Hon­du­ras. Mise­ria, hura­ca­nes, Covid, pero el régi­men de Juan Her­nán­dez es el peor desastre

Por Ismael Moreno. Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 15 de noviem­bre de 2020.

Al fina­li­zar el 2020 ocho de cada diez per­so­nas esta­rá en la línea de pobre­za, y un alto por­cen­ta­je, muy por deba­jo de esa línea.

El régi­men de Juan Orlan­do Her­nán­dez ha cum­pli­do en diez años un imba­ti­ble y doble ser­vi­cio des­truc­tor a la socie­dad hon­du­re­ña: por una par­te ha des­tar­ta­la­do la ins­ti­tu­cio­na­li­dad del Esta­do de dere­cho, y ha con­du­ci­do a sus deci­sio­nes per­so­na­les y dis­cre­tas. Sea el Minis­te­rio Públi­co, sea la Cor­te Supre­ma de Jus­ti­cia, sea COPECO o cual­quier otra ins­ti­tu­ción, subor­di­nan sus accio­nes y fun­cio­nes a los intere­ses del Titu­lar del Eje­cu­ti­vo, quien a su vez, no solo toma las deci­sio­nes por enci­ma de los otros dos pode­res del Esta­do, a tra­vés del Con­se­jo Nacio­nal de Defen­sa y Segu­ri­dad, sino que se per­mi­te incon­sul­ta­men­te de crear nue­vas ins­ti­tu­cio­nes, como el Minis­te­rio de Trans­pa­ren­cia, dejan­do de lado varias ins­ti­tu­cio­nes que tie­nen jus­ta­men­te ese el ofi­cio de audi­tar el uso de recur­sos públicos.

Y por otra par­te ha deja­do a la pobla­ción en la intem­pe­rie ante la comu­ni­dad inter­na­cio­nal. Nun­ca el Esta­do había teni­do tan poca res­pues­ta por par­te de la coope­ra­ción inter­na­cio­nal, como ha ocu­rri­do en este tiem­po de pan­de­mia, y espe­cial­men­te con el paso de los even­tos cli­ma­to­ló­gi­cos actua­les. En otros even­tos, no habían pasa­do ni 24 horas cuan­do era nota­ble el anun­cio de la comu­ni­dad inter­na­cio­nal expre­san­do su soli­da­ri­dad y con el com­pro­mi­so pal­pa­ble de ayu­dar a las víc­ti­mas a tra­vés de las ins­ti­tu­cio­nes del Esta­do. En esta oca­sión el per­fil de soli­da­ri­dad y ayu­da ha sido muy bajo.

¿Por qué pasa esto? Bas­ta el alto dete­rio­ro y des­pres­ti­gio que ha alcan­za­do la admi­nis­tra­ción de Juan Orlan­do Her­nán­dez para tener una res­pues­ta. La comu­ni­dad inter­na­cio­nal no está dis­pues­ta a vol­car­se en ayu­da al país por la expe­rien­cia que tie­ne y cono­ce –y que se dice a baja voz –cuan­do no hay micró­fo­nos o ambien­tes pro­to­co­la­rios, por todos los pasi­llos de las emba­ja­das y de orga­nis­mos coope­ran­tes– de las sos­pe­chas de los des­víos millo­na­rios de los recur­sos por par­te de los miem­bros de los equi­pos más cer­ca­nos a Casa Presidencial. 

Esta admi­nis­tra­ción ha deja­do en el aban­dono a la gen­te, por arra­sar con la ins­ti­tu­cio­na­li­dad, y por ganar­se la des­con­fian­za de la comu­ni­dad inter­na­cio­nal. Y en ambas situa­cio­nes, la pobla­ción más empo­bre­ci­da, paga todas las con­se­cuen­cias en su pro­pia vida. Por Hon­du­ras han pasa­do y están pasan­do varios even­tos que han deja­do des­gra­cias, des­tro­zos y desas­tres. Sin embar­go, el desas­tre más gran­de que le ha ocu­rri­do al país, al menos a lo lar­go del pre­sen­te siglo, es una admi­nis­tra­ción esen­cial­men­te corrup­ta, delin­cuen­te e incom­pe­ten­te como la de Juan Orlan­do Hernández.

Socie­dad rota

Tan­to el Covid-19 como los fenó­me­nos cli­ma­to­ló­gi­cos, como Eta, nos encon­tra­ron des­pre­ve­ni­dos, tan­to a la ins­ti­tu­cio­na­li­dad del Esta­do, como a los diver­sos sec­to­res y orga­ni­za­cio­nes socia­les y movi­mien­tos de la socie­dad civil. Los miles de dam­ni­fi­ca­dos que salie­ron a los bor­dos de los ríos para sal­var­se, que per­die­ron todos sus ense­res que tan­to les cos­tó, y que han teni­do que gua­re­cer­se en impro­vi­sa­dos alber­gues, eran dam­ni­fi­ca­dos mucho antes del even­to catas­tró­fi­co. Lo eran mucho antes de la pan­de­mia, cuan­do pro­gre­si­va­men­te, y en espe­cial a lo lar­go de estas dos pri­me­ras déca­das del siglo, sus vidas se fue­ron degra­dan­do a la par de la degra­da­ción ambien­tal y eco­ló­gi­ca y de la ins­ti­tu­cio­na­li­dad del Esta­do de dere­cho y la democracia.

Todo se fue vinien­do aba­jo, y cuan­do a la pobla­ción le cayó de un porra­zo el Eta, ya era des­de hacía mucho tiem­po una pobla­ción rota en todos sus teji­dos huma­nos, fami­lia­res, polí­ti­cos, cul­tu­ra­les y reli­gio­sos. Todo está roto. A lo lar­go de lo que va del siglo, el pue­blo hon­du­re­ño se ha ido con­fi­gu­ran­do en torno a un esta­do de inde­fen­sión y de damnificación.

Des­con­fian­za y despolitización

Esa rup­tu­ra de los teji­dos, se expre­sa en la des­po­li­ti­za­ción de un por­cen­ta­je que supera el 40 por cien­to de ciu­da­da­nos que dicen no per­te­ne­cer a nin­gún par­ti­do polí­ti­co, pero tam­po­co per­te­ne­cen a orga­ni­za­cio­nes comu­ni­ta­rias, sin­di­ca­les, ambien­ta­les o de dere­chos huma­nos. Esa des­po­li­ti­za­ción con­vier­te al pue­blo hon­du­re­ño en un pue­blo amor­fo, fácil de dejar­se mane­jar por polí­ti­cos o gru­pos de fuer­za, como las pan­di­llas o estruc­tu­ras del cri­men orga­ni­za­do, pero a su vez en un pue­blo tai­ma­do, que dice sí a todo lo que vie­ne de arri­ba, pero para hacer lo que le ron­que la gana. Lo con­vier­te en un con­glo­me­ra­do bajo la úni­ca divi­sa posi­ble del sál­ve­se quien pueda.

Huir de conflictos

Esa rup­tu­ra de teji­dos se expre­sa en huir de los con­flic­tos, evi­tar con­fron­ta­cio­nes, y defen­der­se ante las ame­na­zas con el silen­cio, la sumi­sión o la vio­len­cia acti­va, y car­ga­da de cruel­dad. Y se expre­sa en huir hacia afue­ra. El pue­blo hon­du­re­ño es espe­cial­men­te crí­ti­co de los polí­ti­cos, y de estos polí­ti­cos que con­du­cen el Esta­do bajo el lide­raz­go de Juan Orlan­do Her­nán­dez. “Es un gobierno basu­ra”, se sue­le escu­char en diver­sos ambien­tes. Pero nun­ca o casi nun­ca pasa de la pala­bra a la acción públi­ca. Y en lugar de orga­ni­zar­se o de res­pon­der al lla­ma­do a empren­der el camino interno hacia la capi­tal deman­dar la sali­da de quien es res­pon­sa­ble inme­dia­to de sus males, la pobla­ción aga­rra unos poqui­tos mari­ta­tes y empren­de el camino en cara­va­na hacia el nor­te, así lo con­vier­te en héroe mun­dial de las migra­cio­nes, pero rati­fi­ca su ras­go tai­ma­do, de no resol­ver de fren­te y con los demás sus pro­ble­mas sino huir hacia otros lados, lejos, don­de no ten­ga que dar cuen­ta de lo que hace más que a su fami­lia, a tra­vés del envío de remesas.

Más mise­ra­bles que pobres

Esa rup­tu­ra se expre­sa en la agu­di­za­ción del empo­bre­ci­mien­to de la pobla­ción mayo­ri­ta­ria en Hon­du­ras. Según exper­tos, al fina­li­zar el 2020 ocho de cada diez per­so­nas esta­rá en la línea de pobre­za, y un alto por­cen­ta­je, muy por deba­jo de esa línea. Los des­em­plea­dos que comen­za­ron el año, segui­rán des­em­plea­dos, y miles de per­so­nas que comen­za­ron emplea­dos en la indus­tria de la maqui­la, en el comer­cio o en la indus­tria del turis­mo, ter­mi­nan el año des­em­plea­das. Es decir, avan­za­mos, y ya esta­mos en ella, hacia una socie­dad con una alta dosis de mise­ra­bles. Y esto es de alta peli­gro­si­dad, por­que pue­de ser tie­rra fér­til para levan­ta­mien­tos espon­tá­neos y sin con­trol, o tie­rra fér­til para popu­lis­mos y mesia­nis­mos que se ali­men­tan de pobla­cio­nes mise­ra­bles a las que se pue­den mani­pu­lar por una bol­sa soli­da­ria o un men­dru­go, y la mise­ria se trans­for­ma en votos que legi­ti­man auto­ri­ta­ris­mos y dictadores.

Des­pre­ve­ni­dos des­de la orga­ni­za­ción de base

Y un ras­go fun­da­men­tal de esa rup­tu­ra de teji­dos es esa acti­tud de dejar pasar, de lle­gar a ser una socie­dad hon­du­re­ña des­pre­ve­ni­da, ya no solo des­de una ins­ti­tu­cio­na­li­dad impro­vi­sa­da y pues­ta a la altu­ra de los mane­jos dis­cre­tos de quie­nes osten­tan altos car­gos de res­pon­sa­bi­li­dad, sino a nivel de las orga­ni­za­cio­nes socia­les o la socie­dad civil. En esta esfe­ra de la socie­dad es en don­de con más fuer­za se hace sen­tir la des­pre­ven­ción. Cuan­do la furia de un fenó­meno natu­ral actúa sobre las pobla­cio­nes ale­da­ñas a los ríos, las orga­ni­za­cio­nes actúan con muy bajo per­fil, algu­nas inclu­so des­apa­re­cen como por arte de olvi­do, y ele­van su pre­sen­cia a tra­vés de las redes socia­les, des­de don­de lan­zan sus dar­dos impla­ca­bles en con­tra de la corrup­ción, inep­ti­tud y men­ti­ra de las auto­ri­da­des públi­cas. No es por fal­ta de volun­tad. Es fal­ta de pre­vi­sión, y como expre­sión de los teji­dos rotos.

Como orga­ni­za­cio­nes socia­les y de socie­dad civil, se lle­gó imper­cep­ti­ble­men­te a la inca­pa­ci­dad para cons­truir puen­tes sóli­dos y autén­ti­cas rela­cio­nes de hori­zon­ta­li­dad entre las diver­sas orga­ni­za­cio­nes que con el correr de estos años se han mul­ti­pli­ca­do y han bro­ta­do a bor­bo­to­nes has­ta en los luga­res más inve­ro­sí­mi­les del terri­to­rio hon­du­re­ño. En lugar de puen­tes e hilos para tejer los teji­dos rotos, se con­so­li­dó el archi­pié­la­go hon­du­re­ño en don­de caben todas las orga­ni­za­cio­nes socia­les, siem­pre que cada una se sitúa inde­fec­ti­ble­men­te como isla. Así, las orga­ni­za­cio­nes socia­les de todo tipo y de socie­dad civil se han ancla­do sobre el mar de cala­mi­da­des hon­du­re­ñas, como isla. La exis­ten­cia de miles de islas con sus pla­nes estra­té­gi­cos, mar­cos lógi­cos, estra­te­gias y com­pro­mi­sos, tie­nen una línea muy fuer­te de ver­ti­ca­li­dad con orga­nis­mos de coope­ra­ción, los cua­les en muchos casos son los defi­ni­do­res y cons­truc­to­res de muchas de las islas.

Archi­pié­la­go en mar de calamidades

Este sín­dro­me de archi­pié­la­go es la con­se­cuen­cia extre­ma de los teji­dos rotos y sitúa a cada una de las orga­ni­za­cio­nes socia­les y de socie­dad civil en esta­do de des­pre­ven­ción. Des­pre­ve­ni­da la ins­ti­tu­cio­na­li­dad públi­ca y quie­nes la con­du­cen, des­pre­ve­ni­dos los sec­to­res pri­va­dos, las diver­sas igle­sias y las múl­ti­ples orga­ni­za­cio­nes socia­les y de la socie­dad civil.

Esto sig­ni­fi­ca que un pro­ble­ma estruc­tu­ral hon­du­re­ño es la ausen­cia de pre­ven­ción. No es solo de un sec­tor, es asun­to que cru­za a la socie­dad ente­ra, y no es solo ausen­cia de pre­ven­ción en cada una de las ins­ti­tu­cio­nes cen­tra­li­za­das y de los depar­ta­men­tos y muni­ci­pios. Es ausen­cia de pre­ven­ción que ha inva­di­do los dina­mis­mos más pro­fun­dos de la socie­dad y de los miem­bros de la mis­ma, has­ta con­ver­tir­se en un pro­ble­ma cul­tu­ral. No somos pre­ve­ni­dos mi ins­ti­tu­cio­nal, ni social ni polí­ti­ca y cul­tu­ral­men­te. No es fal­ta de tra­ba­jo o hara­ga­ne­ría. La gen­te vive tra­ba­jan­do, las orga­ni­za­cio­nes socia­les y de socie­dad civil tra­ba­jan ardua­men­te. Muchas veces el tra­ba­jo es exte­nuan­te, ago­ta­dor y estre­san­te. Solo en hacer infor­mes para los orga­nis­mos coope­ran­tes los miem­bros de las orga­ni­za­cio­nes se pasan horas ente­ras del día y de la noche.

Cul­tu­ra de super­vi­ven­cia y del cor­to plazo

La ausen­cia de pre­ven­ción no es por fal­ta de dedi­ca­ción de la gen­te. Es por­que cada orga­ni­za­ción está sacan­do sus pro­pias tareas para sobre­vi­vir en el com­pe­ti­ti­vo archi­pié­la­go de milla­res de indi­vi­dua­li­da­des, cada una bus­can­do estar a flo­te ante un mode­lo sis­té­mi­co que obli­ga a la socie­dad ente­ra a vivir bajo el lema del sál­ve­se quien pue­da. Por­que las estruc­tu­ras esta­ta­les han adqui­ri­do el tama­ño de la impro­vi­sa­ción de quie­nes las con­du­cen, y a fin de cuen­tas son refle­jo de una socie­dad que ya no le que­dó ener­gías ni capa­ci­da­des para inver­tir en futu­ro, sino para la sobre­vi­ven­cia coti­dia­na. La socie­dad hon­du­re­ña ha sido con­de­na­da a la cul­tu­ra de la impro­vi­sa­ción y no para tener reser­vas para el mediano y lar­go plazo.

Una socie­dad y un Esta­do estruc­tu­ral­men­te desprevenidos

Todos los fenó­me­nos natu­ra­les, polí­ti­cos o huma­nos se con­vier­ten en ame­na­za, peli­gro y final­men­te en mayo­res des­tro­zos y des­hu­ma­ni­za­ción. Inclu­so asun­tos como pro­ce­sos elec­to­ra­les o el sis­te­ma de jus­ti­cia se sitúan en esta des­pre­ven­ción estruc­tu­ral, por­que en lugar de ser dina­mis­mos e ins­ti­tu­cio­nes para for­ta­le­cer demo­cra­cia y jus­ti­cia, son ame­na­zas y peli­gros para la mis­ma demo­cra­cia y para la apli­ca­ción de la justicia.

El hecho de que el Esta­do esté cap­tu­ra­do por redu­ci­dos gru­pos polí­ti­cos que lo usan para nego­cios y saquear recur­sos de las ins­ti­tu­cio­nes públi­cas, con­fir­ma la des­pre­ven­ción en la que la socie­dad ente­ra se encuen­tra. Cuan­do se habla de que Hon­du­ras es el ter­cer país más des­igual del pla­ne­ta des­pués de Sur Áfri­ca y Hai­tí, o el segun­do país más vul­ne­ra­ble del pla­ne­ta jun­to con Ban­gla­desh o uno de los dos paí­ses más corrup­tos del con­ti­nen­te, con­fir­ma la des­pre­ven­ción de la socie­dad. Cuan­do el sis­te­ma de salud no logra con­tro­lar el den­gue, o cuan­do en ple­na emer­gen­cia de la pan­de­mia subor­di­na sus deci­sio­nes a las de un gru­po polí­ti­co que deci­de com­prar dis­cre­cio­nal­men­te hos­pi­ta­les móvi­les que están muy por enci­ma de los cos­tos, y lue­go resul­tan en una esta­fa, con­fir­ma la ausen­cia de pre­ven­ción sis­té­mi­ca de la sociedad.

Cuan­do la ins­ti­tu­cio­na­li­dad del Esta­do en varias de sus depen­den­cias, como las Fuer­zas Arma­das, la poli­cía, el Minis­te­rio Públi­co, la Cor­te Supre­ma de Jus­ti­cia, y la pro­pia Casa Pre­si­den­cial, fue­ron con­ta­mi­na­dos y pene­tra­dos por sec­to­res del cri­men orga­ni­za­do, pri­mor­dial­men­te por el nar­co­trá­fi­co, con­fir­ma la ausen­cia de pre­ven­ción de la socie­dad y el Esta­do. La ausen­cia de pre­ven­ción con­du­jo a estas des­via­cio­nes y debi­li­ta­mien­tos ins­ti­tu­cio­na­les, socia­les, sani­ta­rios y polí­ti­cos, y una vez que estas ins­tan­cias o polí­ti­cas se encuen­tran en un esta­do de alta pre­ca­rie­dad, con­tri­bu­yen a que se pro­fun­di­ce la des­pre­ven­ción, como en un círcu­lo per­ver­so de retroalimentación.

Cuan­do la vio­len­cia ha deja­do de ser des­de hace mucho tiem­po un asun­to admi­nis­tra­do exclu­si­va­men­te por el Esta­do, sino que el Esta­do mis­mo ha dele­ga­do esta admi­nis­tra­ción, por acti­va y por pasi­va, a diver­sos gru­pos pri­va­dos, regu­la­res e irre­gu­la­res, bajo la égi­da de la ley, pero sobre todo para lega­les e ile­ga­les, de mane­ra que se ha avan­za­do inexo­ra­ble­men­te hacia el impe­rio de la ley de los fuer­tes, en don­de cada quien se toma la jus­ti­cia en su pro­pia mano, con­fir­ma que la pre­ven­ción es un asun­to ausen­te y la socie­dad ente­ra que­da en inde­fen­sión o víc­ti­ma de una vio­len­cia sin con­trol, en manos de sec­to­res que de muy diver­sas mane­ras actúan en la impu­ni­dad y bajo el ampa­ro del Estado.

Cuan­do la socie­dad hon­du­re­ña es pro­duc­to­ra de des­em­pleo, a extre­mos que de cada cien hon­du­re­ños con dere­cho a tra­ba­jar, unos seten­ta se encuen­tran en el sub­em­pleo o en el des­em­pleo abier­to, expli­ca por qué Hon­du­ras sea mun­dial­men­te cono­ci­da por las cara­va­nas de migran­tes. Su gen­te se sien­te tan ame­na­za­da en su país que orga­ni­za estas cara­va­nas, no para recla­mar dere­chos den­tro del país, sino para renun­ciar a vivir en su terri­to­rio, tras el con­ven­ci­mien­to que su vida den­tro del país se encuen­tra ame­na­za­da, sea por la vio­len­cia, sea por la ley de los fuer­tes, sea por el des­em­pleo, sea el pro­pio Esta­do que lo dis­cri­mi­na o lo repri­me. Esto con­fir­ma la ausen­cia de pre­ven­ción estruc­tu­ral de la sociedad.

Cuan­do los dina­mis­mos estruc­tu­ra­les de la socie­dad con­du­ce a que las rique­zas se acu­mu­len mul­ti­mi­llo­na­ria­men­te en unas 200 per­so­nas, cin­co de las cua­les con­cen­tren una for­tu­na equi­va­len­te al sala­rio míni­mo anual de 2 millo­nes de hon­du­re­ños, y que exis­tan cen­te­na­res de miles de muje­res y hom­bres del cam­po que ganan un sala­rio que ape­nas alcan­za para una libra de que­so y una libra de tres pro­duc­tos bási­cos, con­fir­ma que la socie­dad está gober­na­da por un sis­te­ma de vida pro­duc­tor de des­igual­da­des, y por eso mis­mo que anu­la sis­té­mi­ca­men­te la prevención.

Cuan­do exis­ten cen­te­na­res, qui­zás miles, de orga­ni­za­cio­nes socia­les y de socie­dad civil con temas trans­ver­sal­men­te comu­nes entre unas y otras, con un dis­cur­so explí­ci­to o táci­to, igual­men­te común anti capi­ta­lis­ta, anti racis­ta, anti patriar­cal, en con­tra del extrac­ti­vis­mo y de la pri­va­ti­za­ción de los bie­nes y ser­vi­cios comu­nes, inclu­sión de géne­ro, y tra­ba­jan­do con gru­pos o entre gru­pos metas comu­nes, pero que nun­ca, y rara vez se jun­tan para com­par­tir un cami­nar simi­lar, o para arti­cu­la­cio­nes dura­de­ras. Rara vez acep­tan estar en espa­cios comu­nes sin rei­vin­di­car su nom­bre y su logo, con­fir­ma que la ausen­cia de pre­ven­ción cru­za e inva­de tam­bién a esta dimen­sión de la socie­dad que se sitúa des­de las sec­to­res huma­nos y socia­les más vulnerables.

¿Cómo hacer fren­te a la desprevención?

Si cada vez, y de todas las aris­tas del país, se advier­te la ausen­cia de pre­ven­ción, no solo como un pro­ble­ma regio­nal o coyun­tu­ral, sino como un asun­to estruc­tu­ral hon­du­re­ño, ¿qué toca, cómo abor­dar­lo? Sin duda que des­de una pers­pec­ti­va de cam­bio estruc­tu­ral, y por gran­de que sean las acti­vi­da­des, por pun­tua­les o coyun­tu­ra­les que sean los com­pro­mi­sos, solo situa­dos des­de esa pers­pec­ti­va de cam­bio estruc­tu­ral es como ten­drán rum­bo y capa­ci­dad para no que­dar redu­ci­dos a accio­nes y even­tos tem­po­ra­les o asis­ten­cia­les. Una labor pue­de ser muy coyun­tu­ral, o tener una tona­li­dad de asis­ten­cia, como lle­var ali­men­tos o agua a un alber­gue de dam­ni­fi­ca­dos, y repar­tir miles de racio­nes de ali­men­tos para paliar el ham­bre, o entre­gar semi­llas a fami­lias o gru­pos cam­pe­si­nos para la siem­bra, pero si se sitúa en una amplia pers­pec­ti­va de cons­truir ins­ti­tu­cio­na­li­dad y cul­tu­ra de pre­ven­ción, adquie­ren un valor trascendental.

Todas las situa­cio­nes de vul­ne­ra­bi­li­dad, todas las ame­na­zas y todos los peli­gros natu­ra­les socia­les, ambien­ta­les, sani­ta­rios y polí­ti­cos son pre­ve­ni­bles. Todos. Como dicen los exper­tos, los fenó­me­nos natu­ra­les nadie los pue­de dete­ner, ni las más altas inves­ti­ga­cio­nes han logra­do has­ta aho­ra meca­nis­mos que deten­gan los fenó­me­nos natu­ra­les. Lo que se pue­de pre­ve­nir son los desas­tres. Bien dicen, nadie detie­ne los fenó­me­nos natu­ra­les. Los desas­tres sí se pue­den pre­ve­nir y dete­ner. Igual con una pan­de­mia como el Covid-19, una vez que el virus se des­ata, es difí­cil dete­ner­lo, pero sí pre­ve­nir sus desas­tres. Las cara­va­nas son las expre­sión de de un mode­lo pro­duc­tor de des­igual­da­des y de hechos de corrup­ción ofi­cia­les. Ambos desas­tres se pue­den pre­ve­nir, por­que no son fenó­me­nos natu­ra­les, son socia­les, polí­ti­cos, ins­ti­tu­cio­na­les y humanos.

La pre­ven­ción: un esta­do estruc­tu­ral de esta­bi­li­dad y confianza

Segu­ri­dad y con­fian­za ante todas las ame­na­zas, por gran­des que sean, y alcan­zar capa­ci­dad para redu­cir­las, reorien­tar­las y con­ver­tir­las siem­pre en opor­tu­ni­da­des. La pre­ven­ción es un esta­do estruc­tu­ral de la socie­dad para asu­mir todas las situa­cio­nes o even­tos con un nivel de desa­fío y adver­ten­cia, y antes de que se pre­sen­ten, la socie­dad ya está pre­dis­pues­ta en posi­ti­vo para asu­mir­los como desa­fíos y tareas. Y esto vale para todos los ambien­tes. Valen para fenó­me­nos natu­ra­les, cli­ma­to­ló­gi­cos o pan­dé­mi­cos, eco­nó­mi­cos, polí­ti­cos, mili­ta­res, cul­tu­ra­les e institucionales.

Cuan­ta más se invo­lu­cren las diver­sas ins­tan­cias de la socie­dad para poner en mar­cha pro­ce­sos de pre­ven­ción, más capa­ci­dad se ten­drá para redu­cir las con­se­cuen­cias. Y cuán­to más cer­ca se esté en pro­ce­sos que abor­den las cau­sas de los desas­tres, más capa­ci­dad habrá para que la pre­ven­ción sea estruc­tu­ral y no pun­tal o coyun­tu­ral. Fren­te a situa­cio­nes de desas­tre en el Valle de Sula, en la cos­ta nor­te y atlán­ti­ca en gene­ral, y en la zona de la capi­tal del país, se requie­re la volun­tad y la deci­sión polí­ti­ca de quie­nes tie­nen las más altas cuo­tas de res­pon­sa­bi­li­dad en tomar deci­sio­nes, en fran­ca alian­za con los diver­sos sec­to­res pri­va­das, muni­ci­pa­les, comu­ni­ta­rios, socia­les, ecle­sia­les y ambien­ta­les y en aso­cio con la comu­ni­dad internacional.

Reto­man­do el ABC para Honduras

Años atrás ya se habló de una pro­pues­ta ins­ti­tu­cio­nal y cul­tu­ral de pre­ven­ción que se lla­mó el “ABC para Hon­du­ras”, es decir los Acue­dos Bási­cos Com­par­ti­dos. En esta oca­sión reto­ma­mos esta pro­pues­ta tan nece­sa­ria para estos tiem­pos cada vez mas inciertos.

Exper­tos hablan de degra­da­ción de la socie­dad, tan­to de su mode­lo eco­nó­mi­co, como del ambien­te y la ins­ti­tu­cio­na­li­dad polí­ti­ca. Cuan­do se habla de socie­dad degra­da­da. Se hace refe­ren­cia a una socie­dad y un Esta­do que final­men­te son gober­na­dos des­de deci­sio­nes e inclu­so des­de estruc­tu­ras cri­mi­na­les orga­ni­za­das trans­na­cio­nal­men­te; don­de cier­ta­men­te Hon­du­ras es una reali­dad muy impor­tan­te, pero al final es sólo un esla­bón más en la cade­na mul­ti­na­cio­nal de la vio­len­cia y el crimen.

Las elec­cio­nes son un fac­tor impres­cin­di­ble de la demo­cra­cia polí­ti­ca, repre­sen­ta­ti­va y par­ti­ci­pa­ti­va. Sin embar­go, la socie­dad hon­du­re­ña actual está dam­ni­fi­ca­da y la ins­ti­tu­cio­na­li­dad del Esta­do no sólo es pre­ca­ria sino tam­bién rehén de quie­nes ejer­cen arbi­tra­ria­men­te el poder por­que son fuer­tes e impu­nes. Par­ti­ci­par en pro­ce­sos elec­to­ra­les no se dis­cu­te. Lo que está en cues­tión es en qué con­di­cio­nes se hace y bajo qué lec­tu­ra polí­ti­ca, por­que a fin de cuen­tas las elec­cio­nes han pasa­do a ser un pro­ble­ma más en un Esta­do degra­da­do que una res­pues­ta para la demo­cra­cia. Así como esta­mos, cada vez que vamos a elec­cio­nes hemos de tener la segu­ri­dad que sal­dre­mos toda­vía con menos demo­cra­cia y esta­bi­li­dad que antes de las mismas.

Lo que no aca­ba­mos de enten­der es que en este momen­to esta­mos en unas con­di­cio­nes de tan­to dete­rio­ro que la situa­ción de Hon­du­ras se ubi­ca en un esta­dio muy ante­rior a la demo­cra­cia. Nos hemos des­de­mo­cra­ti­za­do. Si aca­so logra­mos tener en las últi­mas déca­das una base de demo­cra­cia polí­ti­ca, la mis­ma retro­ce­dió y actual­men­te pode­mos hablar de una invo­lu­ción de la demo­cra­cia. Las elec­cio­nes son la expre­sión y a la vez la garan­tía de la demo­cra­cia. Pero si no exis­te demo­cra­cia, ni Esta­do de Dere­cho en el sen­ti­do real, la apues­ta pri­mor­dial se sitúa en cons­truir esas con­di­cio­nes para que en efec­to la rea­li­za­ción de elec­cio­nes expre­sen y con­tri­bu­yan a desarrollarlas.

Las elec­cio­nes que se han cele­bra­do des­pués de 2009 nos han deja­do más cha­mus­ca­dos y con­fron­ta­dos que satis­fe­chos. ¿Han cam­bia­do las con­di­cio­nes para creer algo dis­tin­to de las elec­cio­nes que se cele­bra­rán en noviem­bre de 2021? Cla­ro que sí, dirán los que pac­ta­ron las lla­ma­das refor­mas elec­to­ra­les. Pero al ser un pac­to de cúpu­las dejan­do intac­tos los dina­mis­mos de la con­fron­ta­ción, nada indi­ca que las elec­cio­nes y sus resul­ta­dos serán dis­tin­tos que las tres elec­cio­nes últimas.

Mien­tras no estén sen­ta­das las bases de la demo­cra­cia y del Esta­do de Dere­cho, o dicho de otra mane­ra, si nos cerra­mos en hacer­nos creer a noso­tros mis­mos que el reme­do de Esta­do que tene­mos es Esta­do de Dere­cho y que el sis­te­ma que nos gobier­na es la demo­cra­cia, enton­ces las elec­cio­nes que se orga­ni­cen en tal con­tex­to esta­rán en corres­pon­den­cia con la legi­ti­mi­dad que nece­si­ta ese ade­fe­sio jurí­di­co y polí­ti­co que de Esta­do de Dere­cho y de demo­cra­cia tie­ne lo que de calien­te pue­da tener un tém­pano de hielo.

Para hablar de un pro­ce­so elec­to­ral en demo­cra­cia hemos de abrir­nos ante todo a sen­tar las bases de la demo­cra­cia y del Esta­do de Dere­cho que nece­si­ta­mos fun­dar, refun­dar, cons­truir o recons­truir, según como mejor que­ra­mos lla­mar a este pro­ce­so. Dicho de otra mane­ra, no se tra­ta sólo de hablar de elec­cio­nes y de meter­nos en ellas. Se tra­ta, más bien, de re-pen­sar el país para re-hacer­lo des­de una nue­va demo­cra­cia y un nue­vo Esta­do de Derecho.

La socie­dad hon­du­re­ña atra­pa­da entre la inse­gu­ri­dad y el empo­bre­ci­mien­to, la corrup­ción y el nar­co­trá­fi­co, los polí­ti­cos y la vio­len­cia y delin­cuen­cia poli­cial, es una socie­dad depri­mi­da y dam­ni­fi­ca­da. Y si todo lo que se ofre­ce es más de lo mis­mo en el pro­ce­so del hun­di­mien­to humano y social, más vale lan­zar­se hacia las qui­me­ras que par­ti­ci­par en la com­pli­ci­dad con quie­nes no ofre­cen más cami­nos que la exclu­sión y la impu­ni­dad. Este re-pen­sar el país ha de tener como pun­to de par­ti­da la acep­ta­ción con­sen­sua­da de que así como esta­mos, al lugar que hemos lle­ga­do, nadie tie­ne la capa­ci­dad para impul­sar un pro­yec­to de país por su pro­pia cuen­ta, y peor toda­vía, impo­nién­do­se a los demás.

Míni­mos con­sen­sos: lo máxi­mo a lo que pode­mos aspirar

Un pun­to de par­ti­da impres­cin­di­ble para poner en mar­cha un pro­ce­so de pro­pues­tas que rom­pan con la lógi­ca polí­ti­ca exclu­yen­te es la acep­ta­ción con­sen­sua­da de que el país está tan res­que­bra­ja­do que en el cor­to pla­zo, y pre­vi­si­ble­men­te en el mediano pla­zo, no esta­mos en capa­ci­dad para impul­sar una pro­pues­ta bus­can­do “máxi­mos”; sen­ci­lla­men­te por­que la reali­dad no ofre­ce esas posibilidades.

Los “máxi­mos” que pode­mos alcan­zar se encuen­tran en los “míni­mos” que pue­den sen­tar las bases para ini­ciar un autén­ti­co pro­ce­so hacia la cons­truc­ción de demo­cra­cia y Esta­do de Dere­cho. Y esto es así por­que hemos per­di­do lo míni­mo que una socie­dad nece­si­ta de bien común para su con­vi­ven­cia armó­ni­ca. Esos míni­mos per­di­dos son los que hay que recu­pe­rar como con­di­ción para poner en mar­cha pro­ce­sos autén­ti­cos de cons­truc­ción de la demo­cra­cia y un Esta­do de Dere­cho real. Esos míni­mos son lo que han de estar repre­sen­ta­dos en lo que lla­ma­ría­mos el “ABC hon­du­re­ño”, es decir, los “Acuer­dos Bási­cos Comunes”.

Este ABC lo hemos de con­cre­tar en con­te­ni­dos y temas nacio­na­les en los cua­les se encuen­tren iden­ti­fi­ca­dos los diver­sos sec­to­res y estra­tos de la socie­dad hon­du­re­ña, que podrían sig­ni­fi­car una res­pues­ta para enfren­tar las ten­ta­cio­nes a las res­pues­tas fáci­les y caren­tes de ciu­da­da­nía en el con­tex­to de una socie­dad huma­na, éti­ca, social e ins­ti­tu­cio­nal­men­te dete­rio­ra­da como la nues­tra. Cuan­do esta­mos en una situa­ción de tan­ta inse­gu­ri­dad, de “ano­mia” colec­ti­va, las reli­gio­nes, los cau­di­llos, las armas y las rega­lías se pre­sen­tan como fac­to­res sal­ví­fi­cos. He aquí el gran peli­gro hon­du­re­ño, si es que segui­mos con­for­me a las per­cep­cio­nes que nos arro­jan las encuestas.

¿ABC sobre qué?

Des­de un pun­to de vis­ta gene­ral, en un ABC de Hon­du­ras debían estar inclui­das algu­nas cate­go­rías de acuerdos:

La pri­me­ra podría incluir acuer­dos socio­eco­nó­mi­cos y ambien­ta­les como la tenen­cia de la tie­rra y polí­ti­cas agra­rias, la pro­tec­ción y mane­jo de las rique­zas o recur­sos natu­ra­les, empleo y pro­duc­ción, la vul­ne­ra­bi­li­dad ambien­tal, la edu­ca­ción, la salud, la segu­ri­dad ciu­da­da­na, la polí­ti­ca fis­cal, la vivien­da. Es decir, con el rum­bo de un nue­vo mode­lo de desa­rro­llo y de inver­sio­nes que rom­pa con la galo­pan­te inequi­dad, fac­tor deci­si­vo de la vio­len­cia e inestabilidad.

La segun­da cate­go­ría bus­ca­ría acuer­dos socio­po­lí­ti­cos como los dere­chos huma­nos, la defen­sa de las comu­ni­da­des y su terri­to­rio, los dere­chos étni­cos, rela­cio­nes de géne­ro, medios de comu­ni­ca­ción, liber­tad de expre­sión y dere­cho al acce­so a la infor­ma­ción y dere­chos culturales.

La ter­ce­ra cate­go­ría sería la polí­ti­co-ins­ti­tu­cio­nal-jurí­di­ca y tie­ne que ver con el dere­cho a la orga­ni­za­ción y par­ti­ci­pa­ción en la toma de deci­sio­nes des­de una ins­ti­tu­cio­na­li­dad que garan­ti­za una demo­cra­cia repre­sen­ta­ti­va, par­ti­ci­pa­ti­va y direc­ta; la trans­for­ma­ción del sis­te­ma de jus­ti­cia, la recon­fi­gu­ra­ción del Con­gre­so Nacio­nal, las Fuer­zas Arma­das, los orga­nis­mos con­tra­lo­res del Esta­do, espe­cial­men­te el Tri­bu­nal Supre­mo Elec­to­ral y la Ley Elec­to­ral y de las Orga­ni­za­cio­nes Polí­ti­cas, y en gene­ral el dise­ño de una ins­ti­tu­cio­na­li­dad con capa­ci­dad para res­pon­der a las trans­for­ma­cio­nes con­te­ni­das en las dos pri­me­ras categorías.

Estas cate­go­rías no están sepa­ra­das entre sí, cada una está remi­ti­da a las otras. La pri­me­ra cate­go­ría con­tie­ne acuer­dos míni­mos en torno al empleo y la pro­duc­ción, lo que de inme­dia­to vin­cu­la con acuer­dos que se han de esta­ble­cer en torno a la legis­la­ción que regu­la el empleo, como es el caso del Códi­go del Tra­ba­jo, has­ta lograr un acuer­do míni­mo de esta­bi­li­dad labo­ral de las tra­ba­ja­do­ras y tra­ba­ja­do­res. De igual mane­ra, si se bus­can acuer­dos bási­cos com­par­ti­dos en torno al empleo, se debe­rá esta­ble­cer el víncu­lo con acuer­dos bási­cos com­par­ti­dos rela­cio­na­dos con la defen­sa de los dere­chos huma­nos labo­ra­les de miles de obre­ras y obre­ros en toda la indus­tria como las maquilas.

De entre todos estos temas habría que defi­nir los prio­ri­ta­rios, por cuál orden comen­zar su tra­ta­mien­to y el pro­ce­so y meca­nis­mos para su imple­men­ta­ción. Un ABC de Hon­du­ras de esta natu­ra­le­za debe­ría orien­tar­se final­men­te a su rati­fi­ca­ción en una Asam­blea Nacio­nal Cons­ti­tu­yen­te que redac­te una nue­va Cons­ti­tu­ción Política.

El dise­ño de un ABC de Hon­du­ras ha de ser una pro­pues­ta aglu­ti­na­do­ra, es decir, que no sea más de la mis­ma lógi­ca de exclu­sión que ha carac­te­ri­za­do a tan­tas pro­pues­tas ante­rio­res. Esto no sig­ni­fi­ca que todo se ha de hacer des­de cero, por­que se pue­den tomar en cuen­ta expe­rien­cias exi­to­sas que se hayan rea­li­za­do en algu­nas zonas, muni­ci­pios u orga­ni­za­cio­nes del país. Este ABC de Hon­du­ras ha de garan­ti­zar que no sólo en los obje­ti­vos se bus­que la inclu­sión social y la demo­cra­cia par­ti­ci­pa­ti­va, sino que el pro­ce­so mis­mo ha de ser una expe­rien­cia de inclu­sión y de demo­cra­cia participativa.

Fuen­te: Radio Progreso

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