Argen­ti­na. Falle­ce Víc­tor Bas­te­rra: El mili­tan­te que ayu­dó a des­en­mas­ca­rar el horror de la ESMA

Por Fer­nan­do Tebe­le, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano 7 de noviem­bre de 2020

Foto de Por­ta­da: Bas­te­rra en pleno tes­ti­mo­nio ante el TOCF Nº4 , por Fabia­na Montenegro

Sobre­vi­vien­te de la ESMA, su apor­te a la memo­ria his­tó­ri­ca es, aún hoy, de un valor incal­cu­la­ble. Duran­te su cau­ti­ve­rio, enga­ñó a sus cap­to­res para obte­ner algu­na liber­tad de movi­mien­tos den­tro del cam­po de con­cen­tra­ción, lo que le per­mi­tió foto­gra­fiar docu­men­tos de inte­li­gen­cia que son fun­da­men­ta­les en esta cau­sa. En sólo cua­ren­ta y cin­co minu­tos, apor­tó datos úni­cos, como la chan­ce que tuvo de ver con vida a varios mili­tan­tes de la Con­tra­ofen­si­va que están desaparecidos/​as, entre quie­nes se cuen­tan Alci­ra Machi Duran­te, Sara Isa­bel Pon­ti, Jor­ge Alber­to Pared, Orlan­do Ruiz y Sil­via Dame­ri. (Por El Dia­rio del Juicio*) 

Es una suer­te de cele­bri­dad de los jui­cios de lesa huma­ni­dad, si cabe esa cali­fi­ca­ción muchas veces uti­li­za­da para per­so­na­jes dema­sia­do bana­les. Víc­tor Bas­te­rra es, tal vez corres­pon­da más seña­lar, una suer­te de héroe de nues­tro tiem­po. No por haber con­se­gui­do sobre­vi­vir a cua­tro años de tor­tu­ras de todo tipo en la ESMA; a esta altu­ra ya sabe­mos ‑y este jui­cio lo rati­fi­ca con mucha pre­ci­sión y cer­te­za- que la super­vi­ven­cia o no den­tro de lo que Pilar Cal­vei­ro lla­mó sis­te­ma con­cen­tra­cio­na­rio, siem­pre estu­vo en manos de los geno­ci­das, nun­ca en las de sus víc­ti­mas. Es un héroe de nues­tro tiem­po por la éti­ca con la que se movió en ese camino fan­go­so del secues­tro y la des­apa­ri­ción, por el arro­jo con el que se jugó la vida para foto­gra­fiar todo tipo de prue­bas duran­te su cau­ti­ve­rio, y por su obse­sión pos­te­rior dedi­ca­da a “per­se­guir a los ñatos”, como sue­le lla­mar­les a los geno­ci­das. “Es la per­so­na más valien­te que cono­cí en mi vida”, dijo algu­na vez Car­los Lord­ki­pa­nid­se, otro sobre­vi­vien­te de la ESMA que “con­vi­vió” con él “en la mis­ma escue­la”, como sue­len decir­se, pisan­do una línea risue­ña sobre aque­llos hechos que sólo ellos pue­den tran­si­tar.
Es tal cele­bri­dad Bas­te­rra, que se le pue­de atri­buir res­pon­sa­bi­li­dad en que, por pri­me­ra vez en este jui­cio, un impu­tado haya soli­ci­ta­do que­dar­se en la sala. Es Mar­ce­lo Cin­to Cour­taux, el úni­co que está pre­so en cár­cel común por haber esta­do pró­fu­go varios años. Nadie sabe por qué eli­gió que­dar­se esta vez. No es una locu­ra pen­sar que pudie­ra ser por su tes­ti­mo­nio en par­ti­cu­lar. Cin­to Cour­taux es un “peso pesa­do” de la inte­li­gen­cia. Y Bas­te­rra siem­pre recuer­da, lo hará más tar­de, que cuan­do le anun­cia­ron su liber­tad, en diciem­bre de 1983, “Me dije­ron: ‘te vas, pero no te hagas el pelo­tu­do por­que los gobier­nos pasan, pero la comu­ni­dad infor­ma­ti­va siem­pre que­da’. Cosa que corro­bo­ré y se pue­de corro­bo­rar aho­ra”, dirá. Esta­mos a pun­to de cer­ti­fi­car, una vez más, a tra­vés de su tes­ti­mo­nio, cuán­ta ver­dad hay en lo que él mis­mo dijo hace pocos meses en una visi­ta a la ESMA: “No me hice el pelo­tu­do, me hice el re-pelotudo”.

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Bas­te­rra lle­gó con la audien­cia ya comen­za­da. Pro­ba­ble­men­te por su pre­sen­cia, el trán­si­to de públi­co salien­do y entran­do de la sala es mayor al habi­tual. Todos y todas quie­ren char­lar con él. Algu­nas per­so­nas vinie­ron por pri­me­ra vez al jui­cio sólo para poder dar­le un abra­zo, como Lilia­na Pelle­grino, tam­bién sobre­vi­vien­te de la ESMA, que vive en Sue­cia y, de paso por Bue­nos Aires, no qui­so per­der­se la oca­sión. El tes­ti­go está habi­tua­do a pasar lar­gas horas ante los jue­ces. Su decla­ra­ción en el Jui­cio a las Jun­tas duró más de cin­co horas. Algu­na vez con­tó que, cuan­do fue­ron a decla­rar a Espa­ña ante el juez Bal­ta­sar Gar­zón, por­que aquí había impu­ni­dad, Enri­que Cachi­to Fuk­man, otro sobre­vi­vien­te de la ESMA, le dijo: “esta vez no me vas a cagar. Entro yo pri­me­ro y me vas a tener que espe­rar vos”. En esta oca­sión se sabe que no dura­rá tan­to. No es un jui­cio por la ESMA, don­de los docu­men­tos apor­ta­dos por Bas­te­rra prác­ti­ca­men­te sos­tie­nen, por sí mis­mos, la prue­ba docu­men­tal del jui­cio ente­ro (“Sólo con su tes­ti­mo­nio podría con­de­nar­se a casi la tota­li­dad de los 60 impu­tados”, dijo algu­na vez Mer­ce­des Soi­za Reilly, fis­cal del tra­mo III de esa mega­cau­sa, el jui­cio más impor­tan­te de la his­to­ria argen­ti­na). Su pre­sen­cia en la cau­sa por la repre­sión a la Con­tra­ofen­si­va sor­pren­de a muchas per­so­nas. El tes­ti­mo­nio será bre­ve , la espe­ra no. Cuan­do uno de los secre­ta­rios del tri­bu­nal sale a bus­car­lo, él cami­na con segu­ri­dad, pero tam­bién con esa car­ga que impli­ca tener que recor­dar todo otra vez, no olvi­dar­se de nin­gún nom­bre, de nada impor­tan­te. Tie­ne la colum­na hecha tri­zas. Esta­ba casi impo­si­bi­li­ta­do de cami­nar, pero una ope­ra­ción que le rea­li­za­ron en 2007 le ayu­dó a ende­re­zar el rum­bo, aun­que toda­vía lo ago­bian esos dolo­res. Si no fue­ra con­se­cuen­cia de las tor­tu­ras, no esta­ría mal supo­ner que ese pade­ci­mien­to podría obe­de­cer al peso de la res­pon­sa­bi­li­dad de recor­dar todo con su memo­ria envi­dia­ble. Pero el geno­ci­dio can­ce­la todo tipo de metáforas. 

Bas­te­rra ingre­sa a la sala y se sien­ta fren­te al tri­bu­nal. apo­ya deba­jo de la mesa una suer­te de male­tín infor­mal de color negro. Hace un rato nos mos­tró lo que traía allí: unas publi­ca­cio­nes de aque­lla épo­ca del Pero­nis­mo de Base. Se lo ve en ellas trein­ta­ñe­ro, con su cabe­llo lle­gan­do a los hom­bros. “En la foto esta­mos El Tor­do Mars, José Osval­do Villa­flor, Jor­ge Di Pas­qua­le y yo. No sé qué fue de El Tor­do. Villa­flor se sui­ci­dó en julio del ‘92, Di Pas­qua­le está des­apa­re­ci­do. Y yo, ya sabéis…”, dice con com­pli­ci­dad, y lar­ga una risotada.A pun­to de cum­plir 75 años el 1 de diciem­bre, tie­ne una cal­vi­cie pro­li­ja­men­te afei­ta­da. Está igual de peti­so que siem­pre, aun­que su accio­nar le agi­gan­ta la figu­ra. Una cam­pe­ra bei­ge tapa casi por com­ple­to la cami­sa blan­ca, pero no impi­de que se vea la rosa roja teji­da a mano, el sello sim­bó­li­co de este jui­cio, que pidió duran­te la espe­ra y que sobre­sa­le de su pecho. “Ten­go inte­rés en que se acla­re esta his­to­ria. Siem­pre he apo­ya­do la Memo­ria ‚la Ver­dad y la Jus­ti­cia”, dice a modo de pre­sen­ta­ción. Tam­bién pide dis­cul­pas por el tono de su voz. Due­ño de un voza­rrón de can­tor de tan­gos, des­de hace un año lo per­si­gue una dis­fo­nía que le gene­ra inco­mo­di­dad. Ense­gui­da, el abo­ga­do que­re­llan­te Pablo Llon­to le da pie para que resu­ma su his­to­ria per­so­nal. “El vier­nes 10 de agos­to de 1979, en horas de la maña­na, un gru­po de per­so­nas ingre­só a mi domi­ci­lio de Valen­tín Alsi­na por los techos de casas veci­nas. Yo esta­ba con­va­le­cien­te de una ope­ra­ción de her­nia. Me atra­pa­ron y me toma­ron pri­sio­ne­ro. Ahí esta­ba mi com­pa­ñe­ra Lau­ra Seoa­ne. En esa maña­na, en la calle Tuyú 1244, me die­ron una gran pali­za. Ese fue el pri­mer avi­so de lo que se venía. Ahí me tras­la­da­ron a lo que, me ente­ré des­pués, era la Escue­la de Mecá­ni­ca de la Arma­da (ESMA)”, arran­ca. “Ahí hubo mucha vio­len­cia, me lle­va­ron a un lugar que se lla­ma­ba ‘La Hue­ve­ra’ por­que era una habi­ta­ción muy gran­de, forra­da con enva­ses de hue­vos para que no pase el rui­do”. El rui­do era, por lo gene­ral, gri­tos de las per­so­nas tor­tu­ra­das. “Había una cama, me des­nu­da­ron, me ata­ron las muñe­cas y los tobi­llos, y me tor­tu­ra­ron por horas y horas. 20 o 25 horas estu­ve así”. En ese lap­so tuvo dos paros car­día­cos pro­vo­ca­dos por la pica­na eléc­tri­ca. “Me subie­ron a otro lugar que era el alti­llo, des­pués supe que le decían Capu­cha. Des­pués de unas horas, me baja­ron de nue­vo y más pali­zas”. 
Eva y La Bety
En las peo­res cir­cuns­tan­cias, siem­pre hay lugar para peque­ñas resis­ten­cias, o gran­des actos de soli­da­ri­dad, como el que impi­dió que Eva, la peque­ña hija de Bas­te­rra, tam­bién fue­ra tor­tu­ra­da. “Uno de los inte­gran­tes era un ofi­cial naval, (Fer­nan­do) Enri­que Peyón. Dijo que iban a traer a mi hija y me la iban a poner sobre el pecho si no les decía lo que que­rían. Sen­tí que des­pués se abría otra puer­ta don­de había un gri­te­río de una cria­tu­ra que era mi hija, evi­den­te­men­te. Había toda una lucha en la habi­ta­ción de al lado. Esta­ba mi hija al cui­da­do de una pri­sio­ne­ra que se lla­ma­ba Blan­ca Fir­po, La Bety. Ella aga­rró a mi hija y la pro­te­gió en su pecho, la apre­tó fuer­te. Hubo todo un tiro­neo entre el ofi­cial y Blan­ca, y no se la pudie­ron sacar. Yo esta­ba escu­chan­do todo eso y les dije algu­nas de las cosas que los tipos que­rían saber. Igual me siguie­ron dan­do dos o tres días más o menos, has­ta que me deja­ron en Capu­cha, que era en el ter­cer piso. Ahí estu­ve mucho tiem­po. Tres meses espo­sa­do, tres días sin tomar agua, todos los extre­mos que se pasa­ban en estos luga­res. Esta­ba rodea­do de otros com­pa­ñe­ros que pasa­ron por las mis­mas cir­cuns­tan­cias. A todos nos tenían ase­gu­ra­da una gran dosis de dolor y de sufri­mien­to”, expli­ca con la mis­ma tran­qui­li­dad sor­pren­den­te que per­ci­bió Jor­ge Luis Bor­ges cuan­do lo escu­chó en el Jui­cio a las Jun­tas, y que lo moti­vó a escri­bir uno de sus tex­tos genia­les.
Mano de obra escla­va
Bas­te­rra era obre­ro grá­fi­co. Había tra­ba­ja­do para la fami­lia Cic­co­ne. Cuen­ta que allí apren­dió el ofi­cio de “mane­jar todos los ele­men­tos de impre­sión de segu­ri­dad que des­pués iban a pasar a la docu­men­ta­ción Argen­ti­na en el ‘79/’80”. Narra que, en ese ir y venir de cru­ces con los geno­ci­das, en los que ya era obli­ga­do a tra­ba­jar como mano de obra escla­va, se dio un diá­lo­go, con com­pa­ñe­ros, que lo mar­ca­ría has­ta el día de hoy. “Una tar­de de abril me habían saca­do de Capu­cha y me habían pues­to al lado, en una cama. Me lla­man los que habían sido mis com­pa­ñe­ros de cau­ti­ve­rio y ahí me pre­gun­ta­ron si tenía noti­cias de ellos. Yo les dije que no, que no me daban nin­gún tipo de noti­cia. Enton­ces me dije­ron ‘Negro, si zafás de esta, que no se la lle­ven de arri­ba’». Quien le dijo esa fra­se fue El Gor­do, Enri­que Ardet­ti, que con­ti­núa des­apa­re­ci­do. Para Bas­te­rra, esa máxi­ma se con­vir­tió casi en la razón de su vida por venir. “Eso fue un man­da­to para mí. A par­tir de ese momen­to yo empe­cé a obser­var y a mirar todo, de tal for­ma de cono­cer todos los movi­mien­tos habi­dos y por haber, los cam­bios y la fle­xi­bi­li­dad que se iban hacien­do en esos luga­res, a pesar de lo rigu­ro­so que eran”, seña­la.
Enton­ces le empe­za­ron a pedir que foto­gra­fia­ra a per­so­nas para fal­si­fi­car­les docu­men­tos. Pasa­ron por su len­te des­de Alfre­do Astiz has­ta el jefe de la Logia masó­ni­ca ita­lia­na Pro­pa­gan­da Due (P2), Licio Gelli. “Me pedían que saque cua­tro fotos, yo saca­ba cin­co. Esa quin­ta la guar­da­ba en el papel foto­sen­si­ble. Yo tuve así una colec­ción de fotos. En algún momen­to me per­mi­tie­ron ir a visi­tar a mi fami­lia y lo podía ir sacan­do de a poqui­to”. En esas sali­das vigi­la­das, que con­ta­ban con la obli­ga­ción de regre­sar cada noche a dor­mir en la ESMA, Bas­te­rra colo­ca­ba los nega­ti­vos entre los tes­tícu­los y el ano. Pro­me­tía vol­ver con algu­na bote­lla de alcohol para los guar­dias que evi­ta­ban revi­sar­lo. “Todo ese mate­rial que yo había jun­ta­do, tuve que espe­rar un tiem­po lar­go has­ta que se die­ron las con­di­cio­nes para publi­car­lo. Si bien en mayo del ‘84 yo lo pre­sen­té a la Cona­dep, a fines de julio lo pre­sen­té en una con­fe­ren­cia de pren­sa en el Cen­tro de Estu­dios Lega­les y Socia­les (CELS) y ante el juez (Juan Car­los) Car­di­na­li. Así que esos fue­ron los pri­me­ros pasos que abrie­ron la posi­bi­li­dad de que los crí­me­nes de lesa huma­ni­dad en la ESMA comen­za­ran a ser revi­sa­dos”, explica.

El víncu­lo con la Con­tra­ofen­si­va
Des­pués de haber resu­mi­do su his­to­ria per­so­nal, Bas­te­rra, apo­ya­do segu­ra­men­te en su vas­ta expe­rien­cia como tes­ti­go, se mete, sin nece­si­dad de pre­gun­tas, en los datos que pue­de apor­tar en esta cau­sa en par­ti­cu­lar. “Estoy acá por otra cau­sa, pero ten­go que decir que yo fui, de algu­na for­ma, secues­tra­do en mi domi­ci­lio en el tiem­po de la pri­me­ra Con­tra­ofen­si­va. Yo per­te­ne­cía al Pero­nis­mo de Base y a las Fuer­zas Arma­das Pero­nis­tas, que no comul­ga­ban con los Mon­to­ne­ros , pero sabía­mos que había una deci­sión de lla­mar­le pri­me­ra o segun­da Con­tra­ofen­si­va en el año ‘79 y ‘80”. Bas­te­rra con­si­de­ra que su caí­da, tras haber sor­tea­do la feroz repre­sión de los pri­me­ros años de la dic­ta­du­ra, estu­vo vin­cu­la­da a un recru­de­ci­mien­to de la repre­sión que el gobierno mili­tar se dio como estra­te­gia para arra­sar la ope­ra­ción de Mon­to­ne­ros. Si bien todos los tes­ti­mo­nios y los docu­men­tos des­cla­si­fi­ca­dos dan cuen­ta de que el epi­cen­tro de la repre­sión actuó des­de el Bata­llón de Inte­li­gen­cia 601 y ope­ró en Cam­po de Mayo, pudo dia­lo­gar con algu­nas per­so­nas par­ti­ci­pan­tes de la Con­tra­ofen­si­va, tam­bién secues­tra­das en la ESMA. “Eso fue a media­dos del ‘80. Entre ellos esta­ban (Jor­ge Alber­to) Pata Pared, Sara Isa­bel Pon­ti,Alci­ra Machi Duran­te. No recuer­do quién fue antes, quien fue des­pués. Yo tuve la posi­bi­li­dad de hablar con Alci­ra. En algún momen­to le lle­vé una copa de Coca Cola, y me con­tó que la habían lle­va­do a Cam­po de Mayo y había vis­to mucha gen­te, cal­cu­la­ba que había 50 per­so­nas y entre ellas esta­ba Petrus. ‘¿Petrus?’, le dije yo, ‘y quién es Petrus?’. Y ella me dijo ‘Cam­pi­glia’. Yo recor­dé Petrus por­que en el tiem­po en que me tor­tu­ra­ron, me pre­gun­ta­ron por Petrus y yo no sabía quién era, pero me tor­tu­ra­ron mucho. Nun­ca supe, has­ta que me lo dijo esta chi­ca”. Hora­cio Cam­pi­glia, Petrus, era inte­gran­te de la con­duc­ción de Mon­to­ne­ros y fue secues­tra­do en Río de Janei­ro jun­to a Móni­ca Pinus de Bins­tock.
La mesa vacía, la memo­ria lle­na
En todas las oca­sio­nes, la mesa que tie­nen delan­te quie­nes dan tes­ti­mo­nio se cubre de pape­les. En algu­nos casos, con docu­men­tos que se han apor­ta­do a la cau­sa; car­tas o fotos, si se tra­ta de las hijas e hijos; en otras, apun­tes, ayu­das para la memo­ria. El escri­to­rio de Bas­te­rra está vacío. Casi que ni siquie­ra se apo­yan sus bra­zos, que vue­lan por el aire en ges­tos que acom­pa­ñan sus recuer­dos intac­tos. Todo está en su cabe­za. En el mis­mo lugar don­de el man­da­to del Gor­do Ardet­ti lo saca siem­pre para ade­lan­te. El abo­ga­do que­re­llan­te Pablo Llon­to le pide pre­ci­sio­nes sobre el diá­lo­go con La Grin­ga Alci­ra Machi. El cro­quis exac­to está dibu­ja­do en esa memo­ria indi­vi­dual pri­vi­le­gia­da que cons­tru­ye memo­ria colec­ti­va. “Ella esta­ba ubi­ca­da en una de las peque­ñas cel­das que, cuan­do uno entra­ba por el sec­tor 4, dobla­ba a la dere­cha y había una espe­cie de pasi­llo. Del lado dere­cho esta­ba la par­te de docu­men­ta­ción y a la izquier­da ‘La Hue­ve­ra’. Des­pués esta­ba el come­dor. Lue­go, al fon­do, había tres peque­ñas habi­ta­cio­nes. Y una habi­ta­ción un poqui­to más gran­de don­de, en algún momen­to, estu­vo el Pata Pared y en otro momen­to se con­vir­tió en la sala de inte­li­gen­cia, que de ahí robé una lla­ve en el año ‘83. Alci­ra esta­ba en la habi­ta­ción peque­ña, en el fon­do. 
—¿El nom­bre lo supis­te en ese momen­to? —con­sul­ta Llon­to. — No, pos­te­rior­men­te. Ahí le decían María. Era una chi­ca con cara relle­ni­ta, con el ros­tro enro­je­ci­do, como si fue­ra muy blan­ca y tuvie­ra la piel muy sen­si­ble. La vi dos o tres veces. Yo hablé con la Grin­ga por­que le hacían lim­piar el piso, enton­ces tenía­mos un con­tac­to. En cam­bio al Pata lo tenían en la habi­ta­ción.
La lla­ve de inte­li­gen­cia
La haza­ña más recor­da­da de Bas­te­rra es la de las foto­gra­fías de geno­ci­das, pero en esta cau­sa hay otra más sig­ni­fi­ca­ti­va. “Suce­de que en algún momen­to de prin­ci­pios del ‘83, yo pude robar una lla­ve de inte­li­gen­cia y a la madru­ga­da, a la una o dos de la maña­na, pre­pa­ra­ba tra­ba­jo, decía que iba a hacer tal cosa o tal otra. Enton­ces ahí apro­ve­ché para entrar con esa lla­ve en el sótano don­de esta­ba fun­cio­nan­do la ofi­ci­na de inte­li­gen­cia. Tra­je unas cuan­tas car­pe­tas y les fui sacan­do fotos. Con el tiem­po escon­dí el rollo y lo pude reve­lar. No salió bien por­que era en un labo­ra­to­rio muy arte­sa­nal, y el agua esta­ba muy fría, pero algu­nas de esas fotos pudie­ron ser res­ca­ta­das. La mayo­ría de esas fotos de estos nega­ti­vos fue­ron per­di­dos por la jus­ti­cia mili­tar, en el ‘84”. En esas imá­ge­nes, apa­re­ce un lis­ta­do que se agre­ga a la gran can­ti­dad de prue­ba docu­men­tal que tie­ne este jui­cio. “Esas fotos son las de todos los lis­ta­dos de com­pa­ñe­ros que habían sido secues­tra­dos en Cam­po de Mayo, fun­da­men­tal­men­te. Apa­re­cían dis­tin­tos deta­lles. La mayo­ría de estos nega­ti­vos fue­ron sus­traí­dos por las Fuer­zas Arma­das”. 
—¿Qué recor­dás de esos lis­ta­dos? —le pre­gun­ta Llon­to. — Había algu­nos que decían el nom­bre de algu­na per­so­na, el lugar, una L o una T. Las L eran muy poqui­tas; las T, la mayo­ría. En algún momen­to apor­té eso. Lo que había podi­do apor­tar con las copias, otras no las pude hacer por­que era mucho mate­rial.
La L y la T, supo lue­go, serían para dis­tin­guir a libe­ra­dos de tras­la­da­dos. A sobre­vi­vien­tes, de des­apa­re­ci­dos.
—¿Hicis­te algún tipo de tra­ba­jo de recons­truc­ción con algún equi­po pro­fe­sio­nal? — Sí. Con el Equi­po de Antro­po­lo­gía y algún com­pa­ñe­ro abo­ga­do. Algu­nas cosas se hicie­ron, el nom­bre Alci­ra Machi Duran­te lo des­cu­brió el Equi­po Argen­tino de Antro­po­lo­gía Foren­se (EAAF). — ¿Esta docu­men­ta­ción per­te­ne­ce a la Arma­da o algu­na otra fuer­za? — Era un inter­cam­bio per­ma­nen­te que había entre las dis­tin­tas fuer­zas, que se pasa­ban lis­ta­dos de la gen­te que había sido secues­tra­da. Ellos le ponían «dete­ni­dos», como si hubie­ra algún tipo de lega­li­dad y eso era total­men­te ile­gal. Des­pués, era gen­te que había pasa­do por Cam­po de Mayo. — Mien­tras estu­vis­te secues­tra­do, ¿tuvis­te cono­ci­mien­to del accio­nar de inte­li­gen­cia? —con­ti­núa Llon­to. —Sabía que había enla­ces, así les decían. Un tal Cas­tell­ví, uno de los enla­ces de la Arma­da en el Ejér­ci­to. Ade­más había un tal Dan­te, que era de la Poli­cía Fede­ral con la Arma­da, había todo un entra­ma­do entre ellos de inter­cam­bio de infor­ma­ción. 
Car­los Mario Cas­tell­ví enfren­ta en estos momen­tos un jui­cio por haber sido par­te de la estruc­tu­ra de la ESMA. Antes de fin de año podría ser con­de­na­do por pri­me­ra vez. El apor­te de Bas­te­rra en ese caso, como siem­pre, no fue menor. 
Vigi­la­do en demo­cra­cia
El Jui­cio a las Jun­tas, téc­ni­ca­men­te cono­ci­do como la Cau­sa 1384, fue un hecho his­tó­ri­co. Es impo­si­ble pen­sar los jui­cios de hoy des­en­gan­cha­dos de aquel. Si todo fue un duro pro­ce­so de cons­truc­ción, una pul­sea­da per­ma­nen­te entre la impu­ni­dad y la jus­ti­cia que con­ti­núa inclu­so hoy, ese pun­to ini­cial tie­ne un valor inne­ga­ble. Sin embar­go Bas­te­rra tie­ne algu­nos repa­ros con el Jui­cio a las Jun­tas. Y sus razo­nes no son meno­res. En aque­lla sen­ten­cia, sobre su caso en par­ti­cu­lar, se dan por pro­ba­dos el secues­tro y las tor­tu­ras, pero tam­bién se dice que su liber­tad fue en 1981. Dice la sen­ten­cia: “Según Bas­te­rra, obtu­vo su liber­tad defi­ni­ti­va en el mes de diciem­bre de 1983. Sin embar­go, tam­bién afir­ma que a par­tir de media­dos de 1981 comen­zó a gozar de per­mi­sos de sali­das, al pun­to de lle­gar a con­tar con un pase de entra­da y sali­da que posi­bi­li­ta­ba su liber­tad de movi­mien­tos. Sobre la base de esta admi­sión y por los indi­cios que pue­den extraer­se de la pose­sión por par­te suya de tan abun­dan­te mate­rial docu­men­tal que ‑como él mis­mo lo dice- fue reti­ran­do de a poco, debe dar­se por pro­ba­do que la fecha en que se pro­du­jo su libe­ra­ción fue julio de 1981 y no diciem­bre de 1983”. Aquel error en la sen­ten­cia le pro­du­jo a Bas­te­rra algu­nos sin­sa­bo­res impor­tan­tes. La mira­da de sos­pe­cha sobre quie­nes sobre­vi­vie­ron duró muchos años. Y aque­lla jus­ti­cia de la demo­cra­cia recien­te, de algu­na mane­ra res­pal­da­ba esa sos­pe­cha. Para el tri­bu­nal, Bas­te­rra había ido duran­te dos años a la ESMA de mane­ra volun­ta­ria. Hoy, una sen­ten­cia así sería impen­sa­da, pero la per­ver­sión par­ti­cu­lar de la ESMA con­si­guió inclu­so enga­ñar a los jue­ces León Ars­la­nian, Ricar­do Gil Lave­dra, Gui­ller­mo Ledes­ma, Jor­ge Valer­ga Aráoz, Andrés D’Alessio y Jor­ge Tor­las­co. Con varios de ellos, Bas­te­rra pudo reír­se de la situa­ción déca­das des­pués, cuan­do ya los fallos de la mega­cau­sa habían repa­ra­do seme­jan­te dis­pa­ra­te. Víc­tor no sólo fue libe­ra­do recién en diciem­bre de 1983, sino que siguió reci­bien­do “visi­tas”, que impli­ca­ban una vigi­lan­cia per­ma­nen­te y que sólo se ter­mi­na­ron cuan­do deci­dió escon­der­se via­jan­do a la pro­vin­cia de Neu­quén. “Cuan­do lle­vo las fotos a la Cona­dep les doy la adver­ten­cia de que no publi­quen nada por­que yo esta­ba sien­do con­tro­la­do en ese momen­to, has­ta agos­to del ‘84. Venían a mi domi­ci­lio tres o cua­tro veces por mes. Yo vivía en José C Paz en ese momen­to”. En julio de ese mis­mo año, ya las fotos habían sido publi­ca­das en el Dia­rio La Voz, que Mon­to­ne­ros finan­cia­ba en la pri­ma­ve­ra democrática. 

Algu­nas pre­ci­sio­nes
A esta altu­ra de la jor­na­da, Víc­tor ha deja­do atrás su temor de que la dis­fo­nía le impi­die­ra ser escu­cha­do. Sufre enor­me­men­te la situa­ción, a pun­to tal que pre­fie­re man­te­ner sus­pen­di­da su par­ti­ci­pa­ción en el pro­gra­ma radial Oral Y Públi­co, en el que a tra­vés de Radio La Reta­guar­dia, se infor­ma acer­ca de los jui­cios y con su pre­sen­cia este­lar. “Es como hacer un pro­gra­ma de radio de fút­bol con la par­ti­ci­pa­ción de Mara­do­na”, dijo al res­pec­to alguien, algu­na vez. Segu­ra­men­te ten­ga razón. Antes del cie­rre, le piden pre­ci­sar algu­na data que ya entre­gó. La fis­cal Sos­ti pre­gun­ta cómo era la ofi­ci­na de inte­li­gen­cia en la que foto­gra­fió los docu­men­tos. “No era gran­de. Había tres o cua­tro escri­to­rios. Habia un mon­ton de con­te­ne­do­res de libros, de pape­les. Había un orga­ni­gra­ma muy gran­de y otro, yo les saque fotos pero salie­ron muy mal. Estu­vie­ron publi­ca­das en algún momen­to, Ahí yo pude entrar en una noche de mucha tor­men­ta y sacar fotos con flash por los rayos. Ahí saqué lo que me intere­sa­ba a mí”. Reco­no­ce haber saca­do “tres rollos, o sea cien fotos”, pero que no todo ese mate­rial pudo reve­lar­se correc­ta­men­te y par­tes impor­tan­tes se per­die­ron en el medio de sus denun­cias. “En algún momen­to, en los pri­me­ros tra­mos de la demo­cra­cia, la jus­ti­cia mili­tar tenía inter­ven­ción en la inves­ti­ga­ción de sus pro­pias fuer­zas. Enton­ces tenía acce­so al mate­rial y había mucho. Lo nota­ble del caso es que que­da­ron muy pocos de los rollos que a mí me intere­sa­ba tener. En el CELS lo había teni­do que entre­gar al juz­ga­do y eso se per­dió jus­ta­men­te en la jus­ti­cia mili­tar”. Increí­ble, pero real. 
Final
Han pasa­do cua­ren­ta y cin­co minu­tos. Podría decir­se que ha sido un tes­ti­mo­nio bre­ve. Sin embar­go, el apor­te se cons­ti­tu­ye como fun­da­men­tal. No hay tes­ti­mo­nios direc­tos de sobre­vi­vien­tes que hayan toma­do con­tac­to con per­so­nas des­apa­re­ci­das en la Con­tra­ofen­si­va, lue­go de que fue­ran secues­tra­das. Sólo Bas­te­rra y Sil­via Tol­chinsky, que toda­vía no decla­ró en el jui­cio. En reali­dad sí hay muchas otras per­so­nas que las vie­ron: sus des­apa­re­ce­do­res, que siguen pre­fi­rien­do callar. Bas­te­rra sale. Quien pue­da pen­sar que por acos­tum­bra­do, estar allí no le gene­ra con­mo­ción, se equi­vo­ca. Sus ojos están hume­de­ci­dos. Lo hizo de nue­vo. Y esta vez le cos­tó un poco más, por la cues­tión de la voz. Entre los salu­dos que reci­be, se le acer­ca Este­la Cere­se­to, una de las sobre­vi­vien­tes de la Con­tra­ofen­si­va que estu­vo al cui­da­do de los niños y niñas en la Guar­de­ría de La Haba­na. Sin saber­lo, está ponién­do­le títu­lo a esta cró­ni­ca mien­tras se des­pi­de de Víc­tor. “Bueno, que estés bien. Y espe­ro que pron­to recu­pe­res esa voz, que es la voz de tan­tos otros”. 

*Este dia­rio del jui­cio por la repre­sión a quie­nes par­ti­ci­pa­ron de la Con­tra­ofen­si­va de Mon­to­ne­ros, es una herra­mien­ta de difu­sión lle­va­da ade­lan­te por inte­gran­tes de La Reta­guar­dia, medio alter­na­ti­vo, comu­ni­ta­rio y popu­lar, jun­to a comu­ni­ca­do­res inde­pen­dien­tes. Tie­ne la fina­li­dad de difun­dir esta ins­tan­cia de jus­ti­cia que tan­to ha cos­ta­do con­se­guir. Agra­de­ce­mos todo tipo de difu­sión y reen­vío, de modo total­men­te libre, citan­do la fuen­te. Segui­nos dia­ria­men­te enhttps://​jui​cio​con​tra​ofen​si​va​.blogs​pot​.com

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