobre­vi­ve, la que lle­va de lo poco que tie­ne al alber­gue. Esa es nues­tra gen­te, tam­bién la que está har­ta, y enca­chim­ba­da de vivir bajo el terror en todas sus tona­li­da­des, por­que no sali­mos de una para estar en otra.

Aho­ra todos y todas tra­tan de poli­ti­quear, hacien­do por­no­gra­fía con la des­gra­cia no disi­mu­lan para tomar­se una foto por una libra de fri­jol que lle­va­ron don­de se requie­ren quin­ta­les, no tar­dan en poner sus asque­ro­sas ban­de­ras don­de ni ha deja­do de llo­ver por­tan­do pro­me­sas más nau­fra­ga­das que toda la Lima del cin­co de noviem­bre de este año lleno de males.

Oja­lá que la gen­te vea en serio que es una bue­na par­te de ella mis­ma, soli­da­ria y gene­ro­sa en la que hay que con­fiar y depo­si­tar toda la espe­ran­za, ape­nas se orga­ni­za y se reconoce.

Quien es capaz de sal­var a otra per­so­na que ni siquie­ra cono­ce, quien pue­de cru­zar un río sal­van­do un perri­to en una pai­la por­que es un ser vivo, quien ali­men­ta con su pobre­za a otras per­so­nas por­que cono­ce el ham­bre y sabe lo bien que cae la comi­da, y de quien ni se sabe nom­bre ni son­ri­sa ensa­ya­da; toda esa gen­te tie­ne lo nece­sa­rio para gober­nar un país, los des­ti­nos de la vida común, encum­brar la apues­ta éti­ca por el bien común, lo demás que lo hagan téc­ni­cos que para eso estudian.

El res­to de los acto­res y acto­ras que se han vuel­to pro­fe­sio­na­les para hacer algo que tra­ta del bien­es­tar y la segu­ri­dad colec­ti­va, y no hacen más que ganar pis­to y acu­mu­lar méri­tos en redes socia­les entre la fie­bre y el lodo son esco­ria, basu­ra que se dedi­ca a bus­car poder, dine­ro y privilegios.

Un buen día se los lle­va­rá la corrien­te pode­ro­sa de la rabia popu­lar cons­cien­te y refle­xi­va. Mien­tras sali­mos de esta hora con los y las que nun­ca han deja­do sola a la vida cuan­do pare­ce estar a pun­to de aho­gar­se en la desgracia.

Fuen­te: Radio Progreso

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