Nación Mapu­che. Los mapu­ches no vinie­ron de Chi­le: un artícu­lo cla­ve de Adrián Moyano

Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 4 de octu­bre de 2020

Hacia 1770, la Argen­ti­na no esta­ba en los pla­nes de nadie. Por enton­ces, ni siquie­ra el Virrei­na­to del Río de la Pla­ta tenía exis­ten­cia for­mal. Los espa­ño­les que resi­dían en Bue­nos Aires des­co­no­cían el país que se exten­día del otro lado del río Sala­do y no tenían dema­sia­das inten­cio­nes de aven­tu­rar­se más allá. La con­vi­ven­cia con las dis­tin­tas expre­sio­nes del pue­blo mapu­che no sólo era con­se­cuen­cia del equi­li­brio mili­tar, sino tam­bién de los tra­ta­dos que las auto­ri­da­des colo­nia­les habían cele­bra­do con algu­nos de los lon­cos. Al pare­cer, las pri­me­ras «paces» se acor­da­ron en 1734 aun­que has­ta el momen­to, el tex­to no se pudo recu­pe­rar. Hacia 1742 se lle­gó a otro acuer­do que esta­ble­ció como «lin­de­ro» entre las pose­sio­nes espa­ño­las y los gru­pos mapu­ches libres «el Sala­di­llo». En aque­llos tra­ta­dos, Bue­nos Aires reco­no­cía en for­ma implí­ci­ta y a veces explí­ci­ta, la inde­pen­den­cia y la sobe­ra­nía mapu­che allen­de el cur­so de agua, aun­que en los pape­les se refi­rie­ra a «pam­pas», «puel­ches» o «aucas», como resul­ta­do del embro­llo étni­co en el que acos­tum­bra­ron a enre­dar­se los espa­ño­les del Río de la Plata.

En octu­bre de aquel año, par­tió una expe­di­ción al man­do de Juan Her­nán­dez, con el áni­mo de cas­ti­gar «indios teguel­ches». La colum­na no se con­for­mó exclu­si­va­men­te con tro­pas colo­nia­les, ya que acom­pa­ña­ron a los bonae­ren­ses tre­ces lon­cos con su gen­te de pelea. Según las ano­ta­cio­nes del ofi­cial real, fue­ron Lepin Naguel, Lican Naguel, Cau­lla Man­tu, Cal­fin­ge­re, Epu­llan­ca, Alca­luan, Tana­man­que, Cadu­pa­ni, Guen­te Naguel, Lepi­gua­la, Palla­gua­la y Guay­qui­bi­lu 1. Si se sos­la­ya la orto­gra­fía, pue­de adver­tir­se que todas son iden­ti­fi­ca­cio­nes en mapu­zun­gun, es decir, el «habla de la tie­rra» o idio­ma mapuche.

La par­ti­ci­pa­ción de aque­llos lon­cos como par­te de la «entra­da» segu­ra­men­te obe­de­cía a razo­nes pro­pias, pero tam­bién se expli­ca­ba por­que unos meses antes habían cele­bra­do un tra­ta­do con Bue­nos Aires a tra­vés del sar­gen­to mayor Manuel Pina­zo. Como resul­ta­do, los «pam­pas» y «auca­ces» no podían «pasar el lími­te de la fron­te­ra, y si así lo hicie­ran pre­vio per­mi­so, debían seguir el camino de las Sali­nas, que lle­ga­ba a Luján y en núme­ro no mayor de seis, sien­do siem­pre cus­to­dia­dos por uno o dos sol­da­dos» 2. Según enten­die­ron las dos par­tes, el acuer­do impli­ca­ba reciprocidad.

Aque­llos «auca­ces» habían sido ata­ca­dos por «teguel­ches» que seguían el lide­raz­go de los lon­cos Fla­men­co y Guay­qui­ti­pay, quie­nes no habían ingre­sa­do al acuer­do. Más allá de las ano­ta­cio­nes «a la espa­ño­la», se obser­va cla­ra­men­te que el nom­bre del segun­do pro­vie­ne de Wai­ki Tri­pay, que sig­ni­fi­ca «sale la lan­za». Quie­re decir que más allá de las con­fu­sio­nes en las iden­ti­fi­ca­cio­nes, había mapu­ches en los dos bandos.

For­mar par­te de una comunidad

Qui­zá sea nece­sa­rio reca­pi­tu­lar sobre las pala­bras en mapu­zun­gun que apa­re­cen en el dia­rio de Her­nán­dez para la mejor com­pren­sión de los acon­te­ci­mien­tos. Cuan­do con­sul­té a Pablo Cañu­mil al escri­bir mi libro sobre Inaka­yal, expli­có que che­wül­che es la per­so­na que for­ma par­te de un gru­po, sea «un pue­blo o un lof» (noción mapu­che de comu­ni­dad). De ese voca­blo deri­vó la impo­si­ción étni­ca tehuel­che, chehuel­che o che­gul­che por­que en reali­dad, has­ta el siglo XIX nin­gún pue­blo se lla­mó a sí mis­mo de esa for­ma. Un reco­rri­do más o menos simi­lar hizo la pala­bra awka­che, que se uti­li­za­ba anti­gua­men­te para desig­nar a una per­so­na que no for­ma­ba par­te de comu­ni­dad algu­na. Impo­ner la voz che­wül­che para desig­nar a un pue­blo fue una ope­ra­ción wing­ka, por­que los alu­di­dos se lla­ma­ban a sí mis­mos günü­na küna o bien, aonik enk. En el mun­do mapu­che, cual­quier per­so­na que for­ma­ra par­te de una comu­ni­dad podía con­si­de­rar­se che­wül­che. Para sumar a la con­fu­sión de los colo­nia­lis­tas, en mapu­zun­gun exis­te el voca­blo che­wel, de pro­nun­cia­ción muy pare­ci­da. En este caso, sig­ni­fi­ca ele­gan­te, no «aris­co», como gene­ral­men­te se tra­du­ce. Un che­wel kawel es un caba­llo brio­so o ele­gan­te… Y una per­so­na che­wel­che es alguien de gran aspec­to o bue­na pre­sen­cia, siem­pre según el kümel­che­fe (pro­fe­sor) Cañumil.

Esa dis­pa­ri­dad en los sig­ni­fi­ca­dos que mal enten­die­ron los espa­ño­les, hizo que un mis­mo lon­co apa­re­cie­ra como auca, tehuel­che o pam­pa, según el autor del dia­rio o de los cam­bios de la coyun­tu­ra polí­ti­ca. Para Her­nán­dez, sus com­pa­ñe­ros de tra­ve­sía eran «auca­ces» aun­que esa expre­sión nun­ca fue váli­da al inte­rior del uni­ver­so mapu­che para desig­nar a una par­cia­li­dad o iden­ti­dad terri­to­rial determinada.

Pres­tad­me un baquiano

A cin­co días de su par­ti­da des­de las pose­sio­nes cris­tia­nas, la expe­di­ción de cas­ti­go comen­zó a encon­trar tol­de­rías y huma­re­das de avi­so. El subor­di­na­do del toda­vía gober­na­dor Ver­tiz impo­nía de nom­bres a los ríos y ele­va­cio­nes que encon­tra­ba a su paso, quie­re decir que has­ta enton­ces (¡1770!) el cono­ci­mien­to que habían acu­mu­la­do los colo­ni­za­do­res sobre la actual pro­vin­cia de Bue­nos Aires era nulo más allá del río Sala­do. Des­pués de la Guar­dia del Luján (Mer­ce­des), todo fue novedad.

Antes de arri­bar a Sie­rra de la Ven­ta­na, nue­ve días des­pués de ini­ciar la mar­cha, los mili­cia­nos pre­sen­cia­ron el reci­bi­mien­to cere­mo­nial que le pro­di­ga­ron los jine­tes que tenían como lon­cos a Lin­kon y Alka­luan, otras dos auto­ri­da­des mapu­ches. Para seguir con su avan­ce, Her­nán­dez depen­dió de baquia­nos de los anfi­trio­nes, por­que el suyo des­co­no­cía en abso­lu­to aque­llos cam­pos. Según las infor­ma­cio­nes, los adver­sa­rios tenían su mora­da en la mar­gen nor­te del río Colo­ra­do, don­de eri­gían 42 toldos.

Al dar con las famo­sos «teguel­ches», el jefe wing­ka dio una orden sig­ni­fi­ca­ti­va: «repar­tir entre los indios las divi­sas que para este fin lle­va­ba, y así a cada indio de los de bolas (bolea­do­ras) se le dio ban­da blan­ca de pla­ti­lla pura para que se pusie­sen como tur­ban­te, y los de lan­za se les dio para que pusie­sen en ellas como ban­de­ra, y de esta suer­te fue­sen cono­ci­dos de noso­tros (los sol­da­dos) en la refrie­ga». La pre­cau­ción indi­ca que a sim­ple vis­ta, era difí­cil dis­tin­guir a los «pam­pas» ami­gos de los «teguel­ches» enemi­gos. De los invasores…

Des­pués de un pri­mer encon­tro­na­zo que no dio los resul­ta­dos que los ata­can­tes espe­ra­ban, tuvo lugar un segun­do hecho de armas. Antes, se pro­du­jo otro hecho lla­ma­ti­vo: «al man­dar­lo poner en eje­cu­ción el coman­dan­te, se lle­ga­ron a él los caci­ques ami­gos y le supli­ca­ron no die­se orden de hacer fue­go a nues­tra gen­te, des­pués de cer­ca­dos los tol­dos, has­ta que ellos avi­sa­sen, por­que que­rían sacar muchos parien­tes y ami­gos que esta­ban en dichos tol­dos». Ante esa insó­li­ta pre­cau­ción que­da cla­ro que aque­llos pam­pas, aucas o tehuel­ches no for­ma­ban par­te de pue­blos dis­tin­tos, sino de agru­pa­cio­nes mapu­ches cuyas rela­cio­nes con Bue­nos Aires eran de alian­za o ene­mis­tad, según el momen­to. Las razo­nes por las cua­les diver­sas par­cia­li­da­des mapu­ches podían lle­gar a enfren­tar­se mili­tar­men­te hay que bus­car­las en los plie­gues más ínti­mos de su his­to­ria y en los víncu­los entre los diver­sos linajes.

Nin­gún rega­lo de reyes

Entre el 5 y el 6 de enero de 1641, se cele­bró entre el gober­na­dor de Chi­le y unos 70 lon­cos el Pac­to de Qui­lín, por el cual la coro­na espa­ño­la reco­no­ció como fron­te­ra entre sus pose­sio­nes y las mapu­ches libres el río Bio­bío. Quie­re decir que des­de enton­ces, la juris­dic­ción del Rei­no de Chi­le se ago­tó en aquel cur­so de agua. Des­de allí al sur, sólo los encla­ves soli­ta­rios de Val­di­va y Chi­loé pros­pe­ra­ron bajo la ense­ña roja y gual­da. El res­to de aque­lla geo­gra­fía per­ma­ne­ció bajo sobe­ra­nía mapu­che has­ta los avan­ces pau­la­ti­nos que la Repú­bli­ca de Chi­le impul­só en el siglo XIX, con trá­gi­co final en 1881.

En 1810, la ini­ciar­se el pro­ce­so que ter­mi­nó con la edi­fi­ca­ción del Esta­do argen­tino sie­te déca­das más tar­de, aque­llos «lin­de­ros» y fron­te­ras que sepa­ra­ban las pose­sio­nes espa­ño­las de las mapu­ches y günü­na küna, pasa­ban muy cer­ca de Bue­nos Aires y Junín (pro­vin­cia de Bue­nos Aires), Melin­cué (San­ta Fe), Río Cuar­to (Cór­do­ba), Fuer­te de Las Pul­gas (Mer­ce­des – San Luis) y San Car­los (Men­do­za). Sal­vo la leja­na y soli­ta­ria Car­men de Pata­go­nes, jamás hubo pre­sen­cia espa­ño­la ins­ti­tu­cio­nal y con­ti­nua al sur de esa línea. El cua­dro de situa­ción no sólo era así de hecho sino tam­bién de dere­cho, por la exis­ten­cia de múl­ti­ples tra­ta­dos que tenían vigen­cia al 25 de mayo de 1810. Para Espa­ña, aque­llos acuer­dos for­ma­ban par­te del dere­cho de gen­tes, es decir, el dere­cho inter­na­cio­nal. Las Pro­vin­cias Uni­das pri­me­ro, la Con­fe­de­ra­ción Argen­ti­na des­pués y la Repú­bli­ca por últi­mo, con­ti­nua­ron con la prác­ti­ca de cele­brar tra­ta­dos con los dis­tin­tos lon­cos prin­ci­pa­les, inclu­si­ve has­ta tres años antes de la Cam­pa­ña al Desier­to. Era man­da­to cons­ti­tu­cio­nal: el artícu­lo 67 inci­so 15 de la Cons­ti­tu­ción de 1853 orde­na­ba «pro­veer a la segu­ri­dad de las fron­te­ras; con­ser­var el tra­to paci­fi­co con los indios, y pro­mo­ver la con­ver­sión de ellos al cato­li­cis­mo». Des­de esta pers­pec­ti­va, la ofen­si­va que ideó y enca­be­zó Julio Roca fue incons­ti­tu­cio­nal. El sena­dor Aris­tó­bu­lo del Valle levan­tó su voz en repe­ti­das opor­tu­ni­da­des con­tra las vio­la­cio­nes a la ley que con­su­ma­ba el pro­pio Esta­do. Aquel artícu­lo se per­dió des­pués de la refor­ma cons­ti­tu­cio­nal de 1994.

Al refe­rir­se a «fron­te­ras» y a pre­ser­var «el tra­to pací­fi­co con los indios», los con­ven­cio­na­les que se reu­nie­ron en San­ta Fe reco­no­cie­ron no tan implí­ci­ta­men­te que la juris­dic­ción de la Repú­bli­ca Argen­ti­na era dis­tin­ta a la que se ins­ti­tu­yó des­pués de la con­quis­ta mili­tar de Pam­pa y Pata­go­nia. Y que más allá de aque­llas líneas de for­ti­nes, cuya segu­ri­dad había que «pro­veer», resi­dían otras enti­da­des sobe­ra­nas, dis­tin­tas a las nacionales.

Fue­ra de la ley, el Estado

Los mapu­ches no vinie­ron de Chi­le. Des­pués la cele­bra­ción del Pac­to de Qui­lín, su lími­te sur se fijó en el Bio­bío. Y la Argen­ti­na en tér­mi­nos his­tó­ri­cos, es una cons­truc­ción rela­ti­va­men­te recien­te que tie­ne bas­tan­te menos de 200 años. Que las incur­sio­nes espa­ño­las rio­pla­ten­ses se topa­ran con una mul­ti­tud de tol­de­rías mapu­ches 40 años antes ‑como míni­mo- de la Revo­lu­ción de Mayo y a unos días de mar­cha des­de Bue­nos Aires, cues­tio­na la idea según la cual, la tota­li­dad de la juris­dic­ción argen­ti­na de hoy se here­dó de la coro­na espa­ño­la. Falso.

«Los mapu­ches son un gru­po de extre­ma vio­len­cia», afir­mó la minis­tra de Segu­ri­dad Patri­cia Bull­rich, cuan­do con­cu­rrió al Sena­do al expli­car la actua­ción de la Gen­dar­me­ría duran­te el ope­ra­ti­vo que le cos­tó la vida a San­tia­go Mal­do­na­do. A raíz de su inves­ti­du­ra, no hay que con­ce­der­le a la fun­cio­na­ria la indul­gen­cia de la igno­ran­cia: la minis­tra mien­te. El mapu­che es un pue­blo, no un gru­po… Los dere­chos de los pue­blos son dis­tin­tos a los que pue­dan poseer los gru­pos. Los pue­blos tie­nen dere­cho a la libre deter­mi­na­ción, con­cep­to que reco­no­cen el Con­ve­nio 169 de la OIT (Ley 24.071 en la Argen­ti­na) y la Decla­ra­ción de Dere­chos de los Pue­blos Indí­ge­nas de la ONU, que tam­bién sus­cri­bió el país. No es el mapu­che un pue­blo de «extre­ma vio­len­cia» y el reco­no­ci­mien­to de pre­exis­ten­cia tie­ne esta­tus cons­ti­tu­cio­nal (artícu­lo 75 inci­so 17). Como des­de 1879 en ade­lan­te, des­de 2017 has­ta aho­ra mis­mo es el Esta­do el que vio­la la ley.

1 «Dia­rio que el capi­tán D. Juan Anto­nio Her­nán­dez ha hecho, de la expe­di­ción con­tra los indios tegüel­ches, en el gobierno del señor D. Juan José de Ver­tiz, gober­na­dor y capi­tán gene­ral de estas pro­vin­cias del Río de la Pla­ta, en 1ro de octu­bre de 1770». En De Ange­lis, Pedro (1969): «Colec­ción de obras y docu­men­tos rela­ti­vos a la his­to­ria anti­gua y moder­na de las pro­vin­cias del Río de la Pla­ta». Tomo IV. Bue­nos Aires. Edi­to­rial Plus Ultra.

2 Coman­do Gene­ral del Ejér­ci­to. Direc­ción de Estu­dios His­tó­ri­cos (1973). «Polí­ti­ca segui­da con el abo­ri­gen (1750−1819)». Bue­nos Aires. Círcu­lo Mili­tar. Biblio­te­ca del Oficial.

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